Autobiografía Inconclusa
Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul
(Alice A.
Bailey)
![]()
Prologo
Los cuatro primeros capítulos de esta Autobiografía
fueron escritos en el año 1945. Los Capítulos Quinto y Sexto lo fueron en
1947. Estas fechas son significativas, en relación con los acontecimientos
mundiales de esa época.
El primer original escrito a máquina fue copiado
nuevamente en 1948, y leído y corregido por la señora Alice A. Bailey. En distintas
oportunidades varias personas ayudaron a preparar el texto, y las copias de
algunas partes fueron entregadas también a unas pocas, para su comentario. En
algunos casos no fueron devueltas, pero de todas maneras resultaron
incompletas, inexactas en ciertos detalles y, finalmente, no fueron aprobadas
por ella.
Tenía proyectado escribir cuatro capítulos más
de esta Autobiografía, pero nunca lo hizo. La creciente presión del trabajo
mundial, de cuya organización era responsable la señora Bailey; las condiciones
confusas y tensas en que se hallaba la humanidad, con la que ella estaba
sensiblemente sintonizada; el sentido de futilidad y, por lo tanto, de
negatividad de los hombres de buena voluntad de todas partes, actitud que ella
procuró arduamente contrarrestar; la tensión que implicaba la falta de finanzas
para la expansión del trabajo mundial, y la frustración y decepción causadas
por la incapacidad para enfrentar las necesidades y, a menudo, la imposibilidad
de aprovechar la oportunidad, por falta de recursos, fueron algunas de las
tensiones que produjeron en ella un estado de total agotamiento. El vehículo
físico no tenía descanso. El estado cardíaco y sanguíneo empeoraba constantemente.
Durante los dos últimos años de su vida luchó
contra esas presiones y condiciones adversas, con una voluntad realmente férrea.
Su personalidad de primer rayo, se irguió en un supremo esfuerzo por responder
a la demanda de su alma. En 1946 tomó la decisión de imponerse a su invalidez.
En consecuencia, según su costumbre, trabajaba diariamente hasta el límite de
su capacidad física, sin preocuparse del dolor o la fatiga. Determinó pasar al
más allá en plena actividad y ocupada en su tarea, y así lo hizo. Aún en sus
Últimos días, 1949, internada en un hospital de Nueva York, recibía visitas,
efectuaba reuniones con los miembros de la comisión directiva y escribía
cartas.
A la hora de su muerte, su propio Maestro K. H.
vino en su búsqueda, como se lo había prometido desde tanto tiempo.
A la mañana siguiente de su muerte, envié esta
carta a sus miles de amigos y a los estudiantes de todo el mundo.
Estimado amigo:
Esta carta le anuncia el final de un ciclo y el
comienzo de otro más útil y menos restringido, para nuestra mutua amiga Alice
A. Bailey. Se liberó pacífica y felizmente, en la tarde del jueves 15 de
diciembre de 1949. ‑
Hablando juntos, esa su última tarde, me dijo:
"Tengo mucho que agradecer. He vivido una vida rica y plena. Innumerables
personas, en todo el mundo, han sido muy buenas conmigo".
Muchas veces había deseado abandonar este mundo,
pero la retenía únicamente su fuerte voluntad de terminar su trabajo y el
ardiente deseo de completar ciertos arreglos para el futuro de la Escuela
Arcana, que nos ayudaría a usted y a mí, a ser mejores servidores de nuestros
semejantes.
En el transcurso de los años, había ideado y
modelado el plan para nuestra Escuela, con la precisión de su aguda mente,
colmándolo con la potencia magnética de su gran corazón, que tanto había
sufrido.
Algunos han preguntado el por qué de su
sufrimiento –pues ella sufrió mental, emocional y físicamente. Sólo yo sé cuán
triunfalmente se abría para recibir el impacto de diferentes tipos de fuerzas
destructivas, tan prevalecientes en esta época de tumulto mundial, y cuán
asombrosamente las trasmutaba, protegiendo a todos esos aspirantes luchadores y
jóvenes discípulos, duramente presionados, que en el transcurso de los años
llegaron a ella y a su Escuela.
La mayor parte del trabajo en su vida siempre
fue subjetivo, y hemos visto y observado sus efectos objetivos en el ir y venir
externos, la hemos ayudado y querido, criticándola a veces, quejándonos otras,
pero siempre seguimos adelante con ella y por ella, cada vez mejor y más
arriba, lo cual no hubiera sido posible de otra manera. Todos somos muy humanos
y ella también lo fue.
¿Por qué sufría? Porque eligió el sendero de los
Salvadores del Mundo. Ahora ha retornado a su Maestro K. H., a fin de realizar
juntos un trabajo más osado para Cristo.
Ella nos pide que mantengamos la Escuela Arcana
limpia y brillante tal como es ahora, plena de ese poder salvador que emana de
un grupo mundial de amorosos corazones, que en verdad es eso, y que procuremos
servir verdaderamente.
Sinceramente suyo,
(firmado)
FOSTER BAILEY
Nueva York, 16 de diciembre de 1949
.
Lo que finalmente me decidió escribir acerca de mi vida,
fue una carta que recibí en 1941, de un amigo que estaba en Escocia, donde me
decía que, según su modo de ver, podía prestar un gran servicio si explicaba a
la gente cómo había llegado a lo que soy, siendo de utilidad saber de qué
manera una activa y rabiosa cristiana ortodoxa llegó a convertirse en una muy
conocida instructora esotérica. Las personas podrían aprender mucho
descubriendo en qué forma una estudiante de la Biblia, teológicamente
orientada, pudo llegar a la firme convicción de que las enseñanzas orientales y
occidentales deben amalgamarse y fusionarse antes de que la verdadera religión
universal –que todo el mundo espera— aparezca en la Tierra. Es de valor saber
que el amor de Dios antecede al cristianismo y no reconoce fronteras. Esta fue
la primera y más difícil lección que tuve que aprender y me llevó largo tiempo,
así como a todos los fundamentalistas les cuesta aprender que Dios es amor; lo
afirman, pero no lo ponen en práctica, me refiero a la práctica de Dios.
Entre otras cosas quisiera demostrar cómo el
mundo de los seres humanos se abrió para recibir a una mujer inglesa, consciente
de su clase social, y cómo un mundo de valores espirituales, con un gobierno
directo, interno y espiritual, llegó a ser un hecho comprobado para una
cristiana de mente excesivamente estrecha. Me vanaglorio con el nombre de
cristiana, pero ahora pertenezco a la clase incluyente y no a la excluyente.
Una de las cosas que deseo destacar en
esta narración es la realidad de la dirección interna de los asuntos mundiales,
y así familiarizar paralelamente a más personas con la realidad de la
existencia de Quienes son responsables (detrás de la escena) de la guía
espiritual de la humanidad y también de la tarea de conducir a esa humanidad
de la oscuridad a la Luz, de lo irreal, a lo Real y de la muerte a la
Inmortalidad.
Quiero que los Discípulos de Cristo, los
Maestros de Sabiduría, sean reales para las personas, como lo son para mí y
para muchos miles de personas en el mundo. No me refiero a una realidad
hipotética (si se me permite la frase) ni a un acto de fe y credulidad. Quiero
presentarlos tal cual son, Discípulos de Cristo, hombres que están en la vida
y son factores siempre presentes en los asuntos humanos. Éstas son las cosas
que tienen importancia y no las experiencias terrenas, ni los acontecimientos
y eventos en la vida de uno de Sus trabajadores.
He vivido muchas, encarnaciones en una. He
tratado de avanzar constantemente, aunque con suma dificultad (tanto
psicológica como material), hacia un campo de servicio cada vez más amplio.
Quiero demostrar que en cada ciclo de experiencia he tratado sinceramente de
seguir una guía interna, y cuando lo he hecho siempre ha significado un paso
adelante en comprensión y progreso y una gran capacidad para ayudar. El
resultado de este progreso aparentemente ciego (como cuando me casé y vine a vivir
a los Estados Unidos) fue siempre una mayor oportunidad. He desempeñado
diversos papeles en mi vida. Fui una niña muy desgraciada, excesivamente
desagradable, una joven de sociedad, de la alegre década (que para mí no lo
era) de 1890, para convertirme después en una evangelista y trabajadora social
del tipo predicador de "Billy Sunday". Repito: no era muy alegre,
pero si joven y me interesaban grandemente todas las cosas. Más tarde me casé
con Walter Evans y me encontré actuando como esposa del párroco de la Iglesia
Episcopal Protestante de California y madre de tres niñas.
Esa variada experiencia de vivir y trabajar en
Gran Bretaña, Europa, Asia y América, hizo cambiar fundamentalmente mi actitud
hacia la vida y las personas. Permanecer estático en un solo punto de vista me
parece poco inteligente. Significa llegar a un punto, en el propio desarrollo,
en que dejamos de aprender y no podemos extraer el significado de los
acontecimientos, de las corrientes del pensamiento y las circunstancias,
quedando mentalmente pasivos frente a la vida. Esto es desastroso y malo. Sin
duda ha de ser lo que se denomina infierno. Lo terrible del infierno (en el
cual no creo desde el punto de vista ortodoxo) debe consistir en una eterna
monotonía, en una forzosa incapacidad de cambiar las condiciones.
Después me convertí en una estudiante de
esoterismo, una escritora cuyos libros lograron amplia y constante difusión,
traducidos a muchos idiomas. Más tarde me encontré directora de una escuela
esotérica (sin desearlo y sin la menor intención) y organizadora, con Foster
Bailey, del Movimiento Internacional de la Buena Voluntad (no un movimiento
pacifista), alcanzando tal éxito al estallar la guerra en 1939, que contábamos
con centros en diecinueve países.
Por lo tanto no he sido inútil en lo que
respecta al servicio mundial, pero no pretendo que mi éxito se deba únicamente
a mi esfuerzo personal. Siempre he tenido la bendición de maravillosos amigos y
colaboradores que –en el transcurso de los años— a pesar de todo lo que les
hice, continuaron igualmente. He tenido muchísimos amigos y sorprendentemente
muy pocos enemigos, los cuales no me causaron realmente daño alguno; quizás se
deba a que nunca me fueron desagradables y siempre supe comprender por qué no
les caí en gracia. Foster Bailey, mi esposo, facilitó mi trabajó durante más de
veinticinco años. Creo que sin él, poco hubiera podido realizar. Cuando existe
un amor profundo, leal y comprensivo, respeto y continua camaradería, en
realidad podemos considerarnos ricos. Mi esposo ha constituido para mí una
torre de fortaleza y "la acogedora sombra de una gran roca en una tierra
sedienta". Hay cosas que al expresarlas en palabras pierden su significado
y suenan a huecas y fútiles cuando las escribimos. Nuestra relación es una de
ellas. Debemos haber vivido y trabajado juntos durante muchas vidas, y ambos
esperamos seguir juntos otras tantas. Nada más diré sobre esto. Frecuentemente
me he preguntado qué hubiera hecho yo sin la amistad comprensiva, el afecto y
la firme colaboración de mis innumerables amigos y colegas, que durante años me
apoyaron. No puedo nombrarlos, pero son las personas esencialmente
responsables del éxito del trabajo que hemos realizado como grupo.
Esta autobiografía tiene, por lo tanto, un
triple propósito, pues tres cosas deseo destacar, y espero hacerlo con claridad.
Primero, la realidad de la existencia de los
Maestros de Sabiduría, que actúan bajo la guía de Cristo. Quiero poner en
claro la naturaleza de Su trabajo, y presentarLos al mundo tal cómo los conozco
personalmente, pues en los años venideros otras personas darán testimonio de Su
existencia y deseo allanarles el camino. Esto lo ampliaré más adelante y
mostraré cómo llegué a conocer personalmente Su existencia. En la vida de cada
uno de nosotros existen ciertos factores convincentes que hacen posible el
vivir. Nada puede alterar la propia convicción interna. Los Maestros son para
mí tal factor, y este conocimiento ha constituido un punto estabilizador en mi
vida.
Segundo, quisiera señalar algunas de las nuevas
tendencias en el mundo de hoy, que decididamente están ejerciendo influencia en
el género humano y elevando la conciencia humana, y también puntualizar algunas
de las ideas más nuevas que surgen en el mundo del pensamiento humano y
provienen del grupo interno de Maestros, las cuales están introduciendo una
nueva civilización y cultura y –incidentalmente desde el ángulo de la eternidad—destruyendo
muchas de las viejas y queridas formas. Durante mi vida he visto, como lo ven
las personas reflexivas, la desaparición de muchas cosas inútiles en el campo
de la religión, de la educación y del orden social. Y eso es muy bueno.
Mirando retrospectivamente, no puedo imaginar
nada más espantoso que la perpetuación de la era Victoriana, su fealdad por
ejemplo, la afectación, el excesivo lujo de las denominadas clases altas y la
terrible condición en que debía debatirse la clase trabajadora. En ese bien
equipado, afectado y confortable mundo, viví mi niñez. No puedo imaginar algo
más enfermizo para el espíritu humano, que la teología del pasado, que hacía
resaltar la existencia de un Dios que salva a unos pocos presumidos y condena
a la mayoría a la perdición. Tampoco puedo imaginar nada más conducente a la
inquietud, a la guerra de clases, al odio y a la degradación, que la situación
económica del mundo de entonces, que fue por muchas décadas grandemente
responsable de la actual guerra mundial, (1914‑1945).
A Dios gracias, vamos en camino hacia cosas
mejores. El grupo que compartió nuestro trabajo, junto con otros grupos que responden
a la misma inspiración de amor a la humanidad, habían desempeñado su pequeña
parte para producir los tan necesarios cambios. La tendencia del mundo hacia el
federalismo, hacia la comprensión y la colaboración y hacia todas las cosas que
beneficiarán a todos y no a unos cuantos elegidos, es muy alentadora. Nos
encaminamos hacia la fraternidad.
Tercero, deseo demostrar cuán maravillosos son
los seres humanos. He vivido en tres continentes y en muchas naciones. He
conocido a los muy ricos y a los muy pobres, íntimamente y desde el ángulo de
la más estrecha amistad; los seres más encumbrados y los más desposeídos del
mundo han sido mis amigos, y en todas las clases, naciones y razas, he
encontrado la misma humanidad, la misma belleza de pensamiento, el mismo
autosacrificio y el mismo amor por los demás, los mismos pecados y flaquezas,
el mismo orgullo y egoísmo, la misma aspiración y objetivos espirituales y el
mismo deseo de servir. Si pudiera presentar esto con la fuerza y claridad
necesarias, ello sólo justificaría este libro.
En el amplio campo de la historia humana y al
lado de los grandes personajes del mundo ¿quién es Alice Ann Bailey? Una mujer sin importancia que se vio obligada
por las circunstancias (casi siempre contra su voluntad), por una conciencia
que se entrometía activamente y por el conocimiento de lo que su Maestro quiso
que hiciera: emprender ciertas tareas. Una mujer que siempre temió a la vida
(quizás en parte, debido a la excesiva Protección durante la infancia), de
naturaleza tan tímida que aún hoy tiene que armarse de valor para llamar a la
puerta, si es invitada a un almuerzo; es muy hogareña, le gusta cocinar y lavar
(sólo Dios sabe en qué medida ha hecho esto) y aborrece la publicidad.
Aunque nunca he sido robusta, poseo una
vitalidad sorprendente. En el transcurso de mi vida me he visto obligada a
permanecer semanas y hasta meses en cama. En estos últimos ocho años, me he
mantenido viva gracias a la ciencia médica, pero (y esto es algo de lo que me
siento orgullosa) he seguido trabajando a pesar de todo. He considerado a la vida
como algo muy bueno, aun en lo que la mayoría consideraría una época pésima.
Siempre hubo mucho que hacer y mucha gente que conocer. Lo único que lamento es
haberme sentido siempre cansada. En un viejo cementerio de Inglaterra, hay una
lápida con una inscripción que puedo comprender muy bien.
"Aquí
yace una pobre mujer que estuvo siempre cansada.
Vivió en un
mundo que le exigió demasiado.
No lloren
por mí, amigos, que al país donde voy
No hay que
pasar el plumero, barrer ni coser.
No lloren
por mí, amigos, aunque la muerte nos separe,
Nunca más
haré nada."
Esto realmente sería el infierno y no deseo ir
allí. Quiero tornar un cuerpo nuevo y más adecuado y regresar para retomar los
antiguos hilos, encontrar el mismo grupo de colaboradores y continuar la tarea.
Si la historia de mi vida sirve de aliento a
otra persona para seguir adelante, este libro será entonces de valor; si ayuda
a quien aspira iniciar el impulso espiritual y obedecerlo, algo se habrá
ganado, y si puede infundir ánimo y fortaleza y darles un sentido de la
realidad a otros trabajadores y discípulos, no habrá sido escrito en vano.
Podrán ver que, como historia de una vida, la
mía no tiene mucha importancia. Sin embargo, como medio para probar ciertos
hechos, que tengo la certeza serán esenciales para la felicidad y progreso
futuro de la humanidad –como la realidad de la existencia de los Maestros, el
futuro desarrollo, del cual la guerra mundial que recién termina no es más que
una etapa preparatoria, y la posibilidad de establecer contactos espirituales
telepáticos directos— y para obtener conocimiento, todo lo que pueda decir será
de utilidad. En el transcurso de las épocas, muchos místicos aislados, hombres
y mujeres que son discípulos y aspirantes, han conocido todas estas cosas. Ha
llegado el momento en que las masas deben también conocerlas.
He aquí la historia de mi vida. No se dejen
engañar. No va a ser una exposición profundamente religiosa. Soy una persona
algo jovial y humorista, y siempre estoy penosamente dispuesta a ver el lado
cómico de las cosas. Confidencialmente diré que el profundo interés que
demuestran las personas por sí mismas, por sus almas y todas las complejidades
de las experiencias relatadas, casi me anonadan. Me entran ganas de sacudirlos
y decirles: "Salgan y descubran su alma en los demás, y así descubrirán la
propia". Tiene fundamental interés lo que sucede en el mundo y en las
mentes y corazones de los hombres. El amplio alcance del progreso humano, desde
las edades primitivas hasta el alba de la inminente nueva civilización, tiene
gran interés e importancia espiritual. Las propias descripciones de los
místicos medievales ocupan su lugar, pero pertenecen al pasado; las conquistas
de la ciencia moderna (pero no el uso que el hombre hace de esas revelaciones)
constituyen el principal factor moderno espiritual; la lucha que se está
librando entre las ideologías políticas y entre el capital y el trabajo, además
del derrumbe de nuestros antiguos sistemas educativos, indican un fermento
espiritual y divino, que es la levadura de la humanidad. Sin embargo, el
sendero místico de introspección y de divina unión debe preceder al método esotérico
de conocimiento intelectual y percepción divina. Siempre ha sido así en la vida
del individuo y en la de toda la humanidad. El sendero místico y ocultista y el
camino del corazón y la cabeza deben fusionarse y mezclarse, entonces la
humanidad conocerá a Dios y no "irá simplemente tanteando en pos de Él”.
Este conocimiento personal de Dios, llegará, no obstante, viviendo en
forma normal y lo más bellamente posible, sirviendo e interesándose por los
demás, a fin de descentralizarse. Esto se obtendrá por el reconocimiento del
lado bueno de la vida, por la bondad que hay en todas las personas, por la
felicidad y por la inteligente apreciación de la oportunidad –propia y ajena—.
También se obtendrá llevando una vida plena y efectiva. En el camposanto donde
mis padres están sepultados, había una lápida (que atraía la mirada, ni bien se
atravesaban los portales) donde se leían las palabras: "Hizo todo lo que
pudo". El epitafio de un fracasado siempre me pareció muy penoso. Por mi
parte lamento no haber hecho todo lo que pude, pero siempre traté de hacerlo lo
mejor posible. Trabajé. Cometí errores. Sufrí y gocé. Me divertí mucho viviendo
y no tendré una muerte dolorosa.
CAPITULO PRIMERO
Mirando retrospectivamente hacia mi infancia,
experimento un profundo sentimiento de desagrado. Por supuesto no es una nota
muy armoniosa para comenzar la historia de mi vida. Los metafísicos denominan a
esto un pronunciamiento negativo. Pero ello es verdad. Recuerdo de mi infancia
muy pocas cosas que fueron de mi agrado, aunque gran parte de mis lectores
quizás piensen que fue maravillosa, comparada con la infancia de millares de
personas. La mayoría de la gente dice que la niñez es la época más feliz de la
vida. No lo creo en lo más mínimo. Para mí fueron los años en que gocé de más
comodidades físicas y de lujo; años libres de ansiedades materiales; pero al
mismo tiempo, de interrogantes, desilusiones, desdichados descubrimientos y
soledad.
Al escribir esto, soy consciente de que las
congojas de la niñez (y quizás esto sea verdad en la vida como un todo) parecen
más grandes y terribles de lo que fueron en realidad. La naturaleza humana
tiene la curiosa tendencia de recordar y acentuar los momentos desdichados y
las tragedias, pasando por alto las alegrías y gozos y olvidando los momentos
de paz y felicidad. Nuestros momentos de tensión y depresión parecen afectar
nuestra conciencia (curioso agente registrador de todos los acontecimientos)
mucho más que las incontables horas de la vida común. Si sólo nos diéramos
cuenta, veríamos que esas plácidas y tranquilas horas son, en último análisis,
las que predominan. Horas, días, semanas y meses, en que se forma y consolida
el carácter, lo cual nos ayuda a enfrentar las crisis –reales, objetivas y a
veces trascendentales— que acontecen a intervalos en el transcurso de los años.
Entonces lo que desarrollamos como carácter pasa las pruebas y señala el
camino de salida, o fracasa y descendemos, por lo menos, temporariamente. Así
nos vemos obligados a seguir aprendiendo. Al observar mi infancia, lo que se
destaca en mi memoria no son las horas incontables de vacía felicidad, los
momentos de pacífica armonía ni las semanas que se deslizaron sin que nada
ocurriera, sino los momentos de crisis y las horas en que me sentía
intensamente desdichada, donde la vida parecía llegar a su fin y no veía nada
por delante que valiera la pena.
Recuerdo que mi hija mayor pasó los mismos
momentos después de los veinte años. Creía que no valía la pena vivir y que la
vida en sí era una monótona pérdida de tiempo. Ella preguntaba: ¿Por qué la
vida es tan tonta? ¿Por qué tengo que vivirla? No sabiendo qué responderle, me puse
a pensar en mi experiencia pasada y recuerdo que le contesté: "Bien, mi
querida, lo único que puedo decirte es que nunca sabemos qué nos espera en un
recodo del camino". He comprobado que ni la religión ni las palabras de
consuelo, generalmente sirven de ayuda en los momentos de crisis. En el recodo
del camino a ella la esperaba el hombre con quien se casó; a la semana de
conocerlo se comprometió, y desde entonces ha vivido feliz.
Es necesario aprender a recordar las cosas que
nos causaron alegría y felicidad y no únicamente las que nos trajeron dolor y
dificultad. Lo bueno y lo malo forman un todo muy importante que merece ser
recordado. Lo bueno nos permite mantener nuestra fe en el amor de Dios. Lo
malo nos disciplina y nutre nuestra aspiración. Los momentos arrobadores, que
envuelven nuestro espíritu cuando observamos una puesta de sol por ejemplo, o
el silencio profundo e ininterrumpido de los páramos y la campiña, son cosas
que deben ser recordadas; la línea del horizonte o el exuberante colorido de un
jardín nos absorben y aíslan de todo lo demás; la llegada de un amigo y su
resultante momento de comunión y satisfactorio contacto; la belleza del alma
humana surgiendo triunfante en medio de dificultades, son cosas que, no debemos
dejar de reconocer. Constituyen los grandes factores que condicionan la vida.
Revelan lo divino. ¿Por qué esto se olvida tan fácilmente y en cambio las
cosas desagradables, tristes o terribles se fijan en nuestra mente? No lo sé.
Aparentemente, en este peculiar planeta, el sufrimiento se experimenta con más
intensidad que la felicidad, y su efecto parece ser más perdurable. También
puede ser que temamos la felicidad y la apartemos de nosotros por la influencia
de esa característica tan descollante en el hombre: el TEMOR.
En los círculos esotéricos se habla muy
eruditamente acerca de la Ley del Karma, que después de todo no es más que el
nombre dado en Orienté a la gran Ley de Causa y Efecto; el énfasis siempre se
pone sobre el mal karma y cómo evitarlo. Sin embargo puedo afirmar que,
tomándolo globalmente, hay más buen karma que malo; lo digo a pesar de la
actual guerra mundial, indescriptible horror que nos ha rodeado y aún nos rodea
a pesar del verdadero conocimiento de las cosas que todo trabajador social
constantemente debe enfrentar. El mal y el sufrimiento pasarán, pero la
felicidad permanecerá; ante todo vendrá la comprensión de que lo que hemos
construido mal debe desaparecer y se nos ofrece ahora la oportunidad de
construir un nuevo y mejor mundo. Esto es así porque Dios es bueno, la vida y
la experiencia también son buenas y la voluntad al bien está eternamente presente.
Siempre se nos dio la oportunidad de corregir los errores y enderezar los
enredos de que somos responsables.
Mi infelicidad es tan remota que no puedo
especificar los detalles ni tengo la intención de relatar los que recuerdo. La
mayoría de las causas se originaban en mí misma y de ello estoy muy segura.
Desde el punto de vista mundano no tenía razón para sentirme desgraciada, y mi
familia y amigos se hubieran sorprendido grandemente al conocer mis
reacciones. Cuántas veces se habrán preguntado ustedes, ¿qué pasa en la mente
de un niño? Los niños tienen ideas definidas sobre la vida y las
circunstancias, y les pertenecen de tal modo, que nadie puede inmiscuirse en
ellas, lo cual rara vez es reconocido. No puedo recordar un solo momento en
que no estuviera pensando, tratando de descifrar cosas, formulando preguntas,
rebelándome o esperando algo. Sin embargo, recién a los 35 años descubrí que poseía
una mente y que podía emplearla. Hasta ese momento había sido un manojo de
emociones y sentimientos; mi mente –o lo que de ella poseía— me había utilizado
a mí y no yo a ella. De todas maneras fui muy desdichada hasta cerca de los 22
años –cuando me independicé para vivir mi propia vida. En los primeros años
estuve rodeada de belleza; mi vida tuvo muchas variantes; conocí muchas
personas interesantes. Nunca supe lo que era carecer de algo. Fui educada en
el consabido lujo de mi época y clase; me cuidaron con la mayor solicitud, pero
internamente aborrecía todo eso.
Nací el 16
de junio de 1880 en la ciudad, de Manchester, en Inglaterra, donde mi padre
trabajaba en un proyecto de ingeniería vinculado con la firma de mi abuelo
paterno ‑una de las más importantes de Gran Bretaña. Nací por lo tanto
bajo el signo de Géminis, que significa conflicto entre los pares de opuestos ‑pobreza
y riqueza, la cumbre de la felicidad y las honduras del dolor, la atracción
entre el alma y la personalidad o entre el yo superior y la naturaleza
inferior. Estados Unidos e Inglaterra están regidos por Géminis, por lo tanto,
en aquel país y en Gran Bretaña será resuelto el gran conflicto entre capital y
trabajo, dos grupos que involucran los intereses de los muy ricos y de los muy
pobres.
Hasta 1908
no conocí necesidades ni tuve apremios de dinero; hice y deshice como quise;
pero a partir de entonces conocí las amarguras de la pobreza. Una vez viví
durante tres semanas a pan duro y té, sin azúcar ni leche, para que mis tres hijas
tuvieran lo esencial para comer. En mi infancia pasaba temporadas en grandes
mansiones; sin embargo después trabajé, para mantener a mis hijas, como obrera
en una factoría, donde se envasaban sardinas; hoy cuando veo una sardina
siento repulsión. Mis amistades (empleando este término en su verdadero
sentido) abarcan desde las clases inferiores hasta las superiores, incluyendo
al Gran Duque Alejandro, cuñado del último Zar de Rusia. Nunca he vivido
durante mucho tiempo en el mismo lugar, pues las personas regidas por Géminis
siempre están en movimiento. El más pequeño de mis nietos (nacido también bajo
el signo de Géminis) cruzó el Atlántico dos veces y atravesó el Canal de Panamá
en dos ocasiones, antes de cumplir los cuatro años. Bajo otro aspecto, de no
haber sido precavida, estaría siempre en la cumbre de la felicidad o de la
excitación, o vencida por la desesperación y la más profunda depresión. Como
resultado de mucha experiencia, he aprendido a evitar ambos extremos y a
tratar de mantenerme en el término medio, aunque no lo he logrado totalmente.
El
conflicto mayor de mi vida ha sido la lucha entre mi alma y mi personalidad, y
aún continúa. Mientras escribo esto, viene a mi memoria la reunión de cierto
"Movimiento Grupal" en el que me vi envuelta en 1935 en Ginebra,
Suiza. Una dama de facciones plácidas y sonrientes, pero duras, organizadora
profesional de grupos, actuaba como dirigente; también había una cantidad de
personas ansiosas de dar testimonio de sus pecados y del poder salvador de
Cristo, dando la impresión (como una de ellas testimonió) de que Dios se
interesaba personalmente de si pedían disculpas a su cocinera por una grosería.
Según mi opinión, la buena educación y no Dios, hubiera sido un incentivo
suficiente. Entonces una atrayente señora de cierta edad, elegante, de ojos
chispeantes y buen humor, se puso de pie. "Estoy segura que tiene un
magnífico testimonio que presentar", le dijo la que dirigía. La dama
respondió, "no, la batalla se libra aún entre Cristo y yo, y es dudoso
saber quién ganará". Esa batalla continúa siempre y, en el caso de un
sujeto de Géminis que está despierto y presta servicio, llega a convertirse en
una cuestión vital y más bien personal.
También se
supone que los regidos por Géminis son como el camaleón, de carácter mutable y
a menudo llenos de dobleces. Por lo menos nada tengo de eso, a pesar de mis
numerosos defectos, y es posible que mi signo ascendente me salve. Para mi
regocijo, astrólogos autorizados me asignan diversos signos como ascendente –Virgo,
porque amo a los niños y me gusta cocinar y desempeñar el papel de madre en
las organizaciones; Leo, porque soy muy individualista (con lo cual quieren
significar que tengo un carácter difícil y dominador) y a la vez muy
autoconsciente; Piscis, porque es el signo del mediador o intermediario. Siento
inclinación hacia Piscis, porque mi esposo es de Piscis y mi muy querida hija
mayor nació también bajo ese signo, y nos hemos entendido tan bien que con
frecuencia teníamos rencillas. Además he actuado definidamente como
intermediaria, en el sentido de que ciertas enseñanzas, que la Jerarquía de
Maestros quería hacer conocer al mundo en este siglo, aparecen en los libros
de los cuales he sido responsable. De todos modos, no interesa cuál sea mi
signo ascendente. Soy un verdadero sujeto de Géminis y aparentemente ese signo
ha condicionado mi vida y circunstancias.
Durante mi infancia, la imperante y más bien
incipiente desdicha se debió a varias cosas. Era la menos agraciada de una
familia famosa por su belleza, y no soy fea. En las aulas fui siempre
considerada como la más torpe y la menos inteligente en una familia de
inteligentes.
Mi hermana, una de las niñas más hermosas que he
conocido, poseía una inteligencia superlativa, y aunque siempre le profesé un
hondo afecto, ella no lo sentía por mí, pues siendo una cristiana ortodoxa,
consideraba que todo divorciado no estaba en gracia con Dios. Se graduó de
doctora en medicina y fue una de las primeras mujeres en la historia de la
Universidad de Edimburgo que obtuvo distinciones (si la memoria no me falla)
en dos oportunidades. Era aún muy joven cuando publicó tres libros de versos,
y he leído comentarios sobre esos libros en el Suplemento Literario del diario The
London Times, donde se la consideraba como la más grande de las poetisas
inglesas de la época. Escribió también un libro sobre biología y otro sobre
enfermedades tropicales que, según creo, fueron considerados libros de texto.
Mi hermana se casó con mi primo hermano, Laurence Parsons, un prominente
clérigo de la Iglesia de Inglaterra, siendo en un tiempo párroco en Colonia del
Cabo. Su madre fue la tutora designada por la Corte de Chancery, para cuidar de
mi hermana y de mí. Hermana menor de mi padre, pasamos con Laurence, uno de sus
seis hijos, mucho tiempo juntos en nuestra infancia. Su esposo, mi tío Clare,
un hombre algo duro y severo, era hermano de Lord Rosse e hijo de aquel Lord
Rosse que adquirió fama por su telescopio, mencionado en La Doctrina
Secreta. De niña le tenía terror; sin embargo, antes de morir, me mostró
otro aspecto poco conocido de su naturaleza. Nunca olvidaré su gran bondad para
conmigo durante la primera guerra mundial, cuando me encontraba en Norteamérica
en el mayor desamparo y pobreza. Me escribía cartas comprensivas que me
ayudaron mucho y me hicieron sentir que en Inglaterra había personas que no me
habían olvidado. Menciono esto aquí, porque no creo que su familia, ni su
nuera, mi hermana, tuvieran la menor idea de las relaciones amistosas y felices
que existieron entre mi tío y yo, al final de su vida. Estoy segura que él
nunca mencionó esto y yo tampoco lo hice hasta ahora.
Mi hermana se dedicó después a la investigación
del cáncer y adquirió gran renombre en tan necesario campo de trabajo. Estoy
muy orgullosa de ella. Mi afecto nunca ha variado y quiero que lo sepa si algún
día lee esta autobiografía. Afortunadamente creo en la gran Ley de
Renacimiento, y alguna vez afianzaremos más satisfactoriamente nuestras
relaciones.
Me parece que la mayor desventaja en la vida de
un niño es carecer de un verdadero hogar. Esta carencia nos afectó mucho a mi
hermana y a mí. Antes de cumplir los nueve años mis padres murieron de
tuberculosis, que en esos tiempos se llamaba consunción. El temor a la
tuberculosis se cernía sobre ambas como una amenaza constante en nuestros
primeros años, a lo que sumaba el resentimiento que sentía mi padre por nuestra
existencia, especialmente por la mía. Probablemente pensaría que mi madre podría
haber vivido si el nacimiento de dos criaturas no hubieran agotado sus recursos
físicos.
Mi padre se llamaba Frederic Foster La Trobe‑Bateman
y mi madre Alice Hollinshead. Los dos pertenecían a una rancia estirpe ‑el
origen de la familia de mi padre se remonta a varios siglos, anterior a las
Cruzadas, siendo los antepasados de mi madre descendientes de Hollinshead (el
Cronista), de quien se dice que Shakespeare obtuvo muchos de sus relatos. Los
árboles genealógicos y el linaje nunca los he considerado de gran importancia.
Cada uno de nosotros lo posee, aunque sólo algunas familias han conservado los
registros. Que yo sepa, ninguno de mis antecesores hizo nada particularmente
interesante. Todos han sido personas dignas, pero aparentemente simples. Como
dijo mi hermana en una ocasión: "se quedaron por siglos entre sus
repollos”. Una estirpe limpia, noble y culta, pero ninguno de ellos logró
notoriedad, buena o mala.
A pesar de
ello, el escudo de la familia es muy interesante y, desde el punto de vista del
simbolismo esotérico, de extraordinaria significación. No conozco nada sobre
heráldica ni los términos precisos para describir el escudo. Consiste en una
vara con un ala en cada extremo, viéndose entre las alas la estrella de cinco
puntas y la media luna. Esta última se remonta, por supuesto, a las Cruzadas,
en las que participó aparentemente alguno de mis antepasados, pero prefiero
considerar todo el símbolo como representando las alas de la aspiración, el
Cetro de la Iniciación, la meta y los medios, el objetivo de la evolución y el
incentivo que nos impulsa a todos hacia la perfección –perfección que recibe
eventualmente el aliciente del reconocimiento por medio del Cetro. En el
lenguaje del simbolismo, la estrella de cinco puntas siempre ha representado al
hombre perfecto, en vez la media luna se supone que rige la forma o naturaleza
inferior. Éste es el abecé del simbolismo oculto, pero me interesó descubrirlo,
en nuestro blasón.
Mi abuelo fue John Frederic La Trobe‑Bateman,
un ingeniero muy conocido, miembro asesor del Gobierno Británico y responsable,
en su época, de varios de los sistemas municipales de aguas corrientes en Gran
Bretaña. Formó una familia muy numerosa. Su hija mayor, mi tía Dora, se casó
con Brian Barttelot, hermano de Sir Walter Barttelot de Stopham Park, en
Pulborough, Sussex, y como fue designada tutora nuestra al morir los abuelos,
vivimos mucho con ella y sus cuatro hijos. Dos de ellos fueron mis amigos
íntimos durante toda mi vida. Ambos eran mucho mayores que yo, pero nos
queríamos y comprendíamos. Brian (el Almirante Sir Brian Barttelot) hace apenas
dos años que falleció, y su muerte ha constituido una sensible pérdida para mi
esposo Foster Bailey, y yo. Éramos tres amigos íntimos, y extrañamos mucho las
cartas que nos enviaba constantemente.
De todos mis muchos parientes, a quien más he
querido fue a mi tía Margaret Maxwell. No fue tutora nuestra, pero mi hermana
y yo, durante años, pasamos los veranos en su casa de Escocia, y me escribía
regularmente, por lo menos una vez al mes, hasta que murió pasados los 80 años.
Fue una de las grandes bellezas de su época, y el retrato que se conserva
actualmente en el castillo de Cardoness en Kirkcudbrightshire, la representa
como una de las mujeres más hermosas imaginables. Se casó con el "menor de
los Cardoness", como a veces se designa en Escocia al heredero, el hijo
mayor de Sir William Maxwell, pero su esposo, mi tío David, murió antes que su
padre, por lo que nunca pudo heredar el título. Le debo a esa tía mucho más de
lo que pude retribuirle. Me orientó espiritualmente, y aunque su teología era
muy estrecha, sin embargo ella era muy amplia. Me enseñó ciertas claves de la
vida espiritual que nunca me han fallado y ella tampoco me defraudó hasta su
deceso. Cuando empecé a interesarme por los asuntos esotéricos y dejé de ser
una cristiana ortodoxa, teológicamente orientada, me escribió que aunque no
entendía esas cosas confiaba en mí sinceramente, pues como conocía mi profundo
amor a Cristo, no importaba a qué doctrina pudiera renunciar, sabía que nunca
renunciaría a Él. Esa fue la pura verdad. Era hermosa, amorosa y buena. Su
influencia se extendió por todas las Islas Británicas. Había hecho construir y
equipado especialmente un pabellón de un hospital; sostenía misioneros en los
países paganos y era presidenta de la rama femenina de la Asociación Cristiana
de Jóvenes de Escocia. Si presté algún servicio a mis semejantes y logré de
algún modo llevar a la gente a alguna forma de realización espiritual, se debe
en mayor parte a su gran amor, que me inició en el buen camino. Fue una de las
pocas personas que sintió más cariño por mí que por mi hermana. Existió un
vínculo entre nosotras que se mantiene inquebrantable y que nunca se romperá.
He mencionado a la hermana menor de mi padre,
Agnes Parsons. Tenía otros dos hermanos: Gertrudis, que se casó con un señor
Gurney Leatham, y su hermano menor Lee La Trobe‑Bateman, el único que
queda. Mi abuela Anne Fairbairn, era hija de Sir William Fairbairn. y sobrina
de Sir Peter Fairbairn. Mi bisabuelo, Sir William, según creo, fue socio de
Watts, famoso por la máquina de vapor y uno de los primeros constructores ferroviarios
de la Era Victoriana. Por parte de la madre de mi abuelo, cuyo apellido de
soltera era La Trobe, desciendo de Hugonotes franceses, por lo tanto, los. La Trobe de Baltimore, están
emparentados conmigo, aunque nunca los he visto. Charles La Trobe, tío abuelo
mío, fue uno de los primeros gobernadores de Australia y otro La Trobe, el
primer gobernador de Maryland. Edward La Trobe, otro de los hermanos, fue un
arquitecto muy conocido en Washington y en Gran Bretaña.
Los Fairbairn no pertenecían a la denominada
cuna aristocrática, que tanto se valora. Tal vez ésta fue la salvación del
linaje Bateman, Hollinshead y La Trobe. Pertenecían a la aristocracia de los
cerebros y ello es muy importante en estos días democráticos. Tanto William
como Peter Fairbairn, empezaron su vida como hijos de un pobre granjero escocés
del siglo XVIII, terminándola en la opulencia y conquistando títulos. El
nombre de Sir William Fairbairn figura en el diccionario de Webster, y la memoria
de Sir Peter se perpetúa en una estatua erigida en una plaza de Leeds, en
Inglaterra. Recuerdo que hace unos años fui a dar una conferencia en Leeds, y
mientras cruzaba una plaza en taxi, vi lo que me pareció la estatua de un
anciano común con barba. Al día siguiente fuimos con mi esposo a verla y
descubrí que había estado criticando a mi tío abuelo. Gran Bretaña era
democrática aún en esos lejanos días, y cualquiera tenía oportunidad de
destacarse si poseía cualidades que lo justificaran. Quizás esta mezcla de
sangre plebeya es responsable de que muchos de mis primos y sus hijos, hayan
sido hombres notables o mujeres hermosas.
Mi padre no me quería, pero no me extraña cuando
miro un retrato de mi niñez, pues era flaca, atemorizada y alarmante. De mi
madre no tengo recuerdos, murió a la edad de 29 años, cuando yo tenía solamente
seis. Todo lo que rememoro es su hermoso cabello dorado y su dulzura, y también
su funeral en Torquay, Devonshire, porque mi reacción principal en esos
momentos se puede sintetizar en las palabras que dirigí a mi prima, Mary Barttelot:
"mira, llevo medias negras largas y ligas”, las primeras que usaba, con lo
que me habían sacado de la etapa de las medias cortas. Evidentemente en
cualquier edad y circunstancia la ropa siempre tiene importancia. Tuve un gran
medallón de plata que encerraba una miniatura de mi madre, el único retrato que
de ella poseí y que mi padre tenía la costumbre de llevar consigo dondequiera
fuese. En 1928, después de haber andado con él por todo el mundo, me lo robaron
durante un verano en que estuve ausente de mi casa de Stamford, en Connecticut,
conjuntamente con mi Biblia y un sillón de hamaca, roto. Fue el robo más raro
de que tuve noticias, por las cosas que eligieron llevarse.
La pérdida personal de la Biblia fue para mí la
más grande de las pérdidas. Era un ejemplar excepcional que estuvo en mi poder
durante veinte años. Regalo de una amiga íntima de la infancia, Catherine
Rowan‑Hamilton; estaba impresa en papel muy fino, con un ancho margen
para anotaciones, de casi dos pulgadas, donde se hubiera encontrado la historia
espiritual de mi vida, escrita microscópicamente con una pluma de grabar. Había
diminutas fotografías de amigos íntimos, y autógrafos de mis compañeros
espirituales en el sendero. Quisiera tenerla ahora porque me diría mucho,
recordaría a muchas personas y episodios y ayudaría a describir mi
desenvolvimiento espiritual, el desenvolvimiento de un trabajador.
Cuando contaba apenas unos meses me llevaron a
Montreal, Canadá, donde mi padre era uno de los ingenieros encargados de la
construcción del Puente Victoria, sobre el río San Lorenzo. Allí nació mi única
hermana. Guardo sólo dos recuerdos memorables de esa época. Uno, el serio disgusto
que di a mis padres cuando incité a mi hermanita a entrar juntas en un enorme
baúl, donde guardábamos nuestros muchos juguetes. Estuvimos encerradas por
largo tiempo y casi nos asfixiamos, pues se había cerrado la tapa. El otro,
cuando hice mi primer intento de suicidio. No hallaba a la vida digna de
vivirse. La experiencia de mis cinco años me hizo sentir que las cosas eran
fútiles, de manera que decidí morir, arrojándome desde lo alto de la empinada
escalera de piedra de la cocina. No lo logré. Bridget, la cocinera, me recogió
al pie de la escalera y me llevó arriba, llena de magulladuras y cardenales,
donde encontré mucho consuelo, pero ninguna comprensión.
En el transcurso de mi vida intenté dos veces
más poner fin a las cosas, y descubrí que era muy difícil suicidarse. Esos
intentos los hice antes de cumplir los quince años. Traté de ahogarme con arena
cuando tenía alrededor de once, pero no es agradable sentir la arena en la
boca, nariz y ojos, y decidí postergar el día feliz de mi partida. En mi último
intento traté de ahogarme en un río de Escocia. Pero una vez Más el instinto de
conservación fue demasiado fuerte. Desde entonces ya no me interesa el
suicidio, aunque siempre he comprendido el impulso que hay detrás de él.
Este estado de ánimo constante fue quizás el
primer indicio de la tendencia mística de mi vida, que más tarde motivó todos
mis pensamientos y actividades. Los místicos son personas que poseen un gran
sentido del dualismo; incansables buscadores, conscientes de algo que debe ser
buscado; eternos amantes, en busca de algo digno de su amor; conscientes
siempre de aquello a lo cual deben unirse. Están. regidos por el corazón y el
sentimiento. En esa época no me agradaba el "sentido" de la vida, ni
apreciaba lo que el mundo parecía ser o lo que tenía que ofrecer. Estaba
convencida de que en otras partes había cosas mejores. Era de carácter morboso,
sentía autoconmiseración, debido a mi soledad; fui excesivamente introspectiva
(que suena mejor que decir autocentrada), y estaba convencida de que nadie me
quería y, pensando en ello, ¿por qué tenían que quererme? No los puedo culpar,
porque nada daba de mí misma. Vivía preocupada por mis reacciones hacia la
gente y las circunstancias. Era el centro desgraciado y autodramatizado de mi
pequeño mundo. Este sentimiento de que existían cosas mejores en otras partes,
este sentir internamente a las personas y las circunstancias y saber a menudo
lo que pensaban o experimentaban, fue el comienzo de la fase mística de mi
vida, de lo cual pude extraer todo el bien que más tarde descubrí.
Así comencé conscientemente la eterna búsqueda
del mundo de significados que debe descubrirse para hallar respuesta a los
enigmas de la vida y a los dolores de la humanidad. El progreso está arraigado
en la conciencia mística. Un buen ocultista debe ser ante todo un místico
activo (o un místico práctico, o quizás ambos), y el desarrollo de la
respuesta del corazón y el poder de sentir (sentir correctamente) deben,
natural y lógicamente, preceder al desarrollo mental y a la capacidad de
conocer. Sin duda alguna, el instinto de lo espiritual debe preceder al
conocimiento espiritual, del mismo modo que los instintos en el animal, el niño
y la persona poco evolucionada, siempre preceden a la percepción intelectual. Indudablemente
debe haber una visión que preceda al método de desarrollar esa visión hasta
convertirla en realidad. Lógicamente existe la duda y a tientas se lo busca a
Dios –antes de hollar conscientemente "el camino" que conduce a la
revelación.
Quizás llegue el momento en que se preste cierta
atención a los adolescentes de ambos sexos, respecto al aprovechamiento de sus
tendencias místicas normales, tendencias que muy a menudo las tildan de
fantasías de adolescente, que finalmente desaparecen. Para mí, ofrecen
oportunidades a los padres y tutores. Este período podría ser utilizado en
forma muy constructiva y orientadora. Podría determinarse la orientación de la
vida y evitarse muchos sufrimientos posteriores, si el propósito, la causa de
las dudas, los anhelos inexpresados y las aspiraciones visionarias, fueran
captados por los responsables de la juventud. Podría explicársele a esa
juventud que en ellos se está desarrollando un proceso normal y correcto,
resultado de la experiencia de vidas pasadas, lo cual indica que deberían
prestar atención al aspecto mental de su naturaleza. Ante todo debiera
puntualizarse que el alma, el hombre espiritual interno, trata de hacer sentir
su presencia y hace hincapié en la universalidad del proceso, a fin de
rechazar el sentimiento de soledad y la falsa y peculiar sensación de
aislamiento, rasgos perturbadores de tal experiencia. Creo que este método de
aprovechar los impulsos y sueños del adolescente, recibirá mayor atención en el
futuro. Considero los inocentes sinsabores de mi adolescencia, simplemente como
la eclosión de la faz mística de mi vida, que con el tiempo dio lugar al
aspecto ocultista, con la mayor seguridad, comprensión e inalterable convicción
que ella otorga.
Después que abandonamos Canadá, mi madre enfermó
gravemente y nos trasladamos a Davos, Suiza, donde permanecimos por varios
meses, hasta que mi padre la llevó a Inglaterra, para morir. Después de su
muerte nos fuimos todos a vivir con mis abuelos, en su residencia de Moor Park,
en Surrey. La salud de mi padre, en aquel entonces, había desmejorado
seriamente. No le favoreció mucho vivir en Inglaterra, y poco antes de su
muerte nos llevó a Pau, en los Pirineos. Entonces yo tenía ocho años y mi
hermana seis. Pero como el mal de mi padre estaba muy avanzado regresamos a
Moor Park y allí nos quedamos, mientras mi padre con un valet‑enfermero
emprendió un largo viaje a Australia. Nunca lo volvimos a ver, porque falleció
mientras viajaba de Australia a Tasmania. Recuerdo perfectamente el día en que
llegó a mis abuelos la noticia de su muerte, así como también cuando volvió su
valet, tiempo después, trayendo los valores y pertenencias de mi padre. Es
curioso que los pequeños detalles, como el de este hombre, cuando entregó a mi
abuelo el reloj de mi padre, se graban en la memoria, en tanto que cosas de
mayor importancia parecen perderse en el recuerdo. Uno se pregunta qué
condiciona la memoria de esta, manera y por qué registra algunas cosas y otras
no.
Moor Park era una de esas grandes casonas
inglesas que de ninguna manera son hogareñas, y sin embargo llegan a serlo. No
era muy antigua, puesto que había sido construida por Sir William Temple en los
tiempos de la Reina Ana. Sir William había introducido los primeros tulipanes
en Inglaterra. Su corazón, guardado en una urna de plata, estaba enterrado bajo
un reloj de sol situado en medio del jardín, delante de los ventanales de la
biblioteca. Moor Park era una especie de museo, y algunos domingos se abría al
público. Tengo dos recuerdos de esa biblioteca, uno, cuando permanecía ante
alguno de sus ventanales y trataba de imaginarme la escena tal como la debió
ver Sir William Temple, en sus jardines y terrazas ocupadas por la presencia de
nobles damas y caballeros, llevando el atuendo de esa época. La otra escena no
fue imaginaria. Vi el féretro de mi abuelo, donde el cuerpo yacente tenía sólo
una gran corona enviada por la Reina Victoria.
Mi hermana y yo llevamos una vida muy
disciplinada en Moor Park, donde permanecimos hasta que cumplí trece años,
Habíamos vivido viajando y cambiándonos de un lugar a otro, y creo que necesitábamos
una buena, dosis de disciplina. Las diferentes gobernantas que tuvimos se
encargaron de su aplicación. La única que recuerdo de esos lejanos días, tenía
el curioso nombre de señorita Millichap. De cabello hermoso y facciones
vulgares, demostraba recato en sus vestidos, abotonados desde el ruedo hasta lo
alto del cuello. Vivía enamorada del párroco de turno, un amor sin esperanza,
porque no se casó con ninguno de ellos. Teníamos una inmensa sala de clase en
el piso alto, donde una gobernanta, una niñera y una doncella, eran
responsables de nosotros.
La
disciplina que nos aplicaron continuó hasta que fui mayor, y echando una mirada
retrospectiva puedo apreciar cuán terriblemente rígida era. Nuestra vida
estaba programada cada treinta minutos; aún hoy puedo ver el horario colgado en
la pared de la sala de estudio, indicando el siguiente deber. Recuerdo perfectamente
que cuando consultaba ese horario me preguntaba "¿Qué vendrá ahora?".
Nos levantábamos a las seis, con lluvia o sol, en invierno y en verano.
Practicaba escalas en el piano durante una hora, o bien preparaba las lecciones
del día, si de acuerdo al horario le correspondía a mi hermana estudiar el
piano; tomábamos el desayuno a las ocho en punto, en la sala de estudio y
bajábamos al comedor a las nueve para orar en familia. Teníamos que empezar el
día recordando a Dios y a pesar de la austeridad de la creencia familiar
pienso que era un buen hábito. El jefe de la familia se sentaba con su Biblia
delante, y a su alrededor los familiares y huéspedes, la servidumbre de acuerdo
a su rango y obligaciones ‑primeramente el ama de llaves, luego la
cocinera, las doncellas, la sirviente principal y los que la seguían: ayudante
de cocina, criada, lacayo y el mayordomo, que cerraba la puerta. Había verdadera
devoción, mucha rebeldía, real aspiración y un intenso aburrimiento, porque la
vida es así. No obstante el resultado total de ello era bueno y creo que en
estos días vendría bien recordar un poco más a la divinidad.
Desde las
nueve y media hasta el mediodía estudiábamos con la gobernanta, terminando con
un paseo. Se nos permitía, almorzar en el comedor, pero nos estaba prohibido
hablar, y nuestro buen comportamiento y silencio eran vigilados ansiosamente
por nuestra gobernanta. Aún hoy puedo recordar que a menudo caía en un
arrobamiento o ensueño, con los codos apoyados sobre la mesa y mirando por la
ventana. De pronto me hacían volver a la vida común las palabras de mi abuela,
dirigidas a uno de los lacayos que atendía la mesa: "James, por favor
traiga dos platillos y póngalos bajo los codos de la señorita Alice".
James obedecía y allí tenían que quedar mis codos hasta el final de la comida.
Nunca he olvidado esa humillación y, aún hoy, cincuenta años más tarde, todavía
tengo conciencia de quebrantar las reglas si apoyo mis codos sobre la mesa,
cosa que no dejo de hacer. Después del almuerzo teníamos que descansar en un
tablero inclinado, durante una hora, mientras nuestra gobernanta nos leía en
alta voz algún libro de urbanidad, volviendo luego a hacer un corto paseo para
terminar nuestras lecciones a las cinco.
A esa hora
debíamos ir al dormitorio, donde la niñera o la doncella nos cambiaba los
vestidos. La orden era: vestido blanco con lazo de color, medias de seda y el
cabello bien peinado; luego debíamos bajar a la sala tomadas de la mano. Allí
nos esperaba toda la familia reunida, después de tomar el té. Permanecíamos de
pie delante de la puerta, y después de hacer nuestras reverencias soportábamos
el bochorno de las preguntas y de la inspección, hasta que nuestra gobernanta
nos venía a buscar. A las 6:30 p.m. teníamos la cena en la sala de estudios,
después de lo cual seguíamos con nuestras lecciones hasta las 8 p.m., hora de
ir a dormir. En esa época victoriana nunca había tiempo para hacer lo que,
como individuos, hubiéramos querido hacer. Era una vida de disciplina, ritmo y
obediencia, variando ocasionalmente por los brotes de rebeldía y el
consiguiente castigo.
Cuando he
hecho un análisis de la vida que llevaban mis tres hijas en los Estados Unidos,
donde nacieron y vivieron hasta el final de su adolescencia, y asistieron a las
escuelas públicas de ese país, me preguntaba frecuentemente, si les hubiera
gustado la vida regimentada que tuvimos que vivir mi hermana y yo. Con algo de
éxito he tratado de dar a mis hijas una vida feliz, y cuando se quejaban de la
dureza de la vida, como lo hacen normal y naturalmente todos los jóvenes, no he
podido dejar de reconocer qué vida maravillosa pasaron, en comparación con la
de las niñas de mi generación y condición social.
Hasta los
veinte años mi vida estuvo completamente disciplinada por la gente o el
convencionalismo social de la época. Yo no podía hacer esto ni lo otro, adoptar
tal o cual actitud, pues era incorrecto; ¿qué dirá o pensará la gente, si lo
hago? Me decían: "Hablarán de ti si haces esto o aquello"; "ésa
no es la clase de persona que debes conocer; no hables con ese hombre o esa
mujer; la gente bien, no habla ni piensa así; no debes bostezar ni estornudar
en público; no debes hablar si no te dirigen la palabra", y así
sucesivamente. La vida estaba totalmente restringida por las cosas que se tenía
prohibido realizar, regida por reglas minuciosas, cualquiera fuera la
situación.
Otras dos
cosas se destacan en mi memoria. Desde la edad más temprana se nos enseñó a
preocuparnos por los pobres y los enfermos y a comprender que la fortuna
implica responsabilidad. Varias veces por semana, a la hora de nuestro paseo,
íbamos a la despensa a buscar dulces y sopas para algún enfermo que vivía en
nuestra propiedad, o ropas para algún recién nacido de uno de los
arrendatarios, o libros destinados a alguien que, por alguna circunstancia,
debía permanecer en su casa. Esto puede ser un ejemplo del régimen
paternalista y feudalista de Gran Bretaña, pero tenía sus cosas buenas. Quizás
sea mejor que hoy haya desaparecido –personalmente así lo creo—, pero vendría
bien ese entrenado sentido de la responsabilidad y del deber hacia los demás,
entre la clase acaudalada de este país. Se nos enseñaba que el dinero y la
posición social implican ciertas obligaciones, las cuales debían cumplirse.
Otro
recuerdo que conservo vívidamente en mi memoria es la belleza de la campiña,
los senderos floridos y los bosques, por donde mi hermana y yo conducíamos
nuestro carruaje, arrastrado por un pony. Era lo que en aquellos días se
llamaba "carruaje de gobernanta", construido, presumo, especialmente
para los niños. En los días de verano mi hermana y yo solíamos salir en él,
acompañadas por un pequeño paje de librea y tricornio, de pie sobre el estribo.
A veces pienso si mi hermana recordará aún esos días.
Al morir mi
abuelo, Moor Park fue vendido, y fuimos a Londres a vivir con mi abuela, por
una breve temporada. EI mejor recuerdo que conservo de esa época es cuando
dábamos vueltas en el parque con mi abuela, en una victoria (como se denominaba
ese tipo de carruaje) tirada por una yunta de caballos, y en el pescante iban
de librea el cochero y el lacayo. Todo era muy aburrido y monótono. Después se
tomaron otras disposiciones respecto a nosotras, aunque hasta su muerte pasamos
mucho tiempo con ella. Era entonces muy anciana, pero aún poseía vestigios de
su belleza. Debió haber sido muy hermosa, como lo prueba un retrato pintado en
la época de su casamiento, a principios del siglo XIX. La segunda vez que
volví a los Estados Unidos después de ver a mis parientes llevando a mi hija
mayor, infante aún, llegué a Nueva York cansada, enferma, desdichada y añorando
mi patria. Fui a almorzar al hotel Gotham en la Quinta Avenida, y mientras
estaba sentada en su sala de espera, triste y deprimida, al tomar y abrir al
azar una revista ilustrada, me encontré con gran sorpresa con los retratos de
mi abuela, abuelo y bisabuelo. La impresión fue tan grande que derramé
lágrimas, y desde entonces ya no me sentí tan alejada de ellos.
Desde el
tiempo que salí de Londres (cuando contaba alrededor de trece años) hasta que
se estimó terminada nuestra educación, toda mi vida fue cambio y movimiento
continuos. Como la salud de mi hermana y la mía no se consideraban muy buenas,
pasamos varios inviernos en la Riviera francesa, donde alquilábamos una pequeña
villa cerca de otra más grande, en la cual residían un tío una tía. Allí
teníamos instructores franceses y una gobernanta residente para acompañarnos, y
todas nuestras lecciones eran en francés. Los veranos los pasábamos en casa de
otra tía, en el sur de Escocia, yendo y viniendo para visitar en Galloway a
otros parientes y relaciones. Ahora puedo darme cuenta que fue una vida
abundante en contactos, en bellos y ociosos días de verdadera cultura. Disponía
de tiempo para leer y de horas para mantener conversaciones interesantes. En
otoño íbamos a Devonshire, acompañadas siempre por una gobernanta, la señorita
Godby, que estuvo con nosotras desde que cumplí los doce años, hasta que entré
en una escuela complementaria a los dieciocho, en Londres. Fue una de las
personas con quien me sentí "apegada". Me despertó el sentido de
"pertenencia" y también fue una de las pocas personas en esa época de
mi vida, de quien sentí que me creía y quería realmente.
Tres
personas despertaron en mí ese sentido de confianza. Una de ellas fue mi tía,
la señora Maxwell, en Castramont, de quien ya me he ocupado. Acostumbrábamos
pasar todos los veranos con ella, y fue, recordando el pasado, una de las
fuerzas básicas condicionantes de mi vida. Me proporcionó una clave para
vivir, por lo cual siento hasta hoy que todo lo logrado en mi vida puede atribuírsele
a su profunda influencia espiritual. Hasta su muerte estuvo en estrecho
contacto conmigo, aún cuando dejé de verla veinte años antes de su deceso. La
otra persona que siempre me comprendió fue Sir William Gordon de FarIston. No
nos unía parentesco carnal sino político, y para todos era simplemente
"el tío Billie". Fue uno de los hombres –en esa época, un joven teniente—
que dirigió "la carga de la Brigada Ligera" en Balaklava, y según
rumores, el único que, "llevando su cabeza bajo el brazo", escapó de
la carga. Cuando niña palpaba frecuentemente los ganchos de oro que los
cirujanos de entonces habían insertado en su cráneo. Siempre me defendió, y aún
ahora me parece oírle decir, como lo hacía con frecuencia: "Confío en ti,
Alice. Sigue tu propio camino. Todo te irá bien".
La tercera
persona fue la gobernanta, de quien les he hablado. Siempre estuve en contacto
con ella y la vi poco antes de su muerte, acaecida en 1934. Era entonces una
anciana, pero para mí siempre la misma. Dos cosas le interesaban. Le preguntó
a mi esposo si yo todavía creía en Cristo, y demostró estar muy tranquila
cuando le dijo que sí. Otra cuestión que quiso aclarar conmigo fue un episodio
extremadamente pérfido de mi vida, y era si recordaba que cuando tenía catorce
años, una mañana arrojé al inodoro todas sus joyas y luego hice correr el agua.
Bien que lo recordaba. Fue algo deliberado. Me sentí furiosa contra ella por
algo que he olvidado totalmente. Fui a su habitación, recogí todo lo de valor,
reloj, pulsera, prendedores, anillos, etc., y los hice desaparecer
irremediablemente. Pensé que no se daría cuenta que yo lo había hecho. Pero
descubrí que yo y mi progreso eran para ella de más valor que sus posesiones. Como se ve, no era
una niña buena. No sólo tenía mal carácter, sino que siempre quería saber qué
era lo que hacía actuar a la gente y por qué se desempeñaban y comportaban
como lo hacían.
La señorita
Godby acostumbraba llevar un diario, de autoanálisis, en el cual todas las
noches anotaba los fracasos diarios y, en forma morbosa (de acuerdo a mi actual
actitud hacia la vida), cada día analizaba sus palabras y actos a la luz de la
siguiente pregunta: ¿Qué hubiera hecho Jesús?" Cierto día encontré ese
libro, durante unos de mis merodeos inquisitivos, y había tomado la costumbre
de leer cuidadosamente sus anotaciones. De allí descubrí que conocía quién le
había sustraído y destruido las alhajas, pero (como cuestión de disciplina para
mí misma y con el fin de ayudarme) no me iba a decir una palabra, hasta que mi
propia conciencia me impulsara a confesarlo. Sabía que inevitablemente lo
confesaría, porque tenía confianza en mí ‑por qué, no lo sé. Al cabo de
tres días fui a verla y le conté lo que había hecho, y la encontré más
apesadumbrada por haberle leído sus anotaciones privadas que por la destrucción
de sus joyas. Como observarán, mi confesión fue plena. Su reacción me dio un
nuevo sentido de los valores. Me hizo pensar seriamente, lo cual fue bueno para
mi alma. Por primera vez empecé a diferenciar entre los valores espirituales y
los materiales. Para ella constituía mayor pecado el que fuera bastante
deshonesta por haber leído anotaciones privadas, que por destruir cosas
materiales. Me proporcionó la primera gran lección de ocultismo, me hizo
distinguir la diferencia entre el yo y el no‑yo y entre los valores
intangibles y los tangibles.
Mientras
estaba con nosotros, se hizo de algún dinero, no mucho, tanto como para no
tener que ganarse el sustento más tarde. Pero rehusó abandonarnos, porque
sentía (como me dijo cuando tenía más edad) que yo necesitaba de su cuidado y
comprensión. He sido muy afortunada con mis relaciones ¿no les parece?, pues la
gente es principalmente amorosa, buena y comprensiva, Quiero dejar constancia
que ella y mi tía Margaret me prodigaron algo de tanto significado espiritual y
verdadero, que hasta hoy trato de vivir de acuerdo a la nota que ellas
emitieron. Ambas eran muy distintas. La señorita Godby se caracterizaba por su
sencillez, trasfondo y dotes comunes, pero sana y afable. Mi tía era en extremo
hermosa, muy conocida por su filantropía y sus puntos de vista religiosos, e
igualmente sana y afable.
Cuando
cumplí dieciocho años fui enviada a una escuela de Londres para terminar mi
educación, en tanto que mi hermana fue nuevamente al sur de Francia con una
gobernanta. Nos separamos por primera vez, quedando librada a mi propio
arbitrio. Creo que no tuve mucho éxito en la escuela. Era realmente buena en
historia y literatura. Poseía una buena cultura clásica, y mucho se puede
esperar del intenso entrenamiento individual adquirido desde la infancia, e
impartido por un maestro particular bueno y culto. Pero en matemáticas, hasta
en la simple aritmética, era irremediablemente mala, tan mala que fueron
retiradas de mi programa esas asignaturas, pues no era posible que una joven de
dieciocho años tuviera que hacer sumas y restas a la par de las de doce años.
Espero que aún me recuerden (lo cual dudo) como la joven que desde el tercer
piso vaciaba las almohadas de plumas sobre las cabezas de los huéspedes de la
directora, mientras se dirigían solemnemente al comedor, en la planta baja.
Esto lo hacía en medio de los murmullos de admiración de las otras jóvenes.
A esto
siguió un intervalo, de un par de años, de vida rutinaria y vulgar. Nuestro
tutor alquiló una pequeña casa para mi hermana y yo, en un pueblito de
Hertforshire, cerca de Saint Albans, instalándonos con una dama de compañía que
nos dejó libradas a nuestra suerte. De inmediato compramos las mejores
bicicletas que se podían conseguir en ese entonces, y empezamos a investigar
los alrededores. Aún ahora recuerdo con gran emoción, la llegada y desembalaje
de las brillantes máquinas. Ibamos en bicicleta a todas partes y nos
divertíamos mucho. Explorábamos el distrito, que en aquel entonces era pura
campiña, y no el suburbio de hoy. Creo que en esa época desarrollé mi afición
por lo misterioso, que más tarde se convirtió en una gran pasión por las
novelas policiales y de misterio. Una asoleada mañana, mientras empujábamos
nuestras bicicletas por una empinada cuesta, dos hombres descendían, y al
cruzarse con nosotras, uno de ellos se volvió a su compañero y le dijo:
"Te aseguro amigo que corría como el demonio con una sola pierna".
Todavía estoy tratando de descifrar ese misterio.
En esa
época realicé mis primeros intentos de maestra. Me hice cargo de una clase de
varones en la Escuela Dominical. Todos rayaban en la adolescencia y sabía que
eran muy díscolos. Estipulé enseñarles en un salón desocupado situado cerca de
la iglesia no en la Escuela Dominical, y que debían dejarme sola mientras enseñaba.
Pasamos momentos muy emocionantes. Todo comenzó con un motín, y yo anegada en
lágrimas, pero al cabo de tres meses éramos un grupo de íntimos amigos. Lo que
enseñé y cómo lo enseñé lo he olvidado. Sólo recuerdo mucha risa, ruido y
amistad. No sé si habré hecho algo perdurablemente bueno, pero los mantenía
sin hacer diabluras durante dos horas, todos los domingos por la mañana.
Durante ese
tiempo y hasta cumplir los veintidós años, en que llegué a poseer mi pequeña
renta (como también mi hermana), vivimos la vida de las niñas de sociedad;
teníamos lo que se llamaba ''tres temporadas londinenses", participando
de las consabidas fiestas, tés y cenas, exhibiéndonos, sin lugar a dudas, en
el mercado matrimonial. En esa época era extremadamente religiosa, pero tenía
que asistir a los bailes para que mi hermana no fuera sola a esos lugares de
perversión. En qué medida me toleraba la gente con quien me encontraba, no lo
sé. Era tan religiosa y permanecía tan embebida en mi conciencia mística, y mi
conciencia era tan morbosamente sensible, que no podía bailar con un hombre o
sentarme durante una cena junto a alguien sin antes haberme cerciorado de que
había sido "salvado". Creo que lo único que me libró del
aborrecimiento total y violenta repulsión, fue el hecho de mi sinceridad y
evidente disgusto por tener que averiguarlo. Era muy joven, muy tonta, bien
parecida e iba elegantemente vestida, y a pesar de una ostentosa santidad, era
inteligente, bien educada y, a veces, interesante.
Siento un
secreto respeto por mí misma al mirar hacia atrás, porque era tan penosamente
apocada y reticente, que sufría indecibles angustias, mientras me obligaba a
expresar mi preocupación por las almas de gente desconocida.
Aparte del
hecho de que mi tía y mi gobernanta eran muy religiosas ¿por qué eran tan
firmes mi aspiración espiritual y mi estricta determinación de ser buena? El
hecho de que esta determinación fuera matizada por mi medio ambiente
religioso, nada tiene que, ver con ello; lo único que sabía hacer era expresar
mi espiritualidad, asistiendo al primer servicio de comunión todos los días, si
era posible, y tratar de salvar a la gente. Esa expresión particular de
servicio y empeño religioso no podía evitarla, pero eventualmente la trascendí.
Pero ¿cuál fue el factor que me trasformó de una joven de mal carácter, más
bien vanidosa y ociosa, en una trabajadora y (momentáneamente) en una fanática?
El 30 de
junio de 1895 tuve una experiencia y nunca he olvidado esa fecha. Durante
meses había sufrido las desdichadas agonías de la adolescencia. La vida no
valía la pena vivirla. Sólo veía desdichas y dificultades en todas partes.
Tampoco había pedido venir al mundo, pero aquí estaba. Acababa de cumplir quince
años. Nadie me quería; sabía que tenía un carácter odioso, y no me sorprendía
que la vida fuera difícil. Tampoco tenía un porvenir por delante, excepto el
matrimonio y la vida rutinaria de los de mi casta y clase. Odiaba a todos, con
excepción de dos o tres personas, y sentía envidia de mi hermana, de su
inteligencia y belleza. Se me había enseñado el cristianismo más estrecho y que
la gente que no pensara como yo, no podría ser salvada. La Iglesia Anglicana
estaba dividida en dos, el alto clero que era casi anglocatólico, y el bajo
clero que creía en un infierno para quienes no aceptaban ciertos principios, y
en un cielo para quienes los aceptaban. Durante seis meses del año pertenecía a
un sector y los otros seis meses (cuando no estaba en Escocia y bajo la
influencia de mi tía) a otro. Me sentía atraída por la belleza del ritual y la
estrechez del dogma. Ambos grupos introducían en mi conciencia el trabajo
misionero. El mundo estaba dividido entre los cristianos, que trabajaban
duramente para salvar las almas, y los herejes, que se arrodillaban delante de
las imágenes para adorarlas. El Buda era una imagen de piedra y nunca se me
ocurrió, en aquel entonces, que sus estatuas podían compararse con las estatuas
e imágenes de Cristo de las iglesias cristianas, que me eran tan familiares
cuando estaba en el continente europeo. Mi confusión era total. De pronto
–encontrándome en el punto álgido de mi desdicha y en medio de mi dilema y
duda— se me apareció uno de los Maestros de Sabiduría
Cuando
ocurrió eso y hasta muchos años después, no tuve la más remota idea de, quién
podía ser, y quedé totalmente atemorizada. Aunque joven, tenía la suficiente
inteligencia como para saber algo acerca del misticismo e historia religiosa de
los adolescentes, pues había oído hablar de ello a los que ayudaban en el
trabajo religioso. Había asistido a muchas reuniones de jubileo y visto a
muchas personas "perder el control de sí mismas", según lo denominaba
yo. Por eso nunca relaté mi experiencia a nadie, por temor a que se me
clasificara como un "caso mental" que debía vigilarse y manejar con
cuidado. Me sentía intensa y espiritualmente viva. Era anormalmente consciente
de mis fallas. Estaba en casa de mi tía Margaret de Kirkcudbridghtshire, en
Castramont, y el ambiente en ese entonces no podía ser mejor.
Era un
domingo por la mañana. El anterior había escuchado un sermón que despertó mi
aspiración. Ese domingo, por alguna razón, no fui a la iglesia. El resto de la
familia estaba ausente, y solo la servidumbre y yo quedamos en la casa. Me
encontraba en la sala leyendo. De pronto se abrió la puerta y entró un hombre
alto, vestido a la europea (con un traje de muy buen corte, según recuerdo) y
un turbante que le cubría la cabeza; se sentó junto a mí. Quedé petrificada al
ver el turbante y no atiné a decir palabra ni preguntar a qué venía. Entonces
comenzó a hablar. Me dijo que yo debía realizar un trabajo en el mundo, y que
ello implicaba cambiar considerablemente mi disposición, pues tenía que dejar
de ser una criatura desagradable y obtener cierta medida de autocontrol. Mi
futuro servicio para Él y para el mundo, dependía de cómo me manejara y de los
cambios que llegara a efectuar. Me dijo que si podía lograr un verdadero
autocontrol confiaría en mí, y agregó que yo viajaría por todo el mundo y
visitaría muchos países "para realizar el trabajo de mi Maestro".
Desde entonces esas palabras resuenan en mis oídos. Recalcó que todo dependía
de mí y de lo que pudiera y quisiera hacer de inmediato. Agregó que estaría en
contacto conmigo a intervalos, durante varios años.
La
entrevista fue muy breve. No pronuncié una sola palabra, limitándome a
escuchar, mientras Él hablaba con mucho énfasis. Habiendo dicho lo que tenía
que decir, se levantó y salió de la habitación, deteniéndose en la puerta por
un minuto, para dirigirme una mirada que recuerdo nítidamente hasta hoy. No
supe qué pensar de lo ocurrido. Al recuperarme del sobresalto me sentí al
principio atemorizada y creí que me estaba volviendo loca o que me había
quedado dormida, soñando, entonces reaccioné y experimenté una plácida
satisfacción, considerándome una Juana de Arco (mi heroína de esa época) que,
como ella, había tenido visiones espirituales y había sido elegida para una
gran obra. No podía imaginarme cuál sería, pero me veía como la dramática y
admirada instructora de miles de personas, error muy común entre los
principiantes, y lo he podido comprobar en muchos grupos ocultistas. La
sinceridad y la aspiración de las personas, logran producir algún contacto
interno espiritual, que luego interpretan en términos de éxito e importancia
personales. Para mí fue una reacción causada por el sobrestímulo, a la cual le
siguió otra que permitió destacar en mi mente la crítica que había hecho
acerca de mí. Llegué a la conclusión que quizás, después de todo, no era yo de
la categoría de Juana de Arco, sino simplemente alguien que podía ser mejor de
lo que había sido, que debía comenzar a controlar un carácter bastante
violento. Comencé a hacerlo. Traté de no ser tan iracunda y a controlar mi
lengua, y durante un tiempo me porté tan bien que mi familia se preocupó;
creían que estaba enferma y casi me rogaron que reasumiera mis despliegues
explosivos. Me había vuelto virtuosa, dulce y sentimental.
Mientras
transcurrían los años, descubrí que a intervalos de siete años (hasta los
treinta y cinco) tuve indicios de la supervisión y del interés de ese
personaje. En 1915 descubrí quién era y que otras personas lo conocían. Desde
entonces nuestras relaciones se han ido estrechando, al punto que hoy puedo
entrar en contacto con Él a voluntad. Esta disposición de hacer contacto con
un Maestro sólo es posible cuando un discípulo también está dispuesto a
valerse únicamente de ello en momentos excepcionales y de verdadera emergencia
para el servicio mundial.
Descubrí
que el visitante era el Maestro K. H., Koot Hoomi, que está muy cerca de
Cristo, pertenece a la línea de la enseñanza y es un destacado exponente del
amor‑sabiduría, de lo cual Cristo es la más cabal expresión. El verdadero
valor de esta experiencia no reside en el hecho de que yo, una joven llamada
Alice La Trobe‑Bateman tuviera una entrevista con uno de los Maestros,
sino que, sin saber absolutamente nada de Su existencia, conociera a uno de
Ellos y conversara conmigo. El valor también reside en que todo lo que me dijo
se cumplió (después que arduamente cumplí con los requisitos) y porque
descubrí que no era el Maestro Jesús, como supuse lógicamente, sino un Maestro
sobre quien nunca había oído hablar, siéndome totalmente desconocido. De todos
modos, el Maestro K. H. es mi Maestro bienamado y real. He trabajado para Él
desde los quince años, y soy ahora uno de los discípulos avanzados de Su grupo
o (como se lo designa esotéricamente) de Su Ashrama.
Hago estas
declaraciones con un propósito bien definido. Tantas tonterías se han dicho
sobre estas cosas y tantas afirmaciones han hecho quienes no tienen la
experiencia ni la orientación mental y espiritual requeridas, que los
verdaderos discípulos se avergüenzan de mencionar su trabajo y posición.
Quiero allanarles el camino futuro a todos los discípulos y desmentir las
estupideces que postulan muchas de las llamadas escuelas esotéricas de pensamiento.
Decir que se pertenece al discipulado es permitido, eso no divulga nada y sólo
tiene valor si se está respaldado por una vida de servicio. Nunca es permitida
la afirmación de ser un iniciado de cierto grado, excepto entre los de igual
grado, entonces ya no es necesaria. El mundo está lleno de discípulos. Dejen
que ellos lo reconozcan y se mantengan unidos por el vínculo del discipulado y
faciliten a los demás la misma realización. Así se comprobará la realidad de
la existencia de los Maestros en forma correcta, por medio de la vida y los
testimonios de quienes son entrenados por Ellos.
Otro hecho
que tuvo lugar más o menos al mismo tiempo, me convenció de que existía otro
mundo de cosas. Fue algo que en esa época no podía imaginarme, pues no creía
posible tal acontecimiento. Por dos veces tuve un sueño en plena conciencia vigílica.
Lo denominé sueño, porque entonces no cruzó por mi mente lo que podía ser.
Ahora sé que participé en algo ocurrido verdaderamente, pero no llegué a
comprender cuándo tuvo lugar ese doble acontecimiento. En ello reside su valor,
pues no hubo oportunidad para la autosugestión, pensamiento ansioso o
imaginación excesivamente vívida.
Dos veces
(mientras vivía y trabajaba en Gran Bretaña) participé en una ceremonia
extraordinaria, y recién después de casi dos décadas descubrí de qué se
trataba. Supe que la ceremonia en la cual tomé parte, tiene lugar todos los
años en el momento de la "Luna llena de mayo". Es el plenilunio
correspondiente al mes de Vaisaka (Tauro), según su antigua denominación en el
calendario hindú. Este mes tiene una importancia vital para todos los budistas.
El primer día es la fiesta nacional conocida como el Año Hindú. Este
extraordinario acontecimiento se celebra todos los años en un valle de los
Himalayas, y no es un acontecimiento mítico subconsciente sino un evento real
en el plano físico. Estando completamente despierta, de repente me encontré en
este valle, formando parte de una vasta y ordenada muchedumbre, en su mayor
parte oriental, con un gran porcentaje de occidentales. Sabía exactamente dónde
estaba ubicada entre ese gentío, y me di cuenta que era el lugar que me
correspondía, e indicaba mi grado espiritual.
El valle
era amplio, de forma ovalada, rocoso, bordeado por altas montañas. La gente
aglomerada en el valle miraba al este, hacia un estrecho paso semejante en su
extremo al cuello de una botella. A cierta distancia de este paso, en forma de
embudo, se alzaba una inmensa roca, elevándose desde el suelo como una gran
mesa y sobre ella se veía un cuenco de cristal lleno de agua, de más o menos un
metro de diámetro. A la cabeza de la muchedumbre y delante de la roca se
hallaban tres Personajes formando un triángulo, y con gran sorpresa vi que
quien ocupaba el ápice del triángulo era el Cristo. La multitud expectante
parecía estar en continuo movimiento y, mientras se movían, iban formando
grandes y familiares símbolos ‑la cruz en sus diversas formas, el círculo
con el punto en el centro, la estrella de cinco puntas y varios triángulos
entrelazados. Era una especie de solemne danza rítmica, muy pausada y decorosa,
pero completamente silenciosa. De pronto los tres Personajes, delante de la
roca, extendieron Sus brazos al cielo. La multitud quedó inmóvil. En el extremo
lejano, desde el cuello de la botella, apareció en el cielo un personaje
flotando sobre el paso, aproximándose lentamente a la roca. En forma cierta y
subjetiva, comprendí que era el Buda. Sentí que lo reconocía, sabiendo que de
ninguna manera empequeñecía a nuestro Cristo. Tuve una vislumbre de la unidad
del Plan al que el Cristo, el Buda y todos los Maestros se dedican eternamente.
Me di cuenta, por primera vez, aunque en forma vaga e incierta, de la unidad de
toda manifestación y existencia –el mundo material, el reino espiritual, el
discípulo aspirante, el animal que evoluciona y la belleza de los reinos
vegetal y mineral—, constituyendo un todo divino y viviente que progresa para
demostrar la gloria del Señor. Capté en forma vaga que los seres humanos
necesitan del Cristo, del Buda y de todos los miembros de la Jerarquía
planetaria, y que había sucesos y acontecimientos de mayor importancia para el
progreso de la raza que los registrados por la historia. Me quedé anonadada,
porque para mí, en esa época, los herejes seguían siendo herejes y yo era cristiana.
Profundas y fundamentales dudas embargaron mi mente. A partir de entonces mi
vida quedó impregnada, como lo sigue estando hoy, por el conocimiento de que
existen los Maestros y ocurren hechos subjetivos en los planos espirituales
internos y en el mundo de significados, que constituyen parte de la vida misma,
y quizás la más importante. Desconocía la forma en que podían ser adaptadas
esas cosas, a mi limitada teología y vida diaria.
Se dice que
las experiencias espirituales más íntimas y profundas nunca deben discutirse
ni relatarse. Ésta es una verdad fundamental, y nadie que las "haya
experimentado" realmente, se interesará por tales discusiones. Cuanto más
profunda y vital sea la experiencia, menor será la tentación de narrarla. únicamente
a los principiantes que les ha ocurrido un acontecimiento imaginario o teórico
en su conciencia, proclaman tales experiencias. He relatado deliberadamente
los dos hechos subjetivos mencionados (¿o fue subjetivo sólo el primero?),
pues creo que ha llegado el momento en que las personas preparadas, reconocidas
como sensatas e inteligentes, agreguen su testimonio al de los frecuentemente
desacreditados místicos y ocultistas. Estoy bien conceptuada como mujer
inteligente y normal, eficaz dirigente y autora creadora, y deseo agregar mi
comprobado conocimiento y convicción a lo que han testimoniado muchos otros, a
través de las edades.
Durante
todo ese tiempo me había dedicado a las buenas obras. Era trabajadora activa de
la rama Femenina de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Asistía (pero sufría
debido a mi juventud) a las reuniones de los dirigentes de esa organización
porque mi tía era la presidenta. Empleaba mucho tiempo en grandes reuniones
hogareñas, donde era bien recibida como Alice La Trobe‑Bateman, y allí
luchaba con las almas de mis contemporáneos a fin de salvarlos. Siendo muy
buena en ese menester, ahora me pregunto ‑desde el punto de vista de una
sabiduría más mundana- se salvaban más rápidamente sólo para librarse de mí,
por ser tan pertinaz y ansiosa. Al mismo tiempo, la tendencia mística de mi vida
iba profundizándose; Cristo fue para mí una realidad siempre presente.
Ambulando por los páramos de Escocia, recorriendo los bosques de naranjos de
Mentone en el sur de Francia, o las colinas de Montreaux en el lago de Ginebra,
trataba de sentir a Dios. Tendida de espaldas en la campiña o a la vera de una
roca, escuchaba el silencio que me rodeaba y trataba de oír la Voz, después de
haberse acallado las numerosas voces de la naturaleza y de mi interior. Sabía
que detrás de todo lo que podía ver y palpar existía algo invisible, pero que
podía sentirse, siendo mucho más real y verdaderamente esencial que lo
tangible. Me habían enseñado a creer en un Dios Trascendente, externo a su
mundo creado, inescrutable, impredecible, a menudo cruel (a juzgar por lo que
relata el Antiguo Testamento), que ama sólo a los que, lo reconocen y aceptan,
sacrificando a su Hijo unigénito para que la gente como yo, se salve y nunca
perezca. En lo más íntimo criticaba esta presentación de un Dios amoroso,
aunque lo aceptaba automáticamente. Pero estaba muy lejos, distante, era
inalcanzable.
Sin
embargo, todo el tiempo, algo en mi interior, incipiente e indefinible, buscaba
a Dios Inmanente, un Dios detrás de todas las formas, que pudiera descubrirse
en todas partes, tocarse y conocerse realmente. Un Dios que amara a todos los
seres, buenos y malos, y que los comprendiera tanto como a sus limitaciones y
dificultades. Este Dios no era de manera alguna la tremenda y terrible Deidad
que yo conocía, reverenciado por la Iglesia Cristiana. Sin embargo,
teológicamente no existía tal persona, sino únicamente un Dios que debía ser
aplacado, celoso de Sus derechos, que en un proyecto carente de lógica pudo
sacrificar a su Hijo Unigénito para salvar a la humanidad, y que por su
progenie no poseía el amor del padre común. Éstos eran los pensamientos que
trataba de arrancarme como pecaminosos y falsos, pero sutilmente me acuciaban
detrás de la escena. No obstante Cristo siempre estaba presente. Lo conocía;
Él luchaba y suspiraba por la humanidad; agonizaba para salvarla, pero era
incapaz de salvar a la gente en gran escala y, por lo tanto, permanecía y veía
como iban al infierno. En esa época no me formulaba todo esto con claridad; yo
fui salvada y me sentía feliz por ello. Trabajaba arduamente para salvar a
otros, y era una lástima que Dios hubiera creado un infierno; pero lógicamente,
daba por sentado que Él sabía lo que hacía, y de todos modos ningún cristiano
había dudado de Dios, sino que simplemente aceptaba lo que se les decía, respecto
a los dictámenes de Dios, y nada más.
Éste era mi
trasfondo espiritual y mi campo de reflexión. Desde el punto de vista mundano
las cosas no resultaban tan fáciles. Ni mi hermana ni yo nos habíamos casado, a
pesar de las oportunidades, la buena posición y las amplias relaciones
personales. Creo que fue un gran alivio para nuestros tíos y tías llegar a
nuestra mayoría de edad, salir de los atrios de Chancery y quedar libradas a
nuestra suerte. En realidad, alcancé mi mayoría de edad cuando mi hermana menor
cumplió los veintiún años.
Entonces
comenzó un nuevo cielo para nosotras. Cada una siguió su camino. Nuestros
intereses eran totalmente distintos, y apareció la primera brecha entre
nosotras: mi hermana eligió la medicina, y después de algunos meses de
preparación, ingresó en la Universidad de Edimburgo, donde terminó una
brillante carrera. En cuanto a mí, no sabía exactamente qué haría en esa
época. Había recibido una educación clásica extremadamente buena, hablaba
francés con toda fluidez y algo de italiano; tenía bastante dinero como para
vivir confortablemente en esos días en que no se gastaba mucho y se vivía
relativamente con comodidad; creía firmemente en el Cristo, pues ¿no era yo
acaso, una de las elegidas?, y también creía en un cielo de felicidad para
quienes pensaban como yo, y en un infierno para los que no pensaban así, aunque
después de haber hecho todo lo posible para salvar sus almas, trataba de no
preocuparme mucho por ellos. Tenía en verdad un conocimiento profundo de la
Biblia, buen gusto para vestir, era bien parecida, y profunda y completamente
ignorante de las realidades de la vida. Nada se me había informado acerca de
sus procesos y ésta fue la base de mis muchas desilusiones, a medida que la
vida seguía su marcha. Parecía (en esa época) que estaba sujeta a una curiosa
"protección" en el trabajo peculiar y fuera de lo común, que elegí
hacer en ese nuevo ciclo de mi vida, de los veintiuno a los veintiocho años.
Siempre había llevado una vida muy protegida, y no salía sin la dama de
compañía, un familiar o una doncella. Era tan inocente que por eso mismo no me
pasaba nada.
Esto lo
demuestra un hecho peculiar ocurrido cuando tenía alrededor de diecinueve años.
Había ido a pasar una temporada en una de las grandes mansiones de Inglaterra,
llevando a mi doncella. Es innecesario decir que no recuerdo el nombre ni el
lugar. Era la única persona en esa mansión señorial que carecía de título
nobiliario. La primera noche noté que mi doncella se preparaba para dormir en
una pequeña sala de estar, al lado de mi dormitorio, y cuando le expresé mi
sorpresa, me dijo que no tenía la menor intención de dejarme sola, me gustara o
no. Yo no comprendía nada de lo que pasaba, ni tampoco entendía mucho de lo que
se conversaba en las comidas. Estoy convencida de que los numerosos huéspedes
estaban completamente aburridos conmigo y me consideraban una perfecta idiota.
Las indirectas y réplicas significativas me hacían creer y sentir una tonta.
Me quedaba el único consuelo de estar muy bien vestida, ser elegante y saber
bailar. A los dos días de estar allí, una mañana, del desayuno, se me aproximó
un caballero muy conocido –encantador, fascinante, buen mozo, pero de dudosa
reputación— y pidió hablar conmigo. Nos dirigimos a una sala, denominada el salón
rojo, y cuando estuvimos solos me dijo: "He dicho a la dueña de casa que
usted se irá en el tren de las 10:30 de la mañana; el carruaje estará dispuesto
para esa hora, a fin de conducirla a la estación; su doncella ya recibió
órdenes de preparar sus enceres. Le pregunté que había hecho yo. Palmeándome el
hombro me respondió: "Voy a darle dos razones. Una, que para la mayoría
de las personas que están aquí, aunque no para mí, usted es una aguafiestas,
pues aparenta estar siempre perpleja u ofendida. La otra, que no parece
ofendida cuando debiera estarlo. Eso es realmente serio. Llegué a la
conclusión que, debido a su ignorancia, sería mejor que alguien se ocupe de
usted".
Partí, como
lo había dispuesto, sin saber si debía sentirme halagada u ofendida. Este
episodio revela no sólo la estupidez e ignorancia de las niñas de mi rango en
los días victorianos, sino el hecho de que algunos hombres, considerados muy
frívolos, pueden ser buenos y comprensivos.
Con este
trasfondo y equipo, y con la firme determinación de salvar a las almas
perdidas, me dediqué a hacer algo que creí útil. Por otra parte, tenía el
propósito de ser libre, a cualquier precio.
CAPITULO SEGUNDO
Terminó esa etapa fácil de mi vida, de relativa
responsabilidad y sin preocupaciones. Había durado veintidós años, y fue la
única vez en mi vida que formé parte de una familia, con el trasfondo, el
prestigio y la seguridad que ello implicaba. Me divertí mucho, conocí mucha
gente, viajé bastante. No recuerdo cuántas veces crucé el Canal de la Mancha en
mis muy frecuentes viajes de ¡da y vuelta a Europa. Afortunadamente soy buen marinero
y me agrada el mar por encrespado que esté. No puedo recordar las amigas
personales de esa época, excepto una, con quien continúo la amistad y mantengo
aún correspondencia. Nos conocimos en Suiza y juntas aprendimos a hacer encajes
de Irlanda. Siempre me sentí orgullosa de esa proeza, y mi orgullo aumentó
cuando vendí en una ocasión dos yardas de blondas a treinta dólares la yarda, a
beneficio de la Sociedad del Templo Misionero, pues en esos días yo,
personalmente, no necesitaba dinero.
Pero había llegado el momento en que sentía la
necesidad de prestar alguna utilidad al mundo y justificar mi existencia. En
esos días expresaba este anhelo con la frase: "Jesús fue por el mundo
haciendo el bien" y yo, como Su seguidora, debo hacer lo mismo. De modo
que comencé furiosa y fanáticamente "a hacer el bien". Me convertí en
evangelista, vinculada al ejército británico.
Echando una mirada a esa época, en que actuaba
como evangelista entre las tropas británicas, me doy cuenta que fue la etapa
más feliz y satisfactoria de toda mi vida. Sentía gran satisfacción por mí
misma y por todo lo que me concernía. Hacía cuanto quería, y todo con mucho
éxito. No tenía ninguna preocupación (aparte de la esfera de trabajo que había
elegido) ni responsabilidad. Sin embargo, comprendo que fue un ciclo
importante en mi vida, que alteró por completo todas mis actitudes. Lo que me
ocurrió durante ese período no lo comprendí entonces, pero tuvieron lugar
grandes cambios internos. Sin embargo fui muy extrovertida en mi modo de
pensar y actuar, relativamente inconsciente de ello. Había roto con mi familia
y puesto fin a mi vida de niña de sociedad.
Cuando digo "rompí" con los míos, no
quiero significar que había cortado toda relación. Siempre he mantenido
contacto con mi familia, desde entonces hasta hoy, pero nuestros caminos se
apartaron, nuestros intereses fueron y son completamente distintos y nuestra
relación actual no es de parientes sino de amigos. En forma amplia y general,
creo haber pasado una vida más interesante y agitada que la de ellos. Nunca
sentí que los lazos consanguíneos tuvieran importancia. ¿Por qué tiene que
simpatizar la gente entre sí y estar en íntimo contacto, sólo por haber tenido
afortunada o desgraciadamente los mismos abuelos? Esto no parece razonable y
creo que ha traído una serie de dificultades. Es una gran cosa cuando la
amistad y el parentesco coinciden, pero para mí, la amistad, los recíprocos intereses
y las actitudes similares hacia la vida, son mucho más importantes que los
lazos de la sangre. Deseo que mis hijas me quieran porque soy su amiga, les he
probado mi amistad y soy digna de su cariño. No espero su confianza ni su
aprecio por ser su madre. Las amo a ellas, no especialmente por4ue son mis
hijas sino por sí mismas. Cuando los niños pequeños no requieren ya el cuidado
físico, creo que los padres harían bien en cultivar con ellos la amistad.
Poseía
absoluta seguridad de todo (cuán maravilloso y deliciosamente juvenil me
parece eso ahora) –Dios, la doctrina, mi habilidad para hacer las cosas, la
seguridad de mi conocimiento y la infalibilidad de cualquier consejo que
pudiera dar. Tenía una respuesta para todo y sabía con exactitud lo que debía
hacer. Manejaba la vida y las circunstancias, con el toque seguro de la
inexperiencia más completa, y la solución de todo problema y el remedio para
todo mal siempre venían en respuesta a una sola pregunta: "¿Qué haría
Jesús en idénticas circunstancias?" Habiendo decidido lo que Él haría (y
me pregunto cómo lo sabía), lo hacía o aconsejaba. a otros que siguieran la
misma regla. Al mismo tiempo, sin darme cuenta ni expresarlo, comenzaba a hacerme
preguntas, aunque rehusaba contestármelas, y detrás de toda esa seguridad y
dogmatismo, se realizaban grandes cambios. Sé que ese período fue testigo del
paso definido que di en el sendero. Lentamente, sin que mi conciencia cerebral
lo supiera, estaba pasando de la etapa de autoridad a la de experiencia; de la
estrecha creencia teológica a la de inspiración verbal de las Escrituras, y de
las interpretaciones de mi escuela de particular convicción religiosa a un
conocimiento seguro y cierto de las verdades espirituales que han testimoniado
los místicos de todas las épocas y por las que muchos de ellos sufrieron y
murieron.
Me encontré
eventualmente en posesión de un conocimiento que había resistido la prueba del
tiempo y las dificultades, corno no lo habían hecho mis creencias anteriores.
Conocimiento que continúa y constantemente me indica lo mucho, lo mucho que aún
debo saber. El conocimiento verdadero nunca es estático; sólo constituye una
puerta abierta para campos más vastos de sabiduría, realización y comprensión.
Es un proceso de crecimiento viviente. El conocimiento debe conducir de un
desenvolvimiento a otro. Es como si alguien escalara una montaña y, en el
momento de alcanzar la cumbre, viese de pronto ante su vista la tierra prometida
hacia la que debe marchar inevitablemente; pero (al otro lado de esa tierra
prometida) aparece a la distancia otra montaña, ocultando regiones aún más
vastas.
En una
época de mi vida tenía la costumbre de asomarme a la ventana de mi dormitorio y
observar a la distancia esa estupenda montaña del Kinchengunga, uno de los más
altos picos de los Himalayas. Parecía tan cercano, como si casi un día de
camino pudiera conducirme a su pie, pero sabía que a un buen escalador le
tomaría por lo menos doce semanas de duras jornadas para llegar hasta allí, más
la terrible ascensión hasta su cúspide, proeza pocas veces realizada. Lo mismo
ocurre con el conocimiento. Lo que vale la pena alcanzar raras veces es fácil
lograr y constituye en sí la base para un mayor conocimiento.
Siento
compasión por esas personas que creen saberlo todo y tienen respuesta a
cualquier pregunta, y comprendo que hay que tenerles paciencia. Ésa era mi
actitud en aquella temprana época y no tenía el buen humor de divertirme a
costa mía. Todo lo hacía con intensa seriedad. Hoy puedo reírme, y estoy bien segura
que no conozco todas las respuestas. Me he quedado con muy pocas doctrinas y
dogmas, si en verdad me queda alguno. Tengo la convicción de la existencia del
Cristo y de los Maestros, Sus discípulos; de que existe un plan que Ellos
tratan de desarrollar en la tierra y también que representan en Sí mismos, la
respuesta y garantía de la realización final del hombre, y que así como Ellos
son, seremos algún día nosotros. Hoy ya no puedo decir con seguridad y aplomo,
lo que la gente debe hacer. Por eso pocas veces doy consejos. Ciertamente no
pretendo interpretar el pensamiento de Dios ni decir lo que Él desea, como lo
hacen los teólogos del mundo.
Calculo que
en el transcurso de mi vida se habrán acercado a mí, textualmente, miles de
personas para que yo les dijera, aconsejara y sugiriera lo que debían hacer.
Hubo un período en que mi secretario concedía citas cada veinte minutos. Creo
que una de las razones de tantas entrevistas se debe a que nunca cobré, y a la
gente le agrada recibir cualquier cosa gratuitamente. A veces pude ayudar a
quien disponía de una mente abierta y estaba dispuesto a escuchar, pero la
mayoría quiere hablar y sentar las bases para justificar sus propias ideas
preconcebidas, sabiendo de antemano lo que uno le va a decir. Mi técnica ha
sido generalmente dejar que las personas se cansen de hablar, y cuando han
terminado, con frecuencia hallan la respuesta y la solución a sus propios
problemas, lo cual es muy sensato y conduce a una acción efectiva. Sin embargo,
si sólo quieren oírse hablar y creen saberlo todo, frecuentemente me embarga el
temor y nada puedo hacer.
No me
interesa si la gente está o no de acuerdo con mi caudal particular de
conocimientos o con mi manera de formular la verdad (pues todos tenemos
nuestra manera de hacerlo), pero no puedo ayudar a quienes están totalmente
satisfechos de su propia verdad. Para mí el infierno (si existe, lo cual dudo)
constituiría un estado de total satisfacción por nuestros propios puntos de
vista y, por lo tanto, una condición estática que detendría permanentemente
toda evolución mental y progreso. Afortunadamente sé que la evolución es muy
larga y prosigue continuamente; la historia y la civilización lo prueban. Sé
también que detrás de todos los procesos hay una Inteligencia y por eso ninguna
condición estática es posible.
En esa
época era una fundamentalista intransigente. Había iniciado mi carrera
enteramente convencida de que ciertas doctrinas teológicas fundamentales, según
lo expresaban las autoridades eclesiásticas, constituían compendios de la
verdad divina. Sabía exactamente qué quería Dios y (debido a mi total
ignorancia) estaba dispuesta a discutir cualquier tema concebible, sabiendo
que mi punto de vista sería el correcto. Hoy frecuentemente creo haberme
equivocado en mis diagnósticos y prescripciones. Tengo también una sólida
creencia en la existencia del alma humana y en la capacidad de esa alma para
conducir al hombre de "la oscuridad a la luz y de lo irreal a lo
real", mencionando la más antigua plegaria del mundo. Tuve que aprender en
esos días que “el amor de Dios es mucho más amplio que la mente del hombre, y
que el Corazón del Eterno es maravillosamente bondadoso". Pero no era un
Dios bondadoso el que yo proclamaba. Dios era bondadoso conmigo porque me había
abierto los ojos y los de quienes pensaban como yo, pero ese Dios estaba
dispuesto a mandar al infierno al resto del mundo no redimido. La Biblia lo
decía y tenía razón. De ninguna manera podía estar equivocada. En ese entonces
yo estaba de acuerdo con los pronunciamientos de un famoso Instituto Bíblico de
los Estados Unidos, que "se basaban en los manuscritos originales y
autografiados de la Biblia". Hoy me gustaría preguntarles dónde están esos
manuscritos autografiados. En esa época creía en la inspiración verbal de las
Escrituras y nada sabía de las vicisitudes y aflicciones que sufren todos los
traductores honestos, que sólo pueden dar un significado aproximado del texto
original. únicamente durante estos últimos años, cuando mis propios libros iban
a ser traducidos a varios idiomas, me di cuenta de la total imposibilidad de la
inspiración verbal. Si Dios hubiera hablado y Cristo predicado Sus sermones en
inglés, sólo entonces quizás estaríamos seguros de lo que habrían dicho. Pero
no es así.
Recuerdo una
vez en que ocho o nueve personas (todas de distinta nacionalidad) sentadas
alrededor de una mesa, junto con mi esposo y yo, a orillas del Lago Maggiore en
Italia, tratábamos de encontrar el equivalente en alemán de la palabra
anglosajona “mind" (mente) o "the mind" (la mente). La cuestión
había surgido con motivo de la traducción al alemán de uno de mis libros.
Desesperados, tuvieron que abandonar la búsqueda, porque no existe un verdadero
equivalente de lo que queremos significar cuando hablamos de "the
mind". La palabra "intelecto" no tiene el mismo significado. Los
alemanes dijeron que la voz "geist" no contenía el significado y
aunque buscamos incansablemente un vocablo que expresara la misma idea, no
dimos con él, y eso que había profesores alemanes que trataban, con nosotros,
de hallarlo. Quizás aquí resida el problema de Alemania. En esa oportunidad me
di cuenta de cuán verdaderamente difícil es hacer una traducción correcta.
Una de las
palabras que aparecen constantemente en los libros esotéricos es el término
"sendero", con el cual se quiere significar el Camino de retorno a
nuestra fuente de origen, a Dios y al centro espiritual de toda vida. Cuando se
traduce al francés , se empleará la palabra “¿chemin?", "¿rue?",
“¿sentier?", o ¿cuál? Por lo tanto, cuando se intenta traducir al inglés
un libro tan antiguo como el Nuevo Testamento, ¿puede encontrarse en él tal
cosa como una inspiración verbal? Probablemente el Antiguo Testamento sea una
antigua traducción del arameo o del hebreo, al griego antiguo, y del griego al
latín, y de éste al inglés antiguo, del cual, en una fecha muy posterior, se
llegó a la versión oficial de Saint James. Lo mismo sucede con las traducciones
de la Biblia en los demás idiomas. Me enteré de que hace unas cuantas décadas,
mientras se estaba traduciendo al francés el Nuevo Testamento, al llegar el
traductor a las palabras de Cristo donde dice: "Yo soy el agua de la
vida", lo tradujo tranquilamente como "eau de vie" y así se
publicó. Al darse cuenta que esas tres palabras significan en francés
"brandy", tuvieron que reimprimir esa parte haciendo decir a Cristo:
"Yo soy el agua viviente", "eau vivante", que no es
exactamente lo mismo. Las traducciones de la Biblia han pasado por muchas
manos, resultado del pensamiento teológico de muchos monjes y traductores. De
aquí las interminables disputas de los teólogos sobre interpretaciones y
significados, las probables traducciones incorrectas de los muy antiguos
términos y las crudas intercalaciones, aunque bien intencionadas, de los
primeros monjes cristianos que trataron de verter a su lengua materna los
antiguos escritos. Ahora me doy cuenta cabal de todo eso, pero en aquellos días
la Biblia en inglés era infaliblemente correcta, pues yo ignoraba las
dificultades que presenta la traducción. Ése era mi estado de ánimo, cuando un
gran cambio tuvo lugar en mi vida.
Al
comunicar mi hermana su intención de inscribirse en la Universidad de Edimburgo
para seguir medicina, se me presentó inmediatamente el problema de qué haría
yo. No quería vivir sola o pasar el tiempo en viajes y diversiones. Y cosa
sorprendente, no deseaba ser misionera. Me había dedicado a las buenas obras,
pero ¿a qué buenas obras en particular? Tengo una gran deuda con un clérigo que
me Conocía muy bien, y me sugirió que dedicara mi vida a predicar el Evangelio.
No me sedujo mayormente. Los evangelistas que había conocido (y fueron
numerosos) no me impresionaron mucho. Me parecía un grupo de gente mal
educada, que usaba ropa barata y mal confeccionada, cuyos cabellos necesitaban
ser peinados y eran demasiado buenos para estar acicalados. No me podía
imaginar gritando y vociferando como ellos, en una tarima, según las
circunstancias, para atraer a la gente. Vacilé, reflexioné y conversé sobre el
punto con mi tía, quien también dudó y no supo qué decir. Las niñas de mi
clase no hacían tales cosas. La ropa, la dicción, el peinado y las alhajas, no
atraerían a las personas que frecuentaban las reuniones para despertar la fe,
buscando su salvación. Eso no era apropiado. Pero oré, esperé y creí que algún
día recibiría un "llamado"' para saber lo que tendría que hacer.
Mientras
tanto, para ocupar el tiempo, y como entretenimiento, me enamoré (así lo creí)
de un clérigo de apellido Roberts. Era terriblemente aburrido y espantosamente
tímido, varios años mayor que yo, pero no llegamos a nada y me aparté; de
manera que podrán ver que no era muy profundo mi sentimiento.
Entonces
alguien me sugirió inesperadamente que visitara los Hogares Sandes para
Soldados, en Irlanda, y después de ubicar a mi hermana en su alojamiento de
Edimburgo, fui a Irlanda a investigar el asunto. Encontré que esos Hogares
eran algo excepcional y que la señorita Elise Sandes, era una mujer culta,
encantadora y exquisita. Su personal estaba constituído por niñas y mujeres de
mi rango. La señorita Sandes había abandonado su vida para mejorar la condición
de los reclutas y manejaba los hogares en forma muy distinta de la que vemos
hoy generalmente en los cuarteles del ejército, y muy distinto también del
trabajo evangélico llevado a cabo en nuestras ciudades. La señorita Sandes
había establecido muchos hogares en Irlanda y varios en la India. Algunas
personas que trabajaban en ellos, Edith Arbuthnot-Holmes, Eva Maguire, John
Kinahan, Catherine Rowan‑Hamilton, y varias más, fueron amigas mías y me
ayudaron a adaptarme al cambio de ambiente.
Mi primera
experiencia fue el Hogar para Soldados en Belfast. En todos ellos había grandes
cafeterías en las cuales cientos de hombres comían todas las noches, a precio
de costo. Tenían salas donde podían escribir cartas, dedicarse a juegos,
sentarse junto al fuego, leer periódicos, jugar al ajedrez y a las damas y
alternar con nosotras, si se sentían solos, aburridos o nostálgicos. Había generalmente
dos damas en cada hogar y teníamos allí nuestras habitaciones. Solía haber en
esas residencias un gran dormitorio donde los soldados y marineros con
licencia, podían descansar, y también una sala de reuniones para las sesiones
evangélicas, que contaban con un armonio, libros de cánticos, biblias y sillas,
amén de alguien que pudiera predicar sobre las Escrituras y pedir por la
salvación de las almas de los presentes. Tuve que aprender todos los aspectos
del trabajo y era muy ardua la tarea, aunque de mi agrado. Los primeros meses
fueron los más difíciles. No es fácil para una niña tímida (y era anormalmente
tímida) entrar en una habitación donde hay trescientos hombres y ninguna otra
mujer, y conquistar su amistad, sentarse con ellos, jugar a las damas, ser
atenta, permanecer impersonal y, al mismo tiempo, dar la sensación de
interesarse por ellos y querer ayudarlos.
Nunca
olvidaré la primera sesión evangélica que dirigí. Estaba acostumbrada a mis
pequeñas clases bíblicas y a expresarme en las reuniones de oración, sin la
menor aprensión. Estaba segura que iba a hacerlo, me resultaba más fácil que
presentarme ante un soldado, inquirir su nombre, sentarme, jugar con él,
preguntarle por su hogar y llevarlo gradualmente al serio asunto de su alma.
Por lo tanto estaba dispuesta a dirigir la reunión.
Un domingo
por la tarde me encontré encaramada en una tarima, en una amplia habitación,
frente a unos doscientos soldados y algunos miembros de la Real Policía
Irlandesa. Comencé con toda fluidez, luego fui aminorando la voz y experimenté
el pánico del auditorio; eché una mirada a esos hombres, prorrumpí en lágrimas
y huí de la tarima. Juré que no volvería allí aunque me arrastraran con
caballos, pero a su debido tiempo y en respuesta a mi pregunta: ¿”qué hubiera
querido Jesús que yo hiciera?", volví humildemente. Pero lo ridículo del
caso fue que, habiendo llegado a esa decisiva conclusión, a la noche siguiente
concurrí al salón de reuniones para prepararme y empecé a encender las lámparas
de gas. Casi fui arrojada al lado opuesto del salón, mi cabello resultó
chamuscado y no pude dirigir la reunión esa noche. La explosión fue como un
punto y aparte.
Varias
semanas después retorné. Esta vez había memorizado mi disertación y todo fue
bien hasta que, en la mitad del tema, llegué a un punto en que había pensado
citar un poema para aligerar y variar mi tema. Había ensayado esa poesía
delante del espejo con buenos resultados. Las dos primeras líneas salieron
bien, después me aturdí. No recuerdo lo que ocurrió. Quedé paralizada, roja
hasta la raíz de los cabellos y toda temblorosa, cuando súbitamente surgió del
fondo del salón una voz que dijo: "Ánimo señorita, Yo terminaré la poesía
y le daré tiempo para pensar lo que va a decir después". Pero ya había
desaparecido de la tarima y estaba anegada en lágrimas en mi habitación. Había
fracasado, Jesús y yo habíamos fracasado, pensé que sería mejor abandonarlo
todo. Estuve despierta y llorando toda la noche y rehusé abrir la puerta a una
de mis compañeras que quería entrar a consolarme. Pero me mantuve firme. Por
orgullo no podía dejar de hablar desde la tarima y poco a poco me fui
acostumbrando a difundir las enseñanzas de la Biblia a un grupo de hombres.
Sin embargo
el proceso me resultaba penoso. En las noches previas a la charla no dormía,
pensando en lo que iba a decir, luego me quedaba despierta la noche siguiente,
horrorizada por lo que había dicho. Este ritmo ridículo continuó hasta que una
noche me enfrenté conmigo misma y no cejé hasta descubrir en qué residía mi
falla. Llegué a la conclusión de que sufría de egoísmo y egocentrismo y le
daba demasiada importancia a lo que la gente pensaba de mí. Mi primera
educación recibía su primero y duro golpe. Comprendí que si verdaderamente
estaba interesada en mi tema, si apreciaba realmente a mi auditorio y no a
Alice La Trobe‑Bateman y si podía llegar a un punto donde ya no me
importara un comino (entonces no empleaba esa palabra), podría salir adelante y
ser realmente útil.
Aunque
parezca extraño, no tuve ninguna dificultad a partir de esa noche. Me
acostumbré a entrar en un salón atiborrado de público en la India, con quizás
cuatrocientos o quinientos soldados por auditorio, treparme a una mesa,
obtener su atención y aún más, mantenerla. Me convertí en una buena oradora y
le tomé gusto hablar en público, de tal modo que hoy me siento más feliz en un
estrado que en cualquier otra parte. Belfast fue testigo a este respecto de mi
liberación.
Varios años
más tarde, recuerdo que una vez me sentí muy halagada por el gran éxito de mi
clase bíblica dominical nocturna, dada en Lucknow, India. Un buen número de
maestros castrenses habían tomado la costumbre de venir todos los domingos a
escucharme (siempre acompañada con cientos de soldados) y empecé a sentir un
pequeño envanecimiento, y pensé que debía ser realmente buena si hombres
inteligentes como aquellos venían domingo tras domingo a escucharme. Me
dediqué por entero a ello. Al finalizar la serie de mis charlas, me hicieron un
obsequio. El mayor de ellos se me aproximó al final de mi perorata y me hizo
entrega de un pergamino de casi un metro de largo, atado con una ancha cinta
azul, endilgándome un hermoso discurso. Pero era todavía demasiado tímida para
desdoblar el pergamino delante de ellos. Esa noche, cuando me retiré a mis
habitaciones, desaté la cinta y encontré, con magnífica letra, hasta el menor
error gramatical y toda metáfora traspuesta en el transcurso de mis charlas. Me
consideré permanentemente curada y liberada cuando descubrí que el efecto que
me produjo fue hacerme reír, hasta que las lágrimas corrían por mis mejillas.
No me
agrada escribir mis charlas, como lo hacen muchos buenos oradores que emplean
breves notas y hablan inapropiadamente, dejando que sus oyentes extraigan los
necesarios conceptos. Miro lo escrito y me pregunto: “¿Puedo haber dicho
esto?". Estoy segura que el secreto para hablar bien, siempre que se
posea fluidez, consiste en valorar el auditorio y ponerlo a tono, tratando de
ser simplemente humana. Nunca intenté pronunciar discursos. Sólo me dirigí a mi
auditorio como lo haría ante un solo ser humano. Les infundo confianza. Nunca
adopto una pose de sábelo todo. Les digo: "ahora lo veo así",
"cuando lo vea distinto lo diré". Nunca presento una verdad (tal como
la veo) en forma que resulte dogmática. A menudo expreso a la gente: "De
aquí a cinco mil años esta enseñanza que llamamos ahora avanzada, será el abecé
para los niños pequeños, lo que nos demuestra cuán infantiles somos hoy".
En los debates, al final de una charla (que tanto me gustan), no tengo reparos
en admitir que no sé algo, y esto lo hago frecuentemente. Los conferencistas
que creen disminuir su prestigio si admiten falta de conocimiento y son, en
consecuencia, evasivos o pomposos, tienen mucho que aprender. El auditorio
gusta del conferencista que puede enfrentarlos y decirles: "Mi Dios, no
tengo la menor idea acerca de lo que me pregunta".
Volviendo a
la ciudad de Belfast, mis superiores descubrieron que poseía, una disposición
especial para salvar almas, y establecí un récord tan bueno, que la señorita
Sandes me mandó buscar para que la acompañara al Campamento de Artillería de
Irlanda central, a fin de recibir un verdadero entrenamiento. Era una hermosa
campiña verde y nunca olvidaré el día que llegué allí. A pesar de toda esa
belleza, mucho me impresionó la enorme cantidad de huevos que había por todas
partes, en la bañera, cacerolas, cajones del tocador y en cajones debajo de la
cama. Si mal no recuerdo había cien mil huevos en la casa y por supuesto todos
estaban en recipientes. Supe que en la cafetería del Hogar para Soldados se
usaban por noche 72 docenas de huevos, y como había tres Hogares en ese
distrito, se utilizaban en cantidad. Por lo tanto los huevos tenían prioridad
sobre todo, excepto el Evangelio.
Mi primera tarea
cada mañana, después de pasar bajo un árbol una hora tranquila con la Biblia,
consistía en hornear bollos (cientos de ellos), y luego de cargarlos en un
carruaje tirado por un burro, llevarlos a las cabañas donde se reunían los
hombres por la noche. Un día el asno me causó una gran humillación. Avanzaba
alegremente por una callejuela de la campiña con mi carga de bollos, cuando oí
galopar a una patrulla de artillería. Apresuradamente traté de apartarme a un
lado del camino, pero ese condenado burro plantó sus cuatro patas firmemente en
el suelo y no quiso moverse. Inútiles fueron los ruegos y los latigazos. La
patrulla se detuvo a pocos pasos. Los oficiales me gritaban que me apartara.
No podía hacerlo. Finalmente un grupo avanzó y alzando al carruaje, a mí y al
asno, nos arrojaron a la zanja, prosiguiendo su marcha la patrulla.
Las burlas
de los artilleros acerca de este episodio nunca tuvo fin. Hicieron correr el
rumor de que mis bollos eran tan pesados que el pobre burro no podía moverse, y
entraban en la cabaña cojeando, y decían que una miga de mis bollos les había
caído sobre un pie. Me acostumbré al ruido de los grandes cañones y supe que
los hombres quedaban sordos cuando las baterías abrían el fuego durante la
noche; también me habitué a sus borracheras y aprendí a no hacer caso a un
ebrio y a manejarlo, pero nunca pude acostumbrarme a los huevos fritos,
especialmente si iban acompañados de una taza de cocoa. Creo haber vendido más
cocoa, huevos y cigarrillos que cualquier otra persona.
Fueron días
felices y muy atareados. Adoraba a la señorita Sandes y ¿quién no la adoraba?
La quería por su belleza, por su fuerza mental, por su conocimiento de la
Biblia, por su comprensión de la humanidad y también, por su exuberante
sentido del buen humor. Creo que más la quería porque me di cuenta que me
quería realmente. Compartía su dormitorio, en la extraña casita en que
vivíamos, y hasta ahora puedo verla durmiendo, con una media negra atada sobre
sus ojos, para preservarlos de la primera luz de la mañana. Tenía una
comprensión mucho más amplia que sus ayudantes. Recuerdo su mirada de
aprobación sin pronunciar palabra. Trabajábamos duramente para salvar almas y
ella nos observaba, nos deseaba éxito y frecuentemente pronunciaba la palabra
que necesitábamos; sé que a menudo nos observaba con gran regocijo cuando
luchábamos y nos esforzábamos.
En una
ocasión se produjo en mí un gran choque, y realmente creo que eso inició el
ciclo de interrogantes internos, que posteriormente me sacaron de mi pantano
teológico. Durante tres semanas había estado forcejeando por salvar el alma de
un miserable, sucio y pequeño soldado. Era lo que en Inglaterra llamamos “una
cosa repelente", mal soldado y mal hombre. Jugaba a las damas con él noche
tras noche y le gustaba, y lo instaba a asistir a las reuniones evangélicas,
las cuales toleraba. Le rogaba que se salvara, pero sin resultado. Elisa Sandes
observaba muy divertida, hasta que le pareció que el asunto se prolongaba
demasiado. Una noche me llamó y fui a donde ella estaba, parada junto al piano,
en una de las cabañas repletas de hombres, y allí tuvo lugar el diálogo
siguiente:
‑"Alice,
¿ves ese hombre que está allí?" dijo, señalando a quien era "mi
problema".
‑"Sí", le respondí,
"Usted se refiere al hombre con quien he estado jugando a las damas?"
‑"Pues bien, mi querida,
haz el favor de mirar su frente", lo miré y dije que me parecía demasiado
estrecha. Ella asintió.
‑"Ahora mira sus ojos.
¿Qué hay de malo en ellos?"
‑"Parecen estar demasiado
juntos", repliqué.
‑"Exactamente. ¿Qué me
dices de su mentón y de la forma de su cabeza?"
‑"Pero si no tiene mentón
y su cabeza es muy pequeña y redonda", dije completamente intrigada.
-"Pues bien, mi querida Alice,
¿por qué no dejas que Dios se haga cargo de él?" y diciendo esto se alejó.
Desde entonces he dejado a muchas personas a cargo de Dios.
Quiero dejar aclarado que en esa época
creía en la conversión y en el poder de Cristo para salvar, y hoy lo creo mil
veces más. Sé que la gente puede salir del error, y los he visto una y otra vez
descubrir en sí mismos esa realidad que San Pablo llama: "Cristo en ti
esperanza es de gloria". Sobre ese conocimiento cifro mi salvación eterna
y la salvación de toda la humanidad". Sé que Cristo vive y que nosotros
vivimos en Él, que Dios es nuestro Padre, y que en el gran Plan de Dios, todas
las almas, oportunamente, hallan su camino de retorno a Él. Sé que la vida
crística en el corazón humano, puede guiar a todos los hombres de la muerte a
la inmortalidad. Sé que porque Cristo vive, viviremos también y seremos salvos
por Su vida. Pero frecuentemente pongo en duda las técnicas humanas y creo que
el método de Dios con frecuencia es mejor, y que a menudo deja descubrir
nuestro propio camino de retorno, sabiendo que en cada uno de nosotros hay algo
de Él, que es divino, que nunca muere y que llega a nuestro conocimiento. Sé
que nada en el Cielo o en el Infierno puede interponerse entre Dios y Sus
criaturas. Sé que Él se mantiene vigilante, "hasta que el último cansado
peregrino haya encontrado el camino al hogar". Sé que todas las cosas
actúan juntas para bien de quienes aman a Dios, significando con ello que no
amamos a una deidad abstracta y lejana, sino a nuestros semejantes. Amar a
nuestros semejantes es una evidencia, quizás indefinida pero muy segura, de que
amamos a Dios. Elisa Sandes me enseñó eso con su vida y su amor, su
inteligencia y su comprensión.
Mi estadía en Irlanda no duró mucho, pero
fue una época deliciosa. Nunca había estado antes en Irlanda, y pasé gran parte
de mi tiempo en Dublín y en el Campamento Currach, no lejos de Kildare.
Mientras me encontraba en Currach realicé un trabajo muy peculiar, que de
saberlo mi familia, habría causado un escándalo. No los hubiera culpado. Debe
recordarse que en esa época las niñas no gozaban de la libertad que tienen
ahora y, después de todo, yo tenía solamente veintidós años.
Una de las baterías de la Real Caballería
de Artilleros, estaba en ese entonces estacionada en la Barraca de Newbridge, y
los hombres de la batería (a quienes conocí durante el verano en el campamento
de práctica) me pedían que fuera todas las noches a su Salón de Moderación. Eso
indicaba llegar allí a las seis de la tarde y regresar muy entrada la noche,
porque había obtenido permiso para celebrar una reunión evangélica en ese
salón, una vez cerrada la cantina. Después de discutirlo un poco, se convino en
que yo aceptara las cosas y todas las noches me dirigía allí en mi bicicleta
después de la detestable cena inglesa llamada "high tea". Regresaba
entre las 11 y 12 p.m., escoltada por dos soldados, y cada noche los hombres de
la batería debían determinar quién me acompañaría, después de obtenido el
permiso necesario, Nunca sabía si mi escolta sería un buen cristiano en quien
se podía confiar o un canalla. Creo que echaban la suerte, y si recaía en un
ebrio sus solícitos camaradas le impedían con sumo cuidado visitar la cantina
ese día. De todos modos, imagínense ustedes a una joven, con un trasfondo
victoriano, rigurosamente protegida, regresar en bicicleta todas las noches con
dos soldados de los que nada sabía; sin embargo, ni una sola vez me dijeron una
palabra que pudiera ofender a la solterona más puritana, y eso me agradaba
mucho.
Quienes acudían a la cantina iban a verme
al salón todas las noches. Nunca hice hincapié para que asistieran a la
reunión, pero nos llevábamos muy bien. Allí fue donde aprendí a distinguir los
diferentes tipos de ebrios. Tenemos lógicamente el tipo pendenciero. Tuve que
intervenir en muchas peleas. Nunca me causaron daño, y estoy segura que me
consideraban una plaga. Tampoco me molestaron. Mi intervención nunca me trajo
sufrimiento. La policía militar agradecía mi ayuda para tranquilizar a los
hombres. Me hice una experta en eso. Tenemos también al ebrio afectuoso, que
francamente me aterrorizaba. Nunca sabía lo que haría o diría, pero siempre me
las arreglé para tener una silla o mesa entre él y yo. Los domadores de fieras
saben que es muy útil una silla entre el domador y un león enojado; puedo
recomendar con toda confianza esta treta para el caso de un ebrio afectuoso. El
bebedor taciturno es muy difícil de tratar, pero no es tan común. También
aprendí a distinguir entre aquellos a quienes la bebida les afecta las piernas
y a otros la cabeza, siendo distinta la técnica a emplearse en cada caso. La
policía militar me pidió muchas veces que ayudara a llevar pacíficamente al
cuartel a algún soldado ebrio. Se ocultaban y, manteniéndose cerca, observaban
el espectáculo que representaba yo y el borracho, haciendo eses por el camino;
se imaginarán el horror que habría experimentado mi tía al ver este caminar
errátil, pero yo lo hacía por "amor a Jesús", y ni una sola vez
alguno intentó ser grosero. No obstante, no me habría agradado ver a una de mis
propias hijas en una situación similar y hubiera sentido que lo que es bueno
para los adultos no siempre puede serlo para los párbulos.
Mi trabajo era muy variado: llevar cuentas,
arreglar las flores en los cuartos de lectura, escribir cartas a los soldados,
efectuar reuniones interminables sobre el Evangelio, presidir las plegarias
diarias, estudiar asiduamente la Biblia, y ser muy, muy buena. Compraba toda
clase de libros que pudieran ayudarme a predicar mejor, tales como: "Ayuda
para Predicadores”, "Charlas para Maestros", "Discursos para
Discípulos”, "Esbozos para Trabajadores" (tenía personalmente cuatro
libros) y otros con títulos igualmente tentadores. Intenté a menudo publicar un
libro que se titularía "Ideas para Idiotas”, y hasta lo empecé, pero nunca
se materializó. Hasta donde me consta, me llevé siempre bien con mis compañeros
de trabajo. Mi fuerte complejo de inferioridad me condujo siempre a admirarlos,
lo cual eliminó eficazmente toda envidia.
Una mañana, Elise Sandes recibió una carta
que, según pude observar, la perturbó mucho. Theodora Schofield, que se encontraba
al frente de la obra en la India, no estaba muy bien y al parecer necesitaba
regresar a su patria para descansar. Pero aparentemente nadie allí podía
reemplazarla. Elise Sandes se estaba poniendo vieja, y tampoco se podía
prescindir de Eva Maguire. La señorita Sandes, con su franqueza habitual, dijo
que me enviaría a mí, si tuviera dinero, pues "aunque no eres del todo
buena, probablemente serás mejor qué nada". El viaje a la India era muy
costoso en ese entonces, y ella tenía que costear el regreso de Theodora. Con
mi usual y complaciente reacción religiosa dije: "Si Dios quiere que yo
vaya enviará dinero". Ella me miró, pero no hizo comentario alguno. Dos o
tres días más tarde, mientras tomábamos el desayuno, lanzó una exclamación al
abrir una carta. Me alcanzó el sobre. No tenía ninguna misiva ni indicación
del remitente, pero en su interior había un cheque por quinientas libras, con
estas palabras: "Para el trabajo en la India". Nadie sabía de dónde
procedía ese dinero, pero lo aceptamos como si viniera directamente de Dios. El
problema del viaje, por lo tanto, se había resuelto y nuevamente me preguntó si
estaba dispuesta a ir a la India de inmediato, aunque no obstante recalcó que
yo no estaba muy capacitada, pero por el momento no tenía a quien enviar. A
veces me pregunto si no habrá sido mi Maestro quien envió el dinero, en verdad
no lo sé, y nunca se lo pregunté porque no tenía importancia. Era esencial que
fuera a la India a aprender ciertas lecciones y preparar el escenario para el
trabajo que años atrás me había dicho que podía realizar para Él.
Escribí a mi familia pidiendo permiso para
ir aunque de cualquier manera hubiera ido, pues quería hacer las cosas como era
debido y por lo menos ser cortés. Mi tía Clare Parsons me escribió que aprobaba
el proyecto, siempre que contara con pasaje de retorno, de modo que saqué
pasaje de ida y vuelta. Luego fui a Londres a comprar un equipo para la India y
como en aquel entonces no tenía restricciones económicas, compré todo lo que se
me antojó y esto me complació; en otras palabras, me regalé lo que quise.
Incidentalmente, cuando mi equipaje, conteniendo todas mis cosas nuevas, llegó
a Quetta, en Beluchistán, me encontré que habían robado todo su contenido y lo
habían reemplazado por harapos sucios y mugrientos.
Afortunadamente, llevaba conmigo mucha
ropa, pero fue la primera lección importante que me hizo comprender lo efímero
de las cosas. De todos modos, como me gustaba vestir bien, y todavía me
agrada, mandé buscar otro equipo.
Mi hermana y mi tía fueron a despedirme al
muelle de Tilbury, y debo admitir que jamás disfruté tanto en mi vida como en
aquel largo viaje de tres semanas a Bombay. Siempre me gustó viajar (como a
todas las personas de Géminis) y siendo al mismo tiempo orgullosa, en mi fuero
interno sentí placer al ver que la reposera (prestada por mi tío) ostentaba un
título. Las pequeñas cosas agradan a las pequeñas mentes, y la mía era en esa
época muy pequeña, estaba prácticamente dormida.
Recuerdo muy bien ese primer viaje. En la
mesa del comedor tenía de compañeros a dos damas y cinco caballeros, de
aparente buena posición y muy sofisticados, los cuales evidentemente gustaban
de nuestra compañía, pero yo me sentía muy inquieta. Hablaban de juego y
carreras, bebían mucho, jugaban a los naipes y, lo que era peor, nunca oraban
antes de empezar a comer. Nuestra primera comida me dejó consternada. Después
del almuerzo me retiré a mi camarote y oré fervorosamente pidiendo fuerzas para
hacer lo que correspondía. A la hora de la cena no tuve valor y oré nuevamente.
Resultó que a la mañana siguiente, durante el desayuno, pronuncié unas
palabras, arreglándomelas para que estuvieran presentes en el comedor los
cinco caballeros, antes que las dos damas. Me sentía aterrorizada y
completamente avergonzada, pero pensé en lo que Jesús hubiera hecho. Miré a
los hombres y dije con rapidez y nerviosidad: "No bebo ni bailo, no juego
a los naipes ni voy al teatro, sé que me detestarán y me parece mejor buscar
otra mesa". Se hizo un silencio de muerte. Entonces uno de los caballeros
(de apellido muy conocido, por lo cual no quiero nombrarlo), se puso de pie e
inclinándose por sobre la mesa, extendió su mano y me dijo: "Choque, si se
queda con nosotros no la abandonaremos y trataremos de ser en lo posible más
buenos". Tuve un viaje muy delicioso. Esos señores resultaron
increíblemente amables conmigo y los recuerdo con afecto y gratitud. Fue, el
viaje más placentero que hice, y eso que realicé la travesía de Londres a
Bombay seis veces en cinco años, de manera que tenía alguna experiencia. Que
esos caballeros se hayan divertido, es otra cosa, pero fueron extremadamente
gentiles. Uno de ellos me envió después una serie de libros religiosos para uno
de los Hogares para Soldados. Otro mandó un valioso cheque, y otro, un
ferroviario prominente, un pase libre para el Gran Ferrocarril de la Península
India, que usé durante mi permanencia en ese país.
Cuando llegamos a Bombay, esperaba
trasbordar y tomar el barco de la compañía British India a Karachi, y seguir
luego a Quetta, en Beluchistán. Pero no sucedió así, aunque más tarde lo hice.
Encontré un cable en el que se me ordenaba bajar a Bombay y tomar el expreso a
Meerut, en la India central. Me sentí anonadada. Nunca en mi vida había
viajado sola. Llegaba a un país donde no conocía a nadie y no sólo debía
cambiar mi pasaje de vapor a Karachi, sino obtener el pasaje a Meerut en tren.
Como paloma mensajera me dirigí a la Asociación Cristiana de Jóvenes, rama
femenina, donde fueron muy atentos conmigo y se ocuparon de todos los detalles.
Como recordarán, era joven, bonita y las niñas bien, procedían de otro modo.
En la estación de Bombay, tuve una
experiencia muy aleccionadora y humana, lo cual demuestra cuán maravillosos
son los seres humanos, y lo puedo probar según observarán en este libro, y lo
probaré. Como se habrán dado cuenta, era una presumida consumada, aunque bien
intencionada. Era casi demasiado buena para vivir y, por cierto, suficientemente
santurrona como para que me aborrecieran. No había tomado parte en la vida
común de a bordo, pero me paseaba ufanamente por cubierta con una gran Biblia
bajo el brazo. Uno de los pasajeros despertó mi aborrecimiento, desde que
salimos de Londres. Era la vida del barco; se ocupaba de las apuestas diarias,
arreglaba los bailes y representaciones teatrales, jugaba a los naipes y me
constaba que bebía excesivamente whisky con soda. El viaje duró tres semanas,
y yo lo miraba con desdén. De acuerdo a mi modo de ver era un demonio. Me habló
una o dos veces, pero le aclaré que no quería tener ningún trato con él.
Mientras esperaba el tren en la gran estación de Bombay, atemorizada y deseando
no estar allí, este hombre se me acercó y me dijo: "Jovencita, yo no le
agrado y me lo ha dado a entender con toda claridad, pero tengo una hija de su
misma edad, y que me condenen si quisiera verla viajar sola por la India. Le
guste o no, me indicará usted cuál es su compartimiento. Quiero ver cuáles son
sus compañeros de viaje y piense lo que quiera de mi decisión. También iré a
buscarla a las estaciones donde bajaremos a comer". Lo que me ocurrió en
tal momento no lo sé, lo miré directamente a los ojos y le dije: "Estoy
amedrentada, por favor, cuídeme". Lo hizo con todo cuidado, y la última
visión que tengo de él, es su figura en un empalme ferroviario, de pie, en
piyama y bata de casa, dando una propina al guarda para que me cuidara, pues
iba a seguir otro camino.
Tres años después me encontraba en
Rhanikhet, en los Himalayas, donde había ido a abrir un nuevo Hogar para
Soldados. Desde un distrito lejano llegó un mensajero que me entregó una nota
de un amigo de ese hombre, rogándome fuera a verlo porque tenía poco tiempo de
vida y necesitaba ayuda espiritual. Había pedido que me llamaran. Mi compañera
de trabajo y dama de compañía no me permitió ir, y estaba muy escandalizada. No
fui, el hombre murió, y nunca me lo he perdonado; pero ¿qué podía hacer? La
tradición, la costumbre y la mujer bajo cuya responsabilidad estaba, todo
conspiraba contra mí, y me sentía desgraciada e indefensa. En el trayecto
entre Bombay y Meerut, aquel hombre me había dicho sin ambages, una noche,
durante la cena, que yo no tenía nada de complaciente y santa como parecía, y
que algún día descubriría que era un ser humano como todos. En esa época estaba
sumido en grandes y serias dificultades, y me preguntó si podría ayudarlo.
Regresaba de Inglaterra donde había internado a su esposa en un manicomio;
recién habían matado a su hijo, y su única hija había huido con un hombre
casado. No tenía a nadie en el mundo. Lo único que me pedía era una palabra
amable. Se la di, pues había llegado a apreciarlo. Al morir me llamó, y siento
mucho no haber ido.
A partir de esa época llevé una vida muy
agitada. Era de suponer que (en ausencia de la señorita Schofield) yo era
responsable de un número de Hogares para Soldados, en Quetta, Meerut, Luchnow,
Chakrata, y otros dos, que ayudé a abrir en Umballa y Rhanikhet, en los
Himalayas, cerca de Almora. Chalcrata y Rhanikhet estaban al pie de la
montaña, a unos cinco o seis mil pies de altura, siendo, por supuesto, lugares
de veraneo. De mayo a setiembre nos convertíamos en "loros
barranqueros". Había otro hogar en Rawal Pindi, pero nada tenía que ver
con él, excepto la vez que fui por un mes a relevar a la señorita Ashe, que
estaba a su cargo. En cada uno de esos hogares había dos mujeres y dos
encargados responsables de la cafetería y el mantenimiento general del lugar.
Estos administradores eran en su mayoría ex‑soldados, y guardo la más
feliz memoria de su amabilidad y ayuda.
Siendo joven e inexperta, no conocía a
nadie en todo el continente asiático; necesitaba más protección de la que
creía en ese entonces; tendía a hacer las cosas más estúpidas, sencillamente
porque no conocía el mal, ni tenía la más remota idea de las cosas que podían
ocurrirle a las jóvenes. Por ejemplo, en una ocasión en que sufría
terriblemente de dolor de muelas, llegué al punto de no resistirlo más. No
había entonces dentista permanente en el acantonamiento donde trabajaba; de vez
en cuanto aparecía un dentista ambulante (generalmente norteamericano) e
instalaba su consultorio en el “dak" (bungalow o casa de descanso) para
atender a quienes se presentaran. Oí decir que había uno en el pueblo, de modo
que fui sola, sin decir una palabra a mis compañeras. Me encontré con un joven
norteamericano, su ayudante y otro hombre más. La muela estaba en malas
condiciones y había que extraerla, de modo que le pedí que me aplicara gas y la
extrajera. Me miró extrañado, pero lo hizo. Recuperada de los efectos del gas,
me reprendió, diciendo que yo no tenía prueba alguna de ser él un hombre
decente, que mientras estaba bajo los efectos de la anestesia, había
permanecido a su merced y sabía por experiencia que ambulaban perdularios por
la India y no era gente buena. Antes de salir me arrancó la promesa de que
seria más cuidadosa en el futuro. Así fue por regla general. Lo recuerdo con
gratitud, aunque he olvidado su nombre. En aquel entonces era totalmente
temeraria, no conocía el miedo. Esto se debía en parte a mi irreflexión natural
y también a la ignorancia, y además a la seguridad de que Dios velaría por mí.
Aparentemente así Lo hizo, supongo que basado en el principio de que los
borrachos, los niños y los tontos no son responsables y necesitan protección.
Por lo tanto, primeramente fui a Meerut,
donde conocí a la señorita Schofield que me enseñó algunas de las cosas que
debía saber durante su ausencia temporaria. Mi mayor dificultad residía en que
era demasiado joven para esa responsabilidad. Lo que aconteció después exigió
mucho de mí. No poseía experiencia y por lo tanto ningún sentido de los valores
relativos. Las cosas sin importancia me parecían de excesivo valor, las serias
no. Mirando esos años y tomando las cosas globalmente, no creo haber actuado
tan mal.
Al principio me asombró el maravilloso
Oriente. Todo era nuevo, extraño y completamente distinto de lo que había
imaginado. El color, los hermosos edificios, la suciedad y la degradación, las
palmeras y los bambúes, los hermosos niños y las mujeres, llevando en esos
días cántaros sobre la cabeza; los búfalos acuáticos y los extraños carruajes,
tales como los "gharries" y los "ekkas" (me pregunto si
todavía existen), los bazares colmados de gente, las calles con sus típicos
negocios de platería y hermosas alfombras, los nativos de andar silencioso,
los musulmanes, hindúes, sikhs, rajputs, gurkhas, soldados y policías nativos,
de vez en cuando un elefante con su conductor, olores raros, idiomas desconocidos,
el sol siempre brillando, excepto durante el monzón, y el constante y eterno
calor. Estos son algunos de los recuerdos que guardo de esa época. Amaba a la
India. He abrigado la esperanza de volver algún día, pero me temo que pueda hacerlo
en esta vida. Tengo muchas amistades allí y amigos hindúes que viven en otros
países. Conozco algo del problema de la India, su anhelo de independencia, sus
conflictos y luchas internas, sus innumerables razas y lenguas, su prolífica
población y sus numerosos credos. No la conozco íntimamente, porque residí
pocos años, pero supe amar a su pueblo.
En los Estados Unidos nada se conoce del
problema de la India, por eso no pueden aconsejar a Gran Bretaña lo que debe
hacer. Los vehementes discursos de los fogosos hindúes, aquí parecen exagerados
en relación con las mesuradas seguridades que da el Rajá británico de que tan
pronto como los musulmanes e hindúes resuelvan sus diferencias, la India podrá
ingresar como estado del dominio británico u obtener su total independencia. En
repetidas oportunidades se trató de redactar una constitución que permita a los
musulmanes (una poderosa minoría rica y belicosa de 70 millones) vivir en paz
con los hindúes; una constitución que satisfaga a ambos grupos, así como
también a los principados hindúes y a los millones de personas que no
reconocen o responden al Partido del Congreso Hindú.
Le pregunté a un destacado hindú, hace unos
años, cuál era su opinión sobre lo que sucedería si los ingleses retiraran sus
tropas y su atención de la India. Le pedí que respondiera honestamente, pero no
como propagandista. Vaciló y dijo: "motines, guerra civil, asesinato,
pillaje y matanza de miles de pacíficos hindúes por los musulmanes".
Sugerí que el método más lento de educar podría ser por lo tanto más
inteligente. Se encogió de hombros y volviéndose hacia mí, dijo: "Alice
Bailey, ¿qué está haciendo en un cuerpo inglés? Usted es la reencarnación de un
hindú y ha tenido un cuerpo hindú durante muchas vidas". "Supongo que
lo he tenido", repliqué, y a continuación nos pusimos a discutir el hecho
innegable de que la India y Gran Bretaña están íntimamente vinculadas, tienen
mucho karma que agotar juntas y alguna vez tendrán que hacerlo, y ese karma no
es totalmente británico.
Resulta interesante constatar que durante
la última guerra, nunca se aplicó en la India el sistema de reclutamiento
obligatorio, sino que se alistaron voluntariamente varios millones, y solamente
unos pocos, entre los 550 millones de habitantes de la India y Birmania,
colaboraron con los japoneses. La India debe ser libre y lo será en forma
correcta. El verdadero problema no está entre los británicos y los nativos,
sino entre los hindúes y musulmanes; estos últimos conquistaron a la India.
Cuando se resuelva ese problema interno, la India será libre.
Algún día todos seremos libres. El odio
racial desaparecerá; la ciudadanía será importante, pero más lo será la
humanidad como un todo. Los límites y los países asumirán el lugar que les
corresponde en el pensamiento humano, pero la buena voluntad y la comprensión
internacional serán de mayor interés. Las diferencias religiosas y los odios
sectarios se desvanecerán con el tiempo, y oportunamente reconoceremos "un
solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, en todo y en nosotros
mismos". Éstos no son sueños vanos ni visionarios, sino realidades que
surgen lentamente, y surgirán con mayor rapidez cuando los correctos sistemas
educativos condicionen a las generaciones venideras, cuando las iglesias despierten
a la realidad de Cristo (no a las interpretaciones teológicas) y cuando el
dinero y los productos de la tierra sean considerados como bienes que deben
compartirse. Entonces los problemas críticos internacionales asumirán el lugar
que les corresponde y el mundo de los hombres avanzará, en paz y seguridad, en
pos de la nueva cultura y civilización futuras. Quizás mis profecías no tengan
interés para todos mis lectores. Pero esos asuntos me interesan e interesan, a
todos los que aman a sus semejantes.
Guardo pocos recuerdos, pero en particular
algo que me sucedió durante esas primeras semanas que pasé en Meerut, aunque
mi verdadera experiencia empezó en Quetta. Se destaca en mi mente el Hogar para
Soldados como una de las facetas más interesantes de mi trabajo. Quetta me
agrada. Se alza a unos cinco mil pies de altura, es una región muy calurosa y
seca en verano, con una temperatura de varios grados bajo cero en invierno. Sin
embargo, cuando estaba allí, aún en los días más fríos, teníamos que usar casco
para el sol, que hoy no se usa tanto. Dos de mis hijas, que viven con sus
esposos en la India, desde hace varios años, raras veces los usan y se ríen de
lo que digo. Pero en mis días, su uso era de rigor.
Quetta es la ciudad más grande de
Beluchistán, especie de amortiguador entre la India y Afghanistán.
Esporádicamente viví casi dos años allí y cinco veces fui a la India cruzando
el desierto de Sind. Hay poca vegetación en Beluchistán, excepto enebros, pero
donde hay riego crece todo. Pocas veces he visto, en otra parte, rosas como
las de Beluchistán y en esa época florecían en todos los jardines. En
primavera, toda la región se cubre de cosmos, luego aparecen girasoles. A
propósito de estas flores tengo una anécdota que contar. Rablaba una tarde en mi
clase bíblica dominical en Quetta, y explicaba a los soldados cómo el ser
humano, natural y normalmente se dirige a Dios. Me valí del girasol para
ilustrar lo dicho, explicando que se lo denomina así porque sigue el curso del
sol en el cielo. A la mañana siguiente, un soldado apareció en la puerta de
nuestra sala de estar, con la cara muy seria, y me pidió si no tenía
inconveniente en salir al jardín por un minuto. Lo seguí, y sin decirme
palabra, el soldado señaló dos girasoles. Cada uno de los cientos de girasoles
daban la espalda al sol.
Quetta fue el lugar donde tuve mi primera
responsabilidad, quedando más o menos librada a mi propia suerte, aunque estaba
conmigo la señorita Clara Shaw. Las tropas destacadas en Quetta habían tomado
posesión del Hogar para Soldados, en tal grado, que se había perdido todo
control. Me imagino que la dama que se hallaba a su cargo estaba atemorizada,
aunque probablemente no tanto como yo. Noche tras noche un grupo de soldados se
divertía tratando de destrozar todo. Venían en grupos de a veinte, penetraban
en la cafetería pedían cocoa y huevos fritos y se pasaban la noche arrojándolos
contra las paredes. Se imaginarán el resultado. El desorden era abominable y
peor su actitud. Me enviaron allí para ver lo que podía hacer. Estaba
sencillamente aterrorizada y no sabía cómo proceder. Me pasé las primeras
noches yendo y viniendo de la cafetería a las salas de lectura, sacando en
conclusión que mi presencia empeoraba las cosas. Se había corrido la voz de que
era una joven muy terca, capaz de denunciarlos a las autoridades, por lo tanto
se habían propuesto hacerme pasar un mal rato.
Cuando descubrí por fin quiénes y cuántos
eran los cabecillas, una mañana mandé a un ordenanza al cuartel para invitar a
los que no hacían guardia, a presentarse en el Hogar para Soldados a
determinada hora. Por alguna razón ninguno estaba de guardia y la pura
curiosidad los había atraído a todos. Cuando llegaron, los hice subir a los
"gharris" (carruajes nativos) con todo lo necesario para un picnic y
los llevé a un paraje que en esos días se denominaba Woodcock Spinney. Era un
hermoso día, caluroso y diáfano, y el hecho de que el lugar estuviera infectado
de reptiles (de la especie llamada kraits, víboras muy pequeñas y mortíferas)
pareció no preocuparnos. Preparamos té y narramos cuentos tontos; resolvimos
adivinanzas y ni una sola vez hablamos de religión, tampoco me referí a sus
iniquidades, y al caer la tarde, regresarnos. No dije ni una palabra de
censura, crítica o súplica. En verdad el grupo se sintió desconcertado durante
la tarde, y cuando regresamos al cuartel, aún estaban perplejos. A la tarde
siguiente, uno de los administradores de nuestra cafetería vino y me pidió que
concurriera a ella. Me encontré con esos hombres limpiando las paredes,
pintándolas, fregando los pisos y dejando el lugar como nunca lo había estado
antes. Se me presenta el interrogante: ¿era tan grande mi temor que no pude
encarar el problema, o fui simplemente muy hábil? Las cosas sucedieron así, yo
no las planifiqué intencionalmente.
Esa vez aprendí una gran lección. Comprobé
personalmente, con la mayor sorpresa, que la comprensión y el amor actúan en
los individuos allí donde la condenación y las acusaciones fracasarían. Nunca
más tuve molestias con ese grupo de provocadores. Uno de ellos continúa siendo
amigo mío, aunque perdí de vista al resto en los cuarenta años transcurridos
desde entonces, el cual vino a verme cuando estuve en Londres en 1934 y
conversamos de esos lejanos días. Había prosperado. Sin embargo hice un descubrimiento
perturbador. Esos hombres habían sido conquistados para realizar cosas mejores,
no a causa de mi prédica elocuente o por hacer hincapié en el precepto
teológico de que la sangre de Cristo podía salvarlos, sino sencillamente por la
comprensión amorosa. No creí que eso fuera posible. Todavía tenía que aprender
que el amor es la nota clave de la enseñanza de Cristo, y que Su amor y Su vida
salvan, no la frenética afirmación teológica del temor al infierno.
Muchos pequeños incidentes están
relacionados con la época que pasé en la India, que podría relatar, pero
probablemente tienen más interés para mí que para otros. Iba de un Hogar a
otro, revisando las cuentas, entrevistando a los administradores, realizando
interminables reuniones evangélicas, hablando a los soldados acerca de sus
almas y de sus familias, visitando los hospitales militares y ocupándome de los
numerosos. problemas que naturalmente se presentaban cuando cientos de hombres
se encontraban lejos del hogar, enfrentados con los problemas de la vida en un
clima cálido y en una civilización extraña. Llegué a ser muy conocida en muchos
regimientos. Una vez se me ocurrió conocer el número de regimientos en que
había trabajado en Irlanda y la India y comprobé que eran cuarenta. A muchos de
ellos le habían puesto mi nombre. Un famoso regimiento de caballería me llamaba
"abuelita". En otro regimiento de guardias, por alguna razón
desconocida, siempre me llamaban "China". En otro conocido
regimiento de infantería al hablar o escribir respecto a mí, usaban las siglas
B.O.L., que significaba Benevolent Old Lady (Benevolente Anciana). La mayoría
de los muchachos me llamaban sencillamente "Madre", probablemente
porque era tan joven. Mi correspondencia se hizo bastante nutrida y llegué a
conocer muy bien la mentalidad del soldado, y nunca encontré que se expresaron
como dice Rudyat Kipling. En realidad el soldado común se resiente por la
descripción que este autor hace de ellos.
Jugué miles de partidas de damas, llegando
a ser una experta, no por jugar científicamente, sino porque poseía el
misterioso poder de adivinar lo que mi oponente iba a hacer. Mientras tanto el
olor de la cocoa y los huevos fritos persistía en mi nariz. Acostumbraba a
ensayar en el piano cantos populares en la sala de lectura, hasta me enfermé de
tanto oír cantar a los hombres: “Como la hiedra me aferraré a ti", etc., y
"Todas las caras de los pensamientos me miran y sonríen", canciones
populares de entonces. Los hombres tenían sus propias versiones de las letras,
que procuraba no oír, para no tener que intervenir. Durante horas y horas
ejecutaba himnos en el armonio, casi de memoria. Tenía en esa época muy buena
voz de mezzo soprano, con una amplia extensión y muy buena técnica. La perdí
cantando en salones llenos de humo. Creo que vendí más cigarrillos que una
cigarrería. Me divertía mucho dirigiendo los himnos en cada reunión. Los soldados
son impertinentes y cuando pedían que cantara "el himno del pollo",
no tardé mucho en reconocer que querían que "volara como ave hacia la
fuente", y que el himno de la niña que dio a luz, tenía que ver con la
estrofa de una canción que aludía "al tierno cuidado que una madre
prodigaba a su niña". Usábamos el libro de himnos de Moody y Sankey, que
tiene buenas cualidades por sus hermosas y airosas tonadas, pero como
literatura y poesía es simplemente horrible.
Recuerdo que una noche en Chakrata tuve un
acto fallido, al anunciar que se iba a cantar el himno "Nos reuniremos en
el río” donde se asegura que seremos felices, si lo hacemos. Con voz alta y
clara dije: "soldados, cuando cantemos este himno debemos decir «cuando
nos reunamos en el río seremos felices por sempre» o «cuando nos
reunamos en el rao seremos felices por siempre»". Alcé la vista, y
vi en el fondo del salón a un general, su edecán y su plana mayor, que habían
venido a inspeccionar el Hogar y a ver lo que hacíamos. Vieron con asombro a
una joven, impertinente en su religiosidad, vestida de blanco, con un lazo
azul, que no se parecía en nada a la evangelista que se habían imaginado.
Siempre he recibido infinitas atenciones de parte de los oficiales de los
distintos regimientos, y creo que los momentos en mi vida (ya muy lejanos) que
me he sentido realmente orgullosa y jactanciosa, eran al salir de la iglesia
cuando después del desfile, recibía el saludo de los oficiales y soldados. Esa
emoción aún perdura en mí.
Mi vida pasó, en esos años de formación,
casi totalmente entre hombres. A veces durante semanas enteras no hablaba con
ninguna mujer, excepto con mi compañera de trabajo y dama de compañía.
Cándidamente admito que hasta hoy no comprendo la mentalidad femenina. Por
supuesto es una generalización, y como todas las generalizaciones no es
totalmente verdadera. Tengo amistades femeninas y las aprecio mucho, pero como
regla general prefiero la mentalidad masculina. Un hombre puede causar serios
trastornos ocasionalmente; una mujer proporciona pequeñas y estúpidas
dificultades en todo momento y no me gusta preocuparme de ellas. Supongo que
no soy feminista, pero sé que si las mujeres son en verdad femeninas e
inteligentes, podrán ascender a la cima.
Mis mañanas, con un promedio de quince
reuniones evangélicas por semana, estaban dedicadas al estudio de la Biblia, a
revisar la correspondencia diaria, consultar con los administradores y
arrancarme los cabellos con la contabilidad, porque nunca tuve facilidad para
los números. Dábamos de comer a los quinientos o seiscientos hombres de cada
cafetería, por noche, y eso implicaba excesiva compra y venta. Mis tardes las
pasaba en algún hospital, generalmente en las salas donde no había enfermeras,
pues la presencia femenina era allí más necesaria. En esos grandes hospitales
militares iba de un pabellón a otro, con artículos, folletos y libros y cargada
de opúsculos. Sólo puedo recordar el título de dos de esos opúsculos, "Por
qué la abeja picó a la madre" (nunca pude saber por qué) y el otro,
"Charlas sencillas para gente sencilla".
Llegué a ser muy conocida en los
hospitales; los capellanes de todas las denominaciones me requerían
constantemente para estar al lado de los soldados que agonizaban, y si no me
era posible ayudarlos por lo menos el moribundo podía tomarse de mi mano.
Mientras atendía a esos hombres y, los acompañaba durante su tránsito al otro mundo,
aprendí algo muy importante, y era que la naturaleza o Dios, cuida de las
personas en esos momentos y mueren sin temor alguno, a menudo muy contentos de
marcharse, o si no en estado de coma y físicamente inconscientes. Sólo dos
moribundos, a quienes acompañé, murieron en forma distinta. Uno de ellos, en
Lucknow, murió maldiciendo a Dios y a su madre y despotricando contra la vida.
El otro fue un horrible caso de hidrofobia. La muerte no es tan temible cuando
uno la enfrenta cara a cara. A menudo me ha parecido como un amigo bondadoso y
nunca tuve la sensación de que llegaba a su fin algo real y vital. No sabía
nada de investigaciones psíquicas ni de la ley de renacimiento, y sin embargo
en esos días de creencias ortodoxas estaba segura de que morir sólo era
emprender otra tarea. En realidad, subconscientemente, nunca creí en el
infierno, y desde el punto de vista cristiano, gran parte de los ortodoxos
deberían estar allí.
No tengo la intención de hacer una
disertación sobre la muerte, pero quisiera dar aquí una definición que siempre
me pareció adecuada. La muerte es "un toque del alma, demasiado fuerte,
para que el cuerpo la pueda resistir", es un llamado de la divinidad que
no acepta negativa, es la voz de la Entidad espiritual interna que dice: retorna
por un tiempo a tu centro o fuente de origen, y reflexiona sobre las
experiencias realizadas y las lecciones recibidas, hasta llegado el momento de
volver a la tierra para otro ciclo de aprendizaje, de progreso y de
enriquecimiento.
El ritmo y el interés por el trabajo
hicieron presa de mí, y llegué a amar esa tarea, pese a que mi salud nunca fue
buena y sufría terribles jaquecas. Los dolores de cabeza me obligaban a guardar
cama durante días, pero siempre me recobraba y hacía lo que debía hacer. Me
encontraba afrontando problemas para los que (como he dicho anteriormente) no
tenía la capacidad necesaria, y algunos de ellos eran trágicos. Tenía
verdaderamente tan poca experiencia de la vida, que cuando tomaba una decisión
nunca estaba segura de que fuera lo mejor o lo correcto. Tuve que enfrentarme
con cosas que ni aún hoy quisiera tratar. Una vez un hombre mató a otro y buscó
refugio donde yo me encontraba, y tuve que entregarlo a la justicia a pedido de
la policía. Otra vez uno de los administradores huyó de nuestros Hogares
llevándose todo el dinero que había allí, y tuve que pasarme la noche
persiguiéndolo hasta una estación de ferrocarril. Recuerden que eso no se hacía
en mi época y que, desde el punto de vista de la señora Grundy, mi conducta era
escandalosa.
Una mañana me desperté en Lucknow con la
fuerte impresión de que debía partir de inmediato a Meerut. Tenía un pase libre
de primera clase en el Gran Ferrocarril de la Península India, y podía ir y
venir a mi antojo por todo el norte del país. Mi compañera trató de
persuadirme para que no fuera, pero sentí que alguien me necesitaba. Cuando
llegué a Meerut, hallé que uno de los administradores había sufrido un ataque
de insolación y se había vuelto loco al golpear la cabeza contra una viga.
Encontré a su joven esposa y a su hijo, presas de una gran emoción. El paciente
padecía de manía suicida, y el doctor me previno que eso podía degenerar en una
tendencia homicida. Entre su joven esposa y yo lo cuidamos durante diez días,
hasta que pude conseguirle pasaje para Inglaterra, donde más tarde se recuperó.
Otro
administrador sufrió un ataque de depresión y amenazaba suicidarse. Lo estudié
durante un tiempo, y al fin me cansé de oír su constante amenaza, de modo que
un día traje una cuchilla, se la ofrecí, y le dije que dejara de hablar y se
suicidara. Al ver el arma se asustó, entonces le regalé un pasaje para
Inglaterra. Esos fueron algunos de los hombres que sucumbieron al clima, a la
soledad y a la incomodidad general en que se vivía en la India en esa época.
Sabíamos poco de psicología en ese entonces, y no era mucho lo que se hacía por
los hombres, desde el punto de vista de los problemas mentales. Algunas de las
situaciones que tuve que enfrentar, para las cuales no estaba preparada, constituyeron
constantes emergencias que finalmente me abatieron. Pero juntamente con esos
acontecimientos tuve momentos muy hermosos y éxito en mantener a los hombres en
los Hogares, apartándolos de los distritos de tolerancia. Atribuía esto a mi
profuso poder espiritual y a mi elocuente oratoria. Pienso ahora que eso ,se
debía a que era joven y alegre, y no había competidoras. Los soldados no tenían
con quién hablar, excepto con las damas de los Hogares. Supongo que mi arte
consistía en que los hombres sintieran que los apreciaba y, en realidad, era
así.
Regresé a
Inglaterra tres veces durante mi permanencia en la India, porque creían que el
viaje de tres semanas, que duraba cada travesía, favorecía mi salud. Soy muy
buena marinera y me siento muy bien en el mar. En una ocasión tardé tres
semanas para regresar a Gran Bretaña; mientras estuve allí permanecí una
semana en Irlanda, otra en Escocia y otra en Inglaterra, desde donde tomé el
barco de vuelta a la India. He pasado muchos días y meses en el mar. He perdido
la cuenta de las veces que crucé el Atlántico.
Todo el
tiempo prediqué constante y enérgicamente la antigua religión. Era
terriblemente ortodoxa o –expresándolo en palabras modernas— una
fundamentalista irreflexiva, porque ningún fundamentalista emplea la mente.
Tenía muchos discusiones con los soldados y oficiales liberales, pero me
adhería con dogmática firmeza a las declaraciones doctrinales de que nadie
podía salvarse y llegar al cielo, a no ser que creyese que Jesús habla muerto
por sus pecados, a fin de aplacar a cualquier Dios iracundo, o a menos que su
conversión se cumpliera, lo cual significaba que debía confesar sus pecados y
dejar de hacer todo lo que quería. No debía beber, jugar a los naipes,
maldecir, ir al teatro ni, lógicamente, tener nada con mujeres. Si no quería
cambiar así su vida, al morir iría inevitablemente al infierno, donde se
quemaría eternamente en el lago de fuego y azufre. Sin embargo la duda poco a
poco empezó a penetrar en mi mente, y tres episodios de mi vida comenzaron a
asumir una exagerada proporción. Lo que ellos implicaban me acuciaba
constantemente y fueron en gran parte responsables de un cambio en mi actitud
hacia Dios y hacia el problema de la salvación eterna. Permítanme narrarlos, y
tendrán oportunidad de ver la secuencia de mi perturbación interna.
Hace muchos
años, en mi adolescencia, una tía, radicada en Escocia, tenía una cocinera
llamada Jessie Duncan. Fue mi gran amiga desde la infancia. Recuerdo que me
escapaba a la cocina para pedirle un pedazo de torta que siempre sabía tener.
Durante el día se comportaba como sirvienta, poniéndose de pie cuando yo
entraba en la cocina, no se sentaba nunca en mi presencia, respondía sólo
cuando le hablaba y era completamente correcta en su actitud hacia todos los
demás. Pero por las noches, terminada su labor del día, al acostarme, venía a
mi habitación y se sentaba al borde de la cama y charlábamos largamente. Era
muy buena cristiana. Me tenía mucho afecto y me veía crecer con interés. Era
mi íntima amiga, aunque me trataba en forma áspera, cuando creía que la ocasión
lo justificaba. Si no le agradaba mi comportamiento me lo advertía, como
también velaba por mi buena conducta. No creo que mucha gente en América se dé
cuenta o aprecie el tipo de amistad y vinculación que puede existir entre las
llamadas clases superiores y sus viejos servidores. Es esa verdadera amistad y
profundo afecto que existe por ambas partes.
Una noche
Jessie vino a verme. Esa tarde yo había hablado en una reunión evangélica en el
pequeño salón de la aldea, y pensé que lo había hecho a la perfección. Estaba
inmensamente complacida de mí misma. Había asistido Jessie y la demás
servidumbre, y descubrí que me había escuchado con ánimo crítico y no estaba
muy contenta. Estábamos discutiendo acerca de esa reunión, cuando de pronto se
inclinó hacia mí, y tomándome por los hombros me sacudió suavemente para
recalcar lo que tenía que decirme: "Cuándo aprenderá señorita Alice, que
hay doce portales en la Ciudad Santa, en donde todo el mundo podrá entrar por
cualquiera de ellos. Todos se encontrarán en la plaza del mercado, pero no
todos lo harán por su portal, señorita". No pude imaginarme entonces lo
que quería decir, y ella fue lo bastante astuta para no revelármelo. Nunca
olvidé sus palabras. Recibí una de las primeras lecciones de su amplitud de
visión y del inmenso amor de Dios y su preocupación por Su pueblo. En ese
entonces ella no sabía que repetiría sus palabras a miles de personas en mis
conferencias públicas.
La fase
siguiente de esta lección se me presentó en la India. Había ido a Umballa a
abrir un Hogar para Soldados, llevando conmigo a mi asistente personal, un
nativo de nombre Bugaloo, que me quería realmente. Creo que no he escrito bien
su nombre, pero eso no interesa. Era un anciano de larga y blanca barba, y
nunca me dejaba hacer la menor cosa si él se encontraba cerca. Me cuidaba
meticulosamente, iba a todas partes conmigo, arreglaba mi habitación y me
traía el desayuno todos los días.
Una vez me
encontraba en la galería de nuestra Sede en Umballa, mientras observaba desde
el camino que pasaba por delante del destacamento, a las multitudes y a las
numerosas hordas de indos; hindúes, mahometanos, pathans, sikhs, gurkas,
rajputs y babus, barrenderos, hombres, mujeres y niños, que transitaban
incesantemente por el camino y lo hacían en forma silenciosa y pensativa,
venían de alguna parte, iban a algún lugar y eran legión. De pronto el anciano
Bugaloo se me acerco, puso su mano sobre mi brazo (algo que un criado hindú
jamás se atrevería a hacer) y lo sacudió para llamarme la atención. Luego, en
un curioso inglés, me dijo: "Señorita Baba, escuche: Hay aquí millones de
personas. Millones que han estado aquí por largos años, antes que vinieran
ustedes los ingleses. El mismo Dios que me ama a mí, la ama a usted".
Desde entonces me he preguntado con frecuencia quien sería este viejo, y si mi
Maestro K. H. no lo habría empleado para romper el cascarón del formulismo que
me cubría. Este anciano parecía un santo y actuaba como tal y, probablemente,
era un discípulo. Me encontré nuevamente frente al mismo problema que me había
presentado Jessie Duncan, el problema del amor a Dios. ¿Qué había hecho Dios
por millones de seres que en el transcurso de las épocas vivieron en el mundo
antes de la venida de Cristo? ¿Habían muerto todos e ido al infierno, sin haber
sido salvados? Yo conocía el trillado argumento de que Cristo, durante los
tres días en que Su cuerpo permaneció en la tumba, fue "a predicar a los
espíritus que estaban en la prisión", es decir, en el infierno, lo cual no
me parecía justo. ¿Por qué darles sólo una pequeña oportunidad de tres días,
después de haber pasado miles de años en el infierno, por haber vivido antes de
que Cristo viniera? Por lo tanto, podrán ver que estos interrogantes internos
repercutieron poco a poco en mi oído espiritual.
El otro
episodio tuvo lugar en Quetta. Decidí que era absolutamente necesario, tanto
para mi paz mental como para el bien de los soldados, dar una charla acerca del
infierno. En mis años de evangelista nunca lo había hecho. Siempre eludí el
problema y esquivé la cuestión. Tampoco había hecho una afirmación definida de
que existía un infierno y que yo creyera en él, ni estaba completamente segura
de la existencia de un infierno, pero sí de que había sido salvada y no sería
enviada allí. En realidad, si existía, debía hablarse de él, ya que Dios lo
empleaba para introducir a tanta gente indeseable. De modo que decidí leer todo
lo referente al infierno y también averiguar lo que existía a ese respecto.
Estudié el tema durante un mes, leyendo especialmente las obras de ese teólogo
desagradable que era Jonathan Edwards. No tienen una idea de cuán abominables
son algunos de sus sermones. Son atroces y revelan una naturaleza sádica. En
bina parte, por ejemplo, habla de los infantes que mueren sin bautismo y los
tilda de "pequeñas víboras" ardiendo en el fuego del infierno. Eso sí
me pareció realmente injusto. Ellos no pidieron nacer, eran demasiado pequeños
para saber algo acerca de Jesús, ¿por qué, entonces, debían consumirse en el
fuego por toda la eternidad? Me saturé con la idea del infierno y atiborrada de
información, olvidando que nadie volvió de allí para decirnos o contarnos si
existía o no, esa tarde hablé desde el estrado a quinientos hombres, dispuesta
a aterrorizarlos y llevarlos a los tribunales
celestiales.
Era un
salón inmenso con amplios ventanales de estilo francés que daban a un rosedal,
en esa época florecido. Espeté lo que tenía que decir, grité, vociferé y
recalqué el peligro en que se hallaba el auditorio. Me dejé llevar por el tema,
pensando en el infierno, y olvidé lo que me rodeaba. De pronto, transcurrida
media hora, me di cuenta de que no tenía auditorio. Uno a uno los hombres se
habían escapado por los ventanales. Estuvieron escuchando hasta que no
aguantaron más, y se reunieron en torno a los rosales para reírse de esta pobre
tonta. Me quedé con un puñado de soldados de espíritu religioso, a quienes sus
camaradas llamaban "tragabiblias", con toda irreverencia. Eran
miembros del grupo de oración y esperaron en silencio, con gentileza e
impasibles, que terminara. Cuando llegué a un tambaleante final, se me acercó
un sargento con mirada de lástima y me dijo: "Señorita, usted sabe que
mientras dijo la verdad, escuchamos todo lo que tuvo que decirnos, pero cuando
empezó a decir mentiras, la mayoría de nosotros se levantó y se fue, eso
hicimos". Fue una lección drástica y violenta, que en ese entonces no
comprendí. Creía que la Biblia enseñaba la existencia del infierno, por lo
tanto, todo lo que consideraba de valor recibió un sacudón. Si la enseñanza
acerca del infierno no era verdad ¿qué cosas no serían falsas?
Estos tres
episodios obligaron a mi mente a formular los más serios interrogantes, lo cual
ayudó a que oportunamente tuviera un colapso nervioso. ¿Había estado yo
equivocada todo el tiempo? ¿Debía aprender algunas cosas más? ¿Existían otros
puntos de vista que podrían posiblemente ser correctos? Sabía que mucha gente
buena no pensaba como yo y hasta entonces había sentido lástima por ellos. Si
Dios es tal como me lo figuraba (y ¡oh terrible pensamiento!), si Dios es tal
como lo imaginaba y si realmente yo comprendía a Dios y lo que Él deseaba,
¿podría Él ser Dios? –porque (si yo lo comprendía) debía ser tan perecedero
como yo. ¿Existía un infierno? y si existía ¿por qué Dios enviaba a alguien a
un lugar tan desagradable si era un Dios de amor? Yo no lo podría hacer. Yo,
Dios, diría a la gente: "Si no pueden creer en Mí, lo lamento, pues
realmente merezco que crean en Mí, pero no puedo ni quiero castigarlos
simplemente por eso. Quizás ¿no habrán oído o no puedan evitar el oír hablar
cosas erróneas sobre Mí?" ¿Por qué debía ser yo más bondadosa que Dios?
¿Sabía yo de amor más que Dios? y si era así, ¿cómo Dios podía ser Dios, y por
lo tanto ser yo más grande que Él en ciertos aspectos? ¿Sabía yo lo que estaba
haciendo? ¿Cómo podía seguir enseñando? Y así sucesivamente. Empezó a
manifestarse un cambio en mis puntos de vista y en mi actitud. Había comenzado
una pequeña fermentación, fundamental en sus resultados y angustiosa en sus
implicaciones. Estaba muy preocupada y no dormía bien. No podía pensar con
claridad ni me animaba a consultar a nadie.
En 1906
empecé a decaer físicamente. Los dolores de cabeza que siempre sufría,
aumentaron, y quedé deshecha. Tres cosas fueron la causa de este decaimiento:
primero, me había hecho cargo de demasiada responsabilidad para mis pocos años
y, segundo, sufría una aguda perturbación síquica. Cuando había trastornos y
dificultades en conexión con el trabajo, me culpaba íntimamente a mí misma.
Aún debía aprender la lección de que el verdadero fracaso era considerarse
derrotado y ser incapaz de continuar. adelante. Pero lo que más me importaba
era que la trama interna de mi vida comenzaba a desmoronarse. Había puesto en
juego toda mi vida por las palabras de San Pablo: "Conozco a Aquél en
Quien he creído y estoy persuadido de que Él retendrá lo que le he confiado
hasta ese día". Pero ya no estaba tan segura de que existiera el día del
Juicio, ni tampoco de lo que le había confiado yo a Cristo; dudaba de todo lo
que me habían inculcado. De lo único que nunca dudé y que estaré eternamente
segura, es de la realidad de la existencia de Cristo. Sé en Quién he creído.
Ese hecho soportó la prueba, no va basada en la creencia, sino en el
conocimiento. Cristo EXISTE. Es el "Maestro de Maestros y el Instructor de
ángeles y hombres".
Pero más
allá de este hecho inalterable, toda la trama mental de mi vida y mi actitud
hacia la trillada teología de mis compañeros de tarea, fue sacudida hasta los
cimientos, y este sacudón duró hasta 1915. Desafortunadamente para mí y también
constituyendo la tercera razón de mi decaimiento físico, me enamoré, por
primera vez en mi vida, de un soldado raso que pertenecía al regimiento de
húsares. Muchas veces creí estar enamorada. Recuerdo bien a un mayor de cierto
regimiento (hoy un general famoso) que quería casarse conmigo. Fue una época
muy divertida. Enfermé de sarampión, mientras me encontraba en determinado
sector de la India, y me habían llevado como paciente externa a un hospital de
nativos dirigido por médicos ingleses. Diagnosticaron sarampión, me pusieron
en cuarentena en un chalet del establecimiento, con mi viejo criado que dormía
por la noche delante de la puerta. No pude haber tenido un acompañante más
perfecto. Tres médicos y este mayor de quien hice alusión, pasaban las noches
conmigo. Puedo verlos sentados en torno de una mesa con una lámpara de
petróleo, pues era invierno, y el doctor X con sus pies sobre el hogar leyendo
el diario, el otro médico el mayor, jugando al ajedrez y yo, llena de ronchas,
cosiendo afanosamente. Una insignificante gobernanta me robó al mayor, cual no
fue muy lisonjero por cierto, y uno de los médicos me profesó un amor sin
esperanzas durante años. Hasta llegó a perseguirme de la India a Escocia, para
mi horror y espanto y sorpresa de mi familia que no podía comprender por qué me
quería tanto. Otros hombres se habían interesado por mí, pero ninguno me
interesó hasta conocer a Walter Evans.
Era bien
parecido. De mente brillante y muy educado, y por mis buenos oficios se había
convertido totalmente a mis ideas. De no estar ocupada en mi tarea en esos
momentos, no hubiera existido problema alguno, excepto el económico, pero la
dificultad residía en la suposición de que las damas que trabajaban en los
Hogares Sandes para Soldados, tenían tales conexiones aristocráticas (y
realmente las tenían), que la posibilidad o probabilidad de un matrimonio con
un soldado, estaba fuera de toda cuestión. El bien definido sistema de castas
en Gran Bretaña, contribuía a sostener esta posición. Las demás no debían, no
podían y generalmente no querían enamorarse de un soldado raso. Me encontraba,
por lo tanto, no sólo frente a mi problema personal, pues Walter Evans no era
de la misma condición social, sino que también abandonaba el trabajo,
dificultando las cosas para mis compañeras de labor. Estaba totalmente
frenética y me sentía traidora. El corazón me impulsaba en un sentido y la
cabeza decía rotundamente "no", me sentía enferma y tan mal que no
podía pensar con claridad.
Me disgusta
tener que referirme a este período de mi vida y detesto enormemente remover el
polvo de los años que siguieron. Me habían educado para demostrar digna
reticencia; mi trabajo en los Hogares Sandes para Soldados, me había enseñado
a no hablar de mí misma. De todas maneras, no me gusta entablar discusiones en
torno de mi propia persona, especialmente acerca de los hechos de mi vida
relacionados con Walter Evans. Gran parte de mi tiempo, en los últimos veinte
años, lo pasé escuchando las confidencias de personas con preocupaciones y
duras experiencias. Me han asombrado los detalles íntimos que me confiaron,
aparentemente con alegría. Nunca pude comprender este quebrantamiento de las
reglas, en los detalles personales, de allí mi dificultad para escribir esta
autobiografía.
Cierta
noche calurosa en Locknow que no podía dormir, me puse a caminar de un lado a
otro en mi habitación, totalmente desolada. Salí a la amplia galería bordeada
de arbustos florecidos, pero sólo encontré mosquitos. Retorné a mi habitación,
me detuve por un momento junto al tocador. De pronto, un ancho haz de luz
brillante inundó mi cuarto y oí la voz del Maestro que vino a mí cuando tenía
quince años. Esta vez no lo vi, pero permanecí de pie en medio de la habitación
escuchándolo. Me dijo que no me preocupara indebidamente, que estaba bajo
observación, haciendo lo que Él quería que hiciese, que todo había sido
planificado y se iba a iniciar el trabajo que debía realizar en mi vida,
delineado anteriormente, pero ahora irreconocible para mí. No me ofreció
solución para ninguno de mis problemas ni me dijo lo que tenía que hacer. Los
Maestros nunca lo hacen ni dicen al discípulo lo que debe hacer, dónde debe ir
o cómo manejar una situación, a pesar de todas las tonterías de los devotos y
bien intencionados. El Maestro es un ejecutivo muy ocupado y Su tarea consiste
en guiar al mundo. Nunca pronuncia palabras dulces a personas mediocres, sin
influencia alguna o que no han desarrollado la capacidad de servir. Menciono
esto último porque es algo que debe ser aclarado, pues ha desviado a mucha
gente buena. Aprendemos a ser Maestros resolviendo nuestros propios problemas,
corrigiendo nuestros errores, aliviando parte de la carga de la humanidad y
olvidándonos de nosotros mismos. Esa noche, el Maestro no me dio ningún
consuelo, ni me felicitó ni pronunció lindas palabras; lo único que me dijo
fue, "el trabajo debe ir adelante. No lo olvides. Disponte a trabajar. No
te dejes engañar por las circunstancias."
Tengo que
reconocer, para decir las cosas como son, que Walter Evans se comportó
perfectamente bien. Se dio cuenta de la situación, haciendo todo lo que estuvo
a su alcance para mantenerse en segundo plano y facilitarme las cosas. Cuando
llegó la época del calor, me fui a Rhanikhet con la señorita Schofield, y allí,
todo lo que había entre Walter Evans y yo, se definió. Pasamos un verano
riguroso. Habíamos establecido un nuevo Hogar para Soldados y no me había
sentido muy bien durante ese período. Walter Evans había venido con su
regimiento de caballería; él y otros soldados me enseñaron a cabalgar mejor de
lo que sabía. La señorita Schofield veía lo que iba ocurriendo. Éramos amigas
íntimas, siendo esto afortunado. Me conocía bien y confiaba plenamente en mí.
Un día, hacia el final del verano, cuando terminó el monzón, me dijo que dentro
de una semana se cerraría el Hogar y que me encargaba esa tarea, a pesar de
saber que Walter Evans estaba allí y yo iba a quedar sola en la casa. La
víspera, antes de salir para Rhanikhet, llamé a Walter Evans para decirle que
toda relación entre nosotros era imposible, que no lo vería nunca más, siendo
definitiva esta despedida. Aceptó mi decisión, y yo regresé a la llanura.
Una vez
allí, me derrumbé del todo. Estaba agotada por exceso de trabajo, con continuas
y terribles jaquecas y, como punto culminante, este asunto amoroso. Nunca he
podido tomar las cosas a la ligera, ni lo he hecho, a pesar de mi gran sentido
del humor que tantas veces ha salvado mi vida. Siempre tomé la vida y las
circunstancias con mucha seriedad y viví una vida mental muy intensa. Tengo la
idea que en una vida anterior les fracasé seriamente a los Maestros. No
recuerdo lo que fue, pero albergo el profundo sentimiento de que en esta vida
no fracasaré y que debo triunfar. Cómo fracasé en el pasado, no interesa, pero
hoy no debo hacerlo.
Siempre me
han molestado las tonterías de la gente acerca del recuerdo de las vidas
pasadas. Soy profundamente escéptica en lo que concierne a ello. Creo que los
numerosos libros que se han escrito, dando detalles de las vidas pasadas de
ocultistas prominentes, evidencian una vívida imaginación, no son verídicas y
engañan al público. Esta creencia ha sido reforzada por el hecho de que en mi
trabajo he tropezado, por docenas, con Marías Magdalenas, Julios Césares y
otros personajes importantes, que confesaron ampulosamente su identidad, no
obstante, en esta vida son gente muy común y poco interesante. Estos famosos
personajes parecen haber sufrido un penoso deterioro desde sus últimas
encarnaciones, lo que hace surgir en mi mente una duda acerca de la evolución.
Además no creo que en el largo cielo de experiencia del alma, ésta recuerde o
le interese el cuerpo que ocupaba, o lo que realizó hace cien años o dos, u
ocho o mil años atrás, del mismo modo que mi personalidad actual no tiene la
menor idea ni interés en lo que hice el 17 de noviembre de 1903 a las 3.45 p.m.
Probablemente una sola vida no tendrá más importancia para el alma que para mí
15 minutos en 1903. Por supuesto que habrá algunas vidas, ocasionalmente, que
se destacarán en el recuerdo del alma, así como hay días inolvidables en esta
vida, pero son pocos y ocurren muy de vez en cuando.
Sé que
innumerables vidas de experiencia y amargas lecciones, han hecho de mí lo que
soy. Estoy segura que el alma podría (si quisiera perder tiempo) recordar sus
pasadas encarnaciones, porque el alma es omnisciente, pero ¿de qué me
serviría? Sería solamente una forma de egocentrismo y una historia penosa. Si
poseo hoy alguna sabiduría y si cualquiera de nosotros puede evitar cometer
errores mayores en la vida, se debe a que hemos aprendido, por duras
experiencias, a no volver a hacer esas cosas. El pasado (desde el actual punto
de vista espiritual) probablemente resulte vergonzoso en grado sumo. Hemos
matado, robado, difamado y engañado; fuimos egoístas, perjuros, ambiciosos y
desleales. Pero hemos pagado el precio, porque la gran ley a que se refiere
San Pablo: "Lo que un hombre sembrare, eso recogerá", actúa siempre y
rige eternamente. Por eso hoy no hacemos esas cosas, porque no nos agradó el
precio que tuvimos que pagar y pagamos. Creo que ha llegado el momento, para
esos idiotas que pierden tanto tiempo y esfuerzo en recordar sus pasadas
encarnaciones, de despertar a la realidad y de que si se vieran como realmente
fueron, guardarían eterno silencio. Quienquiera yo haya sido y hecho en una
vida anterior, fracasé. Los detalles no interesan, pero el temor al fracaso
está profundamente arraigado y es innato en mi vida. De aquí el profundo
complejo de inferioridad que sufro, pero trato de ocultarlo en bien de la obra
que realizo.
Por eso,
con gran determinación e íntimo sentido de heroísmo, dispuse llevar una vida de
solterona y traté de seguir adelante con la obra.
No
obstante, no bastaron mis buenas intenciones para continuar con el trabajo.
Estaba demasiado enferma. La señorita Schofield, por lo tanto, resolvió
llevarme de nuevo a Irlanda y ver lo que Elise Sandes sugeriría. Me sentía
demasiado enferma para protestar, y había llegado al punto en que no me
importaba vivir o morir. Clausuré el Hogar para Soldados en Rhanikhet y, hasta
donde sabía, todas las cuentas estaban en orden. Traté de efectuar las
reuniones evangélicas hasta el final, pero ahora me doy cuenta de que ya no
hacía impacto. Sólo recuerdo la gran bondad del Coronel Leslie que supervisó mi
traslado de Rhanikhet a la llanura. Fui en carruaje, crucé un torrentoso río
sobre las espaldas de un hombre y viajé en un carrito durante muchas millas;
luego tomé otro, carruaje que me llevó a un lugar donde pude tomar el tren
hacia Delhi. Entonces no existía Nueva Delhi. El coronel se ocupó de todo,
almohadones, cobijas, comida, y lo que pudiera necesitar. Mi "durzi” o
sastre personal, decidió acompañarme hasta Bombay, pagando sus propios gastos,
simplemente porque sentía cariño por mí. Él y mi acompañante me cuidaron y
jamás he olvidado su bondad y gentil ayuda.
Cuando
llegué a Delhi, el Jefe de la estación me informó que el gerente general había
enviado desde Bombay un vagón especial para mí. Cómo supo que estaba enferma,
no lo sé, pero era uno de los cinco hombres mencionados, al referirme a mi
primer viaje. Nunca le di las gracias, pero le estoy muy reconocida.
Nada
recuerdo de ese viaje de la India a Irlanda, exceptuando os casos. Uno, mi
llegada a Bombay al hotel. Recuerdo que subí mi cuarto y me tendí en la cama,
demasiado cansada para lavarme y desempacar mis cosas; también que al
despertar, diecisiete horas después, me encontré de un lado de la cama con el
rostro de la señorita Schofield y del otro con el del doctor. He dormido en esa
forma una o dos veces en mi vida, cuando he estado agotada al máximo. El
segundo caso fue cuando me embarcaron en un buque de la compañía P. y 0.,
donde, para mi vergüenza y horror, me puse a llorar debido a la gran debilidad
y agotamiento nervioso. Lloré todo el viaje de Bombay a Irlanda; lloré en el
camarote, en la cubierta y durante las comidas, y desembarqué en Marsella con
lágrimas que corrían por mis mejillas. Lloré en el tren que me condujo a París,
en el hotel de esa ciudad, en el tren a Calais y en el barco que me llevó a
Inglaterra. Lloré incesante y desesperadamente, sin poder evitarlo, por mucho
esfuerzo que hice. Recuerdo haber reído solamente dos veces, pero reí de veras.
Una cuando descendimos en Avignon para comer; al entrar a un restaurante, el
mozo que atendía me lanzó una mirada y dejó caer de las manos, uno por uno,
tres docenas le platos –honestamente creo que al verme llorar y llorar. Otra
cosa que me hizo reír fue en una pequeña estación de Francia, donde el tren se
detuvo por diez minutos. Una dama de nuestro compartimiento descendió del tren
para ir a la sala de señoras. En esa época los trenes carecían de todo tipo de
comodidades. Entonces se trataba de dar más categoría al reservado,
aplicándole las siglas W. C. (Water Closet). Volvió al tren riendo a
carcajadas, y cuando pudo, me dijo: "Mi querida, como sabe, fui al Wesley
and Chapel (Capilla Wesley), no estaba muy limpia pero, uno siempre espera que
los W. C. sean feos. Pero lo que me desconcertó, fue un cómico portero francés
parado impacientemente en la puerta, para alcanzarme la hoja de himnos".
Dejé de llorar por unos minutos y comencé a reírme hasta enfermar, entonces la
señorita Schofield creyó que me había dado un ataque de histeria.
Por fin
llegamos, a Irlanda y me encontré con mi querida señorita Sandes. Recuerdo que
experimenté alivio y que me invadió el sentimiento de haber terminado con todas
mis dificultades. Por lo menos ella comprendería la situación y apreciaría lo
que había hecho. Para mi asombro descubrí que todo mi gallardo sacrificio fue
considerado por ella como un gesto absolutamente innecesario. Me creyó, y
quizás con toda razón, una criatura aturdida que se refugia en lo dramático.
Por supuesto, se sintió profundamente decepcionada conmigo. Yo hice justamente
lo que sus muchachas nunca hubieran hecho. Había contado con mi ayuda por
muchos años y hasta hizo los trámites necesarios para asociarme a su obra, pese
a mi juventud. Consideró que podía hacerlo porque, según me dijo, le agradaba
mi sentido del humor, reconocía mi integridad básica y lo que ella llamaba mi
"aplomo espiritual", y además sabía que era esencialmente honesta.
En realidad una vez me dijo, mientras caminábamos por una senda de la campiña,
en Irlanda, que mi franqueza podía acarrearme trastornos, y que mejor sería que
aprendiera a no decir la verdad abiertamente. A veces el silencio puede ser
muy útil.
En
consecuencia, llegué a la conclusión de que había fallado en mi trabajo y por
lo tanto a la señorita Sandes. Ya había dejado de llorar y me sentía contenta
de estar con ella. Aún puedo ver la salita de la pensión, en la pequeña villa o
pueblo, a orillas del mar, cerca de Dublin, donde fue a esperar a Theo
Schofield y a mí. Oyó mi historia de labios de Theo, que tanto me quería. Oyó
también mi propia versión, la historia de una santa aturdida y martirizada, por
lo menos eso me consideraba entonces. Esa noche me mandó a la cama diciéndome
que me vería a la mañana siguiente. Después del desayuno me dijo que en
realidad no había razón para no casarme si así lo deseaba, siempre que el
asunto se hiciera con toda discreción. La situación requería, lo que en el
Bhagavad Gita, esa antigua Escritura de la India, se llama "habilidad en
la acción". La señorita Sandes me quería y mimaba y me recomendó no
afligirme. Me sentía demasiado cansada para preocuparme y también para pensar
acerca de la "habilidad en la acción". Me quedé azorada al saber que
mi maravilloso y heroico sacrificio espiritual para bien de la obra, era
considerado innecesario. Me sentí abandonada. Durante ese día desarrollé un
estado de ánimo terrible; sentíme tonta o estúpida. Entonces abandoné a esas
dos maduras y queridas damas, que quedaron discutiendo acerca de mí y mis
planes; salí a caminar para sentir el fresco aire de la noche. Estaba hastiada,
desanimada y descorazonada; recuerdo únicamente que un policía me levantó y me
sacudió (parece que hubiera estado destinada a ser sacudida por la gente) y
mirándome con profunda sospecha, me dijo: "Trate de no desmayarse en
lugares como éste. Son las nueve de la noche, tiene suerte que la haya visto.
Vaya a su casa". Arrastrándome me volví, muerta de frío y empapada por la
lluvia y las salpicaduras del agua del mar que barría el muelle, donde
aparentemente había estado tirada por largo rato. Balbuceando, narré lo
acontecido a Elise y a Theo, los cuales amorosamente me pusieron en cama. Creo
que adquirí cierto sentido de proporción y comprendí que para los jóvenes
resultan trágicos los acontecimientos de la vida y que la exageración de los
hechos es una reacción natural de la juventud.
Al día
siguiente me dirigí a Edimburgo para visitar a mi querida tía Margaret
Maxwell. Allí mis problemas se complicaron más, no sólo por su solicitud para
conmigo, sino por la llegada de un hombre muy agradable y encantador que me
había seguido desde la India para proponerme matrimonio. Sobre esa complicación
vino otra. A la mañana siguiente recibí una carta de un oficial del ejército,
que estaba en Londres, en la que me decía que accediera a casarme con él
inmediatamente. Ahí estaba yo, con una solícita tía, dos compañeras de trabajo
ansiosas por serme útiles y tres hombres en mis manos. Sabía que a mi tía
podía hablarle de Walter Evans, y así lo hice, exponiendo con franqueza la
situación. No me atreví a mencionar a los otros dos, pues por su actitud
conservadora habría pensado que algo en mí no funcionaba bien, por haber
esperanzado a tres hombres simultáneamente, lo cual no era así. A decir verdad
nunca fui coqueta.
Disponía de
sólo una semana para estar en Edimburgo, antes de partir para Londres, debido a
que mi pasaje de vuelta a Bombay había sido reservado antes de abandonar la
India. Mi problema consistía en saber a quién recurrir para aconsejarme. Pude
hacerlo fácilmente. Fui a la Casa de la Diaconesa, en Edimburgo, para ver a la
directora de las diaconesas de la Iglesia Escocesa. Era hermana de Sir Williams
Maxwell, del castillo de Cardoness, cuñada de mi tía con la que vivía. Para mí
era siempre "tía Alice", a quien adoraba por no haber en ella la más
mínima estupidez o estrechez de criterio. Me parece estar viéndola, alta y erecta,
con su uniforme de diaconesa, irguiéndose para darme la bienvenida en su
hermoso saloncito. Su uniforme era de una gruesa seda marrón, y generalmente
usaba cuellos y puños de fino encaje que solía hacerle, pues yo, era una
excelente tejedora. Aprendí a tejer encajes de punto irlanda cuando era muy
joven, y eran realmente hermosos. Durante muchos años le tejí cuellos y puños,
agradecida por la comprensión que siempre me demostró. Nunca se casó, pero
conocía la vida y amaba a la gente. Le conté el asunto de Walter Evans, y del
Mayor del Ejército en Londres, y también del idiota acaudalado y tonto que me
había seguido hasta allí y que en ese momento me esperaba afuera. Me parece
verla al levantarse e ir hacia la ventana, espiar a través de la cortina de
encaje y reírse. Conversamos durante dos horas, quedando el asunto en sus
manos, para pensarlo y rogar sobre lo que yo debía hacer. Me prometió que haría
lo humanamente posible para resolver mi problema, pues debido a mi enfermedad
no podía razonar, y además tenía muy poco sentido común. Fue un alivio dejar
todo en sus hábiles manos, y regresé a casa de mi tía, sintiéndome mejor. Al
cabo de unos días volví a Londres para embarcarme otra vez para la India,
acompañada por Gertrude Davies‑Colley, quien quedaría conmigo y me
cuidaría, porque evidentemente estaba demasiado enferma para quedarme sola.
De manera
que volví a mi trabajo sin tener la más remota idea de cómo se desarrollaría mi
vida. Decidí vivir al día, sin mirar el futuro. Confiaba en el Señor y en mis
amigos, y esperé.
Mientras
tanto tía Alice se puso en contacto con Walter Evans. Su contrato con el
ejército estaba a punto de expirar y. debía abandonar la India. Mi tía le pagó
todos los gastos para que fuera a los Estados Unidos a seguir allí un curso de
teología, donde se graduaría de clérigo de la Iglesia Episcopal, que en Norteamérica
es equivalente al de la Iglesia Anglicana. Hizo esto para procurarle una
posición social que facilitara mi oportuno casamiento. Lo realizó todo
abiertamente, informándome de cada paso que daba y enterando también a la
señorita Sandes. Sin embargo, se hizo silencio en lo que concernía a mi trabajo
en el ejército, y con el tiempo abandoné la India, entendiéndose que vo Ía para
casarme con un clérigo.
Regresé a Umballa
y realicé todo el trabajo necesario durante el invierno; luego en el verano fui
a Chalcrata a dirigir el Hogar para Soldados de esa región. Mi salud empeoraba
cada vez más v mis jaquecas eran más frecuentes. Allí el trabajo era muy pesado
y recuerdo, con gratitud, la bondad y gentileza de dos hombres que hicieron
tanto por mí, que de no haber sido por ellos pensé muchas veces si estaría aún
viva. Uno era el coronel Leslie, cuyas hijas, de mi misma edad, eran amigas
mías. Frecuentaba mucho su hogar y me cuidaba con toda solicitud; el otro, el
coronel Swan, médico oficial del ejército del distrito, a quien yo consultaba
en su carácter de médico. Hizo todo lo que pudo por mí, a veces me cuidaba
durante horas, pero empeoré tanto, que ambos, el coronel Leslie y el coronel
Swan, tomaron el asunto en sus manos, cablegrafiaron a mis parientes y a la
señorita Sandes, explicando que me enviarían de regreso a Inglaterra en el
primer barco que zarpara.
Cuando
regresé a Londres fui a ver a Sir Alfred Schofield, hermano de Theo Schofield,
uno de los más destacados neurólogos y clínicos de Londres. Me puse totalmente
en sus manos. Era un hombre de inteligencia brillante y realmente me
comprendía. Le consulté aterrorizada por mis jaquecas. Creía tener un tumor en
el cerebro, o que me estaba volviendo loca, u otra tontería por el estilo, y
estaba demasiado enferma físicamente para combatir esas fobias con éxito.
Después de breve conversación se levantó del escritorio, y encaminándose, hacia
uno de los anaqueles de su biblioteca, extrajo un grueso y pesado volumen. Al
abrirlo, me señaló determinado párrafo y me dijo: “Joven, lea estas cuatro o
cinco líneas y elimine sus temores". Me enteré que la jaqueca no era nunca
fatal, que no traía consecuencias sobre la mentalidad del sujeto y que las
víctimas eran generalmente personas mentalmente bien equilibradas y con fuerza
mental. Tuvo la inteligencia suficiente para adivinar mis temores ocultos, y lo
menciono para bien de otros. Me envió a la cama por seis meses y me dijo que
cosiera todo el tiempo. De modo que me dirigí a casa de mi tía Margaret, en
Casttamont, volví a mi antiguo dormitorio, que ocupé durante tantos años, y le
confeccioné a mi hermana un ajuar completo de ropa interior, enaguas con
frunces y puntillas, cosidas a mano con punto fantasía; calzones con volados
(que en esos días ni se mencionaban) y un cubrecorsé, de los que ya no se ven y
están fuera de moda, como el fabuloso y extinto "dodo”. Debo decir en mi
favor que era una buena bordadora y lencera. Todos los días me levantaba e iba
a caminar por los páramos, y cada semana me sentía levemente mejor. Walter
Evans me escribía regularmente desde Norteamérica.
CAPITULO TERCERO
ME
resulta difícil describir los años siguientes, como también explicar esa fase
de mi vida. Retrotrayéndome a esa época, sé muy bien que mi sentido del humor
me abandonó temporalmente, y cuando esto sucede a quien habitualmente se ríe de
la vida y las circunstancias, es algo terrible. Cuando digo “humor” no quiero
significar un sentido humorista, sino predisposición a reírse de uno mismo, de
los hechos y de las circunstancias y en relación con el propio medio ambiente y
equipo. No creo que posea un sentido humorístico. Simplemente, no comprendo las
historietas de los periódicos dominicales y tampoco puedo recordar un chiste,
pero poseo sentido del humor y no tengo dificultad en hacer reír a carcajadas a
un auditorio por numeroso o pequeño que sea. Siempre puedo reírme de mí misma,
pero en dichos años nada hubo divertido, y mi problema consiste en describir
este ciclo sin ser mortalmente aburrida o presentar un cuadro deprimente de
una mujer desgraciada, pues eso era yo. Lo haré y relataré mi historia con su
sufrimiento, dolor y angustia, lo mejor que pueda, pidiéndoles que tengan paciencia.
Fue el período trascurrido entre veintiocho felices años y otros veintiocho
años también felices, que aún continúan siéndolo.
Hasta 1907 había tenido mis desvelos y
problemas, pero eran básicamente superficiales. Tuve éxito desempeñando un trabajo
que me agradaba. Estaba rodeada de personas que me apreciaban, y no recuerdo
haber tenido cuestiones con mis colaboradores. No sabía lo que eran necesidades
económicas. En la India podía viajar a donde quería y retornar a Gran Bretaña
sin preocupaciones. En realidad no tenía dificultades personales que encarar.
Pero
llegamos aquí a un ciclo de mi vida, de siete años, donde sólo conocí
dificultades que afectaron a toda mi naturaleza. Entré en un período de gran
zozobra mental. Debí afrontar situaciones que exigían la máxima reacción
emocional de que era capaz, y físicamente la vida se hizo en extremo dura. Creo
que estos períodos, difíciles de aceptar, son necesarios en la vida de todos
los discípulos activos, pero estoy firmemente convencida que si los enfrentamos
con pleno conocimiento y determinación del alma, inevitablemente siempre
tendremos la fortaleza necesaria para dominar las circunstancias. El resultado
es siempre (en mi caso y en el de quien se esfuerza por trabajar
espiritualmente) adquirir mayor capacidad para satisfacer la necesidad humana y
ser una mano fuerte tendida en la oscuridad” para otros compañeros peregrinos.
Mientras una de mis hijas atravesaba por una experiencia terrible, permanecí
con ella, y pude observar cierta capacidad —como resultado de sufrir
pacientemente durante cinco años— que de otra manera no habría sido posible,
pues aún es joven, y tiene un futuro útil y constructivo por delante. No hubiera
podido ayudarla de no haber pasado por la misma prueba de fuego.
Después
de estar enferma seis meses, se tomaron disposiciones para mi casamiento. El
poco dinero que me pertenecía fue legalmente administrado, de modo que Walter
Evans no pudiera tocarlo. Tía Alice le envió el dinero necesario para su ropa y
para venir a Escocia a buscarme. En esa época vivía con mi tía, la señora de
Maxwell, en Castramont. El matrimonio fue celebrado por el señor
Boyd-Carpenter, en la capilla privada de la casa de un amigo. El hermano mayor
de mi padre, William La Trobe-Bateman (también un religioso), fue mi padrino.
Inmediatamente
después del casamiento pasamos una temporada en casa de los parientes de
Walter Evans, en el norte de Inglaterra. Un pariente político, presente en la
boda, relacionado con media Inglaterra, me despidió aparte, diciéndome: “Alice,
ahora que te has casado con este hombre, irás a visitar a su familia. Hallarás
que no son como los tuyos, tu deber consistirá en que se sientan igualmente
como los tuyos. Por amor al cielo, no seas pedante”. Con estas palabras me introdujo
en un período de mi vida en el que abandoné todo rango y posición social y,
repentinamente, descubrí a la humanidad.
No
soy de esas personas que creen que sólo el proletariado es bueno y está en lo
cierto, y que la clase media constituye la sal de la tierra, mientras que la
aristocracia es completamente inútil y debería desaparecer. Tampoco acepto la
idea de que sólo los intelectuales pueden salvar al mundo, aunque es el punto
de vista más sensato, porque el intelectual puede surgir de todas las capas
sociales. He hallado personas terriblemente pedantes entre la denominada clase
inferior, y también he conocido tipos similarmente virulentos en la
aristocracia. El puritanismo y el conservadurismo de la clase media es la gran
fuerza equilibradora de toda nación. El empuje y rebeldía de las clases
inferiores promueve el engrandecimiento de los pueblos, mientras que la
tradición, la cultura y la actuación de la aristocracia, constituyen el valioso
acerbo de una nación. Todos estos factores son de correcta y sensata utilidad,
pero todos pueden también ser mal empleados. El conservadorismo puede ser
peligrosamente reaccionario; una rebelión justa puede trasformarse en una
revolución fanática, mientras que el sentido de responsabilidad y de
superioridad, frecuentemente evidenciado por las clases, puede degenerar en un
“paternalismo estupefaciente”. No existe nación donde no hay diferencias de
clases. Puede haber una aristocracia de nacimiento en Gran Bretaña, pero en
Estados Unidos hay una aristocracia adinerada igualmente característica,
excluyente y rígida en sus barreras. ¿Quién puede decir cuál es mejor o peor?
Me crié en un sistema de castas muy rígido, y nada en mi vida había contribuido
a hacerme sentir en un pie de igualdad con quienes no pertenecían a mi casta.
No obstante aún debía descubrir que detrás de las diferencias de clases en
Occidente y del sistema de castas en Oriente, existe una gran entidad que
denominamos humanidad.
De
todos modos, con mis hermosos vestidos, mis costosas alhajas, mi voz cultivada
y mis modales sociales, me lancé a integrar la familia de Walter Evans, sin
pensar ni medir la situación. Hasta la antigua servidumbre veía la situación
con cierto escepticismo. El viejo cochero, Potter, nos condujo a la estación,
después de la ceremonia. Aún lo puedo ver con su librea y una cocarda en su
galera. Me conocía desde pequeñita; cuando llegamos a la estación descendió,
me tomó la mano y me dijo: “Señorita Alice, el hombre no me gusta, pero no
quisiera decírselo; si no la tratara bien, regrese inmediatamente. Envíeme sólo
algunas líneas y la esperaré en la estación”. Luego se marchó sin más palabras.
El jefe de la pequeña estación escocesa nos había reservado un coche hasta
Carlisle. Después de acompañarme hasta el mismo, me miró a los ojos y dijo: “No
es lo que yo hubiera elegido para usted señorita Alice, espero que sea feliz”.
Nada de esto causó en mí la menor impresión, y se me ocurre que dejé a un grupo
de parientes, amigos y servidumbre, muy preocupados. Yo estaba completamente
ajena a todo ello. Había hecho con sacrificio lo que creía correcto, recibiendo
ahora la recompensa. El pasado quedaba atrás. Mi tarea con los soldados había
terminado. Ante mí se extendía el futuro maravilloso con el hombre a quien
creía adorar; íbamos hacia América, un país nuevo y asombroso.
Antes
de llegar a Liverpool paramos en casa de la familia de mi esposo; nunca pasé un
momento más penoso. Eran buenos, cariñosos y dignos, pero jamás había comido
con gente de esa clase, ni dormido en una cama de ese tipo, sin servidumbre. Me
horrorizaba, y ellos sentían lo mismo por mí, aunque estaban algo orgullosos
porque Walter Evans había logrado tanto por sí mismo. Quisiera ser justa con
Walter y confesar que años después cuando nos separamos, él había ingresado en
una de las grandes universidades a fin de seguir un curso para graduados, y en
ese entonces recibí una carta del rector de la universidad pidiéndome que
volviera a su lado. Me imploraba (como persona anciana y experimentada) que
fuera al lado de mi esposo, señalando que en su larga experiencia con miles de
jóvenes, nunca había conocido a nadie tan bien dotado, espiritual, mental y
físicamente, como Walter. Por lo tanto no era de extrañar que me hubiera
enamorado y casado con él. Todos los indicios eran buenos, excepto su condición
social y su falta de dinero, pero como íbamos a vivir a Norte América, eso no
sería de importancia, pues dentro de poco se ordenaría en la Iglesia
Episcopal. Podríamos arreglarnos con su salario y mi pequeña renta.
Fuimos
directamente de Inglaterra a Cincinati, Ohio, y mi esposo estudiaba en el
Seminario Teológico de Lane. Inmediatamente resolví tomar juntamente con él
los distintos cursos, mientras que con el dinero que yo poseía nos mantuvimos
los dos y pagamos todos los gastos.
Cuando
entré a analizar los detalles de la vida matrimonial, descubrí que nada tenía
en común con mi esposo, excepto nuestros puntos de vista religiosos. Él
ignoraba toda mi raigambre y yo la de él. Ambos tratamos entonces de llevar
nuestro matrimonio adelante, pero fracasamos. Creo que hubiera muerto de pena
y desesperación, a no ser por la mujer de color que tenía a su cargo la casa
de pensión, lindando con el Seminario, en cuyo piso alto teníamos nuestra
habitación. Su nombre era señora Snyder, y se encariñó conmigo a primera vista.
Me mimaba y cuidaba en toda forma. Me amonestaba y defendía; por alguna razón
desconocida detestaba la sola presencia de Walter Evans y sentía placer en
decírselo. Se preocupaba para que yo siempre tuviera lo mejor. Por mi parte la
quería y era mi confidente.
Fue
entonces cuando, por primera vez en mi vida, enfrenté el problema racial. No
albergaba sentimientos racistas, excepto que no admitía el matrimonio entre
negros y blancos, pues ninguna de las partes podía ser feliz. Quedé anonadada
al descubrir que la Constitución Norteamericana postulaba la igualdad para
todos los hombres, pero que, por el impuesto al voto y la poca educación,
trataban cuidadosamente de que el negro no fuera igual. Las cosas están mejor
en el norte que en el sur, aunque el problema del negro debe resolverlo el
pueblo estadounidense. La Constitución ya lo ha resuelto. Recuerdo que en el
Seminario Teológico de Lane se había invitado a un profesor negro, el doctor
Franklin, para dar una conferencia al estudiantado. Al salir de la capilla nos
encontrábamos algunos profesores, mi esposo y yo, comentando la brillante
prédica del doctor Franklin, cuando acertó a pasar a nuestro lado. Uno de los
profesores lo detuvo y le dio dinero para que pagara su almuerzo. Ni siquiera
lo consideraban digno de almorzar con nosotros, pero sí podía hablarnos sobre
los valores espirituales. Estaba tan horrorizada que, con mi habitual
impetuosidad, corrí hacia un profesor y su esposa, a quienes conocía, y les
relaté el episodio. Inmediatamente regresaron conmigo y lo llevaron a su hogar
para almorzar juntos. La comprobación del sentimiento racista fue como el
descubrir una puerta abierta hacia el gran hogar de la humanidad. Aquí había un
gran sector de conciudadanos a quienes se les negaban los derechos que la
Constitución les otorga. Desde entonces he pensado, leído y hablado mucho
acerca de este problema de las minorías. Tengo muchos amigos negros, y creo
poder asegurar que nos comprendemos perfectamente. He conocido negros tan
cultos, prolijos y sensatos, en su modo de pensar, como muchos amigos blancos.
He tratado el tema con ellos, descubriendo que sólo piden igual oportunidad,
educación, trabajo y condiciones de vida. Ninguno ha reclamado igualdad social,
aunque llegará el momento en que deberán tenerla y la tendrán. He descubierto
que la actitud del negro culto y educado, hacia los miembros subdesarrollados
de su raza, es razonable y sensata, y un eminente abogado de raza negra, cierta
vez me dijo: “La mayoría de nosotros, especialmente en el sur, somos niños,
necesitamos cariño y ser educados como niños”.
Hace
algunos años, en Londres, recibí la carta de un científico, el doctor Just, que
me preguntaba si podía concederle una entrevista, pues deseaba hablar conmigo a
raíz de haber leído algunos de mis escritos. Lo invité a almorzar en el club y
al llegar comprobé que era negro, muy negro por cierto, resultando una persona
encantadora y muy interesante; iba de regreso a Washington luego de haber
dictado conferencias en la Universidad de Berlín, siendo uno de los más
destacados biólogos del mundo. Mi actual esposo y yo lo invitamos varias noches
en nuestra casa de Tunbridge Wells y ciertamente disfrutamos mucho con su
visita. Una de mis hijas le preguntó si era casado. Recuerdo que cuando se
dirigió a ella, le dijo: “Mi estimada señorita, nunca soñaría en pedir a una
niña de su raza que se case conmigo y sufra el inevitable ostracismo, y no he
encontrado entre las de mi raza ninguna que me pudiera dar el compañerismo
intelectual que deseo. No, nunca me he casado”. Ya ha fallecido, y por cierto
lo he lamentado mucho. Tenía la esperanza de estrechar nuestra amistad con este
excelente caballero.
Constantemente, durante mis treinta y seis años de
residencia en este país, me he sentido asombrada y aterrorizada por las
actitudes de muchos norteamericanos hacia sus compatriotas de la minoría negra.
El problema tiene que ser resuelto y dársele al negro el lugar que le
corresponde en la vida nacional. No deben ni deberán ser disminuidos. Les toca
a ellos demostrar su capacidad, y de nosotros depende el darles la oportunidad
para hacerlo; que las detestables exteriorizaciones y el odio ponzoñoso de un
hombre tal como el senador Bilbo, sean eliminados> pues hay un gran número
de personas como él. Nuevamente repito: creo que el problema racial no puede
ser resuelto hoy por el matrimonio entre razas (no hago profecías acerca del
futuro). Debe ser resuelto por una justicia temeraria, el reconocimiento de que
todos los hombres son hermanos, y que si el negro constituye un problema la
culpa es nuestra. Si no posee la apropiada educación ni ha sido adecuadamente
entrenado en la técnica de la ciudadanía, reitero, nuestra es la culpa. Ha
llegado el momento en que los hombres prominentes de la raza blanca, los
congresistas de ambas cámaras y los diversos partidos, cesen de vociferar por
la democracia y las elecciones libres en los Balcanes o en otras partes, y
apliquen los mismos principios a sus propios estados sureños. Perdonen esta
diatriba, pues como podrán observar, tengo una fuerte convicción sobre el
asunto.
Esta mujer de color, la señora Snyder, me cuidó y
atendió maternalmente durante meses enteros, hasta que nació mi hija mayor.
Hizo venir a su propio médico, que no era de color ni tampoco muy bueno, de
modo que no tuve la asistencia idónea que debí tener. No fue culpa de ella,
pues hizo todo lo que pudo para pasar el trance. No tuve suerte con los
nacimientos de mis tres criaturas, sólo una vez conté con los cuidados de una
enfermera profesional. De todas maneras, durante el nacimiento de mi primera
hija, carecí de un experto cuidado. Walter Evans en todos los casos se ponía
histérico, y demandaba casi toda la atención del médico, pero la señora Snyder
tenía la fortaleza de una torre y jamás la olvidaré. Luego el médico envió una
enfermera, pero era tan incompetente que sufrí mucho en sus manos, pasando tres
meses de gran malestar y angustia.
Después nos mudamos del seminario a otra vivienda.
Tomamos un pequeño departamento donde, por primera vez, quedé sola con una
criatura y toda la tarea hogareña. Hasta entonces nunca había lavado un pañuelo
ni cocinado un huevo o hecho una taza de té, siendo una mujer joven, totalmente
inexperta. Fue tan dura mi experiencia en aprender a hacer las cosas, que me he
preocupado porque mis hijas conozcan todo lo referente al cuidado del hogar.
Son muy competentes. Estoy segura de que no fue un período fácil para Walter
Evans y comencé a darme cuenta —viviendo sola con él y cuando nadie nos podía
escuchar— que él iba adquiriendo un carácter violento.
Mi derrota la constituía el lavado semanal.
Acostumbraba ir al sótano provista de las usuales bateas para el lavado, y
había traído conmigo el hermoso ajuar de mi infancia, metros de fuerte franela
y prendas con aplicaciones de encaje legítimo, de un valor casi incalculable,
una docena de cada una, y lo que hice con ellas fue lamentable y doloroso.
Cuando terminé de lavarlas tenían un aspecto de lo más peculiar. Cierta mañana
oí golpes en la puerta y, al abrir, me encontré con una señora que vivía en el
departamento de abajo. Mirándome preocupada, dijo: “Vea señora Evans, hoy es
lunes y día de lavado, no puedo permitir su forma de hacerlo. Soy una sirvienta
inglesa y tengo suficiente inteligencia para darme cuenta que usted es una dama
inglesa; hay cosas que yo conozco y usted no, y los lunes por la mañana bajaré
con usted y le enseñaré a lavar, hasta que lo crea necesario. Lo dijo como si
lo hubiera aprendido de memoria, y cumplió su palabra. Actualmente nada ignoro
sobre el lavado de la ropa, lo debo todo a la señora de Schubert. He aquí otro
ejemplo de alguien por quien nada había hecho yo, pero que siendo un ser humano
recto y bondadoso, me dio así otra vislumbre de la casa de la humanidad. Nos
hicimos muy amigas y me defendía cuando Walter Evans estaba furioso. Repetidas
veces hallé refugio en su pequeño departamento. A veces me pregunto si ella y
la señora Snyder todavía vivirán. Creo que no, pues tendrían una edad muy
avanzada.
Cuando Dorothy tenía seis meses volví a Gran
Bretaña para visitar a mi familia, dejando que mi esposo finalizara sus
estudios teológicos y se ordenara. Esta fue la última visita que hice a
Inglaterra en veinte años, y no tengo un recuerdo particularmente feliz de
ello. No podía interiorizar a mi familia de mi infelicidad, ni que había
cometido un error. Mi orgullo no me lo permitía, pero sin duda lo presintieron,
aunque no me formularan preguntas. Mi hermana se casó mientras estuve allí, con
mi primo Laurence Parsons. Tuvimos la acostumbrada reunión familiar en casa de
un tío. Permanecí unos meses más en Inglaterra y luego regresé a los Estados
Unidos. Entretanto mi esposo se había graduado en el seminario, ordenándose y
obteniendo un cargo junto al obispo de San Joaquín, en California. Fue
maravilloso para mí, pues el obispo y su esposa fueron verdaderos amigos y aún
recibo noticias de la señora. Mi hija menor lleva su nombre, y siendo una de
las personas a quien más quiero, me referiré a ella más adelante.
Regresé a los Estados Unidos en un pequeño barco
que amarró en Boston. Fue el viaje más espantoso que tuve. El barco era sucio,
pequeño, tenía cuatro personas en cada camarote, servían las comidas en largas
mesas y los hombres no se quitaban el sombrero para comer. Lo recuerdo como una
pesadilla. Todas las cosas malas llegan a su fin y amarramos en Boston bajo una
copiosa lluvia; estaba desesperada; con dolor de cabeza; me habían robado mi
“nècessaire” con sus engarces de plata, perteneciente a mi madre. Dorothy, que
tenía alrededor de un año, era muy pesada para llevarla en brazos. Tenía pasaje
de turista expedido por la Agencia de Turismo Cook; su agente, que estaba a
bordo, me condujo a la estación del ferrocarril donde tenía que esperar hasta
medianoche, y luego de explicarme lo que debía hacer, me sirvió una taza de
fuerte café y se alejó. Cansada, me senté durante todo el día, en un banco de
la estación, tratando de tranquilizar a una criatura inquieta. Se acercaba el
momento de la llegada del tren, y me preguntaba cómo me las arreglaría; de
repente veo a mi lado al representante de la agencia de turismo, sin uniforme,
que me dice: “Usted me tuvo preocupado por la mañana y durante todo el día, y
decidí yo mismo ubicarla en el tren”. Luego tomó a la niña en brazos, llamó a
un mozo y me ubicó, lo mejor posible, en el tren para California. Los vagones
dormitorios de esa época no eran tan confortables como los de hoy. Aquí también
alguien fue bondadoso conmigo, sin haber hecho nada por él. No crean que insinúo
que había en mí algo agradable y fascinante, para que las personas
espontáneamente me ayudaran. Tengo la vaga idea de que no era en absoluto
encantadora, sino más bien petulante y arrogante, parca hasta la estupidez, y
terriblemente británica. No, no era eso, sino que los seres humanos’ comunes
son internamente bondadosos y les gusta ayudar. No olviden que el propósito de
este libro consiste en comprobarlo. No estoy inventando ejemplos, sino
relatando acontecimientos reales.
Mi esposo fue, primero, rector
de una pequeña iglesia en R..., aprendiendo allí los deberes inherentes a la
esposa de un clérigo y las continuas exigencias. Fui presentada al sector
estrictamente femenino de la congregación. Tuve que hacerme cargo de la Misión
de Damas, efectuar reuniones de madres, frecuentar la iglesia, e incesante e
ininterrumpidamente, escuchar los sermones de Walter. Como en esos distritos
misioneros todas las familias de ministros debíamos alimentarnos mayormente de
pollo, aprendí por qué es considerada un ave sagrada, pues abundan mucho en el
ministerio.
Este período señaló otra etapa en la expansión de
mi conciencia. Nunca en mi vida me encontré con una comunidad como la de ese
pequeño pueblo. Tenía alrededor de mil quinientos habitantes, pero había once
iglesias, cada una con ínfima cantidad de feligreses. Entre los hacendados que vivían en las afueras había
hombres y mujeres cultos que habían leído y viajado mucho, y a veces me reunía
con ellos. Pero la mayor parte de la población estaba constituida por pequeños
comerciantes, personas vinculadas al ferrocarril, plomeros, gente que trabajaba
en los viñedos y en la cosecha de fruta y algunos maestros de escuela. La
rectoría, pequeña casa de seis habitaciones, estaba ubicada entre dos grandes
casas; en una se albergaban doce niños con sus padres, por lo cual yo vivía
constantemente entre la algarabía de voces infantiles. El pequeño típico
pueblo, con los frentes de los negocios simulados, delante de los cuales había
palenques para atar caballos y carruajes (pues eran aún muy escasos los
automóviles), tenía también su oficina de correo, de donde salían todas las
murmuraciones y cuentos. El clima era espléndido, a pesar de tener un verano
seco y caluroso. No obstante me encontraba completamente aislada, tanto cultural
como mental y espiritualmente. No había nadie con quien pudiera entablar
conversación. Parecía que ninguno hubiera visto ni leído nada y el único tema
de conversación versaba sobre cosechas, niños, alimentos y chismes lugareños.
Durante muchos meses anduve con la nariz fruncida, llegando a la conclusión de
que nadie era suficientemente bueno como para tenerlo de amigo. Lógicamente,
cumplía con mis deberes de esposa del ministro, y estoy segura de que era
amable y servicial, pero siempre tenía la impresión de que existía una barrera.
No quería saber nada con los feligreses, y esto no lo ocultaba. Inicié una
clase acerca de temas bíblicos y tuve gran éxito. Numéricamente los asistentes
sobrepasaban a la congregación dominical de mi esposo, lo que quizás haya
contribuido a aumentar las dificultades, empeoradas cada vez. Asistían los
miembros de las distintas iglesias, excepto la católica, y constituía uno de
los puntos luminosos de la semana, creo que en parte se debía a que ello me
ligaba al pasado.
El carácter de mi esposo excedía todos los
límites y yo vivía constantemente atemorizada de que los miembros de la
congregación se dieran cuenta y perdiera su puesto. Como clérigo, lo querían
mucho e impresionaba muy bien con la estola y la sobrepelliz. Era un orador
excelente. Honestamente no creo que yo fuera culpable de su mal carácter. El
aforismo: “¿qué quiere Jesús que haga?”, aún regía mi vida. No siendo una
persona iracunda o violenta, creo que mi silencio y paciencia ilimitada
agravaban la situación. Sin embargo, nada de lo que yo hiciera lo complacía, y
después de destruir todas las fotografías y libros que consideraba de algún
valor para mí, había tomado la costumbre de golpearme, aunque nunca llegó a
tocar a Dorothy. Siempre fue condescendiente con los niños.
Mi hija Mildred nació en agosto de 1912 y fue
entonces cuando realmente desperté. Descubrí el asombroso hecho de que el mal
no residía en las personas del lugar, sino en mí. Había estado tan preocupada
por los problemas de Alice La Trobe-Bateman que, al parecer, mi matrimonio
desafortunado se debió a que me olvidé de Alice Evans, un ser humano. Cuando
Mildred nació, enfermé gravemente, entonces descubrí a la gente de ese
pueblito. El nacimiento de Mildred se había retrasado en diez días; el calor
era insoportable; los doce niños que vivían al lado armaban un terrible
bullicio; hacía varios días que yo estaba enferma, y se derrumbó el pozo
séptico. Me imaginaba a Dorothy, que tenía mas o menos dos años y medio,
corriendo de un lado a otro y cayéndose en el pozo. Walter no me ayudaba.
Simplemente desaparecía para cumplir con los deberes parroquiales. Como
enfermera tenía a una jovencita judía cuyos temores aumentaban respecto a mí, y
continuamente llamaba por teléfono al médico, que demoraba su venida.
Repentinamente se abre la puerta de mi habitación y sin llamar entra la esposa
del cantinero. Me echa una sola mirada, toma el teléfono, llama casa por casa
hasta dar con el médico, y le ordena venir inmediatamente. Toma a Dorothy, la
acomoda debajo de su brazo y con una señal afirmativa me asegura que con ella
estaría muy bien, y desapareció. Por tres días no vi a Dorothy ni me
preocupaba, pues me sentía muy enferma. Mildred nació con la ayuda de fórceps,
y esto me provocó dos hemorragias muy serias, recuperándome gracias al buen
cuidado de las enfermeras. Por el pueblo corrió la voz acerca de mi precaria
situación y empezaron a llegar muchas cosas; vino tanta gente bondadosa a hacer
los quehaceres, que les debo eterno agradecimiento. Traían crema, tortas,
oporto y fruta fresca. Las mujeres llegaban por la mañana, se dedicaban a lavar
la ropa, a sacudir el polvo, barrer, acompañándome mientras cosían y
remendaban. Relevaban a la enfermera. Invitaban a mi marido a sus hogares, a
fin de que no molestara, por lo cual súbitamente desperté a la realidad de que
el mundo estaba lleno de gente amorosa y de que había estado ciega toda mi
vida. Así me adentré más en la casa de la humanidad.
Entonces comenzó la verdadera dificultad. La gente
no tardó en darse cuenta del verdadero carácter de Walter Evans. Sin tener la
ayuda de una enfermera ni de otra persona, me levanté al noveno día después del
nacimiento de Mildred. La esposa del sacristán, horrorizada, me encontró ese
día lavando, sabiendo que yo casi podía haber muerto diez días antes, y fue a
buscar a Walter Evans y le dio una buena reprimenda. De nada valió, pero ella
entró en sospecha y se dedicó a vigilarme cuidadosamente y a estrechar aún más
nuestra amistad. El mal carácter de Evans adquirió serias proporciones, siendo
lo más curioso que (fuera de su salvaje e ingobernable temperamento) no tenía
vicios de ninguna especie. Jamás bebía, nunca blasfemaba ni jugaba. Fui la
única mujer que le interesó y besó, y creo firmemente que se mantuvo así hasta
su muerte, hace unos pocos años. A pesar de ello no podíamos convivir y llegó a
ser eventualmente peligrosa la convivencia con él. Un día la señora del
sacristán me encontró con la cara seriamente magullada. Me sentía indispuesta y
muy cansada, y ante su bondad y atención le confesé que mi marido me había
arrojado medio kilo de queso, haciendo impacto en mi cara. Ella regresó a su
hogar y poco después vino el Obispo. Quisiera, por medio de estas páginas,
expresar la bondad, solicitud y comprensión del Obispo Sanford. Lo conocí por
primera vez cuando recibí la confirmación. Me hallaba en la cocina lavando los
platos, después de haber servido la cena, cuando oí que alguien los secaba;
creí que era una de las feligresas, pero asombrada, vi al Obispo realizando ese
acto, característico en él. Se entablaron muchas discusiones y conversaciones,
resolviéndome eventualmente dar a Walter otra oportunidad para enmendarse.
Inmediatamente nos mudamos a otra parroquia, lo cual me agradó mucho, pues la
rectoría era bastante mejor. Había mayor número de habitantes en la comunidad y
nos hallábamos más cerca de Ellison Sanford, persona muy agradable y la mejor
amiga que he tenido.
Mi
salud en general fue mejorando y, a pesar de las constantes explosiones de ira,
la vida iba adquiriendo más color. Vivíamos cerca de la ciudad donde residían
el Obispo y su señora y, por supuesto, los veía muy a menudo. En esa parroquia
muchos hablábamos el mismo idioma, pero en otros aspectos los días eran
difíciles y hacia fin del otoño nuevamente volví a enfermarme. En enero
esperaba el nacimiento de mi hija más pequeña, Ellison, cuando mi esposo, en
uno de sus ataques de ira, me arrojó escaleras abajo, lo cual tuvo
consecuencias para la criatura. Después de nacer, su estado era muy delicado,
siendo calificada como “niño azul” como se dice familiarmente, con una de las
válvulas cardíacas deficiente, y durante años nadie creyó que podría criarla.
Pero lo hice y hoy es casi la más fuerte de la familia.
Las cosas iban de mal en peor. Todo el mundo estaba enterado de lo
que sucedía en la rectoría, y cada uno hacía lo posible por ayudar. Una gentil
jovencita se ofreció para vivir con nosotros como huésped pago, a fin de tener
alguien conmigo en la casa. Con el tiempo llegó a asustarse, pero no me
abandonó. Constantemente, día tras día, era arado el campo colindante con la
rectoría. Una vez, por curiosidad, pregunté al que estaba arando por qué lo
hacía con tanta frecuencia, me respondió que por decisión de un grupo de
hombres, alguien debía estar cerca de mí, por eso se turnaban en la tarea de
arar el campo. Las encargadas de la central telefónica se dieron cuenta de la
situación y habitualmente me llamaban a intervalos, para interesarse por mi
salud. El médico que me asistió al nacer Ellison, se preocupaba mucho, y me
hizo prometerle esconder todas las noches debajo de mi colchón el cuchillo de
cortar carne y el hacha. La idea de que Walter no estaba en sus cabales se
difundía. Recuerdo despertar una noche y oír salir a alguien precipitadamente
de mi habitación y bajar las escaleras. Era el médico que había venido a
cerciorarse de que me hallaba bien. Nuevamente podrán ver cómo la bondad me
rodeaba por todas partes. Sin embargo, me sentía humillada y herida en mi
orgullo.
Cierta mañana me llamó una amiga
pidiéndome que le llevara las niñas, pero que ella pasaría a buscarme. Fui y
pasamos momentos muy agradables. Sin embargo, al regresar me enteré que a Evans
lo habían llevado a San Francisco y un clínico y un psiquiatra lo tenían en
observación a fin de descubrir si estaba mentalmente desequilibrado.
Afortunadamente para mí, el médico llegó a la conclusión que no era lunático,
sino malo, y lo único grave de que padecía era su temperamento, fuera de todo
control. En el ínterin, Ellison enfermó gravemente de “cólera infantum”, sin
esperanza de recuperarse. Recuerdo perfectamente un sofocante día estival,
durante ese terrible período, en que Ellison estaba muy grave, acostada sobre
una manta en el piso y mis otra hijas jugando en el patio de una vecina. Llegó
el médico trayendo una criatura en brazos, seguido por una mujer alta y
agraciada, en tal estado, como para internarse en un hospital. Me dijo que
traía la criatura para dejarla a mi cuidado y le hiciera el favor de acostar a
la madre y también la atendiera. Así lo hice, y durante ‘tres días cuidé a dos
criaturas y a una mujer —demasiado enferma, indispuesta y deprimida como para
cuidar de su vástago. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, pero la criatura
expiró en mis brazos. Nada pudo salvarla, habiendo tenido hábiles cuidados del
médico y siendo yo muy buena enfermera. El médico era muy versado; sabía que yo
tenía bastante con mi situación hogareña, pero necesitaba aprender que no era
la única que sufría, otras personas sufrían tan severamente como yo, y siendo
mi energía mayor de lo que creía, bien podía emplearla. Siempre me ha asombrado
la sabiduría y el profundo conocimiento sicológico de los médicos lugareños.
Conocen la gente; viven vidas sacrificadas; son competentes, debido a su vasta
experiencia; en las emergencias se desenvuelven con rapidez y eficiencia, pues
no dependen de nadie sino de ellos mismos. Personalmente he contraído una gran
deuda con los médicos —en ciudades y pueblos—, los cuales han sido también mis
amigos.
Después me aconsejaron llevar a Ellison al
Hospital de Niños, en San Francisco, para ver si algo podía hacerse. Ellison
Sanford se hizo cargo de mis dos niñas, a pesar de que ella tenía cuatro, y
partí hacia el norte con mi hijita. Los médicos del hospital me dijeron que no
podría vivir, que debía dejarla y regresar a mi hogar para cuidar de mis otras
hijas. No me extenderé sobre las vicisitudes de ese episodio. Quienes tienen
hijos lo comprenderán. Nunca creí volver a verla, pero milagrosamente se
recuperó; la trajo su padre, que también había sido dado de baja, con un
certificado de buena salud. Como verán, nada de esto es alegre. Tampoco me
alegra contarlo.
Enfrentamos un año muy peculiar y difícil. Al
obispo le resultaba imposible dar un cargo a Walter Evans. Casi estaba agotado
el dinero que poseíamos y disminuía considerablemente mi pequeña renta, a causa
de la guerra. Cuando Walter volvió a San Francisco, quedé con mis tres hijas y
un montón de cuentas a pagar. Él nunca tuvo sentido del valor del dinero; el
que yo le daba o el que constituía parte de su estipendio, para pagar las
cuentas, lo invertía en lujos innecesarios. Salía de casa para pagar la cuenta
mensual del almacén y volvía con un fonógrafo.
Mientras viva, no olvidaré la extraordinaria
bondad del dueño del almacén, en el pequeño pueblo donde vivíamos; Walter Evans
ocupó su último cargo en la diócesis de San Joaquín. Le debíamos más de
doscientos dólares, lo cual yo ignoraba. Lógicamente por el pueblo corría la
voz acerca de lo sucedido. A la mañana siguiente, después que mi esposo había
sido enviado a San Francisco, el dueño del almacén me llamó por teléfono. Era
judío, de apariencia muy ordinaria. Nunca había hecho nada por él, excepto
demostrarle cortesía y, siendo muy británica, le demostré que no albergaba
sentimientos antijudíos, porque jamás hubo en Gran Bretaña actitudes
antisemitas, especialmente durante mi juventud. Algunos de nuestros más grandes
hombres han sido judíos, como Lord Reading, Virrey de la India, y otros. El
almacenero solicitaba mis pedidos por teléfono. Al preguntarle cuánto le
debíamos respondió: “más de doscientos dólares”, pero me dijo que no me
preocupara, pues sabía que lo pagaríamos aunque tardáramos cinco años. Luego
agregó, “si no hace el pedido le enviaré igualmente lo que creo necesario, y
eso no le agradará ¿verdad?”. Hice el pedido. Cuando esa mañana llegaron las
provisiones a la rectoría, encontré un sobre conteniendo diez dólares en
calidad de “dinero al margen” por si no tenía dinero a mano, que fueron
agregados a la cuenta, pues comprendía que yo no aceptaría caridad. También me
pidió la llave de la caja para la recepción de la correspondencia; así él se
encargaría de las cartas que llegaran. Me sentí y aún me siento profundamente
endeudada con él. Tardé más de dos años para liquidar la cuenta, pero la pagué.
Cada vez que le enviaba cinco ‘dólares yo recibía una carta de agradecimiento,
como si le hubiera hecho un favor.
Descontando el hecho de que había sido
educada en Inglaterra, donde no ha prevalecido el sentimiento antijudío y se
comprende mejor que en los Estados Unidos el problema de los negros, he
contraído profundas deudas con estas dos sufrientes minorías. El problema de
los negros me ha parecido más sencillo que el de los judíos y de más fácil
solución.
El problema de los judíos lo he considerado casi
insoluble. No le veo salida, excepto mediante el lento proceso evolutivo y una
campaña planificada de educación. No albergo sentimientos antijudíos; algunos
de mis más preciados amigos lo saben, como el doctor Roberto Assagioli, Regina
Keller y Víctor Fox, a quienes amo entrañablemente. Pocas personas en el mundo
están tan cerca mío, y recurro a ellos cuando necesito consejos y comprensión,
y nunca me fallaron. Oficialmente figuro en la “lista negra” de Hitler, debido
a mi defensa de los judíos, en mis conferencias por toda Europa. No obstante, a
pesar de conocer muy bien sus maravillosas cualidades, su contribución a la
cultura y enseñanza occidentales, su acerbo y admirables dones en las artes
creadoras, aún no alcanzo a ver la inmediata solución de su crucial y terrible
problema.
Ambas partes son culpables. No me refiero a la
culpabilidad, o más bien a la maldad criminal de los alemanes o de los polacos
hacia sus conciudadanos judíos. Me refiero a todas esas personas que están a
favor y no en contra del judío. Nosotros los cristianos aún no sabemos qué
debemos hacer para liberar a los judíos de la persecución —persecución que data
de muchos, muchos siglos. Los egipcios en las primeras épocas de la historia
bíblica los persiguieron, y ésa ha sido su crónica en el trascurso de los años.
Vacilo ante la idea de exponer mis conclusiones, pero lo haré con la esperanza
de que sirvan de ayuda.
Sin embargo, sólo podré explayarme brevemente
sobre uno o dos puntos, anticipándoles que, lógicamente, lo haré en forma
inadecuada.
Debe existir alguna causa básica para esta
constante e incesante persecución, y alguna razón por la cual no se los quiere.
¿Cuál puede ser? Probablemente la causa fundamental esté profundamente
arraigada en ciertas características raciales. La gente se queja (y
frecuentemente tiene razón) de que los judíos desmerecen el ambiente de
cualquier distrito donde residen. Cuelgan la ropa de cama y de vestir fuera de
las ventanas. Viven en la calle, se sientan en grupos en las aceras. Durante
siglos los judíos moraron en carpas, obligados a vivir de esa manera, y quizás
aún reaccionan a esas cualidades hereditarias. Otra queja es que si se permite
a un judío entrar en un grupo u organización comercial, no pasa mucho tiempo
sin que sus hermanos, primos y tíos entren también. Los judíos han tenido que
unirse debido a los siglos de persecución pasados. Se dice que el judío es
netamente materialista y que, para él, el poderoso dólar tiene más importancia
que los valores éticos, siendo rápido y ducho en aprovecharse de los
cristianos. La religión judía no hace hincapié sobre la inmortalidad o la vida
después de la muerte, y ello es verdad, pues he discutido este problema con
estudiantes judíos de teología. Entonces ¿por qué no hemos de obtener lo mejor
de la vida en el orden material? Comamos y bebamos y acumulemos bienes
mundanos, pues mañana moriremos. Todo esto es muy comprensible pero no hace a
las buenas relaciones.
He estudiado, reflexionado e interrogado, y
ciertas cosas se han esclarecido en mi mente, constituyendo para mí parte de la
respuesta. Los judíos se han aferrado a una religión básicamente caduca. 1-lace
unos días me pregunté qué parte del Antiguo Testamento valdría la pena
conservar. En su mayor parte es terrible y cruel, y únicamente se salva de los
reglamentos de la Oficina de Correos, porque tal literatura está contenida en
la Biblia. Llegué a la conclusión de que debían conservarse los mandamientos y
también uno o dos relatos de la Biblia, como el amor de David y Jonathan, los Salmos 23 y 91 y
otros más, y cuatro capítulos del Libro de Isaías. El resto no tiene valor o es
indeseable; el remanente nutre el orgullo y el nacionalismo de los pueblos. Lo
que separa a los judíos ortodoxos de los cristianos son sus prohibiciones
religiosas, pues es mayormente una religión regida por el precepto de “No
cometerás.. . “,“No harás.. .“, etc. El aspecto condicionante del pensamiento
cristiano, respecto al judío joven y ortodoxo, es su materialismo, del cual
Shylock es el símbolo.
Al escribir esto me doy cuenta de que mis palabras
son inadecuadas y no del todo justas; sin embargo, desde el ángulo de una
amplia generalización, son veraces, aunque desde el punto de vista del judío
individual, en la mayoría de los casos, son totalmente injustas. Existen muchas
cosas similares entre judíos y germanos. El alemán se considera a sí mismo como
miembro de la “super raza”, mientras que el judío ortodoxo se considera como
“pueblo elegido”. El alemán pone el énfasis sobre la “pureza racial” y los
judíos también lo han hecho en el trascurso de las épocas. Parecería que los
judíos no son asimilables. Los he conocido en Asia, en la India, en Europa y
aquí también, y a pesar de su ciudadanía siguen siendo judíos, estando
separados de la nación donde residen. No he visto que esto suceda en Gran
Bretaña ni en Holanda.
Los cristianos frecuentemente han tratado en forma
abominable a los judíos, y muchos de nosotros nos condolemos y trabajamos
arduamente para ayudarlos. En la actualidad, uno de los obstáculos proviene de
los judíos mismos. Personalmente nunca he conocido a un judío que admitiera la
posibilidad de que la culpa o la provocación surgiera de su parte. Adoptan
siempre la posición de que son ellos los perseguidos, y que todo el problema se
solucionaría si los cristianos emprendieran la debida acción. Miles de nosotros
estamos tratando de emprenderla, pero no obtenemos la más mínima cooperación de
su parte.
Perdonen esta disgresión, pero el recuerdo de mi gran amigo Jacobo
Weinberg me hizo encarar un tema que me produce aguda preocupación. Por lo
tanto, Walter y yo enfrentamos el problema de lo que debíamos hacer. Comprendí
que su destino estaba en mis manos. Si podía inducirlo a comportarse bien y
darme un trato más decente, con el tiempo el Obispo trataría de asignarle algún
cargo en otra diócesis, donde su pasado no constituiría un obstáculo, aunque
dicho obispo lógicamente debía conocer los detalles. Recuerdo perfectamente la
noche que llana y malamente presenté a Walter la situación, después de haber
sostenido una prolongada conversación con el Obispo. Le hice ver que su destino
se hallaba realmente en mis manos y sería inteligente que dejara de golpearme.
Además, que podía obtener el divorcio en cualquier momento, por la fuerza del testimonio
del médico que me atendió, después que nació Ellison, y pudo observar las
magulladuras en todo mi cuerpo. Desde el punto de vista de la Iglesia Episcopal
la amenaza era poderosa. Terminaría su carrera de sacerdote. Siendo un hombre
orgulloso (e internamente le aterrorizaba la publicidad), desde ese día jamás
volvió a ponerme la mano encima. Malhumorado no me dirigía la palabra durante
días enteros, dejando a mi cargo todo el trabajo, sin darme lugar para temerle.
Conseguimos una casita de tres habitaciones en las profundidades
de un agreste paraje cerca de Pacific Grove. Comencé a criar gallinas y obtenía
algún dinero vendiendo huevos. Descubrí que si las gallinas no se crían en
amplia escala (lo cual involucra capital), las ganancias son magras. Las
gallinas son estúpidas, con cara de idiotas y hábitos necios; carecen
totalmente de inteligencia; la única parte emocionante en la cría de aves es la
búsqueda de huevos, y es una tarea sucia. Pero me las arreglé para alimentar a
la familia, consistiendo en ocho dólares mensuales la renta de la casita, y ni
eso valía.
En esa época mi vida era sumamente monótona
—cuidar tres hijas un esposo malhumorado y varios centenares de estúpidas
gallinas. No tenía baño ni instalaciones sanitarias internas. Constituía todo
un problema mantener limpias a las niñas y la casa. Prácticamente no poseíamos
dinero, parte de la cuenta del almacenero se pagó con huevos, lo cual éste
aceptaba por ser amigo mío. Acostumbraba yo a internarme en el monte de los
alrededores, empujando una carretilla con mis hijas detrás, y recogíamos leña
para el fuego. Sin embargo, puedo asegurar que no era una época agradable.
Repito que tampoco me alegra relatarlo. Era algo parecido a una nueva
reencarnación, y el contraste entre esa vida aburrida de madre y cuidadora del
hogar, criadora de aves, jardinera, y la vida acaudalada de mi niñez y la
plenitud de mi vida como evangelista, terminó por abrumarme totalmente.
Me forjé la idea de ser una nulidad y que en
alguna parte habría desviado el camino, de lo contrario no estaría en esta
situación. El antiguo complejo cristiano de que era una “miserable pecadora”
llegó a agobiarme. Mi conciencia, morbosamente acondicionada por la teología
fundamentalista, continuamente me decía que estaba pagando el precio de mis
interrogantes dubitativos, y que de haberme aferrado a la fe y seguridad de mi
niñez no me hallaría ahora en tal predicamento. La Iglesia me había fallado
debido a que Walter era eclesiástico, y los otros que conocí de su misma
profesión, todos mediocres, excepto el Obispo, un santo, pero argumentaba que
igual lo hubiera sido aún siendo instalador de cañerías o un corredor de bolsa.
Poseía yo bastante conocimiento de teología como para haber perdido mi fe en
las interpretaciones teológicas, y me embargaba el sentimiento de que nada me
restaba, excepto una vaga creencia en Cristo, el cual parecía hallarse muy
distante. Me sentí abandonada por Dios y los hombres.
Quiero exponer que mi mente no alberga ninguna
duda de que la Iglesia está perdiendo la jugada, a no ser que cambie su
técnica. No alcanzo a comprender por qué los eclesiásticos no van a la par de
la época. El desarrollo evolutivo en todos los sectores es una expresión de la
divinidad, y la condición estática de la interpretación teológica es contraria
a la gran ley del universo, la evolución. Después de todo, la teología es sólo
la interpretación y comprensión del hombre respecto a su creencia en Dios. Pero
es el cerebro humano perecedero el que piensa y ha pensado durante el trascurso
de las edades. Por eso otros cerebros humanos y perecederos aparecen y dan
otras interpretaciones más profundas, significativas o amplias, fundando así
una teología más progresista. ¿Quién osaría negar que ellos tienen tanta razón
como los eclesiásticos del pasado? A no ser que las Iglesias amplíen su visión,
eliminen las disputas acerca de detalles sin importancia, y prediquen el Cristo
resucitado, viviente y amoroso, en vez de un Cristo muerto, sufriente,
sacrificado por un Dios iracundo, perderán la fidelidad de las generaciones
venideras, y esto con razón. Cristo vive triunfante y siempre presente. Por su
vida somos salvos. La muerte que Él padeció también podemos padecerla —según la
Biblia, triunfalmente. Las Iglesias deberán comenzar por sus seminarios teológicos.
He recibido entrenamiento teológico y sé de lo que hablo. Ya no ingresarán en
ellos hombres jóvenes e inteligentes, si se los enfrenta con interpretaciones
caducas respecto a las verdades vivientes que reconocen como tales. No les
interesa el nacimiento virginal, sino la realidad de Cristo. Saben demasiado
como para aceptar la inspiración verbal de las Escrituras, pero están
dispuestos a creer en la palabra de Dios. Hoy, la vida está tan colmada de
actividades, héroes, belleza, tragedias, hecatombes, realidades y gloriosas
oportunidades, que la actual generación no tiene tiempo para ocuparse de las
puerilidades de la teología. Afortunadamente existen, dentro de la Iglesia,
unos pocos hombres de visión, que oportunamente cambiarán la actitud reaccionaria,
pero esto llevará tiempo. Mientras tanto, los cultos y los “ismos” sofocarán a
los pueblos, lo cual no tendría lugar si la Iglesia despertara y proporcionara,
a una humanidad investigadora y apremiante, lo que necesita —nada de
soporíferos, arbitrariedades ni dulces trivialidades, sino el Cristo viviente.
Si mal no recuerdo, después de seis meses de
llevar esa vida, volví a ver al Obispo y le dije que Walter se comportaba bien.
Entonces, bondadosamente se dedicó a buscar algún lugar donde pudiera nuevamente
asumir su trabajo eclesiástico. Finalmente obtuvo una pequeña feligresía en un
pueblo minero de Montana, con la salvedad de que parte de su estipendio debía
enviármelo mensualmente. Mientras tanto, fui a vivir en una casita de tres
habitaciones en un distrito más poblado de Pacific Grove. Esto ocurría en 1915,
siendo la última vez que vi a Walter Evans. Nunca más envió parte de su
estipendio y sus cartas eran cada vez más ofensivas, plenas de amenazas e
insinuaciones. Nada podía hacer yo y comprendí que debía encarar la vida sola y
hacer todo lo posible por mis tres pequeñas hijas.
La guerra en Europa estaba en pleno apogeo, e
involucraba a cada uno de mis allegados. Esporádicamente recibía mi pequeña
renta, pagaba altos impuestos y no llegaba la orden bancaria por haberse
hundido el barco que traía la correspondencia. Me encontraba en una situación
muy difícil; no tenía en el país pariente alguno a quien recurrir y (con
excepción del Obispo y su señora) tampoco tenía amigos con quienes me hubiera complacido
hablar. Sin embargo estaba circundada por buenos y bondadosos amigos, pero
ninguno de ellos se encontraban en posición de ayudarme y, mirando atrás, dudo
si les comuniqué cuán seria era mi situación. El Obispo quería escribir a mi
familia comunicándole lo que ocurría, pero no se lo permití. Siempre creí
fervientemente en el refrán que dice “de acuerdo a como hacemos nuestro lecho,
así dormiremos”. No me ha gustado lloriquear ni quejarme a los amigos. Sabía
que “Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo”, pero en esa época admití también
que Dios me había fracasado y
que no podía lloriquearLe.
Busqué por todas partes algo que hacer para ganar
dinero, sólo descubrí ser una persona totalmente inútil. Podía hacer preciosos
encajes, pero nadie los quería ni necesitaba, y tampoco había en Norteamérica
material para hacerlos. No tenía aptitudes especiales ni sabía escribir a
máquina; tampoco podía dar lecciones no sabía en qué ocuparme. En ese distrito
sólo existía la industria de la sardina, y antes de permitir que mis hijas
pasaran hambre, me ofrecí como obrera en esa industria.
Recuerdo el momento de crisis en que tomé esa resolución. Fue una
gran crisis espiritual. Como señalé anteriormente, había llegado a Norteamérica
con muchas dudas en mi mente, respecto a las verdades espirituales en las que
podían tenerse fe. El estudio teológico que inicié al llegar aquí de nada me
sirvió. Cualquier curso teológico quebranta la fe del hombre si no es
suficientemente inteligente para hacer preguntas y si no acepta ciegamente lo
que los eclesiásticos dicen. Los comentarios consultados en la biblioteca
teológica, me resultaron vacuos, mal escritos y triviales. No respondían a
ninguna pregunta; se ocupaban de abstracciones; eludían las realidades, aunque
afirmaban conocer exactamente lo que Dios significaba e intentaba, y trataban
de resolver todos los problemas citando a San Agustín, Tomás de Aquino y los
santos de la Edad Media. Los teólogos nunca enfrentan los problemas básicos, se
apoyan en la trivial afirmación de que “Dios lo dijo”. Quizás no lo dijera o
tal vez la traducción fuera inexacta y la frase en consideración fue
intercalada, de las que hay tantas en la Biblia. Entonces surgió la duda en mi
mente: ¿por qué Dios habló únicamente a los judíos? No conocía en esa época
otras Escrituras del mundo y, de haberlas conocido, yo no las hubiera aceptado
como tales. Había partes del Antiguo Testamento que me escandalizaban y otras
que me obligaban a preguntarme con frecuencia cómo se permitía su distribución
por correo. En cualquier otro libro habrían sido calificadas de obscenas, pero
en la Biblia estaban bien. Empecé a creer que mis interpretaciones no eran tan
buenas como las de los demás. Recuerdo una vez, meditando sobre un versículo de
la Biblia, donde dice: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”,
me pareció como que Dios llevase un sinnúmero de estadísticas. Consulté a un
teólogo en el Seminario, y en respuesta dijo que aquella afirmación bíblica
demostraba que Dios no estaba limitado por el factor tiempo. A continuación
descubrí que la Cruz no era un símbolo cristiano sino que antedataba al
cristianismo, y eso fue el golpe definitivo.
Por lo tanto me encontraba totalmente
desilusionada de la vida, de la religión, con sus afirmaciones ortodoxas, y de
la gente, principalmente de mi marido, al que había idealizado. Anteriormente
cientos y miles de personas me necesitaban, ahora nadie, excepto mis tres
hijas. Sólo un puñado de ellas, muy ocupadas, se preocupaba de lo que podía
sucederme, mientras que antes eran innumerables quienes lo hacían. Me parecía
haber llegado a la etapa de total nulidad, desempeñando tareas hogareñas,
llevando la rutinaria vida pueblerina con cientos de mujeres sin posición
social alguna, sin educación ni talento, que se las arreglaban mejor que yo.
Estaba cansada de lavar pañales, rebanar pan y untar manteca. Supe lo que era
la desesperación absoluta; mi único consuelo eran las niñas, tan pequeñas que
su falta de comprensión lo contrarrestaba.
La culminación de esto llegó un día en que, encontrándome tan
desesperada, dejando las niñas al cuidado de una vecina me interné sola en el
bosque. Durante horas estuve tendida boca abajo, luchando con mi problema; me
levanté y, apoyada en un enorme árbol, que seguramente podría hoy reconocer si
el terreno no se ha parcelado, me dirigí a Dios, diciéndole que no podía
soportar más esta desesperación y que aceptaba lo que fuese si sólo me liberaba
para llevar una vida más útil. Le dije que había agotado los recursos de hacer
todo “en nombre de Jesús” y hecho lo imposible para bien de Él; que había
barrido y limpiado, cocinado, lavado y cuidado de las tres niñas según mi
capacidad, y ¿qué?
Recuerdo nítidamente la profundidad de mi
desesperación al no recibir respuesta, pues estaba muy segura que al llegar al
máximo obtendría respuesta, que percibiría alguna visión u oiría como otras
veces, una voz que me diría lo que debía hacer. Pero no tuve la visión ni oí la
voz, entonces volví apresuradamente a casa y preparé la cena. Sin embargo,
había sido escuchada y no lo sabía; se estaba planificando mi liberación sin
saberlo. Imperceptiblemente una puerta se abría y, aunque no lo comprendí,
estaba frente al período más feliz y rico de mi vida. Años más tarde les dije a
mis hijas que “nunca sabemos qué encontraremos en un recodo del camino
Al día siguiente fui a pedir trabajo a una de las
grandes industrias de conservas de sardina. Lo obtuve, pues era la época de
mayor trabajo y necesitaban obreras. Convine con una vecina en que ella se
ocupara de las niñas, pagándole la mitad de mi jornal, cualquiera fuese. El
trabajo era a destajo; sabía que era ágil, esperaba ganar buen dinero, y así
fue. Salía de casa a las 7 de la mañana, volvía a las 4 de la tarde. Durante
los tres primeros días el ruido, el olor, el ambiente, al cual no estaba
acostumbrada, la larga caminata hasta la fábrica y el ir y venir, me afectaban
tanto que al llegar a casa me desplomaba.
Pero me fui acostumbrando, pues la naturaleza es
muy adaptable y considero ese período como la experiencia más interesante de mi
vida. Estando entre la masa lugareña, no era nadie, y yo siempre había creído
que era alguien. Desempeñaba un trabajo que cualquiera podía hacerlo, pues no
era especializado. Primeramente estuve en la sección de etiquetas, pegándolas,
en los grandes envases ovalados de las “Sardinas Del Monte”, pero el dinero que
ganaba no era suficiente para compensar mi esfuerzo. En esa sección fueron
todos bondadosos. Creo que se dieron cuenta de mis temores, porque cierta vez
el obrero distribuidor de los envases en que se pegaban las etiquetas, dándome
un golpecito en las costillas en forma grosera, me dijo: “He averiguado quien
es usted. La hermana de mi mujer es de R... y me ha contado cosas de usted. Si
necesita alguien que la defienda y la proteja de los insolentes, recuerde que
aquí estoy”. Nunca volvió a hablarme, pero observé que me vigilaba. Desde
entonces nunca me faltaron envases para pegar etiquetas y siempre le he estado
agradecida.
Alguien me aconsejó que me cambiara a la sección
de envasado de sardinas, así lo hice. Eran obreros incultos, mujeres bastantes
toscas, mejicanos y un tipo de hombre que nunca había conocido, ni aún en el
trabajo social. Al iniciarme en esa sección trataron de hacerme la vida
inaguantable, burlándose de mí. No pertenecía a su categoría. Evidentemente era
demasiado buena, excesivamente decente y no sabían qué pensar de mí. Un grupo
tomó la costumbre de reunirse en la puerta de la fábrica y al yerme aparecer
cantaban: “Más cerca de Ti, Dios mío”. Al principio no me agradaba y me
estremecía pensar que tenía que atravesar esa puerta; pero, después de todo,
por mi gran experiencia en manejar a los hombres, poco a poco fui
conquistándolos hasta llegar en realidad a divertirme. Nunca me faltaba pescado
para envasar. Sobre mi taburete llegaba misteriosamente todos los días un
periódico limpio. Me cuidaban de todas maneras, y reiteraré que todo esto nada
tenía que ver con mi atracción personal. No sabia cómo se llamaban. Nunca había
tenido la más ligera atención hacia ellos, y a pesar de todo eran simplemente
buenos conmigo y nunca los he olvidado. Aprendí a apreciarlos y llegamos a ser
buenos amigos, pero nunca me agradaron las sardinas. Llegué a la decisión de
que si debía ser envasadora de pescado, lo haría en forma tal que conviniera
económicamente. Necesitaba ganar dinero para las niñas, de manera que me
dediqué al problema del envasado. Observaba a otros envasadores; estudiaba cada
movimiento que hacían para evitar todo esfuerzo innecesario, con el resultado
de que, a las tres semanas, era la mejor envasadora de la fábrica. Mi promedio
de embalaje sumaba diez mil sardinas por día, en varios cientos de envases. A
los visitantes de la fábrica se os invitaba para yerme trabajar; me observaban
atentamente y, como recompensa a mi buen trabajo, oía los siguientes
comentarios: “Qué hace una mujer como ésta en una fábrica?”, “parece demasiado
buena para este trabajo, pero probablemente sea mala”, “debe haber hecho algo
en su vida para tener que hacer este tipo de trabajo”, “no nos dejemos engañar
por las apariencias, probablemente sea una mala persona”. Trascribo estas
frases literalmente. Recuerdo que una vez el capataz de la fábrica, al oír los
comentarios que hacía un grupo de visitantes, observó el efecto que me producían.
Habían sido especialmente groseros y mis manos temblaban de furia. Cuando el
grupo se retiró, con una expresión bondadosa en su rostro se acercó y me dijo:
“No se preocupe, señora Evans, aquí la llamamos «el brillante caído en el
lodo»”. Esto me compensó ampliamente por todo lo que habían dicho. No es de
extrañar mi inalterable e inmutable fe en la belleza y divinidad de la
humanidad. La historia podía variar si esas personas hubiesen tenido
obligaciones conmigo; pero todo ello expresaba la bondad espontánea del alma
humana hacia quien sufría las mismas dificultades. Por regla general los pobres
son bondadosos con los pobres.
Narraré otro relato que pone aún más de manifiesto
esta bondadosa actitud humana. Una vez, al sonar la campana para el almuerzo,
se me acercó un hombre de cierta edad, fuerte, bajo, sucio, mal oliente, con un
aspecto terrible y me dijo: “Venga a la vuelta de la esquina que debo
hablarle”. Nunca tuve miedo a los hombres, así que fui al lugar indicado. Metió
la mano en el pantalón y extrajo la mitad de un delantal blanco y limpio y
dijo: “Mire, señorita, esta mañana le hurté esto a mi mujer y lo colgaré de un
clavo, no me gusta que se seque las manos en ese trapo sucio que hay en el baño
de las mujeres, la otra mitad la colgaré cuando ésta se ensucie. Se fue sin
darme tiempo a que le diera las gracias; no volvió a hablarme nunca más, pero
siempre hubo un trapo limpio donde secarme las manos.
Estoy
convencida de que en la vida cosechamos lo que sembramos; había aprendido a no
adoptar actitudes de superioridad, ni a sermonear, sino sencillamente a ser
bien educada y afable y, como consecuencia, obtuve de la gente buena educación
y amabilidad y todo el mundo puede hacer lo mismo —ésta es la moraleja de mi
relato. Recuerdo que hace algunos años vino una mujer a consultarme a la
oficina de New York. El núcleo de su historia lo constituía los momentos
difíciles por los que pasaba; todo el mundo murmuraba de ella y no sabía cómo
evitarlo. Se lamentaba y lloraba; el mundo era cruel, porque contaba crueldades
de ella y me pedía que por favor la ayudara. Como no la conocía e ignoraba los
hechos, hice lo que pude. Lo curioso fue que días más tarde concurrí a un
restaurante con mi marido Foster Bailey, y nos sentamos en un reservado. En
otro, al lado nuestro, estaba esta mujer, aunque ella no me vio. Hablaba en voz
alta y clara con una amiga, de manera que podía oír todas sus palabras. Lo que
decía acerca de sus amigos era increíble. No pronunció una palabra amable. Le
contaba a su amiga las cosas más abyectas sobre sus relaciones. Después de
oírla llegué a la solución de su problema, y la próxima vez que vino a verme, le
manifesté lo observado; quizás se lo dije en forma muy cruda, pues no volví a
verla. Seguramente le resulté desagradable, porque ciertamente, no le habrá
gustado oír la verdad.
Trabajé en la fábrica durante varios meses.
Mientras tanto, Walter Evans, había abandonado Montana e ingresado a una
Universidad al este del país, para seguir un curso de posgraduados. Raras veces
tenía noticias suyas. No me enviaba dinero, y en 1916 consulté con un abogado a
fin de obtener el divorcio. No podía enfrentar la perspectiva de volver a él y
exponer a mis hijas a su malhumor y peor genio. No dio indicio de haber
cambiado ni demostró mayor sentido de responsabilidad, en lo que se refería a
mí y a las niñas. En 1917, cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, fue
a Francia con la Y.M.C.A. (Asociación Cristiana de Jóvenes) y se quedó allí
hasta que finalizó la contienda. Su conducta fue distinguida y se le otorgó la
Cruz de Guerra. Por lo tanto cancelé el proceso de divorcio, pues existía un
fuerte sentimiento contra las mujeres que pedían el divorcio mientras sus
maridos estaban en el frente. Nunca me pareció lógico que un hombre, ya sea en
el frente o en su hogar, sea diferente. Tampoco he comprendido por qué a todo
soldado se lo considera un héroe de guerra; probablemente ha sido enrolado sin
tener otra alternativa. Conozco muy bien al soldado y sé cuánto detesta ser
calificado de héroe por el público y los diarios.
Dejé de
escribirle a Evans, y sentí un gran alivio al saber que estaba lejos. Mis hijas
se ‘hallaban bien, siendo para mí un gran consuelo, y yo, a pesar de mis 46
kilos, gozaba de buena salud. Me arreglé para cuidarlas, y lentamente capeé el
temporal. Aún me hallaba confusa espiritualmente, pero estaba demasiado ocupada
en ganar dinero, cuidar de mis tres hijas y disponer de tiempo para pensar en
mi alma
CAPITULO CUARTO
Walter Evans me abandonó cuando tenía 35 años. Por lo
que he podido observar, esta edad es con frecuencia la encrucijada para muchas
vidas. A esa edad se sabe el trabajo que corresponde realizar en la vida o si
en determinada vida se ha de obtener cierta medida de plenitud y también ser de
utilidad. Los adeptos a la ciencia de los números probablemente afirmarán que
esto se debe a que 7 x 5 = 35; el número 7 indica la terminación de un ciclo
completo y es una puerta abierta hacia una nueva experiencia; mientras que el 5
es el número de la mente y de la criatura inteligente llamada hombre. No sé si
es así, pero algo debe existir en la ciencia de los números, porque se dice que
Dios trabaja con números y fórmulas, pero nunca me han causado impresión estas
deducciones.
Lo cierto es que en 1915 entré en un ciclo totalmente
nuevo donde descubrí, por primera vez, que poseía una mente, y comencé a
utilizarla y a comprobar su flexibilidad y potencia y a emplearla como “faro”
dirigido a mis propios asuntos e ideas, a las cuestiones del mundo que me
rodea y a un reino aún por descubrir, que podría denominarse espiritual —mundo
que Patanjali, antiguo instructor hindú, denomina “la nube de cosas
conocibles”.
En la difícil época en que trabajaba como obrera de una fábrica,
conocí la teosofía. No me gusta esta palabra, pese a su hermosa implicación y
significado. Representa en la mente de la mayoría algo que esencialmente no es.
Espero demostrar, si puedo, lo que realmente es. Esto señaló el comienzo de una
nueva era espiritual en mi vida.
En Pacific Grove vivían dos inglesas que pertenecían a
mi mismo medio social británico. No había entablado conocimiento con ellas,
pero deseaba hacerlo, debido, en gran parte, a que me sentía muy sola. Anhelaba
conocer a alguien de la madre patria; las había visto en las calles del pequeño
pueblo. Corría el rumor de que preparaban una reunión en su casa para tratar un
tema peculiar, y una amiga común me consiguió una invitación. Mis móviles no
eran muy elevados, pues no iba movida por el deseo de escuchar algo nuevo e
interesante u obtener ayuda, sino porque quería conocer a esas dos mujeres.
La charla
me resultó pesada y el conferenciante muy pobre. No podía imaginarme otro peor
que ése. Comenzó su charla con esta seca declaración: “Hace diecinueve millones
de años, los Señores de la Llama vinieron de Venus y plantaron la simiente de
la mente en el hombre”. Exceptuando a los teósofos presentes, no creo que en la
habitación alguien supiese de qué hablaba. Nada de lo que decía tenía sentido
para mí. Una de las razones era que en esos días yo compulsaba los ciclos
evolutivos en la Biblia, la cual ubicaba la fecha de la creación en el año 4004
antes de Cristo. Había estado muy ocupada con
mis funciones de madre como para tener tiempo de leer libros sobre la
evolución. No me convencía mucho la teoría de la evolución y recuerdo haber
leído a Darwin y a Herbert Spencer con el sentimiento de ser culpable y desleal
a Dios. Pensar que el mundo tuviera diecinueve millones de años era una
blasfemia.
El conferencista deambuló por todo el mundo del
pensamiento. Informó al auditorio que cada uno de los presentes poseía un
cuerpo causal y que aparentemente ese cuerpo estaba habitado por un
agnishvatta. Me pareció toda una estupidez y dudo que un conferenciante así,
pueda prestar ayuda a alguien. En ese momento resolví, que si alguna vez tenía
que dar una conferencia, no hacer lo que ese disertante teósofo había hecho.
Pero logré una cosa, la amistad de esas dos mujeres. Me tomaron bajo su cuidado
y me facilitaron libros. Entraba y salía de su casa y hacía la mar de
preguntas.
Mis días se hicieron interminables. Me levantaba a las 4
de la mañana, limpiaba la casa, preparaba el almuerzo para las tres niñas, a
las 6 les daba el desayuno, después de lavarlas y vestirlas. A las 6.30 de la
mañana las llevaba a casa de la vecina e iba a la fábrica a envasar las
dichosas sardinas. Por la tarde, si el tiempo era bueno, almorzaba en la playa.
Generalmente a las 4 ó 4.30 de la tarde regresaba a casa. En invierno, me
quedaba en casa para jugar con mis niñas o leerles. En verano las llevaba a la
playa. A las 7 de la tarde regresábamos para la cena y luego las acostaba.
Después ponía la ropa en remojo o el pan a leudar, me acostaba y leía sin
descanso hasta la media noche.
Soy de ese tipo de persona que, por temperamento, requiere dormir
pocas horas. Siendo aún niña, un médico (que me conocía muy bien) me dijo que
sólo necesitaba cuatro horas de sueño, y tenía razón. Hasta ahora me levanto
habitualmente a las 4.30 y, después de desayunarme, escribo y trabajo hasta las
7. Éste ha sido el ritmo de mi vida y quizás una de las razones por las que he
podido realizar tantas cosas.
Otra de las razones que me ayudó a trabajar tan
arduamente fue la disciplina extremadamente ordenada que observé durante mi
niñez, por eso nunca pude estar ociosa. Tampoco se me permitió estar sin hacer
nada, de manera que siempre hago algo. Hay una tercera razón y creo que será de
utilidad para muchas personas. Ansiaba conocer tantas cosas que debía buscar
tiempo para ello, y a la vez ocuparme de mis hijas. Nunca las descuidé, pero me
exigió mucha reflexión, planeamiento y disciplina. Así aprendí a planchar,
teniendo un libro delante, y hasta hoy puedo leer y planchar simultáneamente
sin quemar la ropa. Aprendí a pelar papas mientras leía, sin cortarme, y puedo
desgranar y limpiar guisantes leyendo un libro; cuando coso o remiendo siempre
leo, porque deseo obtener mayor conocimiento, y muchas mujeres podrían hacer
lo mismo si en verdad se interesan. Pero ocurre que no tienen suficiente
interés. Además leo con gran rapidez, captando párrafos y hasta páginas
enteras con igual prontitud con que los demás leen una frase. No recuerdo el
término técnico para denominar esta capacidad visual. Muchas personas lo hacen
y muchas más podrían realizarlo si se lo propusieran.
Llegué a un arreglo con mi propia conciencia, en lo que
respecta a mi deber de madre y ama de casa. Tuve oportunidad de observar a una
señora amiga que tenía cinco hijos, quien aparentemente había recibido un
llamado del Señor para ir a enseñar, y así lo hizo, pero a expensas de los
niños, que dejó al cuidado de la hija mayor de sólo 15 años. La muchacha hacía
lo que podía, pero atender cuatro criaturas es algo serio. Teníamos que ayudarla
a darles de comer, bañarlos y disciplinarlos cuando era necesario. Fue una
lección para mí, y un terrible ejemplo de lo que no debía hacer. Por eso decidí
que hasta que mis niñas no llegaran a la mayoría de edad, dedicaría todo el
tiempo a ellas y al hogar. Llegado ese momento y cuando pudieron ayudar, nos
repartimos el trabajo.
Alrededor de 1930, cuando las tres eran prácticamente
mayores, les dije que debían considerarme como consejera y madre. Pero
habiéndoles dedicado ya veinte años enteros, desde este momento antepondría a
ellas mi tarea pública. También les recordé que siempre estaría con ellas, creo
que lo recordarán o lo harán después que me haya ido de este mundo.
De manera que leí, estudié y reflexioné. Mi mente despertó,
mientras luchaba con las ideas presentadas y trataba de adaptar mis propias
creencias a los nuevos conceptos. Entonces conocí a dos señoras ancianas que
vivían en dos chalets contiguos, lo cual era indispensable, pues disputaban
todo el tiempo. Ambas habían sido discípulas personales de H. P. Blavatsky,
recibiendo de ella entrenamiento y enseñanza.
Conocí La Doctrina Secreta, grandiosa obra de H.
P. B. Me intrigó, aunque me dejó totalmente desconcertada. No entendía nada.
Para los principiantes es un libro muy difícil, está mal recopilado y carece de
continuidad. H. P. B. empieza con un tema, se desvía a otro, inicia, dilucida
extensamente un tercero y, si seguimos, hallaremos que vuelve al tema original
después de sesenta o setenta páginas.
Claude Falls Wright, secretario de E. P. B., me dijo que
al preparar esta monumental obra (porque en verdad lo es), su autora escribía
una página tras otra sin enumerar, arrojándolas al suelo a medida que las
llenaba. Terminada la tarea del día, el señor Wright y otros ayudantes,
recogían las hojas y trataban de ordenarlas, y según decía, lo admirable es que
el libro haya salido tan claro. Su publicación constituyó un gran
acontecimiento mundial, y la enseñanza contenida ha revolucionado el
pensamiento humano, aunque la gente no lo crea.
Las horas dedicadas a su estudio las considero como las
más valiosas de mi vida, y los antecedentes y conocimientos que me aportaron
hizo posible lo mejor de mi trabajo en el campo ocultista. Pasaba las noches
en la cama leyendo La Doctrina Secreta y contra mi costumbre olvidaba
leer la Biblia. Me agradaba ese libro, y al mismo tiempo me disgustaba de todo
corazón. Creí que estaba mal escrito, que era incorrecto e incoherente, pero no
podía dejarlo.
Fue entonces que estas dos señoras ancianas me tomaron a
su cargo. Día tras día, durante semanas, se dedicaron a enseñarme. Me mudé a
una pequeña casa para estar cerca de ellas. Era un lugar seguro para mis
criaturas, con árboles para trepar, un jardín que arreglar y nada que pudiera
causarme ansiedad. Mientras mis hijas jugaban, me sentaba en el porche de uno
de los chalets y conversaba y escuchaba. Muchos de los discípulos personales de
H. P. B. me ayudaron, y personalmente se preocuparon de hacerme comprender lo
que despertaba en el pensamiento humano la aparición de La Doctrina
Secreta.
Me ha causado siempre gracia que los teósofos ortodoxos
desaprobaran mi forma de presentar las verdades teosóficas. Pocos o ninguno de
los que han manifestado su desaprobación, tuvieron el privilegio de recibir
enseñanza de los discípulos personales de E. P. B. durante meses y semanas
enteras; estoy absolutamente segura de que, gracias a esos antiguos
estudiantes, poseo una percepción más clara que la mayoría de ellos, sobre lo
que La Doctrina Secreta está destinada a difundir, y ¿por qué no había
de tenerla? Me enseñaron bien y estoy agradecida.
Luego me asocié a la logia teosófica de Pacific Grove y
comencé la enseñanza. Recuerdo el primer libro que comenté. Era la gran obra de
la señora Besant: Estudio sobre la Conciencia. No sabia nada acerca de
la conciencia ni podía definirla. Aprendía seis páginas a la vez, antes de dar
clase, arreglándomelas para que no se dieran cuenta, y nunca descubrieron lo
poco que sabía; pero sé que si los estudiantes aprendían, yo aprendía mucho
más. ¿Qué había en esta enseñanza que comenzó a satisfacer mi mente interrogadora,
y mi perturbado corazón? Había ido a la deriva sobre un pináculo de
insatisfacciones. En esa época sólo tenía la seguridad de dos cosas: la
realidad de Cristo y ciertos contactos internos que no podía negar, sin ser
deshonesta conmigo misma, aunque no podía explicarlos. Con gran asombro de mi
parte, la luz comenzó a alborar. Descubrí tres nuevas ideas básicas, nuevas
para mí, y eventualmente todas encajaron con el programa general de mi vida
espiritual, proporcionándome la clave de los asuntos mundiales. No hay que
olvidar que había comenzado la primera fase de la guerra mundial (1914-1918);
estoy escribiendo esto al final de la segunda fase (1939-1945).
Primero descubrí que existe un grandioso y divino Plan.
Me di cuenta de que nuestro universo no está formado por “un fortuito
conglomerado de átomos”, sino que es el desarrollo de un gran diseño o canon
para la gloria de Dios. Descubrí también que una raza humana tras otra, han
aparecido y desaparecido eh nuestro planeta y que cada civilización y cultura
ha visto a la humanidad dar un paso más avanzado en el sendero de retorno a
Dios. Segundo, descubrí que existen Quienes son responsables del desarrollo
del Plan, que paso y a paso y etapa tras etapa han guiado al género humano en
el trascurso de los siglos. Hice un descubrimiento asombroso, asombroso porque
poco sabía, que la enseñanza sobre este Plan o Sendero era idéntica, ya fuera
presentada en Occidente u Oriente o impartida antes o después de la venida de
Cristo. Descubrí que el Cristo estaba a la cabeza de esta Jerarquía de Guías
espirituales, y cuando me di cuenta de ello, tuve la sensación de que había
vuelto a mí, en forma más íntima y estrecha. Supe que era “Maestro de Maestros
e Instructor de ángeles y hombres”, que los Maestros de la Sabiduría eran Sus
estudiantes y discípulos, del mismo modo que personas como yo éramos
estudiantes de algún Maestro. Aprendí que, cuando en mis días de ortodoxia
hablaba sobre Cristo y Su Iglesia, en realidad hablaba sobre el Cristo y la
Jerarquía planetaria. Supe que la presentación esotérica de la verdad de
ninguna manera disminuía al Cristo. Por cierto, Él era el Hijo de Dios, el
Primogénito de una gran familia de hermanos, como ha dicho San Pablo, garantizando
nuestra propia divinidad.
La tercer enseñanza que descubrí y me costó aceptarla
por largo tiempo, fueron dos creencias, la Ley de Renacimiento y la Ley de
Causa y Efecto, llamadas Leyes de la Reencarnación y del Karma respectivamente
por los teósofos, que tan a menudo quieren aparecer como eruditos.
Personalmente creo que esta enseñanza tan necesaria habría hecho progresos más
rápidos si los teósofos no se hubiesen dejado llevar por el espejismo de los
términos sánscritos. Si hubieran enseñado la Ley de Renacimiento en vez de la
Doctrina de la Reencarnación y presentado la Ley de Causa y Efecto en vez de la
Ley de Karma, se hubiera producido un reconocimiento más general de la verdad.
No digo esto con espíritu crítico, porque también sucumbí al mismo espejismo.
Echando una mirada retrospectiva a mis primeras clases y conferencias, no
puedo menos que sonreírme del generoso empleo de frases técnicas con palabras
sánscritas, y las detalladas referencias que hacía sobre la Sabiduría Antigua.
Me he dado cuenta que a medida que he envejecido soy más sencilla y tal vez un
poco más sabia.
Cuando descubrí que existe una Ley de Renacimiento,
hallé que muchos de mis problemas, personales e individuales, podían ser
solucionados. Gran parte de quienes estudian la Eterna Sabiduría les resulta
difícil al principio, aceptar el hecho de la Ley de Renacimiento. Parece ser
muy revolucionaria, tendiendo a evocar un espíritu de cansancio y fatiga
espiritual. Una sola vida es lo bastante dura, como para detenernos a pensar
sobre las numerosas vidas que hemos pasado y las que tenemos por delante. Sin
embargo, si comparamos las alternativas de la teoría, resulta ser la mejor y
más aceptable. Existen sólo otras dos teorías que realmente merecen atención.
Una es la alternativa mecánica que considera al hombre como si fuera puramente
material, sin alma y efímero, de manera que cuando muere se disuelve en el
polvo del cual ha salido. El pensamiento, según esta teoría, es simplemente
una secreción del cerebro y de su actividad, así como otros órganos producen su
peculiar secreción fenoménica y, por lo tanto, no existe ninguna finalidad ni
razón para que el hombre exista. Esto yo no podía aceptarlo, ni nadie lo acepta
ampliamente.
Luego tenemos “la creación única”, teoría que sustenta
el cristiano ortodoxo, la cual sostuve sin cerciorarme de su veracidad. Esta
teoría presenta a un Dios inescrutable que trae a la existencia almas humanas
durante una sola vida, y de acuerdo a sus actos y pensamientos en esa vida así
será su futuro eterno. Esto no le concede al hombre un pasado sino un presente
importante y un interminable futuro, que depende de las decisiones tomadas en
una sola vida. Lo que rige las decisiones de Dios, respecto al lugar, raigambre
y dotes, correspondientes al hombre, son desconocidas. Aparentemente no tiene
lógica la actuación de Dios en este Plan de “la creación única”. Me ha
preocupado mucho esta aparente injusticia de Dios. ¿Por qué tenía yo que nacer
en circunstancias tan auspiciosas, rica, hermosa, con buenas oportunidades y
las numerosas experiencias interesantes que la vida me ha deparado? ¿Por qué
tiene que haber gente como aquel mísero soldado, de quien me rescató la
señorita Sandes, que nació pobre, sin don alguno, evidentemente sin raigambre
ni capacidad para lograr éxito en esta vida? Ahora sé por qué podía dejarlo en
manos de Dios; sabía que ambos, él y yo, en su propio lugar, ascenderíamos la
escala de evolución vida tras vida, hasta que algún día, para cada uno de
nosotros, resultaría verdad de que “como Él es, así somos nosotros en este
mundo”.
Me parecía razonable que “lo que un hombre siembre, eso
cosechará”. Me regocijaba que podía citar a San Pablo y al mismo Cristo para
sustanciar estas enseñanzas. Una clara luz se vertía sobre la antigua teología.
Empezaba a descubrir que lo único errado eran las interpretaciones de la verdad
hechas por el hombre, y a darme cuenta de cuán estúpido era aceptar, tanto de
un predicador erudito o un estudioso, lo que ellos imaginaban que Dios quiso
significar. Si estaban en lo cierto, intuitivamente se sabría, pero la
intuición no actúa, a no ser que la mente esté desarrollada, y eso ha traído
mucha dificultad. La masa no piensa y el teólogo ortodoxo, diga lo que diga,
siempre tendrá seguidores. Con la mejor intención del mundo explota así a los
irreflexivos. Se me ocurrió también que no existía razón para aceptar la interpretación
de la Biblia, hace 600 años, por algún sacerdote o instructor, en una forma
probablemente adecuada a ese tiempo y época, pero no aceptable para esta era y
civilización distintas, con problemas ampliamente diferentes. Si la verdad
acerca de Dios es verdadera, entonces debe ser expansiva e incluyente, no
reaccionaria y excluyente. Si Dios es Dios, Su divinidad debe adaptarse a la
divinidad que empieza a surgir en los hijos de Dios, y hoy un hijo de Dios es
una expresión muy distinta de la divinidad de un hijo de Dios de hace 5.000
años.
Como podrán observar, mi horizonte espiritual se
ampliaba. Se hizo la luz en los cielos, y había dejado de ser un esforzado discípulo,
aislado, abandonado, inseguro de todo y, según yo creía, sin tener nada que
hacer. Percibí lentamente que formaba parte de una gran comunidad de hermanos.
Vislumbré claramente que podía colaborar en el Plan si lo deseaba, buscar a los
que habían trabajado conmigo en vidas anteriores, procurando que mi siembra
fuera buena, y hallar el lugar que me correspondía en la tarea de Cristo. Traté
de acercarme un poco más a esa Jerarquía espiritual, que inconscientemente
siempre supe existía y parecía necesitar colaboradores.
Todas estas cosas empezaron a desarrollarse gradualmente
en mi conciencia entre 1916 y 1917. No surgieron en mí como ideas bien
perfiladas y formuladas, sino como verdades que iba reconociendo lentamente y a
las cuales me ajustaba gradualmente, y debía encontrar la forma de aplicarlas.
Observé mi propia vida. Analicé a mis tres hijas a este respecto, y lo hallé
muy iluminador. Descubrí que el karma que me liga a mi hija menor Ellison, es
principalmente físico. Le salvé la vida año tras año, con asiduo cuidado.
Durante ocho años durmió conmigo, por prescripción médica, para que pudiera
absorber mi vitalidad. Día tras día, vigilándola cuidadosamente y evitándole
practicar ejercicios violentos, trepar a una colina o subir una escalera, logré
curarla de una dificultad cardíaca, siendo hoy la más fuerte de la familia.
Actualmente Ellison ya no me necesita. Se ha casado y es feliz, reside en la
India y tiene dos hijos. Estoy segura que está orgullosa de mí, pero nuestra
relación pertenece al pasado. El vínculo entre mi hija mayor y yo, es muy
íntimo, y probablemente a ello se debe que tengamos terribles reyertas. Existe
entre nosotras un fuerte apego interno y aunque actualmente la veo muy poco,
estoy segura de ella y ella de mí. Mi segunda hija, Mildred, tiene un karma muy
unido al mío. Nos sentimos peculiarmente apegadas una a la otra, sin embargo sé
que ella se siente totalmente libre. Aunque se ha casado dos veces, hemos
estado juntas en las circunstancias más extrañas; le estoy agradecida por su
amor y sobre todo por su amistad. Sería bueno que madres e hijas y padres e
hijos valoraran, algo más de lo acostumbrado, la amistad en sus relaciones.
Estoy convencida de que si pudiera ver retrospectivamente nuestras relaciones
pasadas, de acuerdo a la Ley de Renacimiento, la actual situación feliz entre
mis hijas y yo, sería claramente explicada. No debe inferirse por eso que
siempre nos hemos llevado bien. Han habido escenas tormentosas y malos
entendidos. No siempre me han comprendido, y con frecuencia me han hecho
sufrir, deseando cambiar las cosas, en la esperanza de que actuaran de modo
distinto, etc., etc.
Hacia fines de 1917 Walter Evans fue a Francia con la
Asociación Cristiana de Jóvenes, y el Obispo, amigo mío, arregló para que me
asignaran cien dólares mensuales de su salario, que esta Asociación me enviaba
directamente, hasta que terminó su trabajo con ellos. Esa suma, más mi pequeña
renta, que empezó a llegarme regularmente, permitió dejar mi tarea en la
fábrica envasadora de sardinas y hacer otros planes. Mi trabajo en la logia
teosófica de Pacific Grove comenzaba a dar resultados y yo empezaba a ser
conocida como estudiante.
En vista de que mis finanzas eran más o menos estables,
me sugirieron ir a Hollywood, donde estaba la Sede de la Sociedad Teosófica, en
Crotona. Decidí mudarme, y nos fuimos a fines de 1917. Encontré una pequeña
casa cerca de esa sede y me establecí allí con las niñas en Beechwood Drive.
Hollywood no estaba entonces tan corrompida. La industria
cinematográfica era por supuesto la más importante, pero en esa época la ciudad
era muy sencilla. Las calles principales estaban bordeadas por árboles de
pimienta y no había la inquietud, el impetuoso impulso ni el falso brillo y
fulgor de la moderna Hollywood de hoy. En esos días era un lugar mucho más
apacible y reposado. Quiero dejar constancia de la impresión perdurable que
llevé cuando dejé la ciudad, respecto a la rectitud, amabilidad, amplitud y
comprensión de los grandes artistas de cine. He conocido a muchos de ellos, y
son magníficos y humanos. Por supuesto, existe cierto elemento malo, pero ¿en
qué sector de la sociedad humana no lo hay? En todos los grupos, comunidades,
clases y organizaciones, tenemos gente mala. Hay también personas extraordinariamente
buenas, otras de absoluta mediocridad, que no tienen suficiente desarrollo para
ser muy buenas o muy malas.
Hace algunos años, estando en Nueva York y encontrándome
en un taxi por la Quinta Avenida, de pronto el conductor se volvió y me preguntó:
“Dígame señora, ¿ha conocido usted alguna vez a un judío bueno?” Le respondí
que sí, efectivamente, y que algunos de mis amigos más íntimos eran judíos.
Entonces me preguntó si había conocido algún judío malo, y le contesté que
había conocido muchos. El hombre me interrogó luego si conocía algún cristiano
bueno, y naturalmente le repliqué: “Por supuesto, en realidad creo ser uno de
ellos”. Y a continuación, si conocía algún cristiano malo y también mi
respuesta fue afirmativa. “Entonces señora, usted verá que sólo quedan seres
humanos”. Tal ha sido mi experiencia en todas partes. No importa a qué raza o
nación pertenezcamos, en el fondo, básicamente, todos somos iguales. Cometemos
las mismas faltas, tenemos iguales fracasos, las mismas urgencias y
aspiraciones, las mismas metas y deseos; creo que debemos comprender esto en
forma más aguda y práctica.
Necesitamos también liberarnos de la impronta que en
nosotros ha plasmado la historia y sus nacionalismos cristalizantes. La historia
de cada nación es penosa, y condiciona nuestro pensamiento. Grandes formas
mentales nacionales rigen las actividades de cada nación, y de ellas debemos
liberarnos. Podemos comprobarlo fácilmente si observamos a alguna de las
naciones más destacadas y sus características. Tomemos los Estados Unidos por
ejemplo. Los Padres Peregrinos dejaron en este país su sello y marca, pero
estoy de acuerdo con un amigo cuando dice que los verdaderos fundadores de
esta parte de América fueron las valientes madres peregrinas, pues se
adaptaron a vivir con los padres peregrinos, siendo femenina la civilización de
los Estados Unidos. Esos Padres Peregrinos deben haber constituido un grupo de
hombres de mente estrecha, duros, que se creían superiores, de difícil
convivencia y que siempre tenían razón.
La cautela, la reticencia y el sentido de superioridad
de los británicos es algo que ellos mismos debieran superar; también debe ser
restablecida para bien de Europa, e igualmente superada la certeza de los
franceses acerca de la gloria de Francia, que la convirtió en guía durante la
Edad Media. Toda nación tiene fallas destacables, de las cuales las demás
naciones son conscientes, más que de sus virtudes. La vivencia de América se
olvida ante la irritabilidad que evoca nuestra jactancia. La justicia
inherente al británico no se tiene en cuenta cuando vemos que el mismo
británico rehúsa dar explicaciones acerca de sí mismo. El brillante intelecto
francés no es acentuado por quienes son conscientes de la total carencia de
conciencia internacional por parte de Francia. Hoy día, los Estados Unidos, con
su juventud exuberante, su prometedora seguridad y su habilidad juvenil para
solucionar sus propios problemas y los del resto del mundo, va llevando esa
herencia hacia un futuro de utilidad maravillosa y de belleza sin parangón.
Las mismas criticas y virtudes podrían adjudicarse a
cada nación, y lo mismo sucede con la gente. Todos tenemos fallas muy
manifiestas que nos denuncian ante el mundo en forma tan elocuente, que
nuestras virtudes igualmente manifiestas son olvidadas. Una de las cosas que
más me molestaba cuando empecé a escribir esta autobiografía, fue el temor de
que, inconscientemente quizás y sin deliberada intención, me colocara en la
mejor posición posible. Tengo buenas cualidades; no puedo ser desviada de mis
propósitos; amo realmente a la gente; no tengo el menor orgullo. Tengo fama de
orgullosa, y creo que se debe principalmente a mi apariencia; acostumbro a
caminar muy erecta y con la cabeza erguida, pero así andaría todo aquel que
(como discípulo en un aula) hubiese tenido que dar lecciones con tres libros
sobre la cabeza y una ramita de espinoso muérdago bajo la barbilla. No creo ser
egoísta ni pienso mucho en mi salud; creo poder decir honestamente que no
practico la autoconmiseración. Soy normalmente conservadora, y aunque
acostumbraba a ser muy criticona, ya no lo soy, porque tengo la virtud de ver
por qué la gente es como es, pues a pesar de sus fallas, mi actitud hacia ella
no se altera. No guardo rencor, quizás debido a que estoy demasiado ocupada y
porque no admito el menor vestigio de veneno en mi alma. Sé que tengo un
carácter irritable y admito que a los demás les resulte difícil convivir
conmigo, porque me obligo a mí misma y a los que están asociados conmigo; pero
mi falla más destacable, la cual me ha causado más dificultades durante mi
vida, es el temor.
Menciono esto deliberadamente, por haber
descubierto que mis amigos y estudiantes sienten gran alivio cuando se dan
cuenta que he sido víctima del temor toda mi vida, y esto los ayuda. He temido
al fracaso, a tener defectos, a lo que la gente pudiera pensar de mí, y temo a
la oscuridad y también a que la gente me considere superior. Siempre me ha
parecido perjudicial ser puesta en un pedestal y considerada de esa manera. En
esto estoy de acuerdo con el proverbio chino que dice: “Quien está colocado en
un pedestal no puede moverse sino para descender de él”. Encuentro irritante
la actitud que adoptan los guías de grupo o instructores esotéricos, así como
la de muchos sacerdotes y clérigos. Adoptan una pose como si realmente fueran
los ungidos del Señor; actúan como si fueran distintos de los demás, y no como
seres humanos que tratan humildemente de ayudar a sus semejantes. Como
resultado de mi raigambre y entrenamiento, sentía temor por lo que la gente
podía decir. Esto ya no me preocupa, pues he descubierto que con razón o sin
ella, siempre estamos equivocados para cierto sector del público. La mayoría de
mis temores se deben a otras personas (mi esposo y mis hijas); además siento un
miedo personal que nunca he podido desarraigar, es el temor a la oscuridad de
la noche, si me encuentro sola en la casa o departamento. Nunca conocí lo que
era este temor, hasta que trabajé en el Hogar para soldados en Quetta; en esa
época tuve una experiencia que significó mucho para mí, y aunque no he
permitido que afectara mis actos, tuve que luchar contra ella, por eso enseñé a
mis tres niñas a no temer a la oscuridad.
Mi compañera de tarea se había enfermado gravemente de tifus. La
cuidé durante la crisis, hasta que la llevaron al hospital, quedándome
completamente sola en el enorme edificio; siendo entonces muy joven y muy
decente, no permití que los dos administradores del Hogar (dos ex soldados
ingleses) durmieran en la misma casa, porque pensé que ello daría ocasión a
murmuraciones y habladurías, de modo que cada noche, cuando los soldados se
iban, uno de los administradores me acompañaba hasta mi cuarto; a las 11.30 p.
m. más o menos echaba un vistazo al baño y armarios, miraba debajo de la cama y
cerraba con llave todas las puertas que daban a mi habitación. Luego estaba
atenta cuando cerraba las otras habitaciones. Mi dormitorio tenía cuatro
puertas; una daba a la galería, otra a la sala, una tercera a la habitación de
mi compañera y otra al baño. Nunca me sentí nerviosa y la requisa de mi
habitación fue una precaución de ese buen hombre. Mi cama ocupaba exactamente
el centro de la habitación y tenía las patas dentro de hondos platillos con
agua, en prevención de los insectos. En esa época, en la India, se dormía
siempre con una lámpara encendida.
Cierta vez me desperté a las dos de la mañana, al oír un
ruido en la sala, y vi que el picaporte de la puerta se movía y daba vuelta.
Afortunadamente estaba con llave. Sabía que no podía ser uno de los
administradores, no pude ver ni oír al sereno, y pensé que sería algún montañés
o ladrón que trataba de llegarse hasta la sala donde estaba la caja fuerte.
Muchos cientos de rupias se depositaban allí cada noche. Era esa época del año
en que se permitía a las tribus montañesas bajar hasta el acantonamiento. Se
doblaban las guardias y se tomaban las debidas precauciones para mantenerlas
bajo vigilancia, pues en la frontera se vivían días tormentosos. Sabía que si
lograban entrar en mi habitación significaría mi fin, porque era una gran
virtud matar a una mujer blanca. Me veía con un cuchillo clavado en el corazón.
Durante cuarenta y cinco minutos, sentada en la cama, observé cómo trataban de
derribar las sólidas puertas. Sin duda no se atrevían a ir hasta la puerta de
la galería por temor a ser vistos, y para llegar hasta mí por el baño o por la
otra habitación, hubieran tenido que derribar dos puertas en cada caso, a
riesgo de hacer demasiado ruido. Descubrí entonces que cuando el temor alcanza
cierto grado de intensidad, nos sentimos tan desesperados que enfrentamos
cualquier peligro. Me levanté, abrí la puerta y vi a los administradores que se
consultaban para golpear la puerta y despertarme, sin saber si estaba viva o
muerta. Habían dormido en carpas en el jardín y capturado a dos montañeses, y
muy estúpidamente no se les había ocurrido golpear fuerte la puerta y llamarme,
pues en ese caso no me hubiese asustado. Después de este episodio, mi servidor,
el viejo Bugaloo, durmió siempre afuera en la galería, donde podía llamarlo
fácilmente.
Dos o tres meses después, regresé a mi patria, y fui a
pasar varias semanas a una antigua casona escocesa, como lo hacía muchos años,
en mi infancia. En la casa había muchos huéspedes, dieciocho más o menos, y por
error cierta noche un hombre muy simpático entró en mi alcoba (porque su
habitación era contigua a la mía). Había estado leyendo hasta tarde en la
planta baja, y mientras subía, el viento le apagó la vela y al mismo tiempo
abrió la puerta de mi habitación. Creyó que encontraría la suya fácilmente,
palpando la pared, ya que su habitación estaba al lado de la mía. Al hallarse
con una puerta abierta, pensó lógicamente que era la de su habitación. Entre
tanto el viento me había despertado, y al saltar de la cama para cerrar la
ventana, tropecé con él. Esto que coronaba mi experiencia de unos meses atrás,
agravó las cosas y contribuyó a cimentar un estado de temor que nunca he podido
vencer.
He tenido otros dos grandes sustos en mi vida al encontrarme
sola en una casa, y no pretendo tener valor, excepto no permitir que
condicionen mis actos y poder quedarme sola cuando me veo obligada a ello. Me
aterrorizan las cosas que puedan sucederle a mis hijas, y como tengo una
excesiva imaginación, sé que gran parte de mi vida la he destinado a
preocuparme de cosas que nunca han sucedido.
El temor es la característica básica de la humanidad.
Todo el mundo tiene miedo, y cada uno siente temor hacia algo especial. Si
alguien me dice que nunca tuvo miedo, miente. Siente temor a algo. No hay por
qué avergonzarse de ello y, con frecuencia, cuanto más evolucionada y sensible
es una persona, mayores son sus temores. Independientemente de sus temores y
fobias particulares, las personas sensibles son propensas a sintonizar los
temores, depresiones y terrores de los demás. Por lo tanto captan temores que
no les pertenecen, pero son incapaces de diferenciar los propios e innatos.
Esto es muy cierto en la actualidad. Temor y terror rigen el mundo y muy
fácilmente la gente es dominada por el temor. La guerra engendra el temor, y
Alemania con sus tácticas terroristas lo utilizó e hizo todo lo posible por
acrecentarlo en el mundo. Tomará mucho tiempo eliminar el temor, pero avanzamos
un paso cuando hablamos o trabajamos por la seguridad de todos.
Existen escuelas de pensamiento que enseñan que el temor
materializará aquello que tememos si nos dejamos llevar por él. Personalmente
no lo creo, porque durante mi vida temí por cosas que nunca se produjeron, y
como poseo un fuerte poder mental hubiera podido materializar algo fácilmente.
Quizás se pregunten: ¿cómo se puede combatir el temor? Bien, sólo puedo
explicar lo que me ha dado buenos resultados. Nunca combato el temor. Adopto
la posición positiva de que si es necesario puedo vivir con mis temores sin
prestarles atención. No lucho contra ellos ni discuto conmigo misma;
simplemente reconozco mis temores por lo que son, y sigo adelante. Creo que la
gente debe aprender a aceptar con más paciencia las cosas como son y no perder
el tiempo forcejeando consigo mismo y con sus problemas individuales. Los problemas
de otros nos resultan más provechosos desde el punto de vista de la ayuda
general. La concentración en el servicio puede llevar y en verdad lleva, al
olvido de sí mismo.
También
me he interrogado: ¿por qué no he de sentir temor? Todo el mundo lo tiene y
quién soy yo para estar exenta de la suerte común. Este mismo argumento puede
ser aplicado a muchas cosas. Hay escuelas de pensamiento que engañan al público
cuando le dicen que, por ser divino, el hombre está exento de dolor, mala salud
y pobreza. Por supuesto, la mayoría son sinceras, pero su énfasis es erróneo,
pues obligan a pensar que el bienestar material y la prosperidad son de enorme
importancia, que todos tienen derecho a ello y que lo obtendrán si afirman su
divinidad, la cual poseen, pero no están suficientemente evolucionados para
expresarla. ¿Por qué debo estar yo exenta de esas cosas cuando toda la
humanidad sufre por ellas? ¿Por qué he de ser rica, si ni la pobreza ni la
riqueza tienen importancia? ¿Quién soy yo para disfrutar de una salud perfecta,
cuando el destino de la humanidad, en esta época, parece ser todo lo contrario?
Creo firmemente que cuando por medio del proceso evolutivo, pueda expresar con
toda plenitud la divinidad que mora en mí, gozaré de perfecta salud. No me
importara ser rica ni pobre ni tampoco popular entre otras personas.
Expongo esto objetivamente, porque tales doctrinas
engañosas arrastran la conciencia pública y conducen eventualmente a la
desilusión. Llegará el momento, cuando nos liberemos de todos los males de la
carne, que obtendremos un sentido distinto de los valores y no utilizaremos
nuestros poderes divinos para obtener bienes materiales. Todas las cosas buenas
llegan a los que viven inofensivamente y son al mismo tiempo bondadosos y
considerados. La inofensividad es la clave de todo, y dejo que descubran por
sí mismos cuán difícil resulta ser inofensivos en palabra, acción y
pensamiento.
La vida en Hollywood se me hizo más fácil. Mis niñas estaban en
edad para asistir a la escuela y al jardín de infantes. Hice muchos amigos, y
en Crotona los jardines de la Sede Teosófica, eran hermosos. La comunidad
consistía de más o menos quinientas personas, algunas de las cuales vivían
allí y otras en Hollywood o Los
Estoy convencida de que en la vida de todo discípulo
llega siempre una etapa en que se debe ser vegetariano. Del mismo modo llega
una vida en que el hombre o mujer deben ser célibes. Esto sirve para poder
demostrar el control adquirido sobre la naturaleza física. Cuando uno ha
aprendido a ejercer ese control y ya no es atraído por los apetitos de la
carne, puede casarse o no, comer carne o no y hacer lo que mejor le plazca o le
indique su karma o las circunstancias. Una vez logrado, la situación cambia.
Las disciplinas físicas constituyen un aspecto del entrenamiento, y cuando se
aprende la lección, ya no son necesarias.
El argumento que presenta el vegetarismo, basado en la
crueldad de sacrificar animales para comerlos, quizás no sea tan sólido como
lo creen las personas de tipo emocional y sentimental. Mucho me ha preocupado
esto pues amo a los animales. Quisiera hacer dos sugerencias que me fueron muy
útiles. Hay una ley de sacrificio que rige todo el proceso evolutivo. El reino
vegetal extrae su sustento del reino mineral, porque sus raíces están hundidas
en el reino mineral. El reino animal extrae en gran escala su sustento del
reino vegetal y vive de la vida de ese reino. Algunos animales superiores son
carnívoros y, de acuerdo a la ley de evolución, son presa uno de los otros, no
siendo inducidos a ello por el pensamiento del hombre, como pretenden algunos
fanáticos. En consecuencia, podría decirse que el reino humano extrae su sustento
del reino animal y, debido a que el hombre es el macrocosmos para los otros
tres reinos inferiores, podría suponerse, lógicamente, que extrae su vida de
los otros tres, y así lo hace. En las antiguas escrituras de Oriente se indica
que el reino humano es “el alimento de los dioses”, y con esa afirmación se
completa la gran “cadena del
sacrificio”. Mi segundo punto se refiere a la Ley de Causa y Efecto o de Karma,
como la denominan los teósofos. En la época del hombre primitivo el género
humano era víctima del reino animal y carecía de toda defensa. En el pasado los
animales salvajes acechaban a los seres humanos. La Ley de Retribución rige en
todos los reinos. Posiblemente esta ley sea uno de los factores que ha llevado
a la humanidad hacia el. Forjé esto en mi propia conciencia, a su debido
tiempo, pero no con rapidez.
Me
hice cargo de la cafetería y aprendí a ser una buena cocinera vegetariana. Mi
primer quehacer en Crotona fue vaciar los recipientes de desperdicios. Como
verán, comencé desde abajo. Observaba con mucho interés a la gente, la mayoría
desconocida para mí. Francamente muchos de ellos me agradaban y muy pocos me
disgustaban. Llegué a dos conclusiones: que a pesar de todo lo que se dice
sobre dietas equilibradas, ellas no eran particularmente saludables, y
descubrí también que cuanto más rígido y sectario era su vegetarismo, tanto más
criticón parecía ser el individuo. Había en Crotona vegetarianos que no querían
comer queso, leche ni huevos, porque son productos animales, creyéndose
excesivamente buenos y en camino hacia la iluminación espiritual, pero la
reputación de nadie se libraba de ellos. He estado pensando sobre esto y llegué
a la conclusión de que más vale comer un pedazo de carne y tener una lengua
compasiva, que ser estrictamente vegetariano y mirar el mundo desde un pedestal
de superioridad. Por otra parte debo señalar que las generalizaciones son
inexactas. He conocido muchos vegetarianos encantadores, amables y buenos.
En 1918 descubrí quién fue mi visitante en Escocia
cuando tenía15 años. Había sido admitida en la sección esotérica (S. E.) de la
Sociedad Teosófica, y asistía a las reuniones. La primera vez que entré en el
santuario vi los conocidos retratos de Cristo y de los Maestros de Sabiduría,
como los denominan los teósofos.
Me sorprendió ver el retrato de mi visitante, mirándome
directamente. No había error posible. Era el hombre que había entrado en la
sala de la casa de mi tía, y no el Maestro Jesús. Siendo muy inexperta, salí en
busca de uno de los antiguos pobladores de Crotona y pregunté el nombre de ese
Maestro. Me dijo que era el maestro K. H. Luego cometí un error fundamental, y
desde entonces tuve que pagarlo. Creyendo que les agradaría, y sin la más
mínima intención de ser jactanciosa, con toda inocencia dije: “Oh, ha de ser mi
Maestro, porque he conversado con Él y he estado bajo Su guía desde entonces”.
La persona a quien me dirigí me miró y dijo con tono cortante: “¿Debo entender
que usted se considera un discípulo?”. Por primera vez en mi vida enfrenté la
técnica de la rivalidad en la Sociedad Teosófica. No obstante, fue una lección
saludable que me resultó benéfica. Aprender a callar es algo esencial en el
trabajo grupal, y constituye una de las primeras lecciones que todo afiliado a
la Jerarquía debe aprender.
Durante todo ese tiempo las niñas crecían y aprendían, y
eso me deleitaba. En las breves y ocasionales cartas de Walter Evans nada había
que indicara un cambio, y empecé a considerar nuevamente la necesidad de
obtener el divorcio. A medida que se aproximaba el fin de la guerra, consulté a
un abogado, quien me dijo que no habría dificultades.
En enero de 1919 conocí a Foster Bailey, y después que
se me acordó el divorcio, nos comprometimos para casarnos. Los trámites para
el divorcio fueron iniciados antes de conocernos. Estaba asustada y temía el
juicio al respecto, pero no pudo ser más simple. La evidencia presentada era
muy buena, y los testigos de inmejorable reputación. Una vieja amiga, que me
conocía desde largo tiempo, la señora Weatherhead, me acompañó al juzgado.
Presté el juramento de práctica. El juez me hizo una o dos preguntas respecto
a la residencia y edad de las niñas, luego dijo: “He leído las declaraciones de
sus testigos, señora Evans, tome el edicto y asuma la custodia de sus hijas.
Buenos días. Venga el siguiente caso”. Así terminó ese ciclo. Era libre y sabía
que había hecho lo mejor que podía hacer por las niñas. California es uno de
los estados donde es más difícil obtener el divorcio, y la rapidez con que se
desarrolló mi juicio testifica la razón que me asistía y la correcta evidencia
de mi caso. Walter Evans no presentó querella.
En el trascurso del año 1919 Foster Bailey y yo
estuvimos cada vez más activos en la obra teosófica, e íntimamente unidos a
nosotros estaba el doctor Woodruff Shepherd. Entonces yo vivía en Beechwood
Drive con las tres niñas, y Foster Bailey vivía en una carpa en Crotona.
Había sido desmovilizado después del armisticio, pero
tuvo licencia varios meses por enfermedad, pues el avión que piloteaba se
estrelló mientras entrenaba observadores del ejército. Me fue presentado por
Dot Weatherhead, después de una conferencia que yo había dado en Crotona, y
también me introdujo en la verdad esotérica y me hizo conocer dicho lugar.
Foster Bailey resume su recuerdo de esa presentación, en las palabras
siguientes: “Todo lo que vi fue un montón de cabellos y una mujer huesuda”.
Siempre he tenido mucho cabello. Es herencia de familia y mis tres hijas
tienen una abundante y hermosa caballera. Nunca olvidaré una observación de mi
hija mayor, Dorothy (famosa por sus frases de doble sentido). Un día en
Inglaterra me había lavado la cabeza y estaba sentada en el jardín de Ospringe
Place en Favershan, secándome el cabello. Dorothy se asomó a una ventana y
gritó: “Oh, mamá, si pudieras dar la espalda a la gente para que vieran sólo tu
hermosa cabellera, nunca sabrán lo vieja que eres”.
Hacia fines de 1919, el señor Bailey fue elegido Secretario
Nacional de la Sociedad Teosófica, al señor Shepherd lo nombraron director de
publicidad y yo fui designada editora de la revista “The Messenger”, de esa
sección, y presidenta del comité que dirigía en Crotona. Todos los aspectos del
trabajo y los distintos reglamentos y principios que regían la administración
quedaron a nuestra disposición. El Secretario General, A. P. Warrington era
íntimo amigo nuestro y todos los trabajadores más antiguos también lo eran,
por lo cual parecía reinar la más completa armonía y verdadero espíritu de
colaboración. Poco a poco, sin embargo, empezamos a descubrir cuán superficial
era esa armonía. Lentamente nos introdujimos en un período muy difícil y
deprimente. Dedicábamos nuestro afecto y lealtad personal a nuestros amigos y
miembros de la comisión ejecutiva; pero nuestro sentido de justicia y nuestra
adhesión a los reglamentos eran constantemente traicionados. La verdad de las
cosas es que, en la administración de la Sociedad Teosófica, en los Estados
Unidos y en mayor grado en Adyar (centro internacional), eran entonces
reaccionarios y anticuados en cuanto a un nuevo acercamiento a la vida y a la
verdad; la libertad de interpretación y la impersonalidad constituían las
características que debían regir los principios y métodos, pero no sucedía
así.
La sociedad se había fundado para establecer la
fraternidad universal, pero estaba degenerando en un grupo sectario que se
preocupaba más en fundar y sostener logias y aumentar el número de miembros,
que difundir entre el público las verdades de la Sabiduría Eterna. La norma de
no admitir a nadie en la sección esotérica, para recibir enseñanza espiritual,
a no ser que fuera miembro de la Sociedad Teosófica durante dos años, prueba lo
antedicho. ¿Por qué no debía darse enseñanza espiritual a una persona, hasta no
haber demostrado durante dos años lealtad a la organización? ¿Por qué debía
exigirse a los miembros romper sus vínculos con otros grupos y organizaciones
y prometer lealtad a lo que se denomina “Guía Externo” de la sección exotérica,
cuando la única expresión de lealtad debería ser dedicación y servicio al
semejante, a la Jerarquía espiritual y ante todo a la propia alma? Ninguna
persona tiene el derecho de exigir hacia ella lealtad espiritual. Lo único que
se le puede exigir al ser humano es, ante todo, lealtad a su propia divinidad
interna, el alma, y más tarde al Maestro, bajo Cuya guía puede servir más
eficazmente a sus semejantes.
Recuerdo que en una de las primeras reuniones de la
sección esotérica a que asistí, la señorita Poutz, secretaria entonces de esa
sección, hizo la asombrosa declaración de que nadie en el mundo podía ser
discípulo de los Maestros de Sabiduría, a no ser que la señora Besant se lo
notificara. Esa afirmación destruyó mi espejismo, aunque no hablé con nadie
sobre ello, excepto con Foster Bailey. Sabía que era discípula del Maestro K.
H. y que lo había sido hasta donde podía recordarlo. Evidentemente la señora
Besant me había pasado por alto. No podía entender por qué los Maestros, que se
suponen poseen conciencia universal, habrían de buscar Sus discípulos
únicamente en las filas de la Sociedad Teosófica. Sabía que eso no podía ser,
y también que Ellos no podían tener una conciencia tan limitada; más tarde
conocí a muchos discípulos de los Maestros que jamás habían estado en contacto
con la Sociedad Teosófica ni oído hablar de ella. Justamente cuando creí haber
hallado un centro de luz y comprensión espirituales, descubrí que me había
metido en una secta.
Entonces
nos dimos cuenta que la sección esotérica ejercía un dominio absoluto sobre la
Sociedad Teosófica. Los miembros eran buenos únicamente si aceptaban la
autoridad de la sección esotérica y estaban de acuerdo con todos los
dictámenes del “Guía Externo”, y si eran leales a las personas recomendadas por
los dirigentes de la sección esotérica de cada país. Algunos de los dictámenes
eran ridículos. Muchos de los recomendados eran mediocres, hasta la enésima
potencia. Otros considerados iniciados, no eran particularmente inteligentes ni
amorosos, porque el amor y la inteligencia en su máxima medida es la
característica del iniciado. Siempre había rivalidades y pretensiones entre
los miembros más avanzados y, por lo tanto, una lucha constante entre
personalidades, lucha que no se limitaba a batallas orales, sino que se
expresaba también en artículos aparecidos en revistas. Nunca olvidaré el
espanto que me causó lo que me dijo alguien en Los Ángeles: “Si quiere saber lo
que no es la fraternidad, vaya a vivir a Crotona”, ignoraba que yo vivía allí.
La situación era muy seria, y tan grande la separación
en la sección que defendía la fraternidad, la impersonalidad, la sencillez y
la dedicación al servicio de la humanidad, que Foster cablegrafió a la señora
Besant comunicándole que si la sección esotérica seguía dominando a la Sociedad
Teosófica, dicha sección sería atacada muy seriamente a corto plazo. Fue
entonces que la señora Besant envió a B. P. Wadia a los Estados Unidos para investigar
y averiguar que pasaba; en consecuencia se hicieron reuniones oficiales,
actuando como árbitro Wadia. Foster, el doctor Shepherd, yo y muchos otros,
representábamos al sector democrático; el señor Wárrigton, la señorita Poutz y
sus adherentes, representaban la parte autoritaria y dominante de la sección
esotérica. Nunca en mi vida había estado mezclada en las querellas de una
organización, siendo un período no muy grato. Apreciaba a algunas de las
personas del sector opuesto, lo cual me perturbaba excesivamente. Con el
tiempo, la dificultad se extendió a toda la sección, y los miembros iban
renunciando.
Mientras
tanto trabajábamos intensamente en nuestras oficinas de la Sociedad Teosófica;
las niñas estaban bien, teníamos proyectado casarnos en cuanto las cosas
estuvieran más o menos estabilizadas. Nuestra renta se había reducido
seriamente. Los salarios de Crotona ascendían a diez dólares semanales. Después
del divorcio Walter Evans no me remitía dinero. Foster nada poseía en esa
época. Había abandonado su trabajo de abogado durante la guerra, aunque
intentaba reasumirlo. Era una antigua profesión de la familia, y cuando sólo
tenía veintiocho años ganaba anualmente grandes sumas de dinero. Abandonó todo,
a fin de ayudarme en el trabajo que ambos llevaríamos a cabo y que gradualmente
se iba configurando; éste fue uno de los muchos sacrificios que hizo cuando
decidió compartir mi destino. Las niñas lo adoraban y lo adoran, y las
relaciones se han mantenido siempre muy afectuosas, lo cual significó para él
un gran sacrificio. Desde el principio el cariño fue mutuo. Una vez, al venir
él por Beechwood Drive con el propósito de visitarme, conoció a Dorothy, la
mayor, cuando ésta tenía más o menos nueve años. De pronto oyó chillidos y
gritos proveniente de un árbol que estaba frente a él. Al ir apresuradamente al
lugar, vio a una niña en una rama, colgando de las piernas. La miró y dijo
simplemente: “Déjate caer”, y ella cayó en sus brazos; desde entonces a menudo
dice que, simbólicamente, ella ha estado siempre en sus brazos. A Mildred la
conoció gravemente enferma, atacada de sarampión reprimido, con altísima
fiebre, sin saber qué mal la aquejaba. Mildred es de carácter básicamente
introvertido y no era extraño que sufriera de sarampión “reprimido”. Tratamos
de localizar a un especialista; mientras tanto una amiga, la señora Copley Enos
y yo, nos pasábamos el día envolviéndola en sábanas mojadas, a fin de bajarle
la fiebre. Foster vino a ayudarnos. Al penetrar en la habitación, Mildred lo
miró, y desde ese momento han sido íntimos. Conoció a Ellison como una niña
gorda y muy sucia que hacía tortas de barro en el fondo de la casa.
Por lo tanto, la vida de Foster y la mía se desenvolvía
vinculada con el trabajo de relaciones públicas, proyectando y haciendo
arreglos para el futuro. La situación de la Sociedad Teosófica era cada vez más
difícil; se estaban haciendo preparativos para la convención de 1920, cuando
hizo crisis la situación. Respecto a mi experiencia interna, debo decir que la
Sociedad Teosófica me había desilusionado, lo mismo que el cristianismo
ortodoxo, aunque la situación no era tan aguda, porque grandes y fundamentales
verdades básicas habían llegado a tener significado para mí, pues Foster y yo
teníamos planeado casarnos y ya no me encontraba sola.
Llego ahora a un acontecimiento de mi vida del cual no
me atrevo a hablar. Concierne el trabajo que estuve realizando en los últimos
veintisiete años, que fue mundialmente reconocido y ha despertado la curiosidad
de todo el mundo. A veces he sido puesta en ridículo y han sospechado de mí, lo
cual comprendo perfectamente, pues hasta yo sospechaba de mí misma. Me
pregunto por qué me ocupo de este asunto y no sigo la norma que hasta ahora me
he fijado, dejar que mi trabajo y los libros hablen por sí mismos y
constituyan la mejor defensa. Creo que tengo dos razones.
Ante todo, deseo señalar el estrecho vínculo que la
Jerarquía interna de Maestros establece con los hombres, y también allanar el
camino para esas personas que realizan el mismo tipo de trabajo, siempre que
sea el mismo. Existen numerosos aspectos de tos llamados escritos síquicos. Las
personas no saben distinguir entre la expresión de un pensamiento ansioso, o el
surgimiento de un subconsciente bueno, dulce, bien intencionado y cristiano, o
un escrito automático, la captación de corrientes mentales (que todos lo
hacen), o el fraude directo; además hay esos escritos que son el resultado de
una fuerte sensibilidad telepática subjetiva y la respuesta a la impresión
proveniente de ciertas y elevadas fuentes espirituales. Repetidas veces
aparecen en la Biblia las palabras: “Y el Señor dijo” y algún profeta o vidente
lo escribió. Gran parte de ello es hermoso y de importancia espiritual. Sin
embargo, casi todo lleva la firma de la frágil humanidad que expresa sus ideas
acerca de Dios, Su celo, Su espíritu de venganza y Su sed de sangre. Se dice
que los grandes músicos oyen sinfonías y corales por medio del oído interno y
que las traducen en signos musicales. ¿De dónde sacan nuestros grandes poetas y
artistas su inspiración, a través de las edades? La extraen de una fuente
interna de belleza.
El tema se ha desacreditado, debido a los innumerables
escritos de carácter metafísico y espiritista, de erudición muy pobre, cuyo
contenido es tan inferior y mediocre, que las personas cultas se mofan y no se
molestan en leerlos. En consecuencia quisiera demostrar que existe otro tipo de
impresión e inspiración que puede dar como resultado escritos fuera de lo
común, e impartir las enseñanzas que requieran las generaciones futuras. Digo
esto con toda humildad, pues soy sólo la pluma o el lápiz, la taquígrafa o
trasmisora de la enseñanza de alguien a quien reverencio y respeto y he sido
muy feliz en servirlo.
En
noviembre de 1919 establecí mi primer contacto con El Tibetano. Había enviado
a mis hijas a la escuela y, con la idea de tener algunos minutos para mí, salí
en dirección a una colina, cerca de la casa. Allí me senté y comencé a
reflexionar, cuando de pronto me sentí alarmada, y presté atención. Oí lo que
me pareció una clara nota musical, emitida desde el cielo, resonando en la
colina y dentro de mí. Entonces escuché una voz que decía: “Deberán escribirse
ciertos libros para el público. Tú puedes escribirlos. ¿Lo harás?”
Inmediatamente respondí: “No, de ninguna manera. No soy una vulgar síquica, ni
quiero ser atrapada en ello”: Quedé sorprendida al darme cuenta que hablaba en
voz alta. La voz continuó y dijo que las personas inteligentes no juzgan
precipitadamente, que yo tenía un don especial para la telepatía superior y lo
que se me pedía no implicaba aspecto alguno de psiquismo inferior. Repetí que
no me importaba ni interesaba un trabajo de carácter psíquico. El ser invisible
que me hablaba tan clara y directamente dijo entonces que me daría tiempo para
reflexionar, que en ese momento no aceptaría mi respuesta y volvería
exactamente dentro de tres semanas para saber qué habla decidido.
Me sacudí como quien despierta de un sueño, regresé a
casa y olvidé el hecho por completo. No pensé más en lo ocurrido ni se lo conté
a Foster. Durante cierto lapso nunca lo recordé, pero al finalizar las tres
semanas, una noche estando sentada en la salita, después que mis hijas se
habían acostado, oí nuevamente la voz para proponerme lo mismo. Volví a
rehusar, pero mi interlocutor me rogó que volviera a considerar la propuesta,
por lo menos un par de semanas más, y ver qué podía hacer. Esto despertó mi
curiosidad, pero aún no estaba convencida. Decidí probar por un par de semanas
o un mes, para determinar mi decisión. Durante esas semanas recibí los
primeros capítulos de “Iniciación Humana y Solar”.
Quiero dejar bien aclarado que el trabajo que hago de
ninguna manera está relacionado con la escritura automática. La escritura
automática, con excepción de rarísimos casos (desgraciadamente cada cual cree
que su propio caso es la excepción), es muy peligrosa. Nunca se supone que un
aspirante o discípulo sea un autómata y que tampoco deje de controlar
conscientemente alguna zona de su equipo. Si lo hace, entra en un estado de
negatividad peligrosa. El material recibido es generalmente mediocre. No contiene
nada nuevo y con frecuencia se olvida a medida que trascurre el tiempo. Muchas
veces el estado negativo del sujeto permite la entrada a una segunda fuerza,
la cual, por razones especiales, no es de un grado tan elevado como la primera.
Luego existe el peligro de la obsesión. Hemos tratado muchos casos de obsesión
como consecuencia de la escritura automática.
En el trabajo que realizo no hay negatividad, asumo una actitud
de atención positiva e intensa. Retengo el pleno control de todos mis sentidos
de percepción y nada de lo que hago es automático. Sencillamente escucho,
anoto las palabras que oigo y registro los pensamientos que se introducen uno
tras otro en mi cerebro. Nada cambio de lo que se me ha dado, la única
excepción es pulir el idioma o reemplazar un vocablo poco usual por otro más
claro, cuidando siempre de conservar el sentido. En lo dictado por El Tibetano
nunca he cambiado nada. De haberlo hecho, no me hubiera dictado nada más. Quiero
dejar esto bien aclarado. No siempre comprendo lo que se me dicta, ni tampoco
estoy de acuerdo, pero registro todo honestamente para descubrir luego que
tiene sentido y evoca respuesta intuitiva.
Ese trabajo de El Tibetano ha intrigado grandemente a
las personas y a los sicólogos de todas partes. Discuten acerca de la causa de
este fenómeno y argumentan que lo que escribo es probablemente producto de mi
subconsciente. Se me ha dicho que Jung acepta la posición de que El Tibetano es
mi yo superior personificado y que Alice A. Bailey es el yo inferior. Algún día
(si tengo el placer de encontrarme con él) le preguntaré cómo puede ser que mi
yo superior personificado me envíe encomiendas desde la India, pues eso ha
estado haciendo.
Hace unos cuantos años, un amigo muy dilecto, Henry Carpenter,
que había estado en contacto muy íntimo con Foster y yo, desde el principio de
nuestra tarea, fue a la India para tratar de comunicarse con los Maestros en
Shigatzé, pequeña aldea nativa en los Himalayas, justamente al otro lado de la
frontera tibetana. Por tres veces lo intentó, a pesar de que yo le había dicho
que podría encontrar al Maestro aquí en Nueva York si daba los pasos adecuados
y el momento era propicio. Quería decirle a los Maestros, lo cual me causaba
gracia, que yo pasaba por un período muy difícil y era conveniente hacer algo.
Como amigo personal de Lord Reading, exvirrey de la India, se le dieron todas
las facilidades para llegar a destino, pero el Dalai Lama le negó permiso para
cruzar la frontera. En su segundo viaje a la India, encontrándose en Gyantse
(el lugar más cercano de la frontera al que pudo llegar) oyó un gran alboroto
en la empalizada del bungalow de un “dak". Fue a ver de qué se trataba y
se encontró con un lama montado en un burro que acababa de atravesar la
empalizada. Era asistido por cuatro lamas y todos los nativos de la aldea los
rodeaban y se inclinaban ante ellos. El señor Carpenter, por medio de su
intérprete, hizo averiguaciones y así supo que el lama era un abad de un monasterio
ubicado al otro lado de la frontera tibetana y había venido especialmente para
hablar con él.
El abad expresó su interés por el trabajo que estábamos
realizando y le preguntó por mí. También inquirió noticias de la Escuela
Arcana, y le entregó dos grandes paquetes de incienso para mí. Más adelante,
Carpenter vio al general Laden Lha en Darjeeling. El general era tibetano,
educado en Gran Bretaña en una escuela pública y en la universidad, y tenía a
su cargo el servicio secreto de la frontera tibetana. Ya ha fallecido; fue un
gran hombre y muy bueno. El señor Carpenter le contó su experiencia con el
lama, que dijo ser abad de un monasterio de lamas. El general negó rotundamente
tal posibilidad. Dijo que el abad era un grande y santo hombre y que nunca se
supo que hubiera cruzado la frontera y visitado a un occidental. Sin embargo,
cuando Carpenter regresó al año siguiente, el general Laden Lha admitió su
error y que el abad en verdad había bajado a verlo.
Después de haber escrito casi un mes para El Tibetano,
me sentí totalmente atemorizada y rehusé rotundamente continuar con el trabajo.
Le dije que las tres niñas sólo me tenían a mí para atenderlas, que si me
enfermaba o enloquecía (como muchos síquicos) quedarían solas y no me atrevía a
correr ese riesgo. Aceptó mi decisión, pero me dijo que tratara de ponerme en
contacto con mi Maestro K. H. y conversara sobre el asunto. Después de
reflexionar más o menos una semana decidí ponerme en contacto con K. H.; así
lo hice, siguiendo una técnica muy especial que Él mismo me había enseñado.
Cuando tuve la oportunidad de entrevistarme con K. H. tratarnos la cuestión con
toda amplitud. Mi Maestro me aseguró que respecto a mi no existía el menor
peligro, físico ni mental, y que se me ofrecía la oportunidad de realizar un
trabajo realmente valioso. Me dijo ser Él mismo quien sugirió a El Tibetano que
yo podría ayudarlo, y que no me trasfería a Su ashrama o grupo espiritual,
pues deseaba que continuara trabajando en el Suyo. Acepté por consiguiente el
deseo de K. H. y manifesté a El Tibetano que trabajaría con Él. Sólo he sido su
amanuence y secretaria, pero no pertenezco a Su grupo. Por otra parte no se ha
inmiscuido nunca en mi trabajo o entrenamiento personal. La primavera de 1920
fue un período de feliz colaboración con Él, mientras tanto estudiaba como
discípulo avanzado en el ashrama de mi propio Maestro.
Desde entonces he escrito muchos libros para El
Tibetano. Poco después de haber concluído los primeros capítulos de Iniciación
Humana y Solar, le mostré el manuscrito a B. P. Wadia. Se entusiasmó
y me dijo que publicaría cualquier cosa “proveniente de esa fuente”, y publicó
los primeros capítulos en la revista “The Theosophist”, editada en Adyar, la
India. Luego surgió la usual envidia y actitud reaccionaria de los teósofos y
nada más se publicó.
El estilo de El Tibetano ha mejorado con el correr de
los años. Al principio el dictado en inglés era engorroso y pobre, pero nos
arreglábamos para lograr un estilo y presentación acorde con las grandes verdades
que Él debía revelar y mi esposo y yo debíamos llevar a la atención pública.
En los primeros tiempos que escribía para El Tibetano,
debía hacerlo a horas establecidas, y el dictado era claro, conciso y definido.
Se me dictaba palabra por palabra, en tal forma, que en verdad podía decir que
oía nítidamente una voz. Por lo tanto comencé con la técnica de
clariaudiencia, pero pronto descubrí, a medida que se sintonizaban nuestras
mentes, que ello era innecesario y que si me concentraba bastante y enfocaba
adecuadamente mi atención podía recibir y anotar los pensamientos de El
Tibetano (ideas formuladas y expresadas con sumo cuidado), a medida que los
volcaba en mi mente. Esto implicaba alcanzar y mantener un intenso y enfocado
punto de atención. Es algo así como la habilidad de un aventajado estudiante,
en la meditación, cuando puede mantener un punto determinado de atención
espiritual en el nivel más elevado posible, lo cual puede ser fatigoso en las
primeras etapas, cuando se realizan grandes esfuerzos para lograrlo, pero
posteriormente ya no lo requiere y los resultados son, claridad de pensamiento
y un estímulo, con buenos y definidos efectos físicos.
Actualmente, como resultado de veintisiete años de
trabajo, puedo ponerme instantáneamente en relación telepática con El Tibetano,
sin la más mínima dificultad: conservo, y así lo hago, mi propia integridad
mental todo el tiempo, y siempre argumento con Él cuando, a veces, como
occidental, me parece conocer mejor algunos aspectos de la presentación.
Cuando discutimos cualquier tema, escribo invariablemente el texto tal como Él
quiere, aunque probablemente modifique su presentación después de haberlo
discutido conmigo, pero si no cambia sus palabras o punto de vista, no altero
en absoluto lo dicho.
Después de todo, los libros son Suyos y no míos y,
básicamente, la responsabilidad es Suya. No me permite cometer errores y repasa
con sumo cuidado el borrador final. No es sólo la simple cuestión de recibir su
dictado y presentárselo una vez pasado a máquina, sino la cuidadosa revisión,
por su parte, del borrador final. Menciono esto deliberadamente, porque algunas
personas, cuando El Tibetano dice algo con lo cual no están de acuerdo personalmente,
tienden a considerar el punto en desacuerdo como una intercalación mía. Aunque
no siempre comprendo ni estoy de acuerdo con lo que me dicta, eso nunca lo he
hecho; reitero nuevamente que he publicado con exactitud lo que El Tibetano ha
dicho. Este punto lo sostengo enfáticamente.
Algunos estudiantes, cuando no comprenden lo que El
Tibetano quiere significar, dicen que Sus ambigüedades, como las denominan, se
deben a mi captación errónea. Donde existen ambigüedades, y son numerosas en
Sus libros, es debido a que no puede ser más claro, por las limitaciones de sus
lectores y por la dificultad de encontrar palabras que expresen las nuevas
verdades y las percepciones intuitivas que todavía se ciernen en los límites
de la conciencia humana en desarrollo.
Los libros que Él ha escrito son considerados muy importantes por
los Instructores responsables de difundir las nuevas verdades que la humanidad
necesita. Se ha impartido además una nueva enseñanza sobre el entrenamiento
espiritual y también relacionada con la preparación de aspirantes para el
discipulado. Se están haciendo grandes cambios en métodos y técnicas, y por eso
El Tibetano puso especial cuidado en que yo no cometiera errores.
En la segunda fase de la Guerra Mundial, que comenzó en
1939, muchos pacifistas y personas bien intencionadas, aunque irreflexivas,
pertenecientes a la Escuela Arcana y al público en general, hasta quienes
pudimos llegar, presumieron que yo había escrito los artículos y folletos que
respaldan a las Naciones Aliadas, y sobre la necesidad de derrotar a las
potencias del Eje, no siendo El Tibetano responsable del punto de vista
antinazi de esos artículos. Esto tampoco es verdad. Los pacifistas adoptaron el
punto de vista ortodoxo e idealista, de que siendo Dios amor no podía ser antigermano
o antijaponés. Debido a que Dios es amor no tenía otra alternativa, ni tampoco
la tenía la Jerarquía que actuaba bajo el Cristo, y lo único que podía hacer
era mantenerse firme al lado de los que trataban de liberar a la humanidad de
la esclavitud, el mal, la agresión y la corrupción. Nunca han sido más verdaderas
las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí”. En los
escritos de esa época El Tibetano expresó Su firme e inquebrantable posición, y
hoy (1945), al comprobarse las inenarrables atrocidades, crueldades y política
de avasallamiento de las naciones del Eje, Su actitud ha quedado justificada.
Durante todo este tiempo las cosas iban empeorando en
Crotona. Wadia acababa de llegar (como representante de la señora Besant) y
promovía dificultades; nosotros colaboramos plenamente con él a fin de devolver
a la Sociedad Teosófica su impulso original de fraternidad universal;
colaboramos porque en esa época Wadia parecía que, sensata y sinceramente, se
interesaba en realidad por dicha sociedad. La brecha producida allí se
ensanchaba progresivamente y la línea de demarcación se hacía más evidente
entre quienes mantenían un punto de vista democrático y los que apoyaban la
autoridad espiritual y el control absoluto de la Sociedad Teosófica por la
sección esotérica.
El postulado original de la Sociedad Teosófica se
fundaba en la autonomía de las logias dentro de las diversas secciones nacionales,
pero en la época en que Foster Bailey y yo comenzamos a trabajar, la situación
había cambiado fundamentalmente. Las personas que se hacían cargo de cualquier
logia eran miembros de la sección esotérica, y por su intermedio la señora
Besant y los dirigentes de Adyar, controlaban todas las secciones y logias. Si
uno no aceptaba los dictámenes de los miembros de la sección esotérica de cada
logia caía en desgracia, resultando casi imposible trabajar en ella. Las
revistas de las distintas secciones, así como la revista internacional “The
Theosophist”, sólo se ocupaban de querellas personales. Se publicaban
artículos para atacar o defender a determinado individuo. La sociedad era
invadida por una fuerte oleada de psiquismo, debido a las manifestaciones sobre
psiquismo de Leadbeater y al extraordinario control que él ejercía sobre la
señora Besant. El corolario del escándalo, conectado con Leadbeater, daba mucho
que hablar. Las declaraciones de la señora Besant sobre Krishnamurti causaron
la total escisión de la sociedad. Desde Adyar se impartían órdenes que pretendían
provenir de uno de los Maestros para el Guía
externo, y decían que todo miembro de la Sociedad Teosófica debía
interesarse por cada uno de los tres sistemas de trabajo —la orden
francmasónica, la orden de servicio y el movimiento educativo. Si uno no lo
hacía era considerado desleal y un mal teósofo, que no obedecía las demandas de
los Maestros.
Los libros que Leadbeater publicaba en Adyar contenían
implicaciones síquicas imposibles de verificar y poseían una fuerte dosis de
astralismo. Una de sus obras más importantes: “El Hombre, ¿de Dónde y Cómo
Vino, y a Dónde Va?” Comprueba, para mí, la deshonestidad fundamental de lo que
escribió. Describe en él, el futuro y el venidero trabajo de la Jerarquía, y lo
curioso y llamativo es que la mayoría de las personas, destinadas a desempeñar
altos cargos en la Jerarquía y en la próxima civilización eran todos amigos
personales de Leadbeater. Conocí a algunos de ellos personas dignas, amables,
mediocres, ninguna era intelectualmente un gigante y la mayoría, nulidades. He
viajado mucho, he encontrado tanta gente más eficaz para el servicio mundial,
con mayor inteligencia para servir al Cristo y reales exponentes de la
fraternidad, que me di cuenta de la futilidad e inutilidad de este tipo de
literatura.
Por estas causas los miembros abandonaban la Sociedad
Teosófica disgustados y perplejos. Muchas veces he pensado cuál habría sido el
futuro de la Sociedad si hubieran tenido la entereza suficiente de quedarse,
negándose a ser expulsados y luchando por mantener la base espiritual del
movimiento. Pero no lo hicieron, y un gran número de personas dignas se
retiraron, sintiéndose frustradas, impedidas e incapaces de trabajar.
Personalmente nunca renuncié, y sólo dejé de abonar mis cuotas anuales estos
últimos años. Escribo esto detalladamente porque tal situación o antecedente,
hizo necesarios los cambios que sobrevinieron, y debido a ello fue adquiriendo
forma nuestro trabajo para los veinte años siguientes.
Los
discípulos de los Maestros residen en todas partes del mundo, y trabajan en
muy diversos aspectos, a fin de llevar a la humanidad hacia la luz y
materializar el reino de Dios sobre la tierra; la actitud de la Sociedad
Teosófica, al considerarse único canal y rehusar el reconocimiento de otros
grupos y organizaciones, como partes integrantes e igualmente importantes del
Movimiento teosófico mundial (no de la Sociedad Teosófica), es la verdadera
causante y responsable de su pérdida de prestigio. Parece ser un poco tarde
para corregir sus métodos, salir del aislamiento y separatividad y formar
parte de un Gran Movimiento Teosófico que está difundiéndose actualmente por el
mundo. Este movimiento no sólo se expresa por medio de los diversos grupos
ocultistas y esotéricos que existen, sino también mediante los sindicatos laborales,
los planes que se han hecho para lograr la unidad mundial y la rehabilitación
de posguerra, la nueva visión del sector político y el reconocimiento de las
necesidades de la humanidad en todas partes. Es realmente desalentador, para
quienes hemos amado los principios y verdades sostenidos originalmente por la
teosofía, comprobar la degeneración del hermoso impulso inicial.
No cabe la menor duda de que el movimiento iniciado por
Helena Petrovna Blavatsky fue parte integrante de un plan jerárquico. Siempre
han existido sociedades teosóficas a través de las edades —el nombre del
movimiento no es nuevo—, pero H. P. B. le dio una luz y publicidad que
proporcionó una nueva nota e hizo surgir a la superficie un grupo, olvidado y
secreto, haciendo posible que el público de todas partes respondiera a esta
tan antigua enseñanza. La deuda que el mundo ha contraído con la señora Besant
por el trabajo realizado, que puso a disposición de las masas de todos los
países, los principios básicos de la enseñanza teosófica, es algo que nunca
podrá pagarse. No existe razón alguna valedera que haga olvidar la estupenda y
magnífica tarea que realizó para los Maestros y la humanidad. Quienes en estos
últimos cinco años la han atacado violentamente, constituyen un puñado de
pulgas atacando a un elefante.
En 1920 esta situación llegó a su culminación. La brecha
entre la autoritaria sección esotérica y las mentes democráticas de la Sociedad
Teosófica, se ha ampliado constantemente.
El
señor Wárrington y los dirigentes y asistentes de la sección esotérica, en
Norteamérica, representaban un grupo; el otro grupo era dirigido por Foster
Bailey y B. P. Wadia. Esta situación prevalecía cuando se realizó la famosa
convención de 1920, en Chicago. Nunca había asistido yo a una convención, y
decir que me desilusionó, me desagradó y me resultó chocante, sería expresarlo
con suavidad. Se había reunido un grupo de hombres y mujeres provenientes de
todos los lugares de los Estados Unidos, que presumiblemente se ocupaban de
impartir enseñanza y difundir la fraternidad. El odio y el rencor, la
animadversión personal, las maniobras políticas, resultaban tan afrentosas y
chocantes, que hice la promesa de no asistir jamás en mi vida, a otra
Convención Teosófica. Después del señor Warrington, éramos las autoridades más
altas de la comisión directiva de la Sociedad Teosófica, pero constituíamos una
minoría. Desde el primer momento de la convención se evidenció que la sección
esotérica ejercía el control, y como los que representaban la fraternidad y la
democracia eran numéricamente inferiores fueron, por lo tanto, derrotados.
Entre las autoridades había teósofos muy descontentos,
pues eran controlados por la sección esotérica y reconocían que empleaba
métodos abusivos. Muchos hicieron todo lo posible por demostrarnos un espíritu
amistoso. Algunos, al término de la Convención, se convencieron de la rectitud
de nuestra posición y nos lo comunicaron. Otros, que asistieron a la Convención
sin prevenciones, pusieron todo su interés en nuestro sector y dieron su
apoyo. Sin embargo, fuimos vencidos a pesar de todo, y la sección esotérica se
mostró agresivamente triunfante. No nos quedó otro remedio que volver a
Crotona, y la situación era tal, que eventualmente Wárrington tuvo que
renunciar como presidente de la Sociedad Teosófica en Norteamérica, pero retuvo
su cargo en la sección esotérica. Fue remplazado por el señor Rogers, que demostraba
una oposición mucho más personal que el señor Wárrington, que se daba cuenta de
nuestra sinceridad, y aparte de las diferencias de la organización, existía un
fuerte afecto entre él, Foster y yo. El señor Rogers era de menor envergadura y
nos expulsó de los cargos que ocupábamos, en cuanto entró en el poder. Así
terminó nuestra época en Crotona y finalizó nuestro esfuerzo por servir
lealmente a la Sociedad Teosófica
Este
capítulo indica una destacada línea de demarcación entre el mundo donde actué y
el mundo en que actúo ahora, 1947. Aparece un ciclo totalmente nuevo. Hasta
este momento había sido simplemente Alice Bailey, dama de la sociedad, madre y
trabajadora eclesiástica. Ocupaba el tiempo como quería y nadie sabía nada de
mí; había podido arreglar los días a mi gusto, excepto en lo concerniente a las
niñas; nadie me solicitaba entrevistas; no tenía que corregir pruebas de
imprenta ni pronunciar conferencias, y por sobre todo, no me llegaba la
interminable correspondencia ni tenía que escribir infinidad de cartas.
Algunas veces me pregunto si el público tendrá la menor idea del cúmulo de
cartas que dicto y recibo. No exagero cuando digo que algunos años he dictado
más de 10.000 cartas y una vez que tomé el tiempo que tardaba en atender la
correspondencia diaria, constaté que me llevó cuarenta y ocho minutos sólo el
abrir los sobres sin extraer las cartas. Considerando todo esto, a lo cual debe
agregarse los miles de circulares firmadas y las cartas escritas a asociaciones
nacionales (las cuales no he firmado personalmente), podrá comprenderse por qué
un día le dije a mi esposo que en mi lápida debieran poner este epitafio:
“Murió ahogada en papeles”. Actualmente el término medio es de 6.000 cartas por año, porque he delegado
la respuesta de mucha correspondencia a personas que pueden dedicar más tiempo,
pensamiento y consideración, para responderla. A veces las
firmo, otras no; aquí quiero expresar mi profundo agradecimiento,
especialmente al señor Víctor Fox y a una o dos personas más, que en mi nombre
han escrito cartas muy buenas y he recibido yo la respectiva gratitud y no
ellos. A esto lo llamo servicio desinteresado —escribir una carta firmada por
otro, el cual recibe el agradecimiento. Toda esta etapa de mi vida, 1921 a
1931, es relativamente cansadora. Me resulta difícil darle un tono más
iluminador o conferirle algo que sirva para aliviar la monotonía de esos años.
Ni Foster Bailey ni yo habíamos proyectado llevar una vida así, y con
frecuencia hemos dicho que, de haber sabido lo que el futuro nos deparaba,
jamás hubiéramos iniciado lo que emprendimos. Es un ejemplo sobresaliente de la
veracidad del proverbio, “la ignorancia es una bendición”.
Después de la bochornosa convención anual de la Sociedad
Teosófica de Chicago, Foster y yo regresamos a Crotona, completamente
desilusionados y profundamente convencidos de que la Sociedad se regía
estrictamente por directivas personales, poniendo el énfasis sobre la posición,
devoción, simpatías y antipatías personales y por la imposición de las
decisiones de la personalidad sobre el conjunto de seguidores. Simplemente no
sabíamos qué hacer o sobre qué línea trabajar. El señor Wárrington, como dije,
ya no era presidente de la Sociedad, habiéndolo sustituido el señor L. W.
Rogers. Mi esposo seguía siendo secretario nacional, yo era todavía editora de
la revista y presidenta de la comisión directiva de Crotona.
Nunca olvidaré la mañana en que el señor Rogers asumió
el cargo de la oficina y fuimos a expresarle nuestro deseo de continuar
sirviendo a la Sociedad Teosófica, nos miró y preguntó: “¿Creen ustedes que
podrían serme de utilidad?” Nos encontramos así sin trabajo, dinero, ni futuro,
con tres criaturas y sin saber qué podíamos hacer. Se inició un movimiento para
echarnos de Crotona, pero Foster cablegrafió a la señora Besant y de inmediato
sofocó la intentona. Fue algo demasiado crudo.
El momento era muy difícil. Aún no nos habíamos casado,
y Foster vivía en una carpa en los terrenos de Crotona. Como dama inglesa, y
muy circunspecta, siempre vivía conmigo una mujer en calidad de acompañante, en
prevención a las malas lenguas. Una de las cosas que he intentado hacer y creo
que tuve éxito, fue proteger el ocultismo de la difamación. He procurado hacer
del ocultismo una vocación respetable, logrando un éxito sorprendente. Por eso
mientras las niñas eran pequeñas y esperaba el momento de volverme a casar,
vivía conmigo alguna amiga de cierta edad. Después de mi segundo matrimonio mi
esposo y mis hijas fueron mi mejor protección. Además diré que nunca me
interesó hombre alguno que no fuera mi esposo, Foster Bailey. Por otra parte
pienso que ninguna mujer verdaderamente decente y que se respete a sí misma,
podría vivir en tal forma que mientras sus propios hijos crecen, hallen en su
conducta motivos de crítica. Esto ha sido benéfico para el actual movimiento
ocultista, pues hoy la palabra ocultismo tiene un significado respetable, e innumerables
personas dignas están dispuestas a ser reconocidas por el resto del mundo como
estudiantes de ocultismo. Tengo la sensación que ello constituye una de las
cosas que me ha asignado el destino y no creo que el campo del ocultismo caiga
nuevamente en el descrédito como ha sucedido desde 1850 hasta ahora.
Aún se escriben libros difamando a las señoras Blavatsky
y Besant, y uno se pregunta qué finalidad persiguen sus autores. Hasta donde he
podido cerciorarme, la moderna generación de estudiantes investigadores, carece
del menor interés en pro o en contra de sus caracteres. No tiene importancia la
aprobación o desaprobación de la conducta de ambas. Lo que interesa son sus
enseñanzas y la verdad. Esto es saludable y correcto. Me gustaría que esos escritores
modernos que se pasan meses en revolver inmundicias, tratando de probar que
alguien fue ruin, se dieran cuenta de la estupidez de sus actividades. No
afectan la verdad ni impiden lealtad a quienes la conocen; tampoco alteran la
tendencia hacia el conocimiento ocultista ni perjudican a nadie, sino a ellos
mismos.
La vida en este mundo de posguerra es demasiado
importante para que cualquier hombre o mujer se ocupe de difamar y rebajar a
personas que han muerto hace décadas. Hay mucho trabajo que realizar en el
mundo y una verdad que debe ser reconocida y proclamada, pero no hay lugar para
quienes difaman y calumnian por dinero a ciertas personalidades a fin de
satisfacer a los enemigos de una enseñanza. Ésta es una de las razones por las
que escribo esta autobiografía. Aquí están los hechos.
Durante esos primeros días, nadie hubiera creído que
llegaría el momento en que la enseñanza dada y el trabajo, al que Foster y yo
nos dedicábamos, asumiría grandes proporciones, pues sus diversas ramas son hoy
reconocidas internacionalmente y ha ayudado a muchos miles de personas.
Estábamos solos, con unos pocos seguidores desconocidos, para hacer frente a
uno de los más poderosos grupos del mundo, de los denominados esotéricos. Carecíamos
de dinero y no teníamos porvenir. Nuestras finanzas, el día en que nos sentamos
a considerar la situación y preparar planes para el futuro, eran exactamente un
dólar y ochenta y cinco centavos; fin de mes; se debía el alquiler, la cuenta
del mes anterior del almacenero, del gas, de la luz y de la leche. Como no
estábamos casados, ninguna de esas responsabilidades correspondía a Foster,
pero en esos días él compartía todas las cosas conmigo. No percibíamos sueldo
de la Sociedad Teosófica, ni siquiera mi pequeña renta. Aparentemente nada
podía hacer.
Personalmente, en lo que a mí respecta, y aunque se me
reconoce en el mundo como instructora de meditación, nunca he perdido mi
hábito de orar. Creo que los verdaderos ocultistas emplean la plegaria y la
meditación alternativamente, de acuerdo a las necesidades, y ambas son
igualmente importantes en la vida espiritual. Lo que ocurre con la oración es
que generalmente el ser humano hace de ella una cosa totalmente egoísta y un
medio para adquirir algo para el yo separado. La verdadera oración no pide nada
para el yo personal, sino que es utilizada por quienes tratan de ayudar a
otros. Algunas personas se creen demasiado elevadas para orar y consideran la
meditación como algo muy superior y más adecuado a su alto grado de desarrollo.
Para mí fue suficiente saber que Cristo no sólo oró, sino que nos enseñó el
Padrenuestro. Considero también la meditación como el proceso mental por el
cual podemos adquirir un claro conocimiento de la divinidad y tener una
percepción del reino de las almas o reino de Dios. Es una modalidad del cerebro
y de la mente y de gran necesidad para las personas irreflexivas del mundo. La
oración es de naturaleza emocional y corresponde al corazón, empleándose universalmente
para satisfacer el deseo. Ambas deben ser empleadas por los discípulos
aspirantes del mundo. Más adelante me ocuparé de la Invocación, síntesis de
ambas. De todos modos, en ese momento de necesidad material, me dediqué a la
oración como de costumbre y esa noche oré. A la mañana siguiente, al ir a la
galería, encontré el dinero necesario, y al cabo de uno o dos días Foster
Bailey recibió una carta del señor Ernest Suffern, ofreciéndole un empleo en
Nueva York, relacionado con la Sociedad Teosófica de esa ciudad, con un sueldo
de trescientos dólares mensuales. Además nos ofreció la compra de una casa en
un barrio situado al otro lado del río Hudson. Foster aceptó la oferta y partió
para Nueva York, y me quedé al cuidado de mis hijas hasta ver lo que acontecía.
En esa época vivía conmigo Augusta Craig, comúnmente llamada
“Craigie” por quienes la conocían y apreciaban. Esporádicamente vivió largos
años con nosotros, y mis hijas y yo la queríamos mucho. Era una persona
excepcional, rebosante de ingenio y mentalidad. Nunca encaraba un problema
desde un solo ángulo o del punto de vista general. Quizá se debió a que había
contraído matrimonio cuatro veces y tenía una vasta experiencia de los hombres
y sus asuntos. Era una de las pocas personas a quien podía recurrir para
pedirle un consejo, pues nos entendíamos perfectamente. Poseía una lengua
cáustica, pero al propio tiempo tal encanto, que tanto el cartero, como el
lechero y el repartidor de hielo, si eran solteros, trataban de conquistarla.
No quería saber nada con ellos. Llegó a la conclusión que era muy interesante
vivir conmigo, y no me abandonó hasta pocos años antes de su muerte,
principalmente, según me dijo, porque no le gustaban los ancianos, pero luego
se retiró a vivir a un asilo de ancianos en California. Sin embargo, como tenía
más de setenta años cuando me dejó, creyó que sus compañeras podrían aprovechar
sus experiencias. No creo que le agradara estar con otras ancianas, pero pensó
que las beneficiaria grandemente, y puedo garantizar que así fue. Ella me hizo
mucho bien.
Hacia fines de 1920, Foster me escribió para reunirme
con él en Nueva York; partí dejando a las niñas al cuidado de Craigie, pues
sabía que las quería y estaban seguras y cuidadas. Viajé hasta Nueva York donde
Foster me esperaba, llevándome a un departamento en Yonkers, cerca de su
vivienda. Poco tiempo después fuimos una mañana al Registro Civil para pedir
la licencia de matrimonio, solicitando al encargado que nos recomendara un
clérigo para la ceremonia matrimonial, e inmediatamente nos casamos.
Regresamos enseguida a la oficina para revisar el trabajo de la tarde, y desde
ese momento lo hemos continuado durante 26 años.
La etapa siguiente fue amueblar la casa que el señor
Suffern había comprado para nosotros en Ridgefield Park, Nueva Jersey. Luego
Foster salió en busca de las niñas. Me quedé para preparar las cortinas y
proveer las necesidades de la casa, muchas de las cuales nos habían sido
proporcionadas por el señor Suffern, esperando ansiosamente el regreso de mi
esposo con las tres niñas. Craigie no vino con ellas, lo hizo después.
Nunca olvidaré su llegada a la gran Estación terminal.
Jamás vi a un hombre más cansado y agotado que Foster Bailey. Los cuatro
aparecieron en el andén; Foster con Ellie en brazos y Dorothy y Mildred
colgadas de su chaqueta. Grande fue nuestra alegría al poder acomodarnos en el
nuevo hogar. Era la primera vez que las chicas visitaban esa parte del país.
Nunca habían visto nieve y pocas veces usado zapatos, lo cual para ellas
constituyó una experiencia de civilización completamente nueva. Cómo se las
arregló con las niñas lo ignoro; creo que es el momento de decir que resultó un
padrastro maravilloso para ellas. Mientras fueron pequeñas nunca les hizo
vislumbrar que no era su propio padre, por eso su deuda para con él es muy
grande. Creo que le aman y bien que lo merece.
Este nuevo ciclo de vida significó reajustarnos a
numerosos cambios. Por primera vez, además de la intensa presión que significaba
la realización del trabajo para los Maestros y otras personas, tuve también
que combinar los cuidados de la familia, el mantenimiento de la casa, la
educación de las niñas y lo más difícil para mí: la creciente publicidad. He
detestado la publicidad. Nunca me gustó la curiosidad del público ni la
creencia tan arraigada que cuando se es escritor o conferenciante,
necesariamente no debe tener vida privada. Creen que todo lo que uno hace es
asunto de ellos y que se ha de decir lo que ellos quieren y conducirse también
como ellos desean.
Nunca olvidaré el día cuando dije en Nueva York, a un
auditorio de más o menos 800 personas, que todos ellos podían alcanzar cierto
grado de realización espiritual si les interesaba, pero demandaría sacrificio
de su parte, como había ocurrido en mi propia vida. Les expliqué que había
aprendido a planchar la ropa de las niñas etc., mientras leía un libro sobre
temas espirituales o de ocultismo, sin quemar las prendas; que podían controlar
su pensamiento y aprender a concentrarse mentalmente y a orientarse
espiritualmente pelando papas o limpiando guisantes, porque lo mismo había
hecho yo, que no creía en la necesidad de sacrificar a la familia y su
bienestar, por nuestras urgencias espirituales. Al finalizar la conferencia una
mujer se puso de pie y públicamente me amonestó por haberme referido a asuntos
triviales delante de tanta gente. Le repliqué: “No creo que la comodidad de la
propia familia sea un asunto tan trivial; tengo siempre presente el trabajo
realizado por cierta mujer, maestra y conferencista muy renombrada, cuyos seis
hijos jamás la veían, quedando la responsabilidad de su cuidado en manos de
quien quisiera tomarse ese trabajo”.
Personalmente no siento el menor aprecio por quien llega
a una realización espiritual a expensas de su familia o amigos. Esto sucede muy
a menudo en los distintos grupos ocultistas. Cuando se me acerca la gente para
contarme que sus familiares no simpatizan con sus aspiraciones espirituales,
les hago las siguientes preguntas: “¿Deja sus libros de ocultismo por todas
partes, donde molestan a los demás? ¿Exige silencio absoluto en la casa mientras
hace su meditación matutina? ¿Deja que la familia se prepare la cena mientras
asiste a una reunión?”. Es aquí donde los estudiantes esotéricos se convierten
en tontos y desacreditan al ocultismo. La vida espiritual no debe vivirse a
expensas de los demás, y si la gente debe sufrir las consecuencias de nuestro
intento de ganar el cielo, no es correcto.
Si hay alguien en el mundo que me enferma, cansa y hastía,
es el tipo de ocultista técnico y académico. Otro tipo que me fastidia es el
del tonto que cree estar en contacto con los Maestros y habla misteriosamente
de las comunicaciones que ha recibido de Ellos. Cuando me refiero a tales
comunicaciones acostumbro a decir: “Creo que esto es lo que el Maestro dice”,
“Creo que esta es la enseñanza, pero empleen ustedes su propia intuición, pues
quizá no sea así”. Tal vez alguien me considere escurridiza como una anguila,
pero doy plena libertad a la gente.
Este contacto con el público comenzó lentamente en 1921,
lo que originó un período muy difícil de mi vida. Siempre he presentido que,
astrológicamente, debía tener a Cáncer en el ascendente, porque me gusta
ocultarme y hacerme invisible, y el versículo de la Biblia que me ha parecido
de gran importancia, es el que se refiere a “la sombra de una gran roca en la
tierra sedienta”.
Muchos astrólogos de renombre se han divertido tratando
de confeccionar mi horóscopo. La mayoría han establecido a Leo en el
ascendente, porque me consideran muy individualista. Sólo uno de ellos
estableció a Cáncer en el ascendente; poseía visión interna y simpatizaba con
mi sentir acerca de la publicidad, creo que eso lo inclinó a establecerlo como
mi signo ascendente, aunque sin embargo creo que es Piscis. Mi esposo y una de
mis hijas son de Piscis; Piscis es el símbolo del médium o “mediador”. No soy
médium, pero sí una especie de “mediador” entre la Jerarquía y el público.
Quisiera que observen que digo público y no grupos ocultistas. Sé y creo que el
público común está más preparado para recibir un conocimiento sensato de los
Maestros y una normal y sensible interpretación de la verdad oculta, que los
miembros del grupo ocultista corriente.
Mis hijas habían llegado a la edad en que el cuidado
físico normal que absorbe la atención de toda madre, se convertía en exigencias
emocionales. Este ciclo, que dura hasta alcanzar la pubertad, es
extremadamente difícil, tanto para los hijos como para las madres. No tengo la
plena seguridad como madre, de haber reaccionado bien o actuado prudentemente,
y quizá se deba simplemente a mi buena estrella que hoy mis hijas me quieran.
Tuvieron una educación más normal que la mía, puesto que estuve en manos de
extraños, gobernantas y maestros, y quizá por eso me fue difícil comprenderlas.
Tenía una idea muy exaltada sobre lo que debían ser las relaciones entre madre
e hijos. En cambio las mías no tienen la misma idea. Alguien debía cuidarlas, y
también al mismo tiempo oponerse a sus deseos. Aprendí muchísimo en este corto
período de años y ese conocimiento me resultó valioso cuando me vi en
situación de ayudar a otras madres a solucionar sus problemas. Echando una
mirada retrospectiva, honestamente no creo que mis hijas tuvieron muchas
causas para estar en desacuerdo conmigo, pues sinceramente traté de comprenderlas
y simpatizar con ellas; pero desde un punto de vista general me fastidia el
comportamiento de los padres en este país y en Gran Bretaña.
En los Estados Unidos somos demasiado blandos y
condescendientes con nuestros hijos, de manera que tienen muy poco sentido de
responsabilidad y autodisciplina, en cambio en Gran Bretaña la disciplina, las
exigencias paternas, la supervisión y el control son suficientemente fuertes
como para que se rebele cualquier criatura. En ambos países el resultado es el
mismo: rebeldía. La joven generación británica me parece, por lo que he podido
colegir, que se halla en un estado de total anonadamiento acerca de lo que
quiere hacer y debe sustentar la joven generación en este mundo, mientras que
la escandalosa conducta de los soldados del ejército norteamericano, cuando
actuaron en Europa y en otras partes, ha dañado seriamente el prestigio de los
Estados Unidos en el mundo entero. No culpo a los muchachos norteamericanos
sino a las madres y padres, a los docentes y a los oficiales del ejército, por
no haberles proporcionado un sentido de orientación, de responsabilidad y
verdaderas normas de vida. En verdad no podemos culpar totalmente a nuestros
jóvenes de haberse descarriado durante la guerra y cuando fueron a ultramar.
Cuando fui a Europa y a Gran Bretaña en el verano de
1946, obtuve información directa de los nativos de distintos países respecto a
su conducta, a las decenas de miles de hijos ilegítimos que dejaron atrás,
carentes de todo cuidado y sin ser reconocidos, así como también de las cientos
de jóvenes con quienes se casaron para abandonarlas después. Una de las cosas
más interesantes que descubrí, fue saber la gran estima que les merecía las
tropas de negros, debido a su cortesía y delicadeza con las mujeres, pues nunca
se aprovechaban de una muchacha, a no ser que ella estuviera dispuesta. Esta
crítica a los jóvenes norteamericanos puede extenderse a las tropas británicas
más disciplinadas. Repetidas veces en Inglaterra les he dicho a personas que
criticaban a las tropas norteamericanas, “está muy bien, y estoy dispuesta a
creer todo lo que digan de ellos, pero qué me dicen de las indecentes jóvenes
inglesas, francesas y holandesas, pues se necesitan dos para ese juego”. Si
bien los muchachos norteamericanos tenían demasiado dinero y aunque los
oficiales les daban libertad de acción cuando estaban en servicio activo, las
mujeres de otras nacionalidades son también culpables. Es comprensible que
estas muchachas famélicas y desnutridas prefirieran irse con soldados norteamericanos
cuando ello significaba tener pollo y pan para sus familias. No digo esto para
disculparlos, pero debo exponerlo porque es la realidad de los hechos.
Todo el problema sexual y la relación entre los sexos
quizá sea uno de los problemas mundiales que tendrán que ser resueltos en el
siglo venidero. Cómo será resuelto no me corresponde decirlo. Supongo que
mayormente es una cuestión de educación correctiva y de inculcar a la juventud,
en los últimos años de su adolescencia, el concepto de que la muerte es el
precio del pecado. Uno de los hombres más limpios que conocí y que nunca se descarrió,
según se dice en sentido puritano, me dijo que la única razón de su pureza
radicaba en el hecho de que a los diecinueve años su padre lo había llevado a
un museo de medicina y le mostró algunos resultados de la mala conducta. No
creo en el empleo del temor para corregir la conducta y las debilidades, pero
probablemente la evidencia objetiva de la pecaminosidad material tiene su
valor.
Tampoco tengo la intención de ocuparme de este tema con
mayores detalles, pero tiene que ver con el problema que enfrenté cuando nos
instalamos en la casa de Ridgefield Park. Debía enviar a mis hijas a las
escuelas públicas de Nueva Jersey. Estaba habituada a la idea de la educación
mixta, pero para un grupo de escolares menores de diez años exclusivamente. Por
mi parte, yo no era producto del sistema educativo mixto, ni me agradaba mucho
para niñas que iban llegando a la adolescencia, pero no tenía otra alternativa
y tuve que afrontar la situación.
Contando con un hogar apropiado y con la influencia
paternal adecuada, hoy no conozco mejor sistema que el de la educación mixta.
El asombro de mis hijas casi fue cómico cuando llegaron por primera vez a
Inglaterra y se dieron cuenta cómo las chicas inglesas consideraban a los
jóvenes. Comprobaron que las inglesitas sobreestimaban a los muchachos, que
estaban impregnadas de misterio referente al sexo y no sabían cómo tratar a los
varones; en cambio la joven norteamericana, educada en la misma clase a la par
de los varones, comiendo, yendo, viniendo y jugando juntos, tenía una actitud
más sensata y sana. Espero que no pasará mucho para ver implantado, en todos
los países del mundo, el sistema de educación mixta. Pero detrás de estos
sistemas debe estar el hogar para complementar y neutralizar aquello de que
carece el sistema escolar. Es esencial enseñar a los jóvenes de ambos sexos,
mutuas y correctas relaciones y mutuas responsabilidades, y darles mucha
libertad, basada en la confianza, dentro de ciertos límites recíprocamente
elegidos.
Mis tres niñas comenzaron a concurrir a la escuela
pública. No puedo decir que se hayan destacado. Todos los años pasaban de
grado, pero no recuerdo que fueran las primeras de la clase o estuvieran en el
cuadro de honor. No lo considero un deshonor para ellas. Las tres poseían una
fina mentalidad y probaron ser ciudadanas altamente inteligentes, pero no les
interesaba particularmente la escuela. Recuerdo que Dorothy me trajo un editorial
del New York Times, cuando era alumna de la escuela secundaria. El editorial
se refería a los modernos sistemas educativos, señalando su utilidad para las
masas. No obstante, dicen que dichos sistemas educativos no eran adecuados
para criaturas muy inteligentes, creadoras o bien dotadas. “Eso”, dijo mi hija,
“somos nosotras, y por esta causa no hacemos mayores méritos en la escuela”.
Probablemente tenía razón; me cuidé bien de decírselo. Lo malo de la educación
mixta estriba en las clases demasiado numerosas y en que todos no pueden
recibir la debida atención. Recuerdo que un día le pregunté a Mildred por qué
no había hecho sus deberes y me contestó: “Mamá, calculo que por haber sesenta
niños en mi clase, el maestro tomará tres semanas para llegar a mi, y por el
momento no es necesario hacer nada”. De todos modos hicieron sus cursos,
graduándose normalmente, y ello fue suficiente. Sin embargo, eran grandes
lectoras. Constantemente se encontraban con personas inteligentes y escuchaban
conversaciones de interés; estaban en contacto, por intermedio de Foster y mío,
con gente de todas partes del mundo, siendo su educación realmente muy amplia.
Durante todo este tiempo, Foster actuaba como secretario
en la Asociación Teosófica de Nueva York, una organización independiente, no
oficial; yo cocinaba, cosía, hacía todo el trabajo de la casa y escribía
libros. Todos los lunes por la mañana Foster y yo nos levantábamos a las cinco
y hacíamos el lavado semanal, incluso el de las sábanas, porque era poco el
dinero que entraba. Más o menos en el último año de mi vida pude liberarme de
algunos quehaceres domésticos.
En esa época, Foster organizó el “Comité de los 1.400”
—creado con el objeto de llevar a la Sociedad Teosófica a sus principios
originales. Este comité era una réplica diminuta de la gran separación que
había alcanzado su punto álgido en la guerra mundial de 1939; constituía
esencialmente una lucha entre las fuerzas reaccionarias y conservadoras de la
Sociedad y las nuevas fuerzas liberales que bregaban para lograr la
restauración de los principios originales de la Sociedad. Fue una lucha entre
un grupo seleccionado, aislacionista, superior, que se consideraba más sabio y
espiritual que el resto de los miembros, contra los que amaban a sus semejantes
y creían en el progreso y en la universalidad de la verdad. Era una reyerta
entre una facción excluyente y un grupo incluyente. No fue un enfrentamiento de
doctrinas sino de principios, y Foster dedicó mucho tiempo a organizar la
lucha.
B. P. Wadia volvió de la India, y al principio teníamos
la esperanza de que daría mayor fuerza a nuestro empeño. Sin embargo,
descubrimos que su intención era asumir, con la ayuda de Foster y del “Comité
de los 1.400”, la presidencia de la Sociedad en este país. Pero Foster no había
organizado las cosas para poner en el poder a un hombre que representara al
comité. Éste se había organizado para presentar a los miembros de la Sociedad
Teosófica los problemas actuales involucrados y los principios en juego.
Cuando Wadia descubrió esto, amenazó con apoyar e interesarse por la “United
Lodge of Theosophists”, una organización rival y muy sectaria, que representaba
la actitud fundamentalista de la Sociedad Teosófica, conjuntamente con uno o
dos grupos teosóficos que representaban el punto de vista de los teólogos
ortodoxos, quienes sostenían que la última palabra la había dicho H. P. B., que
nada más debía agregarse, y si no se aceptaba la interpretación que ese grupo
daba a lo que H. P. B. expresó y significó, no se podía ser buen teósofo. Esto
explica por qué estos grupos fundamentalistas son tan reducidos.
El Comité de los 1.400 continuó su labor. Al efectuar la
siguiente elección eligieron a los miembros (o más bien la sección esotérica
ordenó la elección) y en consecuencia la labor del comité llegó a su término.
Wadia apoyó, como dijo que lo haría, a la “United Lodge of Theosophists”, y
regresó oportunamente a la India, donde fundó una de las mejores revistas sobre
ocultismo que existen actualmente. Se llama “The Aryan Path”, y es muy buena.
El término “aryan” (ario) no tiene nada que ver con la aplicación que Hitler le
dio. Se refiere al sistema ario de valoración espiritual y al modo como la
gente de la quinta raza raíz se acerca a la realidad.
Mientras tanto, comencé a dictar un curso sobre la
Doctrina Secreta; había alquilado una habitación en la avenida Madison, donde
además de dictar clases podía citar a las personas para una entrevista. Este
curso comenzó en 1921 y era muy concurrido. Asistían regularmente personas de
diversas ramas teosóficas y grupos de ocultismo. Un día vino Richard Prater,
antiguo asociado de W. Q. Judge y discípulo de H. P. Blavastky, y la semana
siguiente trajo a todos los que integraban su curso sobre la Doctrina Secreta.
Menciono esto para bien de la “United Lodge of
Theosophists” y para quienes sostienen que el verdadero linaje teosófico proviene
de H. P. B. por intermedio de W. Q. Judge. Todo lo que sé de teosofía me fue
enseñado por amigos personales y discípulos de H. P. B., y esto lo reconoció
Prater. Más adelante me dio las instrucciones de la sección esotérica, que
recibiera de H. P. B. Son idénticas a las que había visto yo allí, pero esta
vez sin compromiso de ninguna clase, y se me dejó en libertad para emplearlas
en cualquier momento, y así lo hice. Cuando Prater falleció, hace años, su
biblioteca llegó a nuestras manos con las antiguas ediciones de la revista
“Lucifer” y de la Revista Teosófica, más otros escritos esotéricos que había
recibido de H. P. B.
En uno de los papeles recibidos, H. P. B. expresaba su
deseo que la sección esotérica se llamara Escuela Arcana. Esto nunca se había
hecho, entonces decidí cumplir con el deseo de la venerable dama y dar a la
escuela este nombre. Considero que fue un gran privilegio y felicidad haber
conocido a Prater.
Otra antigua discípula de Madame Blavatsky y del Coronel
Olcott, la señorita Sarah Yacobs, me proporcionó las placas fotográficas de
los retratos de los Maestros que recibió del coronel Olcott; por eso guardo un
recuerdo feliz de que los discípulos y amigos personales de H. P. Blavatsky
aprobaban lo que yo estaba dispuesta a realizar. Tuve su apoyo y ayuda, hasta
que pasaron al más allá. Cuando los conocí ya eran ancianos. La actitud de los
actuales dirigentes y miembros teosóficos siempre me ha divertido. Jamás
aprobaron mi enseñanza, sin embargo venía directamente de discípulos entrenados
personalmente por ella, siendo por lo tanto más exacta que la impartida por
quienes no conocieron a H. P. B. Menciono esto para bien del trabajo y quiero
que se reconozca su fuente de origen.
Del curso sobre la Doctrina Secreta, que dictaba en la
Avenida Madison, surgieron en todo el país grupos de estudiantes que recibían
esas lecciones. Las clases se ampliaron y prosperaron, hasta que despertaron
definidamente el antagonismo teosófico, y el Dr. Jacob Bonggren me advirtió que
mis clases eran atacadas. Bonggren era un antiguo discípulo de H. P. B.; sus
escritos fueron publicados en los primeros números de la revista y me enorgullece
el hecho de haber recibido su apoyo en esos días.
En 1921 formamos un pequeño grupo de meditación con
cinco hombres, mi esposo y yo, reuniéndonos generalmente los martes por la
tarde, después del trabajo, para conversar acerca de las cosas de interés,
considerar el Plan de los Maestros de Sabiduría y meditar sobre la parte que
nos correspondía desempeñar en él. Este grupo se reunió constantemente en el
verano de 1922 a 1923. Entre tanto yo continuaba escribiendo para El Tibetano,
y ya se habían editado los libros: “Iniciación Humana y Solar”, “Cartas sobre
Meditación Ocultista” y “La Conciencia del Átomo”.
La gente se inclina a creer que si alguien escribe un
libro sobre un tema técnico, como la meditación, debe saber todo lo que a ello
se refiere. Empecé a recibir cartas de todas partes del mundo, de gente que me
pedía enseñarles a meditar o ponerlos en contacto con los Maestros de
Sabiduría. Esta última petición siempre me ha causado gracia. No soy de esas
instructoras ocultistas que pretenden saber con exactitud lo que el Maestro
quiere que se realice, o que tiene el poder de presentar a los Maestros ante
curiosos y tontos. Así no se establece contacto con los Maestros. No son objeto
de atracción para curiosos, crédulos e ignorantes. Sólo el servidor altruista
de la raza y el que interpreta inteligentemente la verdad, puede hacer contacto
con Ellos.
He difundido la enseñanza tal como la he recibido de El
Tibetano, pero la responsabilidad es Suya. Como Maestro de Sabiduría sabe lo
que yo no sé, y tiene acceso a los archivos y verdades que están sellados para
mí. Creer que sé todo lo que se dice en Sus libros, es falso. Como discípulo en
entrenamiento puedo saber más que el lector común, pero no tengo el vasto
conocimiento que posee El Tibetano; siento regocijo, con frecuencia, cuando
algún teósofo antagonista me describe (podría dar nombres, pero no lo haré)
como esa “señora peculiar que tiene su oído pegado al ojo de la cerradura de
Shamballa”. Pasará mucho tiempo antes de adquirir el derecho de “entrar en el lugar
donde la Voluntad de Dios es conocida” y, cuando lo haga, no necesitaré el ojo
de la cerradura.
En el verano de 1922 fui con mi familia, por tres
semanas, a Amagansett, en Long Island, y me dediqué a escribir una carta
semanal al grupo de estudiantes, para ser leída y estudiada durante nuestra
ausencia. En muchos casos estas cartas resultaron oportunas para quienes
inquirían sobre meditación, el camino hacia Dios y el plan espiritual para la
humanidad, de modo que les enviaba copias a medida que las escribía. Cuando
regresamos a Nueva York, en septiembre, tuvimos que considerar la forma de
manejar la correspondencia acumulada (como consecuencia del incremento de la
venta de libros), de satisfacer la demanda de clases sobre la Doctrina Secreta
y encarar los pedidos de ayuda espiritual. Por eso en abril de 1923 organizamos
la Escuela Arcana.
Fuimos apoyados por los cuatro o cinco hombres que se
reunían con mi esposo y yo, los martes por la tarde. Dos de ellos, desde hace
veinticuatro años, trabajan con nosotros, y los otros dos han pasado al más
allá. Al principio no teníamos la menor idea de cómo organizar este trabajo.
Ninguno, excepto uno, había pertenecido a una escuela por correspondencia, ni
sabíamos cómo manejar las cosas. Sólo teníamos buena intención y un ardiente
deseo de ayudar, y tres libros sobre temas ocultistas. Desde esa época han
pasado por la escuela más de 30.000 personas; las que ingresaron hace 10, 12 ó
18 años todavía están con nosotros, y la obra de la Escuela Arcana se conoce y aprecia
en casi todos los países del mundo, exceptuando Rusia y cuatro países más.
De haber tenido el menor atisbo de la extensa y
absorbente tarea que nos esperaba, dudo que hubiéramos tenido el valor de
emprenderla. De haber sabido los dolores de cabeza y desasosiegos que me
traería y las responsabilidades que debe asumir una escuela esotérica, sé que
no hubiera intentado emprender este trabajo, pero los tontos se precipitan
donde los mismos ángeles temen caminar, y me precipité.
Sin embargo, no podría haber hecho nada sin el apoyo y
sabiduría de mi esposo. Tiemblo sólo de pensar en los errores que hubiera
cometido, los juicios equivocados en que pude haber incurrido y las
consecuencias legales que todo eso me pudo traer y en lo cual me habría visto envuelta.
Su clara mentalidad jurídica, su impersonalidad y calma para permanecer
inalterable, cuando yo creía que podía excitarse, me han salvado constantemente
de mis errores.
No
resulta fácil dirigir una escuela esotérica, ni tampoco asumir la responsabilidad
de enseñar a las personas la verdadera meditación. Es difícil hollar el
estrecho sendero del filo de la navaja, que pasa entre el psiquismo superior, o
percepción espiritual, y el psiquismo inferior, que muchas personas comparten
con gatos y perros. No es fácil discriminar entre una corazonada psíquica y una
percepción intuitiva; tampoco es fácil hacerse cargo espiritualmente de la vida
de las personas y darles lo que necesitan cuando voluntariamente se ponen en
nuestras manos para recibir entrenamiento. Nada de esto yo hubiera podido
realizar en la extensión lograda, si no fuera por la maravillosa ayuda de
quienes trabajaban en la Sede y los estudiantes secretarios. Comenzamos con una
habitación; ocupamos actualmente (1947) dos pisos en la calle 11, West 42nd.
Street, con un considerable personal y Sedes en Inglaterra, Holanda, Italia y
Suiza. Además del personal de la Sede, tenemos un grupo de ciento cuarenta
secretarios, estudiantes avanzados que ayudan en la instrucción de los demás
estudiantes. Debido al desinterés y voluntaria ayuda prestada constantemente
durante estos años por los secretarios, diseminados por todo el mundo, hemos
podido continuar la tarea.
Cuando
se inició el trabajo, había determinado que todas las actividades del grupo debían
regirse por ciertos principios básicos. Ansío dejar bien aclarado esto porque
lo creo fundamental y debería regir en todas las escuelas esotéricas. Después
que yo haya desaparecido quiero estar segura que estos principios determinarán
las normas a seguir. La instrucción básica impartida en la Escuela Arcana es la
misma que se ha dado a los discípulos a través de las edades. Por lo tanto, si
la Escuela Arcana tiene éxito, no tendrá un gran número de miembros en este
siglo. Los que están preparados para ser instruidos en las leyes espirituales
que rigen a los discípulos, son raros de encontrar, aunque debemos esperar que
el número se acreciente. La Escuela Arcana no es una entidad para discípulos
probacionistas. Está destinada a ser una escuela de entrenamiento para quienes
pueden actuar, directa y conscientemente, bajo la dirección de los Maestros de
Sabiduría. Existen hoy en el mundo muchas escuelas para probacionistas que
realizan un trabajo noble, grande y necesario.
Durante mucho tiempo me sentí muy
desconcertada respecto a la razón por la cual la Sociedad Teosófica y, en
especial, los miembros de la sección esotérica, eran tan amargamente antagónicos
respecto al trabajo que yo intentaba llevar a cabo. Sabía que no se debía a
nuestras actividades anteriores dentro de esa Sociedad, sino que se basaba en
otra cosa, y eso me desconcertaba. Siempre me había parecido, y me sigue
pareciendo, que hay en el mundo lugar para varios cientos de escuelas
esotéricas verdaderas y que todas podrían colaborar, complementándose unas a
otras.
Cavilé
sobre esto durante mucho tiempo, hasta que, a principios de 1930,
encontrándome en Paris, pregunté al señor Marcault, presidente de la Sociedad
Teosófica de Francia, a qué se debía este antagonismo. Me miró con cierto
asombro y contestó que, lógicamente, no le parecía bien que en vez de hacer
ingresar gente a la sección esotérica, me la llevara a mi grupo. Lo miré igualmente
asombrada y repliqué que en la Escuela Arcana contábamos con cuatro tipos
distintos de teósofos, otros tantos de rosacruces y que ninguno de ellos había
querido entrar en la Sociedad Teosófica, de la cual él y yo éramos miembros. Le
recordé que en la sección esotérica nadie era admitido sin antes haber sido
miembro de la Sociedad durante dos años, y le pedí que explicara por qué las
personas preparadas para recibir entrenamiento esotérico debían esperar dos
años en un grupo exclusivamente exotérico. No supo qué responder, y su
desconcierto aumentó cuando señalé (ahora reconozco que fue una mala táctica de
mi parte) que era lamentable que la Escuela Arcana y la sección esotérica no pudieran
trabajar juntas. Puntualicé que la sección esotérica era en el mundo la mejor
escuela para probacionistas, porque activaba los fuegos de la aspiración y
nutría la devoción de sus miembros, pero en cambio, nuestra escuela daba
entrenamiento para llegar a ser “discípulos aceptados”, es decir, para quienes
estaban en las últimas etapas del sendero de probación, y hacíamos hincapié en
la impersonalidad y en el desarrollo mental. Agregué que nuestra tarea era
deliberadamente selectiva, quedándose sólo aquellos que en realidad estudiaban
fervorosamente y manifestaban signos de verdadera cultura mental. Le dije que
rechazábamos cientos de personas de tipo emocional o devocional, y que si
trabajábamos juntos podían ser transferidas muchas personas a la sección
esotérica. No le complació ni le impresionó bien, y por cierto no pude culparlo.
No quise que mi manifestación invalidara ninguna de las dos, pues para mí ambos
grupos eran igualmente necesarios; cumplían un propósito espiritual, y ya se
tratara de un probacionista o un discípulo, seguían siendo seres humanos
espiritualmente orientados, que requerían entrenamiento y disciplina.
El
sentido de posición y categoría ha sido la maldición de la Sociedad Teosófica y
de muchos grupos ocultistas. Como he dicho a menudo a los secretarios, la
antigüedad en la Escuela Arcana no es un signo de desarrollo espiritual y en su
grupo pueden tener un principiante mucho más avanzado que ellos en el sendero
del discipulado. Otra cosa me deja perpleja, y es cuando la gente cree que una
persona emotiva, de fuertes sentimientos, sensible y perceptiva, tiene menos
importancia que una de tipo mental. Nadie puede existir sin corazón o sin cabeza,
y el verdadero estudiante ocultista es una combinación de ambas cosas. Los
dirigentes de la Sociedad Teosófica no permiten a los miembros de la Escuela
Arcana ingresar en la sección esotérica, sin haber renunciado antes a nuestra
escuela. Esto es un gran error y parte de la gran herejía de la separatividad.
Nosotros
no exigimos tal separación; decimos a los estudiantes que si la escuela logra
profundizar su vida espiritual, ampliar su horizonte y acrecentar su percepción
mental, les corresponde aplicarlo en la iglesia, la sociedad, organización o
grupo, hogar o comunidad, que el destino les ha deparado. Por eso tenemos
estudiantes activos que son miembros de diversas logias teosóficas, y cada una
se considera única y verdadera; también hay estudiantes que pertenecen a cuatro
grupos distintos de rosacruces y miembros de las iglesias católica y
protestante, de la Christian Science y de la Unity y de todas las
organizaciones conocidas con una base espiritual o religiosa. Aceptamos otros
que no tienen creencia alguna, pero están dispuestos a aceptar una hipótesis y
probar su validez. Por eso la Escuela Arcana es apolítica y no sectaria y
profundamente internacional en sus ideas. Su nota clave es el servicio. Sus
miembros pueden pertenecer a cualquier secta y partido político, y trabajar en
ellos siempre que recuerden que todos los caminos conducen a Dios y que el
bienestar de la humanidad debe regir todos sus pensamientos. Ante todo, en esta
escuela se le enseña al estudiante que las almas de los hombres son una.
Quisiera
agregar además, que la creencia en la Jerarquía espiritual de nuestro planeta
aquí se enseña científicamente, no como doctrina sino como un reino existente y
demostrable en la naturaleza. Hemos tenido demasiada enseñanza clerical acerca
del reino de Dios y el reino de las almas. Estos términos equivalen a la frase
empleada anteriormente, la Jerarquía espiritual del planeta.
En
esta escuela se desarrolla la verdadera obediencia ocultista, que no implica
obediencia a mí, a otro dirigente de la escuela ni a algún otro ser humano. No
se exige ni se pide a los estudiantes juramento alguno de adhesión u obligación
personal hacia ningún individuo. Sin embargo, se les enseña a obedecer
rápidamente los dictados de su propia alma. A medida que la voz del alma se
intensifica y se hace familiar, con el tiempo se transformarán en miembros
del reino de Dios y serán llevados ante el Cristo.
En
1923, establecimos así una escuela sin carácter doctrinario ni sectario, basada
en la Sabiduría Eterna, llegada hasta nosotros desde la misma noche de los
tiempos. Iniciamos una escuela que tiene un propósito definido y un objetivo
específico, una escuela incluyente y no excluyente, que orienta a sus
discípulos hacia una vida de servicio, lo cual constituye el camino de
acercamiento a la Jerarquía, en vez de la egoísta auto-cultura espiritual. Estuvimos
de acuerdo en que el trabajo debía ser arduo, pesado y difícil, para poder
eliminar a los ignorantes. Una de las cosas más fáciles de fundar en el mundo
es una escuela ocultista donde el individuo se interesa en sí mismo, siendo muy
común, pero nada de eso queríamos.
Poco
a poco aprendimos a organizar el trabajo, a instruir al personal, a
sistematizar los ficheros y a adoptar esos sistemas comerciales que aseguran la
rápida atención de nuestros estudiantes. Hemos mantenido financieramente a la
escuela, sobre una base de aportes voluntarios, sin cobrar por el estudio. De
esta manera no tenemos ninguna obligación pecuniaria con los estudiantes y nos
reservamos el derecho de rechazarlo o eliminarlo en cualquier momento, si no
aprovecha la enseñanza. No tenemos ningún subsidio ni acaudalado donante para
la obra. Se sostiene con los pequeños aportes de los muchos, lo cual es más
sólido y seguro.
Creo
que es todo lo que tengo que decir acerca del comienzo de la Escuela Arcana y
su funcionamiento. Constituye el corazón de todo lo que hacemos. Tenemos hoy
varias secciones: británica, holandesa, italiana, suiza y sudamericana.
Además, el trabajo ha sido organizado en Turquía y África occidental y hay miembros
en muchos otros países. Las lecciones de la Escuela Arcana se publican en
muchos idiomas; los estudiantes son atendidos por secretarios que hablan el
mismo idioma. Las actividades de servicio abarcan un campo amplio, pero no me
ocuparé aquí de ellas.
Los
seis años siguientes, 1924 a 1930, fueron algo monótonos. Los recuerdo
claramente como un ciclo en que día tras día, semana tras semana, mes tras mes,
hacía siempre lo mismo, mientras llevaba adelante la Escuela Arcana.
Continuamente escribía artículos y lecciones para la escuela; concedía
entrevistas y, en 1928, cada veinte minutos recibía a alguien. Nunca me dejé
llevar por el engreimiento, creyéndome una gran persona. Esto se debía a que no
cobraba nada.
En
esos años, en todas partes, pronunciaban conferencias psicólogos de todo tipo.
Psicoanalistas de cualquier especie concedían entrevistas y cobraban elevados
honorarios. Por mi parte, nunca cobré nada, dedicaba el día entero en atender
personas con algún problema que esperaba solución. En Nueva York había entonces
una mujer que cobraba 500 dólares por una consulta de media hora, teniendo un
sinnúmero de personas que esperaban ser atendidas. Puedo asegurar que nunca
dio tan buenos consejos como los que yo daba gratuitamente.
En
esa época descubrí definidamente uno de los misterios de la naturaleza humana.
Comprobé que la gente está dispuesta a revelar a un extraño los asuntos más
íntimos de su vida diaria, sus relaciones sexuales con sus esposos o esposas.
Creo que mi reacción en contra de esto tenía su base en mi educación inglesa,
porque en América se habla a los desconocidos con más libertad que lo que
acostumbra hacer la otra parte de la raza anglosajona. Con toda sinceridad digo
que nunca me agradó. Que exista cierta reticencia es útil y correcto y siempre
me he dado cuenta que cuando una persona ha sido demasiado franca y se ha
abierto en una conversación íntima, generalmente termina detestándolo a uno —un
tipo de odio inmerecido e injustificado contra la persona en quien se ha
confiado. Nunca me han interesado las relaciones sexuales de la gente, pero
comprendo que son un factor muy importante para la armonía individual.
La
cuestión del sexo está hoy muy difundida. Soy una inglesa conservadora que siente
horror por el divorcio y le desagradan las polémicas acerca del sexo, pero, sin
embargo, sabe muy bien que la moderna generación no está totalmente equivocada.
Sé que la actitud victoriana era malsana y perniciosa. El secreto y misterio
con que rodeaban el problema del sexo, resultaba peligroso para los jóvenes
inocentes, respecto a una vida creadora natural. Los rumores, los secretos, las
informaciones a puertas cerradas, originan interrogantes entre los jóvenes,
dando por resultado un pensar aberrante, por eso resulta difícil perdonar a los
padres victorianos. Actualmente sufrimos la consiguiente reacción. Es muy
posible que la juventud sepa demasiado, pero personalmente creo que esta
condición es mucho más segura que la que yo conocí.
Cuál
es la solución al problema sexual de las razas no lo sé; pero sé que algunos
países regidos por la ley inglesa y presumiblemente por la ley holandesa y
otras más, el mahometano puede tener varias esposas. Los americanos, los
ingleses o los de cualquier nación, siempre han tenido innumerables relaciones
sexuales. De esta promiscuidad y de la búsqueda de una respuesta, se hallará
eventualmente la verdadera solución. Los franceses no lo han resuelto, pues en
la nación francesa se ha demostrado que “la mente es el matador de lo real”.
Los franceses son tan realistas, que olvidan a menudo lo bello, espiritual y
subjetivo, y esto indica una gran falla en su cerebro. El Senado se reúne sin
reconocer a la Deidad; las Logias Masónicas son proscritas por las Grandes
Logias de otros países, pues no reconocen al Gran Arquitecto del Universo, y
sus relaciones sexuales se basan en un concepto puramente utilitario, que
tendría una sólida base siempre que no existiera en el mundo nada más que la
vida material.
Hoy,
1947, el mundo sufre de demencia sexual. Gran Bretaña, Estados Unidos y otros
países están colmados de casos de divorcio; la juventud se casa en el
entendimiento de que si la unión no resulta feliz, puede ser disuelta, y ¿quién
puede decir que no es razonable? Los hijos ilegítimos, como resultado de la
psicosis de la guerra, en todos los países son la regla y no la excepción.
Dondequiera que marchen los ejércitos, dejan como saldo cientos de miles de
hijos ilegítimos. La iglesia lanza su anatema contra los modernos puntos de
vista del matrimonio y la desilusión que ello trae, pero no ofrece solución, y
tanto la Iglesia Católica, como la Episcopal de los Estados Unidos y Gran
Bretaña, sostienen que obtenido el divorcio, un nuevo casamiento constituye
adulterio.
A
este respecto recuerdo muy bien que, para asistir a la mañana temprano a una
pequeña iglesia en Tunbridge Wells, cerca de nuestra sede, y recibir la
comunión, pedí permiso al párroco, pues Inglaterra es un país muy pequeño y mi
familia muy conocida. El párroco respondió que tenía que pedir permiso al
obispo, éste lo negó, y el rector me dijo que no podía recibir la comunión.
Miré fijamente al rector unos minutos, y le dije: “Pude haber venido de América
como mujer ligera, que bebe, juega a los naipes, y con media docena de
amantes, permitiéndoseme recibir la comunión por no estar divorciada. Veinte
años atrás se me otorgó el divorcio con total aprobación del obispo y del clero
de la diócesis, porque conocían los hechos, pero ahora no puedo recibir la comunión
—yo que he tratado de servir a Cristo desde que tuve 15 años”. Hay algo que
fundamentalmente no está bien en la Iglesia Anglicana, y algo igualmente
erróneo aquí, en la Iglesia Episcopal, pues una vez me dijo un obispo: “Nunca
me diga que una persona es divorciada, porque si lo ignoro, no causo daño, pero
si lo sé, me veo obligado a negarle la comunión”. Los comentarios huelgan.
Creo
que estamos en camino de lograrle solución al problema sexual. ¿Cuál será esa
solución? no lo sé, pero confío en la pureza innata de la humanidad y en el
progresivo desenvolvimiento del propósito de Dios. Puede que la solución salga
de una educación correcta, lograda en nuestras escuelas, unida a una correcta
actitud de todos los padres del mundo para con sus hijos e hijas adolescentes.
La actitud actual se basa en el temor, la ignorancia y la reticencia. Llegará
el momento en que educadores y padres conversarán abierta y directamente con
los jóvenes, sobre los hechos de la vida, y la regulación de las relaciones
sexuales, y presiento que ese momento se aproxima a pasos agigantados. La juventud
es muy sana, pero su ignorancia frecuentemente constituye la causa de las
dificultades. Si conocieran los hechos (los hechos brutales al desnudo) sabrían
qué hacer. Esas conversaciones estúpidas sobre florecillas y semilleros, y los
niños que trae la cigüeña, y ejemplos similares y abundantes del problema
sexual, resultan un insulto a la inteligencia humana, y nuestros jóvenes
poseen una inteligencia muy elevada.
Personalmente
quisiera que los jóvenes adolescentes, de ambos sexos, concurrieran a un médico
comprensivo capaz de explicarles la verdad lisa y llana. Que se gestara en la
joven generación el respeto por su función como futuros padres de la próxima
generación, y que los padres actuales, hablando en sentido general, dieran a
los jóvenes más libertad para solucionar sus propios problemas. La experiencia
me ha enseñado que se puede confiar en ellos cuando saben las cosas. El varón y
la mujer comunes no son degenerados por naturaleza, ni corren riesgos cuando
saben que existen. Me agradaría que el médico encarara el problema sexual,
hablándoles a los jóvenes desde el punto de vista de la paternidad y desde el
ángulo de los peligros de la promiscuidad, además de advertirles seriamente
sobre la homosexualidad, que constituye hoy una de las mayores amenazas que
acechan a los jóvenes de ambos sexos. Al explicarles los hechos y discutir el
cuadro con toda claridad, podemos confiar en nuestros jóvenes pero, sinceramente
hablando, no confío mucho en los padres, principalmente porque están llenos de
temores y no tienen confianza en sus hijos.
Éstas
son palabras preliminares, pues en los años siguientes tuve que afrontar el
problema juvenil. Tengo tres hijas muy atractivas y los muchachos comenzaban a
cortejarlas. En la sede veía gente y más gente; en mi hogar, muchachos y más
muchachos. Así aprendí a conocer y apreciar a ambos grupos. Confío en la joven
generación y la respeto y aprecio.
En
esa época nos cambiamos de Ridgefield Park a Stanford, en Connecticut. Un amigo
nuestro, el señor Graham Phelps-Stokes, tenía una casa desocupada en Long
Island Sound y nos permitió ocuparla gratuitamente durante varios años. Era más
espaciosa y bonita que la de Ridgefield Park y me gustaba mucho. Siempre
recordaré las mañanas pasadas allí. En la planta alta de un ala del edificio
había una amplia habitación que abarcaba el espacio correspondiente a las
dependencias de servicio del piso bajo. Tenía ventanas en tres lados del
aposento y allí vivía yo y trabajaba. Craigie estaba con nosotros y, aunque el
trabajo de la casa era agotador, como las niñas crecían, ya prestaban ayuda.
Foster y yo acostumbrábamos a viajar a Nueva York casi todos los días de la
semana, pues Craigie cuidaba de las niñas, que estaban en plena adolescencia y
eran extraordinariamente bonitas, y no quisimos que ingresaran en la escuela
pública. Entonces la población de Stanford era en su mayor parte extranjera, y
las tres niñas, hermosas y rubias, eran irresistibles para los jóvenes
italianos que las seguían a todas partes. Presenté mi problema a una amiga que
estaba en buena posición, y costeó sus estudios en Low Hayward School, colegio
particular de alta categoría para señoritas, al que concurrían diariamente
durante nuestra permanencia en Stanford.
No
me es posible recordar cuántos muchachos las asediaban. Dos de ellos aún son
amigos y nos visitan de vez en cuando, aunque se han casado y tienen familia.
Se nos presentan esporádicamente, pues siempre existe entre nosotros esa disposición
hondamente arraigada, que elimina toda tirantez y nos permite retomar el hilo
de una amistad íntima, sin tener en cuenta el tiempo transcurrido desde la
última vez que nos vimos. He olvidado a los demás. Venían y se iban. Un
recuerdo que persiste en mí es el de tantas noches pasadas en esa habitación de
tres grandes ventanales, esperando que se encendieran las luces de un automóvil,
lo cual indicaba que una de las chicas despedía a su novio. Esa actitud mía
molestaba mucho a mis hijas, pero he pensado siempre que era una buena medida
psicológica. Como madre siempre supo dónde estaban, con quiénes estaban y
cuándo llegaban mis hijas; nunca tuve que lamentar mi terquedad en ese sentido,
aunque con frecuencia lamenté las horas de sueño perdidas. Mis tres hijas nunca
me causaron angustia, y jamás me dieron motivos para desconfiar de ellas, por
eso aprovecho esta oportunidad, ahora que están casadas y viven su propia
vida, para decir que fueron muy buenas, sensatas, sensibles y muy decentes.
Así
pasaron los años. Desde 1925 a 1930 fueron años de adaptación, dificultades,
alegrías y progreso. Poco tengo que decir. Constituyeron años normales, de
trabajo, formación y estabilización de la Escuela Arcana. Se publicaron los
libros de El Tibetano, y a nuestro alrededor se reunían grupos de hombres y
mujeres que no sólo eran amigos adictos, que habían trabajado entonces con
nosotros, sino que aún se dedican lealmente a servir a la humanidad.
Pocas
veces tomábamos vacaciones en verano, pues la casa estaba sobre el Sound y
tenía su propia playa, por lo cual mis hijas podían hartarse de nadar y sacar
almejas. Tengo mucha habilidad para preparar sopa de almejas. Gracias a la
generosidad de un amigo, teníamos un automóvil y podíamos ir a Nueva York o a
donde quisiéramos. Prácticamente todos los domingos permanecíamos en casa para
recibir a nuestros amigos y huéspedes, que con frecuencia sumaban entre veinte
y treinta personas. Los reuníamos a todos sin establecer diferencias, jóvenes y
viejos, gente de buena o ninguna posición social, y creo que todos se
divertían. Servíamos pasteles, bebidas, té y café, y sin tener en cuenta
quienes eran, todos debían ayudar a lavar la vajilla y ordenar la sala al
terminar el día.
Había
un gato y uno perro con características propias. El perro era de policía, nieto
de “Rin Tin Tín” y muy valioso. Se suponía que estaba para protegernos y
ahuyentar a los ociosos vagabundos, pero por cierto no lo hacía. Quería a todo
el mundo y daba la bienvenida a cuanto vago se acercaba a la casa. Era
demasiado educado, sensitivo y nervioso, por lo tanto había que darle bromuro
constantemente para calmar sus nervios. No existía en él la menor sombra de
maldad y todos lo queríamos. En cambio porque el gato sólo me quería a mí,
nadie lo quería. Era un enorme y magnifico ejemplar que recogimos cuando
pequeño. Únicamente quería estar conmigo. No aceptaba alimento de nadie que no
fuera yo. Rehusaba entrar en la casa si no me encontraba en la planta baja, al
extremo que Foster construyó una escalera que iba del jardín a la ventana de mi
dormitorio, y agujereó la persiana para que pudiera entrar en la habitación;
desde ese momento se sintió completamente feliz y no volvió a usar la puerta,
saltando desde la escalera hasta mi cama.
El
trabajo aumentaba aceleradamente en esos años. Mi esposo había empezado a
editar la revista “The Beacon”, que satisfizo una verdadera necesidad, como lo
hace actualmente. Yo daba por lo general de seis a ocho conferencias públicas
por año, y como no se cobraba entrada, mi auditorio llegaba fácilmente al
millar de asistentes. A su debido tiempo, constatamos que muchas de las
personas que asistían a las conferencias eran sencillamente curiosos.
Concurrían a todas las conferencias gratuitas sin importarles el tema y nunca se
beneficiaban por lo que oían. En consecuencia, llegó la hora en que decidimos
cobrar entrada, aunque solamente consistió en 25 centavos. De inmediato la
concurrencia disminuyó a la mitad, lo cual nos complació muchísimo, pues los
asistentes querían escuchar y aprender y valía la pena hablarles.
Siempre
me ha gustado dar conferencias, y durante estos últimos veinte años nunca supe
lo que es sentirse nerviosa en un estrado. Me gusta la gente y confío en ella,
y un auditorio es para mí simplemente una persona agradable. Dar conferencias
es lo que más me gusta, e impedida actualmente de hacerlo por mi salud
constituye una de mis más grandes privaciones. Mi médico no lo aprueba y mi
esposo se aflige sobremanera, de modo que ahora sólo hablo en la conferencia
anual.
Al
comenzar este período entablé una amistad que ha significado tanto, para mí,
como mi casamiento con Foster Bailey. Una amiga, combinación de sencillez,
dulzura y altruismo, trajo a mi vida tal riqueza y belleza, como nunca había
soñado. Durante diecisiete largos años marchamos juntas por el sendero
espiritual. Le dediqué todo el tiempo disponible y constantemente lo pasaba en
su casa. Nos divertían las mismas cosas, nos interesaban las mismas ideas y
cualidades. Entre nosotras no había secretos; conocía todo lo que ella sentía
acerca de las personas, las circunstancias y el medio ambiente. Me complace
pensar que durante los últimos diecisiete años de su solitaria vida, no estuvo
totalmente sola. Comprenderla, permanecer a su lado, dejarla hablarme
libremente y sentirse segura al hacerlo, era la única compensación a su
interminable bondad para conmigo. Durante años me visitó, y hasta su muerte, en
1940, jamás me compré una prenda. Todavía sigo usando los vestidos que me dio.
Todas las joyas que tengo me las obsequió ella. Cuando vine a este país yo
había traído hermosas puntillas y joyas, pero todo tuvo que venderse para pagar
las cuentas del almacenero, y ella hizo posible su reemplazo. Corrió con los
gastos de escuela de mis hijas y siempre nos pagó los pasajes de ida y vuelta a
Europa y Gran Bretaña. Éramos tan intimas, que si yo me enfermaba lo sabia
automáticamente. Recuerdo que una vez me enfermé estando en Inglaterra, hace
algunos años, y a las pocas horas me envió por cable 500 libras esterlinas
porque sabía que estaba enferma y las necesitaba.
Nuestras
relaciones telepáticas han sido extraordinarias y continúan aún después de su
muerte. Las cosas que ocurrían en su propia familia, después de su deceso, las
discutía conmigo telepáticamente. Aunque yo no tenía forma de saberlo,
posteriormente descubría de qué se trataba, y todavía frecuentemente hago
contacto con ella. Poseía un penetrante y profundo conocimiento de la Sabiduría
Eterna; pero la gente le inspiraba miedo, temía ser incomprendida, de que la
quisieran por su dinero y la embargaba un básico y profundo temor a la vida.
Creo que le serví de algo, porque respetaba mi razonamiento y comprobaba que
casi siempre coincidíamos. Actuaba como válvula de seguridad. Sabía que no
trascendería cualquier cosa que me confiara. Hasta el momento de morir me tuvo
en su mente, y pocos días antes de su deceso recibí una carta, puesta en el
correo por otra persona, que apenas pude descifrar, contándome sus cuitas. Una
de las cosas que espero ver realizadas cuando pase al más allá es, como lo
prometió, encontrarla esperándome. Reíamos de las mismas cosas y nos divertimos
mucho mientras se hallaba en la tierra. Gustábamos de los mismos colores y con
frecuencia me he preguntado por qué razón merecí tal amiga en el presente.
Dos
veces al año me obsequiaba ocho o nueve vestidos, conociendo exactamente mi
gusto y los colores que me sentaban bien. Cuando recibía esas cajas con
hermosos vestidos, sacaba del guardarropa un número equivalente de prendas del
año anterior, que enviaba a alguna amiga en precaria situación económica. No
acostumbro acumular cosas, porque sé lo que es necesitar un tipo de vestido o
tapado y no poder adquirirlo. La pobreza, para quienes deben guardar ciertas
apariencias por haber pertenecido a la aristocracia, es una experiencia mucho
más amarga que la pobreza para las otras clases, pues no les agrada recibir
limosnas ni pueden salir a mendigar, pero se les puede inducir a aceptar lo
que necesitan, si se les escribe, diciéndoles: “He recibido un obsequio de
vestidos nuevos, siéndome imposible usar todos los que tengo. Me sentiría avara
quedándome con ellos, de modo que le envío un par de vestidos y espero que me
haga el favor de aceptarlos”. La felicidad proporcionada a esas personas se
debía por lo tanto a mi amiga y no a mí.
Encuentro
difícil referirme como quisiera, a las personas que gravitaron mucho en mi
vida. Lo siento particularmente en el caso de esta amiga, y sobre todo en lo
que se refiere a mi esposo, Foster Bailey. Conversé con él a este respecto y
convinimos en que no es posible poner en una autobiografía todo lo que hubiera
deseado.
En
nuestro camino nos encontramos con otra amistad interesante, que trajo consigo
algunas implicaciones de gran significado, y que muy probablemente lleguen a
realizarse en nuestra próxima vida y no en ésta. En la ciudad de Nueva York hay
un club llamado “Nobility Club”. Uno de los socios me invitó a ir un día al
club a escuchar al Gran Duque Alejandro, hijo de uno de los zares de Rusia,
cuñado del difunto zar Nicolás. Acepté más por curiosidad que por otra cosa, y
me encontré con un salón atestado de lo más selecto de la realeza y nobleza de
esa época, reunida en Nueva York. Nos pusimos todos de pie cuando hizo su
entrada el Gran Duque y ocupó un sillón en el estrado. Al volver a sentarnos,
nos miró con mucha seriedad y dijo: “No sé si podrán olvidar por un minuto que
soy el Gran Duque, porque quiero hablarles a ustedes de sus almas”. Me enderecé
en la silla, entre alarmada y complacida, y al final de la charla me volví
hacia mi amiga, la baronesa..., y le dije: “Me agradaría poner al Gran Duque en
contacto con personas de este país a quienes no les interesa si es o no un Gran
Duque, pero que le apreciarán por sí mismo y su mensaje”. Fue todo lo que dije
y no pensé más en ello.
A
la mañana siguiente, estando en mi oficina, llamaron por teléfono, y una voz
anunció: “Su Alteza Imperial agradecería a la señora Bailey que estuviera en el
Ritz a las 11”. De modo que estuve a las 11 en el Ritz. En el vestíbulo me
esperaba el secretario del Gran Duque. Me hizo sentar, y luego de mirarme con
solemnidad dijo: “¿qué desea usted del Gran Duque, señora Bailey?”. Asombrada,
lo miré y respondí: “Nada. No tengo la menor idea por qué he sido llamada”.
“Pero”, continúo el señor Roumanoff, “el Gran Duque dijo que usted quería
verlo”. Le respondí que no había dado paso alguno para ver al Gran Duque ni
podía imaginarme por qué me había llamado. Comenté que había asistido a su
charla de la tarde anterior y había manifestado a una amiga mi deseo de que el
orador pudiera conocer a ciertas personas. El señor Roumanoff me condujo
entonces a las habitaciones del Gran Duque, donde, después de haberle hecho la
reverencia de rigor y haberme sentado, el Gran Duque me preguntó en qué podía
servirme, y respondí: “en nada”. A continuación le dije que había mucha gente
en Norteamérica, como por ejemplo la señora de Dupont Ortiz, que pensaban como
él y poseían hermosas mansiones, pero asistían pocas veces a conferencias,
abrigando la esperanza que tal vez él estaría dispuesto a ponerse en contacto
con ellas; luego me aseguró que haría cuanto le pidiera y agregó: “Conversemos
ahora de cosas importantes”. Pasamos casi una hora hablando sobre temas
espirituales y la necesidad de amor que tiene el mundo. Acababa él de publicar
un libro titulado: “La Religión del Amor”, y ansiaba su difusión más
ampliamente.
Cuando
regresé a mi oficina llamé por teléfono a Alice Ortiz y le pedí venir a Nueva
York y ofrecer un almuerzo al Gran Duque en el Hotel Ambassador. Rehusó, y por
supuesto insistí para que consintiera. Entonces ofreció el almuerzo. En la
mitad de la reunión, el señor Roumanoff se volvió hacia mí y me preguntó:
“¿Quién es usted señora Bailey?, nada hemos podido averiguar acerca suyo”. Le
aseguré que eso no me sorprendía pues no era nadie —sólo una ciudadana
norteamericana con una educación inglesa. Sacudió la cabeza con aire azorado y
me contó que el Gran Duque estaba dispuesto a hacer lo que yo quisiera.
Éste
fue el comienzo de una verdadera y genuina amistad que perduró hasta la muerte
del Gran Duque, y aún después. Frecuentemente iba con Foster y yo a Valmy, a
pasar unos días. Entre los tres teníamos interesantes conversaciones. Una de
las cosas que en esa amistad ambos comprendimos profundamente fue la igualdad
en todos y si alguien lleva sangre real o pertenece socialmente a un ser
humano de tipo inferior, tiene las mismas simpatías y antipatías, penas,
sufrimientos y alegrías y los mismos anhelos de progresar espiritualmente. El
Gran Duque era un convencido espiritista y nos entreteníamos celebrando sesiones
en la amplia sala de Alice Ortiz.
Una
tarde, el señor Roumanoff llamó por teléfono a mi esposo para pedirle, en caso
de estar libres, responsabilizarnos por llevar al Gran Duque a dos lugares
donde él tenía que hablar. Respondimos que nos complacería hacerlo y lo
llevamos, y al final de su charla pudimos rescatarlo de los cazadores de
autógrafos. En el camino de regreso al hotel, volviéndose repentinamente hacia
mí, el Gran Duque dijo: “Señora Bailey, si le dijera que yo también conozco a
El Tibetano ¿significaría algo para usted?” —“Si señor”, le respondí,
“significaría mucho”. —“Pues bien”, continuó el Gran Duque, “ahora podrá
comprender la razón del triángulo formado entre usted, Foster y yo”. Creo que
esa fue la última vez que lo vi. Poco después partió para el sur de Francia y
nosotros para Inglaterra.
Un
par de años después, cierta mañana, mientras yo estaba en cama leyendo,
alrededor de las 6.30, con gran sorpresa entro en mi alcoba el Gran Duque,
vistiendo el pijama azul oscuro que solía usar para estar por casa. Me miró,
sonrió, agitó su mano saludándome y desapareció. Fui donde estaba Foster y le
dije que el Gran Duque había muerto. Así era, en efecto. Vi la nota necrológica
en los diarios del día siguiente. Poco antes de irse me había obsequiado una
fotografía, lógicamente autografiada, y al cabo de un año, más o menos, el
retrato desapareció. Como ya había fallecido lamenté esta pérdida profundamente,
después de su muerte; estaba convencida de que algún cazador de autógrafos la
había robado. Varios años más tarde, caminando un día por la calle 43 de Nueva
York, vi de pronto al Gran Duque que se aproximaba. Me sonrió y continuo su
camino, y cuando llegué a mi oficina encontré sobre mi escritorio la fotografía
perdida. Evidentemente existía un vínculo de unión muy íntimo en el plano
espiritual, entre el Gran Duque, Foster y yo. En la próxima vida sabremos la
razón del contacto que tuvimos en ésta, y el por qué de la amistad y
comprensión que se estableció entre nosotros.
Una
vida no debe verse como un hecho aislado, sino como un episodio en una serie de
vidas. Lo que se está desarrollando hoy, los amigos y la familia, con quienes
estamos ligados, y las cualidades, el carácter y el temperamento que
mostramos, indican simplemente la suma total del pasado. Lo que seremos en
nuestra próxima vida, resultará de lo que hemos sido y hecho en ésta.
Fueron años de arduo trabajo. Mis hijas crecían
y los jóvenes las pretendían. La Escuela Arcana se ampliaba constantemente y yo
internamente iba adquiriendo sentido de seguridad y el reconocimiento de que
había hallado el trabajo del cual me había hablado K. H. en 1895. La Doctrina
de la Reencarnación y la Ley de Causa y Efecto habían resuelto los problemas de
mi mente Inquisitiva. Conocí a la Jerarquía. Se me otorgó el privilegio de
ponerme en contacto con K. H. cuando quisiera, pues podía confiarse que no
inmiscuiría mis asuntos personales en Su ashrama, y le sería de más utilidad en
éste y, por consiguiente, en el mundo. Los libros de El Tibetano se conocían
cada vez más en todas partes. A mi vez, fueron bien recibidos varios libros que
escribí, precisamente para probar que podía realizar el denominado trabajo
psíquico, así como mi trabajo con El Tibetano, y también mantener
independiente mi propio cerebro, y ser un ente humano inteligente. Por los
libros y por el acrecentado número de estudiantes de la Escuela Arcana, Foster
y yo estábamos en creciente contacto con personas de todo el mundo. Nos llovían
cartas requiriendo informes, pidiendo ayuda, solicitando que se establecieran
grupos en diferentes países.
Siempre
he sostenido la teoría de que las verdades más profundas y esotéricas podrían
gritarse a la opinión pública desde los tejados, porque mientras se posea un
mecanismo interno para el conocimiento espiritual, no es posible causar daño
alguno. Por lo tanto, los juramentos por mantener el secreto no tienen significado,
pues no hay secretos. Hay solamente la presentación de la verdad y su
comprensión. En la mente del público existe una gran confusión entre esoterismo
y magia. La magia es un modo de trabajar en el plano físico, en relación con la
sustancia y la materia, la energía y la fuerza, de modo de crear formas
mediante las cuales la vida pueda expresarse. Como en este trabajo deben
manejarse fuerzas elementales resulta peligroso, y hasta los puros de corazón
necesitan protección. El esoterismo es en realidad la ciencia del alma.
Concierne al principio viviente, vital y espiritual que reside en todas las
formas. Establece la unidad en tiempo y espacio. Motiva y complementa el Plan
desde el ángulo del aspirante, y constituye la ciencia del sendero. Instruye al
hombre sobre las técnicas del futuro superhombre, y le permite así entrar en el
sendero de la evolución superior.
El
programa de estudio de la Escuela se fue desarrollando gradualmente.
Mantuvimos y aún mantenemos, la fluidez del trabajo, a fin de enfrentar las
diversas necesidades, y gradualmente formamos un personal entrenado para
supervisar el trabajo. Hace 15 años (1928) nos cambiamos a la actual sede, y
los pisos 31 y 32 constituyen la Sede de la Escuela Arcana, de la Lucis Trust,
del trabajo de Buena Voluntad y de la Lucis Publishing Company. Comenzamos con
un pequeño grupo de estudiantes; ahora tenemos grandes proyectos espirituales
relacionados con el servicio para la humanidad, todos sin fines de lucro, que
abarcan al mundo entero, y realizables todos por los estudiantes de la Escuela
Arcana.
1930
señala el último año de lo que he denominado mi vida normal. Desde esa fecha en
adelante, me absorbió el trabajo, tanto en Gran Bretaña y el continente
Europeo, como en los Estados Unidos, a lo que debo agregar los respectivos
compromisos y bodas de mis hijas, que por extraño que parezca me causaron honda
emoción. El ritmo casi normal de mi vida entre 1924 y 1930, se quebró
definitivamente en 1931. Los seis años a que me refiero, se caracterizaron por
el ritmo monótono y la rutina: levantarse, trabajar para El Tibetano,
constatar que mis hijas también se levantaran, estuvieran listas para ir al
colegio, desayunaran, encargar las provisiones, tomar el tren para Nueva York a fin de
estar en mi oficina a las 10, y luego la monotonía de las constantes
entrevistas, atender la correspondencia, dictar cartas, tomar decisiones
respecto al trabajo de la Escuela Arcana, discutir problemas con Foster y
salir a almorzar. Con frecuencia en las últimas horas de la tarde tenía que dar
clase, y al echar una mirada retrospectiva a esa época, en que enseñaba los
fundamentos de la Doctrina Secreta, la considero la más provechosa y satisfactoria
de mi vida.
En
muchos aspectos el libro de H. P. B., La Doctrina Secreta, resulta
anticuado, y su forma de encarar el conocimiento de la Sabiduría Eterna tiene
poco o ningún atractivo para la generación moderna. Pero quienes realmente lo
hemos estudiado y logramos extraer alguna comprensión de su significado
interno poseemos un concepto fundamental de la verdad, no impartido por ningún
otro libro. H. P. B. dijo que la nueva interpretación de la Sabiduría Eterna
sería un acercamiento psicológico. Tratado sobre Fuego Cósmico, libro
que se publicó en 1925, es la clave psicológica de La Doctrina Secreta. No
me hubiera sido posible escribir mis libros sin realizar previamente un estudio
concienzudo de La Doctrina Secreta.
Echando
una mirada retrospectiva a mi primera juventud y a la de mis hijas, me doy
cuenta ahora que la adolescencia es un período difícil. Yo pasé por una
situación peor que la de mis hijas, porque nadie se ocupó de aclararme nada.
Ellas pasaron por un período de dificultades, pero sólo Dios sabe que fue peor
lo mío. Tuve que dejar que las acecharan y esperar que no fueran engañadas y
algunas veces lo fueron. Me hicieron sufrir, pues me consideraban una madre
anticuada. Tenía que soportar su opinión sobre mis puntos de vista que
consideraban caducos y que debía recordar mis días de rebeldía. Había visto y
sabía tanto de los males del mundo que sufría horriblemente por ellas, todo lo
cual resultó infundado. Tuve que someterme a su creencia juvenil de que yo
nada sabía respecto al sexo, que ignoraba cómo se manejaba a los hombres, que
nadie se había enamorado de mí, excepto los dos hombres con quienes me había
casado. Mi experiencia era, por supuesto, la de toda madre que da hijos al
mundo, especialmente hijas. Los varones se liberan antes y guardan silencio y
la generalidad de las madres nada saben de sus andanzas. Por eso los siete u
ocho años siguientes fueron muy difíciles para mí, y aún hoy no tengo la
seguridad de haber procedido inteligentemente. De todos modos, no he causado
aparentemente mayores daños y por eso estoy tranquila.
En el otoño de 1930 pudo constatarse que la obra de la
Escuela Arcana se acrecentaba en Gran Bretaña y en Europa. Los libros
publicados se difundían por todo el mundo y a través de ellos establecimos
contacto con gente de todos los países. Muchas de esas personas ingresaban en
la Escuela Arcana, y la mayoría hablaba inglés. En esa época no teníamos
material en idiomas extranjeros ni secretarios que conocieran otros idiomas.
Lo que hacíamos y lo que ello representaba se difundía por el mundo principalmente
a través de los libros y de las personas que escribían, a fin de dar a conocer
algo sobre la meditación o en conexión con algún problema.
Los miembros de la Sociedad Teosófica, descontentos por
la estrechez de puntos de vista, también se pusieron en contacto con nosotros y
muchos de ellos ingresaron en la Escuela Arcana. Cuando solicitaban su ingreso
les decía que nada teníamos que objetar personalmente para su afiliación a la
Escuela, pero lo hacían definidamente quienes dirigían la sección esotérica de
esa Sociedad. Bien o mal, siempre les señalaba que sus almas les pertenecían y
que no debían aceptar dictámenes de nadie, ni de mi parte ni de la de los
dirigentes de la sección esotérica. Todo esto dio por resultado que contamos
actualmente en la Escuela Arcana con muchos de los más antiguos y mejores
miembros de la sección esotérica de esa Sociedad, que no ven nada
contradictorio en las dos líneas de acercamiento.
La ridícula teoría promulgada por la sección esotérica,
de que es peligroso practicar dos fórmulas de meditación simultáneamente, no sólo
me ha divertido, sino que siempre fue equivocada. Por un lado, la misma calidad
y vibración actúa a través de dos acercamientos; por el otro, la práctica de la
meditación que asigna la sección esotérica es tan elemental, que produce poco o
ningún efecto sobre los centros. Sin embargo, es extraordinariamente buena
para los que se hallan en el sendero de probación.
La
Escuela Arcana iba creciendo constantemente, aunque todavía era relativamente
pequeña. Cambiamos de local, debido a las dificultades para alquilar en la
ciudad de Nueva York, hasta que en abril de 1928 nos mudamos a la sede actual,
11 West, 42nd Street. Fuimos de los primeros que habitamos este nuevo edificio,
ocupando el último piso, el 32, y aunque actualmente ocupamos también el piso
31, nos resulta muy reducido y tendremos que buscar comodidades más amplias.
Habíamos
mantenido correspondencia durante cierto tiempo con una señora que se hallaba
en Suiza, poseedora de una gran cultura, interesada en nuestras enseñanzas, la
cual deseaba hacer algo para llevar al mundo la Sabiduría Eterna. Tenía una
hermosa casa a orillas del Lago Maggiore, en Suiza, donde había construido un
salón para conferencias y formado una nutrida biblioteca. Una noche, en el
otoño de 1930, se apareció en nuestra casa de Stanford, en Connecticut,
permaneciendo algún tiempo con nosotros para conversar sobre diversos temas,
exponer varias ideas, conocer cuáles eran nuestros puntos de vista y ofrecernos
su colaboración. Nos sugirió abrir con nuestra ayuda un centro espiritual en
Ascona, cerca de Locarno, en el Lago Maggiore, libre de sectarismos y abierto
a todos los pensadores esotéricos y estudiantes ocultistas de Europa y de otras
partes. Su contribución consistía en proporcionarnos las hermosas casas que
poseía, el salón de conferencias y su magnífico terreno; Foster y yo debíamos
ir para poner en marcha el proyecto, dar conferencias y clases. Nos ofreció la
más amplia hospitalidad, estaba dispuesta a aceptar que nos acompañaran mis
tres hijas si íbamos a Ascona, corriendo ella con todos los gastos de
manutención y alojamiento, menos del viaje.
Lógicamente no podíamos tomar una decisión drástica,
pero prometimos pensarlo cuidadosamente y hacerle saber lo resuelto, después
del año nuevo de 1931.
El asunto involucraba muchos problemas. Para los gastos
de viaje de cinco personas se requiere dinero, y no estábamos seguros de
iniciar tal empresa en esas condiciones. Yo había permanecido 20 años en
América sin volver a Europa, y no podía ir allá sin visitar previamente mi
país, por lo tanto tuvimos en cuenta muchas cosas antes de llegar a una
decisión correcta.
Fue entonces que vino a verme mi amiga Alice Ortiz para
hacerme una proposición, relacionada con la situación. Sin saber nada del
ofrecimiento de Olga Fröbe, me preguntó si quería enviar a mis hijas a la
universidad durante varios años o, si prefería, que viajaran al exterior,
corriendo ella con los gastos, pero yo debía decidir lo que conviniera a mis
hijas. Conversamos cuidadosamente con Foster y decidimos que un viaje al
extranjero era mucho más útil y educativo que cualquier titulo universitario.
Cualquiera puede obtener un título, pero muy pocos pueden viajar, supongo que
en mi decisión influyó el hecho de haber viajado tanto y no poseer títulos.
Sólo en dos ocasiones he tenido que lamentar mi carencia
de títulos. Se exagera mucho sobre el valor de los títulos en este país, pero
aunque no los poseo, sé que estoy tan bien preparada como quienes los tienen.
No hace muchos años se me pidió que diera una serie de conferencias en el
Colegio de Postgraduados de Washington, D. C. Tenía que hablar sobre el
intelecto y la intuición. Se habían impreso y distribuido los programas, pero
cuando descubrieron que no poseía títulos académicos que agregar a mi nombre,
cancelaron las conferencias. Luego recibí una carta del presidente de la
institución manifestándome que la Facultad estimaba haber cometido un gran
error, pero era demasiado tarde para corregirlo. Poco tiempo después recibí una
invitación de la Universidad de Cornell para hablar a los alumnos de dicho
establecimiento sobre el moderno acercamiento espiritual a la verdad y dar
charlas a pequeños grupos de estudiantes. También esto se canceló por carecer
de títulos académicos.
De cualquier modo, consideré que mis hijas aprenderían a
ser seres humanos más útiles, conociendo mejor a las personas de otros países
—que visitando monumentos y galerías de arte— y estando en contacto directo con
la gente, de modo que descartarnos por completo la carrera universitaria y decidimos
su ingreso en la escuela de la vida.
Considerando
esa decisión en el pasado, nunca lamenté que no siguieran una carrera. Han
aprendido a conocer a los seres humanos y a darse cuenta de que Estados Unidos
no es el único país en el mundo. Descubrieron que hay gente tan simpática y tan
inteligente, tan mala y tan buena, en Gran Bretaña, Suiza, Francia, etc., como
las hay en Estados Unidos.
Lo
que debemos desarrollar hoy es el ciudadano del mundo y terminar con el crudo
nacionalismo, fuente de tanto odio que vemos en todas partes. No conozco nada
más pernicioso que la frase “América para los americanos”, ni nada más estrecho
que el hábito de los británicos de considerar extranjeros a todos los demás, o
la creencia de los franceses de que ellos son los guías de todos los
movimientos civilizados; esto debe desaparecer. He encontrado siempre la misma
clase de gente en los diversos países en que he vivido. Algunos pueden ser
físicamente más confortables que otros, pero la humanidad que los habita es la
misma.
Supongo
haber observado esto más que nadie porque he deambulado ciudad tras ciudad en
Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa, oyendo a distintas personas su opinión
respecto a los demás, la manera como se ridiculizan, mofan y desprecian
mutuamente, y es el sentido de la unicidad de la humanidad que quise que mis
hijas captaran. Creo que tienen un punto de vista más amplio que las personas
que van conociendo y esto es debido a que han viajado mucho; en mi caso
también, no solo he viajado horizontalmente por diversos países, sino
verticalmente de arriba abajo en la escala social. Aprender a estimar a la
gente es una gran cultura, y yo quise a la gente desde que nací. Uno de los
mejores hombres que he conocido en mi vida y a quien consideré un amigo, era hijo
de un emperador. La primera y más querida amiga que tuve hace 35 años cuando
llegué a los Estados Unidos, fue una mujer de color y en mi conciencia tienen
igual importancia y los recuerdo con el mismo afecto.
Descubrí
que mis hijas podían defenderse en cualquier sector o situación, aunque no
tenían más instrucción que la recibida en las escuelas públicas de
Norteamérica. Teniendo capacidad, un hogar donde se valoran las cosas
interesantes y se hacen resaltar los valores humanos, considero que no hay
mejor entrenamiento para la juventud que la educación dada en las escuelas
públicas de Estados Unidos.
En
la primavera de 1931 empezamos a hacer nuestros planes para aceptar la
invitación de Olga Fröbe y visitar, por un par de meses, su casa situada en los
lagos italianos. Pueden imaginarse la emoción de los planes, la compra de
equipaje, el arreglo de ropas y las conjeturas de mis hijas acerca de todo.
Nunca en su vida habían salido de los Estados Unidos, excepto la mayor,
Dorothy, que había estado en Hawai. Alice Ortiz proveyó todo con su generosidad
habitual, procurando que tuviésemos la ropa apropiada, además de pagar
totalmente los gastos de viaje.
Elegimos
para la travesía uno de los barcos más chicos que iban directamente de Nueva
York a Amberes, Bélgica, y debo reconocer que la vida de a bordo, con tres
hijas que estaban llenas de vida y energías, resultaba un tanto agotadora.
Seguirlas no era broma. Ir en su búsqueda todas las noches para que fueran a
dormir, tampoco era gracioso. No es divertido para una niña que está bailando
alegremente con un oficial, ver a su progenitora de pie, en un segundo plano,
indicando con su presencia que es hora de ir a la cama. Las chicas eran buenas
en demasía, pero también excesivamente emocionales. Conocían a bordo a todo el
mundo, quiénes eran, de dónde venían y cómo se llamaban, y se habían hecho muy
populares. Hace pocos años hallé un gran paquete que contenía tres disfraces
que yo había hecho para mis hijas, a bordo de ese barco. No era una idea
original en modo alguno, porque representaban la bandera norteamericana; faldas
azul oscuro con rayas blancas y una blusa blanca adornada con estrellas rojas
de cinco puntas. No cosí las 48 estrellas en cada blusa por ser mucho el
trabajo, pero el efecto general era muy patriótico y alegre.
Jamás olvidaré el día en que remontamos el río Scheldt y
anclamos en Amberes. Mis hijas nunca habían visto una ciudad extranjera. Todo
les parecía nuevo y extraño, desde el coche de plaza en el que fuimos al hotel,
hasta los acolchados de pluma de las camas. Paramos en el Hotel Des Flandes, y
nos divertimos mucho los pocos días que permanecimos en Amberes. Los manteles
a cuadros del Van Viordinaire, la cocina extranjera y el café con leche, todo
era emocionante para ellas y pleno de remembranzas para mí.
Una amiga nos acompañó para estar con nosotros en
Ascona, pero se separó después de pasar unos días en Amberes, porque quería
recorrer el Rhin con su hija. Poseía una idea distinta de la que teníamos
Foster y yo, acerca de cómo disfrutar de la permanencia en un país extranjero.
Solía aparecerse por la mañana con la hija de un brazo, y una gran cartera bajo
el otro, preguntándome: “Alice, ¿qué vas a ver esta mañana? En la guía turística
figuran una estatua marcada con tres estrellas, los cuadros de Rubens y otras
cosas más que hay en la catedral. ¿Qué vas a hacer primero?”. Con gran sorpresa
de su parte le respondía que nada de eso, porque no nos interesaban las
estatuas de militares fallecidos ni visitar las iglesias.
Le explicaba que mi principal idea era que las niñas se
empaparan del medio ambiente del país que visitaban, y observaran algunos de
sus habitantes, cómo vivían y qué hacían en distintas horas del día. Por eso
saldríamos a caminar sin rumbo fijo, tomaríamos café bajo el toldo de una
pequeña cafetería, para poder observar, escuchar y hablar con la gente. Esto
hacíamos, mientras ella iba donde quería. Nunca llevé a mis hijas a las
galerías de arte o a ver estatuas e iglesias, haciendo las cosas trilladas que
hace el turista común. Deambulábamos por las calles, mirábamos los jardines,
íbamos a pasear por los suburbios. Al cabo de unos días mi hijas habían
adquirido un enorme conocimiento acerca de la ciudad y sus alrededores; de sus
habitantes y su historia. Jamás adquiríamos objetos que sirvieran de recuerdo,
pero tomábamos fotografías, comprábamos postales, y descubrimos que la gente
de otros países es igual a nosotros.
Desde Amberes fuimos a Locarno, en Suiza, último punto
al que pudimos llegar por tren y allí nos esperaba Olga para llevarnos a su
hermosa villa donde permanecimos por varias semanas. El viaje por tren resultó
maravilloso para mis hijas, pero para mi fue una jornada agotadora. Viajamos en
el “tren azul”, que atraviesa el Simplón y pasa por el valle de Cinto.
Resulta
imposible tratar de describir la belleza de los lagos italianos. Según mi
parecer, el Lago Maggiore, en cuyas orillas se halla la villa de Olga, es uno
de los más hermosos y extensos de Italia. Parte de este lago está en territorio
suizo, en el cantón de Ticino, pero en su mayoría corresponde a Italia. Las
aguas son intensamente azules, y las pequeñas villas esparcidas en las laderas
de las colinas, que se internan en el agua, son muy pintorescas. No he
conocido nada más hermoso en el mundo que el panorama que se percibe desde
Ronco hacia el lago. Es inútil que trate de describirlo, pues me faltan
palabras para ello, pero ninguno de nosotros jamás olvidará la belleza del
lugar. Es lo que imaginamos en momentos de fatiga y desilusión; sin embargo,
detrás de toda esa belleza, existía corrupción y un antiquísimo mal.
Este
distrito fue en una época el centro donde se celebraba la misa negra, en Europa
Central, y la evidencia de ello perdura en los caminos de la campiña. Las
pequeñas aldeas de los alrededores fueron abandonadas por sus habitantes,
debido, principalmente, a condiciones económicas, y luego compradas por grupos
de alemanes y franceses cuyos objetivos e ideas distaban mucho de ser correctos
y limpios. Los niños que precedieron a la guerra, especialmente en Alemania,
fueron notablemente inmorales. Se practicaba toda suerte de vicios y maldades,
y un buen número de quienes llevaban ese tipo indeseable de vida, concurría durante
el verano a los lagos italianos. Algún día ese lugar será purificado y podrá
llevarse a cabo el verdadero trabajo espiritual. Una de las cosas con que
tuvimos que bregar fue el espíritu maligno que compenetraba el lugar, la
peculiarmente degenerada y objetable gente que vivía en las orillas del lago.
Tan pronto me di cuenta del lugar en que nos
encontrábamos, donde, a pesar de toda su belleza, acechaba el mal, se lo
expliqué a mis hijas. Tomé la decisión de que no deberían ser tan inocentes
como para enfrentar el peligro, y cuando íbamos por los caminos les señalaba a
esas personas de tipo indeseable. Mis explicaciones no las disfracé con
bonitas palabras. Les dije lisa y llanamente de qué se trataba, incluyendo la
degeneración y la homosexualidad, de modo que pudieran pasar incontaminadas a
través de muchas vicisitudes sin sufrir daño. Como se podrá apreciar, no guardé
secretos ni dejé de hablarles de determinados pecados y sacrílegos rituales.
Les indiqué claramente cuál era el tipo de personas que se dedicaba a esa clase
de cosas, cuyos rasgos eran tan evidentes, que hasta mis hijas se daban cuenta
que en verdad era así. Siempre he creído que no se debe ocultar a los jóvenes
el conocimiento de lo indeseable.
Siempre
permití a mis hijas leer lo que quisieran con la salvedad de que, sabiendo yo
que el libro era inmoral, las ponía sobre aviso y les preguntaba por qué
querían leerlo. Mi experiencia me dice que cuando somos francos y, no obstante,
les permitimos leer lo que conceptuamos poco inteligente, su pureza y rectitud
natural sirven de protección. Nunca leyeron a escondidas, hasta donde yo supe,
pues sabían que podían hacerlo con libertad y también que me expresaría
libremente al respecto. De todos modos mis hijas pasaron tres temporadas
veraniegas en Ascona, sabiendo a ciencia cierta lo que allí ocurría, sin
sufrir daño alguno.
El primer verano que pasamos en Ascona paramos en la
casa de Olga, pero después ocupamos una pequeña casa sobre el lago que estaba
en su propiedad. Cerca de nuestra casa había construido un hermoso salón de
conferencias donde se celebraban reuniones por la mañana y por la tarde. Los
jardines eran encantadores, las condiciones para nadar y remar ideales, y nos
pareció que habíamos recibido un regalo del cielo, contando además con la
promesa de futuras y amplias oportunidades de expansión. El primer año de estar
allí, el grupo que se reunía era algo pequeño, pero durante los dos últimos
años fue acrecentándose paulatinamente y creo poder decir que el trabajo fue
exitoso. Allí se reunían personas de todas las nacionalidades; vivíamos todos
juntos durante semanas, llegando a conocernos muy bien. Las barreras nacionales
parecían no existir y todos hablábamos el mismo idioma espiritual.
Allí
fue donde conocimos al Dr. Roberto Assagioli, nuestro representante en Italia
durante varios años, y el contacto con él y los muchos años de labor en común,
constituyó uno de los hechos más felices y dignos de destacar en nuestra vida.
En una época fue un destacado especialista del cerebro en Roma; cuando lo
conocimos por primera vez se le consideraba como el psicólogo más renombrado de
Europa. Posee muy buen carácter. No puede entrar a una habitación sin que su
presencia resalte de inmediato por sus cualidades espirituales extraordinarias.
Frank D. Vanderlip en su libro What Next in Europe (Lo que vendrá en
Europa) hace un sorprendente comentario sobre el doctor Assagioli. Le llama
el moderno San Francisco de Asís, y dice que la mañana que pasó con él en
Europa, marcó uno de los acontecimientos más sobresalientes de su viaje. El
doctor Assagioli es judío. En la época en que lo conocimos en Ascona y cuando
más adelante le visitamos en Italia, los judíos eran bien tratados en ese país.
Había aproximadamente 30.000 en Italia, considerados como ciudadanos italianos
y no sufrían restricciones ni persecuciones.
Las
charlas del doctor Assagioli constituían sucesos de gran trascendencia en las
conferencias de Ascona. Daba sus conferencias en francés, italiano e inglés, y
la fuerza espiritual que de él emanaba fue un estímulo para que un gran número
de personas renovara su consagración a la vida. Durante los dos primeros años,
él y yo llevábamos el peso de las conferencias, aún cuando había otros
creadores interesantes y capacitados. El último año que estuvimos allí,
concurrieron muchos profesores alemanes, alterándose el tono y la calidad del
lugar. Algunos de ellos eran muy indeseables, y la enseñanza que impartían
variaba de un plano espiritual relativamente elevado a una filosofía académica
y a un esoterismo espurio. El último año que estuvimos allí fue en 1933.
El segundo año que fuimos a Ascona, resultó uno de los
más beneficiosos. El Gran Duque Alejandro se reunió con nosotros, dando charlas
muy interesantes; algo muy importante para mí fue la llegada de Violet Tweedale
a Ascona, lo consideré un día de fiesta. Aún la veo bajar por la colina con su
esposo, dominando de inmediato, a todo el grupo, la fuerza de su personalidad espiritual.
Era hermosa, graciosa y majestuosa; pronto Foster y yo entablamos una verdadera
amistad con ella y su esposo. Más adelante nos alojábamos, con frecuencia, en
su hermosa residencia de Torquay en South Devon. Cada vez que me encontraba
cansada o preocupada, iba a verla y conversábamos. Era una escritora prolífica.
Escribió muchas novelas que se hicieron populares; sus libros sobre psiquismo,
basados en sus experiencias personales, son sensatos e intrigantes, y el
último, titulado El Cristo Cósmico, tuvo amplia y útil difusión.
Constituía una de las pocas psíquicas en el mundo en
quien se podía creer totalmente. Inteligente en grado sumo, poseía un agudo
sentido del humor y un espíritu investigador bien desarrollado. Siendo una gran
estudiosa de los libros de El Tibetano, yo le proporcionaba todos sus escritos
en cuanto los recibía. Tenía amistades en todos los estratos sociales, y cuando
murió, no hace mucho tiempo, cientos de personas, además de mi esposo y yo,
evidenciamos un sentimiento de haber sufrido una pérdida irreparable. Su
esposo me obsequió el broche que ella usaba constantemente, y lo llevo siempre conmigo,
recordándola con profundo amor y afecto.
Todos
los años, después de nuestro viaje al extranjero, regresábamos a los Estados
Unidos por unos meses, dejando generalmente a las niñas en Inglaterra. Si era
necesario alquilábamos una casa, que un amigo, estudiante de la escuela, puso a
nuestra disposición durante dos años, en Ospringe Place, Kent.
Por
esa fecha mis tres hijas se casaron. Como ya he dicho, Dorothy se casó con el
capitán Morton, seis meses mayor, y muy apropiado para ella. Forman uno de esos
matrimonios realmente felices, que da gusto ver. Creo que ambos son muy
afortunados. Terence es para Dorothy, uno en un millón, parco, inteligente,
amable y firme, cuando debe serlo, y Dorothy, ingeniosa, chispeante, profunda
pensadora y buena psicóloga, de temperamento vivaz, alma de artista, enamorada
de su esposo. Ellison se casó algún tiempo después con un oficial, compañero de
Terence, llamado Arthur Leahy. Tanto Arthur como Terence son, al escribir
esto, coroneles que prestan servicio activo en el exterior. Mi segunda hija,
Mildred, volvió con nosotros por un año, a los Estados Unidos, y se casó con
Meredith Pugh; su matrimonio fue muy desgraciado, aunque nada indicaba que lo
sería. Surgieron circunstancias tan drásticas, que en cuatro meses Mildred se
comprometió, se casó y se divorció, con un hijo en camino. El niño fue la
recompensa por lo que sufrió. No es necesario dar detalles sobre esto. Mildred
se comportó en todo momento, en esa dificultosa situación, con serenidad,
aplomo e inteligencia. Cuando vino a verme, en Inglaterra, me maravilló su
falta de rencor o espíritu de venganza y represalias, pero también me asombró
de que con una apariencia tan enfermiza, pudiera continuar viviendo.
En
esos años en que mi esposo y yo pasábamos cinco meses en Gran Bretaña y Europa
y siete en los Estados Unidos, el trabajo de la escuela se acrecentaba
constantemente. La labor realizada en Ascona, durante tres años, había atraído
a la escuela un gran número de personas de distintas nacionalidades, y éstas,
que habían ingresado por la lectura de los libros publicados, conjuntamente
con otras, formaron núcleos en muchos países de Europa, con los cuales pudimos
erigir el futuro trabajo. La tarea realizada en España, bajo la supervisión de
Francisco Brualla, marchaba muy bien, contando ya con varios cientos de
estudiantes españoles, en su mayoría hombres. El trabajo en Gran Bretaña
también avanzaba. Estudiantes, en pequeños grupos, esparcidos por todo el
mundo, comenzaban a ingresar en la escuela.
Uno
de tales grupos, formados en la India, me interesaba sobre manera. Existía una
organización denominada Sudha Dharma Mandala, fundada por Sir Subra Maniyer.
Era una orden ocultista, aparentemente muy elevada. Por casualidad leí uno de
los libros publicados por esa orden y descubrí que varios dirigentes de la
Sociedad Teosófica actuaban en la misma, después de pasar por la sección
esotérica de dicha Sociedad. No tengo costumbre de afiliarme a organizaciones,
pero de todos modos escribí al dirigente de la orden solicitando mi ingreso,
pero no recibí respuesta. Al año siguiente, como aún no había tenido noticias,
escribí nuevamente y encargué algunos libros, incluyendo el correspondiente
cheque para el pago. No recibí respuesta ni los libros, aunque el cheque fue
cobrado. Al cabo de unos meses envié la copia de mi carta anterior al dirigente
de la orden; tampoco obtuve contestación. Abandoné el intento y pensé que se
trataría de una de esas falsas organizaciones preparadas para engañar a los
incautos occidentales.
Tres
años más tarde fui a Washington, D. C., para dar una serie de conferencias en
el hotel New Willard. Al terminar una de ellas se me aproximó un hombre,
llevando una pequeña valija en la mano, y me dijo: “He recibido orden del
Suddha Dharma Mandala de entregarle estos libros”. Me entregó los que yo había
pedido y con eso se restableció mi fe en la rectitud de esa organización.
Durante un tiempo no tuve más noticias. Luego recibí una carta de uno de los
miembros del grupo, donde me decía que Sir Subra Maniyer había fallecido, que
mi libro Tratado sobre Fuego Cósmico había sido su constante
compañero, y que en su lecho de muerte había pedido a los siete miembros más
antiguos de la orden que ingresaran en la Escuela Arcana y recibieran mi
enseñanza. Así lo hicieron, y durante años este interesantísimo grupo de
antiguos estudiantes hindúes trabajó con nosotros. Por su edad avanzada,
fueron muriendo uno tras otro, y ya no tengo contacto con ninguno. Ellos
reverenciaban a H. P. Blavatsky, y me resultó muy interesante este contacto.
Otro
vínculo con H. P. B. se produjo por medio de un pequeño grupo adicto a Sinnett,
que se afilió a la Escuela Arcana, siendo mi amiga Lena Rowan-Hamilton la
primera en hacerlo. Injertaron en la vida de la escuela algo de la antigua
tradición y un fuerte sentido de relación con la fuente de origen de la Antigua
Sabiduría, cuando en el siglo diecinueve vertía su luz en Occidente.
Uno
de los desarrollos más interesantes producido en la escuela, ha sido la
constante rigidez de los requisitos de ingreso. Cada vez eran más numerosos los
rechazos de estudiantes enfocados exclusivamente en el nivel emocional y
recalcábamos la necesidad de poseer algún enfoque y desarrollo de la mente,
para proporcionar un entrenamiento más avanzado en los grados superiores.
A medida que los años pasan y las
necesidades del mundo son más urgentes, también aumenta, paralelamente, la
necesidad de discípulos entrenados. El mundo debe ser salvado por quienes
poseen inteligencia y amor; la aspiración y las buenas intenciones no bastan.
Durante
los años de gira por Europa, conocimos muchos tipos de ocultismo en distintos
países. En todas partes pudimos ponernos en contacto con pequeños grupos que
se ocupaban de hacer algunas exposiciones de la verdad esotérica y resaltar
determinados aspectos de la Sabiduría Antigua. Los primeros indicios de una
ascendente oleada espiritual podían constatarse en todas partes: Polonia,
Rumania, Gran Bretaña y América. Parecía como si la puerta de acceso a una
nueva vida espiritual, se hubiera abierto para la humanidad y evocara el
correspondiente surgimiento de las fuerzas del mal, que culminó con la guerra
mundial; no creo que esta ascendente oleada haya sido interrumpida por la
guerra. Confío que nos llevará a la intensificación de esa urgencia espiritual,
y que aquellos de nosotros que trabajamos en la viña del Maestro, estaremos muy
ocupados, en los años futuros, organizando, animando e instruyendo a los que
están espiritualmente despiertos.
Una
de las razones que me impulsaron a escribir esta autobiografía fue que, tanto
yo como nuestro grupo asociado, estuvimos en situación de observar y reconocer
ciertos desarrollos que ocurrieron en este planeta bajo la guía e influencia
de la Jerarquía. Se nos ha utilizado para iniciar el trabajo que está destinado
a inaugurar la nueva era y la futura civilización, especialmente desde el
ángulo espiritual. Echando una mirada retrospectiva a los años transcurridos,
resulta evidente lo que la Jerarquía definidamente ha realizado por nuestro
intermedio.
Al
expresar esto no lo hago para vanagloriarme ni por propia satisfacción.
Constituimos solamente uno de los numerosos grupos con quienes trabajan los
Maestros de la Sabiduría, y todo grupo que lo olvide está propenso a convertirse
en un satisfecho aislacionista, por tanto, corre el peligro inminente de
sucumbir. Se nos ha permitido hacer ciertas cosas. Otros discípulos y grupos
han tenido la responsabilidad de iniciar nuevos proyectos, bajo la guía de sus
propios Maestros. Si todos estos proyectos se llevan a cabo por inspiración
jerárquica y con espíritu de verdadera humildad y comprensión, contribuye a los
factores de una gran empresa espiritual que inició la Jerarquía en 1925. A una
de esas dramáticas expresiones del propósito jerárquico quiero referirme
ahora.
En
1932, cuando nos hallamos en Ascona, recibí una comunicación de El Tibetano,
que apareció ese otoño en forma de folleto, bajo el título de El Nuevo Grupo
de Servidores del Mundo. Tuvo un significado épico, aunque muy pocas
personas comprenden todavía su verdadero sentido.
La
Jerarquía espiritual de nuestro planeta consideró que un grupo estaba en
proceso de formación, el cual contenía el núcleo de la futura civilización
mundial, caracterizándose por las cualidades que distinguirían esa
civilización durante los próximos 2.500 años. Esas cualidades son,
primordialmente, un espíritu de inclusividad, un potente deseo altruista de
servir a nuestros semejantes, más un definido sentido de orientación
espiritual, emanado del aspecto interno de la vida. Este nuevo grupo de
servidores del mundo incluye dos sectores bien definidos. Una parte del grupo
mantiene una íntima relación con la Jerarquía espiritual. Está compuesto de
aspirantes que se preparan para el discipulado, guiados por algunos discípulos
de los Maestros; éstos a su vez están dirigidos y guiados por unos pocos
discípulos mundiales, y trabajan en tan amplia escala, que su labor es
decididamente de alcance internacional. Dicho grupo actúa como intermediario
definido entre la Jerarquía espiritual del planeta y la humanidad. Por su
intermedio los Maestros de Sabiduría, dirigidos por Cristo, elaboran planes
gigantescos para la salvación del mundo.
La
tentativa de llevar adelante a la humanidad por nuevos y más definidos caminos,
y en mayor escala que nunca, ha sido posible por el advenimiento de la era
acuariana, que tiene una importancia astronómica y astrológica.
Existe
actualmente un fuerte prejuicio en el mundo contra la astrología, lo cual es
comprensible, constituyendo también una definida protección para los crédulos y
los tontos. Las predicciones astrológicas, según mi punto de vista, son una
amenaza y un obstáculo. Si una persona es muy evolucionada, regirá a sus propios
astros, realizará lo que no está predicho, y su horóscopo, por lo tanto, será
inexacto y carecerá de sentido. Si una persona es subdesarrollada, existe
entonces la probabilidad de que sus astros le condicionen totalmente, siendo su
horóscopo exacto, desde el ángulo de la predicción. Cuando esto sucede y la
persona acepta el dictamen, de su horóscopo, su libre albedrío es infringido y
actuará exclusivamente dentro de los límites impuestos por el horóscopo, y como
resultado no hará ningún esfuerzo personal para liberarse de los posibles
factores determinantes.
Con
frecuencia me sonrío cuando la gente se jacta y dice que su horóscopo es exacto
y que todo ha sucedido de acuerdo al mismo. En realidad lo que dicen significa,
soy una persona mediocre, sin libre albedrío, condicionada por los astros y,
por lo tanto, no tengo la menor intención de progresar en esta vida. Los buenos
astrólogos evitan confeccionar este tipo de horóscopos. Los mejores en este
campo se preocupan fundamentalmente de delinear el carácter, lo cual resulta
sumamente útil; luego tratan de descubrir de qué manera puede confeccionarse
el horóscopo del alma para conocer el propósito de la vida del individuo en
encarnación, y por lo tanto establecerse una clara distinción entre las
tendencias establecidas de la personalidad, a través de muchas encarnaciones,
el propósito emergente y la voluntad del alma.
Sin
embargo, al considerar lo que astrológicamente implican los hechos
astronómicos, el asunto es muy distinto. La gente ha oído decir que estamos en
tránsito hacia el signo de Acuario, lo cual significa que de acuerdo al
zodíaco, el recorrido imaginario del Sol en los cielos, el Sol parece
desplazarse a través de la constelación de Acuario. En la actualidad es una
realidad astronómica y nada tiene que ver con la astrología. Sin embargo, la
influencia que ejerce el signo por el cual atraviesa el Sol en un periodo
mundial determinado, es irrefutable y puede ser probada aquí y ahora.
Antes
de la dispensación judía, cuando Moisés sacó de Egipto al pueblo de Israel, el
Sol estaba en Tauro; atravesaba el signo del Toro. Entonces aparecieron en la
tierra los misterios mitraicos que tuvieron como centro el sacrificio del toro
sagrado. El pecado de los hijos de Israel en el desierto, que provocó la irá de
Moisés, cuando al descender de la montaña del Señor les encontró adorando al
becerro de oro, consistió en que habían retrocedido a una pasada y caduca
religión, la cual debió ser trascendida. La dispensación judía estaba regida
por el signo de Aries, el carnero, a través del cual el sol atravesaría
durante los 2.000 años siguientes. Tenemos después la aparición de la víctima
propiciatoria en la historia de los judíos y también, en la Biblia, la
narración del carnero atrapado en las zarzas, todo lo cual se debió a la
influencia del tránsito del Sol por los signos del toro y del carnero.
Un
aspecto, independientemente de los descubrimientos de la astrología académica,
que hoy muy pocos pueden llegar a vislumbrar, produjo estas reacciones
naturales. Alguna influencia, emanada de los signos del toro y del carnero,
produjo la simbología que condicionó la vida religiosa de los pueblos de esa
era. Esto se evidenció aún más cuando se produjo el tránsito del Sol en la siguiente
constelación, el signo de Piscis, los Peces. Luego apareció Cristo y la
simbología del pez, cuya característica se destaca en el Evangelio. Los
discípulos de Cristo eran en su mayor parte pescadores. Realizó el milagro de
los peces, y ordenó a Sus apóstoles que, después de Su muerte, bajo la égida de
San Pedro, se convirtieran en pescadores de hombres. De allí que la mitra que
usa el Papa simboliza la cabeza de un pez.
Actualmente,
según la astronomía, transitamos por el signo de Acuario, el portador de agua,
o de la universalidad, porque el agua es un símbolo universal. Antes de su
muerte, Cristo envió a Sus discípulos a buscar al portador de agua, que los
llevó a un aposento en el piso alto, donde se instituyó el sacramento de la comunión,
lo cual indica que Cristo reconocía el advenimiento de una nueva era que
sucedería a Su dispensación, en la cual entramos ahora. El famoso cuadro de
Leonardo da Vinci, “La Ultima Cena”, es un gran símbolo de la era acuariana,
porque todos nos reuniremos dirigidos amorosamente por Cristo, cuando se establezca
la fraternidad y los hombres se agrupen enlazados por la relación divina. Las
antiguas barreras entre un hombre y otro y una nación y otra se irán derribando
lentamente, durante los próximos 2.000 anos.
A
fin de inaugurar e instituir esta tarea, la Jerarquía anunció la aparición en
la tierra, del nuevo grupo de servidores del mundo, dirigido y guiado por
discípulos y aspirantes espirituales no separatistas, que consideran a todos
los hombres iguales, sin distinción de color o credo, y están dedicados a
trabajar incesantemente para promover la comprensión internacional, la
participación económica y la unidad religiosa.
El
segundo sector del nuevo grupo de servidores del mundo, está formado por
hombres y mujeres de buena voluntad. Hablando textualmente, no son aspirantes
espirituales ni particularmente se interesan en el Plan, y poseen poco o ningún
conocimiento sobre la Jerarquía planetaria. No obstante, desean fervientemente
ver establecidas las rectas relaciones entre los hombres y aspiran a que
prevalezca en la tierra, la justicia y la bondad. Bajo la dirección de los
discípulos mundiales y sus colaboradores, tales personas pueden ser entrenadas
en forma práctica y efectiva y expresar la buena voluntad. De esta manera
pueden realizar un trabajo básico y fundamental, preparando al mundo para que
exprese más plenamente el propósito espiritual y, además, familiarizar al
género humano sobre la necesidad de manifestar rectas relaciones humanas, en
toda comunidad, nación y, con el tiempo, internacionalmente.
El
actual desorden provocado por la guerra mundial ha preparado eficazmente la
escena. El mal que producen las incorrectas relaciones humanas, la agresión
perversa y la discriminación racial, son tan evidentes, que sólo un tonto o
ignorante no verá la necesidad de la activa buena voluntad. Infinidad de
personas bien intencionadas aceptan teóricamente la realidad de que Dios es
amor, y gozosamente esperan que Él haga evidente ese amor en la humanidad.
De
esta manera el nuevo grupo de servidores del mundo fue introducido en la
conciencia de la humanidad moderna. El folleto que bosquejaba este ideal,
escrito por El Tibetano, se distribuyó profusamente, seguido por otros sobre el
mismo tema, los cuales ampliaban el tópico básico del propósito espiritual y de
la buena voluntad. El Tibetano trazó en ellos un procedimiento definido a
seguir. Estipuló que se debían preparar listas con los nombres de hombres y
mujeres de buena voluntad, residentes en los distintos países del mundo.
Sugirió la organización de lo que se denominó Unidades de Servicio en todos los
países. Describió el tipo de enseñanza que debían recibir, e inmediatamente nos
dedicamos a llevar a cabo esas sugerencias y requerimientos.
Desde
1933 a 1939 nos abocamos a la difusión de la doctrina de la buena voluntad, a
la organización de las Unidades de Servicio en 19 países y a buscar hombres y
mujeres que respondieran a la visión de El Tibetano, dispuestos a hacer todo lo
posible para promover rectas relaciones humanas y propalar entre los hombres la
idea de la buena voluntad.
Foster
y yo estuvimos siempre en desacuerdo con el énfasis puesto sobre la paz.
Durante años los grupos pacifistas del mundo se ocuparon de esparcir la idea de
la paz, recopilando nombres de personas que endosaban la idea de paz y —¿quién no
lo hace?— presentaban en todas partes la demanda de una paz obligatoria.
Creemos que eso es como uncir el caballo detrás del carruaje.
Los
días transcurridos entre la primera y segunda guerra mundial fueron de violenta
propaganda pacifista, y la idea de la paz adquirió proporciones. Se recopilaron
millones de nombres que pedían la paz. Las potencias del Eje recibieron con
beneplácito la propaganda pacifista, porque representaba una condición
somnífera, donde no se tomaría medida alguna para que las naciones se armaran
contra posibles agresores. No se tuvo en cuenta el hecho de que las guerras
derivan mayormente de las malas condiciones económicas y poco se hizo para
corregirlas. La gente moría de hambre; en todas partes del mundo la mayoría
percibía sueldos muy magros; en ningún país se abolió el trabajo infantil,
aunque los esfuerzos realizados lograron algo; la superpoblación del mundo
acrecentaba constantemente las dificultades. También en todas partes existían
condiciones propicias para inducir a la guerra, aunque por todo el mundo surgía
el clamor de “paz en la tierra”.
En Belén los ángeles cantaban: “Gloria a Dios en las
alturas” —la consumación y meta final. “Paz en la tierra” —en lo que a toda la
humanidad concierne— y “Buena Voluntad entre los hombres”, primer paso
absolutamente necesario. Ante todo debe haber buena voluntad si queremos la
paz, y esto se ha olvidado. La gente trató de iniciar un período de paz antes
de manifestar buena voluntad. No puede haber paz si la buena voluntad no actúa
como factor condicionante de todas las relaciones humanas.
Otro
hecho revolucionario aconteció cuando El Tibetano dictó el Tratado sobre
Fuego Cósmico. Se cumplió la profecía de H. P. B., de que se daría la clave
psicológica de la creación cósmica. Ella declaró que en el siglo XX un
discípulo informaría respecto a los tres fuegos referidos en La Doctrina
Secreta: el fuego eléctrico, el fuego solar y el fuego por fricción. Esta
profecía se cumplió cuando llegó a manos del público el Tratado sobre Fuego
Cósmico, que alude al fuego del espíritu puro o vida; al fuego de la mente,
que vitaliza todos los átomos del sistema solar y crea el medio por el cual
pueden evolucionar los Hijos de Dios; se refiere también al fuego de la
materia, que produce atracción y repulsión, ley básica de la evolución, y
mantiene las formas unidas, a fin de proporcionar vehículos para la vida
evolutiva y, posteriormente, cuando las formas han servido su propósito, las rechaza
para que dichas vidas evolutivas sigan su camino hacia la evolución superior.
El verdadero significado de ese libro sólo será comprendido al finalizar este
siglo. Contiene un penetrante y profundo conocimiento técnico, fuera del
alcance de la comprensión del lector común. Es un libro de enlace, porque toma
ciertas ideas y frases orientales básicas y las presenta al estudiante occidental,
y al mismo tiempo lleva a la práctica los vagos conceptos metafísicos de
Oriente.
El
tercer hecho excepcional de El Tibetano, realizado en estos últimos meses, ha
sido presentar el programa y dar ciertas indicaciones acerca de los rituales
sobre los cuales será fundada la nueva religión mundial.
Durante
mucho tiempo se hizo evidente la existencia de un punto de contacto entre las
religiones exotéricas de Occidente y las creencias esotéricas de Oriente. En
los niveles esotéricos o acercamiento espiritual a la divinidad, siempre ha
existido uniformidad entre Oriente y Occidente. Las técnicas que sigue el
místico buscador occidental de Dios, son idénticas a las que sigue el buscador
oriental. En cierta etapa, en el sendero de retorno a Dios, todos los caminos
se unen, y por lo tanto el procedimiento es uniforme en las etapas
subsiguientes. Las etapas para la meditación son idénticas. Esto lo verificará
cualquiera que estudie las obras de Meister Eckhart y Los Aforismos de la
Yoga de Patanjali. Todas las grandes expansiones de conciencia delineadas
en la filosofía hindú y la expresión de esas cinco grandes expansiones representadas
en las cinco crisis de la vida de Cristo, narradas en el Nuevo Testamento, son
también las mismas. Cuando el hombre comienza a buscar a Dios conscientemente y
a someterse también conscientemente a la disciplina y sufrimiento, descubrirá
su identificación con los buscadores de Oriente y Occidente, con los que
existieron antes de la venida de Cristo y con los buscadores actuales.
A
fin de poner en claro la relación que existe entre Oriente y Occidente, escribí
el libro La Luz del Alma. Es un comentario de Los Aforismos de la
Yoga de Patanjali, que probablemente vivió y enseñó hace unos 9.000 años
antes de Cristo. El Tibetano me proporcionó la paráfrasis del antiguo texto
sánscrito, pues no conozco ese idioma; yo escribí los comentarios porque
ansiaba presentar una interpretación de los aforismos, mejor adaptada al tipo
de mente y conciencia occidental que la común presentación oriental.
Además,
escribí el libro De Belén al Calvario, a fin de dilucidar el significado
de los cinco episodios principales de la vida de Cristo: el nacimiento, el
bautismo, la transfiguración, la crucifixión y la resurrección, estableciendo
su relación con las cinco iniciaciones delineadas para el discípulo oriental.
Ambos libros tienen una conexión definida con la nueva religión mundial.
Llegará
el momento en que habrán de fusionar la obra del Gran Maestro de Oriente, el
Buda, que vino a la Tierra y alcanzó la iluminación, trasformándose en guía e
instructor de millones de orientales, y la obra de Cristo, que vino como
instructor y salvador, siendo reconocido primero en Occidente. No hay
divergencia ni conflicto en Sus enseñanzas. Tampoco hay rivalidad entre Ellos.
Ambos se destacan como los dos instructores y salvadores más grandes del mundo.
Uno ha acercado a Dios a los pueblos de Oriente, y el otro hizo lo mismo con
los de Occidente.
Tal
es el tema desarrollado por El Tibetano en su opúsculo: La Nueva Religión
Mundial. Señala que Buda preparó a los pueblos para el sendero del
discipulado, mientras que Cristo los preparó para la iniciación. En el
opúsculo mencionado, El Tibetano describe un ritual celebrado en el gran día
del Buda, el Festival Wesak (Festival de Vaisakha) de la Luna llena de mayo, y
otro en el domingo de Pascua, determinado por la Luna llena de abril, ambos
dedicados al Buda iluminado y al Cristo resucitado, mientras que la Luna llena
de junio está destinada al Festival de la Humanidad, siendo el mayor
acercamiento anual a Dios bajo la guía del Cristo. Los otros plenilunios de
cada mes, constituyen festivales menores en los cuales se consideran y destacan
las cualidades espirituales necesarias para entrar en el discipulado y recibir
la iniciación.
Otra
actividad revolucionaria de El Tibetano fue llevar a la atención pública, el
hecho del paulatino acercamiento de la Jerarquía a la humanidad, la restauración
de los antiguos Misterios y la posible exteriorización y manifestación, en el
plano físico, de los Maestros y Sus grupos de discípulos, reunidos en lo que se
denomina técnicamente ashramas.
Por
lo tanto, implícito en este intento, tenemos el significado del segundo
advenimiento de Cristo. Vendrá trayendo consigo a Sus discípulos. Los Maestros
volverán a estar en la tierra, como lo estuvieron hace millones de años en la
infancia de la humanidad. Por un lapso nos abandonaron y desaparecieron detrás
del velo que separa lo visible de lo invisible. Esto fue hecho con la finalidad
de que el hombre tenga tiempo de desarrollar su libre albedrío, llegue a ser un
adulto que emplea su mente, tome sus propias decisiones y finalmente se oriente
hacia el reino de Dios, esforzándose conscientemente por hollar el sendero de
retorno. Esto ha tenido lugar en tan amplia escala, que existe la posibilidad
de que los Maestros rompan con su silencio y sean conocidos nuevamente por los
hombres en el siglo venidero. Con este fin ha estado trabajando El Tibetano, y
muchos de nosotros hemos colaborado con Él.
El
Tibetano instituyó, además, las nuevas reglas para discípulos, que darán mayor
libertad al discípulo individual que las conocidas en el pasado. Hoy no se
exige obediencia. El discípulo es considerado un agente dotado de
inteligencia, y se le deja en libertad para cumplir con los requisitos como lo
considere mejor. No se pide guardar secreto, ya que no se admite a ningún
discípulo en un ashrama o lugar de iniciación, mientras subsista el menor
peligro de no guardar silencio. Los discípulos se instruyen ahora
telepáticamente, y ya no es necesario la presencia física de un Maestro.
Tampoco se hace hincapié sobre el desarrollo personal. Las necesidades de la
humanidad se presentan como el mayor incentivo de desarrollo espiritual. A los
discípulos se les enseña hoy a trabajar en grupo, manteniendo ante ellos la
posibilidad de recibir iniciaciones grupales, lo cual constituye una idea y
visión completamente nuevas. Ya no son obligatorias las disciplinas físicas.
Se considera que el moderno discípulo, inteligente, que ama y sirve, no las
necesita. Debe haber superado sus apetitos físicos y estar libre de ellos a fin
de servir. Gran parte de esta enseñanza se ha dado en el libro, recientemente
publicado, El Discipulado en la Nueva Era, que contiene las
instrucciones que El Tibetano dio a un grupo de Sus discípulos esparcidos por
el mundo, algunos de los cuales he conocido. Ésta es la primera vez en la
historia de la Jerarquía, según sabemos, que se publicaron y llegaron a manos
del público, las instrucciones detalladas e impartidas por el Maestro a su
grupo de discípulos.
En
los párrafos precedentes he tratado de describir someramente algunas de las
actividades iniciadas por El Tibetano, en el intento de emitir, conjuntamente
con otros miembros de la Jerarquía, la nota clave de la nueva era, y sobre la
cual los cursos superiores de la Escuela Arcana ponen el mayor énfasis.
Algunos
estudiantes han estado con nosotros durante veinte años o más. Realizaron
finalmente su trabajo y están cosechando los resultados. Esperamos desarrollar
más adelante ciertos grupos que emplearán algunas de las técnicas tratadas por
El Tibetano en Tratado sobre los Siete Rayos, que probablemente
será el más importante. Describe la nueva escuela de curación. Enseña la técnica
para construir el sendero de luz entre el alma y el espíritu, del mismo modo
que el hombre ha creado un sendero entre él y su alma. Recalca también la nueva
astrología esotérica, que se refiere a los propósitos del alma y al sendero
que el discípulo debe hollar. Da también las catorce reglas que deben seguir
los iniciados. Este tratado de cinco volúmenes, es por lo tanto un compendio
completo de la vida espiritual, y presenta nuevas formulaciones de antiguas
verdades, que guiarán a la humanidad durante la era de Acuario.
En
1934 empezamos a visitar otras partes de Europa. Durante los cinco años
siguientes fuimos, en diversas ocasiones, a Holanda, Bélgica, Francia e Italia
y, por regla general, mientras estábamos en Europa, íbamos a Ginebra, Lausana o
Zurich, donde permanecíamos una corta temporada. Gentes de distintos puntos de
Europa venían a vernos allí. Era algo revelador para nosotros, después de
tantos años de trabajo, encontrarnos frente a un auditorio en Rotterdan, Milán,
Ginebra o Amberes, y hallar las mismas cualidades en las personas, exactamente
como en Gran Bretaña, y los Estados Unidos. Se les podía decir las mismas
cosas, pues tenían la misma visión de la fraternidad y el discipulado. Sus
reacciones eran las mismas. Comprendían y deseaban la misma liberación y tenían
las mismas experiencias espirituales.
Me
acostumbré a hablar mediante un intérprete. Cuando daba conferencias en Italia,
el doctor Assagioli servía de intérprete, y cuando estaba en Holanda, el
dirigente de nuestro trabajo, Gerhard Jansen (llamado generalmente Gerry por
quienes lo tratan y aprecian), oficiaba de traductor. Solía observarlo entre
una multitud cosmopolita y conversar con igual facilidad en seis idiomas
distintos. Antes de la guerra realizó un magnífico trabajo en Holanda.
Prácticamente, todas las lecciones de la Escuela se tradujeron al holandés, y
estuvo al frente de un grande y ansioso grupo de estudiantes. Los trabajos
realizados en Holanda y España constituyeron dos puntos brillantes, y a pesar
de los diferentes temperamentos de ambos países, su aspiración fue similar.
Por El Tibetano
En
el mes de noviembre de 1919 me puse en contacto con Alice A. Bailey y le pedí
que escribiera y publicara algunos libros que debían aparecer, con el fin de
impartir la verdad en forma correlativa. Rehusó de inmediato, argumentando que
no simpatizaba con la denominada literatura ocultista, difundida entre el
público por los diversos grupos de esa índole; que nunca había escrito para el
público y, además, que le desagradaba profundamente toda clase de trabajos y
escritos psíquicos. Cambió de parecer al explicarle que la relación telepática
era algo ya comprobado y un asunto de interés científico, que ella no era
clarividente ni clariaudiente y que nunca lo sería y, sobre todo, que la prueba
de la verdad es la verdad misma. Le dije que si aceptaba escribir durante un
mes, el material trascrito le demostraría contener la verdad, pues enfocaba
reconocimiento y comprensión intuitiva y abarcaba cuanto fuera de valor para
la nueva e inminente era espiritual. Esto contribuyó a superar su aversión a
tal tipo de trabajo, como también a las diversas e imperantes presentaciones
ocultistas de la verdad; entonces estipuló que los escritos fueran publicados
sin pretensiones de ninguna especie y que las enseñanzas demostrarían o no su
valor, de acuerdo a sus propios méritos.
El primer libro publicado fue
Iniciación Humana y Solar, resultado de su primer esfuerzo en
este tipo de trabajo, base de los demás libros. Escribió para mí durante casi
veinticinco años. Los libros se publicaron de acuerdo a un propósito profundo y
subyacente que quizá deseen conocer y ha tenido amplia aceptación mundial.
En Iniciación Humana y
Solar se trató de dar a conocer la realidad de la existencia de
la Jerarquía, que H. P. B. ya había difundido mediante insinuaciones y
enunciados, pero no en forma ordenada. La Sociedad Teosófica había enseñado la
existencia de los Maestros, a pesar de que H. P. B. manifestara a la sección
esotérica que lamentaba profundamente haberlo hecho. Estas enseñanzas fueron
erróneamente interpretadas por los posteriores dirigentes teosóficos, quienes
cometieron varios errores fundamentales.
La descripción que daban de
los Maestros se caracterizaba por una imposible infalibilidad, olvidando que
Ellos también evolucionan. La enseñanza impartida fomentó un creciente interés
por el autodesarrollo y un intenso enfoque sobre la liberación y el
desenvolvimiento personales, pues las personas consideradas como iniciados y
discípulos avanzados, eran mediocres y sin mayor influencia fuera de la
Sociedad Teosófica, exigiendo total devoción a los Maestros y a Sus personalidades.
Decían que estos Maestros interferían en la organización de esos grupos
esotéricos que afirmaban trabajar bajo Su dirección. Se Les hacia responsables
de los errores cometidos por los dirigentes de los grupos, los cuales se escudaban
detrás de las siguientes declaraciones: “el Maestro me dio instrucciones para
que dijera...”, “el Maestro desea que se haga el siguiente trabajo”, o “el
Maestro quiere que los miembros hagan esto o aquello”. Quienes obedecían, eran
considerados buenos y a los que no se interesaban ni obedecían, se los
consideraba como renegados. Se infringía constantemente la libertad individual
y se justificaban las debilidades y ambiciones de los dirigentes. A. A. B., en
conocimiento de esto, rehusó tomar parte en tales actividades, pues ésta es la
historia de la generalidad de todos los grupos esotéricos que atraen al
público. Aunque yo hubiera querido trabajar en esas condiciones —algo que
ningún miembro de la Jerarquía hace— ella no habría colaborado conmigo.
Luego escribió Cartas
sobre Meditación Ocultista. Estas cartas proporcionaron, en cierta medida,
un nuevo acercamiento a la meditación, basada en el reconocimiento del alma en
cada persona y no en la devoción a los Maestros. A éste siguió Tratado sobre
Fuego Cósmico. Este libro constituye una ampliación (ampliación esperada)
de las enseñanzas difundidas en el libro La Doctrina Secreta sobre los
tres fuegos —fuego eléctrico, fuego solar y fuego por fricción; también
presenta la clave psicológica de La Doctrina Secreta y deberá ser
estudiado por los discípulos e iniciados al finalizar este siglo y comenzar el
próximo, hasta el año 2025.
Después A. A. B. pensó que
sería de valor para mí y el trabajo, escribir libros útiles para los
estudiantes, además de la trascripción de mis escritos y apuntes, en el idioma
original inglés, e ideamos hacerlo juntos, lo cual me incitó a pensar y
transmitir ideas, que constituyo mi deber hacer públicas. El promedio general
de los psíquicos y médium no poseen mayormente un alto grado de inteligencia;
A. A. B. deseaba demostrar (para ayudar al trabajo del futuro) que puede
hacerse un trabajo netamente psíquico e inteligente al mismo tiempo. Por esta
razón escribió cuatro libros que son el producto de su propio esfuerzo:
La Conciencia
del Átomo,
El Alma y su
Mecanismo,
Del Intelecto
a la Intuición,
De Belén al
Calvario.
También escribió, con mi
colaboración, un libro titulado La Luz del Alma, donde doy una
paráfrasis en inglés, de los Aforismos sánscritos de la yoga de Patanjali,
colaborando ella en los comentarios y consultándome ocasionalmente para estar
segura del significado.
A éste siguió Tratado
sobre Magia Blanca, escrito hace unos años, que en forma de capítulos
enviaba a los estudiantes avanzados de la Escuela Arcana, únicamente como
material de lectura. Es el primer libro publicado que trata del entrenamiento
y control del cuerpo astral o emocional. Se han escrito muchos libros
ocultistas sobre el tema del cuerpo físico y su purificación; también sobre el
vehículo etérico o vital y la mayoría es recopilación de otros libros, antiguos
y modernos. En este libro se intenta entrenar, al aspirante moderno, en el
control de su cuerpo astral, con ayuda de la mente, a medida que es iluminada
por el alma.
El siguiente fue Tratado
sobre los Siete Rayos; es un libro muy extenso y aún no ha sido terminado.
(En la actualidad ya está completa la serie de este tratado. Nota de los
editores.) Consta hasta ahora de cuatro tomos, dos de los cuales ya fueron
publicados; el tercero está por publicarse y el último está en preparación. Los
tomos I y II tratan sobre los siete rayos y sus siete tipos psicológicos,
poniendo los cimientos para la nueva psicología, pues la psicología moderna,
por más que sea materialista, ha establecido bases sólidas. El tomo III está
íntegramente dedicado al tema de la astrología esotérica y constituye en sí una
unidad completa. Está destinado a difundir la nueva astrología, basada en el
alma, no en la personalidad. El horóscopo confeccionado por la astrología
ortodoxa predice la suerte y el destino de la personalidad, y cuando dicha
personalidad está poco evolucionada o medianamente desarrollada, puede ser y
con frecuencia es asombrosamente correcto. Sin embargo, en los casos de personas
muy evolucionadas, aspirantes, discípulos e iniciados, que comienzan a
controlar sus estrellas y por consiguiente sus acciones, no resulta tan
exacto. Los sucesos y acontecimientos de sus vidas son impredecibles. La nueva
y futura astrología se esfuerza por dar la clave del horóscopo del alma,
condicionado por el rayo del alma y no por el rayo de la personalidad. He
impartido bastante como para capacitar a los astrólogos, que tengan interés y
posean una nueva inclinación, a predecir el futuro desde el ángulo de este
nuevo acercamiento. La astrología es una ciencia fundamental y necesaria. A. A.
B. no es versada en ello ni sabe confeccionar un horóscopo, tampoco conoce los
nombres de los planetas ni las casas que rigen. Por lo tanto, soy absolutamente
responsable de lo que aparece en él y en todos mis libros, excepto, como ya he
explicado, el libro La Luz del Alma.
El tomo IV versa sobre el
tema de la curación y la construcción del puente, el antakarana, que elimina la
separatividad existente entre la mónada y la personalidad. También se dan las
Catorce Reglas que deben dominar quienes se preparan para la iniciación.
(Posteriormente, El Tibetano y A. A. B. decidieron publicar estas reglas en un
tomo aparte. Por lo tanto, dentro de breve tiempo aparecerá el tomo V de
Tratado sobre los Siete Rayos). Quisiera llamar la atención acerca de este
último tema, recordándoles que A. A. B. nunca hizo la menor alusión, pública o
privada, de que es un iniciado. Sabe que ello es contrario a la Ley y oyó a
muchas personas de escasa luz espiritual o capacidad intelectual, hacer tal
afirmación, produciendo el consiguiente daño, menoscabando la idea de la Jerarquía
y la naturaleza del adepto, ante los ojos del público observador. Soy
absolutamente responsable de las Catorce Reglas y de su elucidación y aplicación.
A. A. B. nunca pretendió ser más que un discípulo activo ocupado en el trabajo
mundial (lo cual no se puede negar) y ha reiterado constantemente que la
legítima palabra “discípulo” no admite controversia, así como también es la
más exacta para ser aplicada a las distintas categorías de trabajadores de la
Jerarquía, desde el discípulo probacionista, apenas afiliado a algunos
discípulos de la Jerarquía, hasta la influencia misma de Cristo, el Maestro de
Maestros e Instructor de ángeles y hombres. Constantemente se opone, con mi
total aprobación, a la malsana curiosidad respecto de títulos y categorías, lo
cual constituye una plaga en muchos grupos esotéricos y conduce a la
competencia desmedida, envidia, críticas y pretensiones, que caracterizan a la
generalidad de esos grupos ocultistas, inutilizando la mayoría de sus
publicaciones e impidiendo al público recibir las enseñanzas en toda su pureza
y sencillez. Estado y titulo, categoría y posición, nada significan. Lo que
vale es la enseñanza, es decir, su verdad y su llamado intuitivo. Esto debe
tenerse constantemente presente. Los discípulos aceptados, reconocen al
Maestro internamente —lo cual puede ser corroborado por sus discípulos y
utilizado por el Maestro como condición real—, lo conocen, aceptan Sus
enseñanzas y es considerado por ellos como su Maestro, pero no lo hacen
con el mundo externo.
Mis libros han sido
publicados constantemente durante años. Cuando haya terminado el Tratado
sobre los Siete Rayos y editado un pequeño libro titulado Espejismo (Glamour)
y también EL Discipulado en la Nueva Era, A. A. B. habrá terminado su
trabajo en colaboración conmigo, entonces podrá reasumir su tarea como
discípulo en el Ashrama de su propio Maestro.
La Escuela
La siguiente fase del trabajo
que procuraré ver realizado, funciona ordenadamente. Mi deseo (como también el
de muchos que están asociados con la Jerarquía) fue establecer una escuela
esotérica cuyos miembros tuvieran libertad, no se vieran obligados a hacer
juramentos ni a contraer compromisos; se les proporcionara meditación, estudios
y enseñanza esotérica, dándoles libertad para hacer sus propios ajustes e
interpretar la verdad de acuerdo a su capacidad; presentándoles diversos
puntos de vista y al mismo tiempo transmitirles esas verdades esotéricas más
profundas que podrían reconocer, si en ellos despertara la idea de los
misterios y, aunque leyeran u oyeran algo acerca de los mismos, no los
perjudicara aunque carecieran de percepción para reconocer la verdad tal como
es. Dicha escuela fue establecida en 1923 por Alice A. Bailey, con ayuda de
Foster Bailey y de algunos estudiantes con comprensión y visión espirituales.
A. A. B. estableció como condición, que yo no interviniera en la Escuela Arcana
ni controlara sus planes y programas de estudio. En esto A. A. B. actuó en
forma inteligente y correcta y apruebo plenamente su actitud. Tampoco fueron
usados mis libros como texto. Sólo, durante los últimos años, uno de ellos, Tratado
sobre Magia Blanca, fue adoptado como texto de estudio, ante los
continuos requerimientos de muchos estudiantes. También fue utilizada durante
dos años, en una sección del cuarto grado, la enseñanza sobre el antakarana
(que aparecerá en el tomo V del Tratado sobre los Siete Rayos). Además
se dio en otra sección como material de lectura, enseñanza sobre espejismo
(glamour).
En la Escuela Arcana no se
exige obediencia a nadie, ni tampoco “obediencia al Maestro”, pues ningún
Maestro dirige la Escuela. En cambio se recalca la existencia del Maestro en
el corazón, el alma, que es el verdadero hombre espiritual dentro de cada ser
humano; tampoco se enseña teología ni se obliga al estudiante aceptar
determinada interpretación o presentación de la verdad; un miembro de la
Escuela puede aceptar o rechazar la existencia de los Maestros, de la
Jerarquía, de la reencarnación o del alma y continuar siendo miembro de la
misma. No se exige ni se pide lealtad a la Escuela ni a A. A. B. Los
estudiantes pueden trabajar en cualquier grupo ortodoxo, ocultista, esotérico,
metafísico o iglesia y ser no obstante miembro de la Escuela Arcana. Sólo se
les pide considerar dichas actividades como campo de servicio, donde puedan
proporcionar ayuda espiritual, obtenida a través de los estudios de la Escuela.
Los dirigentes y colaboradores avanzados de muchos grupos esotéricos, también
trabajan en la Escuela Arcana y, sin embargo, son totalmente libres para poder
dedicar su tiempo, lealtad y servicio a sus propios grupos.
Después de veinte años, la
Escuela Arcana entra ahora en un nuevo ciclo de crecimiento y utilidad
—juntamente con toda la humanidad—, para lo cual se están haciendo los debidos
preparativos. El principio fundamental es servicio basado en el amor
a la humanidad. El trabajo de meditación está equilibrado y va paralelo al
estudio y al esfuerzo de enseñar a los estudiantes a prestar servicio.
Otro aspecto de mi trabajo se
concretó hace más de diez años, cuando comencé a escribir ciertos folletos para
el público, en los cuales llamaba la atención sobre la situación mundial y el
nuevo grupo de servidores del mundo. Traté de introducir en la Tierra —si
puedo utilizar tal expresión— una exteriorización o símbolo del trabajo de la
Jerarquía. Esto constituyó un esfuerzo para unir, hasta donde fuera posible
subjetiva y objetivamente, a todas las personas de propósitos espirituales y
de profundo amor a la humanidad, o a quienes trabajaban activamente en muchas
naciones, ya sea en organizaciones o individualmente. Éstos son legión. Unos
pocos son conocidos por los trabajadores de la Escuela, por A. A. B. y F. B.
Conozco a miles de éstos, pero ellos no los conocen. Todos trabajan bajo la
inspiración de la Jerarquía y, consciente o inconscientemente, cumplen con sus
funciones como agentes de los Maestros. Forman un grupo íntimamente unido en
el aspecto interno, por la intención y el amor espirituales. Algunos son
ocultistas que trabajan en diferentes grupos esotéricos; otros, místicos que
trabajan con visión y amor; muchos pertenecen a religiones ortodoxas y, aún
otros, no reconocen en absoluto a ninguno de los llamados grupos
espiritualistas. Sin embargo, a todos les anima el sentido de responsabilidad
por el bienestar humano y se han comprometido internamente a ayudar a sus
semejantes. Este grupo es actualmente el Salvador del mundo y salvará al mundo
e inaugurará la nueva era después de la guerra. Los folletos que he escrito (el
primero de los cuales se titula Los Próximos Tres años, editado en 1932
con el titulo de El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo), explican sus
planes y propósitos y sugieren los modos y métodos para colaborar con dicho
grupo, ya existente y activo en muchos campos.
Quienes son influidos por el
nuevo grupo de servidores del mundo y tratan de trabajar con él como agentes del
mismo, se denominan hombres y mujeres de buena voluntad. En 1936 hice un gran
esfuerzo para ponerme en contacto con tales personas, cuando aún había una
pequeña posibilidad de evitar la guerra. Muchos recordaron esta campaña y su
relativo éxito. La palabra escrita y hablada, a través de la radio, llegó a
millones de personas, pero no hubo un número suficiente que se interesara
espiritualmente por dar los pasos necesarios y detener el odio, el mal y la
agresión, que amenazaban envolver al mundo. La guerra estalló en 1939, a pesar
de todos los esfuerzos de la Jerarquía y Sus trabajadores, paralizando el
trabajo de buena voluntad. Esa parte del trabajo, en la que habían tratado de
servir los miembros de la Escuela Arcana, y que trajo como resultado la formación
de diecinueve centros de servicio, en diversas naciones, fue temporalmente
abandonada —pero sólo temporalmente, hermanos míos, porque la buena voluntad y
la expresión de la voluntad al bien es la “fuerza salvadora” que anima al nuevo
grupo de servidores del mundo.
Quisiera puntualizar el hecho
de que la tarea de introducir al nuevo grupo de servidores del mundo y
organizar el trabajo de buena voluntad, no tiene en absoluto nada que ver con
la Escuela Arcana, excepto en lo que se refiere a la oportunidad que se les dio
a los miembros de la Escuela para ayudar en ese movimiento. Se les otorgó plena
libertad de hacerlo o no. Un sinnúmero de ellos no hizo esfuerzo alguno, demostrando
así que se valieron de la libertad que se les otorgó y enseñó.
Cuando
estalló la guerra y el mundo estuvo envuelto en el consiguiente caos, horror,
desastre, muerte y agonía, numerosas personas, espiritualmente orientadas,
optaron por permanecer alejadas de la lucha. No era la mayoría, pero si una
poderosa y ruidosa minoría. Consideraban cualquier actitud partidaria como una
violación a la ley de fraternidad, y estaban dispuestas a sacrificar el bien de
toda la humanidad por el sentimental anhelo de amar a la humanidad, en forma
tal que no implicaba acción ni decisión de su parte. En vez de decir
“defenderé a mi patria, tenga razón o no”, decían “defenderé a la humanidad,
tenga o no razón
Cuando escribí
el folleto titulado La Actual Crisis Mundial y sucesivamente artículos
sobre la situación del mundo, expresé que la Jerarquía apoyaba la actitud y
los objetivos de las naciones aliadas, que luchaban por la liberación de toda
la humanidad y por el alivio de los pueblos sufrientes. Esto, lógicamente,
obligó a la Jerarquía a no apoyar en forma alguna al Eje. Muchos de los colaboradores,
en el trabajo de buena voluntad, y algunos miembros de la Escuela,
interpretaron tal declaración como de carácter político y creyeron que la
absoluta neutralidad, en lo que concierne al bien y al mal, era la actitud que
debían mantener las personas con inclinaciones espirituales. No pensaron con
claridad, y confundieron el amor fraternal con el hecho de abstenerse de tomar
partido a favor de uno de los bandos, olvidando las palabras de Cristo: “El que
no está conmigo, está contra mí”. Repetiré lo que he dicho con frecuencia: La
Jerarquía y Sus miembros, incluyéndome, aman a la humanidad pero no desean
apoyar el mal, la agresión, la crueldad y el aprisionamiento del alma humana.
Con el fin de que todos avancen en el camino hacia la luz, defienden la
libertad, la oportunidad, el bienestar del género humano y, sin discriminación,
la bondad y el derecho de pensar, hablar y trabajar libremente, que cada hombre
posee. Por lo tanto, no pueden apoyar a las naciones o a los habitantes de
cualquier nación que vaya en contra de la libertad y la felicidad humanas.
Saben que en su amor y comprensión de las circunstancias, en una vida o en
vidas posteriores, la mayoría de quienes ahora son enemigos de la libertad
humana, serán a su vez libres y hollarán el Camino Iluminado. Mientras tanto,
toda la fuerza de la Jerarquía está de parte de las naciones que luchan por
liberar a la humanidad y de aquellos que en cualquier nación trabajan en ese
sentido, Si fuera en detrimento de los valores espirituales el estar a favor
del bien y de la libertad, entonces la Jerarquía trabajaría para cambiar la
actitud de los pueblos, respecto a lo que es espiritual.
Por ser
responsable Alice A. Bailey de transcribir los folletos, y F. B. de su
publicación y distribución, se ha encontrado ante la difícil posición de ser el
blanco de la crítica y ataques. Sin embargo, ella sabe que el tiempo reajusta
todas las cosas, y que el trabajo realizado, si está correctamente motivado,
oportunamente probará su propio valor.
Por
consiguiente, me he interesado en tres aspectos del trabajo: los libros, la
Escuela Arcana y el nuevo grupo de servidores del mundo. Los impactos mundiales
hechos por estos tres aspectos del trabajo, fueron efectivos y útiles. La
parte útil del trabajo realizado es lo que interesa, no la crítica e
incomprensión de quienes pertenecen al viejo orden y a la era pisceana, pues
son incapaces de ver el surgimiento de las nuevas formas de vida y los nuevos
acercamientos a la verdad.
Todo este
tiempo he permanecido detrás de la escena. Soy responsable de los libros y
folletos, que llevan la autoridad de la verdad —si la verdad existe en
ellos—, pero no la autoridad de mi nombre, ni la categoría que puedan
adjudicarme o que me otorgan los curiosos, los investigadores y los devotos. No
he dictado ninguno de los programas de la Escuela Arcana ni he interferido en sus
planes de estudio, y de ellos es responsable A. A. B. Mis libros y folletos
fueron puestos a disposición de los estudiantes de la Escuela y del público.
He tratado de
ayudar en el trabajo de buena voluntad, del cual es responsable Foster Bailey,
sugiriendo e indicando cuál es la tarea que el nuevo grupo de servidores del
mundo está tratando de realizar, pero no lo he hecho en forma autoritaria, ni
jamás lo haré. Los resultados de estas actividades fueron buenos; ha habido
poca incomprensión pues ella es inherente a las facultades y actitudes
personales de quienes critican. La crítica es sana mientras no se torne
destructiva.
Paralelamente
a estas principales actividades, desde el año 1931 he estado entrenando a un
grupo de hombres y mujeres, dispersos por todo el mundo, en la técnica del
discipulado aceptado, entendido académicamente. De entre un grupo de muchos y
posibles neófitos, señalé aproximadamente a 45 personas —algunas conocidas
personalmente por A. A. B. y otras totalmente desconocidas— que habían
demostrado disposición para el entrenamiento, y podía ser probada su aptitud
para el trabajo grupal del nuevo discipulado. Estas personas recibieron directamente
mis instrucciones personales y ciertas enseñanzas generales, aunque basadas
lógicamente en las antiguas reglas, que involucraban el nuevo acercamiento a la
Jerarquía y a la vida espiritual. Estas instrucciones estarán en breve a
disposición del público, pero no se darán indicaciones acerca de las personas
así entrenadas, ni se impartirá información al respecto; nombres, fechas y
lugares serán cambiados, aunque las instrucciones permanecerán tal como fueron
dadas.1
Estas personas
comprobarán mi identidad, por haber mantenido contacto directo conmigo. Saben
quien soy desde hace años, pero han conservado mi anonimato con gran cuidado y
verdaderas dificultades, debido a que centenares de personas en el mundo han
hecho conjeturas respecto a mi identidad y algunas han acertado quien soy.
Actualmente, y a pesar de todo lo que A. A. B. y mis discípulos hicieron, se
admite generalmente que soy un Maestro, y a tal efecto se me ha dado un
nombre. Lo afirmé a mi grupo de aspirantes especialmente elegidos, cuando lo
descubrieron internamente por sí mismos. Hubiera sido torpe e inútil no
hacerlo, y al comunicarme con ellos y escribir instrucciones sobre el nuevo
discipulado, ocupó lógicamente el lugar que me correspondía. Algunas de estas instrucciones
fueron consideradas, por mí y A. A. B., como apropiadas y útiles para un uso
más general, y luego incorporadas en una serie de escritos intitulados: Etapas
del Discipulado, editados bajo mi nombre en la revista The Beacon. Fueron
cuidadosamente revisados antes de su publicación, excepto uno, en el que A. A.
B., bajo la presión del excesivo trabajo, omitió la supresión de un párrafo en
el cual se refería a mí como Maestro. Este párrafo apareció en The Beacon en
julio de 1943 y le produjo un gran disgusto. Cometió este descuido después de
tantos años de ocultar mi identidad como Maestro, quedando así públicamente
reconocida.
En
relación con esto, hay tres puntos sobre los cuales deseo llamar la atención.
Hace años,
manifesté en Tratado sobre Magia Blanca que era un iniciado de cierta
categoría, pero que se debía mantener mi anonimato. Años más tarde, debido a
aquel error de A. A. B., aparentemente me vi en la posición de contradecirme, y
por lo tanto cambiar mi actitud, pero en realidad no hice tal cosa. La difusión
de las enseñanzas alteran las circunstancias, y las necesidades de la demanda
humana exigen a veces un cambio en el acercamiento. No hay nada estático en la
evolución de la verdad. Desde hace tiempo intento hacer lo necesario para presentar
al público, en forma más definida y atrayente, la existencia de la Jerarquía y
Sus miembros.
Manifesté
claramente a A. A. B., hace unos años (como lo hizo su propio Maestro), que su
deber principal como discípulo era familiarizar al público con la verdadera
naturaleza de los Maestros de Sabiduría, para contrarrestar la impresión
errónea que el público había recibido. Lo logró hasta cierto grado, pero no en
la amplitud esperada. A. A. B. se sintió cohibida ante esta tarea por el
desprestigio en que había caído el tema debido a las falsas presentaciones de
los diferentes instructores y grupos ocultistas, además de las ridículas
explicaciones que daban los ignorantes acerca de nuestra identidad. H. P. B.,
su predecesora, manifestó en ciertas instrucciones enviadas a la sección
esotérica de la Sociedad Teosófica, que lamentaba amargamente haber mencionado
a los Maestros, dando Sus nombres y Sus funciones. La misma opinión sostuvo A.
A. B. Los Maestros, tal como son presentados por la Sociedad Teosófica, tienen
una vaga semejanza con la realidad. Ha traído mucho bien este testimonio de Su
existencia, pero hicieron gran daño los torpes detalles a veces impartidos.
Ellos no son como se Les describe: no dan órdenes a Sus seguidores (o mejor
dicho devotos) para hacer esto o aquello o para formar ésta u otra
organización; tampoco señalan a nadie como la encarnación de un personaje de
suprema importancia, pues saben muy bien que los discípulos, iniciados y
Maestros, son conocidos por su trabajo, sus obras y actos y no por sus
palabras, y tienen que demostrar su categoría por el trabajo realizado.
Los Maestros
trabajan en muchas organizaciones por medio de Sus discípulos; pero no exigen,
por su intermedio, la total obediencia de los miembros de determinada organización,
ni excluyen de las enseñanzas a quienes están en desacuerdo con las actividades
de la organización o las interpretaciones de sus dirigentes. No son
separatistas ni antagonizan con los grupos que trabajan bajo la dirección de
distintos discípulos o Maestros. Cualquier organización por la que Ellos se
interesen será incluyente y no excluyente. Tampoco promueven cuestiones
respecto a las personalidades, apoyando a una y rechazando a otra, simplemente
porque las opiniones de un líder sean o no apoyadas. No son personas
extravagantes ni mal educadas, tal como las describen los dirigentes mediocres
de muchos grupos; tampoco eligen, como discípulos consagrados y trabajadores
prominentes, a hombres y mujeres de evidente inferioridad, desde el punto de
vista mundano, ocupados en reivindicaciones y en el arte de atraer la atención
sobre sí mismos. El discípulo en probación podrá ser un devoto, pero debe poner
el énfasis sobre la purificación y la adquisición de una comprensión
inteligente, respecto a la fraternidad y necesidad humana. Para ser un
discípulo aceptado, que actúe directamente bajo la dirección de un Maestro y
esté activo en el trabajo mundial, ejerciendo una creciente influencia, se
requiere polarización mental, desarrollo del corazón y sentido de los
verdaderos valores.
Los Maestros
presentados al público por algunos movimientos como el “Yo soy”, constituyen
una tergiversación de la realidad. Los distintos movimientos teosóficos (desde
la época de H. P. B.) no han demostrado inteligencia ni buen criterio en la
elección de quienes la organización proclama como iniciados o importantes
miembros de la Jerarquía.
Habiendo
conocido todo lo dicho y observado los malos efectos causados por la enseñanza
impartida acerca de los Maestros, A. A. B. extremó Sus esfuerzos a fin de
presentar la verdadera naturaleza de la Jerarquía, Sus metas y sus miembros;
procuró poner el énfasis —como lo hace la Jerarquía— sobre la humanidad y el
servicio prestado al mundo, y no sobre un grupo de instructores, que aunque
trascendieron los habituales problemas y experiencias de la personalidad en los
tres mundos, están aún en proceso de entrenamiento, preparándose (bajo la
dirección de Cristo) para hollar “el Sendero de la Evolución Superior”, tal
como se lo denomina. El nombre con que nos conocen algunos discípulos en el
Tíbet, da un indicio de nuestra etapa de realización. Denominan a la Jerarquía
la “sociedad de mentes iluminadas y organizadas” —iluminadas por el amor y la
comprensión, por una profunda compasión e inclusividad, por el conocimiento
del plan, a fin de captar el propósito, sacrificando su propio progreso
inmediato para ayudar a la humanidad. Eso es un Maestro.
El segundo
punto a tratar, lo expondrá en forma interrogativa: ¿Qué daño puede ocasionar
el hecho de señalar con el dedo a un Maestro y reconocerlo como tal, siempre y
cuando su comportamiento corrobore esta declaración y su influencia sea
mundial?
¿Ha producido
algún daño este inadvertido descuido de A. A. B., evidenciándome como Maestro?
Mis libros, portadores de mi influencia, han llegado a los más lejanos lugares
de la tierra y estimulan y ayudan. El trabajo de buena voluntad que he
sugerido, y que F. B. está llevando a cabo voluntariamente, ha llegado
literalmente a millares de personas por medio de folletos, la radio, el uso de
la Invocación, los Triángulos, y mediante la palabra y el ejemplo de los
hombres y mujeres de buena voluntad.
Durante los
veinticinco años que A. A. B. trabajó conmigo en el campo esotérico, nunca
trató de beneficiarse por el hecho de que yo soy uno de los numerosos Maestros,
reconocido hoy por millares de personas. No se ha respaldado en mi, ni en su
propio Maestro; no nos ha hecho responsables por lo que ella ha realizado;
tampoco inició ni emprendió su trabajo sobre la base de que el Maestro “lo
ordenó”. Sabe que la tarea del Maestro consiste en poner al discípulo en
contacto con el Plan, y que por propia iniciativa y cierta medida de sabiduría
y de amor, el discípulo se esfuerza inteligentemente para hacerse cargo de la
parte que le corresponde en la materialización del Plan. Comete errores, y
aunque no presenta quejas al Maestro, paga el precio, aprendiendo la lección.
Cuando tiene éxito no acude al Maestro para que lo alabe, pues sabe que no lo
hará. Lucha contra la mala salud, la envidia y el antagonismo de quienes tienen
menos éxito o temen la competencia, y no acude al Maestro para recibir fuerza a
fin de mantenerse firme. Trata de caminar a la luz de su propia alma y
permanecer fuerte en su propio Ser espiritual, y así aprende a ser Maestro,
aprendiendo.
El tercer
punto sobre el que quisiera llamar la atención es, que el nuevo ciclo que
vendrá al finalizar la guerra —la realidad de la existencia de la Jerarquía
y el trabajo de los Maestros por intermedio de Sus discípulos—, debe ser
llevado a conocimiento del público. Los discípulos de todas partes presentarán
al mundo, acrecentadamente, el plan jerárquico para lograr la fraternidad, la
vida y la inclusividad espirituales. Esto no lo realizarán apoyándose en las
frases (tan prevalecientes entre los tontos), “el Maestro me ha elegido a mí”,
o “el Maestro apoya mis esfuerzos”, o “soy el representante de la Jerarquía”,
sino mediante una vida de servicio, recalcando que los Maestros existen y que
son conocidos por muchas personas; que el Plan consiste en el desarrollo
evolutivo y el progreso educativo hacia una meta espiritual inteligente; que la
humanidad no está sola y que la Jerarquía existe; que Cristo está con Su
pueblo; que el mundo está lleno de discípulos ignorados, debido a que trabajan
silenciosamente; que existe el nuevo grupo de servidores del mundo; que los
hombres y mujeres de buena voluntad se hallan en todas partes; que a los
Maestros no les interesa absolutamente las personalidades, sino que utilizan a
hombres y mujeres pertenecientes a todas las tendencias, creencias y
nacionalidades, siempre que los aliente el amor, sean inteligentes, tengan
mentes entrenadas y posean además influencia magnética y radiante, lo cual
atraerá a las personas hacia la verdad y la bondad, pero no hacia el individuo,
ya sea Maestro o discípulo. Los Maestros no se preocupan, en absoluto, por la
lealtad personal; están exclusivamente dedicados a aliviar el sufrimiento, a
promover la evolución de la humanidad y a indicar los objetivos espirituales.
Ellos no esperan el reconocimiento de Su trabajo ni la alabanza de Sus
contemporáneos, sino sólo el acrecentamiento de la luz en el mundo y el
desenvolvimiento de la conciencia humana.
Agosto 1943.
Los Métodos Aplicados en la Recepción de:
“TRATADO SOBRE FUEGO CÓSMICO“
Cuatro métodos
han sido aplicados por El Tibetano para trasmitir esta enseñanza al público.
1. Clariaudiencia.
En las
primeras etapas — durante los dos primeros años— el material contenido en los
dos primeros libros fue dictado por El Tibetano a la señora Bailey mediante la
clariaudiencia. En determinados y prefijados momentos, se establecía el
contacto, mediante una vibración que ella aprendió a reconocer; luego oía clara
y nítidamente su voz, que le dictaba palabra por palabra.
2. Telepatía.
A medida que
la señora Bailey iba acostumbrándose a esta tarea, y producían efecto la
disciplina y dieta necesarias, el trabajo fue cambiando gradualmente y el Tratado
sobre Fuego Cósmico se trasmitió en forma telepática. La señora Bailey se
ponía en contacto con El Tibetano en determinado momento y si Él estaba libre y
disponía de tiempo, se comunicaba telepáticamente con ella. La información era
impartida con gran rapidez y la detallada enseñanza se plasmaba con tal
claridad en su conciencia, que podía escribirla sin cambiar una sola palabra.
El libro se publicó tal como fue recibido, excepto leves cambios, a veces en el
tiempo de un verbo, pues el inglés de El Tibetano, resulta un poco arcaico y
desusado cuando quiere emplear Su propia redacción, y no permitía que la señora
Bailey interpretara Sus pensamientos, como lo hace frecuentemente. Antes de
recibirse la información y transcribirse adecuadamente, debía practicar cierto
proceso de meditación, donde los temas particulares a tratar constituyeran los
pensamientos simiente para el esfuerzo meditativo. Esto debe ser precedido por
la adquisición de un conocimiento sintético de todo cuanto se haya escrito
previamente sobre el tema. La facultad mental, o cuerpo mental, debe ser por lo
tanto amplia y altamente organizada, con gran acopio de material y controlada
adecuadamente. Con esta base puede impartirse sin temor, un conocimiento que
trasciende la experiencia personal o el conocimiento previo del receptor.
Éste es el
método aplicado entre El Tibetano y la señora Bailey, lo cual evidencia que no
se apreciará el verdadero valor del tratado hasta después de un profundo
estudio y meditación y de muchas lecturas complementarias. Sin embargo, el
lenguaje empleado es tan claro y lúcido y el material utilizado tan coordinado,
que lleva adelante el razonamiento con lógica precisión, y cualquier persona
inteligente, aún en la primera lectura, hallará una experiencia inspiradora,
que iluminará ignotas regiones de la conciencia, incitando a estudios
posteriores más profundos, lo cual es muy deseable.
Dicho tratado
es un buen ejemplo del verdadero método telepático. Después de una cuidadosa
lectura de los datos impartidos en él, evidentemente la señora Bailey no podía
haber formulado esta enseñanza, porque se refiere a procesos cósmicos que
lógicamente ignora. Su contribución al trabajo fue el gran interés inicial
puesto en estos temas, durante veinte años de práctica de meditación, muchos
años de estudio y reflexión y su dominio de un inglés claro y vigoroso.
3. Visión clarividente.
A la señora
Bailey le fueron presentados los diversos símbolos que aparecen en los libros
(y son muchos), que luego describió. Este proceso sólo es posible con la ayuda
de un poderoso colaborador. El Tibetano plasmaba el símbolo o grabado deseado,
sobre una de las sutiles diferenciaciones del éter, manteniendo al mismo
tiempo la vibración de los vehículos del discípulo, en el grado requerido;
entonces las imágenes aparecían claras y perfectas para ser estudiadas, en
forma análoga a una exquisita obra maestra pictórica expuesta en alguna galería
de arte. El cuadro no puede retirarse, pero el observador puede estudiarlo y
describirlo y el artista copiarlo, aunque son imposibles de reproducir los
efectos del color en la materia física densa.
A la señora
Bailey le fueron también presentadas siete grandes figuras de Ángeles o Devas,
correspondientes a los siete globos de la cadena terrestre, que quizá
posteriormente sean incluidos en la segunda edición.
También se le
presentaron extractos de antiguos manuscritos; se le permitió leer ciertas
estanzas y se le mostraron los datos existentes en los archivos jerárquicos,
que ella tradujo superficialmente, siendo corregidos por El Tibetano. No es
necesario el conocimiento de las lenguas arcaicas para realizar este tipo de
trabajo, pues los más antiguos manuscritos son ideográficos y simbólicos y, al
haber suficiente estímulo, el observador se da cuenta del significado y puede
transcribirlo.
4.
La Recordación, al despertar, de lo visto u oído durante el sueño de
la noche, cuando se está fuera del cuerpo físico.
Éste fue el
método empleado en las estanzas que aparecen al final del libro, y también en
los diagramas. Algunas de las definiciones que figuran en ese libro se
obtuvieron de esta manera.
Extraído de la revista “The Beacon”, junio 1925.
¿QUÉ ES UNA ESCUELA
ESOTÉRICA?
Por Alice A. Bailey
Existen
en la actualidad muchas escuelas supuestamente esotéricas que son relativamente
modernas y se establecieron durante los últimos sesenta años. No me refiero a
esa Escuela Esotérica que siempre ha existido y está presente en todas partes
del mundo. No posee un nombre determinado, tampoco está representada por
organización exotérica alguna ni tiene directores. Esta única y verdadera
escuela ha llenado siempre la necesidad de esos buscadores que —a través de las
épocas— han solicitado ser admitidos en los misterios, y lo han logrado
después de cumplir con los requisitos. Me refiero, en cambio, a las
innumerables escuelas místicas, metafísicas, teosóficas, rosacruces y a las
órdenes ocultas que existen en todas partes. Tales organizaciones están
compuestas por personas que poseen una devota intención espiritual, animadas
por grandes aspiraciones, reunidas alrededor de un instructor y de ciertas
enseñanzas. El instructor imparte su interpretación personal de la enseñanza
académica ocultista y acentúa la necesidad de hollar el sendero y lograr la
pureza y formación del carácter, adoptando por lo general la posición de única
y máxima autoridad.
Esta etapa, en
la historia del esoterismo, ha sido un buen trabajo de preparación, porque
presentó al público la naturaleza de la doctrina secreta, la enseñanza
esotérica y el gobierno interno del mundo. La realidad de la existencia de los
Maestros de Sabiduría —que trabajan con la Jerarquía planetaria bajo la
dirección de Cristo— ha sido ampliamente difundida, ya sea en términos de la
teosofía ortodoxa y de las conjeturas metafísicas hindúes, o bajo la terminología
cristiana. Ya se ha impartido mucho conocimiento. El complicado proceso de la
creación divina y la consiguiente manifestación de Dios, constituye un gran
estimulo para el desenvolvimiento mental, pero con frecuencia trae muy poca
comprensión. Las escuelas esotéricas se ocupan de desarrollar la comprensión.
Han difundido últimamente ciertas reglas elementales destinadas, primeramente,
a purificar la naturaleza emocional o de deseos; han tratado extensamente
cuestiones como la diversidad de planos, los fuegos creadores y la diferenciación
de la sustancia, así como también los diversos septenarios que condicionan la
vida, la conciencia y la forma. Nada de esto es enseñanza esotérica. Han
enseñado devoción a los Maestros, pero presentándolos en forma inadecuada.
Expresan que tales Maestros se interesan especialmente por el instructor del
grupo, y a los amigos personales del instructor con frecuencia se les dice que
el Maestro los ha aceptado en el circulo interno de sus discípulos. Dentro de
estos grupos se erige, casi sin excepción, un círculo íntimo de adherentes,
devotos del instructor, quienes obedecen ciegamente a él y a los supuestos
mandatos del Maestro, trasmitidos por su intermedio, violando así la ley
oculta de que un Maestro no debe dar órdenes ni esperar obediencia. Por lo
general los grupos esotéricos son hoy organizaciones herméticas, con miembros
seleccionados; fomentan un malsano sentido de misterio y presentan únicamente a
medias esas verdades, que sirven sólo al propósito de testimoniar la existencia
de lo real.
Por lo tanto,
no existe hasta ahora una verdadera escuela esotérica. Su formación es todavía
una esperanza —esperanza que ha llegado a la etapa en que puede hacerse la
debida preparación para su establecimiento.
Lo antedicho
no constituye en manera alguna una condenación al servicio lealmente prestado,
pero sin inspiración. Los estudiantes deben saber que las escuelas con las
cuales estén familiarizados son de carácter preparatorio únicamente,
adoleciendo de muchas fallas, basadas en la flaqueza o fortaleza de los
instructores que las fundaron; en consecuencia, prepondera el énfasis sobre la
personalidad, la demanda de lealtad y la errónea interpretación y aplicación de
la enseñanza. No obstante ello, han sido jalones útiles para el futuro.
En verdad, no
ha llegado aún el momento para establecer verdaderas escuelas esotéricas. La
humanidad no está preparada. Sin embargo, en la actualidad, hay bastantes
personas inteligentes que justifican la formación de escuelas más avanzadas de
entrenamiento, las cuales sentarán las bases para las escuelas futuras, que
irán apareciendo de acuerdo con la Ley de Evolución. Las escuelas esotéricas no
son una excepción en el proceso evolutivo, y aparecen siempre en respuesta a la
demanda del género humano y cuando su desarrollo mental lo requiere. En los
próximos setenta años se fundarán las nuevas escuelas. Las actuales deben
empezar a renovarse, abandonar lo no esencial y aislar las verdades realmente
esotéricas, para tener una clara visión del objetivo del entrenamiento
esotérico, lo cual aún no se ha hecho. Debe conocerse la disciplina a que se
someterá el neófito en el futuro, y también impartirse las técnicas correctas;
todo ello será elevado a un nivel superior al alcanzado en el presente. La
enseñanza tiene que independizarse de su actual tendencia teológica y
pronunciamiento autocráticos. Las numerosas escuelas ocultistas internas y
diversas secciones esotéricas, han sido desgraciadamente culpables de los
pronunciamientos dogmáticos.
Más adelante
aparecerán instructores que tendrán una verdadera comprensión de la naturaleza
espiritual de la autoridad, la cual no se basará en pretensiones ni en el
misterio, sino en una vida vivida de acuerdo con los ideales más elevados y en
la presentación de una enseñanza que evocará el respeto y la respuesta
intuitiva del discípulo. El instructor del futuro señalará simplemente el
camino, lo recorrerá con el discípulo y destacará las antiguas reglas, pero con
una nueva interpretación, y no (corno sucede con frecuencia) colocándose entre
el grupo y la luz, o entre el aspirante y el Maestro.
Estas escuelas
preparatorias ya están en proceso de formación, y la fundación de la Escuela Arcana,
en 1923, fue parte de este esfuerzo espiritual. A principios del próximo
siglo surgirá, de dichas escuelas, la primera verdadera Escuela de
Iniciación.
Hasta la fecha, las llamadas
escuelas esotéricas se ocuparon de los aspirantes que están en el sendero de
probación o purificación. Las que ahora se forman, como la Escuela Arcana,
se ocupan de entrenar discípulos y prepararlos para hollar el sendero del
discipulado y, en fecha posterior, ponerlos en contacto directo con los
Maestros. Las nuevas escuelas que se establezcan en el próximo siglo admitirán
y prepararán discípulos para hollar el sendero de la iniciación.
Tenemos así un
esfuerzo unificado y gradual del cual son responsables los Maestros. Las
escuelas que ahora están en formación para entrenar discípulos son de carácter
intermedio y tienen por objeto establecer un puente entre las escuelas
esotéricas del pasado y las verdaderas escuelas que aparecerán más adelante, lo
cual podría resumirse así:
Con éstas estamos muy familiarizados, y son las escuelas internas de los
numerosos grupos teosóficos, las órdenes rosacruces y las incontables
organizaciones místicas y metafísicas. Aunque de carácter definidamente
esotérico, son útiles para despertar el interés del público. Proporcionan
valiosa información respecto a los tres mundos de la evolución humana —físico,
emocional y mental—, siendo exclusivamente para los neófitos que se hallan en
el sendero de probación. Se ocupan del acercamiento a Dios por medio del
corazón y también del profundo instinto humano, si el hombre puede descubrirlo.
Las escuelas
que se establecen ahora poseen un mayor conocimiento esotérico, que se está
correlacionando y aplicando. Gran parte es todavía teórico, pero la teoría
debe siempre preceder a la práctica. Dichas escuelas llevarán la enseñanza más
allá del punto alcanzado en las primitivas escuelas, trasladándola de los tres
mundos al reino del alma. Se ocuparán de los valores esotéricos y serán de
naturaleza mental, poniendo el énfasis sobre el conocimiento de Dios y
no sobre la idea de ir a tientas detrás de una divinidad presentida. Las
mejores escuelas del pasado lograron la integración de la personalidad e hicieron
realidad el dualismo esencial del místico. Las nuevas escuelas persiguen una
fusión más elevada, la de la personalidad integrada y el alma. Revelan que
detrás del dualismo del místico, etapa necesaria, existe la realidad oculta de
la identificación con lo divino.
Estas escuelas serán verdaderamente esotéricas, porque para entonces la
humanidad estará preparada. Evocarán y entrenarán la conciencia superior del
discípulo, enseñándosele a trabajar conscientemente en niveles espirituales y a
actuar como alma en los tres mundos de la evolución humana, por medio de una
personalidad altamente inteligente. Los discípulos serán preparados para la
iniciación, y los iniciados serán entrenados para iniciaciones mayores y
superiores. Harán hincapié sobre el correcto manejo de las energías y fuerzas,
sobre la sabiduría, como resultado del conocimiento aplicado, y sobre los planes
y trabajos de la Jerarquía. Desarrollarán la intuición, y producirán una
fusión aún más elevada entre el hombre espiritual y el Ser universal.
Dividiré
en acápites lo que tengo que decir respecto a las escuelas:
·
Algunas definiciones del esoterismo.
·
Cómo se forma una Escuela Esotérica.
·
Verdades fundamentales enseñadas en las nuevas escuelas.
El
estudio de estos temas ayudará a conocer en qué consiste la enseñanza
esotérica, y a trabajar como esoteristas, recibiendo el entrenamiento necesario
y aprendiendo a hollar el camino
correctamente. Los dirigentes o instructores de las actuales seudo escuelas
esotéricas deben enfrentar la realidad por dura que sea. Si son honestos y
sinceros lo harán gustosamente, se adaptarán a las necesidades de la época,
valorarán correctamente el lugar que ocupan en la escala de la evolución y
decidirán hacia dónde deben dirigir sus esfuerzos. Nada puede detener los
planes jerárquicos, tal como han sido delineados. Quienes no pueden
enfrentarse a sí mismos, ni realizar un trabajo de verdadero valor, descubrirán
que sus escuelas han caducado —esto ya sucede en todas partes. Los que se dan
cuenta de la situación y pueden percibir el futuro, avanzan hacia una
acrecentada utilidad, una reconstrucción vital y un servicio más amplio.
Las palabras
“esotérico” y “oculto” significan aquello que está escondido; indican lo que
se halla detrás de las apariencias externas y señalan las causas que producen
apariencias y efectos; se refieren al sutil mundo de energías y fuerzas, que
todas las formas externas velan y ocultan, y a lo que debe conocerse antes de
desarrollar la conciencia iniciática.
En el pasado
se hicieron resaltar las fuerzas subjetivas, que no dejan de ser fuerzas
materiales ocultas en el ser humano, y frecuentemente los poderes psíquicos,
tales como la clarividencia y la clariaudiencia, que el hombre comparte en
común con los animales. En las antiguas escuelas se ha acentuado de manera
extraordinaria la pureza física y todo lo concerniente a la purificación de las
formas, mediante las cuales el alma debe manifestarse. Esta purificación no es
de carácter esotérico ni un indicio de desarrollo esotérico o espiritual, sino
únicamente un paso preliminar muy necesario, pues hasta no emprender tal
purificación es imposible realizar un trabajo más avanzado. Las disciplinas
físicas son necesarias y útiles y deben aplicarse en todas las escuelas para
principiantes, pues mediante ellas el neófito adquiere hábitos de pureza y
construye el tipo de cuerpo que el discípulo necesita para iniciar el verdadero
trabajo esotérico.
Este
entrenamiento elemental permite al neófito transferir su conciencia, del mundo
tangible del vivir cotidiano, a los mundos de las fuerzas más sutiles de su
personalidad. Llega así a darse cuenta de las energías que debe manejar, y
presiente vagamente lo que hay detrás de ellas —el alma en su propio mundo, el
reino de Dios.
Ahora las
nuevas escuelas se ocupan de los valores más esotéricos. Entrenan al discípulo
para trabajar como alma, en los tres mundos, y lo preparan para actuar como
discípulo aceptado, en el grupo de un Maestro. La mayoría de las escuelas del
pasado han descuidado la etapa de integración de la personalidad y también el
conocimiento de la vida en los tres mundos, sobre lo cual se debe instruir al
principiante. En cambio han ofrecido la tentadora perspectiva de hacer contacto
con un Maestro y con Su grupo, antes de ser el aspirante una personalidad coordinada,
calificado como “inteligente”, y de haber establecido contacto con su alma. Se
ha hecho y se hace hincapié sobre la devoción, devoción al instructor del
grupo, a sus verdades enunciadas y al Maestro, además de la firme determinación
de merecer el titulo de “discípulo”, para decir algún día “conozco a tal o a
cual Maestro”. Mientras tanto, no se ha dado al principiante una verdadera idea
del discipulado ni de sus responsabilidades. Las nuevas escuelas en formación
imparten a sus estudiantes ideas muy diferentes y emplean técnicas de
entrenamiento muy distintas.
1. Una escuela esotérica enseña la relación
existente entre el alma, el hombre espiritual, y la personalidad. Ésta es para
el estudiante la principal línea de acercamiento, constituyendo el contacto con
el alma su primer gran esfuerzo. Llega a conocerse a sí mismo y se esfuerza por
actuar conscientemente como alma y no sólo como personalidad activa. Aprende a
regular y dirigir su naturaleza inferior mediante el conocimiento técnico de su
constitución, y a hacer fluir la luz, el amor y el poder del alma. Por el
alineamiento, la concentración y la meditación, establece contacto permanente
con su ser espiritual interno y está bien encaminado para convertirse en un
útil servidor de la humanidad.
2. Una
escuela esotérica es la ampliación, en el mundo físico externo, del grupo
interno o Ashrama de un Maestro. El discípulo individual aprende a considerarse
un canal para el alma y una avanzada de la conciencia del Maestro; una
verdadera escuela esotérica es además la avanzada de algún grupo subjetivo
espiritual o ashrama, condicionado e impresionado por el Maestro, como el
discípulo lo es por su alma. Por lo tanto, un grupo de esta naturaleza está en
relación directa con la Jerarquía.
3. Una verdadera
escuela esotérica trabaja en cuatro niveles de servicio y experiencia. Esto
permite al discípulo acercarse a la humanidad y utilizar todas sus facultades.
En las verdaderas escuelas espirituales, aprobadas y apoyadas por los
Maestros, se enseña al discípulo a servir a la humanidad y no a ponerse en
contacto con un Maestro, como ocurrió con la mayoría de las escuelas esotéricas
del pasado. El contacto con el Maestro depende de la calidad del servicio que
el discípulo presta a sus semejantes. Con frecuencia esto lo pasan por alto los
instructores que acentúan el logro y el perfeccionamiento individuales. Las
nuevas escuelas en formación tratan de entrenar a los hombres para satisfacer
las necesidades del mundo y servir espiritualmente en los cuatro niveles de la
actividad consciente, enumerados a continuación:
a. En el nivel del mundo externo
se enseña al discípulo a vivir normal, práctica, efectiva y espiritualmente en
el mundo de la vida cotidiana. Nunca debe ser extravagante ni raro.
b. En el nivel del mundo de
significados se enseña al discípulo las causas que originan los hechos y
circunstancias, individuales y universales. De esta manera se prepara al
aspirante para actuar como intérprete de los acontecimientos y como portador de
luz.
c. En el nivel del alma, su
propio mundo, el discípulo se convierte en un canal para el amor divino, pues
la naturaleza del alma es amor, inspirando y curando al mundo.
d. En el nivel del ashrama o
grupo del Maestro, a medida que se le revela gradualmente el Plan jerárquico,
aprende a colaborar con éste, adquiriendo el conocimiento que le permitirá
dirigir algunas de las energías que producen los acontecimientos mundiales. Así
lleva a cabo los propósitos del grupo interno al cual está afiliado. Inspirado
por el Maestro y Su grupo de discípulos e iniciados activos, imparte a la
humanidad conocimientos definidos acerca de la Jerarquía.
4. Una escuela esotérica entrena al discípulo para el trabajo grupal.
Le enseña a abandonar sus planes personales en bien del propósito grupal —que
está siempre dirigido a servir a la humanidad y a la Jerarquía. Sin perder nada
de su identidad individual ni particular, se sumerge en las actividades
grupales, contribuye con su dedicación al Plan, sin que ninguna idea
proveniente del no-yo influya en su forma de pensar.
5. Una escuela esotérica no se funda en la autoridad de algún instructor
ni en las exigencias de que se le reconozca y obedezca. No se basa en las
pretensiones de personas generalmente mediocres que afirman ser iniciados, y que
en virtud de ello hablan con autoridad dogmática. La única autoridad reconocida
es la de la verdad misma, percibida intuitivamente y sometida al análisis
mental y a la interpretación del discípulo. El discípulo (que trabaja con
alguno de los Maestros) inicia una escuela esotérica sin ejercer ninguna
autoridad, excepto la que le otorga una vida vivida lo más ajustadamente
posible a la verdad, además de la medida de la verdad que puede impartir a su
grupo. La obediencia que el dirigente del grupo debe inculcar a su grupo de
estudiantes es el reconocimiento de la responsabilidad y lealtad conjuntas a
las intenciones y propósitos grupales y —dados como sugerencias, no como
órdenes. Las declaraciones o exigencias del instructor del grupo, para que se
le reconozca autoridad y se le preste obediencia y lealtad incondicional, lo
señalan como principiante y simple aspirante, aunque tenga buenas intenciones y
sentimientos, e indica que no es un discípulo a cargo del trabajo de la
Jerarquía.
6. Un grupo esotérico se preocupa del completo desarrollo del
discípulo. La formación del carácter y la aspiración altruista se consideran ya
existentes, pero no se les da gran importancia a las virtudes comunes, a una
vida externa pura, a la bondad, al buen carácter, ni a la total carencia de
auto imposición. Estas cualidades son consideradas esencialidades básicas y
existentes en cierta medida, pero su mayor desarrollo es una cuestión personal
del discípulo y no del instructor o del grupo. Se le da importancia al
desarrollo mental, a fin de que el discípulo sea inteligente, analítico —pero
no criticador— y posea un rico y bien organizado equipo mental. La cabeza y el
corazón son considerados de igual importancia y similarmente divinos. La
Jerarquía trabaja con los estados de conciencia de los hombres de cualquier
clase, raza o nación. Los discípulos aprenden a trabajar en la misma forma,
para llegar oportunamente a ser Maestros de Sabiduría. Esto lo obtienen
superando todas las dificultades y obstáculos mediante el poder de sus propias
almas. Así algún Maestro activo ahora en el mundo, queda libre para realizar un
trabajo diferente y más elevado.
7. Una escuela esotérica es el medio por el
cual la vida del discípulo se enfoca en el alma; los mundos físico, emocional y
mental, no son para él la esfera principal de sus actividades. Estos mundos son
meramente su campo de servicio, y la personalidad se convierte en aquello por
cuyo medio su alma sirve. Aprende a trabajar totalmente desde niveles
espirituales, y su conciencia está firmemente centrada en el alma y en el
ashrama de su Maestro. La escuela esotérica le enseña cómo lograrlo, a
establecer contacto con su alma, vivir como alma, reconocer al Maestro y a
trabajar en el grupo de un Maestro. Aprende la técnica por la cual puede
registrar impresiones del Maestro, responder a la intención del grupo y así
ser cada vez más sensible al Plan, en el cual se han comprometido colaborar su
Maestro y el Ashrama. Aprende a desempeñar su parto en la tarea de elevar la
conciencia de la raza, empleando consciente y directamente la mente entrenada,
la naturaleza emocional controlada y el cerebro receptivo. Entonces desempeña
eficientemente la doble y difícil función del discípulo: vive como alma en la
vida diaria y trabaja conscientemente en relación con la Jerarquía.
Hay muchas otras definiciones
de lo que es una escuela esotérica, pero he elegido las más sencillas y las que
se han de captar primero si se quiere lograr un correcto progreso. El discípulo
es llevado paso a paso, por el sendero, hasta el momento en que está preparado
para esos grandes desenvolvimientos de conciencia denominados “iniciaciones”.
Entonces comienza a hollar conscientemente el sendero de iniciación, que
las escuelas esotéricas harán conocer al público en el futuro.
La Escuela Arcana se esfuerza por cumplir con
los siete requisitos de las escuelas esotéricas. No se ocupa, ni jamás se ha
ocupado, de preparar a los discípulos para las iniciaciones. Procura que sus
estudiantes establezcan los contactos preliminares y trabajen como verdaderos
servidores en el mundo. Actualmente no existe ninguna verdadera escuela
esotérica que entrene para la iniciación. Las que pretenden hacerlo engañan al
público. Se puede dar entrenamiento acerca de la vida del discipulado, pero académicamente
entendido. El entrenamiento en la vida del iniciado debe comprobarse
individualmente y por medio de contactos en el mundo del ser espiritual.
Una escuela esotérica no es
creada por algún discípulo que recibió órdenes de su Maestro. El discípulo que
inicia una escuela preparatoria de ocultismo lo hace por propia voluntad. Es su
definida y auto elegida tarea. Sirvió lo mejor que pudo en el Ashrama de un
Maestro; conoce las necesidades del mundo; ansía intensamente servir, y es
consciente de que aprende continuamente y de los métodos por los cuales ha
aprendido y progresado en el sendero. Por lo tanto, es un trabajador
consciente de su deber como discípulo, está en contacto con su alma y es cada
vez más sensible a la impresión del Maestro. Generalmente no proyecta iniciar
una escuela esotérica; en su mente no se configura una definida y planificada
organización; ansía simplemente satisfacer las necesidades que lo circundan.
Debido a que está en contacto con su alma y —en el caso de discípulos más
avanzados— con el Maestro y el Ashrama, su vida diaria llega a ser magnética,
radiante y dinámica y, en consecuencia, atrae hacia él a quienes puede ayudar,
reuniéndolos a su alrededor. Se convierte en el punto central de vida de un
organismo viviente, y no en el dirigente de una organización. Tal es la
diferencia entre el trabajo de un aspirante bien intencionado y la de un
discípulo entrenado. El mundo está lleno de organizaciones, a cuyo frente hay
alguien con móviles generalmente sanos, pero cuyos métodos y acercamientos
hacia quienes trata de servir, son similares a los del mundo comercial; podrá
crear una organización útil, pero no fundar una escuela esotérica. El discípulo
se convierte en el centro de un grupo vital y radiante, que crece y alcanza sus
objetivos, porque la vida en el centro se desarrolla de adentro a fuera. Por
la fuerza de su vida logra el éxito, no por un sistema de propaganda. Raras
veces o nunca, tiene éxito comercial.
La gente responde a la nota
emitida y a las verdades que se enseñan, y la influencia del grupo aumenta
constantemente hasta que el discípulo es responsable de un grupo de aspirantes.
Según la medida de contacto con su alma, y su respuesta sensible a las
sugerencias del Maestro y a las impresiones del Ashrama con el cual está
afiliado, así será la fuerza y utilidad del grupo con el cual trabaja. Poco a
poco irá reuniendo a su alrededor a quienes pueden ayudarlo en la enseñanza,
según la sabiduría y el discernimiento que demuestre en la elección de sus
colaboradores, será el éxito de su servicio. No asume autoridad alguna sobre el
grupo ni sobre sus colaboradores, excepto la autoridad que le otorga su mayor
conocimiento, sabiduría y luz; esto le hace un punto inconmovible de poder, contra
el cual las interpretaciones insignificantes y métodos se estrellan y
desaparecen. Enseñan ciertos principios ocultos, inalterables, que el grupo
aceptará fácilmente y sin controversia, y precisamente esos principios son los
que le llevaron a efectuar ese trabajo. Si en sus colaboradores observa signos
de desarrollo espiritual los coloca en posiciones de responsabilidad, a medida
que se van capacitando. Vive continuamente como aprendiz y condiscípulo,
hollando con ellos el sendero. La tónica del verdadero dirigente esotérico es
humildad, lo que indica visión y sentido de proporción, y le enseña que cada
paso adelante en la vida espiritual revela las etapas que aún le quedan por
dominar. La diferencia entre discípulo entrenado y principiante reside en que
este último posee visión limitada y se inclina a creer que el camino es más
fácil de lo que realmente es; entonces se sobrestima. En cambio, el discípulo
tiene una amplia visión y sabe cuánto falta para convertirla en realidad.
Las escuelas esotéricas se
pueden dividir en diferentes categorías, dependiendo del grado de evolución del
instructor. La comprensión subconsciente al respecto, lleva al dirigente
mediocre a tratar de imponer su trabajo y llamar la atención sobre sus
esfuerzos, mediante ruidosas declaraciones, pretendiendo familiaridad con el
Maestro y, a veces, con toda la Jerarquía, exigiendo así reconocimiento. Esto
significa ser principiante, pues debe saberse que una verdadera escuela
esotérica es iniciada siempre por un discípulo, y ésta es su tentativa de
servicio y no el campo de expresión de un Maestro. El discípulo —no el Maestro—
es el único responsable del éxito o fracaso de la escuela. Los Maestros no son
responsables de las escuelas que hoy existen, ni de las que están en proceso de
formación. Tampoco establecen normas ni solucionan problemas. En la medida en
que el discípulo dirigente esté en contacto consciente y humilde con el Maestro
y Su Ashrama, así afluirá a la escuela el poder del grupo interno; esto se
manifestará como luz y sabiduría espirituales, no como dirección, mandato u
órdenes concretas, ni como responsabilidad transferida del dirigente al
Maestro. El discípulo toma sus propias decisiones, entrena a sus colaboradores,
anuncia sus propias normas, interpreta la Sabiduría Eterna de acuerdo con la
luz que hay en él, y supervisa el entrenamiento dado a los estudiantes. Cuanto
más avanzado, menos hablará el discípulo de su Maestro, y señalará más eficazmente
el camino hacia la Jerarquía, acentuando también la responsabilidad individual
y los principios básicos ocultos.
Las escuelas que existen hoy
en el mundo pueden dividirse en tres grupos:
1. Hay un sinnúmero de seudo
escuelas esotéricas, iniciadas por aspirantes los cuales desean ayudar
a sus semejantes, impulsados por amor a la enseñanza, cierta medida de amor a
la humanidad y algo de ambición personal. En resumidas cuentas, sus métodos
son exotéricos; la enseñanza que imparten se funda en lo que ya se ha dado y
conoce; enseñan pocas novedades, aunque las disfracen con distintos grados y
misterios. Emplean los libros comunes sobre ocultismo o recopilan de otros sus
propios libros de texto, extrayendo frecuentemente los detalles espectaculares
y sin importancia y omitiendo lo espiritual y esencial. Anuncian sus escuelas
por cualquier medio, y con frecuencia hacen resaltar el aspecto comercial.
Exigen obediencia; menosprecian y critican a otras escuelas; enseñan adhesión
exclusiva al dirigente, y lealtad a su interpretación de la verdad; realizan
un trabajo útil entre las masas, familiarizándolas con la existencia de los
Maestros y la doctrina secreta, y brindándoles la oportunidad para el
desarrollo espiritual. Ocupan un lugar definido en el plan de la Jerarquía;
pero no son escuelas esotéricas, ni sus dirigentes discípulos, sino aspirantes
en el sendero de probación, y no muy avanzados.
2. Existen también cierto
número de escuelas esotéricas, iniciadas por discípulos, que están
aprendiendo mediante el esfuerzo de ayudar a su grupo, la forma de enseñar y servir.
Estas escuelas son pocas, comparadas con las del primer grupo, y numéricamente
muy pequeñas, porque el dirigente se ajusta más a las reglas ocultas y se
esfuerza por cumplir con los requisitos espirituales. Trata de enseñar
humildemente y sin pretensiones; se da cuenta de que está alcanzando poco a
poco el conocimiento del alma y que su contacto con el Maestro no es
frecuente. Comúnmente presenta la verdad en forma académica y teológica, pero
rara vez es personalmente autoritario. Su influencia y radiación aún no son muy
potentes, pero es cuidadosamente vigilado por el Maestro, porque constituye un
valor positivo en potencia y se confía en que aprenderá generalmente por sus
errores. Atrae mucho menos público que el primero y ruidoso grupo, pero da un
entrenamiento más sensato y prepara a los principiantes en los fundamentos de
la Sabiduría Eterna. Su trabajo se halla entre los grupos del pasado y los que
hoy se van formando.
3. Están
apareciendo ya las nuevas escuelas esotéricas iniciadas por discípulos más
avanzados. Lógicamente debe ser así, pues la tarea es más difícil, e
involucra la enunciación de una nota tan clara que hará surgir nítidamente la
diferencia entre lo nuevo y lo antiguo, y se darán ciertas verdades e
interpretaciones nuevas. Esta presentación nueva y más avanzada se funda en
antiguas verdades; pero se interpretarán diferentemente y despertarán
antagonismo en las antiguas escuelas. Estos discípulos más avanzados emiten una
radiación de mayor potencia; su influencia y trabajo mundial, mucho más
amplios, evocan antagonismo y rechazo en los grupos del pasado, pero también
respuesta de muchos que pertenecen a esos grupos que han superado los métodos
antiguos, han esperado un nuevo acercamiento a Dios y están preparados para un
llamado más espiritual. Ellos se convierten en puntos focales de actividad
espiritual, en los antiguos grupos y en su medio ambiente, lo cual conduce a:
a.
Que los grupos del pasado rechacen a quienes respondan a la nueva
enseñanza esotérica, expulsándolos de su grupo.
b. Que las nuevas escuelas tomen
forma, gracias a este rechazo, en respuesta a la enseñanza impartida por un
discípulo más poderoso y desinteresado.
c.
Que el público sea consciente del nuevo movimiento, surgiendo así un
profundo interés por las cosas esotéricas relacionadas con la Jerarquía.
Estos discípulos, a quienes se les confía la difícil tarea de inaugurar
las nuevas escuelas, son conocidos técnicamente como discípulos mundiales. Su
influencia penetra en todas direcciones, quebrantando y perturbando las
escuelas del pasado y liberando a quienes están preparados para las nuevas
enseñanzas; crean nuevas escuelas intermediarias entre las antiguas y las
futuras Escuelas de Iniciación; impresionan la conciencia de los hombres,
ampliando el punto de vista del público en general y presentando a la
humanidad nuevos conceptos y renovadas oportunidades. Esto ya está ocurriendo.
Los investigadores, por lo tanto, deban aprender a diferenciar entre el trabajo
de un aspirante bien intencionado, que funda una escuela de esoterismo para
principiantes, el trabajo de un discípulo que está aprendiendo a ser
instructor y el de los discípulos mundiales que están derribando los antiguos
métodos e instituyendo nuevos y más adecuados, para la enseñanza de la verdad oculta.
La Escuela Arcana es parte de este último esfuerzo mundial.
Existen también ciertas
escuelas espúreas, bien conocidas y espectaculares, que atraen a los curiosos
e ignorantes. Afortunadamente ejercen un breve ciclo de influencia. Causan
temporalmente mucho daño, pues deforman la enseñanza y dan una idea falsa
respecto a los Maestros y al sendero, pero su poder de perdurar es
prácticamente nulo. Los otros tipos de escuela realizan un buen trabajo y
satisfacen la necesidad de quienes responden a su tónica. Sin embargo, las
escuelas antiguas están desapareciendo, las del segundo grupo se mantendrán
activas aún durante largo tiempo, dando instrucción elemental, entrenando a
discípulos en los métodos de trabajo y en la forma de servir. El último y nuevo,
tipo de escuela acrecentará su poder y preparará a los discípulos de la nueva
era para las futuras Escuelas de Iniciación.
Debe observarse que muchas de
las verdades impartidas hasta ahora bajo el término “esotéricas”, no lo han
sido, o son totalmente “exotéricas”. Las verdades esotéricas del pasado son
fundamentalmente verdades exotéricas en el presente. Durante los últimos cien
años, las doctrinas esotéricas y la enseñanza secreta de la Sabiduría Eterna
—dadas al público frecuentemente bajo juramento de guardar secreto— han llegado
a ser de propiedad pública. La naturaleza del hombre, según se enseñaba en las
escuelas de misterios del pasado, es reconocida, entre otros, con el nombre de
psicología moderna. Los misterios del cuerpo etérico, del astral y del mental,
son tratados por nuestras universidades en cursos de psicología que se ocupan
de la vitalidad, la naturaleza emocional y la mentalidad del ser humano. La
creencia en los Maestros fue un secreto celosamente guardado, pero hoy se habla
de Ellos en las tribunas públicas de nuestras grandes ciudades. La práctica de
la meditación y sus técnicas eran temas cuidadosamente reservados, y al público
se le decía que su enseñanza era peligrosa; hoy esta idea ha sido desvirtuada y
gran número de personas meditan para lograr el alineamiento, establecer
contacto con el alma y adquirir su conocimiento. La verdad también ha estado
velada y oculta por un cúmulo de enseñanza secundaria que ha desviado el
interés del investigador y concentrado su atención en los fenómenos, por la
importancia que le atribuyen. La postura, el empleo de antiguas fórmulas,
palabras y mántram, los ejercicios de respiración, las insinuaciones
misteriosas para elevar el fuego kundalini, el despertar de los centros y otros
aspectos atrayentes del ocultismo secundario, han llevado a las personas a
perder de vista el hecho de que gran parte de lo dicho, por pertenecer al reino
de los fenómenos, se relaciona con el cuerpo físico, con su correcto ajuste, su
vitalización y energetización y, por lo tanto, con los efectos y no con las
causas esenciales de dichos efectos. Todos estos resultados fenoménicos serán
demostrados sin peligro, normal y sensatamente, así como automáticamente,
cuando el hombre interno, emocional y mental, esté en armonía con el mundo
espiritual y empiece a funcionar como ser espiritual. Este acercamiento
secundario a la verdad ha hecho mucho daño a la causa del verdadero ocultismo y
ha perturbado considerablemente las mejores mentes en el campo espiritual.
En las escuelas que están en
formación se acentuará el conocimiento del alma, el conocimiento espiritual, la
comprensión de las fuerzas superiores y el conocimiento directo de la
Jerarquía espiritual que rige la vida de nuestro planeta, y la comprensión
(desarrollada progresivamente) de la naturaleza divina y del Plan que,
obedeciendo a la voluntad de Dios, condiciona cada vez más los asuntos del
mundo. En dichas escuelas se estudiarán las leyes que rigen al individuo, a la
humanidad y a los reinos de la naturaleza, y la Ciencia de las Relaciones (a
medida que se va desarrollando en nuestro mundo evolucionante) será de interés
práctico para el discípulo. Cuando éste establezca rectas relaciones consigo
mismo, con el mundo del ser espiritual, con el mundo del vivir humano y con
todas las formas de vida divina, automáticamente tendrá lugar el
despertar de su propia naturaleza, sus centros se convertirán en fuentes
vitales de poder espiritual y toda su constitución entrará en actividad rítmica
y tendrá la consiguiente utilidad. Sin embargo, todo esto ocurrirá en virtud
del correcto ajuste con Dios y con el hombre, su creciente comprensión del
propósito divino y su conocimiento de las diversas técnicas y leyes
científicas que condicionan todos los fenómenos, incluso al hombre.
Quisiera exponer con claridad
que la Escuela Arcana, por ser una de las escuelas intermedias más
nuevas, se ocupa de los fundamentos comunes de la doctrina secreta, pero sólo
como base de la nueva enseñanza que se va desarrollando. Los ejercicios
respiratorios se dan únicamente después de varios años de estudio, sin hacer
resaltar su importancia, porque la respiración correcta —esotéricamente
comprendida— no depende del control de los pulmones ni del aparato
respiratorio, sino de la orientación correcta y del ajuste rítmico de la vida
al orden espiritual y a las circunstancias.
Se estudia la psicología del
hombre interno cuando condiciona los centros del cuerpo vital; sin embargo, se
pone de relieve el aspecto psicológico y no los centros; éstos funcionarán
correctamente cuando el pensamiento sea sano y el hombre viva con éxito la
vida dual del discípulo: rectas relaciones con el mundo de las almas y la
Jerarquía, y rectas relaciones con sus semejantes en la vida diaria.
Después de una enseñanza
preliminar acerca de las bases generales, y de un período de comprobación del
grado de comprensión del estudiante, además de algunas instrucciones básicas
sobre la naturaleza de la meditación, las nuevas escuelas enseñarán las
siguientes materias:
1. La Ciencia de
Impresión. El estudiante aprende a ser sensible a las “impresiones” que
llegan de su propia alma y, más tarde, del Maestro y del Ashrama. Se le enseña
a interpretar correctamente tales impresiones a través de su mente entrenada e
iluminada; aprenderá también a diferenciar entre lo que llega de su propio
subconsciente, lo que registra telepáticamente como procedente del mundo del
pensamiento y de las mentes de otros hombres, y lo que procede del mundo del
ser espiritual.
2. La Ciencia de
Unificación. El estudiante aprende la integración y coordinación, el
contacto y la fusión entre el ama y la personalidad y, más tarde, la relación
directa entre el aspecto espiritual más elevado y su yo personal. Esto lleva
progresivamente al constante desarrollo de la conciencia, preparando al
estudiante para aprovechar la enseñanza que recibirá en las Escuelas de
Iniciación. Además, estudia la naturaleza de la iniciación como expresión de grandes
expansiones de conciencia y resultado de la integración autodirigida.
3. La Naturaleza de la Jerarquía. El estudiante aprende que
quien emprende el entrenamiento necesario y se disciplina, puede conocer a la
Jerarquía y hacer contacto directo con ella. La disciplina debe ser auto
impuesta y adaptada a la naturaleza y grado de desarrollo del discípulo
individual. Se estudian los distintos grados de la Jerarquía, el carácter de
las iniciaciones y el trabajo de Cristo, como Guía de la Jerarquía. De esta
manera el discípulo tiene un cuadro preciso del grupo interno que constituye su
meta.
4. La Ciencia de la Meditación. Esta ciencia y sus técnicas son
dominadas gradualmente en sus distintas etapas: alineamiento,
concentración, meditación, contemplación, iluminación e inspiración; al
estudiante se le enseña el correcto empleo de la mente, el control del
pensamiento y la correcta interpretación de los fenómenos espirituales. Aprende
el significado de la iluminación en su siete etapas, y empieza a vivir, con
acrecentada eficacia, la vida inspirada de un Hijo de Dios.
5.
Las Leyes del Mundo Espiritual. El discípulo estudia estas
leyes y las aplica en sí mismo, en los acontecimientos, en el mundo y en la
humanidad, las cuales incluyen, entre muchas otras:
a. La Ley de Causa y Efecto.
b. La Ley de Renacimiento.
c. La Ley de Evolución.
d. La Ley de la Salud.
Conciernen a la manifestación
del mundo de los valores e impulsos espirituales, a través del mundo de los
fenómenos materiales.
6. El Plan. El
estudiante recibe indicaciones sobre el Plan que custodia la Jerarquía y que
subyace en todos los acontecimientos planetarios, desarrollando el propósito
divino; estudia su actuación en el pasado, que ha llevado a la humanidad a su
actual grado de desarrollo; interpreta los acontecimientos actuales en términos
del Plan de Dios, investigándolos como preludio para el futuro; considera
también profundamente el raso inmediato, invocando así su activa participación.
Luego, cuando sea parte activa y consciente de la Jerarquía, estará
familiarizado con los amplios delineamientos del propósito divino y podrá
colaborar inteligentemente en la tarea inmediata.
7. Energías y Fuerzas. Éstas
constituyen la sustancia misma de la creación y deben ser comprendidas y
oportunamente controladas. El alumno aprende que todo cuanto se manifiesta
sobre el planeta y en él, es sólo un conjunto de fuerzas que producen las
formas, y que todo es movimiento y vivencia. Empieza aprendiendo la naturaleza
de las fuerzas que hacen de él lo que es, como hombre; luego aprende a atraer
una fuerza o energía de orden superior, la del alma, para controlar esas
fuerzas. Después estudia la naturaleza del espíritu, del alma y de la materia,
a las cuales generalmente denomine: vida, conciencia y forma; o vida, cualidad
y apariencia. Así obtiene una vislumbre de la naturaleza de la Trinidad divina
y de la naturaleza eléctrica de todos los fenómenos, incluyendo al ser humano.
8. Psicología Esotérica. Se la considera
también de gran importancia. Señala el cambio de enfoque de la presentación
material de las antiguas escuelas de esoterismo, con su énfasis puesto sobre
los distintos planos, los procesos de desarrollo material y la constitución de
las formas. En las nuevas escuelas se hará resaltar la naturaleza del alma que
anima a las formas, y ese agente creador que actúa con el mundo material y en
él. Se estudiarán los siete tipos principales de personas; se investigarán sus
características, además de su relación con los siete grupos de que está
compuesta la Jerarquía y con los siete grandes rayos o energías, emanaciones
que la Biblia llama “los siete espíritus ante el trono de Dios”. Así se
evidencia la síntesis en toda la manifestación, y puede verse con claridad el
lugar que ocupa la parte dentro del todo.
Existen muchos estudios
subsidiarios que el estudiante debe conocer antes de ingresar en las futuras
escuelas de iniciación; pero lo antedicho dará una idea del programa general a
que se ajustarán las nuevas escuelas. La Escuela Arcana procura dar una
preparación general sobre tales fundamentos básicos, a fin de que el estudiante
pueda aprovechar la riqueza de literatura y enseñanza que aparecerá en lo que
reste del presente siglo.
El estudiante debe adquirir,
ante todo, una idea general de la enseñanza esotérica, para saber cuál de las
numerosas líneas seguirá; debe aprender a aplicar la enseñanza, en forma
práctica, trasmutando la teoría en práctica y demostrando para sí la necesidad
y posibilidad de llegar a vivir en el mundo de los significados. Entonces
reconocerá la relación, en todos los acontecimientos individuales, humanos y
planetarios, y por qué y cómo tienen lugar dichos acontecimientos. A medida que
adquiere conocimiento de la psicología esotérica, y domina algunas de las
técnicas de los procesos de meditación, podrá ubicarse en el peldaño que le
corresponde en la escala de la evolución; entonces sabrá cuál es su paso
inmediato, la siguiente meta de desarrollo, lo que tiene que dar como servicio
a la humanidad y a quién podrá ayudar.
Empieza así a participar conscientemente
en la gran escuela de la experiencia espiritual, donde hallará
oportunamente respuesta a sus preguntas y solución a sus problemas. Descubrirá
que los principales requisitos para desarrollar con éxito el trabajo esotérico
son: paciencia, continuo esfuerzo, visión y sano juicio discriminativo.
Poseyendo todo esto, más un sentido del buen humor, una mente abierta y sin
fanatismos, el estudiante rápidamente progresará en el “Camino Iluminado”, como
se lo denomine a veces al sendero. Finalmente se encontrará ante el portal de
la iniciación, sobre el que están inscriptas las palabras de Cristo: “Pide y se
te dará; busca y encontrarás; llama y se te abrirá.”
Enero
1944
Por Alice A. Bailey
A quien
ingresa en la Escuela Arcana y participa activamente en este grupo, deseamos
exponerle ciertas ideas fundamentales o principios que rigen la enseñanza, pues
de ello depende el éxito de su trabajo y el nuestro. Usted emprende una tarea
para la cual su vida actual y las anteriores, lo ha preparado —si es que acepta
la Ley de Renacimiento y las nuevas oportunidades. Lo que va a iniciar es de
gran importancia. Implica probablemente reorientar su vida y sus métodos de
vida; significa aprender las reglas que le permitirán realizar en el quinto
reino los esfuerzos que realiza en el cuarto reino o humano. El quinto reino denominado
a veces reino de Dios, otras la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, es un
reino de la naturaleza, tanto como lo son el humano y el animal. Recibirá
también preparación para lograr esas grandes expansiones que trasformarán su
conciencia y harán que sea constantemente consciente del todo universal, en vez de identificarse
con una diminuta fracción de ese Todo, lo cual le permitirá reemplazar la separatividad,
característica del ser humano común, por la síntesis.
Al encarar
esta nueva vida de entrenamiento y progreso, hacia una nueva vivencia
espiritual, hay ciertas proposiciones y condiciones esotéricas esenciales que,
una vez comprendidas, simplificarán su acercamiento a ese reino y a la verdad,
y lo ayudarán a reconocer la sólida base en la que usted se apoya. Quizá esto
hará que usted formule preguntas como las siguientes:
¿Cuál es la finalidad de la Escuela Arcana?
¿Cuál es la naturaleza de su enseñanza?
¿Cuáles son los principios
que rigen el entrenamiento y la ayuda que presta?
¿Qué compromisos contraigo al
ingresar en la Escuela Arcana?
¿Cuales son las características de toda verdadera escuela esotérica?
¿Se ajusta la Escuela Arcana
a ellas?
¿Qué conceptos e ideas
fundamentales rigen en la Escuela Arcana?
Los trabajadores y
estudiantes de la Escuela Arcana deben ajustarse a siete principios u objetivos
regentes. Un análisis de éstos facilitará en gran parte el trabajo futuro, pues
responderá a todos los interrogantes y despejará el camino para un progreso
comprensivo. Tales principios son inmutables y nunca se alteran; si
llegaran a alterarse entonces la Escuela Arcana ya no cumpliría con su
propósito original.
Métodos y técnicas podrán
cambiar, dogmas y doctrinas aparecer y desaparecer, a medida que la Sabiduría
Eterna se manifiesta generación tras generación y continúa la secuencia de
revelaciones, de acuerdo a la demanda de las necesidades de la humanidad, pero
el objetivo subyacente en todas las escuelas esotéricas (incluyendo a la
Escuela Arcana) es siempre el mismo: revelar la divinidad en el hombre y en
el universo, lo cual conduce inevitablemente al reconocimiento de Dios
Trascendente y de Dios Inmanente. La terminología y la presentación de la
verdad una, lógicamente, cambian de acuerdo a la época, satisfaciendo así la
necesidad de los distintos pueblos del mundo, pero lo que trata de expresarse
sigue siendo eternamente inalterable. Es de esperar que una década tras otra,
cambien la técnica y los métodos de entrenamiento ofrecidos por la Escuela
Arcana, en respuesta a las exigentes demandas de los aspirantes y al
desenvolvimiento de la mente de la humanidad y, en consecuencia, al desarrollo
de la cultura y civilización humanas. Sin embargo estos cambios no podrán
conducir a la deformación de la enseñanza esotérica, ni se harán en desmedro
de la verdad; tampoco deben asumir indebida importancia ni exageradas proporciones,
anulando la realidad o velando la visión.
Los siete principios o
proposiciones esenciales son:
1.
La Escuela Arcana tiene por objetivo el entrenamiento de discípulos, no
de discípulos en probación o aspirante devocionales.
2.
La Escuela Arcana entrena a hombres y mujeres adultos, para dar el
próximo paso en el sendero de evolución.
3.
La Escuela Arcana reconoce la existencia de la Jerarquía espiritual
del planeta e imparte instrucciones sobre la forma de acercarse y pertenecer a
Ella.
4.
La Escuela Arcana enseña que: “Las almas de los hombres son una”.
5.
La Escuela Arcana no pretende tener poder, categoría ni posición
espirituales. Destaca la necesidad de vivir una vida espiritual.
6.
La Escuela Arcana es no-sectaria, apolítica y de alcance internacional.
7.
La Escuela Arcana no tiene dogmas teológicos, sino que enseña las
doctrinas fundamentales de la Sabiduría Eterna, tal como ha sido reconocida en
todas partes, desde épocas remotas.
Analicemos cada uno de estos
principios fundamentales a fin de extraer su significado y ver cómo se
expresan los métodos y formas de trabajar de la Escuela Arcana.
1. La Escuela Arcana tiene por
objetivo el entrenamiento de discípulos
Al finalizar la guerra
mundial (1914-1945) la Escuela Arcana contaba casi con veinticinco años de
existencia, y durante ese tiempo había servido a más de 20.000 estudiantes. Su
programa de estudio es progresivo; paso a paso se profundizan los estudios y se
intensifica la práctica de la meditación a medida que el estudiante pasa de un
grado a otro. No imparte enseñanza para desarrollar poderes psíquicos ni enseña
al estudiante la clarividencia y la clariaudiencia; tampoco lo entrena en la
magia, en los rituales mágicos, ni en nada que se relacione con la magia
sexual. Pone todo el énfasis sobre la vida espiritual, la captación mental de
la enseñanza esotérica y las normas y procesos que contribuyen a establecer
rectas relaciones con nuestros semejantes, con la propia alma, con la Jerarquía
espiritual (de la cual el Cristo es el Guía Supremo) y con un Maestro y Su
Ashrama o grupo.
Debido a que
la Escuela Arcana está destinada únicamente al entrenamiento de personas que
se convertirán en discípulos activos y conscientes, su programa de estudio es
definidamente selectivo. El estudio que se exige al estudiante no es fácil ni
intenta serlo. Las normas que sustenta son elevadas, y el trabajo está
programado en tal forma, que aquellos cuyo haber mental y aspiración espiritual
son inadecuados a los requisitos exigidos, automáticamente se eliminan; por sí
solos se dan cuenta que no pueden cumplir con el programa de estudio. El
estudiante nunca es obligado a continuar sus estudios si no demuestra aptitud,
pues ello causa desaliento y un sentido de fracaso que redunda en perjuicio de
todos.
El discipulado
requiere un corazón amoroso y una mente aguda y alerta. Las iglesias y los
grupos esotéricos hacen resaltar siempre “el corazón amoroso y la devoción”.
Esto es una verdad y necesidad básicas, pero la mente entrenada, aguda y
alerta, tiene igual importancia. Los Maestros llegan al mundo de los hombres
por medio de Sus discípulos, pues es la forma en que han decidido trabajar. Por
lo tanto, buscan personas inteligentes y autocontroladas, con visión y
disciplina espiritual autoimpuesta, mediante las cuales el trabajo puede
llevarse acabo. Por esta razón hemos hecho intencionadamente difícil el estudio
y mantenido elevadas normas y requisitos, y sólo retenemos a esas personas que
pueden utilizar sus mentes o que, por lo menos, demuestran disposición para
emplear y desarrollar los procesos mentales. Las personas emocionales,
aspiracionales y devocionales, pueden satisfacer sus necesidades en otros
grupos y escuelas esotéricos.
En todo el
programa de estudio de la Escuela Arcana el tema predominante es el servicio.
El servicio al semejante es la característica del discípulo y la llave que le
abre la puerta a la iniciación. Por lo tanto, a quienes ingresan en la Escuela
Arcana e inician el nuevo ciclo de entrenamiento, les decimos: estudien,
piensen, pruébense a sí mismos y compruébennos que han captado las enseñanzas,
respondiendo a las lecciones; aprendan a meditar, para hacer contacto con su
verdadero yo espiritual, el alma, y a prestar servicio como expresión de lo que
aprenden. Estas tres cosas deben ser su principal preocupación espiritual, a
medida que cursan los primeros grados. En el transcurso de los años hallarán
que se acrecienta constantemente su conocimiento, relativo al camino hacia la
Jerarquía, y que su vida adquiere un significado más pleno y rico, pues se
logra penetrar en el mundo de los significados. Verán que los siguientes grados
le abrirán sus puertas, porque habrán asimilado el trabajo preliminar
necesario, obtenido cierta medida de conocimiento técnico y académico,
establecido algunos contactos espirituales y alcanzado ciertos grandes
reconocimientos.
2. La Escuela Arcana entrena a
hombres y mujeres adultos, para dar el próximo paso en el sendero de evolución
Al ingresar en la Escuela
Arcana usted toma parte en un nuevo experimento educativo para adultos, basado
en tres requisitos; por lo tanto cada estudiante:
1. Se compromete a prestar
obediencia esotérica.
2. Considera que tiene libertad
para continuar o no, el programa de estudio de la escuela.
3. Se convierte, si lo desea, en
parte de la Escuela Arcana.
En realidad
¿qué es un adulto? Desde nuestro punto de vista, es un hombre o mujer que ha
alcanzado ciertas integraciones fundamentales o está tratando conscientemente
de lograrlas. Ser adulto, en verdad, nada tiene que ver con la edad de la
persona. Sostenemos —al igual que la psicología moderna— que el ser humano es
una síntesis de la naturaleza física —actividad vital y suma total de los
estados emocional, sentimental y mental. Frecuentemente estos diversos aspectos
no se relacionan entre sí y, en la mayoría de los casos, están dominados por la
naturaleza emocional, y la mente no tiene oportunidad de actuar. Sin embargo,
cuando se ha logrado cierto equilibrio, cuando la mente, la naturaleza
emocional y la persona física vital constituyen una unidad funcionante, puede
decirse que el hombre es adulto. Puede clasificarse como “personalidad”, porque
ha logrado internamente —como resultado del proceso evolutivo— una serie de
integraciones.
Muchos
estudiantes de la Escuela Arcana están abocados a la tarea de integrar la
personalidad o de desarrollar la mente, para ejercer un control eficaz sobre la
naturaleza emocional y dirigir las actividades del individuo en el plano
físico. Otros han obtenido cierta integración de la personalidad y procuran
alcanzar una síntesis más elevada, la del alma y la personalidad, o del yo
superior y el yo inferior. Una vez lograda esta última integración, el hombre
puede ser considerado como una “personalidad fusionada con el alma”. En este
punto, o cuando está en proceso de realizarlo, puede convertirse en un
discípulo aceptado, técnicamente entendido.
La
obediencia esotérica a la cual nos referimos, es la obediencia del hombre —la personalidad— a
su propia alma. No es la obediencia a un instructor o a un conjunto
doctrinario. En ningún grado de la Escuela Arcana se exige al estudiante
promesas o juramentos. Debido a que los estudiantes ingresan en la Escuela por
su propia voluntad, presumimos que procurarán cumplir, también voluntariamente,
con los requisitos. Sin embargo, esto nada tiene que ver con la obediencia
esotérica; es simplemente cuestión de sentido común. La obediencia esotérica es
la reacción espontánea de la mente a los deseos o a la voluntad del alma.
Significa que el aspirante al discipulado se está entrenando para ser sensible
a las impresiones provenientes del alma, que luego se apresura a obedecer. La
finalidad de la meditación es ante todo, lograr esta sensibilidad y permitir al
estudiante trabajar guiado por la luz de su alma. Por este medio, y siguiendo
el sendero de la obediencia esotérica la personalidad se hará progresivamente
más sensible a las impresiones del alma.
El personal y
los secretarios de la Escuela nunca intervienen en la vida espiritual y
esfuerzos del estudiante. La ayuda prestada en la práctica de la meditación y
las sugerencias ofrecidas, respecto a la vida espiritual, son desinteresadas.
Los requisitos nunca son impuestos; nos complace saber que el estudiante se
beneficia por el estudio y la ayuda prestada; pero si no aprovecha las
oportunidades ofrecidas es asunto suyo.
El objetivo
fundamental de la Escuela Arcana es dejar completamente libre al
estudiante. Esto es necesario si quiere aprender a manejarse a sí mismo
inteligentemente y progresar espiritualmente; puede o no continuar con el
estudio, pues es dueño de abandonar la Escuela si lo desea. Cuando el
estudiante no estudia ni envía sus trabajos e informes de meditación
regularmente, llegamos lógicamente a la conclusión de que no le interesan y
que debemos eliminarlo de la lista de estudiantes activos. También nos
reservamos este derecho cuando observamos que no aprovecha las
enseñanzas.
La Escuela
Arcana también tiene como norma no inmiscuirse en la vida privada del
estudiante. No se impone disciplina física ni régimen vegetariano; tampoco se
prohíbe fumar ni beber alcohol, como lo hacen a menudo otras escuelas
esotéricas; eso lo considera de su propia incumbencia, pues cree que dada la
correcta enseñanza, hará por sí solo los reajustes necesarios. Sabe que el alma
impone su propia disciplina a su instrumento, la personalidad. La tarea de la
Escuela Arcana consiste en enseñarle a conocer su propia alma y a obedecer sus
requisitos. Por lo tanto, no impone al estudiante normas de vida ni se
inmiscuye en sus asuntos privados. A medida que transcurre el tiempo, el alma
impondrá al estudiante sus propias normas, si es sincero y está realmente
interesado. Tampoco formula preguntas ni escucha habladurías. La Escuela
sabe que todos debemos aprender a ser Maestros, aprendiendo, para que el Maestro
en el corazón pueda asumir control. El objetivo de la Escuela consiste en
ayudar al estudiante a controlarse, enseñándole las antiguas reglas que rigen
el sendero del discipulado, adaptadas a las condiciones modernas y a la
comprensión mental más avanzada del aspirante moderno.
También el
estudiante es libre de servir cómo y dónde quiere. No se le obliga a emprender
una u otra actividad, como hacen otros grupos esotéricos. Como organización no
exige ser servida; no tiene logias ni centros, no obliga a asistir a reuniones
y conferencias; el estudiante tiene plena libertad de trabajar en cualquier
grupo, iglesia, organización y actividad social o benéfica. La Escuela sostiene
que si imparte algo de valor espiritual, debe ser aprovechado y utilizado por
el estudiante en el medio ambiente (cualquiera sea) que evoca su interés o
demanda su lealtad. La plena libertad para trabajar y servir fuera de la
Escuela Arcana, constituye la razón por la cual han ingresado tantos
estudiantes, afiliados a otras Escuelas y asociaciones. En la Escuela Arcana
hay muchos teósofos y rosacruces, lo mismo que muchos de la Christian Science
(Ciencia Cristiana), eclesiásticos de todas las denominaciones, protestantes y
católicos, y hombres y mujeres de diversas ideas religiosas y políticas, los
cuales se sienten libres, y verdaderamente lo son.
Además los
estudiantes de la Escuela Arcana pueden formar su propio grupo y dar expresión
a sus propias ideas y modalidades de servicio, sin que la Escuela interfiera.
Frecuentemente ellos lo hacen. Sin embargo, no asume responsabilidad por dichos
grupos ni los considera como parte de la Escuela Arcana o afiliados a ella;
tampoco los patrocina ni responde por lo que tales grupos imparten. En cambio
aprobará todo esfuerzo que proporcione al estudiante un campo de servicio y su
intento de difundir la Enseñanza de la Sabiduría Eterna. Considera que es
indicio saludable cuando un estudiante trata de trabajar de esta manera, pues
la necesidad de esta enseñanza en el mundo es muy grande y puede llegar a miles
de personas.
Finalmente,
este experimento en la educación del adulto, es excepcional, en el sentido de
que los estudiantes más avanzados se convierten en colaboradores instructores
de la Escuela y, como secretarios, supervisan el trabajo de los estudiantes
menos avanzados. Todo estudiante puede ser secretario si ha captado la
enseñanza, es inteligente y ama a sus semejantes. En 1947, había alrededor de
ciento cuarenta secretarios de todas las nacionalidades, y su número aumenta a
medida que la Escuela va creciendo, y lo hace con rapidez. Estos secretarios
pertenecen a todas las nacionalidades. El estudio en los grados más avanzados
es atendido por el grupo de la Sede.
3.
La Escuela Arcana reconoce la existencia de la Jerarquía espiritual
La Escuela
está libre de dogmas y doctrinas. No pide que el estudiante acepte ésta o
aquélla verdad, y si éste rechaza lo que la Escuela cree y acepta, es asunto
suyo. Ello no implica que exista diferencia alguna entre los trabajadores de
las Sedes; es indiferente que un estudiante rechace la doctrina del
renacimiento o se niegue a creer en la Jerarquía y en los Maestros de
Sabiduría. Todo lo que se le pide es que investigue y analice las razones en
favor o en contra de tales creencias, y luego se ajuste a lo que considera correcto.
Sin embargo ciertas creencias de origen muy antiguo son generalmente aceptadas,
ya sea como verdades conocidas, premisas fundamentales o hipótesis
interesantes. Se le sugiere al estudiante mantener esta actitud o acercamiento
a la verdad, pues la Escuela cree que deben considerarse las verdades presentadas
como campo propicio de investigación honesta. Esto puede aplicarse también a la
creencia en la existencia efectiva de la Jerarquía espiritual; esta verdad está
encarada desde el ángulo del desarrollo evolutivo; se considera que el orden
jerárquico de los Seres que forman la Jerarquía, constituye el quinto reino de
la naturaleza, inevitable resultado de la experiencia de la vida en el cuarto
reino, el humano. La enseñanza cristiana respecto al reino de Dios, se refiere
a la Jerarquía espiritual. Si esta premisa es verdadera, la existencia de este
reino puede considerarse científicamente como parte integrante del gran proceso
evolutivo, en su sistema de seres vivientes que avanzan en ordenada progresión
desde el átomo más diminuto hasta Dios mismo.
En los
primeros grados de la Escuela se enseña muy poco sobre esto, excepto la
consideración e interrelación de la existencia del Plan divino y el hecho del
desarrollo de la conciencia en el hombre y en todas las formas. Posteriormente
el estudiante dirige su atención hacia esos Seres que inspiran e imparten la
verdad a la humanidad, y a ello se refiere el trabajo de meditación; no
obstante, si no le atrae, se le proporciona como alternativa otra meditación,
en la que es omitida toda referencia a la Jerarquía espiritual. En los grados
superiores (en los cuales se ingresa por invitación) se supone que el
estudiante cree en la existencia de los Maestros de Sabiduría, iniciándoselo en
el entrenamiento elemental para el discipulado. Llegado a este punto, se
analiza el trabajo realizado en los grados anteriores y, quienes pueden
continuar, se clasifican en dos categorías:
1.
Los que no dudan de la existencia de la Jerarquía espiritual, de la cual
Cristo es el Guía.
2.
Los que aún dudan, pero aceptan la enseñanza como hipótesis activa.
Entonces se
les instruye sobre las reglas que rigen el sendero del discipulado; si son
aceptadas y seguidas persistentemente, conducen a millares de personas de la
“oscuridad a la luz” y del cuarto al quinto reino de la naturaleza. Se le
enseñan las leyes y reglas del Ashrama de un Maestro. El Ashrama es ese centro
de luz y poder espirituales donde el Maestro reúne a Sus discípulos para
instruirlos sobre el Plan, del cual se convierten en agentes.
Discipulado es
un término técnico que indica aptitud para la enseñanza, disposición para el
desarrollo del Plan para la humanidad y un profundo amor hacia el semejante. El
estudiante que aprende la aplicación de estas antiguas reglas a su vida
cotidiana, adquirirá con el tiempo un conocimiento personal de la Jerarquía y
del Plan, que Ella custodia. Dicho Plan, Dios Trascendente, se desarrolla
mediante los procesos evolutivos, los cuales con el tiempo revelan la
existencia de Dios Inmanente.
El estudiante
no está obligado a aplicar estas reglas o a seguir el sendero del discipulado,
sin embargo, sabemos por experiencia que al enfrentarse con la oportunidad
ofrecida, acepta el entrenamiento o se retira de la Escuela, por lo menos
temporalmente.
En los grados
superiores de la Escuela Arcana se hace hincapié sobre la naturaleza del Plan,
el nuevo ciclo evolutivo en el cual la humanidad está entrando ahora, y el
inminente retorno de Cristo, según las enseñanzas de todas las religiones del
mundo. Los cristianos esperan el advenimiento de Cristo, los judíos la venida
del Mesías, los budistas la llegada del Boddhisattva, los hindúes el Avatar y
los mahometanos la aparición de Iman Mahdi. La universalidad de esta enseñanza,
más la expectativa general, representan el principal argumento de la naturaleza
real de la verdad involucrada. La amplia aceptación de cualquier verdad, en
cualquier civilización y cultura y en el transcurso de las épocas, indica un
hecho espiritual divinamente presentado. En la actualidad, la atracción de
estas verdades debe ser mental y científica, y no simplemente emocional y
mística, como ha sucedido generalmente hasta ahora.
4.
La Escuela Arcana enseña que “las almas
de los hombres son UNA”
Esta verdad
surge normalmente de cualquier consideración del Plan evolutivo y demuestra ser
una realización progresiva para quienes intentan llevar a la práctica las
reglas de la vida espiritual, y así ajustarse a las leyes qué rigen el reino de
Dios. Durante los últimos trescientos años se ha impartido mucha enseñanza
acerca de la hermandad y de la relación fraternal entre los hombres. En la
Escuela Arcana se estudian los fundamentos de esta creencia y la inclusividad
de la Vida divina que anima a todos los reinos subhumanos, a la familia humana
y a las vidas superhumanas, que se extienden más allá de lo estrictamente
humano hasta la luz misma de la eternidad.
Esto se acepta
prácticamente por el aspecto internacional en desarrollo de la Escuela Arcana.
Sus estudiantes pertenecen a todas las naciones y religiones. Las lecciones y
escritos de la Escuela están disponibles en inglés, francés, alemán, italiano,
holandés, castellano, y se están traduciendo al polaco, griego, rumano y
armenio. En este sentido se ha progresado mucho. Los secretarios de la Escuela
pertenecen a todas las nacionalidades. Al estudiante se le asigna a veces un
secretario de distinta nacionalidad, lo cual contribuye a fusionar a los
hombres en una gran fraternidad espiritual, sin diferencia de raza, nación o
religión. La Invocación que emplean los estudiantes diariamente, ha sido
traducida a más de cincuenta idiomas y dialectos.
En la Escuela
Arcana tratamos de contrarrestar la “gran herejía de la separatividad”,
característica del pensamiento moderno, y de sentar las bases para ese nuevo
mundo, del cual surgirá una civilización basada en la creencia de que “las
almas de los hombres son Una”. El aislamiento, la desunión y el
individualismo son expresiones de una arraigada separatividad, que
desdichadamente ha caracterizado a la humanidad; esto subyace en el fondo de
las diferencias religiosas, políticas e ideológicas y es la fecunda fuente de
todas las guerras. La solución de este problema mundial reside en la aparición
de un grupo espiritual (cuyos miembros pertenezcan a todas las razas y
naciones) que se una con la finalidad de hollar el sendero del discipulado, de
modo de traer a la manifestación el reino de Dios y expresar rectas relaciones
humanas. Dicho grupo reconocerá a los grupos de ideales, origen y metas
similares, y expresará una unidad espiritual fundamental. Los miembros de este
grupo pondrán el énfasis sobre los puntos de contacto y no sobre las
diferencias; procurarán colaborar con todos los grupos que poseen sana visión
y objetivo espiritual, sin perder a la vez su individualidad e integridad.
Por esta razón
la Escuela Arcana no forma grupos o logias, ni organiza reuniones en las
diversas poblaciones del mundo, donde residen sus estudiantes. No desea
erigirse en una organización que compita con los demás movimientos de esta
índole. Como ya se ha dicho, los estudiantes tienen libertad para trabajar
en otras organizaciones y no se espera adhesión a nadie en la
Escuela Arcana. Al estudiante se le enseña a comprender que las almas de los
hombres son una y a vivir y aplicar el poder que otorga esta verdad
fundamental. Se le alienta a desarrollar tal actitud, resumida en las
siguientes líneas, constituyendo el anteproyecto sobre el cual se le pide que
amolde su vida:
Los hijos de
los hombres son uno y yo soy uno con ellos.
Trato de amar
y no odiar;
Trato de
servir y no exigir servicio;
Trato de curar
y no herir.
Que el dolor
traiga la debida recompensa de luz y amor.
Que el alma
controle la forma externa,
La vida y
todos los acontecimientos,
Y traiga a la
luz el amor
Que subyace en
todo cuanto ocurre en esta época.
Que venga la
visión y la percepción interna.
Que el
porvenir quede revelado.
Que la visión
interna sea demostrada.
Que cesen las
divisiones externas.
Que prevalezca
el amor.
Que todos los
hombres amen.
5.
La Escuela Arcana no pretende tener poder, categoría
ni posición espirituales
En el mundo,
muchas personas se autoproclaman discípulos, iniciados y Maestros; en
todas partes se elevan voces que demandan atención; estas pretensiones
personales engañan a mucha gente. Falsos Maestros existen en muchos países
donde se engaña al pueblo y se prostituye públicamente la Divina Ciencia de los
Iniciados; iniciados espurios e impostores dan conferencias por todo el mundo;
falsos Cristos surgen en ambos hemisferios, corroborando la exactitud de las
profecías de Cristo, expuestas en San Mateo 24. Es fácil engañar a la gente que
ansía grandemente ser ayudada, porque reconoce instintivamente que existe
cierto grado de desarrollo espiritual en la humanidad. Las masas poseen la
inherente creencia en la Jerarquía espiritual, y precisamente es lo que los
falsos profetas explotan intencionadamente.
A los
estudiantes de la Escuela se les enseña la verdad (tal como fue dada por
Cristo) de que “por sus frutos los conoceréis”; y se acentúa el hecho de que
tales pretensiones, constituyen un engaño.
Ningún Maestro o iniciado
verdadero lo proclama, ni trata de atraer la atención; en cambio se ocupa
intensamente de las “cosas del reino de Dios”, pues no dispone de tiempo para
imponerse a la conciencia de los hombres.
Maestro es quien ha logrado
liberarse del control de la personalidad o yo inferior; por lo tanto, no desea
imponerse ni exigir reconocimiento. Prefiere trabajar tranquila y
silenciosamente detrás de la escena, ocupándose de la verdad y de la necesidad
humana, impulsando a los hombres en la búsqueda del Maestro en sus propios
corazones.
Los trabajadores de la
Escuela Arcana trabajan porque están orientados espiritualmente y no porque
desean ser reconocidos como iniciados. Sólo aspiran a hollar el sendero del
discipulado, única y legítima aspiración que puede tenerse; pretender ser
Maestro o iniciado indica engaño y crasa ignorancia. Por lo tanto, nadie que
trabaja en la Escuela Arcana (incluso la señora y el señor Bailey y el personal
de la Sede) puede asignarse una elevada categoría espiritual; si alguien
procediera así, dejaría automáticamente de ser un trabajador de la Escuela.
Podrá decir que es un discípulo, pero no un iniciado o Maestro.
6.
La Escuela Arcana es no-sectaria, apolítica
y de alcance internacional
La Escuela
Arcana está preparada para ayudar a todo hombre o mujer, cualquiera sea su
punto de vista religioso o político, ideología o nacionalidad. Si es verdad (e
indudablemente lo creemos así) “que las almas de los hombres son UNA”,
sostenemos que los conceptos y aceptaciones de la mente consciente del
estudiante, no interfieren en realidad su capacidad de captar este hecho
espiritual ni evitan que haga contacto con su alma. Sólo pedimos al estudiante
que mantenga una mente abierta y esté dispuesto a ver la vida y los
acontecimientos mundiales como un todo; que considere los asuntos mundiales,
políticos, religiosos, sociológicos o económicos, como un vasto método o campo
de experiencia, por medio del cual y en el cual, el propósito divino se
desarrolla lentamente; que investigue de qué manera su creencia particular se
ajusta a ese programa mundial, y si es excluyente o incluyente en su
acercamiento.
Debido a esta
actitud de la Escuela Arcana, hay estudiantes que responden actualmente a
todas las tendencias políticas y pertenecen a todas las religiones. No deben
existir barreras y muros separatistas entre ellos. En realidad ¿cómo podría
haberlos? El fondo religioso y la ideología política de un hombre son
determinados generalmente por su lugar de nacimiento, trasfondo nacional y
tradición. En la Escuela estudian eclesiásticos de todas las denominaciones y
personas espirituales que no pertenecen a ninguna iglesia, y además miembros
de todos los partidos políticos e ideologías. Estudiamos unidos, respetando los
puntos de vista de los demás, y no entramos en discusiones o controversias. A
los secretarios no se les permite discutir cuestiones políticas o
religiosas con los estudiantes a su cargo. Sólo se trata de indicar la meta
común, el campo universal de servicio y los antiguos métodos por los cuales
los seres humanos pueden pasar de lo irreal a lo real.
Durante la guerra (1914-1945)
la Escuela Arcana estuvo de acuerdo con el propósito de las naciones aliadas y
en firme oposición con las que combatían a las Fuerzas de la Luz; esto no fue
en forma alguna un movimiento político; se basó en la convicción espiritual de
que el propósito de las Potencias del Eje contrariaba el Plan de Dios y se
oponía a la Jerarquía espiritual del planeta y al bienestar general de la
humanidad. La política del Eje se fundaba en una perversa separatividad y
odio. La decisión de no permanecer neutrales coincidió con la voluntad de
la mayoría de los estudiantes. Hay quienes sostienen que el esoterista debe
mantenerse alejado de los acontecimientos mundanos, y que el estudiante
esotérico no debe tomar parte en los asuntos de la humanidad, sino estar activo
en los reinos espiritual y mental. Si los asuntos del plano físico están fuera
de la esfera de influencia de la vivencia espiritual, hay algo fundamentalmente
erróneo en la interpretación de la verdad; si el objetivo de nuestro esfuerzo
espiritual es establecer el reino de Dios en la Tierra, entonces los
acontecimientos del plano físico deben convertirse en la preocupación de las
personas espirituales. ¿No será verdad que debido a esta antigua división,
entre la vida espiritual y la acción material, las iglesias de todos los
países y la vida política y económica del mundo, han degenerado hasta llegar a
la terrible situación que la humanidad del siglo XX tiene que enfrentar?
A los estudiantes de la
Escuela Arcana se les alienta a llevar su conocimiento, energía y comprensión
espirituales, a los asuntos humanos, y hacerlo en el nivel físico de la
existencia. Pedimos a los estudiantes de cada nación que estudien el desarrollo
efectivo del Plan y su propósito espiritual, en todos los aspectos de la
actividad humana, y que relacionen la palabra “espiritual” con todas las
actividades de la vida cotidiana, y no sólo, como sucede frecuentemente, con
los grupos religiosos existentes, con la aspiración, la práctica de la
meditación y el estudio esotérico.
Quien firmemente crea que las
“almas de los hombres son UNA”, se verá obligado a poner en práctica tal
concepto en la vida diaria; de lo contrario será un mero teórico, un idealista
o un místico impráctico. La aplicación diaria de la verdad espiritual y
esotérica hace práctico, útil e interesante el trabajo de la Escuela.
Por esta creencia el factor
dinero adquiere mucha importancia. El dinero domina todos los aspectos de
nuestra vida en el plano físico; siendo el factor predominante y controlador de
nuestra civilización actual, muy poco se ha hecho hasta ahora en el mundo para
emplear el dinero con fines verdaderamente espirituales. Mucho dinero se ha
invertido en propósitos filantrópicos y humanitarios; gran parte de éste se
halla en manos de los teólogos de las distintas iglesias, pero la contribución
intencional de fondos dedicados a la obra de los Maestros y a la ayuda de los
planes de la Jerarquía espiritual, es prácticamente nula. Los conceptos
incluyentes de la Sabiduría Eterna y el conocimiento del Plan divino, requiere
dinero para que llegue a las multitudes, pues es precisamente lo que la
humanidad espera en la actualidad. Los místicos, los profesionales espirituales
y los esoteristas del mundo, que consideran el dinero como algo maligno, con el
cual no deben asociarse, son en gran parte culpables. Mucho daño han hecho las
Escuelas de pensamiento que consideran maléfico, perjudicial y erróneo, el
deseo de dinero, aún para llevar a cabo la obra de los Maestros, afirmando que
el hombre verdaderamente espiritual no debe solicitar dinero ni orar para
obtenerlo. Una de las mayores necesidades de hoy es crear grandes fondos para
la obra de Cristo y sus discípulos y para preparar las mentes de los hombres
para Su advenimiento. Es necesario reorientar la tendencia material del
dinero y ponerlo a disposición del trabajo de los Maestros. Ésta es una de las
tareas nuevas e inmediatas de los discípulos mundiales y trabajadores
espirituales, y se pide a los estudiantes de la Escuela Arcana que consideren y
reflexionen sobre ello. La Escuela Arcana, por ejemplo, no establece cuotas por
el servicio que presta; la obra se lleva a cabo con contribuciones
voluntarias; anualmente se envía a los estudiantes el balance para informarlos
del monto de la financiación de la Escuela. Cuando surgen necesidades, se pide
a los estudiantes satisfacerlas en lo posible, habiendo demostrado su amplia
generosidad en el transcurso de los años. La Escuela Arcana no tiene subsidios,
ni donantes generosos que aportan en forma regular y constante. El personal de
las Sedes tiene un salario mínimo, lo cual es parte de su contribución
voluntaria a la obra.
7.
La Escuela Arcana enseña las doctrinas fundamentales
de la Sabiduría Eterna.
Presenta las enseñanzas para
que el estudiante las acepte o rechace, de acuerdo a su modo de pensar o deseo.
Como bien se sabe, no hay imposición oficial dogmática ni teológica de la
verdad.
Desde el punto de vista de la
Escuela Arcana. ¿Cuáles son los principios esenciales? ¿Qué enseñanzas se
consideran necesarias?
1. Que el reino de Dios, la
Jerarquía espiritual de nuestro planeta, puede materializarse, y se
materializará en la tierra. Creemos que ya está presente y que, más tarde, será
reconocida como el reino culminante de la naturaleza.
2. Que en el transcurso de las
edades ha continuado la revelación, y que ciclo tras ciclo Dios se ha revelado
a la humanidad.
3. Que Dios Trascendente es
también Dios Inmanente, y que por medio de los seres humanos, que en verdad
son hijos de Dios (si las palabras de Cristo y de todos los instructores del
mundo significan algo), los tres aspectos divinos —conocimiento, amor y
voluntad— pueden ser expresados.
4. Que existe únicamente una
vida divina que se expresa por medio de múltiples formas en todos los reinos de
la naturaleza, y por eso los hijos de los hombres son UNO.
5. Que en cada ser humano hay un
punto de luz, una chispa de la Llama Una. Creemos que el alma es el segundo
aspecto de la divinidad, referido por San Pablo al hablar de “Cristo en ti esperanza
es de gloria”. Nuestra meta es demostrar la vivencia divina en cada
persona, y el discipulado es un paso hacia esa realización.
6. Que es posible alcanzar una
última perfección, aunque relativa para el aspirante individual y la humanidad
como un todo, mediante la acción del proceso evolutivo. Tratamos de estudiar
este proceso para reconocer las miríadas de vidas en desarrollo, cada una en su
lugar en el esquema, desde el átomo más humilde, ascendiendo desde los cuatro
reinos reconocidos de la naturaleza hasta el quinto reino, del cual Cristo es
el Guía Supremo, y hasta las excelsas esferas en las que el Señor del Mundo
desarrolla el Plan divino.
7. Que existen ciertas leyes
inmutables que rigen el universo, de las cuales el hombre se da cuenta
progresivamente a medida que evoluciona. Estas leyes son expresiones de la
voluntad de Dios.
8. Que la ley fundamental de
nuestro universo se observa en la manifestación de Dios como Amor.
Sobre estos ocho principios
fundamentales descansa toda la enseñanza esotérica. Existen factores
subsidiarios y otras enseñanzas que se pide al estudiante considerar, pudiendo
o no aceptarlas, según su criterio. Estas enseñanzas son: la reencarnación,
regida por la Ley de Renacimiento, la naturaleza cíclica de toda manifestación,
la naturaleza y finalidad del proceso evolutivo, la existencia de la Jerarquía
espiritual, la existencia de los Maestros y Su trabajo y la naturaleza de la
conciencia en sus distintas etapas de conciencia individualizada —la
autoconciencia y conciencia espiritual—, que se manifiesta en el Sendero de
Evolución y culmina en el Sendero de Iniciación.
Son presentadas para su
aceptación, las mayores y grandes verdades, porque existen como verdades
fundamentales en todas las religiones del mundo y han evocado reconocimiento
universal; el hombre las conoce instintivamente, ya sea como hipótesis activa, que
no son contrarias, o bien las acepta como realidades, de acuerdo a su grado de
evolución. Las verdades menores se ofrecen simplemente para su consideración, y
también como aspectos o detalles, que complementan o surgen del conjunto de
verdades más fundamentales que, aunque debatibles, millones de personas creen
en ellas.
Por lo tanto, estos siete
factores rigen el trabajo de la Escuela Arcana. En consecuencia, pedimos a los
estudiantes analizarlos y aceptarlos mientras estén con nosotros. Han ingresado
voluntariamente y pueden retirarse cuando deseen. No es un camino fácil. Todos
tenemos nuestros momentos de desaliento; ninguno de nosotros ve el mundo
perfecto, aunque esperamos que lo será algún día; tampoco nos vemos perfectos
a nosotros mismos como desearíamos serlo; pero podemos trabajar y percibir
muchas y grandes mejoras, tanto en nosotros como en el mundo. La visión siempre
se halla delante; si no fuera así no habría nada que nos alentara en nuestro
esfuerzo. Sin embargo, es de valor comprender, por lo menos, que parte de
nuestra visión puede convertirse en realidad y que trabajamos para lograrlo.
Año
1947
LA ESCUELA ARCANA,
SU Origen
Y PROPÓSITOS ESOTÉRICOS
por foster bailey
éste es el
momento propicio para considerar la relación de la Escuela Arcana con algunos
aspectos inmediatos, en los planes de la Jerarquía. Comprendemos que poseemos
un conocimiento muy limitado de esos planes, pero también nos damos cuenta que,
como resultado del trabajo realizado durante 30 años por El Tibetano, en colaboración
con Alice A. Bailey (a la que nos referimos como A. A. B.), ha sido puesta a
nuestra disposición, especialmente durante los últimos dieciocho años,
información que no había llegado antes a la mayoría de los aspirantes y
discípulos sinceros y sensatos del mundo. Nuestro conocimiento trae responsabilidad.
Nuestra posición privilegiada nos ofrece una oportunidad extraordinaria. En la
actualidad, la situación de la familia humana nos pone frente a una necesidad
mundial mucho más crítica de lo que somos capaces de comprender la mayoría de
nosotros.
La Escuela
Arcana fue fundada en 1923 por la señora Bailey. Han transcurrido veintiocho
años y constituimos hoy un grupo de servidores bien organizados, que
lleva a cabo ciertos proyectos espirituales, para los cuales hemos asumido la
responsabilidad. Por lo tanto, es fácil determinar con cierta exactitud
nuestra posición, debido a que todos reconocemos que enfrentamos un nuevo
ciclo en la vida del grupo, lo cual justifica que tratemos de definir cuáles son
nuestro origen y propósitos esotéricos.
Constituimos
un grupo esotérico acuariano, es decir, somos un grupo de discípulos y
aspirantes al discipulado, que está tratando de ayudar a la humanidad en
relación consciente con lo más elevado que se conoce del trabajo jerárquico.
Por lo tanto, procuramos ocuparnos de las causas en vez de neutralizar los
efectos desafortunados. Tratamos de comprender los significados espirituales
más profundos que subyacen en los sucesos mundiales y nos esforzamos por vivir
en tal forma, que debiéramos ejemplificar acrecentadamente cualidades
espirituales esenciales.
El hecho de
que estamos verdaderamente relacionados con la Jerarquía, no sólo justifica
nuestra existencia como grupo espiritual en el mundo, sino que es el factor
esencial en todas nuestras futuras empresas. Sin esta relación jerárquica,
conscientemente reconocida y constantemente mantenida, en los días venideros
seríamos menos merecedores que todo el cúmulo de movimientos mundiales de
beneficencia y actividades surgidas espontáneamente en todas partes, que no han
obtenido conscientemente vínculo espiritual.
Durante toda
su vida A. A. B. evitó cualquier afirmación o acción que pudiera interpretarse
como una adjudicación de derechos, respecto a su estado espiritual personal.
Esto lo sabemos muy bien. El trabajo poderoso y sorprendentemente efectivo y
fructífero que realizó, trajo, sin embargo, el reconocimiento inevitable de que
realmente era un esforzado discípulo de los Grandes Seres, que alcanzó un
estado adecuado a su tarea y que, por su intermedio, el impacto directo de la
fuerza espiritual, tal como la maneja la Jerarquía, fue puesto a nuestra
disposición.
Retrocedamos a
esa época, previamente a la manifestación externa de nuestro grupo, en el plano
físico, de los primeros días de la niñez de la señora Bailey. Siendo una
adolescente, cuando actuaba en Londres en los círculos aristocráticos,
poseedora de una considerable fortuna, cumpliendo con las actividades y
obligaciones sociales, como correspondía a esas damas jóvenes, se le apareció
su Maestro. Su círculo era de un conservadurismo extremo; su comprensión de la
religión y su fidelidad a la Iglesia Anglicana era cerrada, rígida y dogmática.
Su conocimiento del mundo, fuera de su pequeño círculo de experiencia, era
terriblemente escaso.
La visita del
Maestro tuvo el propósito de implantar en la conciencia de su cerebro físico
los puntos esenciales del diseño de su vida, tal como debían desarrollarse.
Suficientemente fuerte como para conocer el programa de servicio al que estaba
dedicada y consagrada en el plano interno, los puntos esenciales fueron
elegidos por su propia alma.
En aquella
época era un discípulo avanzado en el Ashrama del Maestro K. H. (un ashrama
puede ser considerado como un centro de energía espiritual viviente en la vida
grupal de la Jerarquía). A medida que transcurrían los años aprendí a
beneficiarme de las enseñanzas que recibí personalmente de ella, llegando a
comprender mejor lo que involucra necesariamente una posición avanzada en el
ashrama. Tal posición es la clave de todo el trabajo que ella realizó. Hay
muchos factores involucrados, sobre algunos de los cuales puedo hablar ahora. A
través de las enseñanzas de El Tibetano, innumerables personas han aprendido
mucho acerca de tales cosas, y otras comparten conmigo el conocimiento de
ciertos puntos esenciales, que constituyen nuestro trasfondo como grupo
esotérico.
Cuando nos
referimos habitualmente a El Tibetano, sabemos que en realidad es uno de los
Maestros de la Sabiduría, conocido por algunos de sus asociados como el Maestro
Djwal Khul. Se le confió a D. K., especializado en filosofía esotérica y ley
cósmica, la tarea de proporcionar en nuestra época esa enseñanza de enlace,
necesaria para guiar a los muy apremiados discípulos de los Grandes Seres, y
especialmente proveer el conocimiento necesario de las realidades
espirituales, que deberá ponerse a disposición de la humanidad durante el
periodo crítico de nuestra historia mundial actual, al pasar de la era pisceana
a la acuariana. D. K. trabajó con ese gran discípulo a quien conocemos como H.
P. B. Sus escritos, y especialmente La Doctrina Secreta, fueron un
valiente esfuerzo precursor que irrumpió en los primeros días, que facilitó la
realización de lo que ahora hacemos, que de otro modo no hubiera sido posible.
Había llegado el momento para la siguiente expansión de la enseñanza. D. K.
permanecía cerca de K. H., de quien había sido discípulo durante mucho tiempo.
Era lógico que buscara y hallara al colaborador necesario, en ese grupo de
discípulos que estaban en su mismo ashrama.
D. K. debía
encontrar algún osado y consagrado discípulo, disponible en el plano físico,
para realizar este trabajo, pero lógicamente tenía otras responsabilidades y
actividades, de las cuales poco sabemos. Además, había llegado el momento en
que debía producirse la expansión planificada, con la consiguiente
reorganización de la Jerarquía, y formarse los ashramas adicionales, buscando y
entrenando al personal para los mismos.
Esta ardua empresa
constituye en muchas maneras, una tarea difícil como es de imaginarse, y la
Escuela Arcana ha ayudado a proporcionar el material utilizable. Por lo tanto,
El Tibetano se ha ocupado, en parte, de la fundación de su propio Ashrama (que
ahora se está consolidando y expandiendo rápidamente), de impartir las
enseñanzas contenidas en dieciocho volúmenes, y de la inauguración de ciertas
actividades espirituales en el mundo, acordes con el plan de operaciones tal
como es desarrollado por la Jerarquía, en un esfuerzo por acelerar la
reaparición de Cristo. En los últimos años hemos llegado a comprender que
el retorno de Cristo ha sido en realidad la nota clave y el objetivo culminante
de todo lo realizado.
Es
característico de las fuerzas verdaderamente espirituales y constructivas, que
su expresión activa trae siempre como resultado beneficios definidos. Tal es
la potencia de la fuerza espiritual. El trabajo que El Tibetano ha hecho en los
últimos treinta años, demuestra esta cualidad enormemente significativa y
alentadora. Lo mismo tiene vigencia en la vida de todo discípulo, en
proporción a la importancia de su categoría y a la cantidad de fuerza
espiritual que contiene.
Es privilegio
y programa inevitable de todo discípulo avanzado, iniciar en cada encarnación
alguna actividad que sirva al Plan jerárquico y ayudar especialmente en esa
parte del Plan, para lo cual su propio ashrama ha aceptado la responsabilidad.
Por esta razón, antes de su última encarnación física, A. B. proyectó
establecer, en el momento apropiado, una escuela esotérica. Cuando un
discípulo presenta y propone una línea de acción, es aprobada si ello ayuda
efectivamente al trabajo ashrámico y si las circunstancias hacen factible su
cumplimiento razonable. Pero, en todo caso, el discípulo está libre de probar
y mientras sea constructivo y útil, y ayude verdaderamente al Plan, tendrá disponible
para su propósito toda la energía ashrámica que el discípulo individual sea
capaz de asimilar. Si se aleja de su destino espiritual, estas fuerzas no están
ya disponibles. La tentativa en este caso se marchita, y muere en la mayoría de
los casos antes de que el discípulo desaparezca, o inevitablemente, no mucho
después. Raros son en el mundo los movimientos de naturaleza espiritual que
sobreviven a los rigores y confusión de la segunda generación, y tal
supervivencia es la verdadera señal de su genuino origen espiritual.
Nos hallamos
hoy frente a la oportunidad de emplear en tal forma las fuerzas espirituales
disponibles en la Escuela Arcana, como resultado de treinta años de trabajo,
que los frutos alcanzados serán más de lo que sabemos, sólo la parte más
pequeña del resultado benéfico final. Esta rica recompensa nos fue dada por A.
A. B. y la recibimos quienes hemos tenido la buena fortuna de poder acompañarla
a través de los años y llevarla a una utilidad viviente, manteniéndola fiel a
la visión. En efecto, su éxito en crear la conciencia y acción grupales,
produjo al final un sentimiento de responsabilidad mutua y estableció una interdependencia,
lo cual ha hecho que la realización grupal sea nuestra y de ella. La conciencia
grupal adquirida, es la mayor garantía de que actuaremos exitosamente en los
días venideros.
La Escuela
Arcana fue proyectada por A. A. B., como un esfuerzo para ayudar a satisfacer
ciertas necesidades definidas en el campo esotérico. Primero, existía la real
necesidad de un creciente número de discípulos activos en el mundo, que
estuvieran dispuestos a llevar adelante los planes de la Jerarquía. Una escuela
esotérica podría proporcionar esas personas que recibirían entrenamiento
preliminar, lo cual resolvería el problema del personal para el ashrama.
Segundo, era necesario un experimento esotérico para la enseñanza de segundo
rayo, que trataría de impartir algo de la creciente cualidad acuariana. Esto
exigía un nuevo énfasis sobre la responsabilidad grupal y servicio mundial, como
esencial del verdadero discipulado en el futuro. A. A. B. logró, en forma
remarcable, impregnar a su escuela de las cualidades necesarias y, por lo
tanto, satisfacer esta exigencia. Este factor dio, a nuestro trabajo organizado
en el mundo, un aspecto precursor, haciéndonos cada vez más conscientes de
que, en medida considerable, todo el asunto era experimental.
Otra necesidad
real en el campo esotérico fue establecer, para el discipulado, un tipo de
enseñanza y acción que ayudara a contrarrestar la cristalización de las
escuelas esotéricas establecidas en la era pisceana que está pasando. Estos
errores y aspectos desafortunados fueron, en cierto sentido, inevitables, y no
justifican la crítica de algún grupo o trabajo esotérico. Sin embargo,
existieron y fueron un obstáculo, evitando la recepción de las nuevas formas de
expresión espiritual. A. A. B. vio esto claramente y trabajó con persistencia,
teniéndolo siempre presente. Este esfuerzo, entre otros, está ejemplificado por
su insistencia en lograr una relación colaboradora con el trabajo de la
Jerarquía, en contraposición con la actitud del devoto que actúa sobre el
principio de obediencia, en forma infantil. Insistió en llevar una vida de
servicio altruista como factor muy importante, donde las disciplinas del plano
físico, particularmente la dieta y la frecuente y fanática obediencia a las
intercaladas citas de Hatha y Laya Yoga, aparecidas en el mundo
occidental y tan prevalecientes entre los esotéricos, estaban ampliamente fuera
de moda y, por lo tanto, eran obstáculos limitadores.
Además,
insistió sobre la libertad y polarización mentales y la adquisición de
una mente entrenada y bien equipada, para considerar inteligentemente, y con
sentido común, las condiciones mundiales. Sabía que ello reemplazaría al
idealismo místico y a menudo impráctico, de las primeras etapas del
entrenamiento espiritual, de carácter básicamente más emocional, que conduce
frecuentemente a la separatividad y al egoísmo espirituales. Esta posición es
bien conocida por todos nosotros y, en el caso de nuestra propia vida grupal,
tuvo su origen en la sabiduría de A. A. B., en un esfuerzo por satisfacer esta
tercer necesidad.
Lo que
antecede, sugiere sólo algunos factores útiles en el proyecto, tal como ella lo
concibió originalmente. Otra consideración que ha afectado a toda la
actuación, ha sido la regla de que el trabajo realizado en la vida de todo
discípulo avanzado, no sólo debe ser objetivamente útil a la Jerarquía y al
Ashrama, y tener un efecto práctico en el mundo, sino ofrecer una oportunidad
adecuada para adquirir esa experiencia propia del discípulo individual, si
quiere desempeñar su parte en el trabajo de equipo, planificado para la
siguiente encarnación. La fundación, la conducción y el perfeccionamiento de
la Escuela Arcana fue, en efecto, parte del entrenamiento de A. A. B., en la
realización de su tarea, de la cual ya se liberó. Este hecho no implica un
menor interés o apoyo en su trabajo inaugurado en esta vida, pues ella está tan
profundamente preocupada como nunca lo estuvo antes.
Sin duda la
señora Bailey, se halla, en la actualidad, subjetiva y telepáticamente, en
relación con un gran número de amigos y estudiantes. Quienes son sensibles, a
veces registran impresiones; sin embargo, no se ocupa de ir detrás de
individuos, diciéndoles qué deben hacer o qué quiere ella que hagan. A. A. B. y
El Tibetano establecieron definidamente que después de su muerte, él no
seguiría actuando por intermedio de ningún canal como lo hizo con ella;
tampoco ella trataría de controlar a la Escuela Arcana ni dirigir sus asuntos o
alguna de las actividades de servicio, con mensajes de ninguna naturaleza.
La humanidad
está pasando por la crisis espiritual más grande, en la larga historia de este
planeta. Las implicaciones son demasiado profundas para nuestra comprensión.
Las selecciones que la humanidad ha estado haciendo en los recientes años, y
que aún debe hacer en los pocos que tiene por delante, son de significado más
profundo de lo que podemos imaginar. Se nos ha enseñado, y lógicamente será
verdad, que la Jerarquía de Maestros no es todopoderosa, de lo contrario habría
poca libertad humana y estaríamos destinados a ser “robots” espirituales. Ella
depende de cómo respondemos a los estímulos espirituales en los momentos de
crisis. Evidentemente el Plan de Dios consiste en que la humanidad logre su
propio destino, a la luz de su propia alma, por el poder de su propia capacidad
intelectual en desarrollo y por su profunda percepción y consagración al
cumplimiento de su destino divino.
En esta luz
podemos comprender por qué, desde el ángulo de un mayor conocimiento y
sabiduría de la Jerarquía, se sabe que ciertas cosas son inevitables para la
familia humana y otras están sujetas a nuestra respuesta a los acontecimientos.
Lo que denominamos segunda guerra mundial, no fue de hecho kármicamente
necesaria y se habría evitado la guerra en el plano físico si se hubieran
alcanzado ciertas realizaciones. Este desarrollo del Plan, por la Jerarquía,
durante los últimos doce años, incluía esa actividad que fue imposible iniciar,
porque la humanidad decidió precipitar la segunda fase del gran conflicto mundial,
en el plano físico, desatando una verdadera guerra.
Esto explica
muchas cosas. Significa que el trabajo efectivo de muchos miembros del nuevo
grupo de servidores del mundo, fue grandemente demorado. La posibilidad de un
trabajo efectivo en el campo de la buena voluntad, fue completamente destruida
durante casi un ciclo. Por lo menos hasta terminar la lucha en el plano físico
externo se evitó momentáneamente que los discípulos y los estudiantes diseminados
por todo el mundo, en contacto con la Escuela Arcana, no pudieran ingresar en
nuestras filas. El desarrollo del programa que solucionaría el problema de la
correcta relación del dinero con el trabajo jerárquico, cesó totalmente. La
construcción de la Red de Luz y Buena Voluntad, estableciendo el movimiento de
los Triángulos, fue casi completamente frustrada. La posibilidad de llevar la
Gran Invocación a todo el mundo, como se hace ahora, no pudo realizarse.
En los oscuros
días de 1939, cuando pareció que todo se derrumbaba y que los esfuerzos
heroicos de muchos discípulos, para ayudar a evitar la guerra, eran inútiles,
resultó un poco difícil vislumbrar cómo podría iniciarse el trabajo,
reorganizarse, refinanciarse y volver a activarlo eficientemente. En esa
época, por la bondad de su corazón y para mi estímulo, El Tibetano me aseguró
que terminado el holocausto de la guerra, se descubriría que los cimientos tan
bien y verdaderamente asentados para todo nuestro trabajo, estarían no sólo
intactos, sino que serían muy adecuados para erigir la estructura necesaria de
nuestro futuro trabajo. Esto me parecía increíble en esa época, porque era
profundamente consciente de las desastrosas consecuencias de la segunda guerra
mundial, pero la afirmación hecha demostró ser verídica: actualmente estamos en
una posición más fuerte y trabajamos y servimos más eficazmente de lo que la
mente finita, en aquel entonces, podía razonablemente creer.
Ahora, nuestro
grupo está lleno de luz, amor y poder. Hoy, la Escuela Arcana, grupo del cual
formamos parte, está funcionando como una gran estación de luz en el cuerpo del
nuevo grupo de servidores del mundo. Somos un punto focal magnético en ese
cuerpo, llevándole potencia y ayudándolo para que su trabajo sea exitoso. Ésta
es nuestra posición alcanzada y constituye para nosotros el hecho más
significativo de la hora presente. No estamos solos. Nuestros esfuerzos
se justifican por las relaciones mantenidas con todos los discípulos activos en
todas partes que, consciente o inconscientemente, integran ese grupo mundial de
servidores, traídos a la existencia por la misma Jerarquía, como parte de la
gran aventura de las nuevas técnicas acuarianas. En efecto, el nuevo grupo de
servidores del mundo es un proyecto sintetizador del campo combinado de
operaciones en los planes de la Jerarquía, involucrando un nuevo tipo de
discipulado mundial en acción grupal. Nuestro verdadero lugar en el esquema de
las cosas puede ser comprendido sólo en términos de nuestra participación en
esta vida grupal mayor.
(Charla dada a
los estudiantes en la Conferencia Anual de la Escuela Arcana, Nueva York, mayo
1950.)
Notas:
1. Las Instrucciones están disponibles en los Tomos I y II
de El Discipulado en la Nueva Era (ed. en inglés.)
Este archivo fue
descargado desde:
2004