Del Intelecto a la Intuición

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 


Capítulo  Primero

 

 

CONCEPTOS DE INTRODUCCIÓN

 

 

“El método científico –independientemente del estrecho punto de vista agnóstico y pragmático –es incompleto e insuficiente por sí mismo– para establecer contacto con la realidad,  exige  por lo tanto el complemento de algo metafísico."

Joseph  Maréchal,  S. J.

 

 

El amplio interés que el tema de la meditación ha despertado en la actualidad, evidencia una necesidad mundial que exige clara comprensión. Cuando descubrimos una tendencia popular hacia cualquier dirección unilateral constante, podemos con certeza deducir que de ello surgirá algo que la raza necesita en su marcha hacia delante. Lamentablemente la meditación es considerada por quienes la definen superficialmente, como un "modo de orar". Sin embargo, se puede demostrar que en la correcta comprensión del proceso de meditación y en su acertada adaptación a las nece­sidades de nuestra civilización moderna, se encontrará la solución de nuestras dificultades pedagógicas y el método por el cual será posible llegar a la comprobación de la existencia del alma –ese algo viviente que llamamos "alma", a falta de un término más adecuado.

 

El propósito de este libro es dilucidar la naturaleza y la verda­dera significación de la meditación, así como su aplicación en gran escala en Occidente. Se ha sugerido que, con el tiempo, suplantará a los métodos actuales de entrenar la memoria y llegará a ser un potente factor en los procedimientos pedagógicos modernos. Este tema ha preocupado a los pensadores de Oriente y Occidente durante miles de años, y esta similitud de interés es en sí misma importante. Los nuevos desarrollos que llevarán a la raza adelante por el sendero de su conciencia en desenvolvimiento, tomarán el camino de la síntesis. El crecimiento del conocimiento humano debe producirse por la fusión de las técnicas oriental y occidental ira el entrenamiento de la mente. Esto se está logrando rápidam­ente y los pensadores de ambos hemisferios comprenden que esta fusión lleva hacia un conocimiento más significativo. Edward Carpenter 1 dice:

 

“Parece que ha llegado el momento, con la difusión de nuestro conocimiento del globo, en que está teniendo lugar, en forma natural e inevitable..., una gran síntesis del pensamiento humano... A consecuencia de esta unión de los elementos, ya están surgiendo los tenues delineamientos de una filosofía que con toda seguridad debe dominar el pensamiento humano durante un prolongado período.“

 

Aquí reside la gloria y la esperanza de la raza y el triunfo sobres­aliente de la ciencia. Somos ahora un sólo pueblo; la herencia de cualquier raza está a disposición de las demás; las mejores ideas de los siglos están disponibles para todos; las antiguas técnicas y los métodos modernos deben unirse e intercambiarse. Cada uno deber­á modificar su modo de presentación y realizar un esfuerzo para comprender el espíritu subyacente que ha producido una peculiar fraseología y simbología. Pero hechas estas concesiones se descubrirá que emerge una estructura de la verdad que encarnará el espíritu de la nueva era. Los pensadores modernos lo comprenden así, y el Dr. H. A. Overstreet, 2 señala:

 

"Sospechamos que la filosofía oriental ha tenido escasa influencia sobre el pensamiento occidental, debido principalmente al modo de exponerla. Pero existen todas las  razones  para  creer que a medida  que la influencia  del pensamiento occidental –particularmente su empecinamiento experimental– se haga sentir en Oriente, se adop­tará una nueva modalidad filosófica, y la profunda espiritualidad del pensamiento oriental será expresada en forma más aceptable para la mente occidental."

 

Hasta ahora ambas escuelas han manifestado mutuo antago­nismo; sin embargo, la búsqueda de la verdad ha sido la misma; el interés por lo que es y lo que pueda ser, no está confinado a ninguno de los dos grupos, y los factores con los que han trabajado son los mismos. Aunque la mente del pensador oriental se deje llevar por la imaginación creadora, y la del investigador occidental por la realización científica creadora, el mundo que ambos pene­tran es curiosamente el mismo; el instrumento del pensamiento que emplean, se llama "mente" en Occidente y "sustancia mental" (chitta) en Oriente, y ambos emplean el lenguaje de los símbolos para expresar sus conclusiones, y alcanzan un punto en que las palabras son inútiles para incorporar las posibilidades intuidas.

 

El Dr. C G. Jung, 3 uno de los que tratan de unir estos elemen­tos hasta ahora discordantes, los toca en el siguiente párrafo, ex­traído de su "Comentario sobre un Antiguo Escrito Chino", que dice:

 

"La conciencia occidental no es en manera alguna conciencia general, sino un factor históricamente condicionado y geográficamente limitado, que representa sólo a una parte de la humanidad. La expansión de nuestra propia conciencia no debiera proseguir a ex­pensas de otros tipos de conciencia, sino realizarse mediante el desenvolvimiento de los elementos de nuestra siquis, análogos a los de una siquis extranjera, así como Oriente no puede prescindir de nuestra técnica, ciencia e industria. La invasión europea en Oriente fue un acto de violencia en gran escala y nos ha dejado el deber –nobleza obliga  de comprender la mente oriental. Esto es quizá más necesario de lo que creemos hoy."

 

El Dr. Wm. E. Hocking 4 de Harvard, también expone la misma idea cuando dice:

 

"Es razonable esperar un porvenir físico mejor para la raza, con la ayuda de una sana higiene mental. Para cuando haya pasado la era de los charlatanes y hasta cierto punto con la ayuda de los mismos, se vislumbra la posibilidad de un constante acrecentamiento  del autodominio, a medida que el sentido espiritual de una disciplina como la de la yoga se combine con los sombríos elementos de la sicología occidental y con un sensato sistema de ética. Ninguno tiene valor sin el otro."

 

Quienes estudiaron en ambas escuelas, dicen que las imá­genes místicas de Oriente (lo mismo que de nuestros místicos occidentales) son nada más que un velo tras el cual han podido penetrar siempre los dotados de percepción intuitiva. La ciencia de Occidente, al hacer resaltar la naturaleza de la forma, nos ha conducido también a la esfera de la intuición y parecería que ambos sistemas podrían fusionarse, y cada un –descartando lo no esencial– llegar a una comprensión básica recíproca, desarro­llando un nuevo acercamiento al misterio central del hombre, fun­dado en antiguas y comprobadas verdades. El Dr. Jung 5 se ocupa de esto en el mismo libro:

 

"La ciencia es la mejor herramienta de la mente occidental; con ella pueden abrirse más puertas que con las manos. Por lo tanto, es parte integrante de nuestra comprensión, y sólo ofusca nuestra percepción cuando pretende ser el único y excepcional modo de captación. Pero Oriente nos ha enseñado otra comprensión más amplia, profunda y superior, es decir, la comprensión por medio de la vida. Conocemos este medio sólo vagamente, como un mero senti­miento difuso extraído de la terminología religiosa y, por consi­guiente, placenteramente ubicamos la 'sabiduría' oriental entre comi­llas, y la relegamos a la oscura región de la fe y de la superstición. Pero de esta manera, el realismo oriental es enteramente incom­prendido. No consiste en intuiciones sentimentales, exageradamente místicas que bordean lo patológico y emanan de los reclusos ascéticos y lunáticos. La sabiduría de Oriente está basada en el conocimiento práctico, y no tenemos la más leve justificación para despreciarla."

 

El nudo de la situación reside en el entrenamiento de la mente. La mente humana es el instrumento que podemos emplear en dos direcciones, hacia lo externo. Al actuar así registra nuestros contactos con los mundos físico y mental en que vivimos y reconoce las condiciones emocional y sensoria. Registra y correlaciona nuestras sensaciones, reacciones y todo lo que le llega por conducto de los cinco sentidos y el cerebro. Este campo del conocimiento ha sido estudiado extensamente, y mucho progreso efectuaron los sicólogos al comprender los procesos de la mentalización. El Dr. George Binney Dibblee 6 cita al Dr. Jung cuando dice que "pensar es una de las cuatro funciones psicológicas básicas". Es esa función psicológica que, de acuerdo con sus propias leyes, pone en conexión conceptual determinadas presentaciones. Es una actividad perceptible, activa y pasiva. El pensar activo es un acto de la voluntad, el pensar pasivo una ocurrencia.

 

Como veremos más adelante, el mecanismo pensante involucra la meditación y debe entrenarse para agregar, a la primera función de la mente, la aptitud de ir hacia otra dirección y registrar con igual facilidad el mundo interno e intangible. Esta aptitud reorientadora  permitirá a la mente registrar el mundo de realidades sub­jetivas, de percepción intuitiva y de ideas abstractas. Esta elevada herencia del místico, al parecer, no está aún al alcance del hombre medio.

 

El problema que hoy enfrenta la familia humana, en el campo de la ciencia y de la religión, se debe a que quien sigue a ambas, descubre que se halla en el portal de un mundo metafísico. Ha llegado a su fin un ciclo de desenvolvimiento. El hombre como entidad pensante y sensoria parece haber llegado a una comprensión, bastante completa, del instrumento con el cual debe trabajar.

 

Y se pregunta: ¿En qué podrá emplearlo? ¿Adónde lo conducirá esa mente que poco a poco está aprendiendo a dominar?

 

¿Qué le tiene reservado el futuro al hombre? Algo que sentimos de mayor belleza y certidumbre que lo conocido hasta ahora. Quizá llegaremos universalmente a ese conocimiento que el mís­tico individual ha obtenido. Nuestros oídos se ensordecen por el ruido de nuestra civilización moderna y, no obstante, captamos a veces sobretonos  que testimonian la existencia de un mundo inmaterial. Nuestros ojos están cegados por la niebla y el humo de nuestro primer plano inmediato, no obstante llegan destellos de clara visión, que revelan un estado del ser más sutil y disipan la niebla, permitiendo ver "la gloria que jamás existió en mar o tierra". El Dr. Charles Bennet7 de Yale, expresa estas ideas en términos muy hermosos:

 

"Cae el velo de los ojos y aparece el mundo bajo una nueva luz.

Las cosas ya no son comunes; llega la certeza de que éste es el mundo real, cuyo verdadero carácter ha permanecido oculto debido a W ceguera humana."

 

Allí donde los sistemas giratorios se oscurecen

y se remontan nuestros insensibles conceptos,

aunque prestemos atención,

no percibiremos la caída de una pluma,

cuando hace impacto sobre nuestras puertas clausuradas

                                                                                 con arcilla.

Los ángeles ocupan sus antiguos puestos.

¡Ni una sola piedra mueven, ni baten un ala!

Eres tú y tu extraño rostro,

el que no percibe al multiesplendoroso ser.

 

"La experiencia al principio es tentadora e ilusionante. Se per­cibe el rumor de un mundo nuevo y el espíritu ansía emprender el viaje sobre mares desconocidos. El mundo familiar debe dejarse atrás. Comienza la gran aventura religiosa. . . "

 

"En alguna parte existe una certidumbre. Un universo en desa­rrollo puede proporcionar un abierto porvenir, pero quien afirme que el universo está en desarrollo, afirmará un hecho inalterable acerca de su propia estructura, cuya realidad es la eterna garantía de la posibilidad y de la validez del experimento..."

 

"El hombre es un puente. Aun el superhombre, cuando nos demos cuenta que es sólo el símbolo de un arduo ideal, resultara ser también un puente. Nuestra única seguridad reside en que las puertas del futuro están siempre abiertas."

 

Posiblemente el problema consiste en que los portales del porvenir se abren sobre un mundo inmaterial y un reino intangible, metafísico Y supersensorio. Hemos agotado completamente los recursos del mundo material, pero no hemos aprendido aún a actuar en el mundo inmaterial, llegando a veces hasta negar su existen­cia. Encaramos la inevitable experiencia que llamamos muerte, sin embargo, no damos los pasos racionales para determinar si real­mente existe una vida más allá. Los progresos de la evolución han producido una raza maravillosa, dotada de un mecanismo sensorio de respuesta y de una mente razonadora. Poseemos los rudimen­tos de un sentido denominado intuición, y así equipados permane­cemos ante las puertas del porvenir y formulamos la pregunta: ¿A qué dedicaremos este mecanismo complejo que llamamos ser humano? ¿Hemos llegado a nuestro pleno desarrollo? ¿Existen aspectos de la vida que escaparon hasta ahora a nuestra atención, debido a que tenemos poderes latentes y capacidades que aún no comprendemos? ¿Es posible que estemos ciegos a un vasto mundo de vida y belleza, con leyes y fenómenos propios?  Los místicos, los videntes y los pensadores de todas las épocas y de ambos hemis­ferios, han afirmado que tal mundo existe.

 

Con su equipo, que podríamos llamar personalidad, el hombre tiene un pasado, un presente caótico y un porvenir imposible de vislumbrar. No puede permanecer estático; debe avanzar. Vastas organizaciones pedagógicas, filosóficas, científicas y religiosas, se esfuerzan al máximo para indicar el camino a seguir y ofrecer una solución a su problema.

 

Lo estático y cristalizado se desmorona con el tiempo, y donde cesa el crecimiento se producen anormalidades y retrocesos. Al­guien ha dicho que debemos evitar el peligro de la "personalidad desintegrada". Si la humanidad no constituye una potencialidad, si el hombre ha llegado al cenit y no puede ir más allá, deberá reconocerlo y procurar, en lo posible, que su decadencia y caída sean fáciles y hermosas. Resulta alentador observar que ya en 1850 llegaron a percibirse vagamente los difusos contornos del portal que da entrada a una nueva era, y los pensadores de esa época demostraron gran preocupación por que el hombre aprendiera la lección y siguiera adelante. Las palabras de Carlyle8 citadas en el libro de L. P. Jacks, describen apropiadamente la época actual:

 

"Hasta los tontos se detienen a preguntar qué significa la época que estamos pasando; pocas generaciones han tenido días tan im­presionantes. Días de interminables calamidades, derrumbes, desor­ganizaciones, dislocamientos y confusiones cada vez peores... Necesitamos algo más que una esperanza, pues la rutina... es universal. Debe haber un nuevo mundo si queremos que exista el mundo. Es muy remota la esperanza de que los seres humanos de Europa vuel­van a la antigua y penosa rutina, para seguir adelante constante y firmemente. Estos días de mortandad universal deberán ser de renacimiento universal, para que la ruina no sea total ni definitiva. Ha llegado el momento de que el más torpe se preocupe por saber de dónde viene y hacia dónde va."

 

Mirando retrospectivamente, los setenta y tantos años transcurridos desde que Carlyle escribió dichas palabras, nos consta que el gé­nero humano ha ido adelante. Se inauguró la era de la electricidad y todos conocemos los maravillosos descubrimientos de la ciencia de nuestra época. Por lo tanto en momentos de nuevas crisis, podemos seguir adelante con optimismo y verdadero valor, pues los portales de la nueva era se perciben con mayor claridad que antes. Quizás sea verdad que el hombre recién está llegando a su mayoría de edad, y en vísperas de entrar en posesión de su herencia descubra dentro de sí mismo poderes, aptitudes, facultades y tendencias que garantizan una madurez útil, vital y una vida eterna. Estamos finalizando la etapa en que dimos gran importancia al mecanismo y al conjunto de células que constituyen el cuerpo y el cerebro, con su reacción automática al placer, dolor y pensamiento. Sabemos mucho acerca del Hombre, la máquina. Hemos contraído una gran deuda con la escuela mecanicista  de sicología, por sus descubrimientos sobre el mecanismo por el cual el ser humano se pone en contacto con su medio ambiente. Pero existen hombres entre nosotros que no son meras máquinas, lo que nos concede el derecho de medir nuestras máximas aptitudes y grandeza en potencia, com­parándolas con lo que han realizado los más grandes hombres, los cuales no son "rarezas" del capricho divino ni de los ciegos impul­sos evolutivos,  sino la garantía de la realización final del conjunto.

 

Irving Babbit9 hace observar en su libro que hay algo en la naturaleza del hombre "que lo diferencia, simplemente como hom­bre, de otros animales", y a ese algo lo define Cicerón como "sen­tido del orden, del decoro y de la mesura en los hechos y las pala­bras". Babbit10 añade (y esto es algo digno de observarse) que "el mundo será mejor si un mayor número de personas estuvieran seguros de que son humanos, antes de tratar de ser superhumanos". Probablemente existe una etapa intermedia donde actuamos como hombres, mantenemos relaciones humanas y desempeñamos nues­tras debidas obligaciones, cumpliendo de esta manera nuestro temporal destino. Aquí surge el interrogante de si tal etapa sería generalmente posible, teniendo en cuenta que en la actualidad exis­ten millones de analfabetos en nuestro planeta.

 

Pero a la par de esta tendencia a lograr una humanidad pura, y apartarse de la regimentación del ente humano, surge un grupo denominado místico, que nos da testimonio de la existencia de otro mundo de experiencias y de contactos y fe de realizaciones personales, manifestaciones y satisfacciones fenoménicas, descono­cidas por el hombre común. El Dr. Bennet11 dice: "los mismos místicos describen lo que han obtenido, como visión, del significado del Universo y de que todas las cosas están unidas. Ellos Han des­cubierto la clave". Los místicos han aparecido en el transcurso de las épocas y al unísono han proclamado: Existe otro reino de la naturaleza con sus propias leyes, fenómenos y relaciones íntimas. Es el reino del espíritu. Lo hemos descubierto y todos pueden com­probar su naturaleza. Estos testigos forman dos grupos; uno, de buscadores puramente místicos y emotivos, quienes al percibir la visión caen en un rapto de iluminación ante la belleza presentida; el otro, de conocedores, que añaden al rapto emotivo la realización intelectual (orientación de la mente), permitiéndoles hacer algo más que presentir y gozar. Comprenden, conocen y se han identifi­cado con ese nuevo mundo del ser al que aspira el místico puro. La línea demarcatoria, entre los conocedores de las cosas divinas y quienes perciban la visión, es muy tenue.

 

No obstante, entre ambos grupos existe una tierra de nadie donde tiene lugar una gran transición. Se establece un intervalo entre la experiencia y el desarrollo, donde el místico visionario se trasforma en conocedor práctico. Existen también un proceso y técnica a los que el místico se somete a fin de coordinar y desarrollar en él un nuevo y sutil mecanismo, por el cual ya no percibe la visión de la realidad divina, sino que sabe que él es esa realidad. La técnica de la meditación tiene que ver con el proceso de tran­sición y con la tarea de educar al místico. Este libro se ocupa de esa técnica.

 

El problema de conducir al hombre a tomar posesión de su herencia, como ser humano, es función de los educadores y de los sicólogos y deberán conducirlo al portal del mundo místico. Por paradójico que parezca, la misión de ponerlo en posesión de su herencia espiritual corresponde a la religión y a la ciencia. El Dr. Pupin12 dice: "la ciencia y la religión se complementan mutuamente y son los dos pilares del portal que el alma humana atra­viesa para penetrar en el mundo donde reside la divinidad".

 

Debemos dar a la palabra "espiritual" un significado más am­plio. No me refiero a las verdades religiosas, pues las exposiciones de los teólogos y de los eclesiásticos de las grandes organizaciones religiosas, orientales y occidentales, pueden ser o no verdaderas. Empleamos la palabra "espiritual" para significar el mundo de luz y belleza, de orden y propósito, mencionado en las Escrituras, ob­jeto de detenida investigación por parte de los científicos, y en el cual han penetrado los precursores de la familia humana y han regresado de él para relatarnos sus experiencias. Consideremos espirituales todas las manifestaciones de la vida, y así ampliare­mos lo que comúnmente entendemos por esta palabra, a fin de significar las energías y potencias subyacentes en todas las formas de la naturaleza, que otorgan a cada una su esencial característica y cualidad distintivas. Durante miles de años, en todo el planeta, los místicos y conocedores dieron testimonio de experiencias en mundos más sutiles, donde tuvieron contacto con fuerzas y fenó­menos que no pertenecen a este mundo físico. Hablan de haber encontrado huestes angélicas; hacen referencia a la gran nube de testigos; se comunican con los hermanos mayores de la raza que trabajan en otras dimensiones, y manifiestan poderes acerca de los cuales el ser humano común nada sabe; hablan de una luz y una gloria, de un conocimiento directo de la verdad y de un mun­do fenoménico, idéntico al de los místicos de todas las razas. Quizá sea verdad que gran parte de estos testimonios puedan ser con­siderados como alucinaciones; también puede ser verdad que mu­chos de los santos de la antigüedad fueron casos sicopáticos y neuróticos, pero queda un resto de testimonios y un número sufi­ciente de testigos intachables que lo corroboran y nos obligan a creerlo. Estos testigos de los mundos invisibles hablaron con pala­bras categóricas y dieron mensajes que moldearon las ideas de los hombres y dirigieron la vida de millones de seres. Afirmaron que existía una ciencia del conocimiento espiritual y una técnica de desarrollo, mediante las cuales los hombres podrían alcanzar la experiencia mística y así conocer a Dios.

 

Ésta es la ciencia que vamos a estudiar en este libro y la técnica que trataremos de desarrollar. Concierne al correcto em­pleo de la mente, por el cual el mundo de las almas se revela a sí mismo y se descubre y abre la puerta secreta que conduce de la oscuridad a la luz, de la muerte a la inmortalidad y de lo irreal a lo real.

 

La solución definitiva de nuestro problema mundial depende de que alcancemos este conocimiento –conocimiento que no es ni oriental ni occidental, pertenece a ambos. Cuando nos hayamos unido con Oriente, fusionando los mejores pensamientos de Oriente y Occidente, tendremos una enseñanza sintética y equilibrada que liberará a las futuras generaciones, debiendo empezar en el campo de la educación y con la juventud.

 

En Occidente la conciencia se ha enfocado en los aspectos materiales de la vida y todo nuestro poder mental se ha concen­trado en el control y utilización de las cosas materiales, en el perfeccionamiento de las comodidades físicas y en la adquisición y acumulación de posesiones. En Oriente, donde las realidades espirituales se mantienen en forma más uniforme, el poder mental se ha empleado en la concentración y la meditación y en profun­dos estudios filosóficos y metafísicos; pero las masas, incapaces de estas actividades, se hallan en condiciones notoria y peculiar­mente terribles, desde el punto de vista de la vida física. Mediante la fusión del progreso de ambas civilizaciones (llevado ahora con creciente rapidez) se está obteniendo un equilibrio, gracias al cual toda la humanidad será capaz de manifestar su plena potencia. Oriente y Occidente irán aprendiendo gradualmente a compartir, en beneficio mutuo. La tarea en este campo es una de las cosas fundamentales y necesarias del actual ciclo.

 

 

 

 

        Notas:

 

             1.          The Art of Creation, pág. 7.

             2.          Tite Enduring Quest, pág. 271.

             3.          El Secreto de la Flor de Oro.

             4.          Self, Its Body and Freedom, pág. 75.

             5.          El Secreto de la Flor de Oro.

             6.          Instinet and Intuitión, pág. 85.

             7.          A Philosophical Study of Mysticism, pág. 23, 117, 130.

             8.          Religious perplexities, pág. 46

             9.          Humanísm: An Essay at Definition.

         10.          Ídem.

         11.          A Philosophical Study Of  Mysticism, Pág. 81

         12.          The New Reformation, pág. 217.

 

Capítulo Segundo

 

EL PROPÓSITO DE LA EDUCACIÓN

 

"... la educación está sufriendo importantes transformaciones. Desde el proceso relativamente externo de inculcar hechos, se está convirtiendo en un creciente proceso de evocar las posibilidades generadoras más profundas que residen en el individuo."

H. A. Overstreet

 

 

 

UNO de los muchos factores que han traído a la humanidad a su actual etapa de desarrollo, es el desenvolvimiento y perfecciona­miento de los métodos y sistemas educativos. En su comienzo esta­ban en manos de las religiones organizadas, pero en la actualidad prácticamente están en manos del Estado y fuera del control de los grupos religiosos. En el pasado la educación ha estado en gran parte matizada por la teología, y los métodos eran dictados por los ecle­siásticos y los sacerdotes. En la actualidad el vasto grupo de maes­tros es entrenado por el Estado; no existen prejuicios  religiosos debido a los numerosos y diferenciados grupos religiosos, y la ten­dencia de la enseñanza es casi totalmente materialista y cientí­fica. Antiguamente, tanto en Oriente como en Occidente, se edu­caba sólo a los miembros más altamente evolucionados de la fa­milia humana. Hoy tenemos la educación masiva. Al tratar la comprensión del futuro y (según creemos) la educación superior, deben tenerse en cuenta estos dos hechos, porque encontraremos el camino de salida en la síntesis de dos métodos: la educación individual y masiva, la religiosa y la científica.

 

Análogamente, como todo lo demás en este período de tran­sición, nuestros sistemas pedagógicos se encuentran en estado de fluidez y cambio. Hay un sentimiento general de que se ha reali­zado bastante para elevar el nivel de la mente humana, conjun­tamente con una profunda corriente de disconformidad por los resultados. Cabe preguntarse si nuestros sistemas pedagógicos es­tán logrando el máximo bien posible. Valoramos el enorme avan­ce hecho durante los últimos doscientos años, no obstante nos preguntamos si después de todo obtenemos el máximo beneficio de la vida, posible para un pueblo que tiene un sistema ade­cuado de educación. Nos sentimos íntimamente satisfechos de la extensión de nuestros conocimientos, de la masa de datos acumula­dos, de nuestro control sobre las fuerzas de la naturaleza; a pe­sar de todo seguirnos debatiendo la cuestión de si hemos introducido una verdadera cultura. Enseñamos a nuestros niños a aprender de memoria una enorme colección de hechos y asimilar una vasta variedad de detalles extensamente diversificados y, sin embargo, a veces dudamos de si les enseñamos a vivir más satis­factoriamente. Gastamos miles de millones de dinero para cons­truir y subvencionar Universidades e Institutos y, no obstante, los educadores de más amplia visión se preocupan seriamente de si la educación organizada satisface realmente las necesidades del ciu­dadano común. Ciertamente parece que fracasaran en su misión de educar al niño que sale de lo común y al hombre o mujer dotados. De acuerdo a nuestro entrenamiento, la juventud parece hallarse ante el tribunal que ha de juzgarla. Sólo el porvenir dirá si se hallará algún camino de salida por el cual la cultura del individuo pueda marchar paralelamente a la civilización de las masas mediante la educación.

 

En una era de realización científica y de pensamiento sinté­tico, en todas las esferas del conocimiento humano, uno de nues­tros educadores, el Dr. Rufus M. Jones1 dice:

 

"Pero ninguna de estas realizaciones nos hace mejores. No existe equivalencia entre la cuenta corriente bancaria y la bondad del corazón. Conocimiento no es en manera alguna sinónimo de sabi­duría o de nobleza de espíritu... En el mundo nunca se vio un ejército tan numeroso de educadores trabajando para la juventud del país, ni hubo en toda la historia del mundo presupuestos tan genero­sos para la educación, tanto primaria como secundaria. El resultado total, sin embargo, es descorazonador, y falla por su base. Nuestras instituciones de enseñanza producen algunos buenos escolares y proporcionan una masa de hechos científicos a un gran número de estudiantes, pero es un lamentable fracaso como función principal de la educación, que es, o debería ser, la formación del carácter, la cultura del espíritu y el desenvolvimiento del alma."

 

En Asia y Europa antiguas, se entrenó y cultivó al individuo hasta el siglo xviii. Se entrenó intensivamente a las clases llamadas altas, y a quien manifestaba marcadas aptitudes para la cul­tura espiritual. Bajo el sistema brahmánico de Oriente y en los monasterios de Occidente, se dio una cultura especializada a quie­nes podían beneficiarse con ella, y así surgieron los destacados indi­viduos que hasta la fecha han dejado su impronta en el pensamiento humano. El mundo occidental ha sustituido esto por la educación masiva. Por primera vez se enseña a miles de hombres a utilizar sus mentes, empiezan a afirmar sus propias individuali­dades y a formular sus propias ideas. La libertad del pensamiento humano, su liberación de todo control teológico, religioso o cientí­fico, son el grito de guerra del presente, y mucho se ha logrado. Las masas empiezan a pensar por sí mismas, pero es mayormente un pensar masivo, y la incierta opinión pública moldea ahora el pensamiento como lo hacían antes las teologías. El individuo precursor enfrenta muchas dificultades para hacer sentir su influen­cia en el actual mundo del pensamiento y del esfuerzo, como suce­día antiguamente.

 

Quizá, con el girar de la gran rueda de la vida tengamos que volver a los antiguos métodos de dar entrenamiento especializado a un determinado individuo, lo cual no significará el abandono del sistema educativo masivo. De esta manera se unificarán definiti­vamente los métodos del pasado y de Oriente, con los del presente y de Occidente.

 

Antes de considerar ambos métodos, intentaremos definir la educación, determinar su meta y así aclarar nuestras ideas res­pecto a los objetivos hacia los cuales deben dirigirse todos nues­tros esfuerzos.

 

Esto no es fácil. Si consideramos su aspecto menos interesante, podría definirse a la educación como el acto de impartir conocimientos a un alumno, que generalmente no está dispuesto, y reci­be un conjunto de informaciones que no le interesan en lo más mínimo. Emite una nota árida y vacía, se ocupa principalmente de entrenar la memoria, hace conocer los denominados hechos concretos, e impartir al estudiante algún conocimiento sobre un vasto número de temas, sin relación entre sí. Sin embargo, lite­ralmente, la palabra  educación significa "guiar fuera de" o "ex­traer", lo cual es muy instructivo. La idea latente en este concepto es que deberíamos extraer de los instintos y de las potencialidades inherentes al niño, a fin de guiarlo de un estado de conciencia a otro más amplio. De esta manera se guiará por ejemplo a los niños que simplemente son conscientes de que están vivos, hacia un estado de autoconciencia; se los hará conscientes de sí mismos y de sus relaciones grupales; se les enseñará a desarrollar los poderes y facultades, especialmente por medio del entrenamiento voca­cional, para llegar a ser económicamente independientes, y miem­bros de la sociedad, que se bastan a sí mismos. Se les explota su instinto de autoconservación, a fin de conducirlos por el camino del conocimiento. Podría decirse, ¿se empieza a utilizar su meca­nismo instintivo para conducirlos hacia el camino del intelecto? Quizá sea así, pero dudo que habiéndolos conducido hasta aquí, se lleve a cabo la buena obra y se les enseñe el verdadero signifi­cado de la intelección, como entrenamiento para desarrollar la intuición. Se les enseña a utilizar su instinto e intelecto, como parte del mecanismo de autoconservación en el mundo externo de las actividades humanas, pero el empleo de la razón pura y el even­tual control de la mente por la intuición, durante el trabajo de autopreservación y de continuidad de la conciencia en los mundos subjetivos y reales, es aún conocimiento privilegiado de unos pocos precursores.

 

Si el Prof. H. Wildon Carr 2 está en lo cierto al definir la intui­ción como "la captación por la mente, de la realidad directamente tal cual es, no bajo la forma de una percepción o concepto, ni como una idea u objeto de la razón, todo lo cual, por contraste, es capta­ción intelectual."

 

Clasificamos la ciencia de la mente, o "las modificaciones del principio pensante" según el indú lo llama, como estrictamente hu­manas, relegando las reacciones instintivas del hombre al grupo de cualidades que posee en común con los animales. Quizá sea posible que la ciencia de la intuición, el arte de la clara visión sintética, pueda algún día ser para el intelecto lo que éste es para la facultad instintiva.

 

El Dr. G. B. Dibblee,3 hace interesantes comentarios sobre el instinto y la intuición, que tienen cabida aquí debido a que abogamos por el reconocimiento de una técnica educativa que conduzca al desarrollo de la facultad de la percepción superior, dice:"

 

... tanto el instinto como la intuición, comienzan dentro de las partes extraconscientes de nosotros mismos, hablando concreta­mente, y en forma análoga surgen inesperadamente a la luz de la conciencia cotidiana... Los impulsos del instinto y de la intuición se engendran en total secreto. Cuando aparecen son necesariamente casi completos y su advenimiento a nuestra conciencia es repentino".

 

En otro lugar añade que la intuición se encuentra más allá de la razón y el instinto. Tenemos, por lo tanto, esta interesante triplicidad: instinto, intelecto e intuición; con el instinto bajo el umbral de la conciencia, por así decirlo, el intelecto ocupa el primer lugar en el reconocimiento del hombre como humano, y la intuición, más allá de ambos, ocasionalmente hace sentir su presencia en las súbitas iluminaciones y captaciones de la verdad, el don de nues­tros más grandes pensadores.

 

Ciertamente hay algo más en el proceso educativo que la mera capacitación del hombre para enfrentar los hechos externos y su medio ambiente arbitrario. La humanidad debe ser conducida a un porvenir más amplio y a una realización más profunda de la vida. Debe estar equipada para resolver y manejar todo lo que se le presenta, a fin de obtener resultados mejores y más elevados. Los poderes del hombre deben ser extendidos hasta su máxima expresión constructiva. No debería fijarse límite alguno de realización, pues tal adquisición los hará complacientes, autosatisfechos y, por lo tanto, estáticos. Deben ser siempre guiados de los estados inferiores a los superiores de comprensión, de manera que la facultad de percepción debe expandirse constantemente. Expan­sión y crecimiento son ley de la vida, y aunque la masa humana debe ser elevada por un sistema de educación adaptado para pro­porcionar el máximo bien al mayor número, hay que entregar al individuo su plena herencia y proporcionarle una cultura especial que fomente y fortalezca a los más aptos y mejores entre nosotros, porque en su realización reside la promesa de la nueva era. Los ineptos de mentalidad retrasada, deben tener también su entrena­miento especial, a fin de poder alcanzar la norma elevada que, establezcan los educadores. Pero es de mayor importancia que nin­gún individuo con aptitudes y facultades especiales, quede detenido al nivel de uniformidad de las clases cultas.

 

Precisamente aquí es donde se presenta la dificultad de definir la educación, y surge la duda sobre cuál serán los verdaderos objetivos y la real meta. El Dr. Randall4 expresa esto mismo en un artículo sobre educación y religión, en el cual dice:

"Recomendaría que la educación se definiera como un posible ejercicio de meditación personal. Que cada uno se pregunte a sí mis­mo qué entiende por educación; si discurre profundamente sobre la cuestión descubrirá que para contestarla debe penetrar hasta el sig­nificado más profundo de la vida misma. Pensar seriamente sobre el significado de la educación obliga a encarar las cuestiones funda­mentales de la vida como nunca se hizo... ¿Es el conocimiento la finalidad de la educación? Ciertamente sí; ¿pero conocimiento de qué? ¿Su finalidad es el poder? Nuevamente, sí; pero poder, ¿con qué fin? ¿Su finalidad es el ajuste social? La era moderna contesta enfáticamente, sí; pero ¿qué clase de ajuste debe ser y qué ideales lo han de determinar? La educación no persigue el mero conocimiento o el mero poder de cualquier tipo, sino el conocimiento y el poder aplicados a usos correctos. Esto lo reconoce la mente pedagógica más progresiva, aunque no la opinión popular del momento..."

"La nueva educación tiene como gran finalidad, el entrenamiento y desarrollo del individuo con fines sociales, es decir,  para el máximo servicio del hombre..."

"Comúnmente clasificamos la educación bajo tres subdivisiones: primaria, secundaria y superior. A éstas debe agregarse otra, una cuarta, más elevada, la religión, que también es educación:"

 

Es interesante observar que las mismas ideas fueron expresa­das por Bhagavan Das,5 en la Primera Conferencia Asiática de Educación, dijo:

 

"Las reglas de la religión, es decir, de la ciencia superior, nos permiten... cumplir más ampliamente con todas estas deudas y deberes. Se ha descrito a la religión como el mandamiento o revela­ción de Dios. Esto en otras palabras significa sólo las leyes de la naturaleza de Dios, según lo revelan las tareas intelectual, intuitiva e inspirada, de los videntes y científicos de todas las religiones y naciones... Hemos oído hablar de lectura, escritura y aritmética, y de otra ciencia, la genuina religión, mucho más importante que todas... Pero primero hay que descubrirla y pensarlo cuidadosa­mente. Corresponde a todos los educadores sinceros ayudar en esta tarea, aplicando los métodos científicos de determinar coinciden­cias en medio de diferencias".

 

En Oriente y Occidente se tiene la impresión de que un sistema educativo que no aparta al hombre del mundo de los asuntos hu­manos y no lo lleva a una conciencia más amplia de las cosas espirituales, fracasa en su misión y no está a la altura de las ele­vadísimas exigencias del alma humana. Un método que se limite a cultivar el intelecto y prescinda de la facultad de intuir la ver­dad, evidenciada por las mejores mentalidades, carece de mu­chas cosas. Al dejar a los estudiantes con mentes cerradas y es­táticas, quedan sin los elementos que los ponen en contacto con el intangible y sutil "cuatro quintos de la vida", que el Dr. Wiggam 6 se refiere, donde dice, "que están enteramente fuera del entrenamiento científico". Es necesario abrir la puerta a quienes puedan ir mas allá del entrenamiento académico de la mente, en relación con la vida en el plano físico.

 

El éxito del porvenir de la raza está ligado al éxito de esos individuos que tienen la capacidad de lograr cosas más grandes porque son más espirituales. Estos individuos de la familia hu­mana deben ser descubiertos y alentados para que sigan adelante y penetren en el reino de lo intangible. Deben cultivarse y entrenarse y dárseles una educación que se adapte a lo más elevado y mejor que haya en ellos. Tal educación requiere una percepción apropiada del estado y desarrollo individual, y una exacta com­prensión del paso inmediato que en cada caso debe darse; exige percepción, simpatía y comprensión, de parte del instructor.

 

Los educadores comprenden la necesidad de elevar cada vez más los avanzados procedimientos pedagógicos y también los que están bajo su influencia, sacándolos del nivel de la mente crítica, puramente analítica y llevándolos al nivel de la razón pura y de la percepción intuitiva. Bertrand Russell dice, "la educación no de­bería tender a lograr una percepción pasiva de hechos muertos, sino una actividad dirigida hacia ese mundo que nuestros esfuer­zos deben crear." Debemos recordar que toda creación supone un creador animado y activo, que actúa intencionalmente y uti­liza la imaginación creadora. ¿No podría ser éste el resultado de nuestros sistemas educativos modernos? ¿No está acaso la mente regimentada y restringida por nuestro sistema de educación masivo y el método de recargar la memoria con hechos mal asimilados? Si Herbart está en lo cierto cuando dice que "el principal deber de la educación es la revelación ética del universo", probablemente tiene también razón el Dr. Moran cuando expone que "una de las causas subyacentes, quizás la principal en nuestra era mate­rialista, es la falta del elemento espiritual en nuestra educación formal."

 

Algunos consideran que existe una meta aún más amplia que la revelación ética y que posiblemente la humanidad sea el custo­dio de una iluminación y gloria, que se comprenderá en su pleni­tud únicamente cuando las masas logren algo de la magnificencia que ha caracterizado a los Personajes mundiales del pasado. ¿No está de acuerdo con el desarrollo evolutivo, la idea de que la fina­lidad verdadera de la educación es llevar a la humanidad, desde el cuarto reino o humano, a la esfera espiritual, donde los precursores que llamamos místicos, y los Personajes que fijan las normas de la raza, viven, se mueven y tienen su ser? De esta manera el género humano será elevado desde el mundo material objetivo hasta la región del espíritu, donde residen los verdaderos valores y se esta­blece contacto con ese yo superior que puede ser revelado por los yoes individuales que sólo existen para ello.

 

Keyserling,7 sugiere esto mismo en las siguientes palabras:

 

Somos conscientes de los límites de la razón humana; entende­mos la significación de nuestras luchas; somos los amos de la natu­raleza. Podemos pasar por alto simultáneamente el mundo interno y el externo. Debido a que podemos determinar científicamente cuáles son nuestras verdaderas intenciones, no tenemos por qué ser víctimas del propio engaño... En adelante esta Posibilidad debe con­vertirse en el móvil consciente de la vida. Hasta ahora no ha desem­peñado esa parte. Sin embargo, esto es precisamente lo más impor­tante, porque el centro de la conciencia determina el punto de partida del hombre. Dondequiera que cambie el énfasis dentro de sí mismo, allí precisamente queda; el entero Ser del hombre se reorganiza de acuerdo con él; por consiguiente, una vida basada en el conocimiento, necesita una educación que lleve a la síntesis de la comprensión y de la acción.

 

Toda la educación en Oriente va dirigida estrictamente hacia la comprensión sensoria..., única manera de probar que conduce a elevar el nivel del Ser esencial... Lo esencial no es información sino comprensión, y la comprensión puede alcanzarse únicamente mediante la aplicación creadora personal...  Percepción sensoria siempre quiere decir dar significado a una cosa; la dimensión de la significación se dirige de adentro hacia afuera. Por lo tanto conoci­miento (en el sentido de información) y comprensión, tienen en realidad la  misma relación entre sí que  la naturaleza y el espíritu. La información se obtiene de afuera adentro; la comprensión es un proceso creador en dirección opuesta. Bajo estas circunstancias no hay una vía directa que conduzca de una meta a otra. Se puede saber todo sin comprender nada, y esto es precisamente a lo que nuestra educación, que tiende a la acumulación de información, ha llevado a la mayoría".

 

Este libro presenta un método por el cual puede desarrollarse la capacidad de actuar con una más amplia conciencia, y el hom­bre reorganizar su ser para lograr cosas mayores. Se ocupa de esa técnica mediante la cual cada unidad individual, que anhela alcanzar esta meta más amplia, puede recibir un especializado entrenamiento y autocultura. Si esa aspiración adquiere una forma racional y clara en su mente, considerándola como un objetivo perfectamente legítimo, capaz de lograr éxito, ansiosamente lo emprenderá. Si la sociedad proporcionara los medios y la oportu­nidad para tal progreso, muchos buscarían gustosos el camino. El método propuesto es una técnica individual que permitirá al estudiante, que haya sacado provecho de las ventajas comunes de la educación académica y de las experiencias de la vida, expandir su conciencia hasta trascender gradualmente sus actuales limita­ciones y reorientar su mente hacia más amplios conocimientos. Descubrirá que el alma es la gran realidad, obteniendo así expe­riencia directa sobre cosas espirituales.

 

Everett Dean Martin8 define la educación como "la revalori­zación espiritual de la vida humana. Su tarea es reorientar al individuo, permitirle alcanzar una visión más significativa y valiosa de sus experiencias y ubicarlo sobre y no dentro del sistema de sus creencias e ideales". Esta definición abre necesaria­mente la puerta a la controversia, porque vivimos en un medio ambiente distinto; cada uno tiene sus problemas y características especiales, basados en la herencia, condición física y muchos otros factores. La consiguiente norma de valores debe ser modificada para cada persona, cada generación, país y raza. La educación está destinada a prepararnos para un "vivir pleno" (como dice Herbert Spencer), lo cual podrá ser verdad, pero difiere el alcance y capaci­dad de cada hombre. El nivel inferior y el superior que puede alcanzar el hombre, varía al infinito, y quien está dotado para actuar en una esfera particular puede resultar ridículamente inadecuado en otra. Por lo tanto para "vivir plenamente" tendrían que desarrollarse algunas normas si se quiere que tal definición sea de utilidad. Para hacerlo debemos determinar el tipo puro del hombre integro y perfecto y la suma total de su límite de con­tactos. No es probable haber agotado todas las posibilidades del mecanismo de respuesta del hombre ni del medio ambiente en el cual esto puede ponerlo en contacto. ¿Dentro de qué límites el  hombre puede actuar? Si  hay estados de percepción  que abarcan desde el hotentote hasta nuestros intelectuales, y hasta los genios y líderes en todos los campos de la expresión humana, ¿cuál es la diferencia entre ellos? ¿Por qué esos campos de percepción son tan ampliamente diversos? Desenvolvimiento racial, responden unos; estabilidad o inestabilidad glandular, dirán otros; posesión o carencia de facilidades educativas adecuadas, diferencias de me­dio ambiente y de herencia, dirán también otros grupos de pensa­dores.

 

Pero del cúmulo de opiniones surge el hecho básico del amplio alcance de los estados de percepción humanos y la maravillosa comprobación de que la humanidad ha dado origen a un asombroso conocimiento comprensivo de pureza de expresión y de perfecta in­fluencia mundial, evidenciada por Cristo, Buda, Platón y muchos otros, cuyos pensamientos y palabras dejaron su impronta en las mentes de los hombres durante miles de años. ¿Por qué son lo que son? ¿Son milagros que surgieron del corazón del Infinito, por eso nadie podrá igualarlos? ¿Son producto del proceso evolutivo y llegaron a ser poderosos por la vasta experiencia y desenvolvi­miento? ¿0 son la flor de la raza humana que agregaron a sus facultades y entrenamiento una cultura especializada que les per­mitió entrar en un mundo espiritual herméticamente cerrado para la mayoría, y actuar en una dimensión de la cual nuestros más avanzados pensadores nada saben? Nuestros sistemas educativos actuales, ¿llevaron a toda la humanidad a una condición, donde millares están preparados para esta cultura especializada y, enfren­tando una crisis en el campo de la educación, cimentada en un éxito que, si se lleva a cabo en línea análoga, será en detrimento en vez de ayuda, porque el hombre está preparado para algo nuevo? Muchos creemos que esto es posible y que ha llegado el momento de que los educadores empiecen a preparar a los hombres para la nueva y divina experiencia y para el maravilloso experimento que los pondrá en posesión de sí mismos, algo que hasta ahora ha sido exclusiva prerrogativa de los místicos y conocedores de la raza. Estos conocedores ofrecen el testimonio de un mundo más amplio que el revelado por el mecanismo de los nervios y el investigado por el químico, el físico, el biólogo y el antropólogo; hablan en términos precisos de una esfera de contactos y de per­cepción donde son inútiles los sentidos físicos; afirman que han vivido y actuado en estas regiones sutiles, y la perseverancia demostrada en la búsqueda mística de la realidad y la similitud de su testimonio en el trascurso de las edades, inclinan a creer en la posibilidad de ese mundo intangible y de un mecanismo de respuesta, por el cual se pueda establecer el contacto con tal mundo. Las filas de estos ilusos místicos y pensadores intuitivos, cuentan cientos de miles de las mejores mentes de la raza. Repetiremos las palabras de Walt Whitman,9  "Yo y los de mi clase no convencernos con argumentos; convencernos con nuestra presencia."

 

La educación se ha caracterizado también por una "venturosa búsqueda del significado de la vida, que implica la capacidad de reflexionar cabalmente". No sé quién lo dijo, pero me parece una descripción excelente del método del místico y de la técnica de la meditación, por la cual el místico se trasforma en conocedor plenamente consciente. No obstante, por mucho que uno trate de explicarlo, tenernos el hecho de que el hombre ha ido investigando a través de las edades y que su búsqueda lo lleva a mayores pro­fundidades que las exteriorizaciones concretas del mundo en que vive. El Dr. Overstreet10 lo destaca con palabras que llevan el verdadero mensaje místico, diciendo:

 

"Somos, por lo general, criaturas que vemos 'cosas'. Vemos lo que vemos y comúnmente no vemos más allá. Experimentar el mundo meramente como un mundo de cosas, es sin duda dejar de ver algo significativo. La experiencia de las cosas es indudablemente buena hasta cierto punto. Permite movernos en nuestro mundo y manipular los factores de la vida con algún éxito. . .  Sin embargo, es posible obtener una 'percepción' distinta de nuestro mundo si somos capaces de desarrollar otro hábito mental. Éste es,  en pocas palabras, el hábito de ver  lo invisible  en la realidad visible, de penetrar superficies, de ver a través de las cosas su fuente de origen".

 

Los hombres, quizás ahora, estén preparados para penetrar bajo la superficie y llevar su búsqueda dentro de la forma externa de la naturaleza, hasta alcanzar su causa misma. Quizá ten­damos demasiado a confundir el espíritu religioso con la búsqueda mística. Todo pensamiento claro acerca de la vida y de las grandes leyes de la naturaleza, si se lleva adelante con persistencia y firmeza, conduce finalmente al mundo místico, y esto lo empiezan a comprender los científicos más destacados de nuestra época. La religión empieza con la hipótesis aceptada de lo invisible y de lo místico, pero la ciencia llega al mismo punto, trabajando de lo visible a lo invisible y de lo objetivo a lo subjetivo. Como ya se ha expuesto, por el proceso de investigación y de pasar internamente de una forma a otra, el místico llega finalmente a la gloria del yo develado. Parece ser una verdad indiscutible que todos los senderos conducen a Dios, considerando a Dios como la meta final, lo cual simboliza la búsqueda de la realidad por el hombre. Ya no es un signo de superstición creer en una dimensión más elevada y en otro mundo del Ser. Aún la palabra sobrenatural ha llegado a ser profundamente respetable, y posiblemente algún día nuestros sis­temas educativos consideren la preparación del individuo para trascender sus limitaciones naturales, como parte legítima de sus asuntos. Es interesante lo que el Dr. C. Lloyd Morgan11 dijo acerca de la palabra sobrenatural en las conferencias de Gifford de 1923 y en el Prefacio de su libro:

 

"Acepto que existe un sentido inteligible del cual puede decirse que en la jerarquía ascendente de las etapas de progreso, consideradas como manifestaciones del propósito divino, cada etapa superior es, a su vez, sobrenatural para la precedente. En este sentido la vida es sobrenatural para lo inorgánico; la comprensión reflexiva es sobrenatural para la mera percepción irreflexiva; la actitud reli­giosa, que acepta el propósito divino, es sobrenatural para la actitud ética en los asuntos sociales. Para quienes alcanzan esta etapa más elevada, según se la considera, la actitud religiosa ofrece el ejem­plar supremo de lo sobrenatural. Es lo que distingue al hombre es­piritual".

 

Y añade muy bellamente, en lo que a nuestro tema concierne: "El esfuerzo es hacia una nueva actitud, porque creo que es lo que emerge. De allí que se hable de una nueva 'visión', de un nuevo 'corazón' capaz de sentir una forma de gozo más elevada e intensa".12

 

En su notable obra el Dr. Hocking 13  observa que la educa­ción tiene dos funciones. Ante todo establece el tipo y luego proporciona el desarrollo más allá de dicho tipo. La educación está destinada a que el hombre sea verdaderamente humano, a completar y perfeccionar su naturaleza y revelar y posibilitar las más profundas potencialidades hacia las cuales tiende toda la humanidad. A la evocación de la voluntad de saber y luego de la voluntad de ser, debe seguir un proceso natural de desarrollo. A este respecto el método de la meditación será considerado parte de la técnica de la educación superior, que la nueva era verá desarrollada; se hallará por este medio que el ser humano ínte­gro puede ser desarrollado algo más y conducido a un nuevo reino de la naturaleza. La meditación es primordialmente un proceso educativo autoiniciado que demanda todos los poderes de la volun­tad, basado en las actuales facultades, produciendo finalmente un nuevo tipo, el tipo egoico, con su propio mecanismo interno, conteniendo en sí la simiente de un desenvolvimiento aún mayor.

 

De algo impuesto desde afuera, el nuevo proceso educativo se convierte en algo que surge desde adentro, y constituye esa dis­ciplina mental autoimpuesta que describimos con las tan mal interpretadas palabras: concentración,  meditación y contempla­ción. De un proceso de entrenamiento de la memoria y el des­arrollo de un rápido método para manejar el mecanismo de respuesta que nos pone en contacto con el mundo externo, la técnica educativa se convierte en un sistema de control de la mente, que conduce eventualmente a la percepción interna de un nuevo estado del ser. Tal técnica produce a la larga, una rápida reacción y res­puesta a un mundo intangible e invisible, a una nueva serie de conocimientos instintivos que tienen su ubicación en un mecanis­mo de respuesta más sutil. El tipo egoico, se impone al tipo humano como el humano al animal, y así como el humano es producto del entrenamiento y del instinto masivo y se ha desarrollado extraor­dinariamente gracias a nuestros sistemas educativos modernos, el tipo egoico es el producto de un nuevo método de entrenamiento mental, impuesto al individuo por su alma y exigido por la urgen­cia de la búsqueda y por un acto de su voluntad. El alma está siempre latente en la forma humana, pero es atraída a la actividad manifiesta, mediante la practica de la meditación.

 

Estos dos métodos de completar al ser humano y elevarlo a una regimentación masiva, para producir el surgimiento de un nuevo tipo, el egoico, constituyen la principal diferencia entre los métodos educativos occidental y oriental.

 

El contraste entre ambos métodos de desarrollo es altamente instructivo. En Oriente se cultiva cuidadosamente al individuo, dejando prácticamente sin educación a las masas. En Occidente tenemos educación masiva, pero el individuo queda por lo general sin cultura específica. Cada uno de estos dos grandes y divergen­tes sistemas ha producido una civilización, que expresa su genio y manifestaciones peculiares, pero también los marcados y respecti­vos defectos. Los postulados sobre los cuales dichos sistemas están basados, son ampliamente divergentes y valdría la pena conside­rarlos, pues en su comprensión y en la unión final de ambos, es posible hallar la solución para la nueva raza de la nueva era.

 

Primero: El sistema oriental supone que en toda forma humana habita una entidad o ser, llamado yo o alma. Segundo: Este yo utiliza la forma del ser humano como instrumento o medio de expresión y, mediante la suma total de los estados mental y emocional, oportunamente se manifestará, utilizando el cuerpo físico como mecanismo funcionante en el plano físico. Finalmente el control de estos medios de expresión se logra por la Ley de Renacimiento. Mediante el proceso evolutivo (desarrollado a tra­vés de muchas vidas en el cuerpo físico), el yo construye gradual­mente un instrumento apto para manifestarse, y aprende a dominarlo. Así, el yo o alma, llega a ser verdaderamente creador y autoconsciente, en el sentido más elevado, y también activo en su medio ambiente, manifestando perfectamente su verdadera natu­raleza. Con el tiempo alcanza su total liberación de la forma, de la esclavitud de la naturaleza de deseos y del dominio del inte­lecto. Esta emancipación final y la consiguiente trasferencia del centro de la conciencia del reino humano al espiritual, se acelera y nutre mediante una educación especializada, denominada proceso de meditación, que es incorporado a una mente amplia e inteligen­temente cultivada.

 

El resultado de este entrenamiento intensivo e individual, ha sido en extremo espectacular. El método oriental de origen asiá­tico, es el único que ha hecho surgir a los fundadores de todas las religiones mundiales. Es responsable también de la aparición de las inspiradas Escrituras del mundo, que moldearon los pensamientos de los hombres, y de la venida de todos los Salvadores del mundo: Buda, Zoroastro, Shri Krishna, Cristo y otros. Así Oriente ha traído a la manifestación, como resultado de su técnica parti­cular, a los grandes individuos que emitieron la nota de su era peculiar e impartieron la enseñanza necesaria para el desenvol­vimiento de la Idea de Dios en las mentes de los hombres, conduciendo a la humanidad adelante en el sendero de la percepción espiritual. El resultado exotérico de sus vidas puede observarse en las grandes religiones organizadas.