Autobiografía Inconclusa
Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul
(Alice A.
Bailey)
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Prologo
Los cuatro primeros capítulos de esta Autobiografía
fueron escritos en el año 1945. Los Capítulos Quinto y Sexto lo fueron en
1947. Estas fechas son significativas, en relación con los acontecimientos
mundiales de esa época.
El primer original escrito a máquina fue copiado
nuevamente en 1948, y leído y corregido por la señora Alice A. Bailey. En distintas
oportunidades varias personas ayudaron a preparar el texto, y las copias de
algunas partes fueron entregadas también a unas pocas, para su comentario. En
algunos casos no fueron devueltas, pero de todas maneras resultaron
incompletas, inexactas en ciertos detalles y, finalmente, no fueron aprobadas
por ella.
Tenía proyectado escribir cuatro capítulos más
de esta Autobiografía, pero nunca lo hizo. La creciente presión del trabajo
mundial, de cuya organización era responsable la señora Bailey; las condiciones
confusas y tensas en que se hallaba la humanidad, con la que ella estaba
sensiblemente sintonizada; el sentido de futilidad y, por lo tanto, de
negatividad de los hombres de buena voluntad de todas partes, actitud que ella
procuró arduamente contrarrestar; la tensión que implicaba la falta de finanzas
para la expansión del trabajo mundial, y la frustración y decepción causadas
por la incapacidad para enfrentar las necesidades y, a menudo, la imposibilidad
de aprovechar la oportunidad, por falta de recursos, fueron algunas de las
tensiones que produjeron en ella un estado de total agotamiento. El vehículo
físico no tenía descanso. El estado cardíaco y sanguíneo empeoraba constantemente.
Durante los dos últimos años de su vida luchó
contra esas presiones y condiciones adversas, con una voluntad realmente férrea.
Su personalidad de primer rayo, se irguió en un supremo esfuerzo por responder
a la demanda de su alma. En 1946 tomó la decisión de imponerse a su invalidez.
En consecuencia, según su costumbre, trabajaba diariamente hasta el límite de
su capacidad física, sin preocuparse del dolor o la fatiga. Determinó pasar al
más allá en plena actividad y ocupada en su tarea, y así lo hizo. Aún en sus
Últimos días, 1949, internada en un hospital de Nueva York, recibía visitas,
efectuaba reuniones con los miembros de la comisión directiva y escribía
cartas.
A la hora de su muerte, su propio Maestro K. H.
vino en su búsqueda, como se lo había prometido desde tanto tiempo.
A la mañana siguiente de su muerte, envié esta
carta a sus miles de amigos y a los estudiantes de todo el mundo.
Estimado amigo:
Esta carta le anuncia el final de un ciclo y el
comienzo de otro más útil y menos restringido, para nuestra mutua amiga Alice
A. Bailey. Se liberó pacífica y felizmente, en la tarde del jueves 15 de
diciembre de 1949. ‑
Hablando juntos, esa su última tarde, me dijo:
"Tengo mucho que agradecer. He vivido una vida rica y plena. Innumerables
personas, en todo el mundo, han sido muy buenas conmigo".
Muchas veces había deseado abandonar este mundo,
pero la retenía únicamente su fuerte voluntad de terminar su trabajo y el
ardiente deseo de completar ciertos arreglos para el futuro de la Escuela
Arcana, que nos ayudaría a usted y a mí, a ser mejores servidores de nuestros
semejantes.
En el transcurso de los años, había ideado y
modelado el plan para nuestra Escuela, con la precisión de su aguda mente,
colmándolo con la potencia magnética de su gran corazón, que tanto había
sufrido.
Algunos han preguntado el por qué de su
sufrimiento –pues ella sufrió mental, emocional y físicamente. Sólo yo sé cuán
triunfalmente se abría para recibir el impacto de diferentes tipos de fuerzas
destructivas, tan prevalecientes en esta época de tumulto mundial, y cuán
asombrosamente las trasmutaba, protegiendo a todos esos aspirantes luchadores y
jóvenes discípulos, duramente presionados, que en el transcurso de los años
llegaron a ella y a su Escuela.
La mayor parte del trabajo en su vida siempre
fue subjetivo, y hemos visto y observado sus efectos objetivos en el ir y venir
externos, la hemos ayudado y querido, criticándola a veces, quejándonos otras,
pero siempre seguimos adelante con ella y por ella, cada vez mejor y más
arriba, lo cual no hubiera sido posible de otra manera. Todos somos muy humanos
y ella también lo fue.
¿Por qué sufría? Porque eligió el sendero de los
Salvadores del Mundo. Ahora ha retornado a su Maestro K. H., a fin de realizar
juntos un trabajo más osado para Cristo.
Ella nos pide que mantengamos la Escuela Arcana
limpia y brillante tal como es ahora, plena de ese poder salvador que emana de
un grupo mundial de amorosos corazones, que en verdad es eso, y que procuremos
servir verdaderamente.
Sinceramente suyo,
(firmado)
FOSTER BAILEY
Nueva York, 16 de diciembre de 1949
.
Lo que finalmente me decidió escribir acerca de mi vida,
fue una carta que recibí en 1941, de un amigo que estaba en Escocia, donde me
decía que, según su modo de ver, podía prestar un gran servicio si explicaba a
la gente cómo había llegado a lo que soy, siendo de utilidad saber de qué
manera una activa y rabiosa cristiana ortodoxa llegó a convertirse en una muy
conocida instructora esotérica. Las personas podrían aprender mucho
descubriendo en qué forma una estudiante de la Biblia, teológicamente
orientada, pudo llegar a la firme convicción de que las enseñanzas orientales y
occidentales deben amalgamarse y fusionarse antes de que la verdadera religión
universal –que todo el mundo espera— aparezca en la Tierra. Es de valor saber
que el amor de Dios antecede al cristianismo y no reconoce fronteras. Esta fue
la primera y más difícil lección que tuve que aprender y me llevó largo tiempo,
así como a todos los fundamentalistas les cuesta aprender que Dios es amor; lo
afirman, pero no lo ponen en práctica, me refiero a la práctica de Dios.
Entre otras cosas quisiera demostrar cómo el
mundo de los seres humanos se abrió para recibir a una mujer inglesa, consciente
de su clase social, y cómo un mundo de valores espirituales, con un gobierno
directo, interno y espiritual, llegó a ser un hecho comprobado para una
cristiana de mente excesivamente estrecha. Me vanaglorio con el nombre de
cristiana, pero ahora pertenezco a la clase incluyente y no a la excluyente.
Una de las cosas que deseo destacar en
esta narración es la realidad de la dirección interna de los asuntos mundiales,
y así familiarizar paralelamente a más personas con la realidad de la
existencia de Quienes son responsables (detrás de la escena) de la guía
espiritual de la humanidad y también de la tarea de conducir a esa humanidad
de la oscuridad a la Luz, de lo irreal, a lo Real y de la muerte a la
Inmortalidad.
Quiero que los Discípulos de Cristo, los
Maestros de Sabiduría, sean reales para las personas, como lo son para mí y
para muchos miles de personas en el mundo. No me refiero a una realidad
hipotética (si se me permite la frase) ni a un acto de fe y credulidad. Quiero
presentarlos tal cual son, Discípulos de Cristo, hombres que están en la vida
y son factores siempre presentes en los asuntos humanos. Éstas son las cosas
que tienen importancia y no las experiencias terrenas, ni los acontecimientos
y eventos en la vida de uno de Sus trabajadores.
He vivido muchas, encarnaciones en una. He
tratado de avanzar constantemente, aunque con suma dificultad (tanto
psicológica como material), hacia un campo de servicio cada vez más amplio.
Quiero demostrar que en cada ciclo de experiencia he tratado sinceramente de
seguir una guía interna, y cuando lo he hecho siempre ha significado un paso
adelante en comprensión y progreso y una gran capacidad para ayudar. El
resultado de este progreso aparentemente ciego (como cuando me casé y vine a vivir
a los Estados Unidos) fue siempre una mayor oportunidad. He desempeñado
diversos papeles en mi vida. Fui una niña muy desgraciada, excesivamente
desagradable, una joven de sociedad, de la alegre década (que para mí no lo
era) de 1890, para convertirme después en una evangelista y trabajadora social
del tipo predicador de "Billy Sunday". Repito: no era muy alegre,
pero si joven y me interesaban grandemente todas las cosas. Más tarde me casé
con Walter Evans y me encontré actuando como esposa del párroco de la Iglesia
Episcopal Protestante de California y madre de tres niñas.
Esa variada experiencia de vivir y trabajar en
Gran Bretaña, Europa, Asia y América, hizo cambiar fundamentalmente mi actitud
hacia la vida y las personas. Permanecer estático en un solo punto de vista me
parece poco inteligente. Significa llegar a un punto, en el propio desarrollo,
en que dejamos de aprender y no podemos extraer el significado de los
acontecimientos, de las corrientes del pensamiento y las circunstancias,
quedando mentalmente pasivos frente a la vida. Esto es desastroso y malo. Sin
duda ha de ser lo que se denomina infierno. Lo terrible del infierno (en el
cual no creo desde el punto de vista ortodoxo) debe consistir en una eterna
monotonía, en una forzosa incapacidad de cambiar las condiciones.
Después me convertí en una estudiante de
esoterismo, una escritora cuyos libros lograron amplia y constante difusión,
traducidos a muchos idiomas. Más tarde me encontré directora de una escuela
esotérica (sin desearlo y sin la menor intención) y organizadora, con Foster
Bailey, del Movimiento Internacional de la Buena Voluntad (no un movimiento
pacifista), alcanzando tal éxito al estallar la guerra en 1939, que contábamos
con centros en diecinueve países.
Por lo tanto no he sido inútil en lo que
respecta al servicio mundial, pero no pretendo que mi éxito se deba únicamente
a mi esfuerzo personal. Siempre he tenido la bendición de maravillosos amigos y
colaboradores que –en el transcurso de los años— a pesar de todo lo que les
hice, continuaron igualmente. He tenido muchísimos amigos y sorprendentemente
muy pocos enemigos, los cuales no me causaron realmente daño alguno; quizás se
deba a que nunca me fueron desagradables y siempre supe comprender por qué no
les caí en gracia. Foster Bailey, mi esposo, facilitó mi trabajó durante más de
veinticinco años. Creo que sin él, poco hubiera podido realizar. Cuando existe
un amor profundo, leal y comprensivo, respeto y continua camaradería, en
realidad podemos considerarnos ricos. Mi esposo ha constituido para mí una
torre de fortaleza y "la acogedora sombra de una gran roca en una tierra
sedienta". Hay cosas que al expresarlas en palabras pierden su significado
y suenan a huecas y fútiles cuando las escribimos. Nuestra relación es una de
ellas. Debemos haber vivido y trabajado juntos durante muchas vidas, y ambos
esperamos seguir juntos otras tantas. Nada más diré sobre esto. Frecuentemente
me he preguntado qué hubiera hecho yo sin la amistad comprensiva, el afecto y
la firme colaboración de mis innumerables amigos y colegas, que durante años me
apoyaron. No puedo nombrarlos, pero son las personas esencialmente
responsables del éxito del trabajo que hemos realizado como grupo.
Esta autobiografía tiene, por lo tanto, un
triple propósito, pues tres cosas deseo destacar, y espero hacerlo con claridad.
Primero, la realidad de la existencia de los
Maestros de Sabiduría, que actúan bajo la guía de Cristo. Quiero poner en
claro la naturaleza de Su trabajo, y presentarLos al mundo tal cómo los conozco
personalmente, pues en los años venideros otras personas darán testimonio de Su
existencia y deseo allanarles el camino. Esto lo ampliaré más adelante y
mostraré cómo llegué a conocer personalmente Su existencia. En la vida de cada
uno de nosotros existen ciertos factores convincentes que hacen posible el
vivir. Nada puede alterar la propia convicción interna. Los Maestros son para
mí tal factor, y este conocimiento ha constituido un punto estabilizador en mi
vida.
Segundo, quisiera señalar algunas de las nuevas
tendencias en el mundo de hoy, que decididamente están ejerciendo influencia en
el género humano y elevando la conciencia humana, y también puntualizar algunas
de las ideas más nuevas que surgen en el mundo del pensamiento humano y
provienen del grupo interno de Maestros, las cuales están introduciendo una
nueva civilización y cultura y –incidentalmente desde el ángulo de la eternidad—destruyendo
muchas de las viejas y queridas formas. Durante mi vida he visto, como lo ven
las personas reflexivas, la desaparición de muchas cosas inútiles en el campo
de la religión, de la educación y del orden social. Y eso es muy bueno.
Mirando retrospectivamente, no puedo imaginar
nada más espantoso que la perpetuación de la era Victoriana, su fealdad por
ejemplo, la afectación, el excesivo lujo de las denominadas clases altas y la
terrible condición en que debía debatirse la clase trabajadora. En ese bien
equipado, afectado y confortable mundo, viví mi niñez. No puedo imaginar algo
más enfermizo para el espíritu humano, que la teología del pasado, que hacía
resaltar la existencia de un Dios que salva a unos pocos presumidos y condena
a la mayoría a la perdición. Tampoco puedo imaginar nada más conducente a la
inquietud, a la guerra de clases, al odio y a la degradación, que la situación
económica del mundo de entonces, que fue por muchas décadas grandemente
responsable de la actual guerra mundial, (1914‑1945).
A Dios gracias, vamos en camino hacia cosas
mejores. El grupo que compartió nuestro trabajo, junto con otros grupos que responden
a la misma inspiración de amor a la humanidad, habían desempeñado su pequeña
parte para producir los tan necesarios cambios. La tendencia del mundo hacia el
federalismo, hacia la comprensión y la colaboración y hacia todas las cosas que
beneficiarán a todos y no a unos cuantos elegidos, es muy alentadora. Nos
encaminamos hacia la fraternidad.
Tercero, deseo demostrar cuán maravillosos son
los seres humanos. He vivido en tres continentes y en muchas naciones. He
conocido a los muy ricos y a los muy pobres, íntimamente y desde el ángulo de
la más estrecha amistad; los seres más encumbrados y los más desposeídos del
mundo han sido mis amigos, y en todas las clases, naciones y razas, he
encontrado la misma humanidad, la misma belleza de pensamiento, el mismo
autosacrificio y el mismo amor por los demás, los mismos pecados y flaquezas,
el mismo orgullo y egoísmo, la misma aspiración y objetivos espirituales y el
mismo deseo de servir. Si pudiera presentar esto con la fuerza y claridad
necesarias, ello sólo justificaría este libro.
En el amplio campo de la historia humana y al
lado de los grandes personajes del mundo ¿quién es Alice Ann Bailey? Una mujer sin importancia que se vio obligada
por las circunstancias (casi siempre contra su voluntad), por una conciencia
que se entrometía activamente y por el conocimiento de lo que su Maestro quiso
que hiciera: emprender ciertas tareas. Una mujer que siempre temió a la vida
(quizás en parte, debido a la excesiva Protección durante la infancia), de
naturaleza tan tímida que aún hoy tiene que armarse de valor para llamar a la
puerta, si es invitada a un almuerzo; es muy hogareña, le gusta cocinar y lavar
(sólo Dios sabe en qué medida ha hecho esto) y aborrece la publicidad.
Aunque nunca he sido robusta, poseo una
vitalidad sorprendente. En el transcurso de mi vida me he visto obligada a
permanecer semanas y hasta meses en cama. En estos últimos ocho años, me he
mantenido viva gracias a la ciencia médica, pero (y esto es algo de lo que me
siento orgullosa) he seguido trabajando a pesar de todo. He considerado a la vida
como algo muy bueno, aun en lo que la mayoría consideraría una época pésima.
Siempre hubo mucho que hacer y mucha gente que conocer. Lo único que lamento es
haberme sentido siempre cansada. En un viejo cementerio de Inglaterra, hay una
lápida con una inscripción que puedo comprender muy bien.
"Aquí
yace una pobre mujer que estuvo siempre cansada.
Vivió en un
mundo que le exigió demasiado.
No lloren
por mí, amigos, que al país donde voy
No hay que
pasar el plumero, barrer ni coser.
No lloren
por mí, amigos, aunque la muerte nos separe,
Nunca más
haré nada."
Esto realmente sería el infierno y no deseo ir
allí. Quiero tornar un cuerpo nuevo y más adecuado y regresar para retomar los
antiguos hilos, encontrar el mismo grupo de colaboradores y continuar la tarea.
Si la historia de mi vida sirve de aliento a
otra persona para seguir adelante, este libro será entonces de valor; si ayuda
a quien aspira iniciar el impulso espiritual y obedecerlo, algo se habrá
ganado, y si puede infundir ánimo y fortaleza y darles un sentido de la
realidad a otros trabajadores y discípulos, no habrá sido escrito en vano.
Podrán ver que, como historia de una vida, la
mía no tiene mucha importancia. Sin embargo, como medio para probar ciertos
hechos, que tengo la certeza serán esenciales para la felicidad y progreso
futuro de la humanidad –como la realidad de la existencia de los Maestros, el
futuro desarrollo, del cual la guerra mundial que recién termina no es más que
una etapa preparatoria, y la posibilidad de establecer contactos espirituales
telepáticos directos— y para obtener conocimiento, todo lo que pueda decir será
de utilidad. En el transcurso de las épocas, muchos místicos aislados, hombres
y mujeres que son discípulos y aspirantes, han conocido todas estas cosas. Ha
llegado el momento en que las masas deben también conocerlas.
He aquí la historia de mi vida. No se dejen
engañar. No va a ser una exposición profundamente religiosa. Soy una persona
algo jovial y humorista, y siempre estoy penosamente dispuesta a ver el lado
cómico de las cosas. Confidencialmente diré que el profundo interés que
demuestran las personas por sí mismas, por sus almas y todas las complejidades
de las experiencias relatadas, casi me anonadan. Me entran ganas de sacudirlos
y decirles: "Salgan y descubran su alma en los demás, y así descubrirán la
propia". Tiene fundamental interés lo que sucede en el mundo y en las
mentes y corazones de los hombres. El amplio alcance del progreso humano, desde
las edades primitivas hasta el alba de la inminente nueva civilización, tiene
gran interés e importancia espiritual. Las propias descripciones de los
místicos medievales ocupan su lugar, pero pertenecen al pasado; las conquistas
de la ciencia moderna (pero no el uso que el hombre hace de esas revelaciones)
constituyen el principal factor moderno espiritual; la lucha que se está
librando entre las ideologías políticas y entre el capital y el trabajo, además
del derrumbe de nuestros antiguos sistemas educativos, indican un fermento
espiritual y divino, que es la levadura de la humanidad. Sin embargo, el
sendero místico de introspección y de divina unión debe preceder al método esotérico
de conocimiento intelectual y percepción divina. Siempre ha sido así en la vida
del individuo y en la de toda la humanidad. El sendero místico y ocultista y el
camino del corazón y la cabeza deben fusionarse y mezclarse, entonces la
humanidad conocerá a Dios y no "irá simplemente tanteando en pos de Él”.
Este conocimiento personal de Dios, llegará, no obstante, viviendo en
forma normal y lo más bellamente posible, sirviendo e interesándose por los
demás, a fin de descentralizarse. Esto se obtendrá por el reconocimiento del
lado bueno de la vida, por la bondad que hay en todas las personas, por la
felicidad y por la inteligente apreciación de la oportunidad –propia y ajena—.
También se obtendrá llevando una vida plena y efectiva. En el camposanto donde
mis padres están sepultados, había una lápida (que atraía la mirada, ni bien se
atravesaban los portales) donde se leían las palabras: "Hizo todo lo que
pudo". El epitafio de un fracasado siempre me pareció muy penoso. Por mi
parte lamento no haber hecho todo lo que pude, pero siempre traté de hacerlo lo
mejor posible. Trabajé. Cometí errores. Sufrí y gocé. Me divertí mucho viviendo
y no tendré una muerte dolorosa.
CAPITULO PRIMERO
Mirando retrospectivamente hacia mi infancia,
experimento un profundo sentimiento de desagrado. Por supuesto no es una nota
muy armoniosa para comenzar la historia de mi vida. Los metafísicos denominan a
esto un pronunciamiento negativo. Pero ello es verdad. Recuerdo de mi infancia
muy pocas cosas que fueron de mi agrado, aunque gran parte de mis lectores
quizás piensen que fue maravillosa, comparada con la infancia de millares de
personas. La mayoría de la gente dice que la niñez es la época más feliz de la
vida. No lo creo en lo más mínimo. Para mí fueron los años en que gocé de más
comodidades físicas y de lujo; años libres de ansiedades materiales; pero al
mismo tiempo, de interrogantes, desilusiones, desdichados descubrimientos y
soledad.
Al escribir esto, soy consciente de que las
congojas de la niñez (y quizás esto sea verdad en la vida como un todo) parecen
más grandes y terribles de lo que fueron en realidad. La naturaleza humana
tiene la curiosa tendencia de recordar y acentuar los momentos desdichados y
las tragedias, pasando por alto las alegrías y gozos y olvidando los momentos
de paz y felicidad. Nuestros momentos de tensión y depresión parecen afectar
nuestra conciencia (curioso agente registrador de todos los acontecimientos)
mucho más que las incontables horas de la vida común. Si sólo nos diéramos
cuenta, veríamos que esas plácidas y tranquilas horas son, en último análisis,
las que predominan. Horas, días, semanas y meses, en que se forma y consolida
el carácter, lo cual nos ayuda a enfrentar las crisis –reales, objetivas y a
veces trascendentales— que acontecen a intervalos en el transcurso de los años.
Entonces lo que desarrollamos como carácter pasa las pruebas y señala el
camino de salida, o fracasa y descendemos, por lo menos, temporariamente. Así
nos vemos obligados a seguir aprendiendo. Al observar mi infancia, lo que se
destaca en mi memoria no son las horas incontables de vacía felicidad, los
momentos de pacífica armonía ni las semanas que se deslizaron sin que nada
ocurriera, sino los momentos de crisis y las horas en que me sentía
intensamente desdichada, donde la vida parecía llegar a su fin y no veía nada
por delante que valiera la pena.
Recuerdo que mi hija mayor pasó los mismos
momentos después de los veinte años. Creía que no valía la pena vivir y que la
vida en sí era una monótona pérdida de tiempo. Ella preguntaba: ¿Por qué la
vida es tan tonta? ¿Por qué tengo que vivirla? No sabiendo qué responderle, me puse
a pensar en mi experiencia pasada y recuerdo que le contesté: "Bien, mi
querida, lo único que puedo decirte es que nunca sabemos qué nos espera en un
recodo del camino". He comprobado que ni la religión ni las palabras de
consuelo, generalmente sirven de ayuda en los momentos de crisis. En el recodo
del camino a ella la esperaba el hombre con quien se casó; a la semana de
conocerlo se comprometió, y desde entonces ha vivido feliz.
Es necesario aprender a recordar las cosas que
nos causaron alegría y felicidad y no únicamente las que nos trajeron dolor y
dificultad. Lo bueno y lo malo forman un todo muy importante que merece ser
recordado. Lo bueno nos permite mantener nuestra fe en el amor de Dios. Lo
malo nos disciplina y nutre nuestra aspiración. Los momentos arrobadores, que
envuelven nuestro espíritu cuando observamos una puesta de sol por ejemplo, o
el silencio profundo e ininterrumpido de los páramos y la campiña, son cosas
que deben ser recordadas; la línea del horizonte o el exuberante colorido de un
jardín nos absorben y aíslan de todo lo demás; la llegada de un amigo y su
resultante momento de comunión y satisfactorio contacto; la belleza del alma
humana surgiendo triunfante en medio de dificultades, son cosas que, no debemos
dejar de reconocer. Constituyen los grandes factores que condicionan la vida.
Revelan lo divino. ¿Por qué esto se olvida tan fácilmente y en cambio las
cosas desagradables, tristes o terribles se fijan en nuestra mente? No lo sé.
Aparentemente, en este peculiar planeta, el sufrimiento se experimenta con más
intensidad que la felicidad, y su efecto parece ser más perdurable. También
puede ser que temamos la felicidad y la apartemos de nosotros por la influencia
de esa característica tan descollante en el hombre: el TEMOR.
En los círculos esotéricos se habla muy
eruditamente acerca de la Ley del Karma, que después de todo no es más que el
nombre dado en Orienté a la gran Ley de Causa y Efecto; el énfasis siempre se
pone sobre el mal karma y cómo evitarlo. Sin embargo puedo afirmar que,
tomándolo globalmente, hay más buen karma que malo; lo digo a pesar de la
actual guerra mundial, indescriptible horror que nos ha rodeado y aún nos rodea
a pesar del verdadero conocimiento de las cosas que todo trabajador social
constantemente debe enfrentar. El mal y el sufrimiento pasarán, pero la
felicidad permanecerá; ante todo vendrá la comprensión de que lo que hemos
construido mal debe desaparecer y se nos ofrece ahora la oportunidad de
construir un nuevo y mejor mundo. Esto es así porque Dios es bueno, la vida y
la experiencia también son buenas y la voluntad al bien está eternamente presente.
Siempre se nos dio la oportunidad de corregir los errores y enderezar los
enredos de que somos responsables.
Mi infelicidad es tan remota que no puedo
especificar los detalles ni tengo la intención de relatar los que recuerdo. La
mayoría de las causas se originaban en mí misma y de ello estoy muy segura.
Desde el punto de vista mundano no tenía razón para sentirme desgraciada, y mi
familia y amigos se hubieran sorprendido grandemente al conocer mis
reacciones. Cuántas veces se habrán preguntado ustedes, ¿qué pasa en la mente
de un niño? Los niños tienen ideas definidas sobre la vida y las
circunstancias, y les pertenecen de tal modo, que nadie puede inmiscuirse en
ellas, lo cual rara vez es reconocido. No puedo recordar un solo momento en
que no estuviera pensando, tratando de descifrar cosas, formulando preguntas,
rebelándome o esperando algo. Sin embargo, recién a los 35 años descubrí que poseía
una mente y que podía emplearla. Hasta ese momento había sido un manojo de
emociones y sentimientos; mi mente –o lo que de ella poseía— me había utilizado
a mí y no yo a ella. De todas maneras fui muy desdichada hasta cerca de los 22
años –cuando me independicé para vivir mi propia vida. En los primeros años
estuve rodeada de belleza; mi vida tuvo muchas variantes; conocí muchas
personas interesantes. Nunca supe lo que era carecer de algo. Fui educada en
el consabido lujo de mi época y clase; me cuidaron con la mayor solicitud, pero
internamente aborrecía todo eso.
Nací el 16
de junio de 1880 en la ciudad, de Manchester, en Inglaterra, donde mi padre
trabajaba en un proyecto de ingeniería vinculado con la firma de mi abuelo
paterno ‑una de las más importantes de Gran Bretaña. Nací por lo tanto
bajo el signo de Géminis, que significa conflicto entre los pares de opuestos ‑pobreza
y riqueza, la cumbre de la felicidad y las honduras del dolor, la atracción
entre el alma y la personalidad o entre el yo superior y la naturaleza
inferior. Estados Unidos e Inglaterra están regidos por Géminis, por lo tanto,
en aquel país y en Gran Bretaña será resuelto el gran conflicto entre capital y
trabajo, dos grupos que involucran los intereses de los muy ricos y de los muy
pobres.
Hasta 1908
no conocí necesidades ni tuve apremios de dinero; hice y deshice como quise;
pero a partir de entonces conocí las amarguras de la pobreza. Una vez viví
durante tres semanas a pan duro y té, sin azúcar ni leche, para que mis tres hijas
tuvieran lo esencial para comer. En mi infancia pasaba temporadas en grandes
mansiones; sin embargo después trabajé, para mantener a mis hijas, como obrera
en una factoría, donde se envasaban sardinas; hoy cuando veo una sardina
siento repulsión. Mis amistades (empleando este término en su verdadero
sentido) abarcan desde las clases inferiores hasta las superiores, incluyendo
al Gran Duque Alejandro, cuñado del último Zar de Rusia. Nunca he vivido
durante mucho tiempo en el mismo lugar, pues las personas regidas por Géminis
siempre están en movimiento. El más pequeño de mis nietos (nacido también bajo
el signo de Géminis) cruzó el Atlántico dos veces y atravesó el Canal de Panamá
en dos ocasiones, antes de cumplir los cuatro años. Bajo otro aspecto, de no
haber sido precavida, estaría siempre en la cumbre de la felicidad o de la
excitación, o vencida por la desesperación y la más profunda depresión. Como
resultado de mucha experiencia, he aprendido a evitar ambos extremos y a
tratar de mantenerme en el término medio, aunque no lo he logrado totalmente.
El
conflicto mayor de mi vida ha sido la lucha entre mi alma y mi personalidad, y
aún continúa. Mientras escribo esto, viene a mi memoria la reunión de cierto
"Movimiento Grupal" en el que me vi envuelta en 1935 en Ginebra,
Suiza. Una dama de facciones plácidas y sonrientes, pero duras, organizadora
profesional de grupos, actuaba como dirigente; también había una cantidad de
personas ansiosas de dar testimonio de sus pecados y del poder salvador de
Cristo, dando la impresión (como una de ellas testimonió) de que Dios se
interesaba personalmente de si pedían disculpas a su cocinera por una grosería.
Según mi opinión, la buena educación y no Dios, hubiera sido un incentivo
suficiente. Entonces una atrayente señora de cierta edad, elegante, de ojos
chispeantes y buen humor, se puso de pie. "Estoy segura que tiene un
magnífico testimonio que presentar", le dijo la que dirigía. La dama
respondió, "no, la batalla se libra aún entre Cristo y yo, y es dudoso
saber quién ganará". Esa batalla continúa siempre y, en el caso de un
sujeto de Géminis que está despierto y presta servicio, llega a convertirse en
una cuestión vital y más bien personal.
También se
supone que los regidos por Géminis son como el camaleón, de carácter mutable y
a menudo llenos de dobleces. Por lo menos nada tengo de eso, a pesar de mis
numerosos defectos, y es posible que mi signo ascendente me salve. Para mi
regocijo, astrólogos autorizados me asignan diversos signos como ascendente –Virgo,
porque amo a los niños y me gusta cocinar y desempeñar el papel de madre en
las organizaciones; Leo, porque soy muy individualista (con lo cual quieren
significar que tengo un carácter difícil y dominador) y a la vez muy
autoconsciente; Piscis, porque es el signo del mediador o intermediario. Siento
inclinación hacia Piscis, porque mi esposo es de Piscis y mi muy querida hija
mayor nació también bajo ese signo, y nos hemos entendido tan bien que con
frecuencia teníamos rencillas. Además he actuado definidamente como
intermediaria, en el sentido de que ciertas enseñanzas, que la Jerarquía de
Maestros quería hacer conocer al mundo en este siglo, aparecen en los libros
de los cuales he sido responsable. De todos modos, no interesa cuál sea mi
signo ascendente. Soy un verdadero sujeto de Géminis y aparentemente ese signo
ha condicionado mi vida y circunstancias.
Durante mi infancia, la imperante y más bien
incipiente desdicha se debió a varias cosas. Era la menos agraciada de una
familia famosa por su belleza, y no soy fea. En las aulas fui siempre
considerada como la más torpe y la menos inteligente en una familia de
inteligentes.
Mi hermana, una de las niñas más hermosas que he
conocido, poseía una inteligencia superlativa, y aunque siempre le profesé un
hondo afecto, ella no lo sentía por mí, pues siendo una cristiana ortodoxa,
consideraba que todo divorciado no estaba en gracia con Dios. Se graduó de
doctora en medicina y fue una de las primeras mujeres en la historia de la
Universidad de Edimburgo que obtuvo distinciones (si la memoria no me falla)
en dos oportunidades. Era aún muy joven cuando publicó tres libros de versos,
y he leído comentarios sobre esos libros en el Suplemento Literario del diario The
London Times, donde se la consideraba como la más grande de las poetisas
inglesas de la época. Escribió también un libro sobre biología y otro sobre
enfermedades tropicales que, según creo, fueron considerados libros de texto.
Mi hermana se casó con mi primo hermano, Laurence Parsons, un prominente
clérigo de la Iglesia de Inglaterra, siendo en un tiempo párroco en Colonia del
Cabo. Su madre fue la tutora designada por la Corte de Chancery, para cuidar de
mi hermana y de mí. Hermana menor de mi padre, pasamos con Laurence, uno de sus
seis hijos, mucho tiempo juntos en nuestra infancia. Su esposo, mi tío Clare,
un hombre algo duro y severo, era hermano de Lord Rosse e hijo de aquel Lord
Rosse que adquirió fama por su telescopio, mencionado en La Doctrina
Secreta. De niña le tenía terror; sin embargo, antes de morir, me mostró
otro aspecto poco conocido de su naturaleza. Nunca olvidaré su gran bondad para
conmigo durante la primera guerra mundial, cuando me encontraba en Norteamérica
en el mayor desamparo y pobreza. Me escribía cartas comprensivas que me
ayudaron mucho y me hicieron sentir que en Inglaterra había personas que no me
habían olvidado. Menciono esto aquí, porque no creo que su familia, ni su
nuera, mi hermana, tuvieran la menor idea de las relaciones amistosas y felices
que existieron entre mi tío y yo, al final de su vida. Estoy segura que él
nunca mencionó esto y yo tampoco lo hice hasta ahora.
Mi hermana se dedicó después a la investigación
del cáncer y adquirió gran renombre en tan necesario campo de trabajo. Estoy
muy orgullosa de ella. Mi afecto nunca ha variado y quiero que lo sepa si algún
día lee esta autobiografía. Afortunadamente creo en la gran Ley de
Renacimiento, y alguna vez afianzaremos más satisfactoriamente nuestras
relaciones.
Me parece que la mayor desventaja en la vida de
un niño es carecer de un verdadero hogar. Esta carencia nos afectó mucho a mi
hermana y a mí. Antes de cumplir los nueve años mis padres murieron de
tuberculosis, que en esos tiempos se llamaba consunción. El temor a la
tuberculosis se cernía sobre ambas como una amenaza constante en nuestros
primeros años, a lo que sumaba el resentimiento que sentía mi padre por nuestra
existencia, especialmente por la mía. Probablemente pensaría que mi madre podría
haber vivido si el nacimiento de dos criaturas no hubieran agotado sus recursos
físicos.
Mi padre se llamaba Frederic Foster La Trobe‑Bateman
y mi madre Alice Hollinshead. Los dos pertenecían a una rancia estirpe ‑el
origen de la familia de mi padre se remonta a varios siglos, anterior a las
Cruzadas, siendo los antepasados de mi madre descendientes de Hollinshead (el
Cronista), de quien se dice que Shakespeare obtuvo muchos de sus relatos. Los
árboles genealógicos y el linaje nunca los he considerado de gran importancia.
Cada uno de nosotros lo posee, aunque sólo algunas familias han conservado los
registros. Que yo sepa, ninguno de mis antecesores hizo nada particularmente
interesante. Todos han sido personas dignas, pero aparentemente simples. Como
dijo mi hermana en una ocasión: "se quedaron por siglos entre sus
repollos”. Una estirpe limpia, noble y culta, pero ninguno de ellos logró
notoriedad, buena o mala.
A pesar de
ello, el escudo de la familia es muy interesante y, desde el punto de vista del
simbolismo esotérico, de extraordinaria significación. No conozco nada sobre
heráldica ni los términos precisos para describir el escudo. Consiste en una
vara con un ala en cada extremo, viéndose entre las alas la estrella de cinco
puntas y la media luna. Esta última se remonta, por supuesto, a las Cruzadas,
en las que participó aparentemente alguno de mis antepasados, pero prefiero
considerar todo el símbolo como representando las alas de la aspiración, el
Cetro de la Iniciación, la meta y los medios, el objetivo de la evolución y el
incentivo que nos impulsa a todos hacia la perfección –perfección que recibe
eventualmente el aliciente del reconocimiento por medio del Cetro. En el
lenguaje del simbolismo, la estrella de cinco puntas siempre ha representado al
hombre perfecto, en vez la media luna se supone que rige la forma o naturaleza
inferior. Éste es el abecé del simbolismo oculto, pero me interesó descubrirlo,
en nuestro blasón.
Mi abuelo fue John Frederic La Trobe‑Bateman,
un ingeniero muy conocido, miembro asesor del Gobierno Británico y responsable,
en su época, de varios de los sistemas municipales de aguas corrientes en Gran
Bretaña. Formó una familia muy numerosa. Su hija mayor, mi tía Dora, se casó
con Brian Barttelot, hermano de Sir Walter Barttelot de Stopham Park, en
Pulborough, Sussex, y como fue designada tutora nuestra al morir los abuelos,
vivimos mucho con ella y sus cuatro hijos. Dos de ellos fueron mis amigos
íntimos durante toda mi vida. Ambos eran mucho mayores que yo, pero nos
queríamos y comprendíamos. Brian (el Almirante Sir Brian Barttelot) hace apenas
dos años que falleció, y su muerte ha constituido una sensible pérdida para mi
esposo Foster Bailey, y yo. Éramos tres amigos íntimos, y extrañamos mucho las
cartas que nos enviaba constantemente.
De todos mis muchos parientes, a quien más he
querido fue a mi tía Margaret Maxwell. No fue tutora nuestra, pero mi hermana
y yo, durante años, pasamos los veranos en su casa de Escocia, y me escribía
regularmente, por lo menos una vez al mes, hasta que murió pasados los 80 años.
Fue una de las grandes bellezas de su época, y el retrato que se conserva
actualmente en el castillo de Cardoness en Kirkcudbrightshire, la representa
como una de las mujeres más hermosas imaginables. Se casó con el "menor de
los Cardoness", como a veces se designa en Escocia al heredero, el hijo
mayor de Sir William Maxwell, pero su esposo, mi tío David, murió antes que su
padre, por lo que nunca pudo heredar el título. Le debo a esa tía mucho más de
lo que pude retribuirle. Me orientó espiritualmente, y aunque su teología era
muy estrecha, sin embargo ella era muy amplia. Me enseñó ciertas claves de la
vida espiritual que nunca me han fallado y ella tampoco me defraudó hasta su
deceso. Cuando empecé a interesarme por los asuntos esotéricos y dejé de ser
una cristiana ortodoxa, teológicamente orientada, me escribió que aunque no
entendía esas cosas confiaba en mí sinceramente, pues como conocía mi profundo
amor a Cristo, no importaba a qué doctrina pudiera renunciar, sabía que nunca
renunciaría a Él. Esa fue la pura verdad. Era hermosa, amorosa y buena. Su
influencia se extendió por todas las Islas Británicas. Había hecho construir y
equipado especialmente un pabellón de un hospital; sostenía misioneros en los
países paganos y era presidenta de la rama femenina de la Asociación Cristiana
de Jóvenes de Escocia. Si presté algún servicio a mis semejantes y logré de
algún modo llevar a la gente a alguna forma de realización espiritual, se debe
en mayor parte a su gran amor, que me inició en el buen camino. Fue una de las
pocas personas que sintió más cariño por mí que por mi hermana. Existió un
vínculo entre nosotras que se mantiene inquebrantable y que nunca se romperá.
He mencionado a la hermana menor de mi padre,
Agnes Parsons. Tenía otros dos hermanos: Gertrudis, que se casó con un señor
Gurney Leatham, y su hermano menor Lee La Trobe‑Bateman, el único que
queda. Mi abuela Anne Fairbairn, era hija de Sir William Fairbairn. y sobrina
de Sir Peter Fairbairn. Mi bisabuelo, Sir William, según creo, fue socio de
Watts, famoso por la máquina de vapor y uno de los primeros constructores ferroviarios
de la Era Victoriana. Por parte de la madre de mi abuelo, cuyo apellido de
soltera era La Trobe, desciendo de Hugonotes franceses, por lo tanto, los. La Trobe de Baltimore, están
emparentados conmigo, aunque nunca los he visto. Charles La Trobe, tío abuelo
mío, fue uno de los primeros gobernadores de Australia y otro La Trobe, el
primer gobernador de Maryland. Edward La Trobe, otro de los hermanos, fue un
arquitecto muy conocido en Washington y en Gran Bretaña.
Los Fairbairn no pertenecían a la denominada
cuna aristocrática, que tanto se valora. Tal vez ésta fue la salvación del
linaje Bateman, Hollinshead y La Trobe. Pertenecían a la aristocracia de los
cerebros y ello es muy importante en estos días democráticos. Tanto William
como Peter Fairbairn, empezaron su vida como hijos de un pobre granjero escocés
del siglo XVIII, terminándola en la opulencia y conquistando títulos. El
nombre de Sir William Fairbairn figura en el diccionario de Webster, y la memoria
de Sir Peter se perpetúa en una estatua erigida en una plaza de Leeds, en
Inglaterra. Recuerdo que hace unos años fui a dar una conferencia en Leeds, y
mientras cruzaba una plaza en taxi, vi lo que me pareció la estatua de un
anciano común con barba. Al día siguiente fuimos con mi esposo a verla y
descubrí que había estado criticando a mi tío abuelo. Gran Bretaña era
democrática aún en esos lejanos días, y cualquiera tenía oportunidad de
destacarse si poseía cualidades que lo justificaran. Quizás esta mezcla de
sangre plebeya es responsable de que muchos de mis primos y sus hijos, hayan
sido hombres notables o mujeres hermosas.
Mi padre no me quería, pero no me extraña cuando
miro un retrato de mi niñez, pues era flaca, atemorizada y alarmante. De mi
madre no tengo recuerdos, murió a la edad de 29 años, cuando yo tenía solamente
seis. Todo lo que rememoro es su hermoso cabello dorado y su dulzura, y también
su funeral en Torquay, Devonshire, porque mi reacción principal en esos
momentos se puede sintetizar en las palabras que dirigí a mi prima, Mary Barttelot:
"mira, llevo medias negras largas y ligas”, las primeras que usaba, con lo
que me habían sacado de la etapa de las medias cortas. Evidentemente en
cualquier edad y circunstancia la ropa siempre tiene importancia. Tuve un gran
medallón de plata que encerraba una miniatura de mi madre, el único retrato que
de ella poseí y que mi padre tenía la costumbre de llevar consigo dondequiera
fuese. En 1928, después de haber andado con él por todo el mundo, me lo robaron
durante un verano en que estuve ausente de mi casa de Stamford, en Connecticut,
conjuntamente con mi Biblia y un sillón de hamaca, roto. Fue el robo más raro
de que tuve noticias, por las cosas que eligieron llevarse.
La pérdida personal de la Biblia fue para mí la
más grande de las pérdidas. Era un ejemplar excepcional que estuvo en mi poder
durante veinte años. Regalo de una amiga íntima de la infancia, Catherine
Rowan‑Hamilton; estaba impresa en papel muy fino, con un ancho margen
para anotaciones, de casi dos pulgadas, donde se hubiera encontrado la historia
espiritual de mi vida, escrita microscópicamente con una pluma de grabar. Había
diminutas fotografías de amigos íntimos, y autógrafos de mis compañeros
espirituales en el sendero. Quisiera tenerla ahora porque me diría mucho,
recordaría a muchas personas y episodios y ayudaría a describir mi
desenvolvimiento espiritual, el desenvolvimiento de un trabajador.
Cuando contaba apenas unos meses me llevaron a
Montreal, Canadá, donde mi padre era uno de los ingenieros encargados de la
construcción del Puente Victoria, sobre el río San Lorenzo. Allí nació mi única
hermana. Guardo sólo dos recuerdos memorables de esa época. Uno, el serio disgusto
que di a mis padres cuando incité a mi hermanita a entrar juntas en un enorme
baúl, donde guardábamos nuestros muchos juguetes. Estuvimos encerradas por
largo tiempo y casi nos asfixiamos, pues se había cerrado la tapa. El otro,
cuando hice mi primer intento de suicidio. No hallaba a la vida digna de
vivirse. La experiencia de mis cinco años me hizo sentir que las cosas eran
fútiles, de manera que decidí morir, arrojándome desde lo alto de la empinada
escalera de piedra de la cocina. No lo logré. Bridget, la cocinera, me recogió
al pie de la escalera y me llevó arriba, llena de magulladuras y cardenales,
donde encontré mucho consuelo, pero ninguna comprensión.
En el transcurso de mi vida intenté dos veces
más poner fin a las cosas, y descubrí que era muy difícil suicidarse. Esos
intentos los hice antes de cumplir los quince años. Traté de ahogarme con arena
cuando tenía alrededor de once, pero no es agradable sentir la arena en la
boca, nariz y ojos, y decidí postergar el día feliz de mi partida. En mi último
intento traté de ahogarme en un río de Escocia. Pero una vez Más el instinto de
conservación fue demasiado fuerte. Desde entonces ya no me interesa el
suicidio, aunque siempre he comprendido el impulso que hay detrás de él.
Este estado de ánimo constante fue quizás el
primer indicio de la tendencia mística de mi vida, que más tarde motivó todos
mis pensamientos y actividades. Los místicos son personas que poseen un gran
sentido del dualismo; incansables buscadores, conscientes de algo que debe ser
buscado; eternos amantes, en busca de algo digno de su amor; conscientes
siempre de aquello a lo cual deben unirse. Están. regidos por el corazón y el
sentimiento. En esa época no me agradaba el "sentido" de la vida, ni
apreciaba lo que el mundo parecía ser o lo que tenía que ofrecer. Estaba
convencida de que en otras partes había cosas mejores. Era de carácter morboso,
sentía autoconmiseración, debido a mi soledad; fui excesivamente introspectiva
(que suena mejor que decir autocentrada), y estaba convencida de que nadie me
quería y, pensando en ello, ¿por qué tenían que quererme? No los puedo culpar,
porque nada daba de mí misma. Vivía preocupada por mis reacciones hacia la
gente y las circunstancias. Era el centro desgraciado y autodramatizado de mi
pequeño mundo. Este sentimiento de que existían cosas mejores en otras partes,
este sentir internamente a las personas y las circunstancias y saber a menudo
lo que pensaban o experimentaban, fue el comienzo de la fase mística de mi
vida, de lo cual pude extraer todo el bien que más tarde descubrí.
Así comencé conscientemente la eterna búsqueda
del mundo de significados que debe descubrirse para hallar respuesta a los
enigmas de la vida y a los dolores de la humanidad. El progreso está arraigado
en la conciencia mística. Un buen ocultista debe ser ante todo un místico
activo (o un místico práctico, o quizás ambos), y el desarrollo de la
respuesta del corazón y el poder de sentir (sentir correctamente) deben,
natural y lógicamente, preceder al desarrollo mental y a la capacidad de
conocer. Sin duda alguna, el instinto de lo espiritual debe preceder al
conocimiento espiritual, del mismo modo que los instintos en el animal, el niño
y la persona poco evolucionada, siempre preceden a la percepción intelectual. Indudablemente
debe haber una visión que preceda al método de desarrollar esa visión hasta
convertirla en realidad. Lógicamente existe la duda y a tientas se lo busca a
Dios –antes de hollar conscientemente "el camino" que conduce a la
revelación.
Quizás llegue el momento en que se preste cierta
atención a los adolescentes de ambos sexos, respecto al aprovechamiento de sus
tendencias místicas normales, tendencias que muy a menudo las tildan de
fantasías de adolescente, que finalmente desaparecen. Para mí, ofrecen
oportunidades a los padres y tutores. Este período podría ser utilizado en
forma muy constructiva y orientadora. Podría determinarse la orientación de la
vida y evitarse muchos sufrimientos posteriores, si el propósito, la causa de
las dudas, los anhelos inexpresados y las aspiraciones visionarias, fueran
captados por los responsables de la juventud. Podría explicársele a esa
juventud que en ellos se está desarrollando un proceso normal y correcto,
resultado de la experiencia de vidas pasadas, lo cual indica que deberían
prestar atención al aspecto mental de su naturaleza. Ante todo debiera
puntualizarse que el alma, el hombre espiritual interno, trata de hacer sentir
su presencia y hace hincapié en la universalidad del proceso, a fin de
rechazar el sentimiento de soledad y la falsa y peculiar sensación de
aislamiento, rasgos perturbadores de tal experiencia. Creo que este método de
aprovechar los impulsos y sueños del adolescente, recibirá mayor atención en el
futuro. Considero los inocentes sinsabores de mi adolescencia, simplemente como
la eclosión de la faz mística de mi vida, que con el tiempo dio lugar al
aspecto ocultista, con la mayor seguridad, comprensión e inalterable convicción
que ella otorga.
Después que abandonamos Canadá, mi madre enfermó
gravemente y nos trasladamos a Davos, Suiza, donde permanecimos por varios
meses, hasta que mi padre la llevó a Inglaterra, para morir. Después de su
muerte nos fuimos todos a vivir con mis abuelos, en su residencia de Moor Park,
en Surrey. La salud de mi padre, en aquel entonces, había desmejorado
seriamente. No le favoreció mucho vivir en Inglaterra, y poco antes de su
muerte nos llevó a Pau, en los Pirineos. Entonces yo tenía ocho años y mi
hermana seis. Pero como el mal de mi padre estaba muy avanzado regresamos a
Moor Park y allí nos quedamos, mientras mi padre con un valet‑enfermero
emprendió un largo viaje a Australia. Nunca lo volvimos a ver, porque falleció
mientras viajaba de Australia a Tasmania. Recuerdo perfectamente el día en que
llegó a mis abuelos la noticia de su muerte, así como también cuando volvió su
valet, tiempo después, trayendo los valores y pertenencias de mi padre. Es
curioso que los pequeños detalles, como el de este hombre, cuando entregó a mi
abuelo el reloj de mi padre, se graban en la memoria, en tanto que cosas de
mayor importancia parecen perderse en el recuerdo. Uno se pregunta qué
condiciona la memoria de esta, manera y por qué registra algunas cosas y otras
no.
Moor Park era una de esas grandes casonas
inglesas que de ninguna manera son hogareñas, y sin embargo llegan a serlo. No
era muy antigua, puesto que había sido construida por Sir William Temple en los
tiempos de la Reina Ana. Sir William había introducido los primeros tulipanes
en Inglaterra. Su corazón, guardado en una urna de plata, estaba enterrado bajo
un reloj de sol situado en medio del jardín, delante de los ventanales de la
biblioteca. Moor Park era una especie de museo, y algunos domingos se abría al
público. Tengo dos recuerdos de esa biblioteca, uno, cuando permanecía ante
alguno de sus ventanales y trataba de imaginarme la escena tal como la debió
ver Sir William Temple, en sus jardines y terrazas ocupadas por la presencia de
nobles damas y caballeros, llevando el atuendo de esa época. La otra escena no
fue imaginaria. Vi el féretro de mi abuelo, donde el cuerpo yacente tenía sólo
una gran corona enviada por la Reina Victoria.
Mi hermana y yo llevamos una vida muy
disciplinada en Moor Park, donde permanecimos hasta que cumplí trece años,
Habíamos vivido viajando y cambiándonos de un lugar a otro, y creo que necesitábamos
una buena, dosis de disciplina. Las diferentes gobernantas que tuvimos se
encargaron de su aplicación. La única que recuerdo de esos lejanos días, tenía
el curioso nombre de señorita Millichap. De cabello hermoso y facciones
vulgares, demostraba recato en sus vestidos, abotonados desde el ruedo hasta lo
alto del cuello. Vivía enamorada del párroco de turno, un amor sin esperanza,
porque no se casó con ninguno de ellos. Teníamos una inmensa sala de clase en
el piso alto, donde una gobernanta, una niñera y una doncella, eran
responsables de nosotros.
La
disciplina que nos aplicaron continuó hasta que fui mayor, y echando una mirada
retrospectiva puedo apreciar cuán terriblemente rígida era. Nuestra vida
estaba programada cada treinta minutos; aún hoy puedo ver el horario colgado en
la pared de la sala de estudio, indicando el siguiente deber. Recuerdo perfectamente
que cuando consultaba ese horario me preguntaba "¿Qué vendrá ahora?".
Nos levantábamos a las seis, con lluvia o sol, en invierno y en verano.
Practicaba escalas en el piano durante una hora, o bien preparaba las lecciones
del día, si de acuerdo al horario le correspondía a mi hermana estudiar el
piano; tomábamos el desayuno a las ocho en punto, en la sala de estudio y
bajábamos al comedor a las nueve para orar en familia. Teníamos que empezar el
día recordando a Dios y a pesar de la austeridad de la creencia familiar
pienso que era un buen hábito. El jefe de la familia se sentaba con su Biblia
delante, y a su alrededor los familiares y huéspedes, la servidumbre de acuerdo
a su rango y obligaciones ‑primeramente el ama de llaves, luego la
cocinera, las doncellas, la sirviente principal y los que la seguían: ayudante
de cocina, criada, lacayo y el mayordomo, que cerraba la puerta. Había verdadera
devoción, mucha rebeldía, real aspiración y un intenso aburrimiento, porque la
vida es así. No obstante el resultado total de ello era bueno y creo que en
estos días vendría bien recordar un poco más a la divinidad.
Desde las
nueve y media hasta el mediodía estudiábamos con la gobernanta, terminando con
un paseo. Se nos permitía, almorzar en el comedor, pero nos estaba prohibido
hablar, y nuestro buen comportamiento y silencio eran vigilados ansiosamente
por nuestra gobernanta. Aún hoy puedo recordar que a menudo caía en un
arrobamiento o ensueño, con los codos apoyados sobre la mesa y mirando por la
ventana. De pronto me hacían volver a la vida común las palabras de mi abuela,
dirigidas a uno de los lacayos que atendía la mesa: "James, por favor
traiga dos platillos y póngalos bajo los codos de la señorita Alice".
James obedecía y allí tenían que quedar mis codos hasta el final de la comida.
Nunca he olvidado esa humillación y, aún hoy, cincuenta años más tarde, todavía
tengo conciencia de quebrantar las reglas si apoyo mis codos sobre la mesa,
cosa que no dejo de hacer. Después del almuerzo teníamos que descansar en un
tablero inclinado, durante una hora, mientras nuestra gobernanta nos leía en
alta voz algún libro de urbanidad, volviendo luego a hacer un corto paseo para
terminar nuestras lecciones a las cinco.
A esa hora
debíamos ir al dormitorio, donde la niñera o la doncella nos cambiaba los
vestidos. La orden era: vestido blanco con lazo de color, medias de seda y el
cabello bien peinado; luego debíamos bajar a la sala tomadas de la mano. Allí
nos esperaba toda la familia reunida, después de tomar el té. Permanecíamos de
pie delante de la puerta, y después de hacer nuestras reverencias soportábamos
el bochorno de las preguntas y de la inspección, hasta que nuestra gobernanta
nos venía a buscar. A las 6:30 p.m. teníamos la cena en la sala de estudios,
después de lo cual seguíamos con nuestras lecciones hasta las 8 p.m., hora de
ir a dormir. En esa época victoriana nunca había tiempo para hacer lo que,
como individuos, hubiéramos querido hacer. Era una vida de disciplina, ritmo y
obediencia, variando ocasionalmente por los brotes de rebeldía y el
consiguiente castigo.
Cuando he
hecho un análisis de la vida que llevaban mis tres hijas en los Estados Unidos,
donde nacieron y vivieron hasta el final de su adolescencia, y asistieron a las
escuelas públicas de ese país, me preguntaba frecuentemente, si les hubiera
gustado la vida regimentada que tuvimos que vivir mi hermana y yo. Con algo de
éxito he tratado de dar a mis hijas una vida feliz, y cuando se quejaban de la
dureza de la vida, como lo hacen normal y naturalmente todos los jóvenes, no he
podido dejar de reconocer qué vida maravillosa pasaron, en comparación con la
de las niñas de mi generación y condición social.
Hasta los
veinte años mi vida estuvo completamente disciplinada por la gente o el
convencionalismo social de la época. Yo no podía hacer esto ni lo otro, adoptar
tal o cual actitud, pues era incorrecto; ¿qué dirá o pensará la gente, si lo
hago? Me decían: "Hablarán de ti si haces esto o aquello"; "ésa
no es la clase de persona que debes conocer; no hables con ese hombre o esa
mujer; la gente bien, no habla ni piensa así; no debes bostezar ni estornudar
en público; no debes hablar si no te dirigen la palabra", y así
sucesivamente. La vida estaba totalmente restringida por las cosas que se tenía
prohibido realizar, regida por reglas minuciosas, cualquiera fuera la
situación.
Otras dos
cosas se destacan en mi memoria. Desde la edad más temprana se nos enseñó a
preocuparnos por los pobres y los enfermos y a comprender que la fortuna
implica responsabilidad. Varias veces por semana, a la hora de nuestro paseo,
íbamos a la despensa a buscar dulces y sopas para algún enfermo que vivía en
nuestra propiedad, o ropas para algún recién nacido de uno de los
arrendatarios, o libros destinados a alguien que, por alguna circunstancia,
debía permanecer en su casa. Esto puede ser un ejemplo del régimen
paternalista y feudalista de Gran Bretaña, pero tenía sus cosas buenas. Quizás
sea mejor que hoy haya desaparecido –personalmente así lo creo—, pero vendría
bien ese entrenado sentido de la responsabilidad y del deber hacia los demás,
entre la clase acaudalada de este país. Se nos enseñaba que el dinero y la
posición social implican ciertas obligaciones, las cuales debían cumplirse.
Otro
recuerdo que conservo vívidamente en mi memoria es la belleza de la campiña,
los senderos floridos y los bosques, por donde mi hermana y yo conducíamos
nuestro carruaje, arrastrado por un pony. Era lo que en aquellos días se
llamaba "carruaje de gobernanta", construido, presumo, especialmente
para los niños. En los días de verano mi hermana y yo solíamos salir en él,
acompañadas por un pequeño paje de librea y tricornio, de pie sobre el estribo.
A veces pienso si mi hermana recordará aún esos días.
Al morir mi
abuelo, Moor Park fue vendido, y fuimos a Londres a vivir con mi abuela, por
una breve temporada. EI mejor recuerdo que conservo de esa época es cuando
dábamos vueltas en el parque con mi abuela, en una victoria (como se denominaba
ese tipo de carruaje) tirada por una yunta de caballos, y en el pescante iban
de librea el cochero y el lacayo. Todo era muy aburrido y monótono. Después se
tomaron otras disposiciones respecto a nosotras, aunque hasta su muerte pasamos
mucho tiempo con ella. Era entonces muy anciana, pero aún poseía vestigios de
su belleza. Debió haber sido muy hermosa, como lo prueba un retrato pintado en
la época de su casamiento, a principios del siglo XIX. La segunda vez que
volví a los Estados Unidos después de ver a mis parientes llevando a mi hija
mayor, infante aún, llegué a Nueva York cansada, enferma, desdichada y añorando
mi patria. Fui a almorzar al hotel Gotham en la Quinta Avenida, y mientras
estaba sentada en su sala de espera, triste y deprimida, al tomar y abrir al
azar una revista ilustrada, me encontré con gran sorpresa con los retratos de
mi abuela, abuelo y bisabuelo. La impresión fue tan grande que derramé
lágrimas, y desde entonces ya no me sentí tan alejada de ellos.