De Belén al Calvario

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 

 


Dedicado a

M. VÍCTOR FOX

como afectuoso reconocimiento

por su compañerismo en el

servicio prestado y por su

comprensivo corazón.

 

 

 

Prefacio

 

ESTE libro sale a la luz con el ferviente deseo de que sus efectos sean totalmente constructivos y lleven a una profundización de nuestra creencia en Cristo y a un reconocimiento más amplio de la obra que vino a iniciar. Muchos años de trabajo como evange­lista y como maestra en el campo de los principios cristianos, y un ciclo difícil en el cual tuve que encarar el problema de mi pro­pia relación con Cristo y el cristianismo, me llevaron a dos reconocimientos definidamente claros y precisos: reconocer, primero, la realidad de la Individualidad de Cristo y Su misión y, segundo, que el desarrollo de la conciencia y naturaleza crísticas, en el hom­bre como individuo y en la raza como un todo, contienen en sí la solución de nuestros problemas mundiales. De todo corazón me remito a las palabras de Arthur Weigall: (1)

 

       "Sin embargo, el Jesús de la historia, distinto del Jesús de la teo­logía, sigue siendo 'el camino, la verdad y la vida', y estoy convencido de que si nos concentramos sobre la figura histórica de Nuestro Señor y sus enseñanzas, sólo ello bastaría para inspirar en este siglo XX la ferviente adhesión y servicio que en siglos anteriores demostraba el hombre común, mediante la exposición de los dogmas teológicos, la ame­naza del Infierno y la celebración de complicados ritos y ceremonias".

 

El reino de Dios se halla hoy en proceso de rápida formación, como pueden atestiguarlo quienes poseen una visión del futuro y la percepción de la belleza y de la divinidad del hombre, que emergen rápidamente. Estamos pasando por un período de tran­sición entre la antigua y la nueva era, y la verdadera misión de Cristo, tan profunda y frecuentemente oscurecida por las disputas e implicancias teológicas, encierra en sí la revelación futura. El desarrollo de la humanidad garantiza el reconocimiento de Cristo y Su trabajo y la participación consciente en el reino de Dios. Este punto está maravillosamente tratado por Karl Pfleger en el siguiente párrafo:(2)

 

"Las fuerzas creadoras de todos los hombres deben cristianizarse mediante el redescubrimiento de la naturaleza crística del hombre, que se ha perdido de vista hace tanto tiempo. Debemos decirle al hombre, despojado de su divinidad y habiendo caído víctima de un humanismo puramente natural, toda la verdad sobre sí mismo y revelarle el mis­terio humano‑divino de su origen, historia y vocación. Entonces los hombres comprenderán por fin, que no son nada ni tienen un verdadero ser, si no son cristianos ni aceptan tener su ser en Cristo mismo; que donde Cristo se aparta, empieza el infierno, porque, excepto en su eterna humanidad divina, la vida del hombre no tiene significado ni justifica­ción; que ese cielo una vez captado en lo más recóndito de su ser, les permite, conjuntamente con la innúmera legión de seres humanos que pululan por el planeta, al girar en el silencio del espacio infinito, encon­trar por primera vez su morada en lo eterno del corazón humano‑divino. En sus profundidades metafísicas, el hombre y el mundo constituyen el cuerpo místico de Cristo. En circunferencias de tiempo y espacio deben convertirse en el cuerpo místico de Cristo. Ésta es la vocación histórica de la humanidad y no otra".

 

 La evocación consciente de la vida crística en el corazón huma­no y nuestra rápida integración en el reino de Dios, es la tarea inmediata que nos espera, incluyendo nuestra responsabilidad, oportunidad y destino.

 

Quiero aclarar que en las numerosas citas que empleo en este libro, trato de demostrar cuánto se ha extendido este reconoci­miento. Los libros mencionados me trajeron mucha luz e inspira­ción. No obstante, debo aclarar enfáticamente, que ninguno de los autores citados deben considerarse en modo alguno solidarios con mi punto de vista.

 

Para terminar, deseo agradecer a los señores William Cumings y Alan Murray, por la ayuda voluntaria e inteligente que me han prestado, posibilitando la aparición de este libro.

 

(1)       The Paganism in Our Christianity, pág. 16.

(2)       WrestIers with Christ, pág. 293.

 

 

 

 

  De Belén al Calvario

 

De todos los que buscaron mi cuna en Belén

escuchando una voz y siguiendo una estrella,

¿Cuántos me acompañaron al Calvario?

Estaba demasiado lejos.

 

La gloria rodeaba al niño del establo,

y también la esperanza de los hombres que luchaban

Mas esa esperanza colmada, les llegó            por lo perdido.

en mi corona de espinas y a través de mi cruz.

 

La verdad fue mi espada y el dolor mi respaldo,

que conferí a quienes continuaron mi senda.

Un jumento enjaezado fue el corcel

que elegí para cabalgar.

 

Así pasó la gloria de Belén,

y los dones de los Reyes y los Magos de Oriente;

así pasaron las multitudes y sólo doce

estuvieron en el festín.

 

De humilde pan servido en el aposento alto,

donde el triste cáliz pasó de mano en mano

en prueba de mi amor por el género humano

que puebla la tierra.

 

Cuando en Getsemaní oré en soledad

pidiendo se apartara el cáliz más amargo,

no pudieron velar conmigo una sola hora

hasta el alba.

 

Muchos buscaron mi cuna en Belén

escuchando una voz y siguiendo una estrella,

pero sólo Simón me siguió hasta el Calvario.

Estaba demasiado lejos.

 

H. Le Gallienne.

      Reproducido con el permiso de

      The New York Times y del autor.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

NOTAS PRELIMINARES SOBRE LA INICIACIÓN

 

 

 PENSAMIENTO CLAVE

 

"Existe una humana apetencia de Dios, pero también hay apetencia divina por el hombre. Dios es la idea suprema, la preocupación y el deseo supremo del hombre. El hombre es la idea suprema, la preocupación y el deseo supremo de Dios. El problema de Dios es un problema humano. El pro­blema del hombre es un problema divino... El hombre es la contraparte de Dios y de Su bienamado, del cual espera amor recíproco. El hombre es la otra persona del divino misterio. Dios necesita al hombre. Su voluntad no sólo es que Él exista, sino que exista también el hombre, el Amante y el amado".

            

                                    Wrestlers with Christ, por KARL PFLEGER, pág. 236.

 

 

1

 

Estamos en el proceso de pasar de una era religiosa a otra. Las actuales tendencias espirituales se van definiendo cada vez más. Los corazones de los hombres nunca han estado más abiertos que ahora a la impresión espiritual, y la puerta hacia el propio centro de la realidad está abierta de par en par. Sin embargo, paralela­mente, este significativo desarrollo ha dado un giro en dirección contraria y las filosofías materialistas y las doctrinas negativistas prevalecen cada vez más. Para muchos, toda la cuestión de la va­lidez de la religión cristiana debe aún determinarse. Se sostiene que el cristianismo ha fracasado y que el hombre no necesita el relato del Evangelio con sus implicancias de divinidad y su inci­tación al servicio y al sacrificio.

 

El Evangelio ¿es históricamente verdad? ¿Se trata de una na­rración mística de gran belleza y de verdadero valor educativo, que sin embargo no es de importancia vital para los hombres y mujeres inteligentes que se enorgullecen hoy de sus poderes de  razonar, de su independencia de los antiguos impedimentos men­tales y de las viejas y polvorientas tradiciones? Acerca de la des­cripción sobre la perfección del carácter de Cristo no existe duda alguna. Los enemigos del cristianismo admiten Su excepcionalidad, Su básica profundidad, Su comprensión de los corazones de los hombres. Reconocen lo inteligente de Sus ideas y las apoyan en sus propias filosofías. Los desarrollos que el Carpintero de Nazareth causó en la trama de la vida humana, Sus ideales sociales y económicos y la belleza de la civilización que podría fundarse sobre las enseñanzas éticas del Sermón de la Montaña, son des­tacados con frecuencia por la mayoría de quienes rehúsan reco­nocer Su misión como expresión de la divinidad. Desde el punto de vista racional, la cuestión de la autenticidad histórica del rela­to de Su vida permanece aún sin resolverse, aunque Su enseñanza sobre la Paternidad de Dios y la hermandad del hombre, está res­paldada por las mentalidades más sobresalientes de la raza. Los que se mueven en el mundo de las ideas, de la fe y de la experiencia viviente, dan testimonio de Su divinidad y de nuestro posible acer­camiento a Él. Pero tal testimonio es considerado a menudo con ligereza, como místico, fútil y carente de pruebas. La creencia individual, después de todo, no es de valor para nadie, excepto para el propio creyente, o en lo que tiende a acrecentar el testi­monio hasta asumir tales proporciones que con el tiempo se con­vierta en una prueba. Respaldarse en un "tipo de creencia", puede indicar una experiencia viviente y constituir una especie de autohipnotismo y una "vía de escape" de las dificultades y problemas de la vida cotidiana. El esfuerzo por comprender, adquirir expe­riencia, experimentar y expresar lo que se conoce y cree, es fre­cuentemente demasiado difícil, para la mayoría, por eso se res­paldan en una creencia basada en el testimonio de quienes ins­piran confianza, como la forma más fácil de salir del paso.

 

Los problemas de la religión y los del cristianismo ortodoxo, no son una ni la misma cosa. H. Fielding (1) aclara bien esta dife­rencia, diciendo:

 

"Lo que llaman religión, yo lo llamo solamente razonamiento acerca de la religión. Los dogmas y los credos no constituyen la religión. Son síntesis de las razones que dan los hombres para explicar los hechos de la vida que constituyen la religión, así como las filosofías son síntesis de las teorías que expresan los hombres para explicar otros hechos. Tanto los credos como las filosofías surgen de la razón. Son especulacio­nes, no hechos. Son términos pesimistas del cerebro. La religión es algo distinta, es una serie de hechos".

 

       Gran parte de la crítica e incredulidad que nos circunda, así como también la negación a lo que llamamos verdades, se basa en el hecho de que la religión ha sido reemplazada en gran parte por un credo, y la doctrina ha tomado el lugar de la experiencia viviente, que es la nota clave de este libro.

 

Quizás otra razón por la cual la humanidad cree actualmente tan poco, o duda tan lamentablemente sobre lo que se cree, sea el hecho de que los teólogos trataron de sacar al cristianismo del lugar que ocupa en el esquema de las cosas y pasaron por alto su posición en la gran continuidad de la revelación divina. Trata­ron de acentuar su excepcionalidad, considerándola totalmente una independiente y aislada expresión de la religión espiritual. Con ello destruyen su raigambre, sacuden sus cimientos y hacen que resulte difícil, para la mente humana que se va desarrollando constantemente, aceptar su presentación. Sin embargo, San Agus­tín dice que "la denominada religión cristiana existió entre los antiguos, y no desde el comienzo de la raza humana hasta que Cristo encarnó, en esa época la verdadera religión que ya existía comen­zó a llamarse cristianismo". (2) La sabiduría que expresa relación con Dios, las reglas del sendero, que guían nuestros errantes pasos de retorno al hogar del Padre, y las enseñanzas que trae la reve­lación, siempre han sido las mismas a través de las edades, e idénticas a las que Cristo enseñó. Este conjunto de verdades inter­nas y esta riqueza de conocimiento divino han existido desde tiempo inmemorial. Tal es la verdad que Cristo reveló, pero hizo algo más. Reveló en Sí Mismo y a través de Su vida, lo que estos cono­cimientos y sabiduría podrían hacer por el hombre. Demostró la total expresión de la divinidad en Sí Mismo y ordenó a sus discí­pulos hacer lo propio.

 

En la continuidad de la revelación, el cristianismo entra en su ciclo de expresión bajo la misma ley divina que rige a toda ma­nifestación –la Ley de la Aparición Cíclica. La revelación pasa primero por todos las fases de la manifestación o apariencia de la forma, luego por el crecimiento y desarrollo y, finalmente (cuan­do el ciclo se aproxima a su fin), la cristalización, y un gradual pero constante énfasis puesto sobre la letra y la forma, hasta que la muerte de la forma sea inevitable y oportuna. Pero el espíritu sigue viviendo y toma nuevas formas. El Espíritu de Cristo es in­mortal, y así como Él vive eternamente, lo que Él encarnó para demostrarlo, también debe vivir. La célula en la matriz, la etapa de lo diminuto, el desarrollo del niño, hasta convertirse en hombre,  a todo esto se sometió el Cristo, pasando por todos los pro­cesos que configuran el destino de cada hijo de Dios. Debido a esta sumisión y a que "porque padeció, aprendió la obediencia”, (3) se confió en que Él podía revelar a Dios al hombre y (si puede decirse) lo divino en el hombre a Dios. Los Evangelios demues­tran que Cristo continuamente proclamaba este reconocimiento del Padre.

 

Esta gran continuidad de la revelación es nuestra posesión más preciada, y en ella encaja y debe encajar la religión de Cristo. Dios nunca ha quedado sin testigos y nunca quedará. Con frecuen­cia olvidamos el lugar que ocupa el cristianismo como realización del pasado y como peldaño hacia el futuro, siendo quizás ésta una de las razones de por qué la gente habla de un cristianismo deca­dente y espera esa revelación espiritual que parece ser tan nece­saria. De no hacer hincapié sobre esta continuidad y del lugar que ocupa en ella la fe cristiana, puede llegar la revelación y no ser reconocida.

 

"Se dice que antiguamente todo país que poseía una civilización, tenía una doctrina esotérica, un sistema denominado SABIDURIA, y a quienes se dedicaban a su divulgación se los denominaba al principio eruditos o sabios... Pitágoras denominó a este sistema... Gnosis o Conocimiento de las cosas existentes. De acuerdo a la noble designación de SABIDURIA, los antiguos maestros, los sabios de la India, los magos de Persia y de Babilonia, los videntes y profetas de Israel, los hierofantes de Egipto y de Arabia y los filósofos de Grecia y de Occidente, abarca­ron todo el conocimiento, que consideraron esencialmente divino, clasi­ficándolo en parte como esotérico y el resto como externo". (4)

 

Conocemos mucho sobre enseñanza exotérica. El cristianismo ortodoxo y teológico se funda en ella, como toda formulación orto­doxa de las grandes religiones. Sin embargo, cuando se olvida la enseñanza sobre la sabiduría interna y se ignora el aspecto eso­térico, desaparecen el espíritu y la experiencia experimental vi­viente. Nos ocupamos de los detalles, de la forma externa de la fe y olvidamos lamentablemente el significado interno que pro­porciona vida y salvación al individuo y a la humanidad. Batalla­mos arduamente por lo no esencial de las interpretaciones tradi­cionales y no enseñamos el secreto y la técnica de la vida cristiana. Recalcamos preferentemente los aspectos doctrinales y dogmáticos y deificamos la letra, mientras tanto el alma del hombre clama por el espíritu de la vida, velado por la letra. Nos apasionamos por el aspecto histórico de la narración evangélica, el elemento tiempo, la exactitud de las numerosas traducciones, pero no percibimos la magnificencia verdadera de la realización de Cristo y la signifi­cativa enseñanza que encierra para el hombre y la raza. El drama de Su vida y su aplicación práctica a las vidas de Sus seguidores, se ha perdido de vista por la indebida importancia dada a ciertas frases que se Le atribuyen, mientras que lo que expresó con Su vida y las relaciones que recalcó y consideró implícitas en Su reve­lación, fueron totalmente ignoradas. Puede decirse que:

 

"El cristianismo posee un contenido característico, independiente de todos los elementos contenidos en él. Este contenido simple es única­mente Cristo. En el cristianismo como tal, encontramos a Cristo y sólo a Él. Esta verdad fue enunciada repetidamente, pero se ha asimilado muy poco. Lo nuevo, original y excepcional en el cristianismo no con­siste en doctrinas generales, sino en hechos concretos; no es el conte­nido especulativo de Sus ideas, sino su encarnación en la viviente perso­nalidad histórica de Quien pudo llamarse el camino, la verdad y la vida. Cristo es la síntesis viviente y personal de toda verdad religiosa revela­da en el transcurso de los siglos. Y Él puede ser valorado y comprendido sólo a la luz de una síntesis religiosa y filosófica que 'abarque el conte­nido total de la evolución religiosa sin excluir ni un solo elemento positivo’ ". (5)

 

Defendemos al Cristo histórico y, en la lucha, perdemos de vista Su mensaje de amor a todos los seres. Los fanáticos discuten sobre Sus palabras y olvidan que fue "el Verbo hecho carne". Argumentarnos acerca del Nacimiento virginal del Cristo y olvi­damos la verdad que la Encarnación está destinada a enseñarnos. Evelyn Underhill señala en su valiosa obra Mysticism, que "la Encarnación, que para el cristianismo popular es sinónimo del nacimiento histórico y la vida terrena del Cristo, para el místico no sólo es eso, sino un proceso perpetuo, cósmico y personal".

 

Los estudiosos dedican su vida a probar que toda la historia es únicamente un mito. Debería tenerse en cuenta, no obstante, que un mito es una creencia sintetizada y un conocimiento del pasado, trasmitido para guiarnos y formar los cimientos de una nueva revelación y un peldaño para la siguiente verdad. Un mito es una verdad probada y válida que sirve de puente para salvar el abis­mo entre el conocimiento adquirido en el pasado y la verdad for­mulada en el presente, con infinitas y divinas posibilidades para el futuro. Los antiguos mitos y misterios proporcionan una pre­sentación correlativa del mensaje divino tal como surgió de Dios, en respuesta a las necesidades del hombre, a través de las edades. La verdad de una era se convierte en el mito de la siguiente, pero su significación y realidad permanecen intocables y requieren sólo una nueva interpretación en el presente. Esto está bellamente ex­presado en los párrafos dados a continuación y merecen un cuida­doso estudio: (6)

 

  “...hecho y mito son en última instancia, indisolubles; que el uno pueda ser los muchos y los muchos uno, es la excepcional y suprema paradoja de la verdad, irreductible para el hombre.

 

"Pero el hombre llega a ser el amo de su destino, y cuanto más leal­mente se aplique a los hechos, tanto más fiel será su reverencia por el mito.

 

"Pues en realidad es el reflejo del sentido común en el alma del hom­bre término medio, en su experimento y experiencia con la naturaleza de la Naturaleza y con la suya propia; los mitos constituyen la diná­mica espiritual que, inspira a cada hombre en su momento más elevado, en el del más elevado de los hombres (el Amante verdadero), el precursor y el protagonista, el poeta y el artista, el maestro y el predicador, el filósofo y el estadista, el sacerdote y el profeta, el héroe y el santo.

 

"Esas miríadas de formas de la realidad, el mito evolucionante, san­tifica el espíritu del tiempo en cada sucesiva civilización; la propia crea­ción corporal del hombre es invisible, imperceptible y omnipotente, y brinda a cada individuo su oportunidad..., pero dentro de esa forma el hombre tiene libertad para elegir voluntariamente entre las innumerables facetas."

 

Así que somos libres de elegir y de rechazar; pero debemos elegir con los ojos que la sagacidad y la sabiduría nos han abierto, señal característica de quienes se internaron considerablemente en el sendero de retorno. Existen vida, verdad y vitalidad, en la historia del Evangelio, que deben ser aplicadas nuevamente por nosotros. En el mensaje de Jesús hay dinámica y divinidad.

 

El cristianismo es hoy, para nosotros, una religión culminante y la más grande de las últimas revelaciones divinas. Gran parte de ella, desde su origen, hace dos mil años, terminó por ser consi­derada corno un mito, y los claros delineamientos de la historia se han oscurecido hasta el punto de ser frecuentemente conside­rados simbólicos. Sin embargo, detrás del mito y del símbolo, se halla la realidad –una verdad esencial, dramática y práctica. Esto ha sido suscintamente expresado por Richard Rothschild: (7)

 

“...una realidad es siempre la encarnación de una idea, es decir, un significado, un valor, un símbolo... En verdad, el símbolo fija la idea misma. Sin palabras ningún pensamiento sería posible; sin las pincela­das, ningún cuadro tomaría forma ni aún en la mente del artista. Por eso, al referirnos a la religión, en la que el género humano trata de incorporar sus conceptos más generales, descubrimos que el simbolismo es esencial".

 

      El símbolo y la forma externa acaparan nuestra atención, mien­tras que el significado permanece oscurecido y no afecta suficien­temente nuestras vidas. En nuestro miope análisis de la letra, perdemos la significación de la Palabra misma. Debemos penetrar detrás del símbolo hasta lo que éste encarna, y apartar nuestra atención del mundo de las formas externas, hacia el de las reali­dades internas. Hermann Keyserling, (8) se refiere a esto, en las pa­labras siguientes:

 

"El proceso de trasladar los niveles de la letra al significado interno, en las actitudes espirituales, puede ser explicado claramente con una simple suposición. Consiste en ‘ver a través’ del fenómeno. Todo fenómeno viviente es antes y después de todo, un símbolo, porque la esencia de la vida es significado. Pero todo símbolo, que es la máxima expresión de un estado de conciencia, trasparenta en sí otra expresión más profunda, y así sucesivamente hasta la eternidad, porque todas las cosas en el sentido vinculador de la vida están internamente conectadas, y sus profundidades tienen sus raíces en Dios.

 

"Por consiguiente, ninguna forma espiritual puede ser la máxima expresión; todo significado, que ha sido penetrado, se convierte automá­ticamente en una mera expresión de la letra, de otra más profunda, y de allí que el antiguo fenómeno toma un nuevo y distinto significado. Así las religiones católica, protestante, católica griega, islámica y bu­dista, pueden en principio continuar siendo lo que fueron en el plano de esta vida y, no obstante, significar algo totalmente nuevo."

 

La única excusa para la aparición de este libro es que consti­tuye una tentativa para penetrar en ese significado más profundo que subyace en los grandes acontecimientos de la vida de Cristo y llevar renovada vida e interés a la aspiración debilitada del cristiano. Si se puede demostrar que la historia revelada en los Evangelios no sólo es aplicable al Personaje divino que vivió du­rante un tiempo entre los hombres, sino que tiene un significado y significación prácticos para el hombre civilizado de hoy, enton­ces se habrá logrado algún objetivo y prestado cierto servicio y ayuda. Posiblemente hoy –debido a nuestra evolución más avan­zada y a la capacidad de expresarnos mediante graduaciones de conciencia sutilmente desarrolladas—, podamos captar la ense­ñanza con una visión más clara y aplicar más inteligentemente la lección indicada. Este gran Mito nos pertenece –seamos suficien­temente valientes para emplear este término en su verdadero y co­rrecto significado. Un mito puede transformarse en una realidad en la experiencia de un individuo, porque es una realidad que pue­de probarse. Nos apoyamos en los mitos, pero debemos tratar de volver a interpretarlos a la luz del presente. Por el experi­mento autoiniciado podemos probar su validez, por la experiencia  podemos establecer que son fuerzas que rigen nuestras vidas, y por su expresión demostrar su verdad a los demás. Éste es el tema del presente libro, pues trata los hechos referidos en el Evan­gelio, ese quíntuple mito correlativo que enseña la revelación de la divinidad en la persona de Jesucristo, una verdad eterna en su sentido cósmico e histórico y en su aplicación práctica para el individuo. El mito se divide en cinco grandes episodios:

 

1.      El Nacimiento en Belén.

 

2.      El Bautismo en el Jordán.

 

3.      La Transfiguración en el Monte Carmelo.

 

4.      La Crucifixión en el Gólgota.

 

5.      La Resurrección y la Ascensión.

 

Nuestra tarea consiste en develar su significado y reinterpre­tarlos en términos modernos.

 

 La historia del hombre ha alcanzado un punto de crisis y de culminación debido a la influencia del cristianismo. Como miem­bros de la familia humana, el hombre ha llegado a un nivel de integración desconocido en el pasado, excepto en el caso de una selecta minoría en cada país. El hombre es, como dicen los psicó­logos, un conjunto de organismos físicos, de fuerza vital, de es­tados psíquicos o condiciones emocionales, y de reacciones mentales o pensantes. El hombre está preparado para que se le indique su siguiente transición, desarrollo o desenvolvimiento. Espera esto y está alerta para aprovechar la oportunidad. La puerta hacia un mundo de existencia y conciencia superiores está abierta de par en par; el camino al reino de Dios está claramente marcado. Muchas entraron en ese reino en el pasado, despertaron y se en­contraron en un mundo de existencia y comprensión, que para la mayoría el un misterio cerrado. La gloria del momento presente reside en que miles de seres se hallan ya preparados y (si se les da la instrucción necesaria) pueden ser iniciados en los misterios de Dios. Un nuevo desarrollo de la conciencia es hoy posible; una nueva meta ha surgido y rige las intenciones de la mayoría. Como raza, estamos definidamente encaminados hacia un nuevo conoci­miento, nuevos reconocimientos y un mundo más profundo de valores. Lo que ocurre en el plano externo de la experiencia, es señal de un acontecimiento en un mundo más sutil de significados. Para ello debemos prepararnos.

 

Vimos que la revelación cristiana unifica las enseñanzas del pasado. Esto Lo indicó Cristo Mismo cuando dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir". (9) Cristo encarnó todo el pasado  y reveló al hombre sus más altas posibilidades. Las palabras del Dr. Berdyaev (10) arrojan más luz sobre el tema:

 

"La revelación cristiana es universal, y todo la analogía que existe en otras religiones, es sencillamente una parte de esa revelación. El cristianismo no es una religión del mismo orden que otras; como ha dicho Schleiermacher, es la religión de las religiones. ¿Qué importancia tiene si dentro del cristianismo, que se supone es tan distinto de las otras creencias, no hay nada de original fuera de la venida de Cristo y de Su, Personalidad?, ¿no es precisamente sobre esto que se cumple la espe­ranza de todas las religiones?".

 

Cada gran período de tiempo y cada ciclo mundial tendrá –por la amorosa bondad de Dios— su religión de religiones que sinte­tiza todas las revelaciones pasadas e indica la esperanza futura. La actual expectativa: del mundo demuestra que estamos al borde de una nueva revelación, revelación que en modo alguno negará nuestra divina herencia espiritual, sino que, a la maravilla del pasado, agregará una clara visión del futuro. Expresará lo divino, algo hasta ahora no revelado. Por lo tanto, es posible que la comprensión de algunos de los significados más profundos de la historia del Evangelio, permita al buscador moderno captar una síntesis más amplia del tema.

 

Algunas de esas implicaciones más profundas se trataron en una obra publicada hace muchos años, titulada The Crisis of the Christ, escrita por un cristiano veterano, el Dr. Campbell Morgan. Tomó los cinco episodios principales de la vida del Salvador, en torno a los cuales se ha erigido todo el Evangelio, y los aplicó, amplia y generalmente, impartiéndonos la comprensión de que Cristo no sólo pasó por esas dramáticas experiencias, sino que nos dejó el definido mandato de "seguir Sus pasos". (11) ¿No es posible que esos grandes hechos en la experiencia de Cristo, esos cinco aspectos personificados del mito universal, puedan tener, para nosotros, como individuos, un interés más allá de lo histórico y lo personal? ¿No es posible que encarnen una experiencia o em­presa iniciática por la cual podrán ahora muchos cristianos experimentar y así obedecer Su mandato de entrar en una nueva vida? ¿Acaso no debemos todos nacer de nuevo, ser bautizados en Espí­ritu y transfigurados en la cima de la montaña de la experiencia viviente? ¿No tiene acaso la mayoría la crucifixión por delante, que conduce a la resurrección y a la ascensión? ¿Y no habremos interpretado esas palabras en un sentido muy estrecho, con una implicancia demasiado sentimental y común, por cuanto pueden  indicar, a quienes están preparados, un camino especial y un modo más rápido de seguir los pasos del Hijo de Dios? Éste es uno de los puntos que nos conciernen y que este libro tratará de desarrollar. Si puede descubrirse este significado, más intenso, si el drama del Evangelio puede llegar a ser, de alguna manera particular, el drama de las almas que ya están preparadas, en­tonces podremos ver la resurrección de las esencialidades del cris­tianismo y la revivificación de la forma que va cristalizándose con tanta rapidez. De este modo, "el credo y la teología serán nuevamente importantes para nosotros, se convertirán en los te­soros esenciales de la religión, porque en ellos la raza conserva edad tras edad, los factores determinantes de todo valor hu­mano”. (12)

 

2

 

Resulta interesante recordar que otras enseñanzas además de las dadas por el cristianismo, han hecho hincapié en estas cinco importantes crisis que ocurren, si se desea, en la vida de los seres humanos que se respaldan en su esencial divinidad. Tanto las ense­ñanzas hindúes como las creencias budistas, las destacaron como crisis evolutivas, que no podremos finalmente evadir; la correcta comprensión de la interrelación de estas grandes religiones mun­diales, puede traer con el tiempo una mejor comprensión de todas ellas. La religión de Buda, que precedió a la de Cristo, expresa las mismas verdades básicas, pero las establece en términos diferen­tes, que pueden, sin embargo, ayudarnos a alcanzar una interpre­tación más amplia del cristianismo.

    

     "El budismo y el cristianismo originaron respectivamente de dos inspirados momentos de la historia: la vida de Buda y la vida de Cristo. Buda dio Su doctrina para iluminar al mundo; Cristo dio Su vida. Corresponde a los cristianos discernir la doctrina. Quizás, en última instancia, la parte más valiosa de la doctrina de Buda sea la interpreta­ción de su vida”. (13)

 

Las enseñanzas de Lao‑Tzu pueden servir también para el mismo propósito. La religión eventualmente debe ser un compen­dio, extraído de muchas  fuentes y formado por muchas verdades. Resulta por lo tanto lícito pensar que si en la actualidad debiéramos elegir un credo, podríamos escoger el cristianismo por esta razón específica: el problema central de la vida es aferrarnos a  nuestra divinidad y ponerla de manifiesto. En la vida de Cristo tenemos la demostración más completa y perfecta y el ejemplo de una divinidad vivida exitosamente en la tierra, vivida como la mayoría de nosotros debe hacerlo, no en el retiro, sino en medio de las tormentas y las tensiones.

 

Representantes de todos los credos se reúnen hoy para tratar la posibilidad de encontrar una plataforma, de tal universalidad y verdad, que todos los hombres puedan unirse en torno a ella, y en la cual podría basarse la futura religión mundial. Tal vez esto pueda encontrar una interpretación y comprensión más clara de los cinco relevantes episodios, en su relación excepcional y práctica, no sólo con el individuo, sino con toda la humanidad. Este conocimiento nos atará más definidamente al pasado, nos introducirá en la verdad existente entonces, y señalará nuestro de­ber y meta inmediatos, que al ser comprendidos, nos permitirá vivir en forma más divina y servir más adecuadamente, logrando así que la voluntad de Dios fructifique en la tierra. Lo importante es el significado interno y nuestra relación individual con ello. Como cierto escritor dice:

 

"Por lo tanto, formas externas de una religión, proporcionan muy escasos indicios de su significado. Un autor señala, por ejemplo, que el cristianismo 'derivó sus prácticas fundamentales e incluso varios de sus sacramentos, de las creencias religiosas y de los ritos del hombre primitivo; su cosmogonía y filosofía histórica, de los judíos; su fondo mesiánico, de los egipcios y judíos; su teológica, de los griegos; su filo­sofía cósmica, escatología y otras mundanalidades, de los persas; su complejo de impureza de las corrientes ascéticas, del judaísmo, de los cultos del misterio oriental y del neoplatonismo; su firmeza en la fe y su credulidad contra toda razón y observación, del neoplatonismo; su ritual y liturgia –hasta el sacramento de la misa , de los cultos de los misterios paganos; sus métodos de predicación, de los retóricos pa­ganos, y su organización, leyes y sistema financiero, del Imperio Ro­mano’“. (14)

 

“Pero todo esto se refiere sólo a la parte externa de la religión, a su credo, prácticas y ritos, en otros términos, a su simbolismo. Lo que destacamos, por otra parte, es el hecho que esas exteriorizaciones, sea cual fuera su 'origen', debieran ser reinterpretadas por cada nueva cul­tura, asimiladas por esa cultura, digeridas por ella e integradas en su restante trasfondo de conceptos”. (15)

 

La comprensión de la unidad y a veces la uniformidad de la enseñanza impartida en Oriente y Occidente, nos otorga una va­liosa adquisición y un enriquecimiento de nuestra conciencia. Por ejemplo, el cuarto acontecimiento de la vida de Cristo, la crucifixión, tiene su paralelo en la cuarta iniciación de la enseñanza oriental, denominada la Gran Renunciación. Tenemos una inicia­ción llamada, en terminología budista, "la entrada en la corriente”, y hay en la vida de Jesús un episodio que designamos como "el bautismo en el Jordán". La historia del nacimiento de Cristo en Belén tiene su paralelo prácticamente en cada detalle de la vida de los mensajeros de Dios que Le precedieron. Esos hechos probados deberían sin duda evocarnos el reconocimiento de que aunque haya muchos mensajeros, hay sólo un Mensaje; pero este reconocimiento en modo alguno niega la tarea señera de Cristo y la función singular que vino a realizar.

 

Es interesante también recordar que estas dos descollantes In­dividualidades, el Buda y el Cristo, estamparon Su impronta en ambos hemisferios, siendo el Buda el Instructor de Oriente y el Cristo, el Salvador de Occidente. Cualesquiera sean nuestras con­clusiones personales respecto a Sus relaciones con el Padre en los Cielos, o entre sí, el hecho subsiste por sobre toda controversia: Revelaron entre Sí la divinidad a sus respectivas civilizaciones y, de una manera harto significativa, trabajaron juntos para el beneficio eventual de la raza. Sus dos sistemas son interdepen­dientes, y Buda preparó al mundo para el mensaje y la misión de Cristo.

 

Ambos encarnaron en Sí Mismos ciertos principios cósmicos, y por Sus obras y sacrificios, ciertos poderes divinos se derrama­ron a través de la humanidad y sobre ella. La tarea realizada por Buda y el mensaje que dio, estimularon la inteligencia para alcanzar la sabiduría. La sabiduría es un principio cósmico y una potencia divina. Esto es lo que encarnó Buda.

 

Pero el amor llegó al mundo por intermedio de Cristo, y Él, con su obra, trasmutó la emoción en Amor. Como "Dios es Amor”, la comprensión de que Cristo reveló el amor de Dios aclara la magnitud de la tarea que emprendió –tarea mucho más allá de los poderes de cualquier instructor o mensajero que Le precedió. Cuando Buda recibió la iluminación, "permitió entrar" una oleada de luz sobre la vida y sobre nuestros problemas mundiales, y esta inteligente comprensión de las causas de la angustia del mundo la formuló en las Cuatro Nobles Verdades, que como bien se sabe son:

 

1.     La existencia en el universo fenoménico es inseparable del sufri­miento y la tristeza.

 

2.     La causa del sufrimiento es el deseo de vivir en el mundo de los fenó­menos.

 

3.     El cese del sufrimiento se logra anulando todo deseo de vivir en este universo fenoménico.

 

4.     El medio para lograr que cese el sufrimiento es hollar el Noble  Óctuple Sendero, en el cual se expresan la recta creencia, las rectas intenciones, la recta palabra, las correctas acciones, el recto vivir, el recto esfuerzo, el recto pensar y la correcta concentración.

 

Buda proporcionó una estructura de la verdad, del dogma y de la doctrina, que capacitó, a muchos millares de individuos a través de los siglos, para ver la luz. Hoy Cristo y Sus discípulos llevan a cabo (como lo han hecho durante dos mil años) la misma tarea de llevar la iluminación y la salvación a los hombres. La ilusión del mundo ha recibido severos golpes y las mentes de los seres humanos están llegando masivamente a una creciente claridad mental. Por lo tanto, mediante el mensaje de Buda, el hombre puede, por primera vez, conocer la causa de su eterno descon­tento, de su constante desagrado e insatisfacción y de su incesante nostalgia. El hombre puede aprender del Buda que la forma de liberarse se halla en el desapego, el desapasionamiento y el dis­cernimientos. Éstos son los primeros pasos en el camino hacia Cristo.

 

Mediante el mensaje de Cristo surgieron tres conceptos gene­rales en la conciencia racial:

 

Primero, que el individuo, como tal, tiene valor. La doctrina oriental del renacimiento tendió en general a negar esta verdad, creyendo que había tiempo suficiente y que la oportunidad se ofrecería interminablemente y el proceso evolutivo realizaría su tarea. La humanidad puede ir a la deriva con la marea, y even­tualmente todo se arreglará. De allí que la actitud general de Oriente no era destacar el valor supremo del individuo. Pero Cristo vino y destacó la acción del individuo, diciendo: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras bue­nas obras". (16)

 

Segundo, se ofreció la oportunidad, a toda la raza, para dar un gran paso hacia adelante, pasar el "nuevo nacimiento", o recibir la primera iniciación. En el próximo capítulo trataremos este tema.

 

 El tercer concepto que Cristo enseñó contiene la técnica de la nueva era, que se aplicará cuando la salvación individual y el nuevo nacimiento hayan sido correctamente comprendidos. Este fue el mensaje o mandato, "ama a tu prójimo como a ti mismo". (17) El esfuerzo individual, la oportunidad grupal y la identificación recíproca, fue el mensaje del Cristo.

 

En la enseñanza del Buda tenemos las tres maneras en que puede cambiarse la naturaleza inferior y prepararse para ser una expresión consciente de la divinidad. Mediante el desapego el hom­bre aprende a apartar su conciencia e interés de las cosas de los sentidos y a desoir los llamados de la naturaleza inferior. El desa­pego impone un nuevo ritmo al hombre. Mediante la lección del desapasionamiento se inmuniza del sufrimiento de la naturaleza inferior, a medida que aparta su interés de las cosas secundarias y de lo no esencial y lo centra en las realidades superiores. Me­diante la práctica del discernimiento, la mente aprende a selec­cionar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Estas tres prácticas cam­bian la actitud hacia la vida y la realidad, y cuando se efectúan sensatamente proporcionan la regla de la sabiduría y preparan al discípulo para la vida crística.

 

A la enseñanza dada a la raza le sigue el trabajo de Cristo con la humanidad, dando por resultado la comprensión del valor del individuo y su esfuerzo autoiniciado por la liberación y la ilumina­ción, teniendo como objetivo final el amor y el bien grupales. Aprendemos a perfeccionarnos de acuerdo al mandato de Cristo "Sed, pues, vosotros perfectos", (18) para tener algo con qué con­tribuir al bien del grupo y para servir a Cristo con perfección. De allí, esa realidad espiritual de que hablaba San Pablo, "Cristo en vosotros, esperanza es de gloria", (19) que se libera en el hombre y puede manifestarse en toda su expresión. Cuando un número suficiente de personas haya captado este ideal, la entera familia humana podrá ponerse por primera vez frente al portal que lleva al Sendero de Luz, y la vida crística florecerá en el reino humano. Entonces se desvanecerá la personalidad, oscurecida por la gloria del alma, que, como el sol naciente, disipa las tinieblas, revela la situación de la vida e ilumina la naturaleza inferior. Como conse­cuencia, se llega a la actividad grupal, y el yo, como se lo concibe generalmente, desaparece. Esto ya está ocurriendo. El resultado final de la tarea de Cristo está representado en Sus propias pa­labras en San Juan 17, que sería de valor leerlas.

 

Individualidad, Iniciación, Identificación, he aquí los términos en que puede expresarse el mensaje de Cristo. Esto Lo resumió, cuando estaba en la tierra, en la frase: "Yo y mi Padre somos uno". (20) Esa gran Individualidad, el Cristo, por el proceso de las cinco grandes Iniciaciones, nos mostró las etapas y métodos por los cuales puede llegarse a la identificación con Dios. Este párrafo proporciona la nota fundamental de todo el Evangelio y consti­tuye el tema de este libro .

La interrelación entre el trabajo del pasado y del presente, tal como ha sido dada por el gran Instructor de Oriente y por el Salvador de Occidente, puede expresarse como:

El Buda .......... ........El Método.................Desapego

                                                              Desapasionamiento

                                                              Discernimiento

El Cristo................El Resultado............Individualismo

                                                              Iniciación

                                                              Identificación

      

       Cristo vivió Su vida en la pequeña pero significativa faja de tierra que llamamos Palestina, la Tierra Santa. Vino a probarnos la posibilidad del logro individual. Surgió (como parecen haberlo hecho todos los Instructores, a través de las edades) de Oriente, y trabajó en ese país que se alza como un puente entre los hemis­ferios oriental y occidental y que separa dos civilizaciones muy distintas. Los pensadores modernos harían bien en recordar que el cristianismo es una religión que sirve de puente, y en esto reside su gran importancia. El cristianismo es la religión del período transitivo que vincula la era de la existencia individualista auto­consciente con un futuro mundo unificado de conciencia grupal. Es en forma relevante una religión de separaciones, que demues­tra al hombre su dualidad, sentando las bases para que realice su esfuerzo a fin de lograr la unidad o unificación. La compren­sión de esta dualidad es una etapa imprescindible en el desenvol­vimiento del hombre, y el propósito del cristianismo ha sido re­velarlo, así como también señalar la lucha entre el hombre infe­rior y el superior, entre el hombre carnal y el espiritual, unidos en una sola persona, y afirmar la necesidad de que el hombre inferior sea salvado por el hombre superior. Esto lo dice San Pablo en términos familiares en: "...para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en él las enemistades". (21) Tal fue la divina misión de Cristo y ésta es la lección del relato del Evangelio. Por consiguiente, Cristo no sólo unificó en Sí Mismo “la ley y los profetas" del pasado, sino que también nos entregó una verdad que pudiera salvar el abismo existente entre el credo y la filosofía de Oriente y nuestro mate­rialismo y conquistas científicas occidentales, siendo ambos, ex­presiones divinas de la realidad. Al mismo tiempo el Cristo de­mostró a los seres humanos la perfección de la tarea que cada  hombre podía realizar dentro de sí mismo, uniendo esa esencial dualidad que es su naturaleza y produciendo la unificación de lo humano y lo divino, tarea a la cual deben ayudar todas las reli­giones. Cada uno de nosotros debe "crear de dos un solo y nuevo hombre, haciendo así la paz” porque paz es unidad y síntesis.

 

Pero la lección y el mensaje que Cristo trajo al hombre como individuo, también lo trajo para las naciones, presentándoles la esperanza de una futura unidad y paz mundiales. Vino al comien­zo de la era astronómica denominada "era de Piscis” porque du­rante este periodo de aproximadamente dos mil años, nuestro sol pasa por el signo zodiacal de Piscis, los peces. De ahí las frecuentes referencias a los Peces y la aparición del símbolo del pez en la literatura cristiana, incluyendo el Nuevo Testamento. Esta era de Piscis cae entre la anterior dispensación judía (los dos mil años en que el sol pasó por el signo de Aries, el Carnero) y la era de Acuario, en la que nuestro sol está ahora transitando. Es­tos hechos son de carácter astronómico, pero aquí no voy a hablar de conclusiones astrológicas. En el período en que el sol estaba en Aries, encontramos frecuentes alusiones al carnero o víctima propiciatoria, en las enseñanzas del Antiguo Testamento y en la celebración de la festividad de la Pascua. En la era cristiana em­pleamos la simbología del pez, hasta el punto de comer pescado el Viernes Santo. El símbolo de la era de Acuario, según se esta­blece en todos los antiguos zodíacos, es un hombre llevando un cántaro de agua. El mensaje de esta era es de unidad, comunión y relación entre hermanos, porque todos somos hijos de un mismo Padre. A esa era se refirió Cristo en las instrucciones que dio a Sus discípulos cuando los envió a la ciudad, diciéndoles: "He aquí, al entrar en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidle hasta la casa donde, entrare”. (22) Así lo hicieron, y más tarde se realizó en dicha casa la grande y sagrada fiesta de la comunión. Se refiere sin lugar a dudas, a un período futuro en que se entrará en la casa zodiacal llamada "el portador de agua” donde todos nos sentaremos a la misma mesa y tomaremos una recíproca comunión. La dispensación cristiana ocurre entre los dos grandes ciclos mundiales, y así como Cristo consumó en Sí Mismo el mensaje del pasado y dio la enseñanza para el presente, también señaló ese futuro de unidad y com­prensión que constituye nuestra inevitable meta. Estamos hoy al final de la era pisceana, y entramos ya en el periodo de la unidad acuariana, que Él nos anticipó. El "aposento alto" es el símbolo del alto punto de realización hacia el que marchamos como raza, muy rápidamente. Algún día se celebrará la gran ceremonia de la Comunión, de la cual todo servicio de comunión es el anticipo. Estamos entrando lentamente en este nuevo signo. Durante más de dos mil años sus potencias y  fuerzas actuarán sobre la raza y establecerán los nuevos tipos, fomentarán las nuevas expan­siones de conciencia y conducirán al hombre a una realización práctica de la hermandad.

 

En un artículo titulado This Vibrant Clod, George Gray (23) dice que ha llegado el momento en que debemos despertar al impacto de los nuevos rayos, las vibraciones cósmicas y las renovadas ener­gías que empiezan a actuar en nuestro planeta. Establece que la ciencia tiene plena conciencia de que esas nuevas fuerzas están produciendo sus efectos sobre la tierra, y en consecuencia pre­gunta, ¿por qué si esto es  así, la humanidad debe considerarse inmune a esos efectos? y agrega,

 

“...el origen de los rayos cósmicos está envuelto en el misterio, aunque las autoridades en la materia creen que llegan del espacio; de la realidad de estos bombardeos desde lo externo no cabe ninguna duda. Aunque no son perceptibles para los sentidos del hombre y pueden captarse sólo indirectamente por medio de aparatos, son superlativos portadores de la energía del mundo... Parece improbable que la tierra esté expuesta a ese continuo bombardeo por dichas fuerzas sin ser afectada, y se han hecho muchas especulaciones sobre dichos efectos".

 

Más adelante agrega:

 

"Tales son algunas de las fuerzas que inciden sobre la tierra y sobre los mortales. Si, como sugiere el profesor Lewis, algunas de ellas pue­den trasmutar los metales en rocas, ¿qué no le harán al protoplasma? Si algunas de esas radiaciones trasforman nuestra atmósfera en ionos­fera y la distienden y alzan en montañas aéreas, llevándola de un lado a otro como una carpa circense bajo un huracán, ¿no será que alguna de esas influencias desempeña una función activadora en los átomos vivos de la corriente sanguínea, o en los átomos pensantes del cerebro?...

 

"Después de todo, el supremo problema de la investigación, desde el punto de vista humano, es el planteado a la cuestión de la causa y el efecto. ¿Cuáles son las consecuencias terrenales conjuntas de estas radiaciones, empujes, arrastres y adherencias, a que está sometido el planeta continuamente? Es un gran interrogante, pero aunque sea el comienzo de una respuesta tendría mucho valor para el género humano."

 

Es interesante observar, a la luz de lo expuesto, que las ener­gías que actuaron sobre nuestro planeta cuando el sol estaba en Aries, el carnero, produjeron en la simbología religiosa el énfasis de la cabra o carnero, y que en nuestra era actual de Piscis, los Peces, su influencia ha matizado nuestra simbología cristiana al Punto de que el pez ocupa el lugar preponderante en el Nuevo Testamento y en nuestra simbología escatológica. Los nuevos ra­yos, energía e influencias entrantes, deben con toda seguridad estar destinados a producir iguales efectos, no sólo en el campo de los fenómenos físicos, sino también en el mundo de los valores espirituales. Los átomos del cerebro humano están despertando como nunca, y los millones de células que, según se dice, están inactivas y adormecidas en el cerebro humano, pueden ser puestas en actividad funcionante, trayendo esa percepción intuitiva que podrá reconocer la futura revelación espiritual.

 

Hoy el mundo se está reorientando hacia las nuevas influen­cias, y en los procesos de reajuste es inevitable un caos tempo­rario. El cristianismo no será reemplazado, sino trascendido; su trabajo preparatorio será realizado exitosamente, y el Cristo nos dará otra vez la siguiente revelación de la divinidad. Si lo que sabemos ahora de Dios es todo lo que puede saberse, la divinidad de Dios sería algo limitado. ¿Quién puede decir cuál será la nueva formulación de la verdad? Pero la luz está penetrando lentamente en los corazones y las mentes de los hombres, y a la luz de esta radiación iluminada ellos visualizarán las nuevas verdades y logra­rán una nueva enunciación de la sabiduría antigua. Mediante la lupa de la mente iluminada, el hombre verá muy pronto aspectos de la divinidad hasta ahora desconocidos. ¿No existirán cualidades y características de la naturaleza divina que permanecieron hasta hoy totalmente desconocidos y son irreconocibles? ¿No puede ha­ber revelaciones de Dios sin precedente alguno, para las que no tenemos palabras o medios de expresión adecuados? Los antiguos misterios, que muy pronto serán restaurados, deben volver a inter­pretarse a la luz del cristianismo, readaptándose  para cubrir las modernas necesidades, porque ahora podemos penetrar en el Lugar Sagrado como hombres y mujeres inteligentes y no como niños, como espectadores de las historias y sucesos dramáticos en los cuales, en calidad de individuos, no tomamos parte consciente­mente. Cristo desempeñó para nosotros el drama de las cinco ini­ciaciones, incitándonos a seguir Sus pasos. La era pasada nos preparó para esto, y ahora podemos entrar inteligentemente en el reino de Dios por el proceso de la iniciación. El hecho de que el Cristo histórico haya existido y caminado sobre la tierra, es la garantía de nuestra propia divinidad y de nuestro logro final. El hecho del Cristo mítico, que aparece una y otra vez a través de las edades, prueba que Dios nunca ha quedado sin testigos y que siempre han existido. quienes alcanzaron la realización. El hecho del Cristo cósmico, manifestado como el anhelo hacia la per­fección en todos los reinos de la naturaleza, prueba la realidad de Dios y es nuestra eterna esperanza. La humanidad se encuentra ante los portales de la iniciación.

 

 

 

3

 

Siempre han existido templos, misterios y lugares sagrados, donde el verdadero aspirante podía hallar lo que buscaba, y la necesaria instrucción sobre el camino que debía seguir. Un viejo profeta dijo:

 

“ ... y habrá allí calzada y camino y será llamado Camino de Santidad; el inmundo no pasará por él, sino que estará con ellos; el que anduviere por este camino, por torpe que sea, no se extraviará". (24)

 

Es un camino que va de afuera adentro. Revela, paso a paso, la vida oculta velada por cada forma y símbolo. Asigna al aspi­rante ciertas tareas que lo llevan a la comprensión, produciendo una inclusividad y sabiduría que llenan las necesidades más sen­tidas. El aspirante pasa la etapa de la búsqueda, o lo que los tibe­tanos llaman "el conocimiento directo". En ese sendero,  la visión y la esperanza dan lugar al conocimiento. Se recibe una iniciación tras otra, llevando cada una al iniciado, más cerca de la meta de la total unidad. Quienes trabajaron, sufrieron y realizaron esto en el pasado, constituyen una larga cadena que se extiende desde el pasado más remoto al presente, porque los iniciados están toda­vía con nosotros y la puerta aún permanece abierta de par en par. Por intermedio de esta jerarquía de realización los hombres son ascendidos paso a paso por la larga escala que va de la tierra al cielo, para permanecer oportunamente ante el Iniciador y en ese momento trascendental descubrir que Cristo Mismo es quien Les da la bienvenida, el Amigo familiar que habiéndolos preparado con el ejemplo y el precepto, los introduce en la presencia de Dios. Tal ha sido la experiencia, la experiencia uniforme a través de las edades, de todos los buscadores. Rebelándose en Oriente con­tra la rueda del renacimiento, con su constante y reiterado sufri­miento y dolor, o en Occidente contra la aparente y monstruosa injusticia de una vida dolorosa que el cristiano se adjudica, por eso los hombres se han dirigido internamente para descubrir la luz, la paz y la liberación, tan ardientemente deseadas. Kenneth Saunders dice: (25)

 

"En Grecia y en Asia Menor, como en la India, la conciencia y el corazón humanos protestaron contra la monstruosa pesadilla del rena­cimiento, y las religiones de los misterios son, como las religiones de la India, una promesa de salvación. Enseñan que el iniciado 'se salva' 'nace de nuevo a la vida eterna', se 'ilumina' o ‘glorifica', porque el Logos o Divina Razón penetra en él, dándole poder sobre la naturaleza, vol­viéndolo a crear, de modo que ya no es más un muñeco impotente a merced de demonios caprichosos y del inexorable destino, sino que en cierto sentido es Dios. Grandes e imponentes sacramentos... simboli­zaban este nuevo nacimiento a la Vida Eterna y 'los hombres estaban sedientos de creencia y adoración' ".

 

La misma verdad e idéntica meta surgen de los postulados cristianos, con la diferencia de que Cristo nos da un cuadro defi­nido de todo el proceso en la propia historia de Su vida, construida sobre las iniciaciones mayores que const