La Conciencia del Átomo

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 


Prefacio

 

Las conferencias presentadas en este libro fueron pronun­ciadas por la autora en Nueva York, durante el invierno pa­sado. El propósito de esta serie fue exponer al auditorio el testimonio de la ciencia referente a la materia y a la conciencia, permitir al auditorio observar en otros y sucesivos estados superiores de la existencia la misma manifestación de estas relaciones y de ciertas leyes fundamentales; lle­varlos a una comprensión de la universalidad del proceso evolutivo y de su actualidad, tratando parcialmente las ex­pansiones de conciencia y la vida más amplia hacia la cual se encamina el género humano. Por lo tanto, estas confe­rencias estaban destinadas a servir de introducción a un es­tudio más detallado y a aplicar las leyes de la vida y del desenvolvimiento humano, que generalmente van incluidas en el término "ocultismo".

 

Se observará en esta serie de conferencias un sinnúmero de repeticiones, donde se recapitula brevemente en cada una, el tema abarcado en la precedente. Debido a que en cada conferencia había nuevos asistentes, fue necesario pre­sentar a grandes rasgos el campo abarcado y las razones debidas a la posición adoptada. Esto tenía la ventaja de fijar en la mente del auditorio algunos conceptos fundamentales y nuevos para muchos de ellos, ayudándolos a captar y aceptar fácilmente ampliaciones del tema. Al presentar las conferencias en forma de libro, se ha creído prudente man­tener su texto completo, tal como fue dado. Quienes estu­dian la sabiduría esotérica podrán seguir sin dificultad la línea de la argumentación; pero para quienes consideran por vez primera los temas aquí tratados, la repetición oca­sional de los puntos fundamentales ayudarán a una rápida comprensión, y este libro ha sido destinado principalmente a este tipo de lectores.

Septiembre 1922                                                                                     Alice A. Bailey

 

 

 EL CAMPO DE LA EVOLUCIÓN

 

 

PRIMERA CONFERENCIA

 

En la historia del pensamiento nunca hubo probablemente un período que se asemeje al actual. Los pensadores de todas partes son conscientes de dos cosas: primero, que hasta ahora jamás se habían definido con tanta claridad las re­giones misteriosas y, segundo, que esas regiones pueden ser penetradas más fácilmente que nunca. Por lo tanto, quizás sea posible persuadirlos a revelar algunos de sus secretos si los investigadores de todas las escuelas persiguen determi­nantemente su búsqueda. Los problemas que enfrentamos al estudiar los conocidos hechos de la vida y de la existencia, son susceptibles de ser definidos con más claridad que antes, y aunque no conozcamos la respuesta a nuestras preguntas ni la solución de nuestros problemas, ni tengamos en la mano la panacea para remediar las dolencias del mundo, sin embargo, el hecho de definirlos y señalar donde reside el misterio, y que la ciencia, la religión y la filosofía, han arro­jado luz sobre dilatadas extensiones consideradas anterior­mente tierras tenebrosas, constituye la garantía del éxito futuro. Exceptuando el círculo de doctos y místicos, sabemos mucho más que hace cinco siglos. Hemos descubierto varias leyes naturales, aunque todavía no sepamos aplicarlas, y el conocimiento de la "cosa tal cual es" (empleo deliberadamente esta frase) ha ganado mucho terreno.

 

No obstante, permaneciendo aún inexplorada la tierra del misterio, nuestros problemas son numerosos. Tenemos el problema de nuestra propia vida particular, sea cual fuere; además el problema de lo comúnmente llamado noyo; que concierne a nuestro cuerpo físico, medio ambiente, circunstancias y condiciones de vida; si somos introspectivos tenemos el problema de nuestra particular serie de emocio­nes, pensamientos, deseos e instintos, por los cuales contro­lamos la acción. Los problemas grupales son muchos. ¿Por qué hay sufrimiento, hambre y dolor? ¿Por qué el mundo entero está esclavizado por la abyecta indigencia, la enfer­medad y el malestar? ¿Cuál es el propósito subyacente en todo lo que vemos a nuestro alrededor y cuál será el resul­tado de los asuntos mundiales considerados como una tota­lidad? ¿Cuál es el destino de la raza humana, cuál su origen y la clave de su actual condición? ¿Hay otra vida después de ésta y su único interés reside en lo visible y material? Tales preguntas surgen en nuestra mente y surgieron en la mente de los pensadores en el transcurso de los siglos.

 

Se intentó diversamente responder a estas pregun­tas, y al estudiarlas hallamos que las respuestas dadas se dividen en tres grupos principales, y que tres soluciones mayores se presentan a la consideración de los hombres, y son:

 

Primero, Realismo. Otro nombre es materialismo. En­seña que "la representación del mundo externo en nuestra conciencia es verídica"; que las cosas son lo que aparentan ser; que la materia y la fuerza, tal como las conocemos, son la única realidad; que no es posible para el hombre ir más allá de lo tangible, y que debe satisfacerse con los hechos tal como los conoce o enseña la ciencia. Este método es perfec­tamente legítimo como solución, pero para muchos no va suficientemente lejos. Trata sólo lo que puede ser probado y demostrado, y se detiene en el punto en que el investiga­dor se pregunta: "esto es así, pero ¿por qué?" No tiene en cuenta muchas cosas conocidas y comprendidas como verdades por el hombre, aunque él es incapaz de explicar por qué sabe que son verídicas. Los hombres de todas partes reconocen la exactitud de los hechos de la escuela realista y de la ciencia materialista, aunque al mismo tiempo sien­ten innatamente que en la comprobada manifestación objetiva, subyace alguna fuerza vitalizadora y algún coherente propósito que no puede explicarse sólo en términos de ma­teria.

 

Segundo, tenemos un punto de vista que podríamos muy bien denominar supernaturalismo. El hombre siente que quizás después de todo, las cosas no son exactamente lo que aparentan ser, y que aún queda mucho que es inexpli­cable. Reconoce que no es simplemente una acumulación de átomos físicos, un algo material y un cuerpo tangible, sino que latente en él hay una conciencia, un poder y una naturaleza síquica que lo vincula con todos los miembros de la familia humana y con un poder fuera de sí mismo que forzosamente debe explicar. Esto ha conducido, por ejemplo, a la evolución del punto de vista judío y cristiano que pos­tula un Dios fuera del sistema solar creado por Él, pero extraño al sistema. Ambos sistemas enseñan que el mundo ha evolucionado por un Poder o Ser, que construyó el siste­ma solar, guía correctamente a los mundos, mantiene nues­tra pequeña vida humana en el hueco de su mano y "ordena suavemente" todas las cosas de acuerdo a algún propósito oculto que nuestra mente finita es incapaz de vislumbrar y mucho menos de comprender. Tal es el punto de vista reli­gioso y sobrenatural, basado en la creciente autoconsciencia del individuo y en el reconocimiento de su propia divinidad. Análogo al punto de vista de la escuela realista incluye úni­camente una verdad parcial y requiere ser complementado.

 

Tercero, podría llamarse idealismo. Postula un proceso evolutivo dentro de toda manifestación e identifica la vida con el proceso cósmico. Es el exacto polo opuesto del mate­rialismo, y coloca a la sobrenatural deidad que predica el religioso, como una gran Entidad o Vida, que evoluciona por medio de todo y del universo, así como la conciencia del hombre lo hace a través de un cuerpo físico objetivo.

 

En estos tres puntos de vista, el francamente materialista, el puramente sobrenatural y el idealista, tenemos pre­sentes tres principales líneas de pensamiento para explicar el proceso cósmico. Son verdades parciales y, sin embargo, ninguna está completa sin la otra. Todas aisladamente con­sideradas desvían y conducen a la oscuridad, y no desvelan el misterio central; pero sintetizadas, unidas y fusionadas, quizás contengan (y es tan sólo una insinuación mía) tanta verdad de la evolución como la mente humana puede captar en la actual etapa evolutiva.

 

Tratamos profundos y amplios problemas y quizás nos entrometemos en cosas elevadas y superiores, invadiendo regiones reconocidas como el dominio de la metafísica, e intentamos resumir en pocas y breves charlas todo el conte­nido de las bibliotecas del mundo, es decir, intentamos algo imposible. Lo que cabe hacer es considerar breve y sucintamente un aspecto tras otro de la verdad. Todo cuanto lograremos es bosquejar las líneas fundamentales de la evo­lución, estudiar las mutuas relaciones, entre sí y con nosotros, como entidades conscientes, y luego esforzarnos por fusionar y sintetizar lo poco que lleguemos a conocer, hasta esclarecer la idea general del entero proceso.

 

Debemos recordar, en conexión con todo enunciado de la verdad, que cada uno ha sido emitido desde un punto de vista particular. No podremos responder plenamente a la pregunta ¿qué es la verdad?, ni expresar sin prejuicios nin­gún aspecto de esta verdad, en forma perfectamente directa, hasta haber desarrollado algo más los procesos mentales y ser capaces de pensar en términos abstractos y concretos. Algunas personas poseen un horizonte más amplio que otras, y pueden ver la unidad subyacente en los diferentes aspectos. Otros se inclinan a pensar que su perspectiva e in­terpretación son las únicas verdaderas. Espero en estas charlas ampliar algo más su punto de vista. Espero también que lleguemos a comprender que el hombre interesado úni­camente en el aspecto científico, limitado al estudio de esas manifestaciones puramente materiales, se ocupe ade­más de estudiar lo divino como lo hace su hermano cabal­mente religioso, que sólo se interesa por el aspecto espiritual, y que el filósofo, después de todo, sólo trata de destacar el tan necesario aspecto de la inteligencia que vincula los aspectos material y espiritual y los fusiona en un todo coherente. Quizás por la unión de estas líneas, ciencia, religión y filosofía, adquiramos un conocimiento práctico de la verdad tal cual es, recordando al mismo tiempo que "la verdad reside en nosotros mismos". La expresión de la verdad por un solo hombre no es completa, y el único propósito del pensamiento es trabajar con materia mental y poder erigirla constructivamente para nosotros mismos.

 

Quisiera bosquejar mi plan esta noche y sentar las bases para las charlas futuras, tocando las principales líneas de la evolución. Por lógica, lo más evidente es ocuparse de la evo­lución de la sustancia, el estudio del átomo y la naturaleza de la materia atómica. De esta última línea de evolución nos ocuparemos en la próxima conferencia.

 

La ciencia tiene mucho que decir sobre la evolución del átomo, y ha recorrido un largo camino desde hace cin­cuenta años, a partir del siglo pasado, cuando se consideraba al átomo como una indivisible unidad de sustancia, conside­rándoselo ahora un centro de energía o fuerza eléctrica. De la evolución de la sustancia vamos lógicamente a la evolu­ción de las formas o del conglomerado de átomos, y se abren a nuestra consideración otras formas que no son las estricta­mente materiales -existentes en sustancia sutil, como las formas mentales raciales y de organizaciones. En este doble estudio, se hará resaltar uno de los aspectos de la deidad, si se elige utilizar el término "deidad", o una de las manifes­taciones de la naturaleza, si se prefiere esta expresión menos sectaria.

 

Entonces se considerará la evolución de la inteligencia o el factor mente, que actúa con ordenado propósito en todo lo que vemos a nuestro alrededor. Esto revelará un mundo que no camina a ciegas, sino que obedece a determinado plan, a un coordinado esquema y organizado concepto, que se desarrolla por medio de la forma material. Uno de los motivos por los cuales las cosas parecen difíciles de com­prender, es que nos hallamos en medio de un período de transición, y el plan es aún imperfecto. Estamos demasiado cerca de la maquinaria y somos parte integrante del con­junto. Vemos una parte aquí, otra un poco más allá, pero no percibimos la grandiosidad de la idea Podemos tener una visión, un elevado momento de revelación, pero al hacer contacto con la realidad en todas partes, dudamos de la posibilidad de materializar el ideal, porque el reajuste de la relación inteligente entre la forma y lo que la utiliza, está muy lejano.

 

El reconocimiento del factor inteligencia conducirá inevitablemente a contemplar la evolución de la conciencia en sus diversas modalidades, desde las consideradas subhumanas, pasando por la humana, hasta la que lógicamente podemos suponer conciencia superhumana, aunque no sea posible demostrarla. La inmediata pregunta que enfrenta­remos será: ¿qué hay detrás de todos estos factores? ¿Existe detrás de la forma objetiva y de su inteligencia animadora una evolución que corresponde a la facultad del yo, el Ego en el hombre? ¿Hay en la naturaleza y en cuanto vemos a nuestro alrededor la actuación del propósito de un Ser individualizado y autoconsciente? Si existe tal ser y existencia fundamental, podríamos percibir algo de sus inteligentes actividades y observar Sus planes, en vías de fructificación. Aunque no podamos probar que Dios o que la Deidad existe, por lo menos podemos decir que la hipótesis de que Él existe es razonable, la sugerencia es racional, lo cual constituye una posible solución para todos los misterios que nos rodean. Para ello debe demostrarse que hay un propósito, un pro­pósito inteligente, desarrollándose a través de todo tipo de formas, razas, naciones, y en todo cuanto se halla manifes­tado en la civilización moderna, más las etapas recorridas por este propósito y el gradual desenvolvimiento del plan, y quizás por esa demostración podremos ver lo que nos espera en las etapas futuras.

 

Consideremos brevemente qué significan las palabras "proceso evolutivo". Se emplean constantemente, y el hom­bre común sabe que la palabra evolución sugiere un desen­volvimiento de adentro afuera y el desarrollo de un centro interno; pero necesitamos definir más claramente la idea para tener un mejor concepto de ella. Una de las mejores definiciones que conozco de la evolución es: "el desenvolvi­miento de un continuo y creciente poder de responder". Aquí tenemos una definición muy iluminadora, al conside­rar el aspecto material de la manifestación. Entraña el con­cepto de vibración y la respuesta a la misma, y aunque con el tiempo tenemos que descartar la palabra "materia" y emplear el término "centro de fuerza", el concepto aún tiene validez y la respuesta del centro al estímulo puede ser percibida con mayor exactitud. La misma definición es muy valiosa al considerar la conciencia humana. Implica la idea de una creciente y gradual comprensión, de una respuesta, en desarrollo, de la vida subjetiva a su medio am­biente, que eventualmente conducirá hacia arriba, al ideal de una existencia unificada, síntesis de todas las líneas de evolución Y al concepto de una Vida central o fuerza que fusiona y mantiene coherentes todas las unidades                   evolucio­nantes, sean de materia, como el átomo del físico y del quí­mico, o unidades de conciencia, como los seres humanos. Esto es evolución, el proceso que desenvuelve la vida dentro de las unidades, el anhelo en desarrollo que oportunamente fusiona unidades y grupos, hasta obtener la suma total de manifestación, denominada Naturaleza o Dios, el conjunto de todos los estados de conciencia. A este Dios se refieren los cristianos cuando dicen: "en Él vivimos, nos movemos y te­nemos nuestro ser". Ésta es la fuerza o energía reconocida por los científicos Ésta es la Mente Universal o Super-alma del filósofo y también la inteligente voluntad que todo lo rige, une, construye, desarrolla y lo lleva a la máxima per­fección. Es esa Perfección inherente a la materia y la ten­dencia latente en el átomo, en el hombre y en todo cuanto existe. A esta interpretación del proceso evolutivo no se la considera como resultado de una Deidad externa que derrama su energía y sabiduría sobre un expectante mundo, sino más bien como algo latente en el mundo mismo, oculto en el corazón del átomo químico, en el del hombre, en el pla­neta y en el sistema solar. Es ese algo que impulsa todas las cosas hacia la meta y la fuerza que gradualmente pone orden en el caos, la ultérrima perfección de la imperfección temporaria, el bien del aparente mal. De las tinieblas y del desastre saldrá algún día aquello que reconoceremos como bello, correcto y verdadero. Esto es todo cuanto hemos con­cebido y vislumbrado en nuestros más elevados y mejores momentos.

 

Se ha definido también la evolución como "desarrollo cíclico", y esta definición me sugiere un pensamiento que ansío captar completamente. La naturaleza se repite conti­nuamente hasta alcanzar determinados fines y obtener cier­tos resultados concretos y respuestas a la vibración. Por el reconocimiento de este hecho podemos demostrar el inteligente propósito de la Existencia inmanente. Para ello se emplea el método del discernimiento o de inteligente elección. Los textos de las diferentes escuelas expresan la misma idea, tales como "selección natural" y "atracción y repulsión". Evitaré en lo posible emplear términos técnicos, porque al­gunas escuelas de pensamiento significan con esto unas ve­ces una cosa y otras otra. Si encontramos una palabra si­milar, pero no ligada a ninguna escuela o línea de pensa­miento, quizás hallemos una nueva luz para nuestro problema. Atracción y repulsión en el sistema solar, es sólo la facultad de discernir que poseen el átomo o el hombre, manifestada en los planetas y en el sol. Atracción y repul­sión existen en los átomos de todo tipo; podría llamársele adaptación o poder de crecer o de adaptarse el ente a su ambiente, por el rechazo de ciertos factores y la aceptación de otros. En el hombre común se manifiesta como libre albedrío o la facultad de elegir, y en el hombre espiritual como la tendencia al sacrificio, porque el hombre elige una parti­cular línea de acción a fin de beneficiar al grupo al cual pertenece, y rechaza lo estrictamente egoísta.

 

Podemos definir finalmente la evolución como un or­denado cambio y constante mutación, demostrados en la in­cesante actividad de la unidad o del átomo, en la interac­ción de los grupos y en la interminable acción de una fuerza o tipo de energía sobre otra.

 

Vimos que la evolución, sea de la materia o de la inteligencia, conciencia o espíritu, consiste en el siempre creciente poder de responder a la vibración que, mediante un constante cambio, progresa por la aplicación de una política selectiva o el empleo de la facultad discernidora y por el método de desarrollo cíclico o de repetición. Las etapas que caracterizan al proceso evolutivo podrían clasificarse en tres, y corresponden a las de la vida del ser humano: niñez, ado­lescencia y madurez. En lo que concierne al hombre, se ma­nifiestan en la unidad humana o en la raza, y a medida que transcurren y progresan las civilizaciones, se podrá observar la misma triple idea en toda la familia humana, y así nos cercioramos del divino objetivo, estudiando su imagen o reflejo, el HOMBRE. Podemos expresar estas tres etapas en términos más científicos y vincularlas con las tres escuelas de pensamiento referidas, y las analizaremos como:

 

a.   La etapa de energía atómica

b.  La etapa de coherencia grupal.

c.       La etapa de la existencia unificada o sintética.

 

Trataré de aclarar el concepto. La etapa de energía atómica concierne mayormente al aspecto material de la vida y corresponde al periodo de la niñez en la vida del hombre o de una raza. Es el período de realismo, de intensa actividad, y ante todo de desarrollo mediante la acción, de pura autocentralización o autointerés. Produce un punto de vista materialista y conduce inevitablemente al egoísmo. Involucra el reconocimiento de que el átomo se basta a sí mismo y que análogamente las unidades humanas tienen vida separada independiente de las demás unidades, sin re­lación entre sí. Esta etapa puede observarse en las razas subdesarrolladas del mundo, en los niños y en los individuos poco evolucionados. Son normalmente autocentrados; de­dican sus energías a su propia vida; se ocupan de lo objetivo y tangible, y los caracteriza un necesario y protector egoís­mo. Es una etapa indispensable en el desenvolvimiento y perpetuación de la raza.

 

De este período atómico y egoísta surge otra etapa, la de la coherencia grupal, que se supone la construcción de formas y especies hasta obtener algo coherente e individualizado, pero constituido por multitud de individualidades y formas menores. En conexión con el ser humano correspon­de a su conocimiento incipiente de la etapa de responsa­bilidad y al reconocimiento del lugar que le corresponde dentro del grupo. Requiere del individuo la capacidad de reconocer una vida superior a la suya, ya se la denomine Dios o se la considere simplemente como la vida del grupo, al cual pertenecemos como unidad, esa gran Identidad de la cual formamos parte. Esto corresponde a la escuela de pensamiento supernaturalista y con el tiempo lo sustituirá otro concepto más amplio y verdadero. Según hemos visto, la primera etapa o atómica, se desarrolló por el egoísmo o la vida autocentrada del átomo, sea el átomo de la sustancia o el humano; la segunda etapa llega a la perfección por el sacrificio de la unidad, en bien de los muchos, y del átomo, en bien del grupo, en el cual tienen cabida. De esta etapa muy poco sabemos y, frecuentemente, la visualizamos y an­helamos. La tercera etapa está aún muy lejana, y algunos la consideran como una vana quimera. Otros poseen la visión y, aunque inalcanzable ahora, es lógicamente posible si nuestras premisas son exactas y sentamos correctamente las bases de la existencia unificada. Entonces no sólo habrá unidades independientes, átomos diferenciados en la for­ma, grupos constituidos por multiplicidad de entidades, sino que tendremos el conglomerado de formas, grupos y esta­dos de conciencia, fusionados, unificados y sintetizados en un todo perfecto, denominado sistema solar, naturaleza o Dios. Los nombres no tienen importancia. Corresponde a la etapa adulta del ser humano; análoga al período de la ma­durez y a esa etapa donde se supone que el hombre tiene un propósito y trabajo definido en la vida y también un bien determinado, llevado a cabo con la ayuda de su inteligencia. En estas charlas quisiera, si es posible, demostrar que algo similar se está llevando a cabo en el sistema solar, en el planeta, en la familia humana y en el átomo. Confío que podré demostrar que en todo subyace una inteligencia, que de la separación vendrá la unión, producida por la fusión y mezcla grupal y que con el tiempo surgirá de 108 dis­tintos grupos un todo perfecto, plenamente consciente, compuesto por miríadas de identidades separadas, animadas por un sólo propósito y una sola voluntad. Si esto es así, ¿cuál es el paso práctico que deben dar quienes alcancen esta com­prensión? ¿Cómo aplicar prácticamente este ideal a nuestras propias vidas y cómo asegurarnos nuestro inmediato deber a fin de participar y cumplir conscientemente con el plan? En el proceso cósmico tenemos nuestra diminuta participa­ción y en cada día de actividad debemos desempeñar nues­tra parte con inteligente comprensión.

 

Nuestro primer objetivo debería ser la autocomprensión, por la práctica del discernimiento. Aprender a pensar con claridad, a formular nuestros pensamientos y a dirigir nuestros procesos mentales. Saber lo que pensamos y por qué lo pensamos, y descubrir el significado de la conciencia grupal por el estudio de la ley del sacrificio. No sólo debe­mos descubrir en nosotros la primitiva etapa infantil de egoísmo (que ya debiéramos haber trascendido) y aprender a diferenciar entre lo real y lo irreal, por la práctica del discernimiento, sino a pasar a algo mucho mejor. Nuestra meta inmediata debe ser descubrir el grupo al cual pertene­cemos. No pertenecemos a todos los grupos ni es posible saber cuál es nuestro lugar en el gran grupo, pero podemos encontrar algún grupo donde hallar cabida, un conjunto de personas con el cual colaborar y trabajar, algún hermano a quien socorrer y ayudar. Esto involucra practicar conscientemente el ideal de la hermandad, y -hasta haber evolucionado en la etapa en que nuestro concepto es univer­sal- significa que debemos descubrir el particular grupo de hermanos a quienes podemos amar y ayudar por medio de la ley de sacrificio y la transmutación del egoísmo en amoroso servicio. Así colaboraremos en el propósito general y participaremos en la misión del grupo.

 

LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA

 

 

SEGUNDA CONFERENCIA

 

Evidentemente en una serie de conferencias como éstas no puede tratarse concretamente un tópico tan impor­tante, aunque yo tuviera la suficiente preparación para dic­tar cátedra sobre un asunto tan fundamentalmente científico. Además, si las conclusiones de la ciencia sobre la evo­lución de la materia fueran definitivas, el tema sería, aún así, demasiado vasto para tratarlo, pero como no lo son, de ahí proviene su mayor complicación. Esta noche quiero enunciar previamente que mi objetivo consiste en hablar especialmente a quienes carecen de conocimiento científico, para darles un concepto general de las ideas comúnmente aceptadas. Por lo tanto, haré algunas sugerencias que ayu­darán a ajustar nuestras mentes a este gran problema de la materia. Por lo común se ha presentado el aspecto sustancia de la manifestación en forma separada y sólo últimamente se presentó al público lo que podría llamarse "sicología de la materia", mediante las investigaciones y conclusiones de científicos de mente más amplia.

 

La semana pasada, como recordarán, traté de indicar­les en forma extensa y general, que existían tres líneas de acercamiento para estudiar el universo material. Tenemos la línea que sólo considera el aspecto materialista y se ocupa únicamente de lo visible, tangible y demostrable. La segun­da línea es el supernaturalismo que reconoce más el aspecto denominado divino que el aspecto material de las cosas; trata de los aspectos de la vida y del espíritu, considerando esa vida como una potestad extraña al sistema solar y al hombre, y a esa Potestad como un gran Agente creador, que guía y crea el universo objetivo, aunque permanece fuera de él. Ambas líneas de pensamiento son postuladas por cientí­ficos francamente materialistas y también por los cristianos ortodoxos y los deístas de todos los credos.

 

Mencioné también una tercera línea denominada con­cepto idealista, la cual reconoce la forma material, ve la vida dentro de ella y admite una conciencia que evoluciona por medio de la forma externa. Es la línea que destacaré e insinuaré en estas conferencias, porque ningún orador pue­de, después de todo, disociarse totalmente de su propio pun­to de vista, habiéndome propuesto desarrollar en estas char­las la tercera línea, porque para mí sintetiza las otras dos y añade ciertos conceptos que producen un conjunto coheren­te cuando se fusiona con ambas. A ustedes les corresponde decidir si este tercer punto de vista es lógico, razonable o claro.

 

Para la mayoría de nosotros, la realidad más común de la vida es el mundo material, el cual podemos ver y tocar con los cinco sentidos, y los pensadores metafísicos denomi­nan "no-yo", o lo objetivo para cada uno de nosotros. Como sabemos, la tarea del químico es reducir las sustancias conocidas a sus elementos simples, y hasta no hace mucho tiempo se creyó haberlo logrado satisfactoriamente. Las con­clusiones del químico señalaban entre setenta y ochenta el número de elementos conocidos. Sin embargo, hace más o menos veinte años, en 1898, se descubrió un nuevo elemen­to que se lo denominó radio, y este descubrimiento revolu­cionó totalmente las ideas mundiales sobre la materia y la sustancia. Si consultamos los libros de texto del siglo pasado, o buscamos en los antiguos diccionarios la definición del átomo, veremos citado a Newton, quien lo definía como la última, indivisible y dura partícula de la materia, algo im­posible de mayor subdivisión. Se lo consideró el ultérrimo átomo del universo, y los científicos de la Era Victoriana lo denominaron "la piedra fundamental del universo", cre­yendo que habían llegado hasta donde era posible llegar y que habían descubierto todo lo subyacente detrás de la manifestación y de la objetividad misma. Pero, descubierto el radio y otras sustancias radiactivas, fue necesario encarar un nuevo aspecto de la situación, y, evidentemente, se vio que lo que hasta entonces se había tenido por la ultérrima partícula, no era tal. Hoy el diccionario define el átomo en los siguientes términos:

 

"El átomo es un centro de fuerza, una fase de los fenómenos eléctricos, un centro de energía, activo por su propia construcción interna, que emite energía, ca­lor o radiación."

 

Por lo tanto, el átomo es, según conjeturaba Lord Kelvin, en 1867, un "vórtice anular" o Centro de fuerza, y no una partícula de lo que entendemos por sustancia tangible. Se ha demostrado que esta ultérrima partícula de la materia está compuesta de un núcleo positivo de energía, circunda­do, como el sol por los planetas, por varios electrones o corpúsculos negativos, subdividiendo así el átomo de los antiguos científicos en numerosos cuerpos menores. Los elemen­tos difieren según el número y disposición de estos negati­vos electrones alrededor de su núcleo positivo, y giran o cir­culan en torno a esta carga central de electricidad, como nuestro sistema planetario gira alrededor del sol. El profesor Soddy, en uno de sus últimos libros, señala que en el átomo puede observarse todo un sistema solar -con su sol central y los planetas que recorren sus órbitas a su alrededor.

Resulta evidente para cada uno, que al analizar y es­tudiar esta definición del átomo, surge un concepto total­mente nuevo de la sustancia. Por lo tanto, las aseveraciones dogmáticas están fuera de lugar, porque nos damos cuenta que probablemente un próximo descubrimiento puede re­velar que los electrones son mundos dentro de otros mundos. Hay una interesante conjetura sobre estas líneas en un li­bro escrito por un pensador científico, donde sugiere dividir y subdividir el electrón en lo que denomina "sicones", y penetrar así en reinos que ahora no se consideran físicos. Quizás sea esto un sueño, pero lo que trato de plasmar en mi mente y en la de ustedes, es que apenas sabemos dónde nos encontramos respecto a las ideas científicas, como tampoco sabemos dónde nos hallamos en los mundos religioso y económico. Todo pasa por un período de transición, cambia el antiguo orden, y los viejos métodos de ver las cosas resultan falsos o inadecuados, y las caducas formas de expresar las ideas parecen inútiles. Todo cuanto cabe ahora al hombre inteligente es reservar su opinión, cerciorarse de lo que cree ser la verdad, y entonces esforzarse por sintetizar ese  as­pecto particular de la verdad universal con el aspecto acep­tado por su semejante.

 

Podemos entonces considerar que el átomo se resuelve en electrones, y expresarlo en términos de fuerza o energía. Un centro de energía o actividad, sugiere un concepto dual: la causa del movimiento o energía, y aquello que energetiza o activa. Esto nos conduce directamente al campo de la psicología, porque siempre se ha considerado que la energía o fuerza es una cualidad, y donde hay cualidad estamos real­mente considerando el campo de los fenómenos síquicos.

 

Al ocuparnos de la materia aparecen continuamente ciertos términos comunes, factibles de una amplia diversi­dad de definiciones. Al hojear días pasados un libro cientí­fico, me desalentó saber que el autor decía que eran total­mente diferentes los átomos del químico, del físico, del matemático y del metafísico, y ésta es una de las razones para no dogmatizar sobre estas cuestiones. Sin embargo, correcta o no, tengo que presentar una hipótesis bien definida. Al ha­blar del radio, probablemente nos aventuremos en el reino de la sustancia etérea, la región del éter o del protilo, pala­bra acuñada por Sir William Crookes, que la definió como:

 

 "Protilo es una palabra análoga a protoplasma, y expresa la idea de la materia original primaria, antes de la evolución de los elementos químicos. La palabra que me aventuré a emplear para tal propósito está­ compuesta de dos voces griegas que significan 'antes que' y 'la materia de que están hechas las cosas“.

 

Por lo tanto, estamos retrotrayendo el concepto de la mate­ria al punto en que siempre lo ubicó la escuela oriental, a la materia primordial, llamada también por los orientalistas "éter primordial", aunque debe recordarse que el éter de la ciencia está infinitamente lejos del éter primordial del ocul­tista oriental, el cual nos lleva de vuelta a ese intangible algo, base de las cosas objetivas que vemos, tocamos y manejamos. La palabra "sustancia" significa lo que "está debajo" o detrás de las cosas. En consecuencia, sólo podemos decir en relación con el éter del espacio, que es el medio en que actúa o se hace sentir la energía o fuerza. Cuando en estas Conferencias hablé de energía y fuerza y de materia y sus­tancia, podemos separarlas en nuestra mente de la manera siguiente: al referirnos a energía y sustancia consideraremos lo que aún es intangible, y emplearemos la fuerza, en cone­xión con la materia, al tratar con el aspecto objetivo que es­tudian definidamente los científicos. Sustancia es el éter en uno de sus múltiples grados, subyacente en la materia misma.

 

Cuando mencionamos energía debe existir lo que ener­getiza esa fuente de energía y su origen, que se manifiesta en la materia. Esto es lo que trato de destacar. ¿De dónde procede esta energía y qué es?

 

Los científicos reconocen cada vez con mayor claridad las cualidades que el átomo posee, y convendría tomar los diversos tratados científicos que se ocupan del tema de la materia atómica, y observar cuál de sus numerosos y varia­dos términos pueden ser a su vez aplicados al ser humano. He tratado de realizar esto en pequeña escala y me resultó muy iluminador.

 

Ante todo sabemos que al átomo se le atribuye energía y el poder de cambiar sus modos de actividad. Un autor lo ha dicho: "en todos los átomos del mundo se estremece una absoluta inteligencia". A este respecto señalaré que Edison, al ser entrevistado por un periodista de Harpen's Magazine en febrero de 1890, y al ampliar sus declaraciones en el Scientific American en octubre de 1920, en la primera en­trevista dijo:

 

"No creo que la materia sea inerte y la mueva una fuerza externa. Me parece que todo átomo posee algo de inteligencia primitiva. Consideremos los miles de formas en que los átomos de hidrógeno se combinan con los de otros elementos para formar las diversas sus­tancias. ¿Quiere usted decir, dijo el periodista, que lo hacen sin poseer inteligencia? Los átomos en armónica y útil relación asumen hermosas e interesantes formas y colores, o exhalan un fragante aroma como si expresaran su satisfacción... , o unidos en determinadas for­mas, constituyen animales de orden inferior. Finalmen­te, se combinan en el hombre, que representa la total inteligencia de todos los átomos."

 

El periodista preguntó: Pero ¿de dónde procede ori­ginariamente esta inteligencia?

Edison respondió: "De algún poder superior a nosotros."

Entonces ¿cree usted en un Creador inteligente, en un Dios personal?

"Desde luego. La existencia de un Dios así, puede demostrarse, a mi entender, por medio de la química."

 

En la larga conversación publicada en 1920 en el Scien­tific American, Edison presentó un gran número de intere­santes suposiciones, de las que extraje las siguientes:

 

1.     La vida es indestructible, como la materia.

 

2.     Nuestro cuerpo está constituido por miríadas de en­tidades infinitesimales, siendo cada una en sí, una unidad de vida, así como el átomo está constituido por miríadas de electrones.

 

3.     El ser humano actúa como un conjunto más bien que como una unidad. El cuerpo y la mente expre­san la voz y el voto de las entidades de vida.

 

4. Las entidades de vida construyen de acuerdo a un plan. Si parte del organismo vital es mutilado, lo reconstruyen exactamente como era antes...

 

5.  La ciencia reconoce la dificultad de trazar una línea entre lo inanimado y lo animado. Quizás las entida­des de vida extienden sus actividades a los cristales y cuerpos químicos.

 

6. Las entidades de vida son inmortales, de manera que por lo menos, en esta medida, la vida eterna es una realidad que muchos anhelamos.

 

En una alocución Sir Clifford Allbut, Presidente de la Asociación Británica de Médicos, tal como lo informó el Li­terary Digest del 26 de febrero de 1921, se refirió a la                 capa­cidad del microbio para seleccionar y rechazar, y en el transcurso de sus observaciones dijo:

 

"Cuando el microbio se aloja en el cuerpo puede estar o no a tono con algunas o todas las células con que hace contacto. Probablemente en ningún caso suceda algo morboso... , la morbosidad podría ocurrir entre el microbio y las células del cuerpo que están a su alcance y no a tono con él. Es razonable suponer que cuando un microbio se acerca a una célula corpórea puede atacarla de un modo u otro, entonces el microbio inocuo se convierte en virulento. Por otra parte las cé­lulas pueden educarse para vibrar en armonía con el microbio disonante, o haber intercambio y adaptación mutua...

 

"Pero si esto es así, enfrentamos en verdad una ma­ravillosa y amplia facultad, la facultad de elegir, y esta elevación desde el fondo de la biología a la cima -fa­cultad formativa-, la autodeterminación o, si prefieren, la mente."

 

En 1895, Sir William Crookes, uno de nuestros más grandes científicos, dio una interesante conferencia ante un grupo de químicos de Gran Bretaña, donde trató la capaci­dad del átomo de elegir su propio camino, rechazar y seleccionar, y demostró que la selección natural se observa en todas las formas de vida, desde el átomo ultérrimo de en­tonces, pasando por todas las formas de existencia.

 

En otro artículo científico se reconoce que el átomo po­see también sensación:

 

"La reciente discusión acerca de la naturaleza del átomo, que en una u otra forma debemos considerar como factores máximos de todos los procesos físicos o químicos, parece que podrá dirimirse mediante el con­cepto de que esas diminutas masas poseen -como cen­tros de fuerza- un alma persistente, y que todo átomo tiene sensación y movimiento."

 

Análogamente Tyndall señala que hasta los mismos átomos parece que tuvieran "instinto con deseo de vida"

 

Si consideramos estas diferentes cualidades del átomo, como energía, inteligencia, capacidad de selección y recha­zo, atracción y repulsión, sensación, movimiento y deseo, tendremos algo muy parecido a la sicología de un ser hu­mano, aunque dentro de un radio más limitado y en grado más circunscrito. Por lo tanto, ¿no hemos llegado acaso, retrospectivamente, a lo que podría llamarse la siquis del átomo? Hemos visto que el átomo es una entidad viviente, un diminuto mundo vibrante, y que dentro de su esfera de influencia hay otras vidas, en análogo sentido en que el hombre es también una entidad o núcleo positivo de fuerza o vida, que mantiene dentro de su esfera de influencia a otras vidas menores, es decir, las células de su cuerpo. Esto atañe al hombre y, en la misma medida, al átomo.

 

Ampliaremos ahora el concepto del átomo y quizás lle­guemos a la causa fundamental que encierra la solución de los problemas del mundo. El concepto del átomo como manifestación positiva de energía, que contiene dentro de su campo de actividad su polo opuesto, puede extenderse no sólo a todo tipo de átomo, sino también al ser humano. Po­demos considerar a cada ente de la familia humana como un átomo humano, porque el hombre es simplemente un átomo mayor. Es centro de fuerza positiva que mantiene dentro de la periferia de su esfera de influencia las células de su cuerpo, y demuestra discernimiento, inteligencia y energía. La diferencia es sólo de grado. Posee una conciencia más amplia y vibra a una mayor medida que el diminuto átomo químico.

 

Podemos aún dilatar el concepto y considerar el pla­neta como un átomo. Quizás exista internamente en el planeta una vida que retiene en él la sustancia de las esferas y de todas las formas de vida en un todo coherente, con una específica esfera de influencia. Esto quizás parezca una dis­paratada especulación, pero si juzgamos por analogía, quizás exista en la esfera planetaria una Entidad cuya conciencia esté tan alejada de la del hombre, como la del hombre de la del átomo químico.

 

El mismo concepto puede ampliarse hasta incluir el átomo del sistema solar. En el corazón del sistema solar te­nemos el sol, centro positivo de energía, que mantiene los planetas en su esfera de influencia. Si existe inteligencia en el átomo y la hay en el ser humano, si existe en el planeta una Inteligencia que controla sus funciones, ¿no sería lógico ampliar el concepto y afirmar que existe una poderosa Inte­ligencia detrás del átomo mayor del sistema solar?

 

      Esto nos lleva finalmente al punto de vista sostenido por el enfoque religioso, de la existencia de un Dios o Ser divino, donde el cristiano ortodoxo diría reverentemente Dios; el científico, energía, con igual reverencia, y ambos significarían lo mismo. Cuando el maestro idealista habla del “Dios interno” que reside en la forma humana, otros con igual exactitud se referirán a la "facultad energetizadora" del hombre que lo impulsa a la actividad física, emocional y mental.

 

En todas partes existen centros de fuerza, y la idea puede ampliarse desde un centro de fuerza como el átomo químico, ascendiendo a través de los distintos grados y           gru­pos de estos centros inteligentes, hasta el hombre, y de allí a la vida que se expresa por medio del sistema. Así se mani­fiesta el Todo maravilloso y sintético. Algo de esto pensa­ría San Pablo al hablar del Hombre celestial, y cuando men­cionó el "cuerpo crístico", con toda seguridad se refirió a esos entes de la familia humana que están dentro de su es­fera de influencia y constituyen Su cuerpo, así como el con­junto de células físicas forman el cuerpo físico del hombre. Es necesario, en estos días de trastornos religiosos, demostrar que las verdades fundamentales del cristianismo son verda­des científicas. Por lo tanto, es preciso hacer científica la religión.

 

Hay una interesante escritura sánscrita que data de miles de años y me aventuro a exponerla aquí, y dice:

"Toda forma en la Tierra y toda partícula (átomo) en el espacio, se esfuerza en formarse a sí misma y se­guir en el Hombre celestial el canon trazado para ella. La involución y la evolución del átomo... todo tiene un único y mismo objetivo, el hombre."

 

¿No se advierte que este concepto abre una gran esperanza? Todo átomo de materia con inteligencia latente, discerni­miento, facultad selectiva, llegará en el transcurso de los eo­nes a una etapa avanzada de conciencia llamada humana. Ciertamente podemos también suponer que el átomo humano progresa hacia algo aún más ampliamente consciente y que con el tiempo alcanzará la etapa de desarrollo de esas excelsas Entidades cuyos cuerpos constituyen los átomos pla­netarios. Cabe preguntarse, ¿qué les espera a esas entidades? Alcanzar ese estado omnincluyente de conciencia llamado Dios o Logos solar. Ciertamente es lógica y práctica esta enseñanza. La antigua y esotérica exhortación que dice al hom­bre: "Conócete a ti mismo, porque en tí hallarás todo lo Conocible", es la regla para el inteligente estudiante. Si nos consideramos científicamente centros de fuerza, mantenien­do la materia de nuestro cuerpo dentro de nuestra esfera de control y actuando en y dentro de ellos, tendremos una hi­pótesis capaz de interpretar todo el plan cósmico. Si como insinúa Einstein, nuestro sistema solar es sólo una esfera, se deduce que éste a su vez es un átomo cósmico; así nos ubicaríamos dentro de un sistema aún mayor y tendríamos un centro alrededor del cual gira nuestro sistema solar, co­mo lo hace el electrón respecto al átomo. Los astrónomos di­cen que todo el sistema solar probablemente gire en torno de un punto central en el firmamento.

 

Así la idea fundamental que he tratado de destacar pue­de trazarse ascendiendo a través del átomo químico y físico, a través del hombre, de la vida energetizadora de un plane­ta, hasta el Logos, la Deidad del sistema solar, la Inteligen­cia o Vida, que subyace en toda manifestación o naturaleza, y de allí a un sistema mayor, donde nuestro Dios debe des­empeñar Su parte y hallar el lugar que le corresponde. Si es verdad, es un maravilloso cuadro.

 

Ahora bien, no puedo tratar esta noche los distintos desarrollos de esta inteligencia que anima a los átomos; pero quisiera considerar brevemente lo que quizás, desde el punto de vista humano, es el método de su evolución, que tan íntimamente nos concierne, recordando que lo que es verdad para un átomo lo es en mayor o menor grado para el todo.

 

Al considerar ampliamente los átomos del sistema so­lar, incluyendo el sistema mismo, existen dos cosas notables:

Primero, la vida y la actividad intensas del átomo mismo y su energía atómica interna; segundo, su interacción con otros átomos -repeliendo a unos y atrayendo a Otros. De estos hechos podemos deducir que el método de evolución de cada átomo, se debe a dos causas: su vida interna y su interacción o intercambio con los demás átomos. Ambas etapas son evidentes en la evolución del átomo humano. Cristo pu­so el énfasis en lo primero cuando dijo: "el reino de Dios está en vosotros". Así adjudicó a los átomos humanos el centro de vida o energía dentro de sí mismos, enseñándoles que por medio de este centro deben expandirse y Crecer. Todos so­mos conscientes que estamos centrados en nosotros mismos, consideramos todas las cosas desde nuestro propio punto de vista, y los acontecimientos externos resultan interesantes siempre que nos conciernen. Tratamos las cosas si nos afec­tan personalmente, y en determinada etapa de nuestra evo­lución lo que le ocurre a los demás nos parece importante si nos atañe. En esta etapa se hallan muchos actualmente y es característica de la mayoría, siendo el período de in­tenso individualismo, donde el concepto yo es de suprema importancia. Involucra mucha actividad interna.

 

El segundo método de evolución del átomo humano es por medio de su interacción con los demás átomos, y esto es algo que recién ahora alborea en la inteligencia humana, asumiendo su justa importancia, pues sólo comenzamos a comprender la relativa significación de la competencia y de la colaboración, y estamos en vísperas de saber que no podemos vivir egoístamente, en forma independiente del gru­po al que pertenecemos; empezamos a aprender que si nues­tros hermanos se detienen y no progresan y si otros átomos humanos no vibran debidamente, cada átomo del cuerpo colectivo es afectado. Nadie será perfecto hasta que las de­más unidades alcancen el más pleno y completo desarrollo.

 

En la próxima conferencia me extenderé algo más so­bre esto, cuando me ocupe de la construcción de la forma. Al finalizar esta conferencia trataré de llevar a sus conciencias un conocimiento del lugar que cada uno ocupa en el esquema general, lo cual nos permitirá comprender la im­portancia de la interacción de los átomos. Trato de señalar la necesidad de descubrir el lugar en el grupo al que por naturaleza pertenecemos, donde somos como electrones para la carga positiva y, una vez descubierto, realizar nuestra ta­rea dentro del átomo mayor, el grupo.

 

Esto hace que la hipótesis no sea un mero sueño desca­bellado sino un ideal útil y práctico. Si es verdad que todas las células de nuestro cuerpo son, por ejemplo, electrones que mantenemos en coherencia, y si somos el factor energetiza­dor dentro de la forma material, es de suma importancia re­conocerlo y ocuparnos correcta y cientificamente de esa forma y sus átomos. Esto implica el cuidado práctico del cuerpo físico y la adaptación inteligente de toda nuestra energía al trabajo que se debe realizar y a la naturaleza de nuestro objetivo, pues es necesaria la sensata utilización del conjunto de células, nuestro instrumento o herramienta, y nuestra esfera de manifestación. Muy poco sabemos sobre esto. Cuando se desarrolle este concepto y se reconozca al ser humano como un centro de fuerza, cambiará fundamen­talmente la actitud de las personas respecto a su trabajo y modo de vivir. Cambiará, por ejemplo, el punto de vista del campo de la medicina y se estudiarán los correctos métodos para utilizar la energía. No habrá enfermedades causadas por la ignorancia y se estudiarán y practicarán los métodos de transmisión de fuerza. Seremos entonces verdaderamente átomos inteligentes, algo que aún no somos.

No sólo seremos prácticos para manejar nuestro cuerpo material, pues conoceremos su constitución, sino que cons­cientemente hallaremos nuestro lugar en el grupo y dirigiremos nuestra energía para su beneficio, y no como ahora para nuestros propios fines. Muchos átomos no sólo poseen vida interna propia, sino que la irradian, y así como la ra­diactividad se va comprendiendo gradualmente, también se estudiará al hombre como centro de radiación activa. Esta­mos en vísperas de admirables descubrimientos; nos acerca­mos a una maravillosa síntesis del pensamiento mundial; avanzamos hacia ese período en que la ciencia y la religión se ayudarán mutuamente, y la filosofía contribuirá al cono­cimiento de la verdad.

 

El empleo de la imaginación abrirá con frecuencia una maravillosa visión, y si esta imaginación se basa en lo esen­cial y comienza con una hipótesis lógica, quizás nos lleve a solucionar algunos de los enigmas y problemas que pertur­ban hoy al mundo. Si las cosas son misteriosas e inexplicables para nosotros, será porque la gran Entidad que se ma­nifiesta por medio de nuestro planeta está llevando a cabo un propósito y plan definidos, análogamente a como lo ha­cemos en nuestras vidas. A veces llevamos el cuerpo físico a situaciones donde le producimos dificultades dolorosas y agobiadoras; aceptada la hipótesis tratada, es lógico suponer que la gran Inteligencia de nuestro planeta también lleva su cuerpo de manifestación -que incluye la familia huma­na- a situaciones angustiosas para los átomos. Ciertamente es lógico suponer que el misterio de cuanto vemos a nuestro alrededor está oculto en la voluntad o inteligente propósito de esa Vida mayor que actúa a través de nuestro planeta, como el hombre actúa a través del cuerpo físico. Sin embargo, esa Vida, esa Inteligencia superior a la nuestra, es un átomo de una esfera aún mayor, donde mora el Logos solar, la inteligencia que contiene todas las vidas menores.

 

LA EVOLUCIÓN DE LA FORMA

O LA EVOLUCIÓN GRUPAL

 

TERCERA CONFERENCIA

 

ESTA noche ampliaré la idea fundamental y el concepto de la unidad consciente o inteligente, desarrollada parcialmen­te en la conferencia anterior. Se ha dicho que toda evolu­ción procede de lo homogéneo, pasa por lo heterogéneo y retorna a lo homogéneo, y se ha puntualizado que:

 

"La evolución es una continua marcha acelerada de todas las partículas del universo, llevadas simultáneamente por un camino de destrucción, pero en for­ma ininterrumpida y sin pausa, desde el átomo material hasta la conciencia universal, donde se conocen la omnipotencia y la omnisciencia, en otras palabras, el. pleno conocimiento de lo Absoluto de Dios."

 

La evolución procede desde esas diminutas diversifica­ciones llamadas átomos y moléculas; asciende hasta sus con­glomerados al constituirse en formas, y sigue a través de la construcción de esas formas a otras mayores, hasta formar el sistema solar en su totalidad. Todo prosigue de acuerdo a la ley, y las mismas leyes básicas rigen la evolución del átomo y de un sistema solar. El macrocosmos se repite en el hombre, el microcosmos, y éste a su vez se refleja en los átomos menores.

 

Estas observaciones y la conferencia anterior concier­nen principalmente a la manifestación material de un sis­tema solar, pero en posteriores conferencias pondré el én­fasis principalmente en lo que podría llamarse evolución síquica, o gradual manifestación y desenvolvimiento evolutivo de la subjetiva inteligencia o conciencia, que se halla detrás de la manifestación objetiva.

 

Dividiremos esta conferencia en cuatro partes. Prime­ro, veremos el proceso evolutivo, que en este caso particular es la evolución de la forma o del grupo; después el método para el desarrollo grupal; seguirá el estudio de las etapas que deben recorrerse durante el ciclo de evolución, y, finalmente, trataremos de ser prácticos y extraer de nuestras con­clusiones alguna lección aplicable a la vida diaria,

 

Ante todo conviene considerar parcialmente lo que en realidad es la forma. El diccionario la define diciendo que "es la configuración externa de un cuerpo". Esta definición subraya lo externo, lo tangible y la manifestación exotérica. El mismo concepto subyace en el significado etimológico de la palabra manifestación, que deriva de dos palabras lati­nas: manus, mano, y fendere, tocar, esto es, tocar con la mano. Este significado sugiere una triple idea, en el sentido de que se puede sentir, tocar y comprender como algo tangi­ble. Sin embargo, en ambas interpretaciones se prescinde de la parte más vital del concepto, por lo cual debernos bus­car una definición más adecuada. A mi entender, Plutarco expresa con mucha más claridad que los diccionarios, la idea de la manifestación de lo subjetivo mediante la forma objetiva, cuando dice:

 

"Una idea es un ser incorpóreo que no tiene subsis­tencia propia, pero da forma y figura a la informe ma­teria, y es la causa de la manifestación."

 

Tenemos aquí una interesante frase de verdadero signi­ficado esotérico, y compensará el cuidadoso estudio y consi­deración que de ella se haga, pues contiene un concepto aplicable no sólo a una pequeña manifestación, el átomo químico y el físico, sino a todas las formas que éstos consti­tuyen, incluyendo la manifestación del ser humano y la deidad de un sistema solar, la excelsa Vida, la omniabar­cante Mente universal, el vibrante Centro de energía, la incluyente Conciencia denominada Dios, Fuerza o Logos, esa Existencia que se manifiesta por medio del sistema solar.

 

En la Biblia cristiana el mismo pensamiento está corro­borado por San Pablo en una carta a la Iglesia de Efesios. En el segundo capítulo de la epístola a los Efesios, dice:

"Porque somos a hechura suya" . Pero la exacta traducción del griego es: "Somos su poema o idea". El pensamiento del apóstol es que por medio de cada vida humana o del conjunto de vidas que constituyen un sistema solar, Dios, me­diante la forma, cualquiera sea, está llevando a cabo una idea, un concepto específico, un detallado poema. El hombre es un pensamiento corporificado, y tal es el concepto latente en la definición de Plutarco. Tenemos en ella, primero, la idea de una entidad autoconsciente, después, el pensamiento o propósito que dicha entidad trata de expresar y, finalmen­te, el cuerpo o forma, resultado secuencial.

 

Al hablar de la Deidad, el Nuevo Testamento emplea con frecuencia la palabra Logos. El término Logos, tradu­cido como el Verbo, se utiliza frecuentemente en el Nuevo Testamento al referirse a la Deidad. El pasaje más notable en este punto es el primer capítulo del Evangelio de San Juan, que dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Consideraremos breve­mente el significado de esta expresión. La traducción literal es "el Verbo", y ha sido definido como "la expresión obje­tiva de un pensamiento oculto". Si tomamos cualquier sus­tantivo o palabra similar, por ejemplo, y estudiamos su significación objetiva, descubriremos que siempre expresa a la mente un definido pensamiento, involucrando propósito, intención o quizás algún concepto abstracto. Si empleamos ese mismo método incluyendo la idea de la Deidad o del Logos, se esclarecerá el abstruso tema de la manifestación de Dios o Inteligencia central, mediante la forma material, sea que Lo veamos manifestándose en la minúscula forma de un átomo químico o en Su gigantesco cuerpo físico denominado sistema solar.

 

En la conferencia anterior vimos algo que puede apli­carse a todos los átomos y constituye cierta notable caracte­rística que los científicos de todas partes van reconociendo. Se ha demostrado que los átomos poseen vestigios de mente y una rudimentaria inteligencia. El átomo demuestra po­seer la facultad de discernir y el poder de seleccionar, la capacidad de atraer o repeler. Podrá parecer extraño el em­pleo de la palabra inteligencia con relación a un átomo químico, no obstante, la etimología de la palabra incluye perfectamente esta idea. Deriva de dos palabras latinas:

inter, entre, y legere, elegir. Por lo tanto, la inteligencia es la facultad de pensar o elegir, seleccionar y discernir. En realidad es ese algo abstracto e inexplicable que reside detrás de la gran ley de atracción y repulsión, una de las leyes básicas de la manifestación. Esta fundamental facul­tad de la inteligencia caracteriza a toda la materia atómica y rige también la construcción de las formas o conglomera­ción de átomos.

Anteriormente nos ocupamos del átomo en sí, pero no lo consideramos cuando interviene en la construcción de la forma o de esa totalidad de formas denominadas reino de la naturaleza. Consideramos también parcialmente la natura­leza esencial del átomo y su incipiente característica de inteligencia y destacamos aquello con lo cual están construidas las distintas formas tal como las conocemos -las del reino mineral, vegetal, animal y humano. En la totalidad de las formas tenemos toda la naturaleza, tal como generalmente se comprende.

 

Ampliemos la idea, desde las formas individuales que constituyen cada uno de los cuatro reinos de la naturaleza, y considerémosla proporcionando esa forma aún mayor denominada reino y observemos a éste como una unidad consciente, formando un todo homogéneo. Así cada reino de la naturaleza puede considerarse como una forma a tra­vés de la cual puede manifestarse determinado tipo o grado de conciencia. También así, el conglomerado de formas animales constituye esa forma mayor o reino animal, que a su vez ocupa un lugar en un cuerpo aún mayor. Por medio de ese reino procura expresarse una vida consciente, y por el conglomerado de reinos trata de manifestarse una Vida subjetiva mayor.

 

En los cuatro reinos mineral, vegetal, animal y humano, tenemos tres factores, siempre que, lógicamente, la base de nuestro razonamiento sea correcta: primero, el átomo original es una vida; segundo, las formas están construidas por una multiplicidad de vidas, y proporcionan un coherente conjunto, a través del cual una entidad subjetiva lleva a cabo un propósito; tercero, la vida central dentro de la forma constituye su impulso directriz, la fuente de su energía, el origen de su actividad y lo que mantiene unida la forma como una unidad.

 

Esta idea puede aplicarse al hombre, y para los propó­sitos de esta conferencia podemos definirlo como esa energía central, vida o inteligencia, que actúa por medio de una manifestación material, o forma construida por miríadas de vidas menores. Sobre el particular diré que en el mo­mento de la muerte se ha observado frecuentemente un extraño fenómeno. Hace algunos años me llamó la atención sobre esto, una de las más hábiles enfermeras quirúrgicas de la India, que durante mucho tiempo fue atea, pero había comenzado a dudar de su incredulidad después de haber sido testigo de ese fenómeno repetidas veces. Me explicó que en el momento de la muerte, en diversos casos, había visto surgir de la cima de la cabeza un destello de luz, y que en un caso particular, al morir una joven de evidente avanzado desarrollo espiritual, de gran pureza y santidad de vida, quedó el aposento iluminado momentáneamente como por una luz eléctrica. Además, hace poco, en una de nuestras populosas ciudades meridionales, varias eminencias médicas recibieron una carta, donde un investigador preguntaba si habían observado algún fenómeno particular en el momen­to de la muerte. Algunas respondieron haber visto una luz azulada surgiendo de la cima de la cabeza del moribundo, y una o dos afirmaron que habían oído un chasquido en la cabeza. Este último caso está corroborado por el Eclesiastes, donde se menciona la rotura del cordón plateado, o de ese vínculo magnético que une la entidad que mora interna­mente, o el pensador a su vehículo de expresión. En los dos casos mencionados, se advierte una demostración visual del retiro de la luz central o vida, y la consiguiente desintegra­ción de la forma y dispersión de las miríadas de vidas me­nores.

 

A algunos les parece una hipótesis lógica, que así como el átomo químico es una infinitesimal forma o esfera, con un núcleo positivo, que mantiene girando a su alrededor los electrones negativos, también las formas de los reinos de la naturaleza son de análoga estructura, y sólo difieren en grado de conciencia o inteligencia. Por lo tanto, podemos considerar a los reinos como la expresión física de una gran vida subjetiva, y por lógicos pasos llegar a reconocer que cada unidad de la familia humana es un átomo en el cuerpo de esa Vida o Entidad superior, llamada en algunas                Escri­turas, el Hombre celestial. Llegamos finalmente al concepto de que el sistema solar es sólo un conglomerado de los rei­nos de las formas y el Cuerpo de un Ser que Se expresa por su intermedio y lo utiliza para llevar a cabo un definido propósito y una idea central. En todas estas ampliaciones de nuestra hipótesis final vemos la misma triplicidad; una Vida o Entidad animadora que se manifiesta por medio de una forma o una multiplicidad de formas y denota inteligencia discriminadora.

 

No es posible ocuparnos del método de la construcción de formas ni ampliar el estudio del proceso evolutivo por cuyo medio los átomos se combinan en formas, y las formas se agrupan formando esa unidad mayor que llamamos reino de la naturaleza. Dicho método podría resumirse en tres términos: involución, o sea circundar de materia la vida subjetiva, método por el cual la Entidad inmanente se posesiona de su vehículo de expresión; evolución, o utilización de la forma por la vida subjetiva, su gradual perfeccionamiento y la final liberación de la vida aprisionada; la ley de atracción y repulsión, por la cual se coordinan el espíritu y la materia, la vida Central adquiere experiencia, expande su conciencia y por el empleo de esa particular forma logra el conocimiento y el control de si misma. Todo se efectúa de acuerdo a esta ley básica. En cada forma existe una vida central o idea, que viene a la manifestación, revistiéndose cada vez más de sustancia, adoptando una forma o configuración adecuada a su necesidad y requerimiento, utilizán­dola como medio de expresión y, con el tiempo, liberándose de la forma circundante, a fin de adquirir otra más adecuada a su necesidad. Así, a través de todo tipo de forma, pro­gresa el espíritu o vida, hasta que el sendero de retorno haya sido recorrido, llegando al punto de origen. Tal es el significado de la evolución y el secreto de la encarnación cósmica. Eventualmente el espíritu se zafa de la forma, logra la liberación y desarrolla una cualidad sí­quica y graduada expansión de conciencia. Consideremos brevemente estas etapas. Tenemos en el primer caso el pro­ceso de involución. En este período se limita la vida dentro de la forma o envoltura, y este lento y prolongado proceso abarca millones y millones de años. En este gran ciclo par­ticipa todo tipo de vida. Concierne a la vida del Logos solar, manifestándose por medio de un sistema solar. Es parte del ciclo de vida del Espíritu planetario, manifestándose por medio de una esfera como nuestro planeta Tierra; incluye esa vida denominada humana, y atrae hacia el camino de su energía a esa diminuta vida que actúa por medio del átomo químico. Es el gran proceso del devenir, que hace posible la existencia y el ser. Después de este período de limitación, de gradual y creciente aprisionamiento y de descenso más profundo en la materia, le sigue otro de adap­tación, donde la vida y la forma se interrelacionan íntimamente; después viene el período en que se perfecciona esa relación interna. Entonces la forma está adecuada a las ne­cesidades de la vida y puede ser utilizada. A medida que la vida interna se desarrolla y amplia, se va cristalizando para­lelamente la forma, y ya no es apropiada como medio de expresión. Después del período de cristalización tenemos el de desintegración. La limitación, adaptación, utilización, cristalización y desintegración, constituyen las etapas que abarca la vida de una entidad o idea corporificada, de grado superior o inferior, que trata de expresarse por medio de la materia.

 

Apliquemos este pensamiento al ser humano. Al tomar forma física es donde se ve el proceso de limitación, y tam­bién en los primeros días de rebeldía, cuando el hombre hen­chido de deseos, aspiraciones, ansiedades e ideales, es inca­paz de expresarlos o satisfacerlos. Llega después la etapa de adaptación, cuando el hombre comienza a utilizar lo que posee y a expresarse como mejor puede, por medio de las miríadas de vidas e inteligencias menores que constituyen sus cuerpos, físicos, emocional y mental. Energetiza su triple forma, obligándola a obedecer sus mandatos y a cumplir sus propósitos; así lleva a cabo su plan, para bien o para mal. A esta etapa le sigue aquella en que utiliza la forma hasta donde es capaz, llegando a lo que denominamos ma­durez. Finalmente, en las etapas posteriores de la vida llega la cristalización de la forma, y el hombre reconoce lo inade­cuado de la misma, entonces sobreviene la feliz liberación llamada muerte, ese solemne momento en que el "aprisio­nado espíritu" escapa de los muros de su forma física. Nues­tras ideas sobre la muerte han sido erróneas. Hemos consi­derado a la muerte como terrible final, pero en realidad es la gran evasión, la entrada en una más plena actividad, y la liberación de la vida desde el vehículo cristalizado y la forma inadecuada.

 

Ideas análogas pueden aplicarse a todas las formas, no sólo a la del cuerpo físico humano; a formas de gobierno, de religión, de ciencia y de filosofía, y su actuación en forma peculiar e interesante puede verse en este ciclo en que vivimos. Todo se halla en estado de flujo. Cambia el antiguo orden y está en marcha un período de transición; en toda corriente de pensamiento se desintegran las viejas formas, pero únicamente para que la vida que les dio el ser, pueda liberarse y construir para silo que será más satisfactorio y adecuado. Tomemos, por ejemplo, la vieja forma religiosa de la fe cristiana; quisiera que no me interpreten mal, por­que no trato de demostrar que es inadecuado el espíritu del cristianismo ni que sean erróneas sus bien comprobadas y experimentadas verdades; Tan sólo trato de señalar que la forma por cuyo intermedio trató de expresarse ese espíritu, ha servido su propósito y constituye una limitación. Las mismas grandes verdades y las mismas ideas fundamentales requieren un vehículo más adecuado a través del cual actuar. Los pensadores cristianos en esta  época, deben dife­renciar cuidadosamente entre las vitales verdades del cris­tianismo y la cristalizada forma teológica. El impulso vi­viente fue dado por Cristo. Enunció esas grandes y eternas verdades y las envió para adquirir forma y satisfacer la necesidad de un sufriente mundo. Fueron limitadas por la forma, y sobrevino un largo período en que esa forma (dog­mas y doctrinas religiosas) creció gradualmente y se confi­guró. Transcurrieron siglos durante los cuales la forma y la vida parecieron estar mutuamente adaptadas, y los ideales cristianos se expresaron por medio de dicha forma. Ahora ha llegado el período de cristalización, y la conciencia cris­tiana en expansión halla inadecuadas y restrictivas las limi­taciones de los teólogos. La gran trama de dogmas y doctri­nas erigida por los eclesiásticos y teólogos de las edades, debe inevitablemente desintegrarse, pero sólo con el fin de liberar la vida interna y construir un mejor y más satisfactorio me­dio de expresión y así estar a la altura de la misión para la cual se la envió.

 

Lo mismo se observa en las distintas escuelas de pensamiento. Todas expresan una idea mediante una particular forma o conjunto de formas, y debe recordarse que la triple vida detrás de cada forma es una, aunque los vehículos de expresión sean diversos y resulten inadecuados en el transcurso del tiempo.

 

Entonces ¿qué propósito subyace en este interminable proceso de la construcción de formas y en esta combinación de formas menores? ¿Cuál es la razón de todo ello y cuál su finalidad? Con seguridad debe ser el desarrollo de cualida­des, la expansión de la conciencia, el desenvolvimiento de la comprensión la obtención de los poderes de la siquis o alma, la evolución de la inteligencia, la demostración gradual de la idea básica o propósito que esa gran Entidad llamada Logos o Dios, está llevando a cabo por medio del sistema solar. Es la demostración de Su calidad psíquica, porque Dios es Amor inteligente, y cumple su determinado propósito, porque Dios es Voluntad inteligente y amorosa.

 

Para cada uno de los diferentes tipos y grados de áto­mos existe un propósito y una finalidad. Hay una meta para el átomo químico, hay una etapa de realización para el átomo humano, el hombre; algún día el átomo planetario manifestará su propósito fundamental y, eventualmente, se revelará la gran Idea que subyace detrás del sistema solar. ¿Sería posible en breves momentos de estudio adquirir un sólido concepto de lo que puede ser este propósito? Quizá tengamos una idea amplia y general si abordamos el tema con suficiente reverencia y sensible perspectiva, teniendo en cuenta que únicamente es dogmatizada por el ignorante y que sólo el imprudente se ocupa detalladamente al conside­rar estos estupendos tópicos.