De Belén al Calvario
Por el Maestro Tibetano Djwhal
Khul
(Alice A.
Bailey)
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M. VÍCTOR FOX
como
afectuoso reconocimiento
por su
compañerismo en el
servicio
prestado y por su
comprensivo
corazón.
ESTE libro sale a la luz con el ferviente deseo de que sus efectos sean
totalmente constructivos y lleven a una profundización de nuestra creencia en
Cristo y a un reconocimiento más amplio de la obra que vino a iniciar. Muchos
años de trabajo como evangelista y como maestra en el campo de los principios
cristianos, y un ciclo difícil en el cual tuve que encarar el problema de mi
propia relación con Cristo y el cristianismo, me llevaron a dos
reconocimientos definidamente claros y precisos: reconocer, primero, la
realidad de la Individualidad de Cristo y Su misión y, segundo, que el
desarrollo de la conciencia y naturaleza crísticas, en el hombre como
individuo y en la raza como un todo, contienen en sí la solución de nuestros
problemas mundiales. De todo corazón me remito a las palabras de Arthur
Weigall: (1)
"Sin
embargo, el Jesús de la historia, distinto del Jesús de la teología, sigue
siendo 'el camino, la verdad y la vida', y estoy convencido de que si nos
concentramos sobre la figura histórica de Nuestro Señor y sus enseñanzas, sólo
ello bastaría para inspirar en este siglo XX la ferviente adhesión y servicio
que en siglos anteriores demostraba el hombre común, mediante la exposición de
los dogmas teológicos, la amenaza del Infierno y la celebración de complicados
ritos y ceremonias".
El reino de Dios se halla hoy en proceso de
rápida formación, como pueden atestiguarlo quienes poseen una visión del futuro
y la percepción de la belleza y de la divinidad del hombre, que emergen
rápidamente. Estamos pasando por un período de transición entre la antigua y
la nueva era, y la verdadera misión de Cristo, tan profunda y frecuentemente
oscurecida por las disputas e implicancias teológicas, encierra en sí la
revelación futura. El desarrollo de la humanidad garantiza el reconocimiento de
Cristo y Su trabajo y la participación consciente en el reino de Dios. Este
punto está maravillosamente tratado por Karl Pfleger en el siguiente párrafo:(2)
"Las
fuerzas creadoras de todos los hombres deben cristianizarse mediante el
redescubrimiento de la naturaleza crística del hombre, que se ha perdido de
vista hace tanto tiempo. Debemos decirle al hombre, despojado de su divinidad y
habiendo caído víctima de un humanismo puramente natural, toda la verdad sobre
sí mismo y revelarle el misterio humano‑divino de su origen, historia y
vocación. Entonces los hombres comprenderán por fin, que no son nada ni tienen
un verdadero ser, si no son cristianos ni aceptan tener su ser en Cristo mismo;
que donde Cristo se aparta, empieza el infierno, porque, excepto en su eterna
humanidad divina, la vida del hombre no tiene significado ni justificación;
que ese cielo una vez captado en lo más recóndito de su ser, les permite,
conjuntamente con la innúmera legión de seres humanos que pululan por el
planeta, al girar en el silencio del espacio infinito, encontrar por primera
vez su morada en lo eterno del corazón humano‑divino. En sus
profundidades metafísicas, el hombre y el mundo constituyen el cuerpo místico
de Cristo. En circunferencias de tiempo y espacio deben convertirse en el
cuerpo místico de Cristo. Ésta es la vocación histórica de la humanidad y no
otra".
La
evocación consciente de la vida crística en el corazón humano y nuestra rápida
integración en el reino de Dios, es la tarea inmediata que nos espera,
incluyendo nuestra responsabilidad, oportunidad y destino.
Quiero aclarar que en las numerosas citas que
empleo en este libro, trato de demostrar cuánto se ha extendido este reconocimiento.
Los libros mencionados me trajeron mucha luz e inspiración. No obstante, debo
aclarar enfáticamente, que ninguno de los autores citados deben considerarse en
modo alguno solidarios con mi punto de vista.
Para terminar, deseo agradecer a los señores
William Cumings y Alan Murray, por la ayuda voluntaria e inteligente que me han
prestado, posibilitando la aparición de este libro.
(1)
The Paganism in Our
Christianity, pág. 16.
(2)
WrestIers with Christ, pág.
293.
De Belén al Calvario
De todos
los que buscaron mi cuna en Belén
escuchando
una voz y siguiendo una estrella,
¿Cuántos me
acompañaron al Calvario?
Estaba
demasiado lejos.
La gloria rodeaba al niño del establo,
y también la esperanza de los hombres que luchaban
Mas esa esperanza colmada, les llegó por
lo perdido.
en mi corona de espinas y a través de mi cruz.
La verdad
fue mi espada y el dolor mi respaldo,
que conferí
a quienes continuaron mi senda.
Un jumento
enjaezado fue el corcel
que elegí
para cabalgar.
Así pasó la
gloria de Belén,
y los dones
de los Reyes y los Magos de Oriente;
así pasaron
las multitudes y sólo doce
estuvieron
en el festín.
De humilde
pan servido en el aposento alto,
donde el
triste cáliz pasó de mano en mano
en prueba
de mi amor por el género humano
que puebla
la tierra.
Cuando en
Getsemaní oré en soledad
pidiendo se
apartara el cáliz más amargo,
no pudieron
velar conmigo una sola hora
hasta el
alba.
Muchos
buscaron mi cuna en Belén
escuchando
una voz y siguiendo una estrella,
pero sólo
Simón me siguió hasta el Calvario.
Estaba
demasiado lejos.
H. Le Gallienne.
Reproducido con el permiso de
The
New York Times y del autor.
CAPÍTULO 1
NOTAS PRELIMINARES SOBRE LA INICIACIÓN
"Existe una humana apetencia de
Dios, pero también hay apetencia divina por el hombre. Dios es la idea suprema,
la preocupación y el deseo supremo del hombre. El hombre es la idea suprema, la
preocupación y el deseo supremo de Dios. El problema de Dios es un problema
humano. El problema del hombre es un problema divino... El hombre es la
contraparte de Dios y de Su bienamado, del cual espera amor recíproco. El
hombre es la otra persona del divino misterio. Dios necesita al hombre. Su
voluntad no sólo es que Él exista, sino que exista también el hombre, el Amante
y el amado".
Wrestlers
with Christ, por KARL PFLEGER, pág. 236.
1
Estamos en el proceso de pasar de una era religiosa a otra. Las actuales
tendencias espirituales se van definiendo cada vez más. Los corazones de los
hombres nunca han estado más abiertos que ahora a la impresión espiritual, y la
puerta hacia el propio centro de la realidad está abierta de par en par. Sin
embargo, paralelamente, este significativo desarrollo ha dado un giro en
dirección contraria y las filosofías materialistas y las doctrinas negativistas
prevalecen cada vez más. Para muchos, toda la cuestión de la validez de la
religión cristiana debe aún determinarse. Se sostiene que el cristianismo ha
fracasado y que el hombre no necesita el relato del Evangelio con sus
implicancias de divinidad y su incitación al servicio y al sacrificio.
El Evangelio ¿es históricamente verdad? ¿Se trata de una narración
mística de gran belleza y de verdadero valor educativo, que sin embargo no es
de importancia vital para los hombres y mujeres inteligentes que se enorgullecen
hoy de sus poderes de razonar, de su
independencia de los antiguos impedimentos mentales y de las viejas y
polvorientas tradiciones? Acerca de la descripción sobre la perfección del
carácter de Cristo no existe duda alguna. Los enemigos del cristianismo admiten
Su excepcionalidad, Su básica profundidad, Su comprensión de los corazones de
los hombres. Reconocen lo inteligente de Sus ideas y las apoyan en sus propias
filosofías. Los desarrollos que el Carpintero de Nazareth causó en la trama de
la vida humana, Sus ideales sociales y económicos y la belleza de la
civilización que podría fundarse sobre las enseñanzas éticas del Sermón de la
Montaña, son destacados con frecuencia por la mayoría de quienes rehúsan reconocer
Su misión como expresión de la divinidad. Desde el punto de vista racional, la
cuestión de la autenticidad histórica del relato de Su vida permanece aún sin
resolverse, aunque Su enseñanza sobre la Paternidad de Dios y la hermandad del
hombre, está respaldada por las mentalidades más sobresalientes de la raza.
Los que se mueven en el mundo de las ideas, de la fe y de la experiencia
viviente, dan testimonio de Su divinidad y de nuestro posible acercamiento a
Él. Pero tal testimonio es considerado a menudo con ligereza, como místico, fútil
y carente de pruebas. La creencia individual, después de todo, no es de valor
para nadie, excepto para el propio creyente, o en lo que tiende a acrecentar el
testimonio hasta asumir tales proporciones que con el tiempo se convierta en
una prueba. Respaldarse en un "tipo de creencia", puede indicar una
experiencia viviente y constituir una especie de autohipnotismo y una "vía
de escape" de las dificultades y problemas de la vida cotidiana. El
esfuerzo por comprender, adquirir experiencia, experimentar y expresar lo que
se conoce y cree, es frecuentemente demasiado difícil, para la mayoría, por
eso se respaldan en una creencia basada en el testimonio de quienes inspiran
confianza, como la forma más fácil de salir del paso.
Los
problemas de la religión y los del cristianismo ortodoxo, no son una ni la
misma cosa. H. Fielding (1) aclara bien esta diferencia, diciendo:
"Lo
que llaman religión, yo lo llamo solamente razonamiento acerca de la religión.
Los dogmas y los credos no constituyen la religión. Son síntesis de las razones
que dan los hombres para explicar los hechos de la vida que constituyen la
religión, así como las filosofías son síntesis de las teorías que expresan los
hombres para explicar otros hechos. Tanto los credos como las filosofías surgen
de la razón. Son especulaciones, no hechos. Son términos pesimistas del
cerebro. La religión es algo distinta, es una serie de hechos".
Gran parte de la crítica e
incredulidad que nos circunda, así como también la negación a lo que llamamos
verdades, se basa en el hecho de que la religión ha sido reemplazada en gran
parte por un credo, y la doctrina ha tomado el lugar de la experiencia
viviente, que es la nota clave de este libro.
Quizás otra
razón por la cual la humanidad cree actualmente tan poco, o duda tan
lamentablemente sobre lo que se cree, sea el hecho de que los teólogos trataron
de sacar al cristianismo del lugar que ocupa en el esquema de las cosas y
pasaron por alto su posición en la gran continuidad de la revelación divina.
Trataron de acentuar su excepcionalidad, considerándola totalmente una
independiente y aislada expresión de la religión espiritual. Con ello destruyen
su raigambre, sacuden sus cimientos y hacen que resulte difícil, para la mente
humana que se va desarrollando constantemente, aceptar su presentación. Sin
embargo, San Agustín dice que "la denominada religión cristiana existió
entre los antiguos, y no desde el comienzo de la raza humana hasta que Cristo
encarnó, en esa época la verdadera religión que ya existía comenzó a llamarse
cristianismo". (2) La sabiduría que expresa relación con Dios, las reglas
del sendero, que guían nuestros errantes pasos de retorno al hogar del Padre, y
las enseñanzas que trae la revelación, siempre han sido las mismas a través de
las edades, e idénticas a las que Cristo enseñó. Este conjunto de verdades
internas y esta riqueza de conocimiento divino han existido desde tiempo
inmemorial. Tal es la verdad que Cristo reveló, pero hizo algo más. Reveló en
Sí Mismo y a través de Su vida, lo que estos conocimientos y sabiduría podrían
hacer por el hombre. Demostró la total expresión de la divinidad en Sí Mismo y
ordenó a sus discípulos hacer lo propio.
En la continuidad de la revelación, el
cristianismo entra en su ciclo de expresión bajo la misma ley divina que rige a
toda manifestación –la Ley de la Aparición Cíclica. La revelación pasa primero
por todos las fases de la manifestación o apariencia de la forma, luego por el
crecimiento y desarrollo y, finalmente (cuando el ciclo se aproxima a su fin),
la cristalización, y un gradual pero constante énfasis puesto sobre la letra y
la forma, hasta que la muerte de la forma sea inevitable y oportuna. Pero el
espíritu sigue viviendo y toma nuevas formas. El Espíritu de Cristo es inmortal,
y así como Él vive eternamente, lo que Él encarnó para demostrarlo, también
debe vivir. La célula en la matriz, la etapa de lo diminuto, el desarrollo del
niño, hasta convertirse en hombre, a
todo esto se sometió el Cristo, pasando por todos los procesos que configuran
el destino de cada hijo de Dios. Debido a esta sumisión y a que "porque
padeció, aprendió la obediencia”, (3) se confió en que Él podía revelar a Dios
al hombre y (si puede decirse) lo divino en el hombre a Dios. Los Evangelios
demuestran que Cristo continuamente proclamaba este reconocimiento del Padre.
Esta gran continuidad de la revelación es
nuestra posesión más preciada, y en ella encaja y debe encajar la religión de
Cristo. Dios nunca ha quedado sin testigos y nunca quedará. Con frecuencia
olvidamos el lugar que ocupa el cristianismo como realización del pasado y como
peldaño hacia el futuro, siendo quizás ésta una de las razones de por qué la
gente habla de un cristianismo decadente y espera esa revelación espiritual
que parece ser tan necesaria. De no hacer hincapié sobre esta continuidad y
del lugar que ocupa en ella la fe cristiana, puede llegar la revelación y no
ser reconocida.
"Se dice que antiguamente todo país que poseía una
civilización, tenía una doctrina esotérica, un sistema denominado SABIDURIA, y
a quienes se dedicaban a su divulgación se los denominaba al principio eruditos
o sabios... Pitágoras denominó a este sistema... Gnosis o Conocimiento de las
cosas existentes. De acuerdo a la noble designación de SABIDURIA, los antiguos
maestros, los sabios de la India, los magos de Persia y de Babilonia, los
videntes y profetas de Israel, los hierofantes de Egipto y de Arabia y los
filósofos de Grecia y de Occidente, abarcaron todo el conocimiento, que
consideraron esencialmente divino, clasificándolo en parte como esotérico y el
resto como externo". (4)
Conocemos mucho sobre enseñanza exotérica. El
cristianismo ortodoxo y teológico se funda en ella, como toda formulación ortodoxa
de las grandes religiones. Sin embargo, cuando se olvida la enseñanza sobre la
sabiduría interna y se ignora el aspecto esotérico, desaparecen el espíritu y
la experiencia experimental viviente. Nos ocupamos de los detalles, de la
forma externa de la fe y olvidamos lamentablemente el significado interno que
proporciona vida y salvación al individuo y a la humanidad. Batallamos
arduamente por lo no esencial de las interpretaciones tradicionales y no
enseñamos el secreto y la técnica de la vida cristiana. Recalcamos
preferentemente los aspectos doctrinales y dogmáticos y deificamos la letra,
mientras tanto el alma del hombre clama por el espíritu de la vida, velado por
la letra. Nos apasionamos por el aspecto histórico de la narración evangélica,
el elemento tiempo, la exactitud de las numerosas traducciones, pero no
percibimos la magnificencia verdadera de la realización de Cristo y la significativa
enseñanza que encierra para el hombre y la raza. El drama de Su vida y su
aplicación práctica a las vidas de Sus seguidores, se ha perdido de vista por la
indebida importancia dada a ciertas frases que se Le atribuyen, mientras que lo
que expresó con Su vida y las relaciones que recalcó y consideró implícitas en
Su revelación, fueron totalmente ignoradas. Puede decirse que:
"El cristianismo posee un contenido característico,
independiente de todos los elementos contenidos en él. Este contenido simple es
únicamente Cristo. En el cristianismo como tal, encontramos a Cristo y sólo a
Él. Esta verdad fue enunciada repetidamente, pero se ha asimilado muy poco. Lo
nuevo, original y excepcional en el cristianismo no consiste en doctrinas
generales, sino en hechos concretos; no es el contenido especulativo de Sus
ideas, sino su encarnación en la viviente personalidad histórica de Quien pudo
llamarse el camino, la verdad y la vida. Cristo es la síntesis viviente y
personal de toda verdad religiosa revelada en el transcurso de los siglos. Y
Él puede ser valorado y comprendido sólo a la luz de una síntesis religiosa y
filosófica que 'abarque el contenido total de la evolución religiosa sin
excluir ni un solo elemento positivo’ ". (5)
Defendemos al Cristo histórico y, en la lucha,
perdemos de vista Su mensaje de amor a todos los seres. Los fanáticos discuten
sobre Sus palabras y olvidan que fue "el Verbo hecho carne".
Argumentarnos acerca del Nacimiento virginal del Cristo y olvidamos la verdad
que la Encarnación está destinada a enseñarnos. Evelyn Underhill señala en su
valiosa obra Mysticism, que "la Encarnación, que para el
cristianismo popular es sinónimo del nacimiento histórico y la vida terrena del
Cristo, para el místico no sólo es eso, sino un proceso perpetuo, cósmico y
personal".
Los estudiosos dedican su vida a probar que toda
la historia es únicamente un mito. Debería tenerse en cuenta, no obstante, que
un mito es una creencia sintetizada y un conocimiento del pasado, trasmitido
para guiarnos y formar los cimientos de una nueva revelación y un peldaño para
la siguiente verdad. Un mito es una verdad probada y válida que sirve de puente
para salvar el abismo entre el conocimiento adquirido en el pasado y la verdad
formulada en el presente, con infinitas y divinas posibilidades para el
futuro. Los antiguos mitos y misterios proporcionan una presentación
correlativa del mensaje divino tal como surgió de Dios, en respuesta a las
necesidades del hombre, a través de las edades. La verdad de una era se
convierte en el mito de la siguiente, pero su significación y realidad
permanecen intocables y requieren sólo una nueva interpretación en el presente.
Esto está bellamente expresado en los párrafos dados a continuación y merecen
un cuidadoso estudio: (6)
“...hecho y mito
son en última instancia, indisolubles; que el uno pueda ser los muchos y los
muchos uno, es la excepcional y suprema paradoja de la verdad, irreductible
para el hombre.
"Pero el hombre llega a ser el amo de su destino, y
cuanto más lealmente se aplique a los hechos, tanto más fiel será su
reverencia por el mito.
"Pues en realidad es el reflejo del sentido común
en el alma del hombre término medio, en su experimento y experiencia con la
naturaleza de la Naturaleza y con la suya propia; los mitos constituyen la dinámica
espiritual que, inspira a cada hombre en su momento más elevado, en el del más
elevado de los hombres (el Amante verdadero), el precursor y el protagonista,
el poeta y el artista, el maestro y el predicador, el filósofo y el estadista,
el sacerdote y el profeta, el héroe y el santo.
"Esas miríadas de formas de la realidad, el mito
evolucionante, santifica el espíritu del tiempo en cada sucesiva civilización;
la propia creación corporal del hombre es invisible, imperceptible y
omnipotente, y brinda a cada individuo su oportunidad..., pero dentro de esa
forma el hombre tiene libertad para elegir voluntariamente entre las innumerables
facetas."
Así que somos libres de elegir y de rechazar;
pero debemos elegir con los ojos que la sagacidad y la sabiduría nos han
abierto, señal característica de quienes se internaron considerablemente en el
sendero de retorno. Existen vida, verdad y vitalidad, en la historia del
Evangelio, que deben ser aplicadas nuevamente por nosotros. En el mensaje de
Jesús hay dinámica y divinidad.
El cristianismo es hoy, para nosotros, una
religión culminante y la más grande de las últimas revelaciones divinas. Gran
parte de ella, desde su origen, hace dos mil años, terminó por ser considerada
corno un mito, y los claros delineamientos de la historia se han oscurecido
hasta el punto de ser frecuentemente considerados simbólicos. Sin embargo,
detrás del mito y del símbolo, se halla la realidad –una verdad esencial,
dramática y práctica. Esto ha sido suscintamente expresado por Richard
Rothschild: (7)
“...una realidad es siempre la
encarnación de una idea, es decir, un significado, un valor, un símbolo... En
verdad, el símbolo fija la idea misma. Sin palabras ningún pensamiento sería
posible; sin las pinceladas, ningún cuadro tomaría forma ni aún en la mente
del artista. Por eso, al referirnos a la religión, en la que el género humano
trata de incorporar sus conceptos más generales, descubrimos que el simbolismo
es esencial".
El símbolo y
la forma externa acaparan nuestra atención, mientras que el significado
permanece oscurecido y no afecta suficientemente nuestras vidas. En nuestro
miope análisis de la letra, perdemos la significación de la Palabra misma.
Debemos penetrar detrás del símbolo hasta lo que éste encarna, y apartar
nuestra atención del mundo de las formas externas, hacia el de las realidades
internas. Hermann Keyserling, (8) se refiere a esto, en las palabras
siguientes:
"El proceso de trasladar los niveles de la letra al
significado interno, en las actitudes espirituales, puede ser explicado
claramente con una simple suposición. Consiste en ‘ver a través’ del
fenómeno. Todo fenómeno viviente es antes y después de todo, un símbolo,
porque la esencia de la vida es significado. Pero todo símbolo, que es la
máxima expresión de un estado de conciencia, trasparenta en sí otra expresión
más profunda, y así sucesivamente hasta la eternidad, porque todas las cosas en
el sentido vinculador de la vida están internamente conectadas, y sus
profundidades tienen sus raíces en Dios.
"Por consiguiente, ninguna forma espiritual puede
ser la máxima expresión; todo significado, que ha sido penetrado, se convierte
automáticamente en una mera expresión de la letra, de otra más profunda, y de
allí que el antiguo fenómeno toma un nuevo y distinto significado. Así las
religiones católica, protestante, católica griega, islámica y budista, pueden
en principio continuar siendo lo que fueron en el plano de esta vida y, no
obstante, significar algo totalmente nuevo."
La única excusa para la aparición de este libro
es que constituye una tentativa para penetrar en ese significado más profundo
que subyace en los grandes acontecimientos de la vida de Cristo y llevar
renovada vida e interés a la aspiración debilitada del cristiano. Si se puede
demostrar que la historia revelada en los Evangelios no sólo es aplicable al
Personaje divino que vivió durante un tiempo entre los hombres, sino que tiene
un significado y significación prácticos para el hombre civilizado de hoy,
entonces se habrá logrado algún objetivo y prestado cierto servicio y ayuda.
Posiblemente hoy –debido a nuestra evolución más avanzada y a la capacidad de
expresarnos mediante graduaciones de conciencia sutilmente desarrolladas—,
podamos captar la enseñanza con una visión más clara y aplicar más
inteligentemente la lección indicada. Este gran Mito nos pertenece
–seamos suficientemente valientes para emplear este término en su verdadero y
correcto significado. Un mito puede transformarse en una realidad en la
experiencia de un individuo, porque es una realidad que puede probarse. Nos
apoyamos en los mitos, pero debemos tratar de volver a interpretarlos a la
luz del presente. Por el experimento autoiniciado podemos probar su validez,
por la experiencia podemos establecer
que son fuerzas que rigen nuestras vidas, y por su expresión demostrar su
verdad a los demás. Éste es el tema del presente libro, pues trata los hechos
referidos en el Evangelio, ese quíntuple mito correlativo que enseña la
revelación de la divinidad en la persona de Jesucristo, una verdad eterna en su
sentido cósmico e histórico y en su aplicación práctica para el individuo. El
mito se divide en cinco grandes episodios:
1.
El Nacimiento en Belén.
2.
El Bautismo en el Jordán.
3.
La Transfiguración en el Monte
Carmelo.
4.
La Crucifixión en el Gólgota.
5.
La Resurrección y la
Ascensión.
Nuestra tarea consiste en develar su significado y reinterpretarlos en
términos modernos.
La
historia del hombre ha alcanzado un punto de crisis y de culminación debido a
la influencia del cristianismo. Como miembros de la familia humana, el hombre
ha llegado a un nivel de integración desconocido en el pasado, excepto en el
caso de una selecta minoría en cada país. El hombre es, como dicen los psicólogos,
un conjunto de organismos físicos, de fuerza vital, de estados psíquicos o
condiciones emocionales, y de reacciones mentales o pensantes. El hombre está
preparado para que se le indique su siguiente transición, desarrollo o
desenvolvimiento. Espera esto y está alerta para aprovechar la oportunidad. La
puerta hacia un mundo de existencia y conciencia superiores está abierta de par
en par; el camino al reino de Dios está claramente marcado. Muchas entraron en
ese reino en el pasado, despertaron y se encontraron en un mundo de existencia
y comprensión, que para la mayoría el un misterio cerrado. La gloria del
momento presente reside en que miles de seres se hallan ya preparados y (si se
les da la instrucción necesaria) pueden ser iniciados en los misterios de Dios.
Un nuevo desarrollo de la conciencia es hoy posible; una nueva meta ha surgido
y rige las intenciones de la mayoría. Como raza, estamos definidamente encaminados
hacia un nuevo conocimiento, nuevos reconocimientos y un mundo más profundo de
valores. Lo que ocurre en el plano externo de la experiencia, es señal de un
acontecimiento en un mundo más sutil de significados. Para ello debemos
prepararnos.
Vimos que la revelación cristiana unifica las
enseñanzas del pasado. Esto Lo indicó Cristo Mismo cuando dijo: "No
penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para
abrogar, sino para cumplir". (9) Cristo encarnó todo el pasado y reveló al hombre sus más altas
posibilidades. Las palabras del Dr. Berdyaev (10) arrojan más luz sobre el
tema:
"La revelación cristiana es universal, y todo la
analogía que existe en otras religiones, es sencillamente una parte de esa
revelación. El cristianismo no es una religión del mismo orden que otras; como
ha dicho Schleiermacher, es la religión de las religiones. ¿Qué importancia
tiene si dentro del cristianismo, que se supone es tan distinto de las otras
creencias, no hay nada de original fuera de la venida de Cristo y de Su,
Personalidad?, ¿no es precisamente sobre esto que se cumple la esperanza de
todas las religiones?".
Algunas de esas implicaciones más profundas se
trataron en una obra publicada hace muchos años, titulada The Crisis of the
Christ, escrita por un cristiano veterano, el Dr. Campbell Morgan. Tomó los
cinco episodios principales de la vida del Salvador, en torno a los cuales se
ha erigido todo el Evangelio, y los aplicó, amplia y generalmente,
impartiéndonos la comprensión de que Cristo no sólo pasó por esas dramáticas
experiencias, sino que nos dejó el definido mandato de "seguir Sus
pasos". (11) ¿No es posible que esos grandes hechos en la experiencia de
Cristo, esos cinco aspectos personificados del mito universal, puedan tener,
para nosotros, como individuos, un interés más allá de lo histórico y lo
personal? ¿No es posible que encarnen una experiencia o empresa iniciática por
la cual podrán ahora muchos cristianos experimentar y así obedecer Su mandato
de entrar en una nueva vida? ¿Acaso no debemos todos nacer de nuevo, ser
bautizados en Espíritu y transfigurados en la cima de la montaña de la
experiencia viviente? ¿No tiene acaso la mayoría la crucifixión por delante,
que conduce a la resurrección y a la ascensión? ¿Y no habremos interpretado
esas palabras en un sentido muy estrecho, con una implicancia demasiado
sentimental y común, por cuanto pueden
indicar, a quienes están preparados, un camino especial y un modo más
rápido de seguir los pasos del Hijo de Dios? Éste es uno de los puntos que nos
conciernen y que este libro tratará de desarrollar. Si puede descubrirse este
significado, más intenso, si el drama del Evangelio puede llegar a ser, de
alguna manera particular, el drama de las almas que ya están preparadas, entonces
podremos ver la resurrección de las esencialidades del cristianismo y la
revivificación de la forma que va cristalizándose con tanta rapidez. De este
modo, "el credo y la teología serán nuevamente importantes para nosotros,
se convertirán en los tesoros esenciales de la religión, porque en ellos la
raza conserva edad tras edad, los factores determinantes de todo valor humano”.
(12)
2
Resulta interesante recordar que otras
enseñanzas además de las dadas por el cristianismo, han hecho hincapié en estas
cinco importantes crisis que ocurren, si se desea, en la vida de los seres
humanos que se respaldan en su esencial divinidad. Tanto las enseñanzas
hindúes como las creencias budistas, las destacaron como crisis evolutivas, que
no podremos finalmente evadir; la correcta comprensión de la interrelación de
estas grandes religiones mundiales, puede traer con el tiempo una mejor
comprensión de todas ellas. La religión de Buda, que precedió a la de Cristo,
expresa las mismas verdades básicas, pero las establece en términos diferentes,
que pueden, sin embargo, ayudarnos a alcanzar una interpretación más amplia del
cristianismo.
"El
budismo y el cristianismo originaron respectivamente de dos inspirados momentos
de la historia: la vida de Buda y la vida de Cristo. Buda dio Su doctrina para
iluminar al mundo; Cristo dio Su vida. Corresponde a los cristianos discernir
la doctrina. Quizás, en última instancia, la parte más valiosa de la doctrina
de Buda sea la interpretación de su vida”. (13)
Las enseñanzas de Lao‑Tzu pueden servir
también para el mismo propósito. La religión eventualmente debe ser un compendio,
extraído de muchas fuentes y formado por
muchas verdades. Resulta por lo tanto lícito pensar que si en la actualidad
debiéramos elegir un credo, podríamos escoger el cristianismo por esta razón
específica: el problema central de la vida es aferrarnos a nuestra divinidad y ponerla de manifiesto. En
la vida de Cristo tenemos la demostración más completa y perfecta y el ejemplo
de una divinidad vivida exitosamente en la tierra, vivida como la mayoría de
nosotros debe hacerlo, no en el retiro, sino en medio de las tormentas y las
tensiones.
Representantes de todos los credos se reúnen hoy
para tratar la posibilidad de encontrar una plataforma, de tal universalidad y
verdad, que todos los hombres puedan unirse en torno a ella, y en la cual
podría basarse la futura religión mundial. Tal vez esto pueda encontrar una
interpretación y comprensión más clara de los cinco relevantes episodios, en su
relación excepcional y práctica, no sólo con el individuo, sino con toda la
humanidad. Este conocimiento nos atará más definidamente al pasado, nos
introducirá en la verdad existente entonces, y señalará nuestro deber y meta
inmediatos, que al ser comprendidos, nos permitirá vivir en forma más divina y
servir más adecuadamente, logrando así que la voluntad de Dios fructifique en
la tierra. Lo importante es el significado interno y nuestra relación
individual con ello. Como cierto escritor dice:
"Por lo tanto, formas externas de una religión,
proporcionan muy escasos indicios de su significado. Un autor señala, por
ejemplo, que el cristianismo 'derivó sus prácticas fundamentales e incluso
varios de sus sacramentos, de las creencias religiosas y de los ritos del
hombre primitivo; su cosmogonía y filosofía histórica, de los judíos; su fondo
mesiánico, de los egipcios y judíos; su teológica, de los griegos; su filosofía
cósmica, escatología y otras mundanalidades, de los persas; su complejo de
impureza de las corrientes ascéticas, del judaísmo, de los cultos del misterio
oriental y del neoplatonismo; su firmeza en la fe y su credulidad contra toda
razón y observación, del neoplatonismo; su ritual y liturgia –hasta el
sacramento de la misa , de los cultos de los misterios paganos; sus métodos de
predicación, de los retóricos paganos, y su organización, leyes y sistema
financiero, del Imperio Romano’“. (14)
“Pero todo esto se refiere sólo a la parte externa de la
religión, a su credo, prácticas y ritos, en otros términos, a su simbolismo. Lo
que destacamos, por otra parte, es el hecho que esas exteriorizaciones, sea
cual fuera su 'origen', debieran ser reinterpretadas por cada nueva cultura,
asimiladas por esa cultura, digeridas por ella e integradas en su restante
trasfondo de conceptos”. (15)
La comprensión de la unidad y a veces la
uniformidad de la enseñanza impartida en Oriente y Occidente, nos otorga una valiosa
adquisición y un enriquecimiento de nuestra conciencia. Por ejemplo, el cuarto
acontecimiento de la vida de Cristo, la crucifixión, tiene su paralelo en la
cuarta iniciación de la enseñanza oriental, denominada la Gran Renunciación.
Tenemos una iniciación llamada, en terminología budista, "la entrada en
la corriente”, y hay en la vida de Jesús un episodio que designamos como
"el bautismo en el Jordán". La historia del nacimiento de Cristo en
Belén tiene su paralelo prácticamente en cada detalle de la vida de los
mensajeros de Dios que Le precedieron. Esos hechos probados deberían sin duda
evocarnos el reconocimiento de que aunque haya muchos mensajeros, hay sólo un
Mensaje; pero este reconocimiento en modo alguno niega la tarea señera de
Cristo y la función singular que vino a realizar.
Es interesante también recordar que estas dos
descollantes Individualidades, el Buda y el Cristo, estamparon Su impronta en
ambos hemisferios, siendo el Buda el Instructor de Oriente y el Cristo, el
Salvador de Occidente. Cualesquiera sean nuestras conclusiones personales
respecto a Sus relaciones con el Padre en los Cielos, o entre sí, el hecho
subsiste por sobre toda controversia: Revelaron entre Sí la divinidad a sus
respectivas civilizaciones y, de una manera harto significativa, trabajaron
juntos para el beneficio eventual de la raza. Sus dos sistemas son interdependientes,
y Buda preparó al mundo para el mensaje y la misión de Cristo.
Ambos encarnaron en Sí Mismos ciertos principios
cósmicos, y por Sus obras y sacrificios, ciertos poderes divinos se derramaron
a través de la humanidad y sobre ella. La tarea realizada por Buda y el mensaje
que dio, estimularon la inteligencia para alcanzar la sabiduría. La sabiduría
es un principio cósmico y una potencia divina. Esto es lo que encarnó Buda.
Pero el amor llegó al mundo por intermedio de
Cristo, y Él, con su obra, trasmutó la emoción en Amor. Como "Dios es
Amor”, la comprensión de que Cristo reveló el amor de Dios aclara la magnitud
de la tarea que emprendió –tarea mucho más allá de los poderes de cualquier
instructor o mensajero que Le precedió. Cuando Buda recibió la iluminación,
"permitió entrar" una oleada de luz sobre la vida y sobre nuestros
problemas mundiales, y esta inteligente comprensión de las causas de la
angustia del mundo la formuló en las Cuatro Nobles Verdades, que como bien se
sabe son:
1. La existencia en el universo fenoménico es
inseparable del sufrimiento y la tristeza.
2. La causa del sufrimiento es el deseo de vivir en
el mundo de los fenómenos.
3. El cese del sufrimiento se logra anulando todo
deseo de vivir en este universo fenoménico.
4. El medio para lograr que cese el sufrimiento es
hollar el Noble Óctuple Sendero, en el cual se expresan la recta
creencia, las rectas intenciones, la recta palabra, las correctas acciones, el
recto vivir, el recto esfuerzo, el recto pensar y la correcta concentración.
Buda proporcionó una estructura de la verdad,
del dogma y de la doctrina, que capacitó, a muchos millares de individuos a
través de los siglos, para ver la luz. Hoy Cristo y Sus discípulos llevan a
cabo (como lo han hecho durante dos mil años) la misma tarea de llevar la
iluminación y la salvación a los hombres. La ilusión del mundo ha recibido
severos golpes y las mentes de los seres humanos están llegando masivamente a
una creciente claridad mental. Por lo tanto, mediante el mensaje de Buda, el
hombre puede, por primera vez, conocer la causa de su eterno descontento, de
su constante desagrado e insatisfacción y de su incesante nostalgia. El hombre
puede aprender del Buda que la forma de liberarse se halla en el desapego, el
desapasionamiento y el discernimientos. Éstos son los primeros pasos en el
camino hacia Cristo.
Mediante el mensaje de Cristo surgieron tres
conceptos generales en la conciencia racial:
Primero, que el individuo, como tal, tiene
valor. La doctrina oriental del renacimiento tendió en general a negar esta
verdad, creyendo que había tiempo suficiente y que la oportunidad se ofrecería
interminablemente y el proceso evolutivo realizaría su tarea. La humanidad
puede ir a la deriva con la marea, y eventualmente todo se arreglará. De allí
que la actitud general de Oriente no era destacar el valor supremo del
individuo. Pero Cristo vino y destacó la acción del individuo, diciendo:
"Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras
buenas obras". (16)
Segundo, se ofreció la oportunidad, a toda la
raza, para dar un gran paso hacia adelante, pasar el "nuevo
nacimiento", o recibir la primera iniciación. En el próximo capítulo
trataremos este tema.
El tercer
concepto que Cristo enseñó contiene la técnica de la nueva era, que se aplicará
cuando la salvación individual y el nuevo nacimiento hayan sido correctamente
comprendidos. Este fue el mensaje o mandato, "ama a tu prójimo como a ti
mismo". (17) El esfuerzo individual, la oportunidad grupal y la
identificación recíproca, fue el mensaje del Cristo.
En la enseñanza del Buda tenemos las tres
maneras en que puede cambiarse la naturaleza inferior y prepararse para ser una
expresión consciente de la divinidad. Mediante el desapego el hombre
aprende a apartar su conciencia e interés de las cosas de los sentidos y a
desoir los llamados de la naturaleza inferior. El desapego impone un nuevo
ritmo al hombre. Mediante la lección del desapasionamiento se inmuniza
del sufrimiento de la naturaleza inferior, a medida que aparta su interés de
las cosas secundarias y de lo no esencial y lo centra en las realidades
superiores. Mediante la práctica del discernimiento, la mente aprende a
seleccionar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Estas tres prácticas cambian
la actitud hacia la vida y la realidad, y cuando se efectúan sensatamente
proporcionan la regla de la sabiduría y preparan al discípulo para la vida
crística.
A la enseñanza dada a la raza le sigue el
trabajo de Cristo con la humanidad, dando por resultado la comprensión del
valor del individuo y su esfuerzo autoiniciado por la liberación y la iluminación,
teniendo como objetivo final el amor y el bien grupales. Aprendemos a
perfeccionarnos de acuerdo al mandato de Cristo "Sed, pues, vosotros
perfectos", (18) para tener algo con qué contribuir al bien del grupo y
para servir a Cristo con perfección. De allí, esa realidad espiritual de que
hablaba San Pablo, "Cristo en vosotros, esperanza es de gloria", (19)
que se libera en el hombre y puede manifestarse en toda su expresión. Cuando un
número suficiente de personas haya captado este ideal, la entera familia humana
podrá ponerse por primera vez frente al portal que lleva al Sendero de Luz, y
la vida crística florecerá en el reino humano. Entonces se desvanecerá la
personalidad, oscurecida por la gloria del alma, que, como el sol naciente,
disipa las tinieblas, revela la situación de la vida e ilumina la naturaleza
inferior. Como consecuencia, se llega a la actividad grupal, y el yo, como se
lo concibe generalmente, desaparece. Esto ya está ocurriendo. El resultado
final de la tarea de Cristo está representado en Sus propias palabras en San
Juan 17, que sería de valor leerlas.
Individualidad, Iniciación, Identificación, he
aquí los términos en que puede expresarse el mensaje de Cristo. Esto Lo
resumió, cuando estaba en la tierra, en la frase: "Yo y mi Padre somos
uno". (20) Esa gran Individualidad, el Cristo, por el proceso de las
cinco grandes Iniciaciones, nos mostró las etapas y métodos por los cuales
puede llegarse a la identificación con Dios. Este párrafo proporciona la
nota fundamental de todo el Evangelio y constituye el tema de este libro .
La
interrelación entre el trabajo del pasado y del presente, tal como ha sido dada
por el gran Instructor de Oriente y por el Salvador de Occidente, puede
expresarse como:
El Buda .......... ........El
Método.................Desapego
Desapasionamiento
Discernimiento
El Cristo................El
Resultado............Individualismo
Iniciación
Identificación
Cristo
vivió Su vida en la pequeña pero significativa faja de tierra que llamamos
Palestina, la Tierra Santa. Vino a probarnos la posibilidad del logro
individual. Surgió (como parecen haberlo hecho todos los Instructores, a través
de las edades) de Oriente, y trabajó en ese país que se alza como un puente
entre los hemisferios oriental y occidental y que separa dos civilizaciones
muy distintas. Los pensadores modernos harían bien en recordar que el
cristianismo es una religión que sirve de puente, y en esto reside su gran
importancia. El cristianismo es la religión del período transitivo que vincula
la era de la existencia individualista autoconsciente con un futuro mundo
unificado de conciencia grupal. Es en forma relevante una religión de
separaciones, que demuestra al hombre su dualidad, sentando las bases para que
realice su esfuerzo a fin de lograr la unidad o unificación. La comprensión de
esta dualidad es una etapa imprescindible en el desenvolvimiento del hombre, y
el propósito del cristianismo ha sido revelarlo, así como también señalar la
lucha entre el hombre inferior y el superior, entre el hombre carnal y el
espiritual, unidos en una sola persona, y afirmar la necesidad de que el hombre
inferior sea salvado por el hombre superior. Esto lo dice San Pablo en términos
familiares en: "...para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo
hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un
solo cuerpo, matando en él las enemistades". (21) Tal fue la divina misión
de Cristo y ésta es la lección del relato del Evangelio. Por consiguiente,
Cristo no sólo unificó en Sí Mismo “la ley y los profetas" del pasado,
sino que también nos entregó una verdad que pudiera salvar el abismo existente
entre el credo y la filosofía de Oriente y nuestro materialismo y conquistas
científicas occidentales, siendo ambos, expresiones divinas de la realidad. Al
mismo tiempo el Cristo demostró a los seres humanos la perfección de la tarea
que cada hombre podía realizar dentro de
sí mismo, uniendo esa esencial dualidad que es su naturaleza y produciendo la
unificación de lo humano y lo divino, tarea a la cual deben ayudar todas las
religiones. Cada uno de nosotros debe "crear de dos un solo y nuevo
hombre, haciendo así la paz” porque paz es unidad y síntesis.
Pero la lección y el mensaje que Cristo trajo al
hombre como individuo, también lo trajo para las naciones, presentándoles la
esperanza de una futura unidad y paz mundiales. Vino al comienzo de la era
astronómica denominada "era de Piscis” porque durante este periodo de
aproximadamente dos mil años, nuestro sol pasa por el signo zodiacal de Piscis,
los peces. De ahí las frecuentes referencias a los Peces y la aparición del
símbolo del pez en la literatura cristiana, incluyendo el Nuevo Testamento. Esta
era de Piscis cae entre la anterior dispensación judía (los dos mil años en que
el sol pasó por el signo de Aries, el Carnero) y la era de Acuario, en la que
nuestro sol está ahora transitando. Estos hechos son de carácter astronómico,
pero aquí no voy a hablar de conclusiones astrológicas. En el período en que el
sol estaba en Aries, encontramos frecuentes alusiones al carnero o víctima propiciatoria,
en las enseñanzas del Antiguo Testamento y en la celebración de
la festividad de la Pascua. En la era cristiana empleamos la simbología del
pez, hasta el punto de comer pescado el Viernes Santo. El símbolo de la era de
Acuario, según se establece en todos los antiguos zodíacos, es un hombre
llevando un cántaro de agua. El mensaje de esta era es de unidad, comunión y
relación entre hermanos, porque todos somos hijos de un mismo Padre. A esa era
se refirió Cristo en las instrucciones que dio a Sus discípulos cuando los
envió a la ciudad, diciéndoles: "He aquí, al entrar en la ciudad, os
saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidle hasta la
casa donde, entrare”. (22) Así lo hicieron, y más tarde se realizó en dicha
casa la grande y sagrada fiesta de la comunión. Se refiere sin lugar a dudas, a
un período futuro en que se entrará en la casa zodiacal llamada "el
portador de agua” donde todos nos sentaremos a la misma mesa y tomaremos una
recíproca comunión. La dispensación cristiana ocurre entre los dos grandes
ciclos mundiales, y así como Cristo consumó en Sí Mismo el mensaje del pasado y
dio la enseñanza para el presente, también señaló ese futuro de unidad y comprensión
que constituye nuestra inevitable meta. Estamos hoy al final de la era
pisceana, y entramos ya en el periodo de la unidad acuariana, que Él nos
anticipó. El "aposento alto" es el símbolo del alto punto de
realización hacia el que marchamos como raza, muy rápidamente. Algún día se
celebrará la gran ceremonia de la Comunión, de la cual todo servicio de
comunión es el anticipo. Estamos entrando lentamente en este nuevo signo.
Durante más de dos mil años sus potencias y
fuerzas actuarán sobre la raza y establecerán los nuevos tipos,
fomentarán las nuevas expansiones de conciencia y conducirán al hombre a una
realización práctica de la hermandad.
En un
artículo titulado This Vibrant Clod, George Gray (23) dice que ha
llegado el momento en que debemos despertar al impacto de los nuevos rayos, las
vibraciones cósmicas y las renovadas energías que empiezan a actuar en nuestro
planeta. Establece que la ciencia tiene plena conciencia de que esas nuevas
fuerzas están produciendo sus efectos sobre la tierra, y en consecuencia pregunta,
¿por qué si esto es así, la humanidad
debe considerarse inmune a esos efectos? y agrega,
“...el
origen de los rayos cósmicos está envuelto en el misterio, aunque las
autoridades en la materia creen que llegan del espacio; de la realidad de estos
bombardeos desde lo externo no cabe ninguna duda. Aunque no son perceptibles
para los sentidos del hombre y pueden captarse sólo indirectamente por medio de
aparatos, son superlativos portadores de la energía del mundo... Parece
improbable que la tierra esté expuesta a ese continuo bombardeo por dichas
fuerzas sin ser afectada, y se han hecho muchas especulaciones sobre dichos
efectos".
Más adelante agrega:
"Tales son algunas de las fuerzas que inciden sobre
la tierra y sobre los mortales. Si, como sugiere el profesor Lewis, algunas de
ellas pueden trasmutar los metales en rocas, ¿qué no le harán al protoplasma?
Si algunas de esas radiaciones trasforman nuestra atmósfera en ionosfera y la
distienden y alzan en montañas aéreas, llevándola de un lado a otro como una
carpa circense bajo un huracán, ¿no será que alguna de esas influencias
desempeña una función activadora en los átomos vivos de la corriente sanguínea,
o en los átomos pensantes del cerebro?...
"Después de todo, el supremo problema de la
investigación, desde el punto de vista humano, es el planteado a la cuestión de
la causa y el efecto. ¿Cuáles son las consecuencias terrenales conjuntas de
estas radiaciones, empujes, arrastres y adherencias, a que está sometido el
planeta continuamente? Es un gran interrogante, pero aunque sea el comienzo de
una respuesta tendría mucho valor para el género humano."
Es interesante observar, a la luz de lo
expuesto, que las energías que actuaron sobre nuestro planeta cuando el sol
estaba en Aries, el carnero, produjeron en la simbología religiosa el énfasis
de la cabra o carnero, y que en nuestra era actual de Piscis, los Peces,
su influencia ha matizado nuestra simbología cristiana al Punto de que el pez
ocupa el lugar preponderante en el Nuevo Testamento y en nuestra
simbología escatológica. Los nuevos rayos, energía e influencias entrantes,
deben con toda seguridad estar destinados a producir iguales efectos, no sólo
en el campo de los fenómenos físicos, sino también en el mundo de los valores
espirituales. Los átomos del cerebro humano están despertando como nunca, y los
millones de células que, según se dice, están inactivas y adormecidas en el
cerebro humano, pueden ser puestas en actividad funcionante, trayendo esa
percepción intuitiva que podrá reconocer la futura revelación espiritual.
Hoy el mundo se está reorientando hacia las
nuevas influencias, y en los procesos de reajuste es inevitable un caos temporario.
El cristianismo no será reemplazado, sino trascendido; su trabajo preparatorio
será realizado exitosamente, y el Cristo nos dará otra vez la siguiente
revelación de la divinidad. Si lo que sabemos ahora de Dios es todo lo que
puede saberse, la divinidad de Dios sería algo limitado. ¿Quién puede decir
cuál será la nueva formulación de la verdad? Pero la luz está penetrando
lentamente en los corazones y las mentes de los hombres, y a la luz de esta
radiación iluminada ellos visualizarán las nuevas verdades y lograrán una
nueva enunciación de la sabiduría antigua. Mediante la lupa de la mente
iluminada, el hombre verá muy pronto aspectos de la divinidad hasta ahora
desconocidos. ¿No existirán cualidades y características de la naturaleza
divina que permanecieron hasta hoy totalmente desconocidos y son
irreconocibles? ¿No puede haber revelaciones de Dios sin precedente alguno,
para las que no tenemos palabras o medios de expresión adecuados? Los antiguos
misterios, que muy pronto serán restaurados, deben volver a interpretarse a la
luz del cristianismo, readaptándose para
cubrir las modernas necesidades, porque ahora podemos penetrar en el Lugar
Sagrado como hombres y mujeres inteligentes y no como niños, como espectadores
de las historias y sucesos dramáticos en los cuales, en calidad de individuos,
no tomamos parte conscientemente. Cristo desempeñó para nosotros el drama de
las cinco iniciaciones, incitándonos a seguir Sus pasos. La era pasada nos
preparó para esto, y ahora podemos entrar inteligentemente en el reino de Dios
por el proceso de la iniciación. El hecho de que el Cristo histórico
haya existido y caminado sobre la tierra, es la garantía de nuestra propia
divinidad y de nuestro logro final. El hecho del Cristo mítico, que
aparece una y otra vez a través de las edades, prueba que Dios nunca ha quedado
sin testigos y que siempre han existido. quienes alcanzaron la realización. El
hecho del Cristo cósmico, manifestado como el anhelo hacia la perfección
en todos los reinos de la naturaleza, prueba la realidad de Dios y es nuestra
eterna esperanza. La humanidad se encuentra ante los portales de la iniciación.
3
Siempre han existido templos, misterios y
lugares sagrados, donde el verdadero aspirante podía hallar lo que buscaba, y
la necesaria instrucción sobre el camino que debía seguir. Un viejo profeta
dijo:
“ ... y habrá allí
calzada y camino y será llamado Camino de Santidad; el inmundo no pasará por
él, sino que estará con ellos; el que anduviere por este camino, por torpe que
sea, no se extraviará". (24)
Es un camino que va de afuera adentro. Revela, paso a paso, la vida
oculta velada por cada forma y símbolo. Asigna al aspirante ciertas tareas que
lo llevan a la comprensión, produciendo una inclusividad y sabiduría que llenan
las necesidades más sentidas. El aspirante pasa la etapa de la búsqueda, o lo
que los tibetanos llaman "el conocimiento directo". En ese sendero, la visión y la esperanza dan lugar al
conocimiento. Se recibe una iniciación tras otra, llevando cada una al
iniciado, más cerca de la meta de la total unidad. Quienes trabajaron,
sufrieron y realizaron esto en el pasado, constituyen una larga cadena que se
extiende desde el pasado más remoto al presente, porque los iniciados están
todavía con nosotros y la puerta aún permanece abierta de par en par. Por
intermedio de esta jerarquía de realización los hombres son ascendidos paso a
paso por la larga escala que va de la tierra al cielo, para permanecer
oportunamente ante el Iniciador y en ese momento trascendental descubrir que
Cristo Mismo es quien Les da la bienvenida, el Amigo familiar que habiéndolos
preparado con el ejemplo y el precepto, los introduce en la presencia de Dios.
Tal ha sido la experiencia, la experiencia uniforme a través de las edades, de
todos los buscadores. Rebelándose en Oriente contra la rueda del renacimiento,
con su constante y reiterado sufrimiento y dolor, o en Occidente contra la
aparente y monstruosa injusticia de una vida dolorosa que el cristiano se
adjudica, por eso los hombres se han dirigido internamente para descubrir la
luz, la paz y la liberación, tan ardientemente deseadas. Kenneth
Saunders dice: (25)
"En Grecia y en Asia Menor, como en la India, la
conciencia y el corazón humanos protestaron contra la monstruosa pesadilla del
renacimiento, y las religiones de los misterios son, como las religiones de la
India, una promesa de salvación. Enseñan que el iniciado 'se salva' 'nace de
nuevo a la vida eterna', se 'ilumina' o ‘glorifica', porque el Logos o Divina
Razón penetra en él, dándole poder sobre la naturaleza, volviéndolo a crear,
de modo que ya no es más un muñeco impotente a merced de demonios caprichosos y
del inexorable destino, sino que en cierto sentido es Dios. Grandes e
imponentes sacramentos... simbolizaban este nuevo nacimiento a la Vida Eterna
y 'los hombres estaban sedientos de creencia y adoración' ".
La misma verdad e idéntica meta surgen de los
postulados cristianos, con la diferencia de que Cristo nos da un cuadro definido
de todo el proceso en la propia historia de Su vida, construida sobre las
iniciaciones mayores que constituyen nuestra herencia universal y gloria y,
para muchos, la oportunidad inmediata. Esas iniciaciones son:
1. El Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a
Nicodemo: "el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios".
(26)
2. El Bautismo en el Jordán. Éste es el bautismo a
que se refería Juan, el Bautista, agregando que el Bautismo del Espíritu Santo
y del fuego debía sernos administrado por Cristo. (27)
3. La Transfiguración. Allí por primera vez se
manifiesta la perfección, y se le comunica a los discípulos la divina
posibilidad de tal perfección. Surge el mandato: "Sed vosotros perfectos,
como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. (28)
4. La Crucifixión. En Oriente se la designa como la
Gran Renunciación, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte
de la naturaleza inferior. "Cada día muero”, (29) decía el apóstol, porque
sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede enfrentarse y
resistirse a la Muerte final.
5. La Resurrección y Ascensión, el triunfo final
que capacita al iniciado cuando enuncia y sabe el significado de las palabras:
"¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”.
(30)
Tales son
los cinco grandes y dramáticos acontecimientos de los misterios. Tales son las
iniciaciones por las que todos los hombres deberán pasar algún día. La humanidad
se encuentra hoy en el sendero de probación. El camino de la purificación es hollado
por las masas, y estamos en proceso de purificarnos del mal y del materialismo.
Cuando se haya completado este proceso, muchos estarán preparados para recibir
la primera de las iniciaciones y pasar por el nuevo Nacimiento. Los discípulos
del mundo se están preparando para la segunda iniciación, el Bautismo, y para
esto debe purificarse la naturaleza emocional de deseos y dedicarla a la vida
del alma. Los iniciados del mundo enfrentan la iniciación de la
Transfiguración. El control de la mente y la correcta orientación hacia el
alma, con la completa transmutación de la personalidad integrada, es lo que les
espera.
Se dicen muchas tonterías hoy respeto a la
iniciación, y en el mundo hay muchas personas que pretenden ser iniciados.
Olvidan que ningún iniciado hace tal proclamación o habla de si mismo. Quienes
proclaman ser iniciados lo niegan al proclamarlo. A los discípulos e iniciados
se les enseña a ser incluyentes en sus pensamientos y no separatistas en sus
actitudes. Nunca se apartan del resto de la humanidad, afirmando su condición,
poniéndose automáticamente sobre un pedestal. Tampoco los requisitos, como se
establece en muchos libros esotéricos, son tan sencillos como los presentan.
Por su lectura podría creerse que mientras el aspirante logra cierta
tolerancia, bondad, devoción, simpatía, idealismo, paciencia, perseverancia,
ha llenado los requisitos principales. Estas cosas en realidad son las
esencialidades primordiales, pero a esas cualidades debe añadirse una
comprensión inteligente y un desarrollo mental que lleve a una sensata e
inteligente colaboración con los planes destinados a la humanidad. Lo que se
requiere es el equilibrio de la cabeza y del corazón; el intelecto debe tener
su complemento y expresión en el amor y por intermedio de éste. Esto requiere
una proclamación sumamente cuidadosa. Amor, sentimiento y devoción, se los
confunde a menudo. El amor puro es un atributo del alma y es omnincluyente, y
precisamente en este amor puro reside nuestra relación con Dios y con nuestros
semejantes. "Porque el amor de Dios es más amplio que la mente del
hombre, y el corazón del Eterno maravillosamente bondadoso", dice el
antiguo himno –y así se expresa ese amor que es atributo de la Deidad y también
el atributo oculto de todo hijo de Dios. El sentimiento es emocional e
inestable, la devoción puede ser fanática y cruel, pero el amor fusiona y
mezcla, comprende e interpreta y sintetiza toda forma y expresión, todas las
causas y las razas, en un ardiente corazón amoroso, que no sabe de separaciones,
divisiones ni desarmonías. La realización de esta divina expresión en nuestra
vida cotidiana exige lo máximo de nosotros. Ser un iniciado exige todo el poder
de cada uno de los aspectos de nuestra naturaleza. No es una tarea fácil.
Afrontar las pruebas inevitables que enfrentaremos al hollar el sendero que
Cristo recorrió, requiere un excepcional valor. Para colaborar sabia y sensatamente
con el Plan de Dios y fusionar nuestra voluntad con la Voluntad divina, debemos
poner en actividad no sólo el más profundo amor de nuestro corazón, sino
también las más agudas decisiones de la mente.
La iniciación debe contemplarse como un gran
experimento. Hubo una época, quizás cuando se instituyó este proceso de desenvolvimiento,
que fue posible restablecer en la tierra ciertos procesos internos, conocidos
entonces sólo por unos pocos. Luego, lo interno podía presentarse en forma
simbólica para enseñar a "los pequeños”, más adelante lo mismo pudo ser
realizado abiertamente y expresado en la tierra por el Hijo de Dios, el Cristo.
La iniciación es un proceso viviente, y mediante él todos quienes se disciplinan
debidamente y cumplen voluntariamente, pueden ser aceptados, analizados y
ayudados por ese grupo de iniciados y conocedores que son los guías de la
raza, conocidos por muchos y diversos nombres en diferentes partes del mundo y
en distintas épocas. En Occidente se Los llama Cristo y Su Iglesia, los
Hermanos Mayores de la Humanidad. La iniciación es, por lo tanto, una realidad
y no una hermosa visión fácilmente lograda, como parecieran establecerlo tantos
libros esotéricos y ocultistas. La iniciación no es un proceso que alcanza un
individuo cuando ingresa en ciertas organizaciones y que sólo puede
comprenderse ingresando en tales grupos. La iniciación no tiene nada que ver
con sociedades, escuelas esotéricas u organizaciones. Todo lo que pueden hacer
es enseñar al aspirante ciertas bien conocidas y fundamentales "reglas del
camino", y dejarlo que comprenda o no, según se lo permitan su ansia y
desarrollo, y que atraviese el portal, si su equipo y su destino se lo
permiten. Los Instructores de la raza y el Cristo, "el Maestro de Maestros
e Instructor de ángeles y hombres", no se interesan por estas
organizaciones ni por ningún otro movimiento en el mundo, que lleve
actualmente iluminación y verdad a los hombres. Los iniciados del mundo se
encuentran en toda nación, iglesia y grupo, donde haya hombres de buena
voluntad activos y donde se preste un servicio mundial. Los grupos esotéricos
modernos no son los custodios de las enseñanzas de la iniciación ni es su
prerrogativa preparar al individuo para este desarrollo. La mejor enseñanza
sólo puede preparar a los hombres para la etapa del proceso evolutivo
denominado discipulado. La razón por la cual lamentablemente es así, y por qué la iniciación parece estar
alejada de los miembros de la mayoría de los grupos, que afirman poseer una visión
interna de los procesos iniciáticos, se debe a que estos grupos no han puesto
el énfasis necesario en la iluminación mental, que forzosamente ilumina el
camino hacia el portal que conduce al "Lugar Secreto del Altísimo".
En cambio hicieron hincapié en la
devoción personal a los Maestros de Sabiduría y a los conductores de su propia
organización; recalcaron la adhesión a la enseñanza autoritaria y a ciertas
reglas de vida, y no dieron impulso fundamental de adhesión a la todavía
pequeña voz del alma. El camino al lugar de la iniciación y al Centro donde se
encuentra Cristo, es el camino del alma, el camino solitario del propio
desenvolvimiento, desapercibimiento y disciplina. Es el camino de la
iluminación mental y de la percepción intuitiva. Esto fue bien explicado en una
revista publicada hace muchos años y decía:
"Sin embargo, la verdad es que el hombre
inteligente hace del mundo su propia cámara de iniciación, y de la vida misma
el umbral de los misterios. Si un hombre puede manejarse a sí mismo con
perfección, puede manejar todo lo demás. Posee la fuerza. El modo exacto de emplearla
es una mera cuestión de detalle. Debemos hacer uso de cada oportunidad que se
nos presenta, y cuando nada ocurre tratemos de proporcionarnos nuestra propia
oportunidad.
"Los que aspiran a un verdadero progreso deben
considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser,
por así decirlo, sus propios iniciadores". (31)
La iniciación es la revelación del amor, el
segundo gran aspecto de la divinidad que se expresa en la sabiduría. Esta
expresión se encuentra en toda su plenitud, en la vida de Cristo, que nos
reveló la naturaleza del amor esencial y nos dijo que amáramos. Demostró lo
que es la divinidad y, luego, expresó que viviéramos divinamente. El Nuevo
Testamento, presenta de tres maneras, cada vez más progresivas en su
definición de la experiencia, esta vida en desenvolvimiento del viviente amor
divino, dándonos la secuencia de la revelación de Cristo en el corazón humano.
Tenemos ante todo la frase "Cristo en nosotros esperanza es de gloria”.
(32) Ésta es la etapa que precede y sigue al nuevo nacimiento, el Nacimiento
en Belén, etapa hacia la cual se dirige lenta, pero constantemente, la masa
constituyendo hoy la meta inmediata de la mayoría de los aspirantes del mundo.
En segundo término tenemos la etapa denominada del hombre maduro en Cristo, con
lo que se indica la acrecentada experiencia de la vida divina y un desenvolvimiento
más profundo de la conciencia crística en el ser humano. Hacia este fin están
ahora orientados los discípulos del mundo. Luego tenemos la etapa de la
realización a que se refiere San Pablo en los siguientes términos:
"Hasta que todos lleguemos, a la unidad de
la fe y del conocimiento del Hijo de
Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de
Cristo”. (33)
La iniciación es por lo tanto una serie graduada
y positiva de expansiones de conciencia una creciente y constante percepción de
la divinidad y todas sus implicancias. Muchos de los llamados iniciados de hoy
creen haber alcanzado este estado, porque algún guía esotérico o vidente
psíquico, les dijo que es así; pero en su fuero interno nada saben del proceso
mediante el cual podrán pasar (como lo enseñó la masonería) por esa puerta
misteriosa, entre dos grandes pilares, en su búsqueda de la luz; ellos tienen
un conocimiento consciente del programa autoiniciado que debe seguirse en plena
conciencia vigílica, siendo conocido simultáneamente por el alma divina
inmanente y por la mente y el cerebro del hombre en la vida física. Estas
expansiones de conciencia revelan progresivamente al hombre la calidad de su
naturaleza superior e inferior; este conocimiento señala a San Pablo, como uno
de los primeros iniciados que logró esa condición bajo la dispensación
cristiana. Leamos lo que dice acerca de esta revelación de su dualidad:
"Y yo sé que en mí esto es, en mi carne no mora
el bien, porque el
querer el bien está en mí, pero no el
hacerlo.
"Porque no hago el bien
que quiero, mas el mal que no quiero, eso hago.
"Porque según el hombre
interno, me deleito en la ley de Dios.
"Pero veo otra ley en mis miembros, que se revela
contra la ley de mi mente y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está
en mis miembros.
"Miserable de mí ¿quién
me librará de este cuerpo de muerte?
"Gracias doy a Dios por
Jesucristo Señor nuestro." (34)
Únicamente
mediante la revelación del Cristo interno, en cada ser humano, puede realizarse
esta unificación. Sólo mediante el nuevo nacimiento, el bautismo del espíritu y
del fuego y la transfiguración de la naturaleza, puede hallarse la liberación y
llegarse a la unidad con Dios. Sólo
mediante el sacrificio de la humanidad, que es la esencia de la crucifixión,
puede cumplirse la resurrección.
Lo que es
verdad para el individuo lo es finalmente para toda la familia humana. El plan
para la humanidad concierne al desarrollo consciente del hombre. A
medida que el género humano acrecienta su sabiduría y conocimiento y las
civilizaciones vienen y van, traen cada una la lección y el punto elevado de
realización, y los hombres, como grupo, se acercan al portal que conduce a la
vida. Todo descubrimiento moderno, todo estudio y conocimiento psicológico,
toda actividad grupal y toda realización científica, así como todo verdadero
conocimiento ocultista, son de naturaleza espiritual, sirven de ayuda para esa
expansión de conciencia que convertirá al género humano en el gran Iniciador.
Cuando los seres humanos puedan captar en una gran síntesis la necesidad de entrar
más definidamente en el mundo de los verdaderos significados y valores, los
misterios serán universalmente reconocidos. Se verán los nuevos valores y las
nuevas técnicas y métodos de vida se desarrollarán como resultado de esa
percepción. Hay signos de que ya está ocurriendo, que la destrucción efectuada
a nuestro alrededor y el derrumbe de las antiguas instituciones, políticas,
religiosas y sociales, son sólo preliminares de esta empresa. Estamos en
camino de llegar a "lo que está adentro" y muchas voces lo proclaman
hoy. A este respecto dice el Dr. Nicholas Berdyaev: (35)
"La vida, ante todo, debe ser contemplada interna y
espiritualmente (no externa o políticamente como lo hacen los revolucionarios y
los contrarrevolucionarios) y vivirse con todo esfuerzo espiritual y disciplina
moral. Es erróneo suponer que las formas políticas son en sí eficaces;
solamente el espíritu otorga la salud y crea nuevas formas propias.
"El vino nuevo debe ponerse en odres nuevos". Lo subrayado me
pertenece, A.A.B
Estamos en el sendero de transición (¿podríamos
denominarlo el Sendero del Discipulado?) que nos llevará hacia una nueva dimensión,
hacia el mundo interno de la realidad y de la correcta energía, mundo en el
cual sólo el cuerpo espiritual puede actuar y únicamente el ojo del espíritu
puede ver. No lo pueden percibir quienes aún no han despertado su percepción
interna y su intuición está dormida. Cuando el cuerpo espiritual empieza a
organizarse y a crecer, y cuando el ojo de la sabiduría se abre lentamente y
se prepara para ver realmente, entonces se tendrán los indicios de que el
Cristo latente en cada hijo de Dios, está empezando a controlar y a guiar al
hombre al mundo del ser espiritual, del verdadero significado y de los valores
esenciales. Este mundo es el reino de Dios, el mundo de las almas, y cuando se
manifiesta, constituye esa expresión de vida divina que llamamos el quinto
reino de la naturaleza. Pero no puede ser todavía percibido por todos. Mediante
los procesos de la iniciación este mundo es revelado. Se ha dicho que:
"Los Antiguos Misterios, la iniciación moderna y
toda ocupación mística se apoya en la doctrina de que el hombre nunca puede
aprender por los Sentidos corporales los secretos de la vida y el problema del
universo. El ojo, el oído y los demás órganos del cuerpo, sólo son vías de
percepción del burdo mundo físico que nos rodea. Mecánicamente adaptados a
nuestro medio externo, no tienen otra función más elevada que registrar sus
impresiones sobre nuestra parte inferior, construida de materia y destinada a
disolverse en sus elementos, tarde o temprano. La razón es la que analiza y
sintetiza esas impresiones. Entre ella y el máximo conocimiento hay
innumerables velos... Mientras nuestras percepciones estén restringidas a
meras experiencias sensorias, nuestro conocimiento será proporcionalmente
pequeño; para ser verdaderamente sabios, debemos romper las ataduras de la
ilusión, desgarrar los velos de maya, romper las cadenas de la pasión y conocer
el verdadero yo, poniéndolo al frente de nuestra conciencia y acciones”. (36)
Antes de poder recibir la iniciación, debe
captarse la significación de las ideas que se acaban de exponer, suponiendo
que habrán logrado necesariamente ciertos grandes desenvolvimientos. Estos
requisitos pueden verse actuando hoy en la vida de cada discípulo y quienes
tienen ojos para ver, observarán que aquéllos efectúan activos cambios en la
raza.
La aspiración es un requisito fundamental para
el individuo y para la raza. Hoy la humanidad aspira a grandes alturas y tal
aspiración es responsable de los grandes movimientos nacionales que se ven en
tantos países. Al mismo tiempo los discípulos individuales están esforzándose
nuevamente por lograr la iluminación, incitados por su deseo de llenar las
necesidades del mundo. El egoísmo espiritual, característica de los aspirantes
del pasado, debe ser trascendido y trasmutado en amor al semejante y en
"participación de sus padecimientos". (37) El yo debe perderse de
vista en el servicio. El servicio se está convirtiendo rápidamente en la nota
clave de la época y en uno de los incentivos del esfuerzo racial. Enfrentar el
desastre y sufrir el doloroso experimento, siempre ha sido el sino del
discípulo individual. Evidentemente al discípulo mundial, la humanidad, se lo
considera digno de tal prueba. Esta universalidad de las dificultades en todo
sector de la vida humana, sin excluir grupo alguno, indica que la entera
humanidad está preparándose para la iniciación. Hay un propósito subyacente en
todo lo que ocurre. Los dolores de parto, del Cristo dentro de la raza, han
comenzado y el Cristo nacerá en "La Casa del Pan" (significado de la
palabra "Belén"). Las implicancias de los actuales dolores y
sufrimientos mundiales son tan evidentes que es innecesario dar mayores
explicaciones. Hay un propósito subyacente en todos los acontecimientos
mundiales en la actualidad y una recompensa al final del camino. Algún día,
más pronto de lo que muchos creen, se abrirán ampliamente, ante el sufriente
discípulo mundial, los portales de la iniciación (como se abrieron en el pasado
para el individuo), la humanidad entrará en un nuevo reino y permanecerá ante
la misteriosa Presencia, Cuya luz y sabiduría alumbraron al mundo por medio de
la Persona de Cristo, y Cuya voz Se oyó en cada una de las cinco crisis por las
que pasó Cristo. Entonces el género humano penetrará en el mundo de las causas
y del conocimiento. Habitaremos en el mundo interno de la realidad, y la
apariencia externa de la vida física se conocerá como símbolo de las
condiciones y acontecimientos internos. Entonces comenzaremos a trabajar y a
vivir como los iniciados de los misterios, y nuestras vidas se regularán desde
el reino de la realidad donde Cristo y Sus Discípulos, de todos los tiempos (la
Iglesia invisible), guían y controlan los acontecimientos humanos.
La meta que Ellos tienen en vista y el fin hacia
el que trabajan, ha sido sintetizado en un comentario referido a una antigua escritura
tibetana. El texto es el siguiente:
"Todo lo bello, todo lo bueno, todo lo que promueve
la erradicación del dolor y de la ignorancia en la tierra, debe dedicarse a la
Gran Consumación. Entonces, cuando los Señores de Compasión hayan civilizado
espiritualmente la tierra y hecho de ella un Cielo, se revelará a los
Peregrinos el Sendero Infinito que llega hasta el corazón del universo. El
hombre ya no será hombre, habrá trascendido la naturaleza, e impersonalmente,
aunque consciente, se unificará con todos los Seres iluminados, y ayudará a
cumplir la Ley de la Evolución Superior, de la cual el Nirvana sólo es
el comienzo”. (38)
Tal es nuestra meta. Es nuestro glorioso
objetivo. ¿Cómo avanzar hacia su consumación? ¿Cuál es el primer paso que debemos
dar? Según las palabras de un poeta desconocido:
"Cuando no puedas ver
debajo de la apariencia
externa
la causa que inicia a todos
los efectos,
cuando no puedas sentir el
amor de Dios,
como cálida afluencia de la
luz del sol
circundando la entera tierra,
entonces conócete iniciado en
los Misterios,
que los sabios siempre
consideraron de gran valor".
1 Heartír
of Men.
2 Extraído
por W. Kingsland de Religion in the Light of Theosophy.
3 He. 5:8.
4 La Doctrina Secreta, de H. P. Blavatsky, T. V,
pág. 64 (2da. ed. arg., Editorial Kier).
5
Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger, pág. 248.
6 Eros
and Psyche, de Benchara Branford, pág. 82.
7 Reality
and Ilusion, pág. 233.
8 The
Recovery of Truth, págs. 91, 92.
9 Mt. 5:17.
10 Freedom
and the Spirit, págs. 88, 89.
11 1 P. 2:21.
12 The
Meaning of God in Human Experience, de W. E. Hocking, p. 139.
13 Religion
in the Making, de A. N. Whitehead, pág. 55.
14 The
Twilight of Christianity, de Harry Elmer Barnes, pág. 414.
15 Reality
and Ilusion, de Richard Rothschild, págs. 241, 242.
18 Mt. 5:48.
19 CoL 1:27.
20 Jn. 10:30.
21 Ef. 2:15,
16.
22 Lc.
22:7, 10
23 Extraído
de Harpers Magazine, abril de 1935.
24 Is. 35:8.
25 The
Gospel for Asia, pág. 62.
26 Jn. 3:3.
27 Mt. 3:2.
28 Mt. 5:48.
29 1 Co.
15:31.
30 1 Co. 15 :
55.
31
The Theosophist, T. IX, pág. 364.
32
Co. 1:27.
33
Ef. 4:13.
34
Ro. 7:18, 25.
35 The End
of Our Time, pág. 163.
36 The
Theosophist, T. IX, pág. 243.
37 Fil. 3:
10.
38 Tibetan
Yogas and Serret Doctrine, de W. Y. Evans‑Wentz, pág.
12.
CAPÍTULO II
LA PRIMERA
INICIACIÓN... EL NACIMIENTO EN BELÉN
PENSAMIENTO CLAVE
"En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas
‑la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la
humanidad. En todo hombre se encuentran y se unen estas tres maravillas".
Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 76.
"El
que no naciere de nuevo, no Puede ver el reino de Dios".
1
EN la dilucidación de las cinco
iniciaciones mayores, trataremos de hacer tres cosas. Primero, comprender que
el cristianismo es la flor y el fruto de las religiones del pasado, siendo la
última que surgió, con excepción de la religión mahometana. Vimos que el énfasis de la religión cristiana se puso en
la unidad de la familia Humana y en la misión singular del Cristo Mismo. Karl
Pfleger (1) lo expresa en un magnífico
párrafo:
"Grandes
seres hicieron mucho para el mejoramiento de la humanidad. Pero el 'mayor y
definitivo ideal del desarrollo del hombre, el de la raza humana que encarnó,
de acuerdo a las leyes de nuestra historia', es Cristo. Y lo más importante es
que además de desarrollarnos y elevarnos, nos desarrolla en Él Mismo. 'La abarcante
naturaleza crística es asombrosa, porque es la naturaleza de Dios. Por lo
tanto, Cristo es la semejanza de Dios en la tierra... Cristo ha penetrado totalmente
en la humanidad y el hombre se esfuerza por trasformarse en su ideal, la
Persona de Cristo'. Cristo es el ideal del hombre, porque representa la
'condición final de la naturaleza humana"'.
Cristo vino a enseñar el supremo valor del individuo, según se dijo en el
capítulo anterior. (2)
Parecería
que el énfasis puesto por los seguidores de Mahoma sobre la existencia de Dios,
el Supremo, el Uno y el único, tuviera el carácter de un pronunciamiento
equilibrador, surgiendo, como lo hizo en el siglo XV, a fin de proteger al
hombre del olvido de Dios, a medida que se acercaba a su propia divinidad
latente y esencial, como hijo del Padre. El estudio de las relaciones de las
distintas creencias y la manera en que se preparan para ello y se complementan
mutuamente, es de profundo interés. Esto lo olvidan a menudo nuestros teólogos
occidentales. El cristianismo puede mantener en secreto, y así lo hace, la
sagrada enseñanza, pero la heredó del pasado. Puede personalizarse mediante la
instrumentación de los grandes Mensajeros divinos, pero el camino de cada
Mensajero ha sido preparado de antemano,
y Él Mismo fue precedido por otros grandes hijos de Dios. Su palabra
puede ser la Palabra dadora de vida para nuestra civilización occidental, y
personalizar la salvación que debía llegarnos, pero Oriente tenía sus propios
maestros, y cada civilización pasada en nuestro planeta tuvo su Representante
divino. Al considerar el mensaje del cristianismo y su contribución
excepcional, no olvidemos el pasado, porque entonces jamás comprenderíamos
nuestra propia fe.
Segundo, pensemos en términos de la totalidad y
comprendamos que las grandes expansiones de conciencia a que nos referiremos
constantemente tienen paralelos universales. Algunos de estos desarrollos
residen en la historia del pasado racial. Otros están en el porvenir. Uno es
posible en el presente inmediato. A medida que el equipo físico y mecánico del
hombre se desarrolla a fin de enfrentar la expansión de su conciencia, es
llevado gradualmente a una mayor experiencia de la Inmanencia divina, a una
mejor percepción de la trascendencia divina y a registrar con creciente e
iluminada percepción, la revelación que se le presenta correlativamente para su
educación y desarrollo cultural. Este pensamiento sugiere una oportuna
pregunta.
"¿No
será que al desarrollarse la estructura del cerebro se acrecentó en tal forma
su sensibilidad, que en determinado momento estableció contacto con lo divino,
y entonces el hombre, el animal, se trasformó en el Hombre espiritual y se
abrió un nuevo capítulo en la historia del Universo? El hombre al descubrir así
a Dios se hizo divino". (3)
Ese gran
acontecimiento marcó una iniciación definitiva en la vida de la raza. La
simiente o germen de la vida crística fue implantada en la familia humana.
Estamos ahora al borde del nacimiento del Cristo racial, y desde las tinieblas
de la matriz de la materia, el Cristo‑Niño puede penetrar hasta la luz
del reino de Dios. Nos espera otra
crisis, y Cristo ha preparado ya a la raza para ello, porque cuando nació en
Belén no fue simplemente el nacimiento de otro Instructor y Mensajero divino,
constituyó la aparición de un Individuo que no sólo sintetizó en Sí Mismo las
realizaciones pasadas de la raza, sino que fue el precursor del futuro, que
encarnó en Sí todo lo que era posible realizar para la humanidad. La aparición
de Cristo en la caverna de Belén marcó la inauguración de un nuevo ciclo de
desarrollo espiritual para la raza y el individuo.
Consideraremos esos desarrollos desde el punto
de vista del individuo y estudiaremos los episodios que se relatan en los Evangelios,
que conciernen vitalmente al ser humano individual que, llegando al final del
largo y fatigoso camino de la evolución, está preparado para representar
nuevamente el mismo drama en su propia experiencia. Tiene la oportunidad de
pasar de la etapa del nuevo nacimiento a la de la resurrección final, por el
escarpado sendero del Monte Gólgota. En lo más recóndito de su ser debe
aprender a comprender las palabras de Cristo: "Os es necesario nacer de
nuevo". (4) También expresar la muerte en vida, que constituye el
destacado mensaje de San Pablo. (5)
Cada uno de nosotros debe comprobar esto por sí
mismo, tarde o temprano, porque, "vivir una experiencia religiosa es la
única manera legítima de llegar a comprender el dogma". (6) Sólo siguiendo
el ejemplo de los que ya han realizado, aprenderemos el significado de la
realización. Únicamente viviendo divinamente podrá expresarse nuestra divinidad
oculta. Esto implica una autoaplicación práctica que trae su propia
recompensa, pero al principió debe llevarse a cabo ciegamente.
"La
Presencia divina debe compenetrar a los individuos, estar presente en su
propia esencia en todas las cosas individuales, aunque no es la esencia del
individuo. La luz de la divinidad siempre ilumina nuestra alma y todas las
cosas, pero sólo se convierte en nuestra luz, cuando estamos
preparados". (7)
La historia de la Humanidad es, por lo tanto, la
historia de esta búsqueda individual por la expresión de la luz divina y la
realización final del nuevo nacimiento que libera al hombre a fin de prestar servicio
en el reino de Dios. A través de las edades, los individuos de todo el mundo
pasaron por esas cinco expansiones de conciencia y entraron en una profunda
vida de servicio más rico y pleno. Gradualmente, su sentido de la divinidad ha
ido aumentando y su percepción de la Vida divina, inmanente en la naturaleza,
los ha llevado al reconocimiento de la paralela verdad de Dios trascendente.
Dios en el individuo y Dios en Cristo, Dios en todas las formas y Dios en la
vida animadora del cosmos, y un Dios que conscientemente anima siempre un
universo y también a un hombre y al más diminuto átomo de sustancia. La evolución
de este reconocimiento de la divinidad en el hombre ha sido lenta y gradual,
pero en ciertas etapas de la historia racial (como en la historia del hombre
individual) hubieron momentos críticos, surgieron crisis y se trascendieron, y
cada iniciación definida otorgó a la raza una más amplia comprensión. El género
humano está siendo preparado hoy para tal transición y para un nuevo enfoque de
la conciencia humana, en una dimensión superior y en un campo de experiencia
más rico. La humanidad está preparada para ascender otro peldaño en la escala
evolutiva. Encontrándonos frente a una situación tan particular y poseyendo una
experiencia sin paralelo, no debe sorprendernos la actual situación caótica.
Temblamos ante la posibilidad de dar otro paso adelante; estamos preparados
para otra iniciación, y a punto de ampliar nuestro horizonte y atravesar una
puerta abierta para entrar en una habitación más grande. Todo lo que trascurre
no indica fracaso, confusión insensible, ni ciego trastorno. Es más bien un
proceso de destrucción temporaria para una mayor reconstrucción, constituyendo
la analogía, en la vida racial, de las pruebas y experiencias que siempre le
llegan al discípulo que se prepara para la iniciación. Para ello el
cristianismo ha reparado un considerable número de seres de la raza. La nueva
interpretación y la próxima revelación son inminentes. El Dr. Berdyaev (8)
dice:
"La
naturaleza humana posee una capacidad infinita de regeneración y recuperación.
Sin embargo, no podemos imaginarnos un renacimiento espiritual del hombre y de
su obra, sino por la profundización de su cristianismo, hasta llegar a una
nueva manifestación de la semejanza de Cristo en el hombre, por lealtad a la
revelación cristiana en la personalidad humana. En el cristianismo, el estudio
del hombre no es aún total y completo; el contenido de su Revelación en lo que
respecta al hombre, no ha sido ampliamente explorado ni se ha desarrollado
toda su riqueza".
Esta revitalización futura de la naturaleza
interna y esencial de la humanidad, con la consiguiente reorganización de los
asuntos mundiales y de la vida humana, la presienten y esperan los pensadores
de la raza y constantemente aíslan la actual oportunidad. La expectativa asume
grandes proporciones. El diario "The New York Times" del 4 de abril
de 1935, informó que el Dr. Isaías Bowman, presidente de la Universidad John
Hopkins, dijo algo muy significativo relacionado con este tema. Subrayó la
necesidad de que la humanidad descubra la verdad, puntualizando que los hombres
deberían ante todo tratar de que se produzca ese estado mental que acepta la
verdad cuando es descubierta y luego la ponga en práctica. Dijo también que en
la actualidad ciertas premisas importantes deberían regir el pensamiento
mundial. Señaló que una de ellas, podría describirse en términos del antiguo
aforismo mejicano que dice: "Siempre habrá en el centro una nueva
Palabra". Toda forma tiene su centro positivo de vida. Todo organismo
está construido en torno a un núcleo central de fuerza. Hay un centro en
nuestro universo, del cual surgió la Palabra, que trajo a la existencia a
nuestro sistema solar organizado, tal como es hoy, y al planeta en que vivimos
con sus miríadas de formas de vida.
"En el
principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios.
"Éste era en el principio
con Dios.
"Todas
las cosas por él fueron hechas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho, fue
hecho.
"En él estaba la vida y
la vida era la luz de los hombres.
"En el
mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no le conoció".
(9)
Lo que es verdad del Todo lo es también de la
parte. Cada civilización, como expresión de la conciencia humana, ha tenido su
Verbo. Hace dos mil años un Verbo se "hizo carne" por nosotros, y en
torno a ese centro dinámico de vida espiritual, gira nuestro mundo occidental.
En lo que a los resultados concierne, no tiene importancia aceptar o dudar de
este hecho o, como dice el Dr. Albert Schweitzer: (10)
"El
fundamento histórico del cristianismo, tal como lo consideran el racionalismo,
el liberalismo y la teología moderna, ya no existe, lo cual no significa, sin
embargo, que el cristianismo haya perdido su fundamento histórico. El trabajo
que la teología histórica creyó debía realizar y ahora ve que se derrumba en el
instante próximo a su terminación, es sólo una capa externa de terracota, del
verdadero fundamento histórico indestructible, independiente de cualquier conocimiento
y comprobación histórica ‑simplemente porque está allí, existe.
"Jesús
representa algo para nuestro mundo, porque una poderosa corriente de influencia
espiritual surgió de Él y penetró también en nuestra era. Este hecho no puede
ser negado ni confirmado por el conocimiento histórico."
La Palabra siempre fue emitida para que la
raza pueda ver y reconocer el próximo paso a dar. Cristo hizo que el hombre
oyera esto en el pasado y Cristo hará que el hombre pueda oírlo nuevamente.
Algún día, como bien saben los masones, estas palabras pronunciadas
periódicamente, serán reemplazadas por una Palabra conocida por ellos como
"la Palabra Perdida". Cuando finalmente se enuncie esa Palabra, la
humanidad podrá ascender a la última cima de la realización humana. La
divinidad oculta alumbrará entonces en toda su gloria, por medio de la raza.
Quizás se haya: alcanzado la cúspide del logro material. Ahora nos llega la
oportunidad de que el Yo sutil y divino se manifieste por medio de la
experiencia que llamamos "el nuevo nacimiento", y que el cristianismo
ha enseñado. El efecto de todo lo que está ocurriendo ahora en la tierra es
traer a la superficie lo que está oculto en el corazón humano, y revelar ante
nuestros ojos la nueva visión. Entonces podremos pasar, por el portal de la
nueva era, a una comprensión más profunda de las realidades vitales y a una
norma más real y superior de los valores. La Palabra debe emitirse nuevamente
desde el centro, el Centro en los Cielos y el centro de todo corazón humano.
Cada alma individual debe oírla por sí misma. Cada uno de nosotros tiene que
pasar por esa experiencia, donde sabemos que somos el 'Verbo hecho carne",
y hasta que la experiencia de Belén no sea parte de nuestra conciencia individual
como almas, seguirá siendo un mito. Pero puede convertirse en una realidad ‑la
más grande realidad en la experiencia del alma.
No puedo detenerme para definir, la palabra
"alma". Un resumen de un libro del Dr. B. Bosanquet, (11) expresa la
idea en términos que la vinculan con la experiencia individual, no obstante
conservando en toda su belleza las implicancias cósmicas. Es imposible aislar a
un alma, dice el autor:
"El
alma -empleo el término en su sentido más general para señalar el centro de
experiencia que como microcosmos ha adquirido o está adquiriendo un carácter
propio y una persistencia relativa‑ no debe compararse a un agente
independiente de exteriorización constitutiva por una parte, o de la vida de lo
absoluto por la otra. Nuestra idea ha sido desde el principio... que el alma
es cierta porción de la exteriorización que 'adquiere vida' al centrarse en la
mente. Cuando hablamos del alma como voluntad que moldea las circunstancias
en forma creadora, tenemos otra expresión del microcosmos, incluyendo el
centro, circundado por las circunstancias, remodelándose y reformándose a sí
mismo. Por otra parte, es un hilo o fibra de la vida absoluta..., una corriente
u oleada dentro de ella, de longitud e intensidad variables, y separada de la
gran masa líquida en la cual se mueve". Lo subrayado me pertenece A.A.B.
Lo que esta alma es, cuando se devela y
manifiesta (aún por medio de las limitaciones de la carne), ‑Cristo lo ha
expresado en forma clara. Lo parcial en
nosotros es lo completo en Él, una realidad en toda su expresión. Cristo nos
ha unido a Él, por medio de Su humanidad perfeccionada; nos ha unido a Dios por
medio de Su divinidad expresada. Cristo reveló a Dios, y Dios, según se dice en
términos lúcidos, es
“ ... el elemento coaligador del mundo. La
conciencia que en nosotros es individual, en Él es universal; el amor sólo
parcial en nosotros, es omniabarcante en Él. Fuera de Él no podría haber mundo,
porque ‑no podría haber un ajuste de la individualidad. Su propósito en
el mundo es la cualidad de la realización, y está siempre incorporado, en las
ideas particulares relevantes, al actual estado del mundo. Así toda realización
es inmortal en el sentido en que modela los actuales ideales de Dios en el
mundo tal como existen ahora. Cada acto deja en el mundo una impresión de Dios
más profunda o más débil...” (12)
Dos pensamientos deben tenerse en cuenta en
estos momentos, si no queremos sumergirnos en el aparente caos mundial, perdiendo
así nuestra perspectiva. Uno es que cada edad proporciona su propia
salida. Esto es lo que quiso decir Cristo cuando expresó "Yo soy el
camino la verdad y la vida". (13) Él sabía que sintetizaba en Sí Mismo el
alma del pasado y el espíritu del futuro. El Dr. Bonsanquet dice que "los
grandes hombres del mundo no nacen simplemente de sus padres terrenales. Edades
enteras y también países están enfocados en ellos". Y lo que es cierto de
Cristo, lo es también de Su enseñanza. El cristianismo abarca el pasado e
incluye los mejores elementos religiosos.
“Parecería
como que el cristianismo ocupara una posición central singular al presentar en
sí una síntesis de los elementos más sutiles de las otras religiones
superiores. Esta posición central no es el resultado de una componenda, sino
de una síntesis y armonización creadora de lo más descollante y excelente de
otras religiones. Intelectualmente, su concepto de Dios es un teísmo, síntesis
del deísmo de los mahometanos y del panteísmo de los hindúes. Éticamente, está
en el punto medio entre el ascetismo budista que 'renuncia al mundo', y la
autorrealización 'mundana' de Confucio. Emocionalmente, fusiona las
disciplinadas restricciones del estoicismo con el fervor del bakti hindú.
Además, es la religión que ha tratado con mayor hondura el problema del mal ‑sin
sofocarlo (como hace el hinduismo), consignando el mundo de los hechos al reino
de la ilusión, ni endiosándolo (como los zoroastrianos y los maniqueos), sino
haciéndolo parte de la estructura esencial de la Realidad”. (14)
El alma
del hombre se halla ante los portales de la revelación y debe aprender que élla
vendrá perfeccionada a través de él. En su conocido poema “Paracelsus” expresa esto en las bien conocidas palabras:
"Mora así en todo,
desde el diminuto comienzo de la vida hasta
finalizar
en el hombre ‑la consumación de nuestro
esquema
del Ser, la terminación de esta esfera
de la vida; cuyos atributos ya diseminados
por doquier sobre el mundo visible,
piden ser combinados como ínfimos fragmentos
destinados a unirse en un maravilloso todo,
cualidades imperfectas diseminadas por toda la
creación,
sugiriendo una criatura aún increada,
algún punto donde estos rayos dispersos pueden
unirse,
convergiendo en las facultades del hombre...
. . . . . . . . . . . . . . .
. ..
Cuando la raza sea perfecta,
es decir, como hombre; todo lo dado al género
humano,
y por el hombre producido, hasta ahora ha
llegado a su fin:
pero en el hombre íntegro se inicia nuevamente
una tendencia hacia Dios. Las predicciones
auguraron
el acercamiento del Hombre; en el yo del hombre
surgen
augustas anticipaciones, símbolos, tipos
de tenue esplendor, siempre existentes
en ese eterno círculo perseguido por la vida.
Los hombres comienzan a cruzar los límites de la
naturaleza,
descubriendo
nuevas esperanzas y obligaciones, que rápidamente suplantan
sus
propias alegrías y pesares; llegan a ser demasiado grandes
para
los estrechos credos del mal y del bien, que se desvanecen
ante la inmensurable sed de bien; en tanto
surge en ellos la paz en forma creciente,
estos hombres se hallan ya en la tierra,
serenos en medio de las criaturas semiformadas
que los rodean,
que deben ser salvados por ellos y unirse a
ellos."
El hombre, el ser humano, alma encarnada,
está en vísperas de dar ese paso hacia adelante que producirá el primero de los
grandes desenvolvimientos, denominado "el nuevo nacimiento". Una vez
experimentado esto, la vida del Cristo‑Niño se acrecentará y el impulso
establecido lo llevará hacia adelante por el Camino que va de una cumbre
elevada de realización a otra, hasta que él mismo se convierta en un iluminado
portador de Luz, y pueda alumbrar el camino de los demás. Los iluminados
siempre han llevado a la raza hacia adelante; los conocedores, los místicos y
los santos, siempre han revelado las cumbres de las posibilidades individuales
y raciales.
"Revelan a otros hombres lo que el hombre
puede ser; reducen el cuerpo a átomos y producen una llama viviente en un
cuerpo recién reconstruido; desentierran la oculta belleza de los seres humanos
que pasaron al más allá como desecho de la humanidad, y enhebran en el hilo
dorado del amor de Dios, virtudes cuya existencia era apenas conocida y su
combinación parecía imposible: fervor y paciencia, humildad y poder, desapego
y afecto, humilde esperanza y elevada humildad. Pero, por sobre todo, los
santos poseen el secreto de la paz, así como el amante corresponde a los deseos
de su corazón, y en esa realización algún gozo cantó internamente, al cual
respondieron todas sus facultades. Los santos no son solitarios ni estoicos,
conocen el dolor y comprenden la pena, pero dondequiera vayan, los acompaña la
claridad solar de la primavera." (16)
El Camino que va desde el Nacimiento en Belén
hasta el Monte de la Crucifixión, es duro y difícil, pero es hollado con
regocijo por el Cristo y por quienes han sintonizado su conciencia con la Suya.
El goce de la vida física se trasforma en el goce de la comprensión, y nuevos
valores, nuevos deseos y un nuevo amor, reemplazan al antiguo. El Dr. Whitehead
(17) lo aclara bellamente con las palabras:
"En cuanto
se alcanza la conciencia superior, el goce de la existencia se entrelaza con el
dolor, la frustración, la privación y la tragedia. En medio de tanta belleza,
heroísmo y osadía transitorios, la Paz es la intuición de lo permanente.
Conserva vívida la sensibilidad de la tragedia, y la ve como un ser viviente,
persuadiendo al mundo para obtener lo sutil, más allá del desvanecido nivel de
los hechos circundantes. Cada tragedia es la revelación de un ideal ‑lo
que debió haber sido no fue lo que pudo ser. La tragedia no ocurrió en vano.
Este poder de sobrevivir de la fuerza motivadora, debido a la atracción de las
reservas de la Belleza, marca la diferencia entre el mal trágico y el mal
denso. El sentimiento interno que corresponde a esta captación del servicio que
presta la tragedia, es la Paz ‑la purificación de las emociones."
El Nacimiento en Belén marcó el comienzo del
largo camino de la tragedia del Salvador. Hizo de Él "varón de dolores,
experimentado en quebranto". (18) Fue el principio del fin, señalando Su
iniciación en los estados superiores de conciencia. Está evidenciado en el
Evangelio.
2
Antes
de referirnos en forma definida a esas grandes iniciaciones, sería de valor
tratar brevemente uno o dos puntos relacionados con el tema en general. Se da
tanta enseñanza peculiar y sin fundamento sobre el tema, en la actualidad, y
tan grande es el interés general, que se necesita con urgencia pensar con
claridad y prestar atención a ciertos factores que con frecuencia se pasan por
alto. Aquí cabría preguntarse "¿Quién es el iniciador? ¿Quién podría ser
elegido para presentarse ante Él y recibir la iniciación”?
Nunca se acentúa con demasiada claridad que el
primer iniciador que enfrenta el hombre es siempre su propia alma. Muchas
escuelas esotéricas y maestros de esoterismo basan sus enseñanzas en las de
algún gran Maestro y ponen a sus aspirantes bajo su tutela, que se supone los
preparará para este paso, y sin cuya ayuda no hay progreso posible, olvidando
que no hay Maestro que pueda hacer contacto con un ser humano, hasta que no
haya establecido un claro y definido contacto con su propia alma. En el nivel
de la percepción, el del alma, residen quienes pueden ayudarnos, y hasta no
haber penetrado en ese nivel, como individuos, es imposible lograr un contacto
inteligente con quienes actúan allí normalmente. La iniciación está relacionada
con la conciencia y es simplemente una palabra que empleamos para expresar la
transición que el hombre establece entre la conciencia del cuarto reino o
humano, y el quinto o espiritual, el reino de Dios. Cristo vino para revelarnos
el camino a ese reino y
"llamó a esa condición... el “Reino de los
Cielos” que no era un lugar ni un mundo mejor, sino un estado de la mente o
del alma, algo a que todos los hombres pueden tener acceso si siguen
el camino. 'Esforzaos por tanto en conoceros a vosotros mismos y sabréis que
sois hijos del Padre; sabréis que estáis (en la Ciudad de Dios), que
vosotros sois la ciudad”. (19) Es evidente que esas palabras fueron
dichas por quien descubrió ese Reino y que, por propia experiencia, adquirida
en el camino hacia ese Reino, trató de enseñar a los demás. . . “ (20)
Esta alma iniciadora, denominada, como hemos
visto, de diversos modos en El Nuevo Testamento y en las demás
religiones, tiene una terminología adecuada a la época y al temperamento del
aspirante. Donde el discípulo cristiano habla de que "Cristo en vosotros
esperanza es de Gloria", (21) el discípulo oriental puede hablar del Yo o
Atman. Las modernas escuelas de
pensamiento hablan del ego, yo superior, hombre verdadero o entidad espiritual,
mientras que en El Antiguo Testamento se hace referencia al "Ángel
de la Presencia". Podría recopilarse una larga lista de sinónimos, pero
para nuestros fines nos limitaremos a la palabra "alma" por su
amplio empleo en Occidente.
El alma inmortal en el hombre, lo prepara para
la primera iniciación, porque esta alma se manifiesta en la tierra como el
"Cristo-Niño" que aparece en el hombre. Éste es el nuevo nacimiento.
Lo que se ha estado gestando lentamente en el hombre llega a nacer por fin y el
Cristo o alma nace conscientemente. Siempre ha estado presente el germen
del Cristo viviente, aunque oculto en cada ser humano. Pero a su debido tiempo
y período, el alma infante hace su aparición, siendo posible la primera de las
cinco iniciaciones. La tarea prosigue y la vida crística se desarrolla y
desenvuelve en el hombre hasta que tienen lugar las iniciaciones segunda y
tercera. En esta etapa, como muchos creen, somos iniciados por medio del Cristo,
y en plena conciencia vigílica el iniciado permanece ante Su Presencia y Lo ve
cara a cara. Browning expresa esta verdad en su gran poema, diciendo:
“Oh, Saúl, será
un Rostro como mi rostro el que te reciba; a un
Hombre como yo
amarás y por Él serás amado, siempre. Una Mano
como ésta
¡te abrirá los portales de la nueva vida!
¡Mira al Cristo ante ti. !" (22)
Después de la tercera iniciación, la
Trasfiguración, cuando la personalidad ha sido subordinada al alma o Cristo
inmanente, y la gloria del Señor puede brillar a través de la carne,
enfrentamos la suprema realización de la Crucifixión y la Resurrección. Después,
se dice, ese Ser misterioso a que se refiere El Antiguo Testamento, denominándolo
Melquisedek o el Anciano de los Días, desempeñará Su parte y nos iniciará en
misterios aún más elevados. De este Personaje se dice que:
"Este Melquisedek, Rey de Salem, Sacerdote
del Dios Altísimo... era, en primer término, como Su nombre lo
indica, Rey de Justicia, y además Rey de Salem (es decir, Rey de la Paz).
Sin padre ni madre ni genealogía, no tiene principio de días ni fin de
vida..., permanece sacerdote para siempre”. (23)
Él es Quién recibe al iniciado y supervisa las
transiciones superiores de conciencia que constituyen la recompensa a las pruebas
pasadas triunfalmente. Es Aquél cuya "estrella alumbra" cuando el
iniciado entra en la luz.
Hay, por lo tanto, tres iniciadores: primero, la
propia alma del hombre; segundo, el Cristo de la historia y, finalmente, el
Anciano de los Días, Aquél en Quien "vivimos, nos movemos y tenemos
nuestro Ser". (24) Estas ideas interesan porque comprendemos que de las
cinco iniciaciones, tres parecen ser, y en verdad son de suprema importancia.
En la vida de Cristo hay episodios que representan grandes etapas de
realización, culminando ciclos e iniciando otros nuevos, y son: la primera
iniciación, el Nacimiento; la tercera iniciación, la Trasfiguración; la quinta
iniciación, la Resurrección. Existe en la naturaleza un misterioso valor
relacionado con las iniciaciones primera, tercera y quinta ‑el comienzo,
el punto medio y la consumación final. Como ya se dijo, "no sólo los
intervalos entre la nota básica, la tercera mayor y la quinta perfecta, o los
que distinguen la corchea de la semicorchea, son los que permiten componer una
sinfonía o canción". Entre esos elevados puntos de cuyos intervalos da
detalles el Evangelio, continúa la tarea que hace posibles las realizaciones
posteriores. Consideramos especialmente en este libro, la técnica de la entrada
en el reino de Dios. Tal reino existe, y nacer en él es tan ineludible como el
nacimiento en la familia humana. El procedimiento correlativo desde la
gestación, hasta que "en la plenitud del tiempo" nace el Cristo-Niño,
el alma empieza a manifestarse en la tierra, comenzando la vida del discípulo y
del iniciado. Pasa de una etapa a otra hasta que domina todas las leyes del
reino espiritual. Por el nacimiento, el servicio y el sacrificio, el iniciado
se hace ciudadano de ese reino, y esto constituye un proceso relacionado con su
vida interna, tan natural como lo son los procesos físicos relacionados con su
vida externa como ser humano. Ambos van juntos, pero la realidad interna
eventualmente viene a la manifestación mediante el sacrificio de lo humano a
lo divino. La siguiente cita aclara este concepto:
«Todos los
grandes instructores han sabido que 'perder' esta vida debe ser el camino de
todo el género humano, a fin de lograr un nuevo nacimiento, el Nirvana o reino
de los Cielos; por lo tanto, al exigir a sus seguidores que pierdan su vida por
Él y se nieguen a sí mismos, Jesús no les pidió nada excepcional. Si alguien
quisiera seguir las enseñanzas de la Vedanta, del Buda o de Lao‑Tsé,
debería también, implícitamente, perder al mundo entero y ganar sus propias
almas. Tomando literalmente las palabras de Jesús, debemos alcanzar el mismo
desapego de las cosas de este mundo como lo hacen los indúes al alcanzar el 'samadhi’.
No niego, sin embargo, que el intento de poner en práctica Su lección resulta
lo más difícil del mundo, pero, si se logra, el resultado sería ciertamente la
liberación absoluta de las condiciones en que se ha desenvuelto la humanidad
hasta el presente, y la entrada en un estado tan nuevo, como cualquier reino
celestial imaginado: 'No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de
nuevo. El viento desde donde quiere, sopla, y oyes su sonido; más ni sabes de
dónde viene y adónde va: así es todo
aquel que es nacido del Espíritu’ (25) ¿Puede alguien decir hoy, o alguien
haber dicho alguna vez, dónde está el subconsciente o el alma? Se acepta que
está fuera de toda designación de tiempo y espacio, y esa idea es quizá para
nuestras mentes modernas la que más se acerca a un concepto de la naturaleza de
aquello que 'volverá a nacer' del Espíritu, y aunque no volvamos a nacer de
nuevo, esa naturaleza permanecerá siendo tan insondable como el viento”. (26)
El
iniciado no es simplemente un hombre bueno. El mundo está lleno de hombres
buenos que probablemente están muy lejos de ser iniciados, tampoco es un devoto
bien intencionado. El iniciado es un hombre que ha agregado una sensata
comprensión intelectual a las cualidades básicas de una sana devoción y
carácter moral. Por medio de la disciplina ha coordinado su naturaleza inferior,
la personalidad, por eso es "un recipiente útil para uso del amo” (27)
siendo ese amo su propia alma. El iniciado sabe que deambula por un mundo de
ilusión, pero se está instruyendo a sí mismo mientras camina a la luz de su
alma, comprendiendo que al servir a sus semejantes y al olvidarse de sí mismo
se prepara para presentarse ante el portal de la Iniciación. En ese sendero
conoce a quienes como él, están aprendiendo a ser ciudadanos de ese reino. El
mismo autor citado dice:
“, ... el vínculo de unión
entre las personas que conocieron algo del reino ‑aunque como individuos
no se conozcan‑ es el territorio del Reino de los Cielos, como Jesús
quería que fuese, y cuando algunos de sus ciudadanos se conocen en cuerpo y
mente, hay un reconocimiento instantáneo. Como ciudadanos del mundo pagan
tributo al César, pero al mismo tiempo saben que el Reino de Dios 'no es de
este mundo' y dan a Dios las cosas que son de Dios, comprobando que son también
ciudadanos de ese Reino Interno, rodeándonos, invisible, intangible... está el
Reino, a su debido tiempo entraremos allí. Cuando los hombres comprendan, es
decir, acepten, que 'el reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán:
¡hélo aquí o hélo allí!, porque he aquí el reino de Dios dentro de vosotros';
(28) entonces habrán dado el primer paso
para conquistarlo." (29)
Éste ha sido el conocimiento y el mensaje de
todos los verdaderos cristianos en el trascurso de los siglos, y su testimonio
conjunto atestigua la realidad del reino, y el hecho de que quienes realmente
lo buscan pueden hallarlo, y los que indagan acerca de su existencia, no serán
defraudados. El camino hacia el reino se halla mediante preguntas y respuestas,
buscando y encontrando, obedeciendo la voz interna, que sólo puede escucharse
cuando las otras voces callan. El canónigo B. H. Streeter (30) lo aclara de
este modo:
”Un intento sincero de cumplir la voluntad de
Dios será poseer la condición preliminar de 'saber si la enseñanza es
verdadera'. El camino para el conocimiento de Dios se hallará por la reorientación
del propósito y el deseo, y la constante rededicación del yo a lo más elevado
que conoce.
"Si así fuera, podrá esperarse que en
determinado punto del desenvolvimiento espiritual, la personalidad llegará a
ser suficientemente sensible a la influencia de lo divino, para lograr la
percepción de la voluntad de Dios, que puede hallar expresión por medio de una
voz interna."
Cuando oímos esa voz alcanzamos la conciencia de
las posibilidades futuras y damos el paso inicial hacia la primera iniciación,
que nos lleva a Belén y a descubrir y conocer a Cristo. Encontramos a Dios
dentro de nosotros mismos. En la caverna del corazón puede sentirse el latido
de la vida divina. El hombre descubre que es uno entre un vasto número de
quienes pasaron por la misma experiencia, y mediante el proceso de la
iniciación da nacimiento al Cristo. La "vida infantil” recién nacida en el
reino de Dios, comienza con las luchas y las experiencias que lo llevarán
gradualmente de una iniciación a otra, hasta obtener la realización. Entonces
se convierte en un instructor y expresión de la divinidad y sigue las huellas
del Salvador, sirviendo a la raza, emitiendo la nota necesaria y ayudando a
otros a alcanzar el punto por él logrado. El sendero del servicio y la
colaboración con la voluntad divina se convierten en el propósito de su vida.
No todos los iniciados pueden alcanzar la
altitud lograda por Cristo. Su misión fue única y cósmica. Pero para los
discípulos del mundo es posible la experiencia de cada una de las etapas de iluminación,
según las describe el Evangelio. En consecuencia, al resumir las ideas
concernientes al nuevo nacimiento en el reino, que tantos enfrentan en esta
época, debe tenerse en cuenta que:
"En la
primera gran Iniciación, el Cristo nace en el discípulo. Entonces percibe por
primera vez en sí mismo la afluencia del Amor divino y experimenta el
maravilloso cambio que lo hace sentirse uno con todo lo que vive. Éste es el
'Segundo Nacimiento', del que se regocijan todos los seres celestiales, porque
nace en el Reino de los Cielos', como uno de los 'pequeños', como un 'infante',
nombres que se aplican a los nuevos Iniciados. Tal es el significado de las
palabras de Jesús, que sugieren que un hombre debe convertirse en un niño para
entrar en el Reino." (31)
La misma autora, en otro pasaje de su libro,
dice:
"El 'segundo nacimiento' es otro
término muy conocido para designar la Iniciación; hasta en la India, se los
llama 'dos veces nacidos' a los de las
castas superiores, y la ceremonia que los convierte en dos veces nacidos
es la de la Iniciación ‑que en estos tiempos modernos es mera broza, pero
son 'las figuras de las cosas celestiales’. (32) Cuando Jesús se dirige a
Nicodemo, le dice: 'el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios',
y se habla de este nacimiento como de 'agua y Espíritu'. (33) Ésta es la
primera Iniciación; le sigue la 'del Espíritu Santo y la del fuego', (34) es
decir, el bautismo del iniciado en su madurez, ya que el primero es el del
nacimiento que da la bienvenida 'como a niños' que entran en el reino. (35) Que
era enteramente familiar esta imagen entre los místicos judíos, se aprecia en
la sorpresa que manifiesta Jesús cuando Nicodemo no entiende la fraseología
mística de Su Interlocutor: '¿Eres tú, maestro de Israel y no sabes esto?’.”
(36)
Los
discípulos del mundo de esta época enfrentan estas posibles cumbres de
realización. Así también se halla el fatigado discípulo mundial, la conjunta
humanidad, agotada y aturdida, perpleja,
e intranquila, aunque consciente de las divinas potencialidades y de
los grandes sueños, visiones e ideales, que evocan una esperanza y rechazan una
derrota, y son la garantía del éxito eventual. La voz de todos los Salvadores
del mundo y el ejemplo de Cristo, indican a la humanidad el Camino que debe
seguirse. Esto nos aparta de lo superficial y material y nos eleva del mundo
irreal al mundo de la realidad. "El hombre está harto de una vida separada
de su centro religioso y comenzará la búsqueda de un nuevo equilibrio
religioso, de una profundización espiritual; ninguna actividad puede llevarla a
cabo meramente en la superficie, llevando una vida puramente externa”. (37) Lo
profundo llama a lo profundo y de las tinieblas de esas honduras, por el dolor
y el sufrimiento, surgirá el Cristo‑Niño, y la humanidad en conjunto
estará preparada para la gran transición hacia el reino de Dios. Herman
Keyserling (38) dice lo mismo que el Dr. Berdyaev, señalando, además, que
"la verdadera historia del género humano en realidad recién comienza; el
hombre sólo ha alcanzado el grado de conciencia que le permitirá ser dueño de
su destino". Puede entrar ahora en el reino y comenzar la historia
espiritual. Hasta el presente, la historia ha sido preparatoria. Recién ahora,
por primera vez, la raza está en condiciones de dar el gran paso en el sendero
del discipulado y de la purificación, que precede al sendero de la iniciación.
Los individuos siempre han surgido de la masa y ascendieron al pináculo de la
realización, escalando la montaña de la iniciación. Actualmente, esto resulta
posible para la mayoría. La voz de los que se realizaron, la clarinada de los
que ya se han iniciado en los misterios del reino de Dios, posibilita el
siguiente paso. El momento es único y urgente. El llamado es para el individuo,
pero también, por primera vez en la historia, resuena en los oídos de la
multitud, porque la masa está preparada para responder. El Dr. W. E. Hocking
(39) dice al respecto:
"Las
relaciones entre el hombre y Dios, en el trascurso de la historia religiosa,
se hicieron más profundamente personales y apasionadas, con una profundización
del sentido del mal y angustia espiritual. El alma encuentra por fin su
compañero divino. Pero mientras la religión penetra en estratos más profundos y
fértiles del conocimiento de Dios, se evidencia que el desarrollo de la
religión cae progresivamente sobre los hombros de los individuos que, por su
experiencia de Dios y su conocimiento, se convierten en autoridad para los
demás. Vemos que la religión se universaliza y, al mismo tiempo, se hace
peculiarmente personal."
Tal es la situación actual. Las voces de los
individuos que penetraron en el reino, llaman a la multitud en términos
claros, y esto es seguro, aunque a algunos la iniciación de la humanidad les parezca
un proceso lento. Las antiguas verdades enunciadas por los Instructores y
Salvadores mundiales están en proceso de ser interpretadas para satisfacer las
antiguas necesidades en nuevos términos y en forma más vital. Los Conductores
que moldean los espíritus de los hombres mantienen los portales abiertos de par
en par, y el género humano se verá obligado a atravesarlos rápidamente si
escucha el llamado, pero inevitablemente lo hará, lo oiga o no.
De esos inspirados Conductores, Voces y
Conocedores de Dios el siguiente párrafo, extraído de un libro ya citado,
resume lo que trato de expresar:
"De
todos los grandes conductores de la humanidad, el tipo supremo del genio, por
aceptación universal y para honra del género humano, ha sido: siempre el
revelador de nuevas formas de esa noble vida abundante, siendo a la vez santo,
sabio y artista, y sobre todo gran amante de la naturaleza y del hombre, un
verdadero representante de la vida en su plenitud y unidad, que visualiza el
magno drama de la vida del hombre en su totalidad y amplitud, movido a
compasión por los sufrimientos y necesidades de sus semejantes, absorbe, para
bien de ellos, con infinita paciencia, la cultura superior de su época y,
después, basando sus descubrimientos supremos en la humilde aceptación de la
experiencia y la investigación arriesgada, inyecta nueva vida a las grandes y
antiguas religiones, fundando sobre ellas una síntesis nueva y más amplia, a
la luz de la cual el arte poético‑cósmico, antiguo y perdurable, del
género humano, se acrecienta, enriquece y purifica. Luego se abre una nueva
era para todos los seres vivientes, humanos o no." (40)
Estas palabras expresan la misión de Cristo en
el pasado y el mensaje que dará en el futuro.
Por lo tanto, nuestro tema surge gradualmente de
nuestra conciencia y vemos que debe ser encarado desde dos ángulos principales.
Ante todo estudiaremos esas cinco iniciaciones de Jesús, desde el ángulo del
aspirante individual, para poner de manifiesto que como hijos de Dios podemos
participar de lo que el Cristo realizó. Una de las cosas más interesantes que
se presenta al estudiar la vida de Cristo, y percibir cómo el Plan divino para
esa vida fue registrándose progresivamente en Su conciencia, es que al
principio apenas pudo percibir lo que debía hacer. Las ideas se fueron
desarrollando a medida que el Cristo crecía. Después de la primera iniciación,
el Nacimiento en Belén, las palabras que dirigió a Su Madre fueron: "¿No
sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?”. (41) Él sabía
que se Le había ordenado trabajar y servir, pero las especificaciones de esa
tarea se aclararon en Su mente recién más adelante. Simplemente reconoció un
Plan, y a ese Plan Se dedicó. Esto es lo que deben hacer quienes siguen Sus
pasos.
Luego tuvo lugar la segunda iniciación, la del
Bautismo. Cristo había llegado a la adultez y esta realización fue seguida
inmediatamente por un definido y consciente rechazo del mal. El reconocimiento
del trabajo a emprenderse debe ser seguido por la purificación del que debe
realizarlo y demostrar esa purificación y liberación del mal. Cristo lo
demostró al triunfar sobre las tres tentaciones. Sólo después de esta evidente
preparación leemos (42) que se dedicó a enseñar.
El reconocimiento y la preparación para
participar en el Plan divino fueron seguidos por la dedicación a ese Plan.
Después de la Trasfiguración, Cristo comprendió totalmente lo que tenía por
delante y Lo definió claramente a Sus discípulos, cuando dijo:
“... que el
Hijo del hombre padezca muchas cosas y sea rechazado por los ancianos, los
principales sacerdotes y por los escribas, y sea muerto y resucite al tercer
día.. . Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, y tome su
cruz cada día, y sígame.” (43)
Más adelante, en el mismo capítulo leemos que
"Él volvió su rostro para ir" al lugar del sufrimiento y del
sacrificio.
Finalmente comprendió que había cumplido lo que
de Él se esperaba. Cumplió el Plan, cumplió los asuntos de Su Padre y las
“muchas cosas" emprendidas. Leemos que aún en la Cruz, el Plan absorbía Su
atención y con Su "consumado es” (44), pasó por los portales de la muerte
a una gozosa resurrección.
La revelación gradual del Plan y el servicio al
mismo, siempre acompañan al proceso iniciático; el individuo aprende a subordinar
su vida a la Voluntad del Padre y a trasformarse (como lo hizo Cristo) en el
servidor de esa Voluntad. El proceso iniciático en sí es sólo una parte del
Plan general para la raza, y los senderos del discipulado y de la iniciación
sólo son las etapas finales en el sendero de la Evolución. Los primeros pasos
en el sendero conciernen a la vida y la experiencia humanas, pero las etapas
finales después del nuevo nacimiento, conciernen al desenvolvimiento del
espíritu.
Lo que atañe al desarrollo del individuo también
atañe a la raza. Todas esas etapas deben ser realizadas en la vida racial. Los
que ven claramente esa visión, pueden percibir evidencias de este Plan en
desenvolvimiento, en el constante surgimiento de las distintas ideas que hoy
predominan en el mundo. Sin entrar en detalles o en extensas explicaciones del
tema, el desarrollo del Plan y de la respuesta racial pueden percibirse con
toda claridad en el desenvolvimiento de la idea de Dios. Primero, Dios fue una
lejana Deidad antropomorfa, desconocida, no amada, vista con temor y recelo y
adorada como una Deidad que se expresaba mediante las fuerzas de la naturaleza.
A medida que trascurría el tiempo, este Dios distante se aproximó un poco más
a Su pueblo, tomando un tinte más humano, hasta que en la dispensación judía,
lo vemos muy parecido a nosotros, pero siendo todavía un Regente ético e
iracundo, al cual se le obedecía y temía. A medida que trascurría el tiempo fue
acercándose más, y antes del advenimiento del cristianismo, los hombres Lo reconocieron
como el bienamado Krishna, de la fe hindú, y como el Buda. Luego llegó el
Cristo para Occidente. Se vio a Dios Mismo encarnado entre los hombres. Lo
lejano se convirtió en cercano, y Él, que había sido reverenciado con temor y
asombro, podía ahora ser conocido y amado. Hoy Dios está aproximándose más aún,
y la nueva era no sólo reconocerá la verdad de las revelaciones pasadas,
atestiguando su validez y progresiva revelación de la divinidad, sino que a
todo se sumará la revelación definitiva de la Presencia de Dios en el corazón
humano, del Cristo que nace en el hombre, y cada ser humano se manifestará
verdaderamente como hijo de Dios.
Si consideramos el desarrollo de la conciencia,
vemos que aparece el mismo Plan divino. Aunque la raza en su infancia estaba
dominada por el instinto, a medida que fue pasando el tiempo el intelecto empezó a manifestarse, y ahora
continúa controlando los asuntos humanos y gubernamentales y las ideas. El
intelecto correctamente empleado y comprendido está evolucionando hacia algo
más sutil y revelador, y podemos progresivamente trazar el crecimiento de esta
nueva fuerza, la intuición, en el inteligente hombre moderno. A su vez, esto
trae iluminación, y así el hombre pasa de una gloria a otra, hasta que el
omnisciente y cósmico hijo de Dios pueda verse expresándose a través de cada
hijo del hombre.
El mismo desenvolvimiento puede observarse
también racialmente en la transición efectuada en las diversas etapas que van
desde el salvaje aislado hasta la familia y la tribu, luego desde la
unificación de las tribus en naciones regidas por un solo gobierno, hasta que
hoy vivimos en un mundo que comienza a responder a algo más grande que la
nación ‑la humanidad misma‑ y a concebir su expresión por el
desarrollo de una conciencia internacional. Por cualquier línea desde donde
tracemos el desarrollo del Plan, venimos de un pasado distante, oscuro e
ignorante, y vamos a la actual etapa donde surgen valores más reales. Empezamos
a columbrar lo que es ese Plan y hacia dónde vamos. Entramos constantemente en
un mundo de realidades espirituales, porque "hay un camino que se inicia
en cada conjunto natural de hechos y va hacia cada realidad espiritual en el
universo, y la naturaleza esencial de la mente obliga siempre en cierta medida,
a recorrer este camino...” (45).
En este
"fin de la era" el hombre enfrenta el portal de la oportunidad y,
como está en proceso de descubrir su propia divinidad, penetrará en el ámbito
de los valores reales y llegará a un mejor conocimiento de Dios. El misterio
del nuevo nacimiento lo enfrenta y debe pasar por esa experiencia. Las
siguientes palabras son iluminadoras:
"El
misterio de la Encarnación no es de propiedad exclusiva de la Iglesia
cristiana. Cada generación tiene su revelación encarnada. Pero aunque la
manifestación de lo divino se actualiza en el hombre cuando encarna en los
videntes, profetas y santos, la constante tarea de los pensadores ha sido
definir y expresar en palabras la naturaleza del mundo espiritual. Con el
término Dios o dioses, se ha descrito el contenido espiritual del Universo
como un ser místico... , así Dios ha llegado a ser nuestro Padre en los Cielos,
considerándolo como el poseedor de todas las bondades. La cualidad que se Le ha
atribuido mayormente ha sido la de Su Amor... Por lo general se sostiene que
Dios responde a los acercamientos humanos y colabora activamente con el hombre
en su esfuerzo por ascender. La evidente encarnación de un elemento divino en
el hombre, ha llevado, por un proceso a la inversa, al concepto de un Ser
divino detrás del universo visible, y poseedor de todas las perfecciones”. (46)
La divinidad del hombre debe nacer tanto en el
individuo como en la raza, así el reino de Dios vendrá a la existencia en la
tierra. El Dr. Berdyaev (47) expresa lo mismo cuando dice que no son posibles
"una sociedad y cultura perfectas sin esta verdadera vida espiritual, es
decir, sin un renacimiento religioso. No debemos contentarnos con simbolizarla
o simularla, sino aceptarla en su legítima forma."
3
Estas cinco iniciaciones tienen ciertos puntos
básicos en común y semejanzas que en sí son de real significación. Existen
factores afines a todas ellas. El Camino que conduce al reino es universal y el
hombre es el símbolo y la realidad. El hombre observa todos los mitos y
símbolos del mundo; lee y conoce la historia de los Salvadores del mundo, y al
mismo tiempo debe volver a actualizar la misma historia y convertir el mito en
una realidad en su propia experiencia personal; debe conocer a Cristo y también
seguirlo, etapa tras etapa, a través de las grandes experiencias del proceso
iniciático.
Toda iniciación está precedida de un viaje; cada
etapa y acontecimiento dramático ocurre al finalizar un período de viaje. Es
evidente este simbolismo. "Hollar el sendero" es el modo familiar de
describir el acercamiento de un ser humano a los misterios. Es interesante
observar que todo el mundo está en actividad. Emprenden viajes y
peregrinaciones, proceso simbólico de una condición interna de búsqueda y
acercamiento a una meta preordenada. Los viajes por tren, barco, avión, son
comunes. Grandes grupos emigran de un lugar a otro, según las posibles
condiciones económicas y el dictado del destino. Viajamos de aquí para allá.
Caminamos, ampliamos nuestros horizontes. Nos preparamos también para
expansiones de conciencia que nos permitirán vivir en dos reinos a la vez ‑la
vida que debe vivirse en la tierra y la que podemos vivir en el reino de Dios.
La humanidad está en la primera etapa de su viaje al místico Belén, donde debe
nacer el Cristo‑Niño, y la primera iniciación es, en estos momentos, un
acontecimiento inminente para muchos.
"Ante cada hombre se abre
un camino, y caminos y un CAMlNO.
Y el alma superior asciende por el Camino
superior
y el alma inferior va a tientas por el inferior;
y entre las brumosas planicies,
los demás van a la deriva, de aquí para allá.
Pero ante cada hombre se abre
un Camino superior y otro inferior,
y cada hombre decide
el Camino que debe seguir su alma." (48)
La
enunciación de una Palabra de Poder señala una iniciación. El iniciado la oye,
aunque el resto del mundo no pueda oírla. Cuando Cristo pasó por esas crisis,
en cada una de ellas resonó una Voz, y el sonido emitido "abrió de nuevo
los portales de la vida". Puerta tras puerta se abren ante la demanda del
iniciado, como respuesta del Iniciador que está al otro lado del portal. Veremos
lo que significó cada una de estas Palabras. La palabra siempre surge del
centro. Repetidamente se dice en El Nuevo Testamento: "el que tenga
oídos para oír, oiga”, (49) y un estudio de las palabras dirigidas a las siete
Iglesias en las Revelaciones, arrojará mucha luz sobre el factor de la
Palabra.
Grandes Palabras raciales fueron emitidas,
produciendo los cambios requeridos y significando para los sensitivos un poder
de verdadero valor espiritual.
La
Palabra o sonido para la antigua Asia en el pasado fue Tao, o el Camino.
Representaba el antiguo Camino que los Iniciados del Lejano Oriente hollaban y
enseñaban. Para nuestra raza, la palabra es Aum, que ha de generado en el Amén
de nuestro vernáculo occidental. Las antiguas escrituras de la India
consideran a esta Palabra como indicando peculiarmente la divinidad, el espíritu
de vida, el aliento de Dios. Cuál será la nueva Palabra que "surgirá del
centro”, no lo sabemos, pues no será enunciada hasta que la raza esté
preparada. Pero hay una Palabra común de Poder que será puesta bajo la custodia
de nuestra raza si estamos a la altura de nuestra oportunidad, y por medio del
nuevo nacimiento entraremos en el reino de Dios. Es la Palabra quedará vida al
alma oculta en el hombre y lo energetizará en una actividad espiritual
renovadora. A medida que la raza acreciente su sensibilidad y los aspirantes
del mundo, de todas las religiones, cultiven la facultad (por medio de la
meditación) de oír la Voz que puede acallar a las demás voces, y a medida que
aprenda a registrar ese Sonido que apaga
a todos los demás, podrán, como grupo, reconocer la nueva Palabra que se emitirá.
En cada iniciación de Jesús, como veremos, se
dio un Signo, que se estampó en la conciencia de los no iniciados. Cada vez se
vio un símbolo o forma que indicaba una revelación. Cristo Mismo dice que al
final de los tiempos “la señal del Hijo del Hombre se verá en el Cielo." (50)
Así como el Nacimiento en Belén fue anunciado por un signo, la Estrella,
también el nacimiento hacia el cual se encamina apresuradamente la raza, será
anunciado por un Signo celestial. La súplica que se eleva desde el corazón de
todo verdadero aspirante a la iniciación está bellamente expresada en la
siguiente plegaria:
“Hay una
paz que a toda comprensión trasciende, es la que mora en el corazón de quienes
viven en lo Eterno. Hay un poder que todas las cosas renueva, es el que vive y
se mueve en quienes saben que el Yo es uno. Que esta paz se cierna sobre
nosotros, que ese poder nos eleve, hasta llegar donde el único Iniciador es
invocado, hasta ver el fulgor de Su estrella."
Cuando se vea ese Signo y se oiga la Palabra, el
paso siguiente será registrar la Visión. El iniciado puede ver el Plan y la
parte que debe desempeñar, entonces sabe lo que debe hacer. De esta Visión se
habla como de la "visión de Dios” pero se expresa para el hombre en
términos de la voluntad de Dios y la plenitud de lo que Dios intenta hacer.
Estamos destinados a ser iniciados en los misterios de esa voluntad. La visión
de Dios es la visión del Plan de Dios. Ningún hombre ha visto a Dios. La
revelación de Dios viene por la revelación de Cristo.
“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y
nos basta.
Jesús le respondió: ¿Tanto tiempo hace que estoy
con vosotros y no me has conocido Felipe? El que me ha visto, ha visto al
Padre'." (51)
Cristo reveló en Sí Mismo la voluntad de Dios y
dio a la humanidad una visión del Plan de Dios para el mundo, y este Plan es
la venida del reino. Cristo era Dios y la palabra de Dios surgía de Él. El Dr.
A. N. Whitehead (52) aclara esta idea:
"Él es
completo en el sentido de que su visión determina toda posibilidad de valor.
Tal visión completa, coordina y ajusta cada detalle. De este modo no se agregan
a su conocimiento las relaciones de las normas particulares de valores, ni lo
perturba la comprensión en el mundo actual de lo que ya conceptualmente conoce
en su mundo ideal. Este mundo ideal de armonización conceptual es sencillamente
una descripción del propio Dios. Así, la naturaleza de Dios es el total
conocimiento conceptual del ámbito de las formas ideales. El reino de los
cielos es Dios...
"El
reino de los cielos no es la separación del bien y del mal... Es la superación
del mal por el bien. Esta trasmutación del mal se introduce en el mundo actual
debido a que la inclusión de la naturaleza de Dios incluye la visión ideal de
todo mal actual, tan pleno de novedosas consecuencias como para surgir y
restaurar el bien...
"Todo
acontecimiento, en su aspecto más sutil, introduce a Dios en el mundo. Por su
intermedio otorga un fundamento a su visión ideal como realidad a la cual Dios
proporciona el consiguiente ideal, y como factor que salva al mundo de la
autodestrucción del mal. El poder por el cual Dios sostiene al mundo, es el
poder de Sí mismo como ideal. Él se agrega al fundamento efectivo del cual
surge todo acto creador. El mundo vive por la encarnación de Dios en Sí
Mismo."
El hombre vive por la encarnación de Dios en el
hombre. Pasando por el portal del nuevo nacimiento, el hombre puede redimir la
carne en que esa divinidad está encerrada, entonces puede ayudar a redimir al
mundo. También para la raza existe la crisis, la iniciación y la visión. Se
dice: "donde no hay visión los pueblos perecen". (53) Pero esa visión
no es la de todo el Plan. No es la experiencia terminante ni la consumación
insondable. No estamos aún preparados para ello. Ni el propio Cristo proclamó
la revelación final. Vio y proclamó el paso siguiente que debería dar la raza.
Los acontecimientos inmediatos son presentidos para ser considerados más tarde
inteligentemente; tenemos un momento de previsión, de predicción, de movimiento
y actividad, de dificultad y servicio y del siguiente despliegue de gloria.
Después de la visión, como la que siguió a la
iniciación, viene un renovado cielo de pruebas y dificultades. Las verdades
reveladas y la revelación acordada, deben realizarse en la experiencia de la
vida diaria. Momentos de asimilación y reflexión deben seguir a los de
exaltación y visión. A no ser que se tenga una experiencia práctica de lo que
se sabe, este saber quedará en la cima de la montaña de la revelación. Lo que
se da a continuación aclarará el punto:
"Lo
que un hombre conoce de la cualidad interina de la vida depende principalmente
de tres cosas: primero, de la profundidad y alcance de su propia experiencia
personal; segundo, de hasta dónde posee afinidad imaginativa para penetrar en
la experiencia interna de otros y, tercero, de hasta dónde ha reflexionado
sobre el material que se le ha presentado. De todo lo dicho, la experiencia
personal es el primer requisito, pero eso solo no es bastante, porque para la
“mayoría de las personas” se ha dicho que “son ignorantes a pesar de tener
experiencia". La sabiduría y la percepción interna surgen, no del número
de cosas hechas ni de la severidad de las cosas sentidas, sino de la
profundidad y calidad de la posreflexión sobre ello." (54)
Por último, toda iniciación conduce a servir más
ampliamente. Una forma práctica de vida espiritual debe seguir a los momentos
pasados en la cima de la montaña. El yo y sus realizaciones deben olvidarse al
servir a los demás. No hay escapatoria posible. Todo pináculo logrado es
seguido invariablemente por un ciclo de prueba. Toda nueva revelación captada
y apropiada debe adaptarse a las necesidades de una vida de servicio
consecuente y tenaz, y la iniciación siempre requiere pruebas renovadas y
acrecentado poder para servir.
4
"Y
aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un
pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón." (55)
Con
esas simples palabras comienza la historia trascendental. Una historia de tan
vastos alcances y consecuencias, que recién hoy empezamos a ver los resultados.
Sólo hoy, dos mil años después del acontecimiento, la lección de la vida de
Cristo está produciendo un efecto formativo en la imaginación de los hombres;
sólo hoy, la fundamental lección que Cristo vino a enseñarnos está produciendo
los necesarios cambios en la capacidad de captación del hombre. Recién ahora
nos damos cuenta que la evidencia histórica de Su llegada en la tierra es la
historia misma, y que existe en el mundo la evidencia de dos grandes
corrientes de esfuerzo o actividad ‑la conciencia del hombre,
separatista, común, en desarrollo, y la constante aplicación del mensaje de
Cristo en los hechos actuales, para su modificación y cambio, y determinar,
mucho más allá de lo que podemos concebir, el camino que deberemos seguir.
Cristo llegó en la plenitud del tiempo, justamente cuando la humanidad se
aproximaba a la madurez, mostrándonos en Si Mismo y a través de Su vida, lo que
un hombre fue y podía ser. Phillips Brooks (56) dice:
“ ¡El
misterio del hombre! El que no cree en eso no puede entrar en la gloria plena
de la Encarnación, ni puede creer en Cristo. Allí donde lo misterioso de la
adultez toca lo divino, aparece Cristo... Para quien conoce los límites superiores
de ese misterio en su propia vida, la historia de cómo debería ser capaz de
recibir y contener a la divinidad en sus profundidades, no puede ser increíble
¿o debería decir no puede parecer extraño? Una vez sentido el misterio del
hombre ¿puede ser extraño? Cuando pensamos si es posible que Dios debería
colmar a la humanidad de Sí Mismo y cuando vemos que la humanidad puede estar
colmada de Dios ¿puede concebirse que no Lo haga? ; ¿no habrá encarnación? De
la misma manera cuando parece inevitable y natural, el cristianismo se
convierte en nuestro canon. Sólo entonces brilla en la cima de la montaña,
hacia la que todas las fibras de nuestra vida inferior aspiran. El Hijo de Dios
es también el Hijo del Hombre."
iEl Hijo de Dios es también el Hijo del Hombre!
Este hecho ha sido tal vez olvidado, por el énfasis puesto en Su divinidad. Esa
divinidad está allí y nadie puede tocarla u ocultarla, es radiación y luz
blanca pura. Pero la condición humana está también allí, como garantía para
nuestras oportunidades y potencialidades, respaldando nuestra fe. Mediante el
poder magnético exhalado por las palabras del Apóstol Bienamado, al describir a
Cristo como al Hijo de Dios que habla en forma divina, nos postramos con amor y
adoramos esa divinidad. Pero Su condición humana es subrayada por San Lucas y
San Mateo, así como Su vida de Gran Servidor fue exaltada por San Marcos. Se ha
discutido la divinidad de Cristo. De no haber existido otro Evangelio que el
de San Juan, sólo habríamos conocido Su divinidad. Cristo como hombre, y Lo que
hizo y Lo que fue como tal, no ha sido considerado por este Evangelio. Por
ejemplo, se ha indicado que:
“... en el evangelio, según San Juan, no hay una sola
parábola. ¿Sabía usted esto? Y si lo sabía ¿no le parece extraño? Es lo
menos que puede decirse.
"Pero esas no son las omisiones más asombrosas.
"No se registra el Nacimiento virginal.
"No se registra la Tentación.
"No se registra la Trasfiguración.
"No existe el Sermón de la Montaña." (57)
Cualquier escritor moderno, responsable de una
biografía de Cristo, sería criticado muy severamente (de parte de los teólogos
y ortodoxos) si hubiera omitido puntos tan importantes. Pero, evidentemente,
según la opinión del apóstol, esos puntos no fueron de primordial importancia.
El Espíritu de Cristo era lo más vital y necesario. Los otros tres apóstoles
proporcionaron el ambiente y lo detalles, y aparentemente hicieron mucho para
poner esos detalles de acuerdo a las enseñanzas del pasado, respecto al medio y
vida de los instructores y salvadores del mundo, donde encontramos una curiosa
coincidencia en acontecimientos y hechos.
Se ha
discutido sobre los detalles relacionados con la aparición fenoménica del
Cristo y se ha descuidado el énfasis puesto en tres de las iniciaciones, sobre
Sus palabras y significado. Nos respaldamos en los acontecimientos físicos de
Su vida y nos esforzamos por probar la autenticidad histórica de esos
acontecimientos y, en todo momento, Dios Mismo habla: "Escuchadle".
Otro punto que se olvida frecuentemente es que,
al venir a la tierra y encarnar en forma humana, Dios testimonió Su fe en la
divinidad que existe en el hombre. Tuvo suficiente confianza en los hombres y
en sus reacciones a las condiciones mundanas, por eso ofrecía a Su Hijo para
demostrar esa posibilidad al hombre y salvar así al mundo. En esto expresó Su
creencia, y Su conducta fue dictada por esa creencia. Con toda reverencia
quisiera decir que la divinidad del hombre garantiza una expresión de la
divinidad. Así actuó Dios. Dean Inge, al escribir sobre las obras de
Plotino, dice muy apropiadamente que "la conducta de la vida descansa en
un acto de fe que comienza con un experimento y termina con una
experiencia". Estas palabras se aplican a Dios y al hombre. Dios tiene tal
fe en la espiritualidad innata del hombre ‑¿y qué es la espiritualidad
sino la expresión, en la forma, de la divinidad?‑ que se aventura en un
gran experimento que ha llevado a la experiencia cristiana. ¡Fe en Cristo! ¡Fe
en la humanidad! ¡Fe en la respuesta del hombre al experimento! ¡Fe de que la
visión dada pueda trasmutarse o desarrollarse en experiencia! Ésa fue la fe
que Dios puso en la humanidad. La fe cristiana a pesar del dogma y la doctrina,
a pesar de las distorsiones de los teólogos académicos y de las imposiciones de
algunos clérigos ignorantes, ha unido a Dios y al hombre, fusionados en el
Cristo, presentándose así la verdad de que todo ser humano puede también tener
fe, para aventurarse a experimentar y pasar por la experiencia. Esta verdad
vital, dramática, presentada místicamente, pero siempre viviente, cuando es
captada por la mente y comprendida por el corazón, capacita a todo aspirante a
los Misterios cristianos para pasar por el portal del nuevo Nacimiento, hacia
la luz, y a caminar desde ese momento bajo esa luz, porque "... la senda
de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día
es perfecto". (58) Esta verdad es aún una verdad viviente y enriquece y
colora toda nuestra fe, porque:
"Estos
dogmas se traducen en símbolos y ritos siempre variables y matizados,
controlados por la verdad que debe expresarse y, finalmente, las abstracciones
del intelecto viven en la palabra hecha carne, la Divinidad visible en la
forma dé un hombre que fue visto y tocado. En Cristo y por Cristo se logra todo
lo que de otro modo podría parecer imposible, justamente porque Cristo es
hombre y también es Dios, capaz de hablar en lenguaje humano, que, no obstante,
extrae de las riquezas insondables de la eternidad. Su mensaje de la verdad no
lo detiene el tiempo ni el espacio, sino el conocimiento o la ignorancia
indebidos, los cambios de costumbres o de cultura, el amor a lo visible o a lo
invisible." (59)
En esta
continuidad (base de nuestra fe en el amor de Dios) han habido, como hemos
visto, muchas palabras enviadas desde el Centro. Muchos Hijos de Dios, durante
las edades, han dado a la humanidad una visión progresiva y reveladora de
"las cumbres de la posibilidad", interpretando para la raza el Plan
de Dios, en términos adecuados a cada época y temperamento. La uniformidad de
la historia de sus vidas, la repetida aparición de la Virgen Madre
(frecuentemente una variante del nombre María), la similitud de los detalles
del nacimiento, todo indica la constante y renovada promulgación de una
verdad. Por su dramática cualidad y repetida ocurrencia, Dios graba en los
corazones de los hombres ciertas grandes verdades, vitales para su salvación.
Una de esas
verdades es que el amor de Dios es eterno y Su amor, por su pueblo, ha sido
constante e inalterable. Cuando el tiempo está maduro y la necesidad del pueblo
lo demanda, Él aparece para salvar las almas de los hombres. En la antigua India Krishna proclamó esta
verdad en majestuosas palabras:
"Siempre
que haya un debilitamiento de la ley y un crecimiento de la ilegalidad en todas
partes, entonces Me manifiesto.
"Para
la salvación de los justos y la destrucción de quienes hacen el mal, para el
firme establecimiento de la ley, Yo vuelvo a nacer edad tras edad.
"El
que percibe Mi nacimiento y obra como divino, que en verdad lo es... ése está
Conmigo, oh Arjuna." (60)
Una y otra vez han aparecido instructores,
manifestando la naturaleza divina según lo justifica el desarrollo racial,
enunciando las palabras que determinaron la cultura y la civilización de los
pueblos, y siguieron su camino dejando que la simiente sembrada germine y
rinda fruto. En la plenitud del tiempo llegó Cristo y, si la evolución tiene
algún significado y la raza en conjunto ha desarrollado su conciencia, el
mensaje que dio y la vida que vivió, deben necesariamente sintetizar todo lo
mejor del pasado, y completar, realizar y proclamar, una posible cultura espiritual
futura, que trascenderá grandemente todo lo que el pasado pudo haber dado.
La mayoría de esos grandes Hijos de Dios,
resulta curioso constatarlo, nacieron en una caverna y por lo general de una
madre virgen.
“En lo que
respecta al nacimiento virginal, es significativo que las Epístolas no se
refieran al mismo, las cuales constituyen los primitivos documentos cristianos;
en cambio, San Pablo habla de Jesús como 'que era del linaje de David, según la
carne, (61) es decir, de la estirpe de José, descendiente de David. El
Evangelio más antiguo, el de San Marcos, que data entre los años 70 y 100 d.C.,
no lo menciona; tampoco lo hace el de San Juan que fue escrito antes del año
100 d. C. El Libro de la Revelación, escrito entre los años 69 y 93 d. C., no
se refiere a este tema, pero si el Nacimiento virginal hubiera sido un dogma
importante de la fe, habría figurado sin lugar a dudas en el simbolismo místico
de este trabajo." (62)
A Isis,
con frecuencia, se la representa de pie sobre la luna creciente, con doce
estrellas rodeando su cabeza. En casi todos las iglesias católicas romanas del
continente europeo, pueden observarse cuadros y estatuas de María, "Reina
del Cielo", de pie sobre la Luna creciente y su cabeza circundada por doce
estrellas.
"Es
más que casualidad que tantas vírgenes madres y diosas de la antigüedad llevasen
el mismo nombre. La madre de Baco era Myrra; la madre de Hermes o
Mercurio era Myrra o Maia; la madre del Salvador siamés Sommona Cadom, se
llamaba Maya María, es decir, 'María la Grande'; la madre de Adonis era Myrra;
la madre de Buda era Maya; ahora bien, todos esos nombres: Myrra, Maia o María,
son igual que María, la madre del Salvador cristiano. El mes de mayo estaba
consagrado a esas diosas, así como está dedicado a la Virgen María actualmente.
Ella se llamó Myrra y María, y también María. . . " (63)
En el lenguaje simbólico del esoterismo, la
caverna es el lugar de la iniciación. Esto siempre ha sido así y podría
efectuarse un estudio muy interesante del proceso iniciático y del nuevo nacimiento,
si se recogieran y analizaran las numerosas referencias sobre esos hechos que
ocurrieron en cavernas, citados en antiguos documentos. El establo en que nació
Jesús fue con toda probabilidad una cueva, porque en esos días, muchos
establos eran excavaciones. Esto lo reconoció la iglesia primitiva y se dice
que "es bien sabido que mientras en los Evangelios se establece que Jesús
nació en el establo de una posada, los primeros escritores cristianos, tales
como Justiniano mártir y Orígenes, dicen explícitamente que nació en una
caverna." (64)
Al estudiar esas cinco iniciaciones en el
Evangelio, encontramos que dos de ellas tienen lugar en una caverna, dos en la
cima de una montaña y una en el llano, entre las profundidades y las alturas.
La primera y la última de las iniciaciones (el Nacimiento a la vida y la
Resurrección a la "vida más abundante" (65)) tuvo lugar en una
caverna. La Trasfiguración y la Crucifixión se efectuaron en la cima de una
montaña o colina, mientras que la segunda iniciación, después de la cual
Cristo comenzó su ministerio público, ocurrió en un río, en las llanuras del
Jordán, tal vez simbolizando la misión de Cristo de vivir y trabajar entre los
hombres. La frase masónica, "encontrarse en el llano", tiene ahora
nuevo significado. Después de cada experiencia en la montaña, Cristo bajaba
otra vez al llano de la vida cotidiana y allí manifestaba los efectos o
resultados de ese gran acontecimiento.
Mitra nació en una cueva, como muchos otros.
Cristo nació en una cueva y entró, como lo hicieron todos Sus antecesores, en
la vida de servicio y sacrificio, capacitándose así para la tarea de Salvador
del mundo.
Los Salvadores trajeron luz y revelación al
género humano y fueron sacrificados, en la mayoría de los casos, por el odio de
quienes no comprendieron su mensaje u objetaron sus métodos. Todos ellos
"descendieron a los infiernos y al tercer día resucitaron". Hay
veinte o treinta relatos similares difundidos al correr de los siglos en la
historia de la humanidad, y estos relatos y las misiones descritas son siempre
idénticos.
"La historia de Jesús, como se
verá, tiene muchas cosas análogas con los relatos de anteriores dioses soles y
con el actual recorrido del Sol en los cielos, ¡tantas, que no pueden
atribuirse a la mera casualidad ni aún a las tretas y blasfemias del demonio!
Enumeremos algunas: 1) el nacimiento de una madre virgen; 2) el nacimiento en
un establo ‑‑caverna o cámara subterránea‑; 3) el 25 de
diciembre ‑justamente después del solsticio de invierno‑‑; 4)
la Estrella de Oriente ‑Sirio‑; 5) la llegáda de los Magos ‑los
tres Reyes‑; 6) la amenaza de exterminar a los inocentes y la
consiguiente huida a un país distante ‑según se dice ‑de Krishna y
otros dioses soles. Tenemos además las festividades de la Iglesia, o 7) la
Candelaria, el 2 de febrero, con procesiones de cirios para simbolizar la
creciente luz; 8) Cuaresma, o la llegada de la primavera; 9) la Pascua,
generalmente el 25 de marzo, para celebrar el cruce del Sol por el Ecuador, y
10) simultáneamente, la erupción de luces en el Santo Sepulcro de Jerusalén.
Tenemos 11), la Crucifixión y muerte del Dios‑Cordero, el Viernes Santo,
tres días antes de Pascua; además 12) la crucifixión en un árbol; 13) el
sepulcro vacío; 14) la resurrección gozosa (como en los casos de Osiris, Attis
y otros); 15) los doce discípulos (los signos del zodíaco), y 16) la traición
por uno de los doce. Más adelante tenemos: 17) el Día de San Juan (24 de
junio), dedicado al nacimiento del bienamado discípulo Juan, la analogía del
día de Navidad; tenemos las festividades 18) de la Asunción de la Virgen (15 de
agosto); 19) la Natividad de la Virgen (8 de septiembre), analogía del traslado del dios a través de Virgo;
además la contradicción de Cristo y sus discipulos en la constelación de otoño;
20) la Serpiente y el Escorpión y, finalmente, el cunioso hecho de que la
Iglesia 21) dedica el mismo día del solsticio de invierno
(cuando cualquiera puede dudar lógicamente del renacimiento del Sol) a Santo
Tomás, i que puso en duda la verdad de la Resurrección!" (66)
Cualquier estudiante de las religiones
comparadas puede investigar la veracidad de esas declaraciones y al final
quedará asombrado por la persistencia del amor de Dios y la voluntad de
sacrificio que manifestaron todos esos
Hijos de Dios.
Por consiguiente es prudente y
oportuno recordar que:
"Estos
acontecimientos se reproducen en las vidas de los diversos Dioses Solares, y en
la antigüedad abundaron ejemplos de ello: Isis en Egipto, como María de Belén,
fue nuestra Señora Inmaculada, Estrella del Mar, Reina del Cielo, Madre de Dios.
La vemos en las estampas, de pie sobre la media luna creciente, coronada de
estrellas, sosteniendo en sus brazos a su hijo Horus, con una cruz en el
respaldo del asiento, donde está sentada su madre y él en su regazo. El signo
de Virgo del zodíaco está representado en antiguos dibujos como una mujer
amamantando a un niño, el tipo de todas las futuras Madonnas con sus divinos
Infantes, demostrando el origen del símbolo. Devaki también se representa con
el divino Krishna en brazos, igual que Milita o Istar de Babilonia, también con
la consabida corona de estrellas y con su hijo Tammuz sobre sus rodillas.
Mercurio y Esculapio, Baco y Hércules, Perseo y Dioscuri, Mitra y Zaratustra,
eran todos de origen humano‑divino.” (67)
Resulta
apropiado recordar que la catedral de Notre Dame de París está construida sobre el antiguo
solar de un templo dedicado a Isis, y la Iglesia primitiva con frecuencia se
valía de una seudo ocasión atea para determinar un rito cristiano, o día cristiano
de recordación sagrada. Incluso así fue establecido el 25 de diciembre como el
día de Navidad. La misma autora dice:
"Respecto
a la designación del 25 de diciembre como nacimiento de Jesús, Willamson afirma
que: 'Todos los cristianos saben que el 25 de diciembre se reconoce ahora como
la festividad del nacimiento de Jesús, pero muy pocos se dan cuenta que esto no
ha sido siempre así. Se dice que ha habido ciento treinta y seis fechas
distintas, establecidas por las diferentes sectas cristianas. Lightfoot la fija
el día 15 de septiembre, otros la establecen en febrero o agosto. Epifanio
menciona dos sectas, una que la celebra en junio y otra en julio. El asunto fue
definitivamente decidido por el Papa Julio, en el año 337 d. C., y San
Crisóstomo, en el 390, dice: 'En este día, es decir, el 25 de diciembre,
también en Roma fue fijado últimamente el nacimiento de Cristo, de modo que
cuando los paganos celebraban sus ceremonias (la Brumalia en honor de Baco),
los cristianos realizaban sus ritos sin ser molestados." (68)
La elección
de esta fecha determinada es cósmica en sus implicaciones y estamos seguros
que los sabios de los tiempos primitivos tomaron estas grandes decisiones
premeditadamente. Vuelve Annie Besant a decirnos que:
"La
deidad siempre nace en el solsticio de invierno, después del día más corto del
año, en la medianoche del 24 de diciembre, cuando el signo de Virgo asciende
sobre el horizonte; nace cuando este signo asciende, nace siempre de una
virgen, que permanece virgen después que ha dado a luz a su hijo Sol, como la Virgen
celestial permanece inalterable y sin mácula cuando el sol surge de ella en los
Cielos. Débil, endeble como infante, es él, nace cuando los días son más cortos
y las noches más largas. . . " (69)
Es también
interesante recordar que:
"El Venerable Bede (70) que escribió a principios del siglo VIII,
dice que 'el antiguo pueblo de la nación anglo', con lo que alude a los
ingleses paganos antes de establecerse en
Gran Bretaña en el año 500 d. C., 'comenzaban el año el 25 de diciembre, en el
que ahora celebramos el nacimiento de nuestro Señor' y agrega que la noche del
24 al 25 de diciembre, ‘que es la noche tan sagrada para nosotros ahora, se
llamaba en la lengua de ese pueblo, Modranecht,
es decir, Noche de la Madre, por las ceremonias que ejecutaban en
esa larga vigilia nocturna'. El autor no menciona cuáles eran esas ceremonias,
pero evidentemente estaban relacionadas con el
nacimiento del Dios Sol. En la época en que los ingleses se convirtieron al
cristianismo en los siglos VI y VII, la festividad de la Navidad, el 25 de
diciembre, había sido ya establecida en Roma desde hacía tiempo, como una celebración solemne, pero en
Inglaterra, su identificación con el
alegre 'Yule' pagano (palabra ésta que aparentemente significaba 'holgorio')
le confirió un tono festivo que no lo tenía en la parte meridional. Este tono
ha prevalecido en marcado contraste con la característica que existe entre las razas latinas, donde era
desconocida hasta hace pocos años la
costumbre del Norte de festejar y hacer regalos en Navidad." (71)
En la época del nacimiento de Cristo, Sirio, la Estrella de Oriente,
estaba sobre el meridiano, y Orión, llamado por los astrónomos orientales
"los Tres Reyes", se encontraba en sus proximidades; en
consecuencia, la constelación de Virgo, la Virgen, se elevaba en el Este y la línea de la eclíptica, la del ecuador y la
del horizonte, se unían todas en esa constelación. Es también interesante ver
que la estrella más grande y brillante de la constelación de Virgo, se llama Spica (Espiga); está
representada por la espiga de trigo (signo de fertilidad), que sostiene la
Virgen. Belén significa "casa
del pan", existiendo, por lo tanto, una relación evidente entre los dos términos. Esta constelación está formada por
tres estrellas en forma de copa. Éste es el verdadero Santo Grial, que contiene la sangre de la vida, el
custodio de lo más santo y sagrado, lo que encierra la divinidad. He aquí los
hechos astronómicos. La interpretación del simbolismo atribuido desde muy antiguo, es algo tan viejo como la misma
religión. De dónde salieron esos signos, y cómo surgieron a la vida los
significados y simbolismos asociados a ellos, se pierde en la noche de los
tiempos. Han existido en las mentes y pensamientos de los hombres y en sus
escritos, durante miles de años, y constituyen nuestra herencia conjunta de
hoy. El antiguo zodíaco de Dendera (anterior al cristianismo en varios miles
de años) constituye una amplia prueba de lo antedicho. En el tránsito del sol
en torno del zodíaco, el "Hombre de los Cielos" llega a su debido
tiempo a Piscis, signo en exacta oposición a Virgo, y que es precisamente el
signo de los Salvadores del mundo. Ya hemos visto que la era del cristianismo
es la Era de Piscis; Cristo llegó a Tierra Santa cuando nuestro sol transitaba
hacia ese signo. Por consiguiente, lo que comenzó y tuvo su ser en Virgo (el
nacimiento del Niño‑Cristo), es consumado en Piscis, cuando el Cristo‑Niño,
habiendo llegado a su madurez, se presenta como Salvador del mundo.
Otro hecho
astronómico resulta de interés a este respecto. Estrechamente asociadas con la
constelación de Virgo, que se encuentra en el mismo sector del cielo, hay
otras tres constelaciones, en las cuales está representada simbólicamente la
historia del Niño que nacerá, sufrirá y volverá. Existe un grupo de estrellas
denominado Coma Berenice, la Mujer con el Niño, los Centauros o el Centauro, y
Boötes, nombre que en hebreo significa "el que viene". Ante todo,
tenemos el niño nacido de mujer, y esa mujer es virgen: después está el
centauro que siempre fue el símbolo de la humanidad en las antiguas mitologías,
porque el hombre es un animal más un dios, por lo tanto, un ser humano. Después
el que vendrá, descuella sobre todos ellos, influyéndolos, señalando la
realización que se logrará por el nacimiento y la encarnación humana.
Verdaderamente el libro ilustrado del cielo contiene la eterna verdad para los
que tienen ojos para ver e intuición lo bastante desarrollada para interpretar.
La profecía no está confinada a La Biblia solamente, sino que aparece
ante los ojos de los hombres en la bóveda celeste.
De este
modo, mientras "los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento
anuncia la obra de sus manos" (72) tenemos la profecía del acontecimiento
mundial que tuvo lugar cuando Cristo nació en Belén, "la casa del
pan", y Virgo ascendía sobre el horizonte, mientras brillaba la Estrella
de Oriente.
Entonces
vino Cristo y tomó posesión de Su Propia carne y sangre, porque el mundo de los
hombres lo atraía y el amor del Padre lo
impulsaba. Vino a dar vida a un propósito y a una realización y a indicarnos
el Camino: Vino a darnos un ejemplo para ser energetizados por la esperanza que
"no avergüenza" (73) y “proseguir hasta la meta del premio del
supremo llamamiento". (74) Phillips Brooks (75) el gran predicador,
enuncia esto con toda claridad:
"Cuanto
Cristo venga, encontrará que realmente existe el alma del mundo, que contiene
en sí las facultades más santas, que se mueve y que tenue u oscuramente, a
pesar de todos sus obstáculos, va hacia la verdadera dirección; lo que haga
por el alma del mundo será acelerarla totalmente; emitirá la clarinada de la
real vida en sus oídos; hará sentir la nobleza de las actividades que le
parecían innobles, la esperanza de los impulsos que le parecían desesperanzados
y le ordenaría que fuera como ella misma... Lo indigno se colmará de dignidad,
lo insignificante de significado... Tenuemente percibirían el débil reflejo de
Su Vida, la verdadera Luz del Mundo, la iluminación real y la inspiración de
la humanidad... La verdad es que cada vida superior a la que llega el hombre y
especialmente la superior vida más elevada en Cristo, constituye la verdadera
línea de la humanidad del hombre. Tenemos la aceleración y cumplimiento de lo
que el hombre es, por la misma esencia de Su naturaleza. Cuanto más irradia la
divinidad en el hombre, será más y no menos hombre verdadero." Debe
observarse que el viaje que precede al nacimiento es también parte de la
historia: de la vida de otros instructores enviado por Dios. Por
ejemplo, leemos:
"Entre
los treinta y dos signos que debían ser verificados por la madre del esperado
Mesías (Buda), el quinto establecía 'que ella debería viajar en el
momento del nacimiento de su hijo'. En consecuencia, 'para que se cumpliera
lo dicho por los profetas', la virgen Maya, en el décimo mes, después de su
concepción celestial, realizaba un viaje para reunirse con su padre, cuando he
aquí que el Mesías nace bajo un árbol. Un relato establece que ella se había
apeado ante una posada cuando nació Buda'.
"La
madre de Lao‑Tsé, el sabio chino, nacido de una Virgen, se encontraba
lejos de su hogar cuando nació su hijo. Se había detenido a descansar bajo un
árbol, y allí como la virgen Maya, tuvo a SU hijo”. (76)
En el
Evangelio se dice que la Virgen María, con su esposo José, y el Cristo‑Niño
en sus entrañas, salía de Nazaret, en Galilea, hacia Belén. A veces, el
estudio de los significados de los nombres que aparecen en la Biblia y en la
tradición, arrojan mucha luz sobre el episodio mismo y develan en parte su
significado oculto. En el estudio del relato bíblico, he empleado solamente la Biblia
y la Concordancia de Cruden, de donde extraje la interpretación de los
nombres. Allí encontramos que "Nazareth" significa "lo que se
consagra" o se aparta. "Galilea" significa "el girar de la
rueda" ‑la rueda de la vida y de la muerte que gira constantemente,
arrastrándonos a todos en su giro y manteniéndonos así en la "rueda de la existencia” como
la llaman los budistas, hasta haber aprendido las lecciones de la vida y
convertirnos en “instrumento para honrar, santificar y ser útiles al Señor”.
(77)
El Cristo dejó atrás la larga jornada de la
existencia y Él, con Su Madre, recorre la última parte del camino. Consagrado
desde eones a este trabajo de salvación mundial, debe someterse, ante todo, a
los procesos comunes del nacimiento y la infancia. Cristo salió de Nazaret, el
lugar de la consagración, y fue a Belén, la Casa del Pan, donde en forma
singular Él Mismo se tuvo que convertir en el "Pan de Vida" (78) para
un mundo hambriento. Fue apartado o se apartó (como todos los hijos de Dios
que despiertan), para el trabajo de redención. Vino a dar de comer al
hambriento y a este respecto tenemos dos versículos en La Biblia que
arrojan luz sobre Su tarea y la correspondiente preparación. En efecto,
"El grano se trilla" (79) y el propio Cristo nos dice "si el
grano de trigo no cae en la tierra y muere, solo queda; pero si muere lleva
mucho fruto".(80) Éste es el destino que Le esperaba cuando nació en
Belén. Entonces empezó la carrera, que con el tiempo había de
"trillarlo", llevándolo después hasta Su muerte.
Según la concordancia, el nombre
"María" significa "la excelsa del Señor". Al decir estas
palabras, viene a la mente el famoso cuadro de Murillo que representa a la
Virgen de pie sobre la Luna en creciente y envuelta en nubes celestiales. Tal
es la asunción de la Virgen a la gloria. Hay otro punto interesante en relación
con la constelación de Virgo, que podríamos mencionar. María, la Virgen, en el
simbolismo de la antigua sabiduría, representa la materia virgen, la sustancia
que nutre, alimenta y oculta dentro de sí al Cristo Niño, la conciencia
crística. En último análisis, mediante la forma y la materia, Dios queda
revelado. Ésa es la historia de la divina encarnación. La materia, influida por
el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, da nacimiento al segundo
aspecto, en la persona del Cristo cósmico, mítico e individual.
Asociadas al libro de imágenes de los cielos,
hay tres constelaciones, además de la de Virgo, simbolizadas por mujeres. Tenemos
a Casiopeya, la Mujer Entronizada. Esta constelación es el símbolo de la etapa
de la vida humana en la cual predomina y
triunfa la materia y la forma, donde la vida divina interna está tan
profundamente oculta que no hay signo de ella, controlando y rigiendo solamente
la naturaleza material. Luego viene una etapa posterior en la historia de la
raza y del individuo, donde encontramos a Berenice que surge simbólicamente,
es decir, la Mujer que lleva al Cristo‑Niño. En esta etapa la materia
empieza a revelar su verdadera función, que es dar a luz al Cristo en cada
forma. Cuando el giro de la gran rueda de la vida haya desempeñado su parte,
entonces María puede salir de Nazaret, en Galilea, y dirigirse a Belén, para
dar a luz al Salvador. Por último tenemos a Andrómeda, la Mujer encadenada, o
la materia supeditada al alma. Así rige el Alma o el Cristo. Tenemos, primero,
la materia dominante, entronizada y triunfante. Segundo, la materia como
custodio de la divinidad, de la belleza y la realidad ocultas, preparada para
traerlas a la existencia. Tercero, la materia como servidora de lo que ha
nacido, el Cristo. Sin embargo, nada de esto se efectúa si no se emprende el
viaje desde Nazaret, el lugar de la consagración, y desde Galilea, el lugar de
la rutina cotidiana de la vida, y todo esto es cierto, ya se trate del Cristo
cósmico oculto por la forma de un sistema solar, o del Cristo mítico oculto en
la humanidad en el trascurso de las edades, o del Cristo histórico oculto
dentro de la forma de Jesús, o el Cristo individual oculto en el hombre común.
La rutina es siempre la misma: el viaje, el nuevo nacimiento, la experiencia de
la vida, el servicio que debe prestarse, la muerte que debe sufrirse y, después,
la resurrección para un servicio más amplio.
El nombre "José" significa "el
que agrega"; José era un constructor, un carpintero, un obrero de la
construcción, el que asienta una piedra sobre otra, una viga sobre otra. Es el
símbolo del aspecto constructivo‑creador de Dios Padre. En esas tres
personas, José, el niño Jesús y María, tenemos simbolizada la divina Triplicidad,
y representados Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, o materia, animada
por la Deidad y, por lo tanto, ejemplificada en la Virgen María.
En la actualidad las muchedumbres viajan. La
enseñanza del Sendero y del Camino a Dios, absorben hoy la atención de los aspirantes
en el mundo. Estamos en el sendero de retorno a Belén, un Belén individual y
racial. Estamos a punto de penetrar en la caverna donde tendrá lugar el nuevo
nacimiento, y la etapa del largo viaje de la vida está casi completa. Este
simbolismo es quizá más real de lo que creemos. El actual problema mundial lo
constituye el pan, y nuestras inquietudes, perplejidades, guerras y luchas, se
basan en el problema económico de cómo alimentar a los pueblos. Todo el mundo se ocupa ahora de
la idea de Belén, del pan. En esta sutil implicancia hay una segura garantía de
que así como anteriormente Cristo llegó a la Casa del Pan, así cumplirá Su
palabra nuevamente, Se realizará a Sí mismo y retornará. La caverna, lugar de
la oscuridad y del malestar, fue para María un lugar de dolor y de agotamiento.
Esta historia de la caverna o establo del Nuevo Testamento, quizá sea más
simbólica que ninguna otra en la Biblia. El viaje largo y penoso
terminó en una oscura caverna. El largo y agotador viaje de la humanidad nos ha
llevado hoy a un lugar muy difícil y desagradable. La vida del discípulo individual,
antes de recibir la iniciación y pasar por la experiencia del nuevo nacimiento,
es siempre de enormes dificultades y penurias. Pero en las tinieblas y en las
dificultades se descubre al Cristo; allí puede, florecer la vida crística, y
podemos presentarnos ante Él, como el Iniciador. George Macdonald, el poeta
ciego, sentía esto cuando escribió los hermosos versos que a tantos dieron
consuelo:
"Desafía a la tiniebla, sea cual fuere,
densa oscuridad de dolor, o extraño misterio
de oración o providencia. Inténtalo
perseverante,
y hallarás del amor el velado sacramento.
Una secreta revelación, dulzura, luz,
aguardan al acecho del luchador nocturno.
En la densa oscuridad de su mismo corazón
Cristo reúne las almas trasfiguradas."
En la caverna de la iniciación están
simbolizados, con claridad meridiana, los cuatro reinos de la naturaleza. En la
estructura rocosa de la caverna, aparece el reino mineral. El forraje y el
heno, que sin duda están allí, simbolizan el reino vegetal. El buey y el asno
representan la naturaleza animal, pero también mucho más que eso. El buey
representa la forma de adoración que debía cesar en la tierra en la época que
vino Cristo. Había aún muchos que adoraban al toro, culto que prevaleció en la
época en que nuestro sol pasaba por la era de Tauro, el Toro conservado en ese
entonces en los misterios de Mitra y de Egipto. El signo que precedió
inmediatamente a la era cristiana fue Aries, el Carnero o Cordero, simbolizado
en los rebaños de ovejas que rodeaban a Belén.
Es también interesante recordar que el asno es
un animal íntimamente vinculado con la historia de María y su Hijo. Dos asnos
se mencionan en el Evangelio, uno que viene del norte llevando a María a Belén
y otro la lleva a Egipto. Son los símbolos de dos constelaciones llamadas
respectivamente Asno Septentrional y Asno Meridional, que se encuentran en las
inmediaciones de la constelación de Virgo.
Encontramos al reino humano en las figuras de
María y José, el ente humano más la dualidad, tan esenciales para la existencia
misma. En el recién nacido, se expresa la propia divinidad. Así, en esa pequeña
caverna, está representado el cosmos.
Cuando Cristo nació en Belén, resonó una triple
palabra: "Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad
entre los hombres". (81) Un triple enunciado nos fue dado entonces.
Fue cantado por los ángeles en la noche, para los
pastores que cuidaban sus rebaños en los prados que rodeaban la caverna-establo
donde se encontraba el Niño. Un hecho trascendental había ocurrido en el
cosmos y las huestes celestiales lo honraban.
La cuestión de la excepcionalidad de la Tierra
frecuentemente ha preocupado a las personas reflexivas. ¿Puede un átomo infinitesimal
en el espacio, tal como lo es nuestro planeta, ser de tanto interés para Dios
que permitió este gran experimento? ¿El misterio del hombre y el significado
de nuestro propósito es de tanta importancia, que no tenga paralelo en ninguna
otra parte?
¿Puede realmente ocurrir algo en esta "mota
de polvo", de significación tan vital, como para que los ángeles canten
"Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad entre los
hombres" Quisiéramos que así fuera. Tememos el momento en que aparezca
nuestra futileza al contemplar las estrellas en el firmamento, sabiendo que
existen miles de millones de constelaciones y cientos de millones de
universos. Somos una motita en la gran inmensidad. Sin embargo, Beverley
Nichols, (82) en uno de sus libros, tan sugestivo y necesario, señala que:
"Más
adelante hallarán cuatro afirmaciones, anunciadas por los cuatro hombres de
ciencia más modernos y eminentes, que en pocas palabras eliminan el terror del
universo y el espectro de la inmensidad y vuelven a restablecer a la
aparentemente insignificante Tierra, en una posición de suma importancia. Estas
declaraciones se han hecho con toda claridad, sin ningún intento de
disfrazarlas. Sin embargo, con una sola excepción, nadie pareció darse cuenta
de ellas. La excepción la constituye un excelente y pequeño libro donde se mencionan
todas estas opiniones en conjunto, pero ni aún así, parece haberse captado la
enorme importancia mundial que tienen. Decir importancia enorme no es
exagerado. Constituyen un resumen literal de la esencia de las conclusiones a
que llegaron esos hombres, que para no perder más tiempo son:
'Que esta
tierra, esta mota de polvo, ha sido elegida entre el infinito número de
millones de otros astros, para un único y determinado propósito.'
'Citaremos
lo que nuestras autoridades han dicho sobre esta declaración.
“Ambrose Fleming: 'Hay razones poderosas para
creer que un sistema planetario como el nuestro es muy raro, sino único, en
el universo, y la naturaleza y las condiciones de nuestra Tierra son únicas en
esa excepcionalidad.. !'
"Sir
Arthur Eddington: Ni una de la vasta profusión de estrellas en sus
miríadas de agrupaciones, observa escenas similares a las que se desarrollan
bajo los rayos de nuestro sol.'
"Este
pequeño grano de arena, que es la Tierra, a la cual tendemos a considerar con
desprecio, empieza a asumir un particular brillo propio, ¿no es así? Puede no
ser muy grande, pero si nos atenemos a los hombres que saben, parece haber algo
distinto en ella. Aun cuando fuese un guijarro, sería un guijarro de
bastante valor y se justificaría que coleccionáramos muestras de él.
"Pero
el asunto es que no podemos coleccionar muestras, porque sólo es el único
guijarro. Es imposible creerlo, sin embargo, tenemos a Sir Arthur Thomson, que
debe saber algo de estas cuestiones y confiesa:
"Arthur
Thomson: 'Hay algo aterrador en la aparente excepcionalidad de nuestra
Tierra.’
"¡Unica!
Ahí tenemos nuevamente la misma palabra."
Quizá somos más importantes de lo que creemos.
Quizá lo que sucede en el reino de nuestra conciencia realmente tiene importancia
en el esquema cósmico. Sabemos que no tiene mucha importancia lo que le sucede
al cuerpo, pero sí lo que sucede en y a través de ese cuerpo. Quizá lo que
ocurre en el cuerpo y por medio de lo que llamamos planeta, habitado también
por Dios, es de vital importancia para los planes de Dios Mismo. Esto
daría sentido a la vida. Sólo cuando hemos captado y apreciado su significado
podemos comprender la significación de la Palabra emitida. Parafrasearemos el
mensaje de los ángeles, el cual fue emitido por un grupo de seres y dado a
otro. Por lo tanto es un mensaje mundial que aún espera respuesta. Cuando
la conciencia crística se haya despertado en todos los hombres, entonces
tendremos paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres. Cuando esto
ocurra, entonces podrá Dios ser glorificado. La expresión de nuestra
divinidad pondrá fin al odio reinante en la tierra y derribará los muros que
separan a un hombre de otro, a un grupo de otro, a una nación de otra y a una
religión de otra. Donde hay buena voluntad debe haber paz, actividad organizada
y el reconocimiento del Plan de Dios, porque ese Plan es síntesis, ese Plan es
fusión, unidad y unificación. Entonces Cristo será el todo en todos y Dios
Padre será glorificado. Esto se efectuará por la viviente unión con Dios por
medio del Cristo el Cristo histórico, que reveló a Dios y mediante el Cristo
individual, oculto en cada corazón humano, debe ser traído a la existencia.
Ninguna de las Epístolas de El Nuevo Testamento establece esto tan
claramente como la Epístola a los Efesios, porque en ella se establece
la posibilidad en términos que no admiten excusa para una mala interpretación,
y dice:
', ... compenetrado por la idea de una unión
viviente con Cristo, morando en Él. Está expresada en muchas metáforas. Estamos
arraigados en Él, como lo está el árbol al suelo, para mantenerse firme y dar
fruto. Estamos construidos en Él, como los fuertes cimientos del Templo están
asentados en la roca viva. Vivimos en Él, como los miembros en el cuerpo. . .
La morada es recíproca. Él está en nosotros y nosotros en Él. Él está en
nosotros como fuente de nuestro ser; nosotros estamos en Él llenos de Su
plenitud. Él está en nosotros, todo comunicativo; nosotros estamos en Él, todos
receptivos. Él es en nosotros como la luz del sol, así como la cámara sin luz
estaría a oscuras. Nosotros estamos en Él como leño verde que ha sido arrojado
en la flamígera hoguera, resplandeciendo con rojizo y trasformante calor, Él
está en nosotros como la savia que circula en el árbol, nosotros en Él como las
ramas." (83)
Es necesario comprender ahora esto. Cristo en
Dios, Dios en Cristo. Cristo en nosotros. Esto es lo que traerá a la existencia
esa religión que será la del amor, de la paz en la tierra, de la buena voluntad
universal, de la comprensión divina y del profundo reconocimiento de Dios.
Entonces Su impronta y Su vida podrán verse en todas partes, en todos los seres
y en todas las cosas. La "signatura divina" (como lo llama Boehme)
se reconocerá en todas partes. La vida de Dios está hoy agitando las mentes de
los hombres y obligándolos a ir hacia la cámara del nacimiento. De allí pasarán
a un nuevo mundo, donde ideales más elevados y contactos más profundos, unidos
a una comprensión más amplia, caracterizarán a la humanidad. Un escritor
católico muy conocido, de gran sabiduría, habla de esta religión universal,
que debe surgir cuando el mensaje de Cristo sea captado en toda su belleza:
"Aunque
el movimiento de la vida humana es un continuo vaivén de olas que suben y
bajan, el cristiano está seguro de que 'el Espíritu de Dios se mueve sobre la
faz de las aguas'. Y que los abismos más profundos y oscuros están iluminados
por un rayo de luz que atraviesa todos los obstáculos.
"¿Podremos
también acariciar la esperanza de que el movimiento aludido llegará finalmente
al océano de una sola religión universal, que comprenda a toda la humanidad? El
cristianismo ya está en el mundo, y sabe que es esa religión que todo lo
abarca. De vez en cuando algún arroyo y en ocasiones hasta algún río, fluyen
del cristianismo. Pero no pierden su existencia, porque continúan fluyendo, en
otros términos, mantienen su identidad. Y debido a que el cristianismo recibe
nuevos tributarios, pierde por otra parte lo que interiormente nunca le perteneció.
Los límites de su futuro crecimiento no pueden ser determinados por nosotros.
El curso futuro de la historia de la religión permanece oculto, porque no ha
sido revelado.
"Lo
único que sabemos es que el océano y los ríos están
relacionados mutuamente. Corno dice La Biblia: 'En todo tiempo y de
diversas maneras Dios ha hablado a nuestros Padres' y 'nunca ha quedado sin
testigos'. Un vínculo espiritual une toda manifestación religiosa en la
humanidad. A primera vista, la historia de la religión manifiesta una
gran diversidad. Pero si la contemplamos más detenidamente, la vida
religiosa es una unidad esencial, una sola aspiración de deseo y amor a Dios,
despertado por el propio Espíritu Divino. 'No sólo desde el punto de
vista intelectual sino desde el religioso, todo el género humano constituye
una sola unidad, porque posee un acopio común de verdad religiosa fundamental. (J.
W. Huer)"' (84)
Cuando Cristo vino, quienes tenían visión y
estaban preparados dijeron: "Su estrella hemos visto en el Oriente y venimos
a adorarle". (85) Ese signo se dio a los pocos que estaban preparados y
que hicieron el necesario viaje a Belén. Pero otro signo, visto por muchos, fue
dado por el ángel del Señor a los pastores que vigilaban el campo esa noche.
"Esto os servirá de señal; hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado
en un pesebre". (86) Esta señal se dio a los dos o tres que vigilaban,
dispuestos a consagrar todo lo que poseían, y que percibieron el destello de la
estrella de la iniciación y se apresuraron a encaminarse a la cámara
iniciática. La mayoría que estaba interesada y atenta, necesitaba una señal más
concreta y fácil de ser interpretada, por eso se les dijo que fueran a ver al
infante y a su madre. Su actitud se expresa en las palabras: 'Pasemos, pues,
hasta Belén y veamos esto que ha sucedido". (87) Pero los tres que
comprendieron, fueron a adorar y a dar.
Cuando vieron brillar la estrella, los tres
Reyes emprendieron el viaje, y cargados de regalos llegaron a Belén. Son los
símbolos de esos discípulos en el mundo que están hoy dispuestos a prepararse
para recibir la primera iniciación; trasmutar su conocimiento en sabiduría y
ofrecer todo lo que poseen al Cristo interno.
Los
regalos que llevaban constituyen el tipo específico de disciplina que debe seguirse
a fin de entregar al Cristo, en el momento del nuevo nacimiento, dones que
simbolizarán lo realizado. Los tres Reyes ofrecieron al infante Jesús tres
regalos ‑‑oro, incienso y mirra. Analicemos por un momento la
importancia específica que éstos tienen para el futuro iniciado individual. Los
esoteristas dicen que el hombre es de naturaleza triple y esta verdad está
apoyada por los sicólogos con sus investigaciones y experimentos. El hombre es
un cuerpo físico viviente, una suma total de reacciones emocionales y también
ese algo misterioso que llamamos mente. Las tres partes del hombre: física,
emocional y mental, tienen que ofrecerse en sacrificio y adoración, como dádiva
voluntaria al “Cristo interno", antes que el Cristo pueda expresarse por
medio del discípulo y del iniciado, como Él anhela hacerlo. El oro es un
símbolo de la naturaleza material que debe ser consagrado al servicio de Dios y
del hombre. El incienso simboliza la naturaleza emocional, con sus
aspiraciones, deseos y anhelos, y esta aspiración debe elevarse, como el
incienso, hasta los pies de Dios. El incienso es también símbolo de
purificación, ese fuego que consume toda la escoria y deja la esencia para que
Dios la bendiga. La mirra o la amargura, se relaciona con la mente. Por medio
de la mente sufrimos como seres humanos, y cuanto más progresa la raza y se
desarrolla la mente, tanto mayor es nuestra capacidad de sufrimiento. Pero
cuando el sufrimiento se ve en su verdadera luz y se lo dedica a la divinidad,
puede empleárselo como instrumento de mayor acercamiento a Dios. Entonces
podemos ofrecer a Dios ese raro y maravilloso don de una mente que ha alcanzado
la sabiduría por el dolor, y de un Corazón que se ha hecho bondadoso por la
zozobra y las dificultades superadas.
A medida
que estudiamos el significado de esas tres ofrendas presentadas al niño Jesús
por los antiguos discípulos, y al observar su significado en lo que respecta a
nuestra situación individual, resulta igualmente evidente que la humanidad,
como raza, está hoy ante el niño Jesús en la Casa del Pan, al final de un largo viaje, y puede ofrecer, si lo desea,
los dones de la vida material, los de la purificación, por medio de los fuegos
de la adversidad y el sufrimiento a que estuvo sometida. La humanidad puede viajar
desde Galilea vía Nazaret. El oro, objeto que hoy parece ser la sangre vital de
los pueblos, debe consagrarse a Cristo. El incienso, los sueños, las visiones y
aspiraciones de la multitud, tan reales y profundos que todas las naciones
luchan por expresarlos, deben también dedicarse y ofrecerse al Cristo para ser
Él el todo en todos. El dolor y sufrimiento y la agonía de la humanidad, nunca
tan agudas como ahora, debe ofrendarse a los pies del Cristo. Hemos aprendido
mucho. Que el significado de todo esto penetre en nuestros corazones y en
nuestras mentes y que la razón del dolor nos impulse a ofrecerla como nuestra
máxima dádiva a Cristo. El dolor siempre acompaña al nacimiento. En el aposento
donde se produce un nacimiento hay sufrimiento. Su comprensión despierta en las
mentes de quienes meditan sobre el sufrimiento y la agonía del mundo, un
optimismo profundo y constructivo. ¿No podría indicar que los dolores de parto
preceden a la revelación de ‑Cristo? Cuando lo comprendamos, diremos como
San Pablo:
“Por su
bien he sufrido la pérdida de todo, que estimo como mero estiércol, a fin de
ganar a Cristo, encontrarme en Él, por no poseer justicia propia, derivada de
la Ley, sino de lo que surge por la fe en Cristo ‑la Justicia proveniente
de Dios por la fe... No digo que ya he obtenido este conocimiento o logrado la
percepción. Pero sigo adelante, esforzándome por ganar aquello por lo cual yo
también fui ganado por Cristo Jesús... Pero esta cosa hago ‑olvidé todo
el pasado y sigo adelante con mis ojos fijos en la meta, me esfuerzo por ganar
el premio celestial en Cristo Jesús. Por lo tanto, todos los creyentes adultos
deben apreciar estos pensamientos, y si de alguna manera piensan diferente,
también Dios se los aclarará. Pero cualquiera sea la etapa alcanzada,
perseveremos en nuestro trayecto." (88)
5
El relato
de la infancia de Cristo como se da en el Evangelio, se explica en muy pocas
palabras. Solamente se relata un episodio, donde Jesús, habiendo cumplido los
doce años, fue llevado por Su Madre al Templo del Señor, y allí, por primera
vez, dio muestras de Su vocación, evidenciando así el conocimiento de que se Le
había preordenado una misión. Anteriormente a este episodio, Sus padres habían
cumplido todos los requisitos del ritual judío y también habían realizado el
viaje a Egipto. Nada se dice de lo que hizo allí. Todo lo que sabemos está
encerrado en las palabras:
“...
volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se fortalecía
en espíritu, se colmaba de sabiduría y la gracia de Dios era sobre
Él." (89)
Los estudiantes harían bien en recordar
que el número doce es considerado por los esoteristas de todos los
credos, como el número de lo completo, expresado una y otra vez en las
distintas escrituras del mundo. Los comentarios que siguen son interesantes en
este sentido, pues indican la significación de esta cifra y su relación con la
iniciación:
"Alcanzar
la edad de doce años significa un período completo de evolución, donde se
recibe la iniciación del alma crística, teniendo lugar en la mente interna (el
templo) y corresponde al despertar de los aspectos de la lógica y la intuición
del alma. Éste es el principio Padre‑Madre, indicado por la presencia de
los progenitores." (90)
Y también
"Este
número (el de los doce discípulos) está ejemplificado por muchas cosas en El
Antiguo Testamento, como ser: los 12 hijos de Jacob, los 12 príncipes de
los Hijos de Israel, los 12 manantiales de Helim, las 12 piedras en el
pectoral de Aarón, los 12 panecillos de la proposición, los 12 espías enviados
por Moisés, las 12 piedras del altar, las 12 piedras extraídas del río Jordán,
los 12 bueyes que sostienen el mar de bronce. En El Nuevo Testamento tenemos
las 12 estrellas de la corona de la novia, los 12 cimientos de Jerusalén que
vio Juan, y sus 12 puertas." (91)
Todas esas recurrencias del número 12
probablemente tienen su origen en los doce signos del zodíaco, esa franja
imaginaria de los cielos por la cual, aparentemente, transita el Sol en su
viaje durante un año, y su cielo mayor de aproximadamente 25.000 años.
Habiendo completado el trabajo preparatorio,
Cristo, en Su duodécimo año, realizó nuevamente otra experiencia intuitiva,
yendo desde Nazaret (lugar de consagración) al Templo, donde la intuición Lo
llevó a un nuevo conocimiento de Su trabajo. Nada indica que Él conociera
detalladamente en qué consistía esa misión; no dio explicación alguna a Su
Madre. Comenzó a hacer el trabajo que constituía Su deber inmediato y enseñó a
quienes se encontraban en el Templo, asombrando con Su comprensión y Sus
respuestas. Su madre, asombrada y apenada a la vez, le llamó la atención
respecto a ella y a Su padre, pero sólo recibió la serena respuesta dicha con
convicción, que cambió totalmente la vida de ella: "¿No sabíais que en los
asuntos de mi Padre debo estar?. (92) Esos asuntos, a medida que se
desarrollaron en Su conciencia en el trascurso de los años, se ampliaron y
extendieron en omniabarcante amor, que la iglesia ortodoxa está dispuesta a
admitir.
"La
universalidad del propósito salvador de Dios, lo enseña con más claridad El
Nuevo Testamento. Por una parte, Cristo insiste en que Su evangelio va
dirigido a cada ser humano y que todos están obligados a aceptarlo. 'El que
cree será salvo, el que no cree será condenado'. 'Nadie llega al Padre sino por
Mí'. 'Id y enseñad a todos los pueblos'. 'El que os escucha, me escucha a Mí,
el que os desprecia, Me desprecia'. Pero Cristo está muy lejos de rechazar y
condenar cualquier creencia genuina, cualquier disposición a escuchar la Voz
divina, cualquier amor que esté fuera del orden visible de Su reino, por
ejemplo, los tres sabios de Oriente a quienes atrajo hacia Sí, antes de que la
Iglesia visible existiera, el ladrón en la cruz a quien prometiera el Paraíso,
sin ningún bautismo visible de la Iglesia, o la samaritana del pozo de Jacob,
que no había logrado el conocimiento pleno 'en espíritu y en verdad', pero que
estaba abierta a una iluminación mayor, o la mujer de Cananea a quien otorgó
las 'migajas', o el centurión pagano de Cafarnaun que Le hizo decir: 'De
cierto os digo, que ni aun en Israel, he
hallado fe tanta. Y os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se
sentarán con Abraham, Isaac y Jacob., '” (93)
La extensión de esta misión alboreó lentamente
en la joven mente de Cristo, que comenzó, como debe obligatoriamente hacer todo
verdadero hijo de Dios iniciado, a actuar como mensajero de Dios, en cuanto
reconoció la Visión y el lugar mismo en que se encontraba. Habiendo de este
modo indicado Su comprensión del trabajo futuro, leemos: "Y descendió con
ellos (Sus padres) y volvió a Nazaret (lugar de renovada consagración) y estaba
sujeto a ellos... Y Jesús crecía en sabiduría y estatura y en gracia para con
Dios y los hombres." (94)
Encontramos con mucha frecuencia en el Evangelio
la palabra "bajó". Cristo y Su madre "bajaron a Egipto",
"Él bajó a Nazaret" y una y otra vez "bajó" de la cima de
la montaña o del lugar de la soledad, para cumplir con su deber entre los
hombres. Después de la oculta experiencia en Egipto (oculta porque la Biblia
nada dice) y después de la revelación en el Templo y la aceptación de la
tarea a cumplir, Cristo regresa al lugar de Su deber. En este caso, después de
la iniciación del Nacimiento, se dice que durante un período de treinta años
actuó como hombre en la vida cotidiana, en un taller de carpintería y en el
hogar de Sus padres. Esta vida hogareña constituye la prueba a que fuera
sometido y su importancia no puede sobreestimarse. ¿Sería blasfemia decir que
si hubiera fracasado en esa tarea inmediata, habría fracasado en el resto de Su
obra? Si no hubiera logrado demostrar la divinidad en el círculo hogareño y en
la pequeña ciudad que le deparó el destino ¿habría podido actuar como Salvador
del mundo? Él vino a revelarnos nuestra humanidad, como debiera ser y será,
cuando concluyamos el largo viaje a Belén. Esto constituyó lo excepcional de
Su misión. El Dr. L. W. Grensted, (95) dice a este respecto:
"No es
irracional creer que una vez en la historia este significado del universo ha
sido revelado excepcionalmente en la vida humana. Ninguna filosofía puede
posiblemente probar que esto ha sucedido. Pero si ha sucedido y si Jesús habló
claramente cuando dIjo: 'Soy el Camino, la Verdad y la Vida', entonces el
sendero de la comprensión no consiste en un elaborado proceso de análisis
teológico, sino en la fe y el amor. Empieza, como el amor debe empezar, por el
hogar. De allí se pasa de un amor a otro mayor. El amor del padre o de la madre
es la clave de todas las relaciones humanas. Encontramos en ese amor una
posibilidad de amar que no puede detenerse hasta alcanzar a todo el género
humano.
Pero solamente en Cristo alcanzamos a percibir
cuán profundo y grande puede ser ese amor. Y en esa revelación de amor, la fe
alcanza el misterio fundamental del ser que los hombres llaman Dios. 'El que
no ama a su hermano al cual ha visto ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha
visto? (96) y 'Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo
aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a
Dios, porque Dios es amor." (97)
Cristo vivió calladamente en Su hogar con Sus
padres, realizando la dificilísima experiencia de vivir una vida hogareña, con
su monotonía, sus costumbres sin variaciones, su obligada subordinación a la
voluntad y las necesidades del grupo, con sus lecciones de sacrificio, de
comprensión y de servicio. Ésta es siempre la primera lección que todo
discípulo debe aprender. Hasta no haberla aprendido no puede progresar. Hasta
que la divinidad no se exprese en el hogar y entre los que nos conocen bien y
son nuestros amigos familiares, no puede esperarse que se manifieste en otras
partes. Debemos vivir como hijos de Dios en el lugar ‑insípido, tedioso y
a veces sórdido‑ en que el destino nos ha colocado en ninguna otra parte
puede ser posible esta etapa. En el lugar donde nos encontramos es donde
iniciamos nuestro viaje y de él no escaparemos. Si no tenemos éxito como
discípulos donde estamos y en el lugar en que nos descubrimos a nosotros
mismos, ninguna otra oportunidad se nos ofrecerá hasta lograr el éxito. Aquí
está nuestra prueba y nuestro campo de servicio. Muchos estudiantes verdaderos
y conscientes creen que en realidad podrían impresionar en su medio ambiente y
manifestar su divinidad si tuvieran un hogar distinto y un ambiente o
escenario diferentes. Si hubieran contraído matrimonio con otra persona o si
tuvieran más dinero o más ‑tiempo libre, despertarían más simpatía en
sus amigos, o si disfrutaran de mejor salud física, quién sabe qué podrían realizar.
Una prueba es algo que constata y muestra nuestra fuerza; exige lo máximo de
nosotros y nos revela los puntos débiles y dónde reside nuestro fracaso. Hoy se
necesitan discípulos responsables y aquellos que fueron probados de tal manera
que no se desmoralizan ante las dificultades ni cuando enfrenten puntos
oscuros en la vida. ¡Debiéramos darnos cuenta que existen ya esas
circunstancias y medio ambiente donde podemos aprender la lección de la
obediencia a lo superior que está en nosotros! Poseemos exactamente el tipo de
cuerpo y las condiciones físicas por los cuales puede expresarse la divinidad.
Tenemos los contactos en el mundo y el tipo de trabajo requeridos para poder
dar el paso en el sendero del discipulado, el siguiente paso hacia Dios. Hasta
que los aspirantes no capten este hecho esencial y se dediquen con regocijo a
una vida de servicio, dándose amorosamente en sus propios hogares, 'no
realizarán progreso alguno. Hasta que el camino de la vida no sea hollado con
alegría en el círculo hogareño, en silencio, sin compadecerse de sí mismo,
ninguna otra lección, ninguna otra oportunidad, les será brindada. Muchos aspirantes
bien intencionados deben también comprender su responsabilidad por muchas que
sean las dificultades con que tropiezan. Confundidos, porque les parece evocar
demasiado antagonismo entre quienes los rodean, se lamentan de no hallar una
respuesta amistosa mientras estudian, leen y piensan, intentando llevar una
vida espiritual. La razón puede hallarse, por lo general, en su egoísmo
espiritual. Hablan demasiado de sus aspiraciones y de sí mismos. Debido a que
fracasan en su primera responsabilidad, no encuentran una reacción comprensiva
a su demanda de tiempo para meditar. Quieren reconocimiento de que están
meditando, exigen tranquilidad, no ser molestados ni interrumpidos. Ninguna de
esas dificultades surgiría si los aspirantes recordaran dos cosas: Primero,
que la meditación es un proceso que se lleva a cabo en secreto, silenciosa y
regularmente en el templo secreto de la propia mente del hombre. Segundo, que
mucho podría hacerse si la gente no hablara tanto sobre lo que hace. Debemos
caminar silenciosamente con Dios y mantenernos como personalidades en segundo
plano; debemos organizar nuestras vidas de manera de poder vivir como almas,
dedicando tiempo para cultivarlas, aunque conservando el sentido de la
proporción, reteniendo el afecto de quienes nos rodean y cumpliendo a la
perfección con nuestras responsabilidades y obligaciones. La autocompasión y
el hablar en demasía, son rocas en las que se estrellan muchos aspirantes.
Por el amor y la práctica amorosa probamos
nuestra iniciación en los misterios. Nacidos en el mundo de amor de Belén, la
nota clave de nuestras vidas, desde ese momento, debe ser la obediencia a lo
más elevado que hay en nosotros, el amor a todos los seres, y la total
confianza en el poder del Cristo inmanente, para expresar (por medio de la
forma externa de nuestra personalidad) una vida de amor. La vida de Cristo debe
ser vivida hoy y, oportunamente, por todos. Es una vida de regocijo y alegría,
de pruebas y de problemas, pero su esencia es amor y su método, el amor.
"Los
hombres de fe, los hombres felices, los hombres con luz en los ojos y un canto
en sus corazones, dicen que Dios dio mucho más que una señal en los cielos, o
una vislumbre de un fulgurante pergamino. Dio una vida y murió por nosotros.
Dicen que tomó sobre Sí el dolor y la desesperación del mundo, disipándolos en
un solo sacramento de amor." (98)
Nos dejó el ejemplo de seguir Sus pasos y llevar a cabo
el trabajo que Él iniciara.
Mientras
viajamos con Cristo desde Belén hasta la hora cercana a la segunda iniciación,
¿cuál es la lección que hemos aprendido? ¿Cómo podemos resumir la
significación de ese episodio en términos de aplicación práctica individual?
¿Este episodio tiene algún significado personal? ¿Cuáles son los requisitos y
las posibilidades que nos esperan? Si un estudio de esas cinco etapas en la
vida de Cristo no son de valor para nosotros y si se refieren a un desenvolvimiento
de imposible interpretación humana, entonces, todo lo que se ha escrito y
enseñado, en el trascurso de los siglos, resulta fútil y sin utilidad alguna.
Las aplicaciones teológicas comunes ya no atraen a la inteligencia
desarrollada del hombre. Cristo Mismo siempre tiene poder de atraer el interés
humano y también atraer hacia Sí a quienes tienen visión para ver la verdad tal
cual es y escuchar el mensaje evangélico en los términos que cada nueva era
exige. Constituiría una pérdida de tiempo seguir elaborando esta antigua
historia del Cristo viviente, si no contiene un mensaje específico para
nosotros, y si todo lo que se nos pide es asumir la actitud del observador y de
un hombre que simplemente dice: "Así es". Esta actitud creyente, aunque
negativa, se ha mantenido demasiado tiempo. Hemos observado al Cristo desde tan
lejos, y nos ocupamos tanto de la comprensión de Sus realizaciones, que la
parte individual que debemos desempeñar, eventual e inevitablemente, ha sido
olvidada. Le hemos dejado a Él todo el trabajo. Hemos tratado de imitarlo, y Él
no quiere ser imitado. Quiere que probemos, para Él, para nosotros mismos y el
mundo, que la divinidad que reside en Él se halla también en nosotros. Debemos
descubrir que podemos ser como Él, porque lo hemos visto. Ha tenido fe
ilimitada en nosotros y en la realidad de que "todos somos hijos de
Dios", porque “nuestro Padre es uno". Nos demanda hollar el sendero
de santidad y lograr la perfección que Su vida alcanzó, para lo cual Él Mismo
nos pide que trabajemos.
A veces uno piensa si ha sido correcto que los
hombres acepten las ideas de San Pablo tal como fueran traducidas en el
trascurso de los siglos. El concepto del pecado muy poco fue tratado por
Cristo. San Pablo lo recalcó, y el punto de vista que dio al cristianismo es,
quizás, el responsable principal del complejo de inferioridad dominante en el
cristiano común, inferioridad que Cristo no enseñó en modo alguno. Cristo nos
llama a una santificación de la vida y nos exhorta a seguir Sus pasos, no los
pasos o la interpretación que pudieran dar a sus palabras cualesquiera de Sus
discípulos, por estimables o valiosas que fueran.
¿Cuál es esa santidad a que nos exhorta, cuando
damos el primer paso para el nuevo nacimiento? ¿Qué es un hombre santo? A
continuación tenemos su imagen de acuerdo a la vida y el mensaje de Cristo:
"El
hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su
amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza,
material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las
verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en
su yo natural. El hombre santo incorpora así el deber amoroso la encarnación
de la verdad vehemente y la personificación de la belleza suprema. Sólo el
hombre santo es íntegro y sólo el hombre íntegro es santo." (99)
Plenitud, unidad, unificación, integridad, son
las características que distinguen al hombre perfecto. Una vez vista con ojos
bien abiertos la visión de la divinidad ¿qué podemos hacer? Este interrogante
expresa nuestro problema. ¿Cuál es el paso siguiente, el deber inmediato del
hombre que sabe que en él no ha tenido lugar el nuevo nacimiento, pero siente
en sí el impulso de ir desde Galilea a Belén, por el camino de Nazaret?
Requiere ante todo, esfuerzo. Significa
iniciativa, empleo de energía, superación de la inercia y voluntad de obligarse
a sí mismo a emprender el viaje inicial. Esto significa escuchar y obedecer la
insistente demanda del alma para un mayor acercamiento a Dios y una más plena
expresión de la divinidad y, sin embargo, "todo individuo en algún momento
ha titubeado entre obedecer al espléndido anhelo de seguir adelante hacia el
conocimiento, o al deseo de retroceder al lugar seguro”. (100)
En realidad, existen dificultades y
peligros en el descrito camino al centro. Mucho debe superarse y enfrentarse.
La naturaleza inferior (el aspecto María) retrocede ante la perspectiva y
prefiere la inercia y la estabilidad, a la actividad requerida y a la
incertidumbre momentánea.
Este nuevo nacimiento no es un sueño místico, ni
tampoco la hermosa visión de algo posible, aunque no probable. No es simplemente
la expresión simbólica de alguna meta definitiva, que nos espera en un nebuloso
futuro o en alguna otra forma de existencia, o en algún cielo eventual que
podremos lograr si volvemos a la crédula y ciega aceptación de todo lo que la
teología puede decirnos. Es relativamente fácil de creer y constituye la línea
de menor resistencia para la mayoría. Es difícil abrirnos camino hasta la etapa
de experiencia donde se aclara el programa divino para el hombre, y las
posibilidades que Cristo dramatizó se convierten en algo que nos impide
descansar hasta que lo hayamos trasmutado en experiencia personal, por el
experimento de la iniciación. El nuevo nacimiento es el resultado del proceso
evolutivo y un hecho tan natural como lo es el nacimiento de un niño en el
mundo de la vida física. Eternamente, durante edades, los hombres realizaron y
continuarán realizando la gran transición, comprobando la realidad de esta
experiencia. Todos debemos afrontarla en una u otra oportunidad.
Dos reconocimientos deben surgir en el mundo
mental del aspirante de hoy. Primero, la presencia del alma, una entidad viviente
que puede y debe ser conocida por el proceso de traerla a la existencia en el
plano de la vida diaria; segundo, la determinación de reorientar toda la
naturaleza. para posibilitar una identificación más estrecha con esa alma,
hasta lograrse la total unidad. Vamos viendo lo que debe hacerse y adoptando la
correcta actitud que lo hará posible. Las dos mitades de nuestra dualidad
esencial ‑alma y cuerpo, Cristo y María, influidos por el Espíritu Santo,
lo material y lo espiritual‑ se enfrentan y se aproximan cada vez más
hasta que se alcanza la unión completa y el Cristo nace por intermedio de la
Madre. Pero la aceptación de esta idea divina y la orientación de la vida para
que la idea sea una realidad, son los primeros e inmediatos pasos. El Dr. Sheldon,
(101) hablando de las necesidades actuales de la humanidad y de la parte que
una sicología iluminada puede desempeñar para satisfacerla, dice:
" ... el verdadero problema crucial de hoy
no está en ninguna de ellas, sino en la cuarta zona o nivel de la conciencia
humana, es decir, pertenece al tiempo, a la orientación plena de propósito.
“Durante
años, los sicólogos han sojuzgado al alma con una intensidad que recuerda a la
de los puritanos, al sojuzgar su conciencia sexual. Pero ahora empezamos a sentir
la imperativa necesidad de una sicología que pueda enfrentarse con este cuarto
nivel de la mente. Las necesitamos mucho más que la sabiduría económica,
política y sexual."
Esto es lo que Cristo enseñó y por ello oró al
Padre:
"Mas
no ruego solamente por éstos (Sus discípulos), sino también por los que han de
creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean una cosa, como tú, oh
Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para
que el mundo crea que tú me enviaste... Yo en ellos y Tú en mí, para que sean
perfectos en unidad." (102)
Ésa es la doctrina de unificación, Dios
inmanente en el universo, el Cristo cósmico. Dios inmanente en la humanidad,
revelado por el Cristo histórico. Dios inmanente en el individuo, el Cristo
interno, el alma.
"Cristo,
siendo Dios real, procediendo del Dios potencial, desciende a la materia como
el Sacrificio Divino desde el comienzo de la manifestación. Contiene en Sí las
ideas de todas las formas y cualidades que deben plasmarse en la materia.
Voluntariamente se envuelve dentro de la naturaleza y entrega su vida como una
gozosa afluencia, para que las muchas almas puedan vivir y progresar. Entonces
se trasforma, al completar la involución en el Hombre Arquetípico
Divino, dispuesto a derramarse, en la evolución, en todas las cualidades
y formas de vida. En el ser interno de todas las cosas, vive en secreto, y
eventualmente nace o se manifiesta en el alma humana, donde, a medida que
aumenta su poder, se convierte en el conquistador de la naturaleza inferior y,
en el santo, finalmente retorna a Su Padre y Origen." (103)
Esta verdad está bellamente expresada en los párrafos siguientes:
"Dios
pronuncia Su Eterna Palabra desde la Eternidad. Habla de dos maneras, que, no
obstante, es una sola, desde el punto de vista de Dios. La pronuncia
eternamente en Sí Mismo, por lo tanto, la pronuncia eternamente en el alma.
Engendra a Su Hijo desde lo eterno que está en Sí Mismo, y así lo engendra en
nosotros y nos engendra como a Su Hijo Eterno. Pero ¿cuál es la Eterna Palabra
o el Hijo, cuando la pronuncia en el nivel del alma? Allí está lo que se halla
en Dios y para Dios Mismo: la idea que posee Dios de Sí Mismo, es decir, el
conocimiento que tiene de Sí Mismo se convierte en el conocimiento del alma,
por la participación en la Palabra. Poseer la Palabra es poseer parte del
propio conocimiento de Dios y de ese conocimiento de Dios por el cual Él se
conoce a Sí Mismo. Además, significa tener el conocimiento de Dios, no como
simple accidente, no como un hecho sicológico empírico, no como acto aislado y
concreto de percepción, no como idea o teoría, sino como esencia y fundamento
superempírico de la propia alma. Según la expresión de Eckhart: el alma no tiene
al Hijo, sino que es el Hijo. No posee conocimiento de Dios,
sino que es fundamentalmente el conocimiento de Dios de Sí Mismo. Lo
que surge en nosotros como ‘idea' o 'concepto' de Dios es simplemente la
función externa de las 'facultades', no la esencia de la materia. Por eso
agrega Eckhart, 'Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros’”. (104)
¿Cómo puede experimentarse esta verdad del alma
y el nuevo nacimiento en forma tan sencilla y práctica que aparezca su significado
como permitiéndonos hacer lo que sea necesario? Tal vez ayuden las siguientes
afirmaciones:
1.
Oculto en todo ser humano está
el "Verbo encarnado", el Hijo
de Dios hecho
carne. Éste es "Cristo en nosotros,
esperanza es de Gloria” que sólo es una esperanza para la masa. Cristo aún no
Se ha manifestado. Está oculto y velado por la forma. Se ve a María, pero no a
Cristo.
2. A medida
que la rueda de la vida (la experiencia en Galilea) nos lleva de una lección a
otra, nos acercamos cada vez más a la realidad interna y a la deidad oculta.
Pero el Cristo‑Niño se halla todavía oculto en la matriz de la forma.
3. A su
debido tiempo, la personalidad, física, emocional y mental, se fusiona en un
todo viviente. La Virgen María está a punto de dar a luz a su Hijo.
4. La larga
jornada toca a su término y el Cristo niño oculto, nace en la primera
iniciación.
El Dr. W. R. Inge (105) se refiere a esta verdad
en los siguientes términos:
"Macario,
siguiendo a Metodio, enseña que la verdadera idea de la Encarnación incluye la
unión del Logos con las almas pías, por las que se siente satisfecho. En cada
una de ellas nace un Cristo. De este modo, junto con las ideas de Ransom y del
Sacrificio que Cristo realizó por nosotros, los teólogos añadieron las ideas de
santificación y de trasformación interna del Cristo en nosotros, considerando
a este último tan real y parte integrante de nuestra redención, como el
primero. Pero la doctrina de la Inmanencia Divina en el corazón humano nunca
llegó a constituir la verdad central de la teología hasta la época de los
místicos medievales. Es Eckhart quien dice: 'El Padre pronuncia la Palabra en
el alma y, cuando el Hijo nace, todas las almas se convierten en María'."
Se nos ha convocado para el nuevo nacimiento,
nuestras personalidades viven ahora plenas de potencialidad. El momento ha
llegado.
"Levántate,
oh mortal, comprende la finalidad de tu ser, haz lugar a Dios en tu alma, para
que Él pueda poner de manifiesto a Su Hijo dentro de ti”. (106)
El alma humana debe escuchar el desafío del alma
crística y percibir que "María es bendita, no porque concibiera al Cristo
corporalmente, sino porque lo llevó espiritualmente, y en esto todos pueden
obrar de igual modo que ella". (Eckhart)
1 Wrestlers with Christ, pág. 208.
2 Véase pág. 23
3 A Pilgrim's Quest for the Divine, de Lord
Conway of Allington, pag. 66
4 Jn. 3:7.
5 1 Co.
15:31.
6 The Recovery of Truth, de Pavel
Florensky, citado por Herman Keyserling, pág. 80.
7 Religious Realism, de
D. C. Macintosh y otros, pág. 483.
8 The End of Our Time, pág. 62.
9 Jn. 1: 1, 2, 3, 4, 10.
10 The Mystery of the K¡ngdom, of God, págs.
28, 29.
11 The
Value and Destiny of the Individual, Pág‑ 129.
12 Religion
in the Making, de A: N. Whitehead, págs. 158, 159.
13 Jn.
14:6.
14 The God
Who Speaks, de B. H. Streeter, pág. 212.
15 Paracelsus, de Robert Browning (versión libre).
16 Mirage
and Truth, de M. C. D'Arcy, S. J., pág. 29.
17 Adventure
of Ideas, pág. 369.
18 Is. 53:3.
19 Fragmentos de 0xyrhynchus.
20 The
World Breath, de L. C. Beekett, pág. 245.
21 Col.,
I, 27.
22 Saul.
23 He.
7:1-4.
24 He. 17:28.
25 Jn. 3:7‑8.
26 The
World Breath, de L. C. Beckett, pág, 250.
27 II Ti.
2:21.
28 Lu. 17:20‑21.
29 The
World Breath, de L. C. Beckett, pág. 249.
30 The God
Who Speaks, pág. 3.
31 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.
32 He.
9:23.
33 Jn. 3:5.
34 Mt.
3:11,
35 Mt.
18:3.
36. Jn.
3:10.
37 The End
of Our Time, de Nicholas Berdyaev, pág. 59.
38 The
Recovery of Truth, pág. 68.
39 The
Meaning of God in Human Experience, pág. 336.
40 Eros
and Psyche, de Benchara Branford, pág. 250.
41 Lc. 2:49.
42 Lc.
4:14, 15.
43 Lc.
9:22, 23.
44 Jn. 19:30.
45 The
Value and Destiny of the Individual, de B. Bosanquet, pág. 111.
46 A
Pilgrim's Quest for the Divine, de Lord Conway of Allington, pág. 72.
47 The End
of Our Time, pág. 199.
48 John
Oxenham.
49 Mt.
11:15.
50 Mt. 24:30.
51 Jn.
14:8, 9.
52 Religion
in the Making, págs. 153, 156.
53 Pr. 29:18.
54 Realit
y, de B. H. Streeter, pág. 36.
55 Lc.
2:6, 7.
56 Light
of the World, pág. 14.
57 The
Fool Hath Said, de Beverley Nichols, pág. 112.
58 Pr. 4:18.
59 Mirage
and Truth, de M. C. D'Arcy, S. J., pág. 170.
60 The
Bhagavad Gita, IV: 7, 8. Traducción de Ch. Johnston.
61 Ro. 1:3.
62 The
Paganism in Our Christianity, de Arthur Weigall, pág. 42.
63 Bible
Myths, de T. W. Doane, pág. 332.
64 Pagan
Christ, de J. M. Robertson, pág. 338.
65 Jn
10:10
66 Pagan
and Christian Creeds, de Edward Carpenter, pág. 50.
67 y 68 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.
69 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.
70 De Temp. rat., Bede, XIII.
71 The
Paganism in Our Christianity, de Arthur Weigall, págs. 236‑37.
72 Sal. 19: 1.
73 Ro. 5:5.
74 Fil. 3:14.
75 Light of the World, pág. 5.
76 Bible
Myths, de T. W. Doane, pág. 5.
77 II To.
2:21.
78 Jn. 6:33,
35. 41, 58.
79 Is. 28:28.
80 Jn. 12:24.
81 Lc., 2:14.
82 The
Fool Hath Said, págs. 28, 29, 30.
83 Sermons, de A. MacLaren, págs. 71, 72.
84 Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 175.
85 Mt., 2:2.
86 Lc., 2:12.
87 Lc., 2:15.
88 Fil., 3:8, 9, 12, 16, Traducción de Weymouth.
89 Lc., 2:39, 40.
90 Dictionary of the Sacred Language of all Scriptures and Myths, de
G. A. Gaskell, pág 773.
91 Bishop
Rabanus Manrus, 857, d. C.
92 Lc., 2:49.
93 Religions
of Mankind, de Otto Karrer, pág. 256.
94
Lc., 2:51, 52.
95
Psychology and God, págs. 83, 84.
96
I. Jn., 4:20.
97
1. Jn., 4:7, 8.
98
The Fool Hath Said, de Beverley Nichols, pág. 48.
99
Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 361.
100
Psychology and the Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. 47.
101
Psychology and the Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. IX.
102
Jn., 17:20, 23.
103
Dictionary of the Sacred Languages of all Scriptures and Myths, de G. A.
Gaskell.
104 Mysticism, East and West, de Rudolf Otto,
pág. 197.
105,
The Paddock Lectures, pág. 66.
106
Hours with the Mysties, de Vaughan, T. I, pág. 300
CAPITULO III
LA SEGUNDA
INICIACIÓN... EL BAUTISMO
EN EL
JORDÁN
PENSAMIENTO
CLAVE
“Es el momento propicio para practicar
seriamente la vida cristiana... En momentos catastróficos tiene lugar un
proceso de purificación ascética, sin el cual no puede haber vida espiritual
alguna, ni para la sociedad ni para el individuo.”
Freedom of
the Spirit, de Nicholas Berdyaev, pág. 46.
1
“Siempre que algo sea percibido y
sentido, constituye una experiencia del alma; siempre que un pensamiento y un
sentimiento se identifiquen, allí está el alma. El alma significa unidad,
unicidad y unión entre el deseo interno y la realidad externa. A medida que el
hombre progresa y acepta el universo, y adquiere la compatibilidad entre lo que
siente, como deseo interno, y lo que percibe, como disposición externa, y a
medida que se expanden ambos elementos, el alma va hacia la grandeza.” 1
(Lo subrayado me pertenece.
A .A. B.)
La primera iniciación se ha realizado. Cristo
ha nacido en Belén. El alma ha alcanzado su expresión externa, y ahora esta
alma –Cristo (como el representante histórico de todo lo que el alma puede ser)
el iniciado individual– va hacia la grandeza. La misión del Salvador se inicia
definidamente en ese momento, pero en bien de los que vendrán después, Él debe emitir
la nota de la purificación y adaptarse a los requisitos del ritual y a la
tendencia general del pensamiento de Su época. El iniciado que ha dado el
primer paso, debe acentuar la purificación de la naturaleza inferior, esencial
para el prefacio de la segunda iniciación. El bautismo de Juan fue el símbolo
de esta purificación. Cristo Se sometió al bautismo, haciendo caso omiso a las
protestas del Bautista, diciéndole:
“Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”. 2
Cristo
alcanzó la madurez. La tradición dice que tenía treinta años cuando fue
bautizado y comenzó su breve, aunque espectacular, vida pública. ¿Quién puede
decir cuánta verdad encierra esto desde el punto de vista histórico? No reviste
mayor importancia, Cristo fue, es y siempre será. Hablando simbólicamente, era
necesario que Cristo cumpliera treinta años, porque ese número es
significativo en lo que a la humanidad concierne. Treinta significa el
perfeccionamiento de los tres aspectos de la personalidad: el cuerpo físico, la
naturaleza emocional y la mente. Los tres constituyen el aspecto forma del
hombre y velan u ocultan al alma. Son en realidad el mecanismo de contacto del
hombre con el mundo externo, el equipo por el cual su conciencia se desarrolla
y despierta, y todos constituyen el “mecanismo de respuesta”, según los
sicólogos. Sabemos que el hombre es un animal físico, un ser emocional y
sensorio y una entidad pensante. Cuando las tres partes de la naturaleza
inferior del hombre funcionan armónicamente y forman una unidad, para ser
empleada por el hombre interno, dan por resultado una personalidad integrada,
un yo inferior eficiente. Esto testimonia el número treinta. Diez es el número
de la perfección y treinta es la perfección de las tres partes del equipo del
alma.
Es
conveniente recordar que mediante esos tres aspectos (o reflejos del ser
divino) el hombre se pone en relación con el universo existente y, por lo
tanto, con Dios inmanente en la naturaleza. El cuerpo físico nos permite
establecer contacto con el mundo tangible y visible. La naturaleza emocional
sensoria nos permite decir: “Elevo mi
corazón a Dios”. La mayoría de la gente vive en el corazón y en el
cuerpo sensorio, y mediante el corazón descubre el camino hacia el Corazón de
Dios. Sólo el amor puede revelar al Amor. Cuando por el correcto empleo y la
comprensión, la mente es definidamente dirigida y correctamente orientada, se
pone en armonía con la Mente de Dios, la Mente Universal, el Propósito, el Plan
y la Voluntad de Dios. La mente iluminada del hombre, revela la Mente de la
Deidad. Así se observa que el hombre está hecho “a imagen y semejanza de Dios”.
3
En la segunda iniciación, Cristo permaneció
ante Dios, el Iniciador, pues sus tres aspectos habían sido purificados y
alcanzaron la madurez. Su mecanismo estaba preparado y dispuesto para la
tarea, permitiéndole dar pruebas de esa purificación y de la tensa actitud que
Le capacitaría para llevar a cabo satisfactoriamente Su misión. Esto tuvo que
probarlo ante Dios y el hombre, mediante la purificación que obtuvo por el
bautismo y las consiguientes tentaciones en el desierto. Preparado para Su
obra, poseía lo que el Dr. W. H. Sheldon 4 denominó “los tres
elementos principales para una gran mente, esto es, entusiasmo, visión
intuitiva y un efectivo equipo sistematizado”, agregando más
adelante que los dos primeros “son los de mayor importancia, porque no pueden
adquirirse cuando una persona ha llegado a la vida adulta sin ellos”.
Cristo
estaba así equipado.
Será
conveniente estudiar en forma breve el propósito para el cual estaba equipado.
Vimos en el capítulo anterior que este planeta, llamado Tierra, es considerado
por muchos científicos modernos y eminentes, como probablemente único en su
constitución y propósito. Aparentemente proporciona un condicionamiento de la
vida que no existe en otro planeta. Esto puede o no ser así, pero sólo el
desarrollo de la conciencia del hombre podrá verificar o negar esta teoría de
la excepcionalidad. Al observar la vida planetaria vemos que actualmente la
perspectiva en todos los reinos es desalentadora. En ellos hay muerte y
enfermedad, y en los reinos animal y humano, no sólo eso sino, también
violencia en todos los órdenes. En la familia humana particularmente, la visión
es penosa, pues muy poco hemos aprendido de lo que Cristo representó y casi
nada hemos logrado de los procesos purificadores de la vida moderna. La
voluntad por mejorar puede apreciarse en la mayoría de los campos que
conciernen al individuo, pero el impulso es aún débil en toda la humanidad. Sin
embargo puede ser despertada, y así despertaremos a las responsabilidades
circundantes, al analizar nuevamente el mensaje de amor dado por Cristo. Este
pensamiento cobra mayor iluminación en estas nobles palabras:
“Existe, no obstante, otro punto de vista que no debemos
pasar por alto. Así como del maloliente alquitrán salen algunas de las cosas
más hermosas del mundo, también en la tierra más negra existe la potencialidad
de un glorioso florecimiento. Elevar la vista hacia esas cumbres de
posibilidades debe ser la tarea de toda empresa humana, no sólo para corregir
abusos, sino para ampliar el horizonte del hombre, elevándolo a los planos
superiores de la percepción y la comprensión, trasformándolo, como en el viejo
cuento de hadas, del cerdo que es, en el príncipe que será.
“Debido a que el odio, representa la acentuación de la
discordia en la vida y, por lo tanto, tiende a separarnos de toda relación
significativa, mediante el valor interno del yo de otro individuo, es,
fundamentalmente, la más destructiva de las fuerzas humanas, lo cual no quiere
decir que sentir odio o desprecio por las estupideces de la vida, es un
sentimiento reprensible... Pero hasta no despojarnos de las animosidades personales,
que pueden existir en algunas ocasiones, no podemos liberar en nosotros las
energías de las cuales debemos valernos para progresar significativamente y
alcanzar una estatura espiritual de cierta madurez. Hasta no habernos
desprendido de esos odios y animosidades (aunque sólo sea mediante técnicas
prácticas para trasformar los antagonismos en piedad, en determinadas
situaciones), todo nuestro ser está en cortocircuito, la voluntad está inhibida
y la afluencia del yo queda retenida, frustrada y derrotada.” 5
Probablemente
sea verdad que Cristo vino a nosotros con un mensaje más profundo y amplio que
cualquier Mensajero anterior, proveniente del centro, pero esto en modo alguno
disminuye la condición y la tarea de Quienes Lo precedieron. Cristo vino en una
época crucial, en un período de crisis mundial, encarnando en Sí un principio
cósmico —el del Amor, cualidad sobresaliente de Dios. Otros aspectos,
cualidades y propósitos de la naturaleza divina, fueron revelados en anteriores
encarnaciones de Dios, y aparecieron a medida que la raza llegaba a una etapa
de su desarrollo donde era posible una reacción correcta. Zaratustra, para
nombrar uno de esos Mensajeros, había llamado la atención del género humano
sobre el hecho de los dos principios básicos que existían en el mundo —los del
bien y del mal— acentuando así las dualidades básicas de la existencia. Moisés
reveló la Ley, exhortando a los hombres a reconocer a Dios como principio de
justicia, aún cuando pareciera una justicia desprovista de amor para quienes
vivimos después de la revelación dada por el Cristo. Buda encarnó en Sí Mismo
el principio de la sabiduría divina y, con clara visión del mundo de las
causas, vio la existencia mortal tal cual era, y señaló el camino de salida.
Pero el fundamental principio del universo, el Amor, no había sido revelado
antes de la venida de Cristo. Dios es amor, y en la plenitud del tiempo, esta
característica sobresaliente de la naturaleza divina tuvo que ser revelada de
tal modo que el hombre pudiera captarla. Es así que Cristo encarnó en Sí Mismo
el más grande de los principios cósmicos. Esta Ley de Amor puede vérsela
actuando en el universo como la Ley de Atracción, con todo lo que este término
implica —coherencia, integración, posición, dirección y la marcha rítmica de
nuestro sistema solar; puede ser observada también en la disposición de Dios
hacia la humanidad, como lo ha revelado Cristo. Esta función excepcional de
Cristo, como custodio y revelador de un principio cósmico o energía, se halla
detrás de todo lo que hizo.
Ésa fue la base y el resultado de la
perfección que alcanzara, ése el incentivo y el impulso de Su vida de servicio
y ése es el principio sobre el que se funda el reino de Dios. Otto Karrer, 6
a este respecto, dice:
“Podemos afirmar con toda confianza que las
siguientes doctrinas religiosas fundamentales no se ven o enseñan en religión
alguna, con la solidez, afirmación y certera visión que establece el
cristianismo:
a.
El concepto de Dios, el Padre espiritual y
viviente que creó el mundo por amor, se reveló en Su Hijo como el Amor en
Persona y nunca cesa de ofrecer Su gracia a una humanidad que se ha separado de
Él por el pecado.
b. El
correspondiente concepto de que el hombre fue hecho a imagen de Dios, destinado
a comunicarse con Él, aunque en el pecado aún lo busca a tientas y en secreto,
unido a Él por el amor.
c.
La valoración positiva de la disposición
moral del hombre, su capacidad para aceptar libremente las inspiraciones de
los santos y hacer que por la fe y el amor sean eficaces para la perfección
sobrenatural de su personalidad y el establecimiento de una fraternidad
personal, abarca a los hijos de Dios, es decir, el reino de Dios.
d.
En tanto que el paganismo, estrictamente
hablando, no conoce meta ni propósito, y sólo puede esperar un interminable
círculo o cadena de fenómenos; para el cristianismo, la finalidad por la cual
todas las cosas existen, es la gloria de Dios en Su creación y la bendición de
esa creación en la comunión entre Dios y la humanidad.”
Que el paganismo no tiene meta o propósito, es
hoy para la mayoría una afirmación que no resiste una investigación. Todo lo
que ha transcurrido en el pasado tuvo como meta lo ocurrido cuando apareció
Cristo. Preparó a la humanidad para la oportunidad que se le ofrecía,
constituyendo los cimientos sobre los cuales está basado el presente.
Similarmente, la inminente revelación del próximo siglo constituirá el
cimiento sobre el cual se apoyará el futuro y, para este propósito, todo lo
que ahora transcurre tiene suprema importancia.
Cristo
no sólo tendió el puente entre Oriente y Occidente, resumiendo en Sí Mismo
todo lo que Oriente tenía de valor como contribución, sino que dio a nuestra
civilización occidental (en esa época aún no habían surgido) los grandes
ideales y el ejemplo de sacrificio y de servicio que hoy, dos mil años después
que Él caminó entre los hombres, han llegado a ser la nota clave de las mejores
mentes de la era. La narración de cómo vinieron las ideas e hicieron impacto en
la conciencia humana, cambiando el curso de los asuntos humanos, constituye el
relato de la historia; en forma curiosa las ideas son el elemento imprevisible
del futuro. Algún individuo de destacada personalidad sale de las filas de la
raza, reflexiona y elabora alguna grandiosa y dinámica idea basada en la
verdad. La formula en términos que pueden ser comprendidos por sus semejantes,
llegando eventualmente a vivir de acuerdo a ella. Surgen entonces nuevas
tendencias, incentivos e impulsos, y así se escribe la historia. Puede decirse
con toda propiedad, que sin ideas no habría historia. En la enunciación de una
idea cósmica y en la capacidad de hacer de esa idea un ideal de fuerza
dinámica, Cristo no ha sido superado por nadie. Con el ejemplo de Su vida, nos
dio una idea, que con el tiempo llegó a ser el ideal del servicio, por eso hoy
muchos gobernantes y pensadores del mundo dedican su atención al bienestar de
hombres y naciones. Que la técnica empleada y los métodos aplicados para la
realización del ideal presentido y soñado, son con frecuencia indeseables y
erróneos, produciendo resultados crueles y separatistas, no altera en modo
alguno el hecho de que detrás de todos esos experimentos idealistas de la raza,
subyace un gran ideal, divinamente inspirado y sintetizado para nosotros por
Cristo, con Su vida y Su enseñanza.
“Individualmente
o en grupo, el hombre elabora grandes ideales, cuya realización puede cambiar
la faz de las naciones y la de la madre Tierra.
“El
hombre generalmente oscila en la vida entre estos polos extremos, a veces está
frustrado y vencido, otras libre y victorioso.
“Hombres
y ciudades, naciones y civilizaciones, pueden juzgarse fructíferamente desde
este elevado punto de vista histórico.
“A
medida que los movimientos del hombre se parecen cada vez más a la ciega
deriva del polvo, su historia se va oscureciendo en el caos. Cuando sus
movimientos se parecen al majestuoso fluir de un poderoso río hacia el océano,
bajo el impulso inescrutable de grandes ideales, ampliamente aceptados, su
historia se ilumina como un cosmos.
“Ninguna
ciencia, arte ni religión; ningún filósofo, estadista ni sacerdote; ninguna
artesanía familiar ni popular; ningún campo, ni redil ni pez ni leñador;
ninguna artesanía manual ni mecánica; ningún arte u oficio del hombre que crea
cultura y satisface necesidades, puede existir ni fructificar por mucho tiempo,
sin la creación, prosecución de ideales y construcción de utopías —el
renacimiento en una forma adaptada a cada civilización que nace del gran mito.”
7
Cristo
enunció la más grande de las ideas, la de que Dios es Amor, y que ese amor
podía manifestarse en forma humana y, al hacerlo, constituye una posibilidad
para todos los hombres. Su vida fue demostrar una perfección que el mundo nunca
había visto.
“El rasgo característico del cristianismo,
desde el comienzo, ha sido que la norma de la verdad y de la santidad, y la
definida revelación de Dios no es una ley o una revelación universal del
Absoluto, su canal no sólo es de importancia sino que es una Persona
determinada... La revelación universal no se rechaza, se mide por este
excepcional Revelador. Para el cristianismo, la Persona de Cristo es la medida
de todas las cosas, y su regla fundamental el mandato: ‘Sígueme’. El
cristianismo obliga al hombre a hacer frente a una decisión. Lo ata al
‘Mediador entre Dios y el hombre’. Ve en Él, con Harnack, no simplemente, un
foco de inspiración religiosa, ‘donde’ puede ser revivida nuevamente ‘la vida
religiosa’, sino a todo el Mediador, no sólo ve la puerta, sino también el
camino; no únicamente, como dice Schleiermacher, ‘la más perfecta presentación
de la religión hasta el presente’, sino también la ‘luz del mundo, sin la cual
ningún hombre puede llegar al Padre'.“ 8
El
alma, que es el Cristo oculto en todos nosotros, es el mediador entre el
espíritu (el Padre) y el ser humano. Cristo hizo hincapié en esto cuando llamó
la atención sobre la divinidad esencial del hombre, hablando de Dios como
“nuestro Padre”, así como fue el Padre de Cristo. Era la luz lo que vino a
mostrar y que vio en todos nosotros (oculta y velada) exhortándonos a que dejemos
brillar esa luz. 9 Nos desafió a mostrar la perfección que Él
encarnó y ordenó que la demostráramos. Nos probó lo que era posible y pidió que
lo expresemos. En esta forma excepcional de revelación, Cristo no tiene igual,
porque fue el más grande, elevado y verdadero de los mensajeros que aparecieron
en este mundo, pero no porque (¿ me atreveré a decirlo?) fuese el más grande de
los que podían venir. No me atrevo a limitar a Dios así. De acuerdo a la
revelación evolutiva sobre la naturaleza de la divinidad, parece ser que Cristo
fue la culminación del pasado, la indicación del futuro. ¿ No sería acaso
posible que haya aspectos y características de la naturaleza divina, de los
cuales no tengamos aún el más remoto concepto hasta ahora? ¿ No será probable
que nuestro mecanismo sensible sea todavía inadecuado para captar la plenitud
de Dios? ¿ No podrá ser que nuestro mecanismo de percepción requiera un mayor
desarrollo evolutivo antes de que otras características divinas y espirituales
puedan ser reveladas sin peligro a nosotros y en nosotros? Podrá haber futuras
revelaciones de tan estupenda belleza y maravilla que ni siquiera podemos
formarnos la menor idea de su posible delineamiento. De lo contrario Dios
estaría limitado y estático, y sería incapaz de hacer más de lo que hizo. ¿
Cómo intentar decir que es posible para nosotros visualizar los límites de la
naturaleza de la Deidad? ¿Cómo puede el intelecto humano creer con toda
arrogancia que le es posible reconocer,
aunque sea por medio de Cristo, los objetivos fundamentales de la Voluntad
divina? La historia del desarrollo de la
conciencia humana prueba que la verdad se ha dado en forma progresiva y que esa
brillante galaxia constituida por los Instructores del Mundo dio una
interpretación de la Deidad cada vez más amplia, llegando, en el transcurso del
tiempo, a un mayor y creciente número. Cristo nos ha dado la revelación más
elevada e incluyente a lo que la conciencia humana puede responder, hasta la
era actual. Pero, ¿ cómo atrevernos a decir que no es posible para Dios hacer
más, cuando estamos dispuestos a recibirlo? Para ello nos preparamos rápidamente.
Hasta el propio Cristo dijo a Sus discípulos, “el que en mí cree, las obras que
yo hago, él las hará también, y aún mayores hará”. 10
Estas
palabras expresan una verdad, o toda la estructura de nuestra creencia se viene
abajo. Algo más debe revelarse, o la historia del pasado pierde su fundamento y
las creencias antiguas su significación, y habremos llegado a una encrucijada
que parecería que hasta el propio Dios fuera incapaz de trascender, y esto no
puede aceptarse.
“Debido precisamente a que el
cristianismo combina en una unidad soberana los más altos y profundos poderes
de la naturaleza humana, ‘debe abarcar todas las formas del desarrollo humano
para que los períodos de la historia puedan ser el conjunto de testigos de la
verdad que los incluye a todos’ (Deutinger). En este sentido debemos comprender
el juicio de Gorres de que ‘el principio más sublime y sagrado que representa
el cristianismo, es su propio y continuo crecimiento, puesto que ninguna
realidad finita puede agotar la riqueza de su ideal’. Únicamente por el
viviente presentimiento de que Cristo vive a través de las edades, un
solo cuerpo compuesto de miembros dispersos en tiempo y espacio, el
cristianismo, puede alcanzar progresivamente una adecuada personificación
terrena de la cristiandad, en su integridad ideal. El cristianismo, por lo
tanto, según lo interpreta la Iglesia histórica, puede aceptar el principio de
la evolución en su verdadero significado, sin dañar el carácter
excepcional y la misión que ha recibido de Dios.” 11
El Cristo cósmico, el Cristo místico, el Cristo histórico y el Cristo
individual, existen por toda la eternidad, por eso la revelación puede ser
progresiva. Si pudiéramos creer, como cree el Dr. Whitehead, que Dios incluye a
todas las formas y lo que éstas revelan, seguramente, a medida que se
desarrollan nuestras facultades y mejora nuestro mecanismo de contacto,
podremos ver más de la divinidad que hasta ahora, y ser dignos posteriormente,
de una mayor revelación. Sólo nuestras limitaciones como seres humanos impiden
ver todo lo que debe ser visto. El Dr. A. L. Whitehead,12 expresa
esta divina síntesis en los términos siguientes:
“De este modo, si Dios es una entidad real
que interviene en toda fase creadora y, no obstante, está más allá de todo
cambio, Él debe estar exento de la inconsistencia interna que es la
característica del mal. Puesto que Dios es real, debe encerrar en Sí Mismo una
síntesis del entero universo. Por lo tanto, hay en la naturaleza de Dios un
aspecto del reino de las formas, según son calificadas por el mundo, y un
aspecto del mundo, según es calificado por las formas. Su culminación, para que
esté exento de toda transición hacia algo distinto, debe significar que Su
naturaleza permanece autoconsistente en relación con los cambios.”
El
nuevo Nacimiento nos llevó a un punto donde fuimos conscientes de un nuevo
mundo de luz y del ser. Mediante el proceso de dicha iniciación nos convertimos
en ciudadanos del reino de Dios, que Cristo vino a establecer como una realidad
en la conciencia del hombre; por el nuevo nacimiento pasamos a un mundo regido
por una serie de leyes superiores o espirituales, y nuevos objetivos se abren
ante nosotros, surgen nuevos aspectos de nuestra oculta naturaleza espiritual
y empezamos a descubrir en nosotros mismos, el delineamiento de un nuevo ser,
con diferentes gustos, deseos, ideales y métodos de actividad mundana. Escuchemos
estas palabras:
“El Nuevo Nacimiento, como yo lo entiendo...
es el surgimiento de un sentido trascendental, que ansía una aventura
espiritual, un amor divino, pureza y perfección. Una completa autoentrega, la
total aniquilación que encuentra su realización en el amor, en lo que llamamos
Amor de Dios. Nadie puede definir ni describir ese amor. Llámeselo don divino,
emanación sobrenatural o como se quiera. Las palabras no pueden explicarlo,
pero quienes lo experimentan no necesitan la confirmación de la razón o de la
lógica, ni prueba alguna. Ilumina toda la Naturaleza, penetra y rige toda vida.
Se logra de muchas maneras; puede llegarse a él por muchos portales; pero
quienes cruzaron el umbral y penetraron, saben que han llegado, aun cuando sólo
alcanzan los lindes del Reino de los Cielos. Si no sienten allí regocijo,
¿dónde podrán hallarlo entonces? La visión puede desvanecerse de vez en cuando,
pero una vez experimentada, se sabe que retornará.” 18
Hablamos
mucho de la unificación que Cristo realizó dentro de Sí Mismo y para el hombre.
Reconocemos la unidad que experimentó con el Padre y que nos ha exhortado a
una unidad divina similar. Pero ¿no será posible que haya establecido una síntesis
más amplia que la del individuo y Dios, la síntesis del reino de Dios?
¿ Qué significan esas palabras? Hemos hablado
del reino de Dios en términos de separación. O estamos en ese reino, o fuera de
él. Se dice que debemos salir del reino de los hombres (controlado por el
mundo, el demonio y la carne) y entrar en otro, descrito como totalmente
distinto. Todos los aspectos de los tres reinos subhumanos, animal, vegetal y
mineral, se encuentran en el hombre, y su síntesis, más otro factor, el intelecto
divino, constituyen lo que llamamos el reino humano. El hombre unifica en
sí las llamadas manifestaciones inferiores de la deidad. En los reinos
subhumanos de la naturaleza encontramos tres tipos principales de conciencia:
el reino mineral, con su poder de discriminación subjetivo, su capacidad de
crecer y su radiactividad ultérrima; el reino vegetal, con su sensibilidad o
sensitividad, y su mecanismo de respuesta en desarrollo, sensible a la luz
solar, al calor y al frío, como a cualquier condición climática circundante; el
reino animal, con su conciencia grandemente acrecentada, su capacidad de libre
movimiento y de contactos más amplios, gracias a su naturaleza instintiva. El
reino humano, encarna todos esos tipos de conocimientos, conciencia,
sensitividad, instinto, además de esa misteriosa facultad humana que llamamos
“mente”, y resumimos todas esas cualidades heredadas, en la palabra
“autoconciencia”.
Sin
embargo, en la experiencia del ser humano inteligente, hay un lento y nebuloso
reconocimiento de que existe algo más grande aún y de mayor valor, fuera de sí
mismo. El hombre es sensible a una serie de contactos más sutiles y de
impresiones que denomina espirituales, ideales o místicas. Otro tipo de
conciencia empieza a germinar en él, y cuando tiene lugar el nacimiento en
Belén, esta conciencia se pone de manifiesto y es reconocida. En momentos en
que el ser humano sintetiza en sí todo su pasado, agregando su propia
constitución peculiar y sus cualidades, empiezan a surgir y a demostrarse en
él cualidades que no son humanas.
Los
miembros del reino de Dios seguramente encarnarán la herencia de los cuatro
reinos, del mismo modo que el hombre encarna la herencia de tres. Esta
ciudadanía superior abarca la expresión de la conciencia crística, que es la
conciencia de grupo, de relación, de la parte al todo (algo que Cristo acentuaba
continuamente) y de lo humano a lo divino. El resultado de este conocimiento
debe ser, sin lugar a dudas, de acuerdo al esquema evolutivo, la aparición de
otro reino en la naturaleza, siendo ésta la gran tarea de Cristo. Por el poder
de Su divinidad realizada, constituyó el hombre que reunió en Sí Mismo lo
mejor de todo lo que había sido, y revelaba también lo que iba a ser. Él ciñó
en una unidad funcional, lo superior y lo inferior, haciendo de ello un “hombre
nuevo”. Fundó el reino de Dios en la tierra y presentó una síntesis de todos
los reinos de la naturaleza, provocando así la aparición de un quinto reino.
Podemos resumir la unificación lograda del siguiente modo:
1.
Unificó en Sí mismo, a la perfección,
los aspectos físico, emocional y mental del hombre, comprobando de este modo la
existencia del individuo perfecto.
2.
Unificó en Sí Mismo alma y cuerpo,
los aspectos superior e inferior, presentando así una encarnación divina.
3.
Unificó en Sí Mismo lo mejor de todos
los reinos de la naturaleza, mineral, vegetal y animal, que en su síntesis
forman lo humano, con el intelecto activo.
4.
Fusionó esta síntesis con un factor
espiritual superior, causando el nacimiento de otro reino de la naturaleza, el
quinto.
Habiendo
creado Cristo, en Sí Mismo, una unificación o síntesis tras otra, para
beneficio de la humanidad, aparece ante Juan el Bautista y pasa por la segunda
iniciación, la de la purificación en las aguas del Jordán. Por el proceso del
bautismo y por las tentaciones que le siguieron, Cristo evidenció su madurez,
enfrentó Su misión y demostró al mundo Su pureza y Su poder.
La tercera iniciación, la de la Transfiguración, testimonió la
unificación que Cristo había realizado entre cuerpo y alma. La integración era
completa y, por consiguiente, la iluminación fue evidente para Sus discípulos.
Apareció ante ellos como Hijo del Hombre y como Hijo de Dios, y habiéndoles
probado Quién era, encaró la muerte que le esperaba y el intermediario
servicio.
En la cuarta iniciación demostró esta integración, no sólo como
Hombre-Dios sino como Aquél que abarca en Su conciencia al entero mundo de los
hombres. Se unificó con la humanidad, reflejando la efectividad de esa divina
energía que lo capacitó para decir con toda verdad: “Y yo, si fuere ascendido
de la tierra, a todos atraeré a mí”. 14 Fue ascendido, entre la
Tierra y el Cielo, y durante dos mil años, Sus palabras han permanecido inalterables.
2
“Entonces
Jesús vino de Galilea al Jordán, para ser bautizado por Juan. Mas Juan se
oponía diciendo: ‘Yo debo ser bautizado por ti ¿y Tú vienes a mí?’
“Pero Jesús le respondió: ‘Deja ahora, porque
así conviene cumplir toda justicia’. Entonces lo dejó.
“Y
Jesús, después que fue bautizado, salió del agua, y los cielos le fueron
abiertos y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venia sobre él.
“Y
una voz de los cielos decía: ‘Éste es mi Hijo amado, en el cual tengo
complacencia’.” 15
En estas simples palabras se narra la historia de esta iniciación. La
nota clave es purificación, cerrando un período de preparación y silencioso
servicio, e inaugurando un ciclo de fatigosa
actividad. La purificación de la naturaleza inferior es un requisito
que la iglesia cristiana ha subrayado siempre, como también lo ha hecho el
credo hindú. Cristo proclamó este ideal ante Sus discípulos y los demás
hombres, cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios”. 16
En un antiguo tratado sobre meditación, encontramos que el maestro
proclama: “Por la purificación llega también la quietud del espíritu... y la
capacidad de ver al yo”. 17 La
purificación es de muchas clases y grados. Hay pureza física y pureza moral, y
hay también esa pureza magnética que hace del hombre un canal de fuerza
espiritual. Hay pureza síquica, cosa muy rara de hallar, y pureza mental. La
palabra “pureza”, viene del sánscrito pur, que significa libertad de
impureza, de limitación, del aprisionamiento del espíritu en las cadenas de la
materia. No puede haber logro sin purificación; no hay posibilidad de ver y
manifestar divinidad, sin pasar por las aguas purificadoras. En el mundo se
está efectuando hoy una gran limpieza. Una “purificación ascética” y una
abstinencia obligatoria de muchas cosas, consideradas hasta ahora deseables,
tienen lugar en el mundo y nadie puede escaparse de aquéllas. Esto se debe al
derrumbe del sistema económico y a tantos otros sistemas ineficaces para el
mundo moderno. La purificación se impone, y como consecuencia debe producirse
un sentido más real de los valores. Una limpieza de ideales erróneos, una
purificación racial de normas deshonestas y objetivos indeseables, se está
aplicando poderosamente en esta época. Quizás esto signifique que muchos
individuos de la raza bajan hoy al Jordán y entran en sus aguas purificadoras.
Una purificación ascética autoaplicada y el reconocimiento de su valor por los
precursores de la familia humana, podrá conducirlos al portal de la iniciación.
Tenemos también, en este episodio,
una interesante analogía en lo que le sucede hoy a la raza desde el punto de
vista astrológico. Estamos entrando en el signo de Acuario, el Portador de
Agua. Este signo representa simbólicamente la pureza y la relación grupales,
la universalidad de la experiencia y las aguas que se vierten sobre todo lo
existente. Cuando empezamos a entrar en este signo, hace más o menos
doscientos años, el agua llegó a ser de interés y uso general, y por primera
vez para fines sanitarios y de irrigación. Así fue posible el control y la
utilización del agua como medio de transporte en amplia escala mundial. El
empleo del agua en nuestros hogares es ahora tan universal que apenas
percibimos lo que pudo haber sido el mundo antes de utilizarla.
Cristo,
en esta gran iniciación, penetró en la corriente y las aguas pasaron sobre Él.
En la India se llama a esta iniciación “entrar en la corriente”, y se considera
que quien la recibe demuestra pureza física y síquica. Al tratar esta
iniciación debemos recordar que en la historia, narrada en el Evangelio, se
hace referencia a dos tipos de bautismo:
“Respondió Juan diciendo a todos: ‘Yo a la
verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy
digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y
fuego’.” 18
Hay, por
consiguiente, dos clases de bautismo:
1. El
de Juan el Bautista, que es el bautismo por el agua.
2. El
de Jesucristo, que es el bautismo del Espíritu Santo y del fuego.
En esos dos símbolos está resumida gran
parte de la historia del desarrollo humano, y el trabajo conjunto de Juan el
Bautista y de Jesús, produjo una síntesis que señala el objetivo inmediato de
nuestro esfuerzo racial. El simbolismo es exacto, de acuerdo a la antigua
enseñanza de los misterios. Un estudio concienzudo de esta interpretación
simbólica de una verdad fundamental, beneficiará grandemente a los
investigadores de todos los países, y la comprensión del significado de los
símbolos empleados arrojará mucha luz sobre la realidad. Esto ha sido
reconocido por el Obispo C. Gore, 19 de Oxford, quien lo expresa en
los siguientes términos:
“El modernista... acepta la simple
exposición de los hechos que se enseñan como mensaje de la Iglesia, pero
argumentará que en la esfera de lo científico o del intelecto crítico, no deben
ser presentados en su sentido literal. Según su punto de vista son afirmaciones
simbólicas, es decir, poseen ciertos valores espirituales... Convengo que el
simbolismo debe admitirse para ser aplicado al idioma de la religión en general
y de la religión cristiana en particular —queriendo significar por simbolismo
el empleo de las imágenes materiales, revestidas por el lenguaje de la
experiencia humana, que no debe tomarse en sentido literal por la inteligencia
entrenada, sino solamente como la mayor expresión disponible de las realidades
espirituales trascendentales.”
En la evolución de la raza, se desarrolla primeramente la naturaleza
sensoria, y el agua siempre ha sido el símbolo de esa naturaleza. La
naturaleza fluida de las emociones y el cambio constante entre el placer y el
dolor, las tormentas que surgen en el mundo del sentimiento; y la paz y la
calma que pueden descender sobre el hombre, hacen del agua el símbolo más
adecuado para este sutil mundo interno de la naturaleza inferior, en el que
vivimos la mayor parte de nosotros y en el que nuestra conciencia está enfocada
predominantemente. El hombre o la mujer común, es especialmente una mezcla de
las naturalezas física y emocional; todas las razas primitivas presentan esta
característica, y es probable que en la antigua Atlántida la civilización
estuviera centrada en los sentimientos y deseos, en las emociones y —en los
tipos más avanzados de esa raza— en el corazón. Juan el Bautista, por lo
tanto, dio el bautismo por el agua, que testimoniaba la purificación de la
naturaleza emocional, que siempre debe ser el paso preliminar a la purificación
por el fuego.
“Los discípulos de Juan salieron del Jordán,
por lo menos superficialmente limpios, necesitaban que el proceso que en ellos
comenzaba se perfeccionara por medio de fuerzas más poderosas que las que
otorgaba Su mensaje. Necesitaban algo más que ese lavado externo —necesitaban
una limpieza interna, necesitaban algo más que la predicción del arrepentimiento
y la moralidad—, necesitaban un don de vida, necesitaban un poder nuevo que
afluyera a sus almas, cuya ígnea corriente, al precipitarse, apresara y
destruyera todo lo malo de sus naturalezas. No necesitaban agua, sino
espíritu; no necesitaban agua, sino fuego. Necesitaban lo que sería la vida
para su verdadera vida y la muerte para toda muerte interna, que los separa de
la vida de Dios.” 20
El bautismo en el Jordán simboliza la purificación de la conciencia del
hombre, del mismo modo que Cristo y Su bautismo simbolizó para nosotros lo
divino en el hombre, y la purificación que sigue a la actividad de ese espíritu
divino en la naturaleza inferior. La conciencia, con su llamado al
reconocimiento de los valores superiores, de las verdades más profundas y del
nacimiento a la vida, nos lleva al Jordán, por eso Cristo fue allí para
“cumplir toda justicia”. Esta experiencia siempre precede al bautismo en
Cristo y por Cristo. Dos párrafos pueden aclarar lo dicho:
“Juan
el Bautista es interno y místico, porque representa los compulsivos llamados de
la conciencia al arrepentimiento, a la renunciación y a la purificación,
precursora indispensable del éxito en la búsqueda de la perfección interna.” 21
Y
también:
“La facultad mediante la cual el hombre
obtiene una idea de las cosas divinas; es decir, la comprensión, debe, en
primer término, pasar por la purificación que implica el bautismo de Juan.
Decir que el que llega a ser un Cristo debe ser bautizado por Juan, significa
que el primero y fundamental paso para la realización de la verdadera
divinidad del hombre es la purificación del cuerpo y de la mente. Sólo los que
así se han purificado pueden ‘ver’ o conocer a Dios.“ 22
El bautismo
de Juan fue un paso en el camino hacia el centro, siendo aplicado en forma más
general que el bautismo de Jesús, porque muy pocos están preparados para la
segunda iniciación. Constituye una preparación preliminar para el bautismo
final, porque la purificación de la naturaleza emocional debe preceder en el
tiempo a la purificación de la naturaleza mental, así como en la evolución de
la raza (y también del niño) se desarrolla primero el hombre sensorio y
sensible, y después la mente inicia una vida activa. El bautismo que Cristo da
a Sus seguidores concierne a la purificación de la mente por el fuego. El
fuego, de acuerdo al simbolismo universal de la religión, representa siempre la
naturaleza mental. El bautismo por el fuego es el del Espíritu Santo.
“El Espíritu Santo es fuego. Ahora
bien, cualquiera sea el significado del emblema de las cláusulas precedentes y
subsiguientes (extraídas de Mt. 3:2), el texto sólo puede tener un significado,
es la influencia purificadora del Espíritu de Dios. El bautismo por el Espíritu
Santo y el fuego, no son dos cosas distintas, sino que el primero es la
realidad de la cual el último es el símbolo. Será de valor tratar brevemente la
fuerza del símbolo. El fuego en el mundo entero representa la energía
divina. Las Escrituras lo emplean desde el principio... Tenemos así, una
ininterrumpida cadena de simbolismos, según los cuales, algunos aspectos de la
naturaleza divina y especialmente el Espíritu de Dios, es presentado por el fuego.
Surge el interrogante ¿cuál es ese aspecto? En respuesta, les recordaré
que los atributos y obras del Espíritu de Dios nunca se representan en las
Escrituras como destructores, sino sólo punitivos, hasta donde el reconocimiento
del pecado, que Él inculca en el corazón, puede considerarse como castigo. El
fuego del Espíritu de Dios, en todos los casos no es una energía
iracunda que inflige dolor y muerte, sino omnipotencia misericordiosa que trae
consigo luz, gozo y paz.”23
Por
eso Jesús fue de Nazaret a Galilea y dio el siguiente paso que convenía a su
experiencia. Como resultado de esta experiencia en la vida y de su
consagración interna, estaba preparado
para la siguiente iniciación, recibida en el río Jordán; Jordán significa
“lo que desciende”, y también según algunos comentaristas, “lo que divide”,
así como un río divide y separa las tierras. En el simbolismo del esoterismo,
la palabra “río”, indica frecuentemente discriminación. Vimos que el
agua simboliza la naturaleza emocional y que la purificación en el Jordán por
el bautismo, tipifica la total purificación de los sentimientos, anhelos y esa
vida de deseos que constituye el factor determinante en la mayoría. La primera
iniciación simboliza la consagración del cuerpo físico y de la vida en el plano
físico, el alma. La segunda iniciación representa el control logrado y la
consagración a la divinidad de la naturaleza de deseos, con sus reacciones
emocionales y su potente “vida de
deseos”.
Un
nuevo factor entra ahora: la facultad discernidora de la mente. Mediante ésta
el discípulo puede, controlar la vida mental y dedicarla a la vida en el reino
de Dios, consumada en la tercera iniciación. Por el empleo correcto de la
mente el discípulo hace la correcta elección y equilibra (sabiamente) los
infinitos pares de opuestos. Pasamos por la iniciación del Nacimiento casi
inconscientemente. La plena significación de lo realizado no se hace evidente;
somos “niños en Cristo”, y como tales vivimos y nos sometemos a disciplinas,
llegando gradualmente a la madurez. Pero hay una época en la vida de todo
iniciado, en que debe hacerse la elección, y Cristo también debió enfrentarse
con ella. Antes de poder enfrentar un futuro de servicio conscientemente
emprendido, debe hacerse un total y limpio rompimiento interno con el pasado,
sabiendo que desde ese momento ya nada será igual.
Esta
iniciación marcó un cambio tremendo en la vida de Jesús de Nazaret. Hasta esa
fecha, durante treinta años, había sido simplemente el carpintero del pequeño
pueblo y el Hijo de Sus padres. Era una personalidad que hacía mucho bien en
una pequeña esfera. Pero, después de la purificación en el Jordán, habiendo
“cumplido toda justicia”, 24 Se
trasformó en el Cristo y anduvo por Su país, sirviendo a la raza y pronunciando
las palabras que han moldeado, durante siglos, a nuestra civilización
occidental. Cada uno de nosotros obtenemos la misma gran expansión, cuando
estamos en condiciones de recibir la segunda iniciación. Nuestra vida de deseos
debe entonces tomar decisiones esenciales que sólo la mente nos permite manejar
en forma adecuada.
Según
la Crudens Concordance, Juan significa “lo que Dios ha dado”, y los tres
nombres que aparecen juntos en el episodio: Juan, Jesús y Cristo, sintetizan
toda la historia del aspirante consagrado; Juan simboliza el aspecto divino,
oculto profundamente en el hombre, que lo impele a lograr la pureza necesaria;
Jesús en este caso simboliza el discípulo o iniciado consagrado, preparado para
el proceso que constituirá el sello de su purificación o Cristo inmanente, y
el divino Hijo de Dios que puede manifestarse en Jesús, porque Él Se ha
sometido al bautismo de Juan. Ese sometimiento y purificación trajeron su
recompensa.
En
esa iniciación Dios Mismo proclamó que Su Hijo era el Único por Quien “sentía
complacencia”. Toda iniciación es simplemente un reconocimiento, y es falsa la
idea común en muchas escuelas de los misterios y de esoterismo, de que la
iniciación implica una ceremonia misteriosa donde el iniciador y el cetro de la
iniciación cambian definitivamente las condiciones del aspirante, y de allí en
adelante será distinto y cambiará. La iniciación tiene lugar cuando el hombre,
por su propio esfuerzo, se convierte en un iniciado. Entonces, habiendo tomado
“el Reino de los Cielos por la violencia” 25 y “labrado vuestra
propia salvación con temor y temblor”, 26 su estado espiritual es
reconocido de inmediato por sus iguales y se le confiere la iniciación.
Dos
cosas suceden en la iniciación: el iniciado descubre a sus hermanos iniciados
con quienes puede asociarse, y también la misión que se le ha confiado. Se da
cuenta de su divinidad en un sentido nuevo y real, no simplemente como una
profunda esperanza espiritual o posibilidad hipotética y un anhelo de su corazón.
Sabe que es hijo de Dios, por lo tanto se lo reconocerá como tal. Éste fue el
caso sorprendente de Jesucristo. Su tarea surgió con todas sus temibles
implicaciones ante Sus Ojos, y sin duda esta causa lo llevó a internarse en el
desierto. El ansia de soledad, la búsqueda de esa quietud donde la reflexión y
la determinación pueden vigorizarse mutuamente, fue el resultado natural de
ese reconocimiento. Vio lo que debía hacer —servir, sufrir y fundar el reino
de Dios. La expansión de conciencia fue inmediata y honda. El profesor
Schweitzer 27 dice al respecto:
“Acerca del anterior desarrollo de Jesús
nada sabemos. Todo queda en la oscuridad. Sólo una cosa es segura: en Su
bautismo Le fue revelado el secreto de Su existencia, es decir, que era Él a quien
Dios había destinado ser el Mesías. Con tal revelación, quedó integrado, no
requiriendo ulteriores desenvolvimientos. Porque en ese momento se Le aseguró que, hasta el inminente advenimiento
de la hora mesiánica en que se Le revelaría Su dignidad gloriosa, debía
trabajar para el Reino como el Mesías oculto o desconocido, probarse a Sí Mismo
y purificarse, conjuntamente con Sus amigos, para Su dolor final.”
Para
Jesús, como hombre, fue probablemente un descubrimiento intranquilizador.
Oscuros presagios del sendero que Él debería hollar, algunas veces habrán
acudido a Su mente, pero todas sus implicancias y la imagen del camino que
tenía por delante, no pudieron surgir en Su conciencia en toda su plenitud
hasta haber pasado la segunda iniciación, en la que Su purificación fue total.
Entonces Se enfrentó con la vida de servicio y con las dificultades que
aparecen en el sendero de todo consciente hijo de Dios. El autor citado
anteriormente dice:
“En la conciencia mesiánica de Jesús, la
idea del sufrimiento adquirió, en lo que a Él atañe, una misteriosa
significación. El mesianismo, del cual fue consciente en Su bautismo, no era
una posesión ni un simple objeto de expectativa, pero en el concepto
escatológico se daba por hecho, que mediante la prueba del sufrimiento debía
convertirse en lo que Dios Le había destinado que fuera. Su conciencia
mesiánica nunca careció de la idea de la Pasión. El sufrimiento es el camino
hacia la revelación del mesianismo.” 28
La
entera vida de Cristo fue una prolongada vía dolorosa, pero siempre
estuvo iluminada por la luz de Su alma y por el reconocimiento del Padre. Según
registra El Nuevo Testamento, Su vida se dividió en períodos y ciclos
definidos, y aunque, por supuesto, los detalles de lo que debía hacer se Le
revelaban en forma progresiva, toda Su vida constituyó un gran sacrificio, una
gran experiencia y un propósito definido. Este objetivo definido y esta
consagración del entero hombre a un ideal, indican un estado de iniciación.
Todos los acontecimientos están relacionados con el cumplimiento de la tarea de
la vida, la cual adquiere una verdadera significación. Ésta es la lección que
todos nosotros no iniciados y aspirantes podemos ahora aprender y empezar por
decir: “Cuando contemplo el pasado, la vida no es para mí una sucesión de
experiencias, sino una gran experiencia, iluminada aquí y allí por momentos de
revelación”. 29
Esta
iluminación se hace constante a medida que pasa el tiempo. El antiguo
instructor indú Patanjali,30 enseñaba que la iluminación es séptuple
y va progresando por etapas sucesivas. Es como si tratáramos mentalmente las
siete iluminaciones que llegan a los
hijos de Dios que están en proceso de despertar a sus divinas oportunidades:
llega la iluminación cuando nos decidimos a hollar el sendero de probación y a
prepararnos para la iniciación. Entonces arroja luz la lejana visión y
obtenemos una fugaz vislumbre de nuestra meta. Después la luz se vierte sobre
nosotros mismos y obtenemos una visión de lo que somos y de lo que podemos ser,
entrando entonces en el sendero del discipulado o —empleando la terminología
bíblica— iniciamos la larga jornada a Belén. Tenemos después las cinco
iniciaciones que estamos estudiando, cada una de las cuales marca un acrecentamiento
de la luz que brilla en nuestro camino y desarrolla esa radiación interna que
capacita a todos los hijos de Dios a decir, con Cristo, “Yo soy la luz del
mundo” 31 y a obedecer Su mandato cuando dice: “Así alumbre
vuestra luz delante de los hombres para que vean”...32 Esta luz,
en sus siete etapas, revela a Dios, Dios en la naturaleza, Dios en Cristo, Dios
en el hombre. Es la que causa la visión mística, sobre la cual tanto se ha
escrito y enseñado y testimoniaron las vidas de los santos de Dios, en ambos
hemisferios.
A
veces nos preguntamos quién habrá sido el primer hombre que recibió la primera
débil vislumbre (alcanzada con tenue luz interna) de la infinita posibilidad
que le esperaba. Tuvo una vislumbre de Dios y desde ese momento la luz de Dios
fue cada vez más intensa. Una antigua leyenda (¿quién puede decir que no esté
basada en la realidad?) dice que Jesús de Nazaret fue el primero en nuestra
humanidad, en un nebuloso y lejano pasado, en recibir esa vislumbre y que Él,
por el persistente y constante esfuerzo dirigido, fue el primero de nuestra
humanidad que surgió a la luz de Dios Mismo. San Pablo tal vez se refería a
esta verdad cuando habló de Cristo como “el primogénito entre muchos
hermanos”. 33 Sea o no verdadera esta leyenda, Cristo entró en la
luz, porque Él era luz, y la historia del hombre ha sido una iluminación
gradualmente creciente, hasta que hoy la radiación se encuentra en todas
partes.
“El hecho importante es que por algún
sendero el hombre prehistórico logró la percepción y, tarde o temprano, la
certeza de la existencia de un ser superior. Quienes relataron la prehistoria
podrán decir lo que quieran. El cuerpo del hombre puede haber sido un ascenso
del reino animal en virtud de las facultades ocultas implantadas en la
naturaleza por el Creador, o bien ser una nueva creación. En cualquier caso,
Adán, el primer hombre, existió desde el momento en que Dios creó el alma
humana para morar en el cuerpo, entonces empezó a operar un principio
espiritual capaz de concebir ideas y formar propósitos morales”. 34
En
esta inherente y divina luz latente y también emanando de Dios, Cristo tuvo la
visión que le demostró su Filiación, su Mesianismo y el sendero de sufrimiento.
Esta visión es herencia y revelación de cada discípulo individual. Esta
revelación mística puede percibirse, y una vez percibida constituye una
realidad a menudo inexplicable, pero una realidad definidamente clara e ineludible.
Proporciona al iniciado la confianza y
el poder para seguir adelante. Es efectiva en nuestra experiencia y es la raíz
de toda nuestra consistencia y también inexpugnable servicio futuro. Sobre
esta base, marchamos valientemente de lo conocido a lo desconocido. Es
finalmente inefable, porque subraya nuestra divinidad, está fundamentada sobre
la cualidad divina y emana de Dios. Es una vislumbre del reino de Dios y una
revelación del sendero que debemos hollar en nuestro camino hacia Él. Constituye
una expansión que nos permite comprender que “el reino de Dios es un estado del
alma, que proviene del espíritu y se refleja en el cuerpo”. 35
“La religión viviente no es un mero
conocimiento de hechos, sino una relación del entero hombre con Dios, que a su
vez presupone una relación entre Dios y el hombre, captados por la experiencia
del hombre religioso y la reflexión metafísica. Lo finito sólo se mueve por el
poder de lo Infinito, la causa secundaria sólo actúa en virtud de la Causa
Primera, según enseña la filosofía escolástica. Y Cristo dijo que ‘ningún
hombre entra’ en el reino de Dios a menos que sea inducido a ello.
“La meta de este movimiento, sin embargo,
tal como la exponen los propios reveladores religiosos, es un estado del alma
en el cual su capacidad de santidad se ha desarrollado en una disposición vital
y omniabarcante. La Biblia lo denomina ‘penetración en Dios’, y Meister
Eckhart se refiere a ello diciendo que ‘la verdadera posesión de Dios se da en
el corazón y consiste en una constante aplicación y orientación internas del
espíritu’.” 36
El
primer paso hacia este reino es por medio del nuevo Nacimiento y el segundo
por el bautismo de la Purificación. Es un proceso para adquirir las
características del reino y lograr gradualmente esa madurez que caracteriza al
ciudadano de ese reino. Cristo lo testimonió en el bautismo, donde alcanzó la
madurez, dándonos un ejemplo, y mediante Su paso triunfal por las tres
tentaciones, demostró la pureza necesaria. Annie Besant se refiere a este crecimiento gradual en el
reino, en los siguientes términos:
“El creyente común está ‘vestido de Cristo’,
porque ‘todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis
revestidos’.37 Eran niños en Cristo... y Cristo era el Salvador al
que ellos pedían ayuda, puesto que Lo conocían ‘según la carne’. Pero, cuando
ellos habían vencido a la naturaleza inferior y no eran ya ‘carnales’,
entraban en un sendero superior y se trasformaban en Cristo. Esto que Él Mismo
había logrado, era el deseo del Apóstol para sus seguidores: ‘Hijitos míos, por
quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros’.38
Él era ya su padre espiritual, habiéndolos ‘engendrado por medio del
evangelio’.39 Entonces el Cristo Niño, el Divino Infante, nacía en
el alma, ‘en lo interno del corazón’,40 trasformándose así el
iniciado en el 'hijito’; de allí en adelante debía vivir en su propia persona
la vida del Cristo, hasta volverse ‘un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo “41,42
¡El
infante en Cristo, el pequeño niño, el hombre maduro, el hombre perfecto! Por
la experiencia de Belén nace el niño. El infante crece hasta la madurez y
manifiesta su pureza y poder en el bautismo. Se presenta en la transfiguración
como el hombre maduro, y en la Cruz representa al perfecto Hijo de Dios. Una
iniciación constituye ese momento en que el hombre siente y sabe, en cada parte
de su ser, que la vida es realidad y que la realidad es vida. Por un breve
instante, su conciencia es omniabarcante, no sólo tiene la visión y oye la
palabra de reconocimiento, sino que sabe que la visión es de sí mismo, y que la
palabra es él mismo hecho carne. El Dr. Grensted 43 dice:
“...la
esencia de la vida no consiste en su sucesión, sino en que sea un todo
experimentado, hasta donde está presente en nuestra conciencia. En la
afectividad y en el sentimiento de la experiencia se expresa más directamente
esta unidad de la experiencia. Bradly, en su brillante descripción de la
‘corriente del pensamiento’, declara que la vida no es un serie de
acontecimientos clave, sino que se asemeja a una zona de luz en la corriente de
un río. Existe allí una zona nítidamente definida y sus bordes se van
desvaneciendo en la oscuridad, pero la zona de luz se ve como una sola.”
Ése
es el factor esencial. Iniciación es una llamarada de iluminación lanzada
sobre el río de la existencia, constituyendo una experiencia total. No hay nada
indefinido en ella y el iniciado ya no es el mismo en su conciencia.
En el río Jordán, la luz de los Cielos
se volcó sobre el Cristo, y su Padre pronunció las palabras que resonaron a
través de las edades y evocaron la respuesta de todos los aspirantes al reino.
El espíritu de Dios descendió sobre él como una paloma. La paloma ha sido
siempre el símbolo de la paz. Por dos razones fue el signo elegido en
dicha iniciación. El agua, como hemos visto, es el símbolo de la naturaleza
emocional, que una vez purificada por la iniciación, se convierte en un límpido
y tranquilo estanque, que puede reflejar la naturaleza divina en toda su
pureza. Así, en forma de paloma, la paz de Dios descendió sobre Jesús.
Las
dualidades esenciales de la existencia están tipificadas en La Biblia. El
Antiguo Testamento representa al hombre natural inferior, el aspecto virgen
María, que lleva en sí la promesa del Mesías, de Aquel que vendrá. El Nuevo
Testamento representa al hombre espiritual, el Dios hecho carne y el
nacimiento de aquello que la naturaleza material llevó y ocultó en sí durante
tanto tiempo. El Antiguo Testamento comienza con la aparición del cuervo
en la época de la fundación del mundo antiguo. El Nuevo Testamento comienza
con la aparición de la paloma —el primero es símbolo de las aguas turbulentas,
la segunda, el símbolo de las aguas de la paz. Por medio de Cristo y del
desarrollo de la vida crística, llegará en todo ser humano la “paz que
sobrepasa todo entendimiento”.44
De
pie, en las aguas del Jordán, Cristo enfrentó al mundo como Hombre. De pie,
sobre la cima de la Montaña de la Transfiguración, enfrentó al Mundo como Dios.
Pero en la iniciación del bautismo, estuvo a igual altura que Sus hermanos,
manifestando pureza y paz. Recordemos que “desde el punto de vista de los
demás, sólo es original el hombre que puede conducirlos más allá de lo que ya
saben, pero no puede hacer esto hasta poseer los mismos conocimientos que
ellos”.45 Esto debe recordarse. Cristo fue purificado, pero frente a
Él tenía las tentaciones. Tenía que
llegar a ser en Su conciencia (ya sea de nuevo o por la recuperación de las
antiguas pruebas y experiencias) igual a nosotros en todas las cosas, en el
pecado, debilidad, flaqueza humana y también en los triunfos y realizaciones
humanos. Cristo tenía que demostrar Su grandeza moral así como Su divinidad y
Su perfección, como el hombre que había llegado a la madurez. Tenía que pasar
por las pruebas a que todo futuro ciudadano del reino debe someterse cuando se
le exige probar su capacidad para obtener los privilegios de ese reino, del
cual la iglesia es el símbolo externo y visible y, aunque imperfecta y débil en
la interpretación de sus enseñanzas esenciales, simboliza la forma del reino
de Dios. Pero éste no es el reino de los teólogos. No se entra en él por la
mera aceptación de ciertos credos formales, entran quienes pasaron por el
nuevo nacimiento y bajaron al Jordán.
“El cristianismo, como lo demuestra la
religión comparada, es la única religión del ‘reino de Dios’, donde la
comunidad no es algo secundario ni una mera suma de los individuos que la
forman, así como un organismo viviente no es la suma de sus miembros. El
cristianismo es una religión en la que el individuo vive sólo por medio de la
comunidad y en ella, la iglesia.
“Desde el principio y por su verdadera
esencia, el cristianismo ha sido y es, la religión de una iglesia. No tenemos
más que analizar la línea de maestros cristianos, desde los apóstoles Pedro y
Juan, pasando por Ignacio de Antioquía, Ireneo y Cipriano, hasta Agustín, para
ver claro, como la luz del día, que somos cristianos únicamente en el cuerpo
uno de Cristo, e hijos de Dios en la medida en que visiblemente o, por lo
menos, espiritualmente, estamos unidos a él. La comunidad posee una función en
el esquema de salvación, para la cual no hay sustituto y ‘cuando un miembro se
separa del todo que integra, cesa de vivir'. (Agustín)
“Pero aquí está la paradoja: la religión que
otorga una importancia única a la comunidad, no solamente sostiene el valor de
la personalidad individual, sino que la eleva a la más alta potencia.
Todo individuo posee una vida divina y una copia única de su divino ejemplo,
‘llamado por su propio nombre’. Aunque el mismo cristiano es una criatura
diminuta ante la presencia de la Totalidad infinita de Dios, y debe decir con
el Salmista, ‘¿Qué es el hombre, para que Tú lo tengas en consideración?’, sabe
que Dios Se ha preocupado por él y Lo ha criado.”46
La
ciudadanía de este reino fue juzgada en la persona de Cristo, por eso bajó al
desierto para ser tentado por el demonio.
3
En
este episodio íntimo de la vida de Jesucristo se da quizás la primera vislumbre
real de los procesos llevados a cabo en Su mente más recóndita. Las palabras
que siguen inician la historia y son significativas:
“Y hubo una voz de los cielos, que decía:
Éste es mi Hijo amado en quien tengo complacencia. Entonces Jesús fue llevado
por el Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo.” 47
El relato de la tentación en el desierto ha provocado
grandes controversias. Muchas cuestiones se promovieron y el fervoroso creyente
ha experimentado mucha agonía respecto al alma, al tratar de reconciliar el
sentido común, la divinidad de Cristo y el demonio. ¿ Podía Cristo en realidad
ser tentado, y de ser así, haber caído en el pecado? ¿ Hizo frente a esas
tentaciones como el omnipotente Hijo de Dios, o lo hizo como hombre, sujeto por
lo tanto a tentaciones? ¿ Qué se quiere significar por el demonio? ¿ Cuál era
la relación de Cristo con el mal? Si esta narración respecto al desierto nunca
se hubiera contado, ¿cuál habría sido nuestra actitud hacia Cristo? ¿ Qué
ocurrió realmente en la conciencia de Cristo mientras se hallaba en el
desierto? ¿ Con qué fin se nos permite compartir con Él esta experiencia?
Muchos
interrogantes surgen en la mente del hombre inteligente, y numerosos han sido
los comentarios que se han escrito para establecer el punto de vista particular
de cada pensador. No es propósito de este libro tratar el difícil tema del mal,
ni definir las veces que Cristo actuaba como hombre y cuándo lo hacía como Hijo
de Dios. Algunos creen que fue simultáneamente ambas cosas y que “era el Dios
de Dios Mismo”48 y, sin embargo, al mismo tiempo esencial y
completamente humano. La gente afirma estas cosas, pero tiende a olvidar las
implicaciones. Afirma con decisión su punto de vista, pero omite llevar su
actitud a una conclusión lógica. Lo que se infiere es que nos permite conocer
la tentación para aprender, como seres humanos, una lección necesaria;
estudiemos por lo tanto esa historia desde el ángulo de la humanidad de
Cristo, no olvidando que Él había aprendido a obedecer al espíritu divino, el
alma en el hombre, y que tenía el control de Su cuerpo de manifestación.
Beverley Nichols49 hace el siguiente comentario:
“Una de las primeras cosas que sabemos de
Cristo en La Biblia, es que fue tentado por el demonio. ‘Si eres Hijo de
Dios, di que estas piedras se hagan pan’. Así le habló el demonio en el árido
desierto, después que Cristo hubo ayunado durante cuarenta días. El hecho que
Cristo pasara sobre ésta y todas las demás tentaciones, no nos prueba que fuera
inmune a la tentación. Si no hubiera sentido las torturas del hambre, no
habría mérito alguno en la respuesta que se le arrancó: ‘Escrito está, no sólo
de pan vivirá el hombre’. Hubiera sido meramente una moralización vacua,
llevada y olvidada por el viento del desierto.
“Lo mismo ocurrió durante Su agonía en el
huerto. No sólo poseía la capacidad del hombre común de sentir el dolor, sino
también la de temerlo. Sabía demasiado bien los horrores que Le esperaban en la
cruz y Su cuerpo reaccionaba de acuerdo a ello. Cuando elevó la conmovedora
súplica: ‘Padre mío, si Tú lo decides aparta de mí este cáliz...'; se dice que
cuando oraba, ‘su sudor, como grandes gotas de sangre, caía al suelo’.”
Cristo
fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.50 Cristo
tomó cuerpo humano y estuvo sujeto a las condiciones humanas en que también
estamos; sufrió y agonizó, sintió exasperación, fue condicionado por Su cuerpo,
Su medio ambiente y la época, como todos nosotros. Por haber aprendido a
dominarse y porque la rueda de la vida había terminado para Él, podía enfrentar
esta experiencia y hacer frente al mal y triunfar. De ese modo nos enseñó a
enfrentar la tentación, nos mostró lo que debíamos esperar como discípulos que
se preparan para la iniciación y
también el método por el cual el mal se convierte en bien. Enfrentó la
tentación, no con una gran técnica o revelación nueva, sino simplemente
recurriendo a Lo que sabía de lo que se Le había dicho y enseñado. Encaró a la
tentación, con la frase: “Escrito está” 51 y no empleó nuevos
poderes para combatir al demonio. Simplemente utilizó el conocimiento que
poseía. No empleó los poderes divinos para vencer al Mal. Sencillamente empleó
los que todos poseemos —el conocimiento adquirido y las milenarias reglas. Lo
conquistó, porque había aprendido a vencerse a Sí Mismo. Era el amo de las
condiciones de esa época, porque había aprendido a dominarse a Sí Mismo. El Dr.
Grensted 52 dice:
“El razonable argumento de que los
cristianos hayan elegido al Cristo como la revelación del misterio del
universo, es simplemente porque en Su vida vemos surgir los problemas de
nuestras propias vidas al obtener una personalidad incomparable y completa. No
se pueden evitar las temibles e irracionales realidades del mal y de la
muerte. Hay sufrimiento, tentación y hasta la sombra de un fracaso. Sin
embargo, todo eso está representado de tal forma en las narraciones del
Evangelio, que forman un cuadro consistente de Quien fue completamente dueño de
Su propia alma. Sabemos, a medida que leemos la historia de Su vida, que así es
la humanidad en su nivel más elevado, y que, aunque tales alturas están
absolutamente fuera de nuestro alcance, también sabemos que Él ha revelado el
propósito y las posibilidades de nuestras vidas, inconmensurablemente menos
efectivas.”
Tal
dominio ejercido por el alma puede ser que esté totalmente más allá de nuestro
logro inmediato, pero el mandato de Cristo tiene eternamente vigencia: “Sed
pues, vosotros perfectos”,53 y algún día nosotros también
enfrentaremos la tentación en el desierto y saldremos, como Él, sin mácula y
vencedores. Tal experiencia es
inevitable para todos y nadie puede escapar a ella. Cristo no la evitó y
nosotros tampoco lo haremos. “La posibilidad de ser tentado demuestra la
verdadera grandeza de la naturaleza humana”, dice el Dr. Selbie54:
“Sin eso seríamos simplemente criaturas inmorales... Por la capacidad de elegir
entre los fines y las acciones a que ellos conducen, surge la posibilidad del
pecado”. Esto exige una consideración más que superficial. La propia
humanidad está comprometida en esta narración del desierto. El mundo de las
cosas materiales, de los deseos y de la ambición, fue desplegado ante el Cristo
y por que Él reaccionó como Lo hizo y ninguno de esos aspectos de la vida podía
afectarlo, nosotros también podremos liberarnos, asegurando nuestra victoria
final. Cristo obtuvo la victoria como hombre. Nosotros también podemos hacer
lo mismo.
“El hombre, entonces, como espíritu, es el
gran ‘Negador’ (Neinsagekönner). Es el eterno protestante contra toda
realidad meramente empírica. Al decir ‘no’ a todo lo que es simplemente
concreto, y al tratar de modificar este mundo de acuerdo a sus intereses
ideales, el hombre afirma la existencia de su propio centro espiritual, fuera
del mundo de la vida y en el mundo de las ideas eternas. Esto, dice Scheler, es
el principio del intento metafísico de captar intelectualmente lo absoluto, y
del intento religioso de librar al mundo de todo lo que es ajeno a él,
descubriendo el amor implícito en él. Así, la lucha entre la vida por una
parte, y el espíritu por otra, se torna muy aguda.” 55
A
este triunfo del alma sobre la materia y de la realidad sobre lo irreal, dio
testimonio Cristo en la experiencia del desierto, y todos los que siguen Sus
pasos marchan hacia la misma meta. El triunfo que logró será el nuestro cuando
enfrentemos el problema con el mismo espíritu que Él lo hizo, volcando sobre él
la luz del alma y apoyándose en la pasada experiencia. En The Testament of Man, publicado por Arthur
Stanley, W. R. Inge,56 dice:
“En el núcleo de nuestra personalidad hay
una chispa, encendida en el altar de Dios en los cielos —algo demasiado sagrado
para consentir hacer el mal, una luz interna que puede iluminar todo nuestro
ser. Purificar los ojos de la comprensión por la disciplina constante, apartarnos
de los deseos carnales u obstáculos mundanos, para acostumbrarnos a ascender
con el corazón y la mente al reino de los valores eternos, que son los
pensamientos y propósitos de Dios— tal es la búsqueda del místico y el esquema
de su progreso, durante su vida terrena. Contiene en sí su propia prueba y
justificación en la creciente claridad y certidumbre con que las verdades del
mundo invisible le son reveladas al que las busca con diligencia. La
experiencia es demasiado íntima y en cierto sentido, demasiado amorfa, para ser
impartida a otros. No se ha hecho un lenguaje para ser expresado, y la
imaginación, que recuerda los momentos
de visión después de sucedidos, nos pinta esa visión con colores que no son los
propios. Al recordar la revelación tiende a revestirla en forma mística o
simbólica, pero la revelación fue real; sólo aquí —en el acto místico por excelencia,
el acto de la plegaria— esa fe aparece por un momento. Amorfa, confusa y
fugaz como es, la experiencia mística es el cimiento pétreo de la fe
religiosa. En esta experiencia el alma, actuando como unidad, con todas sus
facultades, se eleva sobre sí misma y se trasforma en espíritu; afirma sus
pretensiones de ser un ciudadano del cielo.”
En
la iniciación del Bautismo quedó demostrado ante el hombre, la pureza y la
liberación de todo mal poseído por el Cristo. Ahora debe pasar por una prueba
distinta. De las multitudes y de la experiencia, Cristo pasó a la soledad, y
durante cuarenta días y noches estuvo solo consigo mismo, permaneciendo entre
Dios y el Demonio. ¿ De qué agente se valió esta fuerza maligna para llegar
hasta Él? Mediante Su propia naturaleza humana, mediante la soledad, el hambre
y Sus propias visiones, Cristo fue abandonado a Sí Mismo y allí, en el
silencio del desierto, solo con Sus pensamientos y deseos, fueron probadas
todas las partes de Su naturaleza que podían ser vulnerables... “Como Él es
así, así somos nosotros en este mundo”,57 vulnerables en todos los
puntos. La dificultad de la mayoría radica en que somos vulnerables en muchas
cosas sin importancia, y estamos preparados para caer ante cualquier situación
trivial. Lo crucial de la situación, en lo que a Cristo concierne, fue que las
tres tentaciones eran las pruebas cruciales, involucrando los tres aspectos de
la naturaleza inferior. Fueron tentaciones sintetizadas. No había en ellas
nada de trivial ni insignificante, sino el acopio de las fuerzas del triple
hombre inferior: física, emocional y mental, en un último esfuerzo por
controlar al Hijo de Dios. El mal está constituido así, y algún día tendremos
que enfrentar esta prueba, este triple mal, este demonio, como Cristo lo
enfrentó. Tres veces fue tentado y tres veces resistió, y sólo después que pudo
desechar la capacidad de reaccionar a la forma y al beneficio material le fue
posible pasar a la realización de Su servicio al mundo y llegar al Monte de la
Transfiguración. Uno de los más grandes pensadores en el campo de la
interpretación cristiana de hoy, el Dr. Albert Schweitzer,58 dice:
“Todos los que están destinados al Reino deben obtener el perdón por las
culpas cometidas en el eón terrestre, enfrentando firmemente al poder mundial,
cuando se concentra en mí mismo para el ataque final, pues por esta culpa aún
estaban sujetos al poder del ateísmo; ella constituye el contrapeso que retrasa
el establecimiento del Reino”.
Cristo enfrentó este último ataque y salió
victorioso, garantizando así nuestra victoria final.
El
demonio se aproximó a Jesús cuando había concluido los cuarenta días de
comunión solitaria. No se dijo lo que Cristo hizo durante esos cuarenta días.
Nada sabemos de Su pensamiento y determinaciones, de Sus realizaciones y
consagración, en esa época. Él solo enfrentó el futuro y encaró al final las
pruebas que lo liberaron del poder de Su naturaleza humana.
“La religión consiste en que el individuo se
ocupa de su propia soledad. Pasa por tres estados si se desarrolla para su
satisfacción final. Es la transición de Dios, la nada, a Dios el enemigo, y de
Dios el enemigo, a Dios el compañero.
“Por eso la religión es soledad, y si uno
nunca es solitario, tampoco será religioso.” 59
A
medida que estudiamos la vida de Jesús surge cada vez con más claridad esta
soledad. Las grandes almas son siempre solitarias. Marchan incesantemente sin
compañía por las partes más difíciles del largo camino de retorno. Cristo siempre
estaba solo. Su espíritu Lo llevaba constantemente al aislamiento. “Los grandes
conceptos religiosos que pululan en la imaginación de la humanidad civilizada,
son escenas de soledad: Prometeo encadenado a la roca, Mahoma cavilando en el
desierto, las meditaciones de Buda, el Hombre solitario de la Cruz. Corresponde
a lo más hondo del espíritu religioso sentirse abandonado de todos, hasta de
Dios”.60
Cristo
alternaba Su vida entre la multitud que Él amaba, y el silencio de los lugares
solitarios. Primeramente compartió la vida cotidiana de la experiencia
familiar, donde las intimidades de la personalidad pueden tan penosamente
aprisionar al alma; después pasó al desierto solitario y se encontró solo.
Regresó, y comenzó Su vida pública, hasta que la notoriedad, el ruido y el
clamor de esa vida fue reemplazada por el profundo interno silencio de la
Cruz, donde abandonado por todos, pasó la oscura noche del alma —completamente
solo. Sin embargo, en esos momentos de completo silencio, cuando el alma queda
abandonada a sí misma, sin nadie que la ayude, ni mano tendida para auxiliarla,
ni voz que la reconforte, sólo llegan esas revelaciones y esa clara percepción
que permiten el surgimiento de un Salvador para ayudar al mundo. Arthur Stanley
61 cita a John Jay Chapman respecto a esto:
“Todos los poderosos liberadores humanos
tienen algo en común y es que cada uno habla desde la soledad. La soledad
difiere de mil maneras, pero todas coaligan y forman parte una de la otra, se
interfusionan. Por eso la gente piensa que como todas las soledades son una
sola, la belleza es una unidad. No muy lejos de la superficie de la vida,
existe una gran caverna o reino de soledad, en el cual los hombres se sumergen
para comunicarse con sus semejantes. Desde esta galería eterna y susurrante,
hablan todas las religiones, las artes, la poesía y la sabiduría de la tierra.
No debe temerse que este reino, del cual surgen las voces, pueda ser suprimido
o abolido por las condiciones superficiales de un día que pasa. Nunca está lejos
de nosotros, nos absorbe en momentos inesperados —aunque trabajemos en las
olas y corrientes de la superficie. Nos introducimos y sumergimos en él, los
murmullos de su música nunca se desvanecen totalmente en nuestros oídos.
“Las inspiraciones del mundo irrumpen hacia
arriba de esta caldera interna de soledad, para expresar el altruismo y lo
universal que existe en cada uno. Su influencia es unitaria y sus formas brotan
unas de otras, no nacen por sí mismas ni se separan de su fuente.“
Cristo
fue tentado por el demonio. ¿Es necesario en una obra como ésta interpretar al
demonio? ¿No se evidencia que en el mundo actual hay dos conceptos dominantes,
considerados ambos como factores en la conciencia de los jóvenes y determinando
por lo tanto sus creencias ulteriores —el demonio y San Nicolás o Papá Noel?
Estos nombres encarnan ideas opuestas. Cada uno simboliza uno de los dos
problemas mayores que el hombre debe resolver en su vida diaria. Los filósofos
orientales los denominan “pares de opuestos”, sin duda, es la manera en que el
hombre maneja ambos aspectos de la vida, y su actitud subjetiva determina si
su vida reacciona al bien o al mal. El demonio es el símbolo de lo que es humanamente
divino, porque si las cosas malas hechas por el hombre, las hiciera un
animal, no se las consideraría malas. Un hombre o un zorro, por ejemplo,
pueden asaltar un gallinero, en un caso se atenta contra una ley moral, en el
otro, se sigue un instinto natural. Un animal puede matar a otro en un acceso
de furia o en defensa de su hembra, pero cuando un hombre hace lo mismo se lo
denomina asesino y se lo castiga.
Papá
Noel es la encarnación del altruismo. Es el símbolo de la dádiva y del espíritu
crístico, por lo tanto es para el hombre un recordatorio de Dios, así como esa
otra ficción de la imaginación, el demonio con cuernos y cola, es el
recordatorio de lo que no es Dios, de lo que no es divino.
“La clave nos la da la mitología. Los mitos
exigen una seria interpretación que corresponde a la realidad objetiva; no
debe tratárselos como poesía pura, sin ninguna verdad positiva detrás de ello,
como un mero juego de la imaginación. La
vestidura que envuelve la sustancia podrá ser todo lo fabulosa, fantástica,
inconsistente y pintoresca que se quiera, pero no altera el hecho de que la
mitología popular nos hable de una realidad invisible, y de ‘personajes’
misteriosos, ‘personajes’, no fuerzas, trabajando por doquier. Todo vive y
posee un alma. El mundo está colmado de espíritus, de almas. Los mitos hablan
de ellos. ¿Quién inventó estos mitos? Nadie. Porque las invenciones son
arbitrarias, son ficciones. Pero esos cuentos son aceptados por quienes los
relatan y por su auditorio, como verdades incuestionables. La psicología del
hombre primitivo lo impulsa a considerar las cosas en forma ‘mágica’. Lo que en
nuestra psicología individual más moderna se ha convertido en ‘subconsciente’,
donde todavía la vida colectiva de nuestros antepasados aún está actuando,
constituye en la sicología normal del primitivo, un estado de ‘sonambulismo
natural’ con sus características formas de sensibilidad, telepatía, doble
vista, captación directa, semejante a la del artista, cuando observa al todo en
sus partes, y a lo esencial en la multiplicidad de detalles.” 62
Esto
lo testimonian los símbolos de Papá Noel y del demonio —ya que son
encarnaciones de las dualidades primordiales en el campo de la cualidad. Toda
la existencia del hombre, como hombre, transcurre oscilando entre estos pares
de opuestos, hasta que con el tiempo se alcanza el equilibrio y desde ese
momento el hombre marcha hacia lo divino. Podría ser de valor reflexionar a
veces, extensa y profundamente, sobre esos dos extremos de la existencia
humana: el bien y el mal, la luz y la tiniebla, la vida y la forma, el espíritu
y la materia, el yo y el no-yo, lo real y lo irreal, la verdad y la falsedad,
lo correcto y lo incorrecto, el placer y el dolor, el anhelo y la inercia, el
alma y la personalidad, Cristo y el demonio. En los dos últimos se resume el
problema de las tres tentaciones. Estas dualidades se han definido también como
la finitud y la infinitud, siendo una, característica del hombre, y la otra,
de Dios. Lo que hace resaltar nuestra naturaleza finita corresponde a la
humanidad, lo que es inteligente pertenece a Dios. Al estudiar estas tres
tentaciones veremos con claridad las diferencias entre las dualidades. Dice el
Dr. B. Bosanquet: 63 “El mal o lo finito, mientras sea
autoafirmativo y esté totalmente subordinado a la voluntad perfecta, es
pecado. Es la más aguda contradicción concebible del yo en contra de sí mismo,
cuando se identifica con la perfección. Es algo que está en el yo, pero no le
pertenece, y aunque existe, es repudiado ardientemente por el yo”. Cristo, en
las tentaciones, no podía contradecirse a Sí Mismo, por eso, identificándose
con la perfección, representa un ser humano que “está en el mundo y no es del
mundo”,64 tentado por el demonio y, sin embargo, sin reaccionar
erróneamente a las sugerencias del demonio. Era un alma libre o un alma divina,
sin las trabas del deseo, ni la contaminación de la carne y sus tentaciones,
liberado de los pecados de los procesos mentales. Ésa es la voluntad de Dios para todos y cada uno de
nosotros, y el citado autor dice: “No puede haber libertad... a no ser que la
voluntad divina sea genuinamente una con la de los seres finitos, en una sola
personalidad”.65 Cristo fue una Personalidad así. Dios es la
contradicción del mal, y la actitud de Cristo hacia el demonio fue una
contradicción firme. Con esto aclaró el punto y realizó lo que todas las almas
pueden hacer. Aquí, como he indicado anteriormente, está Su condición
excepcional y diferente —que consiste en el hecho fundamental de haber empleado
los métodos para servir, triunfar y sacrificarse, al alcance de cualquiera de
nosotros. En el pasado, muchos dieron su vida por otros, muchos enfrentaron el
mal con decisiva oposición, muchos dedicaron su vida al servicio, pero nadie lo
hizo con la plenitud y perfección de Cristo.
Su
grandeza, que nunca puede ser suficientemente reiterada, reside en Su
universalidad. El Dr. Bosanquet 66 se refiere a este tema de la
personalidad del siguiente modo:
“Mi argumento es que nuestra verdadera
personalidad reside en nuestra mayor solidez y que al desear su desarrollo y
satisfacción, deseamos se acreciente nuestra verdadera individualidad, con la
correspondiente disminución de nuestra exclusividad... Quizás repliquen que la
verdadera individualidad —grandeza de alcance y organización— aumenta la
distinción personal y también la comprensión. Sin duda será así, pero la
exclusividad decrece. Los grandes hombres del mundo no nacen simplemente de
sus padres terrenales. En ellos se enfocan países y eras enteras... Al desear
una perfección altamente desarrollada, estamos deseando ser algo que ya no
puede identificarse con la vida terrena ni con los incidentes de la misma.”
Si estas
palabras se estudian en relación con las tentaciones de Cristo, surgirá la
maravilla de lo que Él hizo y nos alentará a nosotros, Sus hermanos menores,
que somos también hijos de Dios.
Por
lo tanto, como hombre íntegro y totalmente divino, Cristo emprendió la batalla
final con el demonio. Como ser humano, en quien se expresaba plenamente el
espíritu divino, enfrentó al demonio en Su propia humanidad (separadamente de Dios),
y venció: No tratemos de separar a ambos —Dios y el hombre— cuando pensamos en
Cristo. Algunos pensadores hacen hincapié en Su humanidad e ignoran Su
divinidad. En esto cometen sin duda un error. Otros subrayan Su divinidad y
consideran blasfemos y errados a quienes lo colocan en pie de igualdad con los
seres humanos. Pero si consideramos a Cristo como la flor de la raza humana,
porque el espíritu divino asumió pleno control y se manifestó por medio de la
forma humana, de manera alguna disminuimos Su persona o Sus realizaciones.
Cuanto más avancen los hombres en el Sendero de la Evolución, tanto más se
harán conscientes de su divinidad y de la paternidad de Dios. Al mismo tiempo,
cuanto más profundamente valoren a Cristo, más se convencerán de Su divinidad
perfecta y de Su misión, y más humildemente tratarán de seguir Sus pasos,
sabiendo que es el Maestro de Maestros, el Dios de Dios Mismo y el Instructor
de ángeles y hombres.
Esa
divinidad perfecta debe ser probada y aprobada. Tiene que demostrar a Dios, al
demonio y a la humanidad, la naturaleza de Su realización, y de qué manera los
poderes de la naturaleza inferior pueden ser vencidos por los poderes del alma.
Esas tentaciones pueden ser fácilmente comprendidas por todos los aspirantes
y discípulos, porque involucran pruebas universales que se aplican a la
naturaleza humana de la que todos participamos y con la cual todos luchamos en
alguna forma y medida. No interesa si lo hacemos impulsados por nuestra
conciencia, por el control de nuestra naturaleza superior o por la clara luz de
la divinidad. Esto lo han reconocido siempre todos los discípulos. Tenemos, por
ejemplo, que para el Cardenal Newman es:
“...un
principio fundamental de que obtenemos nuestro conocimiento inicial del
universo por medio de los sentidos, así también en el primer caso aprendemos
por la conciencia, acerca de su Señor y Dios. Todo hombre, haya nacido entre
gente de elevada cultura o en las cabañas de los primitivos habitantes, lleva
en su corazón un misterioso aunque apremiante y claro mandato: ‘Tienes que
hacer esto’. Él no se ordenó a sí mismo ni puede deshacerse de él. Podríamos
convenir con Scheler, que es innato en el hombre como tal. La comprensión de
los valores morales es tan innata en el hombre como su capacidad de apreciar la
verdad. Experimentamos el bien como un valor, y el hombre primitivo también lo
experimenta, en realidad, como de supremo valor. Llamamos ‘buena’ a la
conducta, cuando la elección que la inspira ha decidido en favor del valor
superior contra el inferior, y bueno a un hombre cuando dirige fundamentalmente
su voluntad hacia el bien. Hasta que el hombre no posea esta sensibilidad
moral, no es hombre.“67
Consideraremos
esas tres tentaciones en el orden dado por San Mateo, que difiere del de San
Lucas. San Marcos simplemente menciona que Cristo fue tentado por el demonio y
San Juan no se refiere a ellas. Las tres tentaciones probaron los tres aspectos
de la naturaleza humana inferior
—físico, emocional o de deseos, y mental—, San Mateo68 dice:
“Después de haber ayunado cuarenta días y
cuarenta noches, tuvo hambre, y vino a él el tentador y le dijo: Si eres Hijo
de Dios di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito
está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca
de Dios.”
Existen
dos hechos muy interesantes relacionados con esas tentaciones. Cada una de las
frases en los labios del demonio comienza con “si”, y la respuesta de Cristo
comienza con “Escrito está”. Esas dos frases vinculan los tres episodios, dando
la clave de todo el proceso. La tentación final es la duda. La prueba que todos
tendremos que enfrentar eventualmente y que culminó en la vida de Cristo, hasta
Su triunfo en la Cruz, es la prueba de nuestra divinidad. ¿Somos divinos? ¿Cómo
deben expresarse nuestros poderes divinos? ¿ Qué podemos o no hacer, por ser
hijos de Dios? La diferencia de los detalles de cada dificultad, prueba y
experiencia, son de relativa importancia. Tampoco interesa que las pruebas
estén centradas en uno u otro aspecto de nuestra naturaleza inferior. Lo
que está a prueba es el anhelo de toda una vida hacia la divinidad. El
hombre poco evolucionado no enfrenta todo el problema de la divinidad,
únicamente se preocupa de los detalles; del problema del panorama inmediato de
su vida, manejándolo o no, a la luz de la conciencia, según el caso. Para el
discípulo los detalles son de menor importancia, empieza poco a poco a
interesarse por la verdad general de su filiación. Entonces maneja las
condiciones de su vida desde el punto de vista de esa teoría. Para un perfecto
hijo de Dios, como el Cristo, o para el hombre que se aproxima a la perfección,
el problema debe encararse en su totalidad, y el problema de la vida debe ser
considerado desde el ángulo de la misma divinidad. Tal fue el caso de Cristo, y
tales eran las implicaciones ocultas en el triple “si” del demonio.
Me parece que hemos errado al interpretar toda
verdad desde el punto de mira del hombre mediocre, y es lo que se ha hecho
correcta o equivocadamente. La verdad puede interpretarse de muchas maneras.
Los que son simplemente seres físicos emocionales y poseen por lo tanto, poca
visión, requieren la protección de la teología, a pesar de sus imperfecciones y
declaraciones dogmáticas insostenibles. Esto lo necesitan, por eso que la
responsabilidad de quienes administran los dogmas a los “niños” de la
raza es muy grande. La verdad debe darse
en forma más amplia y con un contenido más general, a quienes comienzan a vivir
conscientemente como almas, por lo tanto, puede confiarse en que verán el
significado tras el símbolo y la significación detrás de la apariencia externa
de la teología. La verdad, para los perfectos hijos de Dios, debe ser algo que
está más allá de nuestros sueños, y de una significación tan profunda y de tan
gran extensión, que resulta fútil toda especulación al respecto, puesto que es
algo que debe experimentarse y no imaginarse, algo en que habremos de
adentrarnos y no simplemente visualizar.
La
réplica de Cristo debe considerarse también en forma triple. Él dice “escrito
está”, y los irreflexivos y de mente estrecha lo consideran como una aprobación
a la inspiración verbal de las Escrituras. Pero, sin duda, Cristo no se refería
sólo a las antiguas declaraciones de las Escrituras judaicas, por bellas que
fuesen. Las posibilidades de error son demasiado grandes para justificar
nuestra incuestionable aceptación de toda palabra, en cualesquiera de las
escrituras del mundo. Cuando se analizan los procesos de la traducción esto se
evidencia con absoluta claridad. Cristo quiso significar algo mucho más
profundo que “la Biblia lo dice”. Quiso decir que la signatura de Dios estaba
en Él, que Él era el Verbo y que ese Verbo era la expresión de la verdad. Es el
Verbo del alma (el influjo de la divinidad) lo que determina nuestra actitud en
la tentación y nuestra respuesta al problema presentado por el demonio. Si esa
Palabra distante, profundamente oculta por el velo de la forma, sólo se
escuchara en sonidos distorsionados, el Verbo no seria suficientemente potente
para resistir al demonio. La palabra está escrita en la carne, por muy desfigurada
y casi invisible que pueda estar, a causa de la actividad de la naturaleza inferior; es pronunciada en
la mente, trayéndole iluminación y percepción interna, aunque todavía la visión
esté distorsionada y la luz sea poco perceptible. Pero la Palabra está
allí. Algún día, cada uno de nosotros podrá decir poderosamente “escrito
está”, y veremos la Palabra expresada en todas partes de nuestra naturaleza
humana como individuos y, en una fecha aún distante, en la humanidad misma.
Ésta es la “Palabra perdida” de la tradición masónica.
La
filosofía oriental se refiere frecuentemente a cuatro esferas de la vida, o a
cuatro problemas que todos los discípulos y aspirantes deben enfrentar y que
constituyen, en su integridad, el mundo en que vivimos. Tenemos el mundo de maya,
el mundo de la ilusión y el mundo del espejismo, y también ese misterioso
“Morador en el Umbral” a que se refiere Bulwer Lytton en Zanoni. A esos
cuatro enfrentó Cristo y los venció en la experiencia del desierto.
Maya
se refiere al mundo de las fuerzas físicas en que
vivimos, y la primera tentación concierne a ese mundo. La ciencia moderna dice
que no existe nada visible e invisible que no sea energía, y que toda forma es
sencillamente un agregado de unidades de energía en constante e incesante
movimiento, al cual nos hemos adaptado y en el cual “vivimos, nos movemos y
tenemos nuestro ser”.69 Tal es la forma externa de la Deidad, y
somos parte de ella. Maya es de carácter vital, y poco sabemos de sus
efectos en el plano físico (con todo lo que el término implica) y en el ser
humano.
El espejismo
se refiere al mundo del ser emocional y del deseo, donde moran todas las
formas. Este espejismo cobra nuestras vidas y produce falsos valores,
equívocos deseos, innecesarias seudonecesidades, preocupaciones, ansiedades y
cuidados, pero este espejismo es milenario y nos tiene tan aferrados que es
casi imposible zafamos de él. Los deseos de los hombres, con el correr de los
siglos, han provocado una situación ante la cual retrocedemos; la desenfrenada
naturaleza de nuestros anhelos y deseos, y los efectos del espejismo sobre el
individuo, proporcionan material a los laboratorios psicológicos; la vida de
deseos de la raza fue erróneamente orientada y las aspiraciones humanas se
volcaron hacia el plano material, produciendo ese mundo de espejismo en el que
todos luchamos habitualmente. Es la más potente de nuestras ilusiones u
orientaciones erróneas. Pero una vez que se vierte la luz del alma sobre ella,
se disipa poco a poco esta miasma de fuerzas. Este trabajo constituye la
principal tarea de los aspirantes a los misterios.
La ilusión
es más mental en sus impactos. Concierne a las ideas por las cuales
vivimos, y a la vida mental que más o menos (casi siempre menos) rige nuestras
tareas cotidianas. Veremos, cuando entremos a considerar estas tres
tentaciones, que en la primera de ellas Cristo fue enfrentado por maya,
con fuerzas físicas de tal poder que el demonio pudo aprovecharlas en su
intento de confundir a Cristo. También, que en la segunda tentación, Cristo fue
tentado por el espejismo, y en el sometimiento de Su vital vida espiritual, por
el engaño y el empleo emocional de Sus poderes divinos. El pecado de la mente,
el orgullo, fue puesto en actividad por el demonio en la tercera tentación y,
con seguridad, le fue presentada a Cristo la ilusión del poder temporal para
ser empleado con buenos propósitos. De este modo, los tres aspectos de la naturaleza
de Cristo, con sus probables flaquezas internas, fueron puestos a prueba, y por
medio de ellos se vertió sobre Él todo el espejismo, maya e ilusión
mundiales. Entonces tuvo que enfrentarse con el Morador en el Umbral, sinónimo
del yo inferior personal, considerado como un todo unificado sólo en el caso
de personas muy avanzadas, discípulos e iniciados. Esas tres palabras, maya,
espejismo e ilusión, son sinónimos de la carne, el mundo y el demonio,
triple prueba que debe afrontar todo hijo de Dios al borde de la liberación.
“Si
eres Hijo de Dios dí que estas piedras se hagan pan”. Empleemos nuestros
poderes divinos para fines físicos y personales. Antepongamos la naturaleza
física y material a todo. Saciemos nuestra hambre, cualquiera sea, y hagámoslo
porque somos divinos. Empleemos nuestros poderes divinos para obtener buena salud,
prosperidad financiera, largamente deseada, popularidad, tan ansiada para
nuestra personalidad, y esas condiciones y situaciones físicas que deseemos.
Somos hijos de Dios y tenemos derecho a todas estas cosas. Ordena que estas
piedras se conviertan en pan, para satisfacer nuestra supuesta necesidad. Tales
fueron los plausibles argumentos empleados entonces y que aún emplean muchos
instructores y escuelas de pensamiento. Tales son particularmente las
tentaciones de los aspirantes del mundo actual. Sobre esta teoría medran mucho
instructores y grupos y, cosa curiosa, proceden así con toda sinceridad,
totalmente convencidos de la rectitud de su posición. Las tentaciones que
alcanzan a las almas más avanzadas del mundo, son de carácter más sutil. En el
empleo de los poderes divinos para la realización y satisfacción puramente
personal, las necesidades físicas pueden presentarse de tal manera que parezcan
realmente justas. Sin embargo, no vivimos sólo de pan, sino de la vida
espiritual que (viniendo de Dios) afluye al hombre inferior y constituye su
vida. Ésta es la primera verdad que debe comprenderse. Sobre esa vida del alma
y ese contacto interno, debe hacerse hincapié. La curación del cuerpo físico,
cuando está enfermo, podrá ser satisfactorio para el individuo, pero vivir
como alma es de mayor importancia. Poner el énfasis sobre una divinidad que debe
expresarse, satisfaciendo únicamente una necesidad física, en sentido
económico, limita decisivamente a la divinidad, en uno de sus atributos. Cuando
vivimos como almas, cuando nuestra vida interna se orienta hacia Dios, no por
lo que podemos recibir sino por haber desarrollado el sentido de la divinidad,
entonces las fuerzas de la vida divina afluirán a través nuestro y producirán
lo necesario. Esto no traerá lógicamente la total inmunidad a las enfermedades
ni causará la afluencia de finanzas, pero producirá la purificación de la
naturaleza inferior, la tendencia al olvido de sí mismo, al altruismo, que
considerará primero a los demás, la sabiduría para enseñar y ayudar a otros, la
eliminación del odio y la suspicacia, todo lo cual hará la vida más placentera
para nuestros asociados y traerá una bondad e inclusividad que no dejará lugar
para el yo separado. Posible, aunque no
inevitablemente, este tipo de naturaleza interna dará por resultado un cuerpo
sano, y la liberación de los males físicos. En tiempo y espacio, en determinada
vida y en un definido momento, la enfermedad tiene su valor y puede ser una muy
deseable bendición. La pobreza y la dificultad financiera pueden restablecer
el sentido perdido de los valores y enriquecer el corazón, llenándolo de
compasión. El dinero y la salud perfecta pueden significar el desastre para
muchos. El empleo del poder divino para fines egoístas y la confirmación de la
naturaleza divina, a fin de lograr la salud individual, prostituyen la realidad
y constituyen la tentación que Cristo enfrentó victoriosamente. Vivimos por la
vida de Dios. Dejemos que esa vida fluya “más abundantemente” sobre nosotros, y
nos convertiremos, como Cristo, en centros vivientes de energía radiante para
servir al mundo. Probablemente disfrutaremos de una mejor salud física, porque
no nos preocuparemos de nosotros mismos. La liberación de la
autocentralización es una de las primeras leyes de la buena salud.
El
problema de la curación, que absorbe la atención de tantos miles de personas en
esta época, es demasiado amplio para ser tratado aquí, y es mucho más
complicado de lo que el curador común o los grupos de curación perciben.
Únicamente señalaré dos cosas:
Una,
la afirmación de que toda enfermedad es el resultado de pensamientos erróneos,
no debe ser aceptada con demasiado apresuramiento. Hay demasiadas enfermedades
en otros reinos de la naturaleza —animal, vegetal, mineral— y las sufren como
los seres humanos, y estos reinos antedatan a la aparición de la familia
humana sobre la tierra. Otra, la afirmación de que somos divinos nos da, por lo
tanto, derecho a una buena salud, lo cual puede ser verdad cuando se expresa
realmente la divinidad, pero no por la afirmación en sí, sino por el contacto
egoico consciente e inteligentemente organizado. Esto trae como resultado una
vida como la de Cristo, sólo preocupada e interesada por los demás, sin pensar
en el yo.
Cristo
fue tentado a utilizar Sus poderes divinos con fines egoístas, por la sutil
reiteración de Su divinidad, que se funda en
la universalidad de la Palabra. Quizás sea apropiado aquí recordar que
en la cruz, Cristo fue vilipendiado con las palabras: “A otros salvó, a Sí
mismo no se pudo salvar”.70 La ilusión o maya de la
naturaleza física no pudo aferrarlo y se liberó de ella.
Hoy,
el aspirante mundial, la humanidad, enfrenta esta tentación. Su problema es
económico. Se refiere específica y fundamentalmente al pan, del mismo modo
que, hablando simbólicamente, el problema de Cristo era el del alimento. El
mundo enfrenta un problema material. Que no hay forma de evadirlo, es verdad,
y que el hombre debe alimentarse es igualmente cierto. ¿Sobre qué bases
se solucionará este problema? ¿Seremos considerados demasiado idealistas e
imprácticos, místicos y visionarios, si nos apoyamos, como Cristo, sobre los
fundamentos de la vida y adoptamos la posición de que cuando un hombre se ha reajustado
y reorientado como ser espiritual, su problema se resolverá automáticamente?
Sin duda alguna, nos considerarán así. Si sentimos, como muchos sienten
actualmente, que la solución del problema está en una revaluación de la vida y
una reeducación de los principios subyacentes del vivir ¿estaremos tan
desviados y seremos considerados tontos? Muchos nos consideraran así. Pero la
solución del problema del hombre, en términos de sus necesidades físicas, servirá
únicamente para hundirlo más en la ciénaga del materialismo. Suplir totalmente
sus demandas en términos de pan y manteca, puede ser muy necesario, y lo es,
pero debe acompañarlo algo que satisfará la necesidad de todo el hombre, no
simplemente la de su cuerpo y sus deseos. Hay cosas esencialmente importantes
para él, de mayor interés y valor que lo relacionado con la forma, aunque no se
dé cuenta. ‘Cristo dedicó muy poco de Su tiempo en alimentar a las multitudes,
pero mucho dedicó en enseñarles las reglas del reino de Dios. Podemos confiar
en que los hombres se posesionen de lo que quieran. Esto lo hacen hoy en todas
partes. Lo realmente importante es que debe ser destacado y enseñado
simultáneamente, o el fin será desastroso.
Una
vez que la casa humana haya sido depurada de abusos como lo proclaman muchos
revolucionarios en todos los países, a no ser que esa casa como resultado, sea
embellecida, y que sus moradores posean ideas basadas en las esencialidades
divinas, su estado será peor que el actual. De acuerdo a la parábola71
de Cristo, siete demonios pueden entrar en una casa. A no ser que Dios more en
la casa después de depurada y que nuestras
revaluaciones y ajustes nacionales nos lleven a obtener la paz y la
tranquilidad de la mente, donde el alma del hombre puede florecer, iremos
hacia peores desastres. Sir Arthur Eddington 72, expone
sintéticamente lo antedicho:
“Ese ‘algo a lo cual le interesa ciertamente
la verdad’, debe tener cabida en la realidad, sea cual fuere la definición que
adoptemos de la realidad. En nuestra propia naturaleza, o por el contacto de
nuestra conciencia con una naturaleza que trasciende la nuestra, hay otras
cosas que demandan el mismo tipo de reconocimiento, el sentido de la belleza,
de la moral y, finalmente, una experiencia que describimos como la presencia de
Dios, que se halla en la raíz de toda religión espiritual. Al sugerir que todas
esas cosas constituyen un mundo espiritual, no trato de substanciarlas ni de
objetivarlas —representarlas como distintas de las que vemos en nuestra
experiencia. Pero diría que, cuando están rodeadas del misterio de la
existencia, surge el clamor: ‘¿De qué se trata? No es una verdadera respuesta
observar únicamente esa parte de la experiencia que nos llega por medio de
ciertos órganos sensorios, respondiendo’: Se trata de átomos y del caos del
universo de globos ígneos que ruedan hacia una inminente destrucción, de
tensiones y de inconmensurable álgebra. Se trata más bien de un espíritu donde
la verdad tiene su santuario, con potencialidades de autorrealización, en
respuesta a la belleza y lo justo. ¿Debería agregar acaso que así como la luz,
el color y el sonido, penetran en nuestras mentes por los impulsos de un mundo
que está más allá, también otras conmociones de la conciencia provienen de algo
más grande que nuestra personalidad, aunque lo definamos como que está más allá
o profundamente oculto en nosotros mismos?”
“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios”. “Entonces el diablo lo llevó a la
santa ciudad y lo puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de
Dios échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y en sus
manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en la piedra. Jesús le
dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.” 73
Es
esencial, para la comprensión exacta de esta tentación, recordar lo antedicho,
que los pasajes de La Biblia se interpretan desde el punto de vista de
las almas implicadas. Cristo enfrenta al demonio desde el terreno de Su
naturaleza divina. Si eres el Hijo de Dios aprovecha la paternidad de Dios y
arrójate. Esta tentación difiere de la primera, aunque parece personificar el
mismo tipo de prueba. Tenemos la clave en la respuesta de Cristo, de afirmarse
en Su divinidad, cosa que no hizo en la tentación anterior. El demonio en esta
prueba cita las escrituras para sus propios fines. Lleva a Cristo al Lugar
Sagrado, el campo de batalla, donde el demonio siembra la duda. El espejismo
de la duda desciende sobre Cristo. Hambriento, solitario, cansado de conflictos,
es tentado a dudar hasta de las mismas raíces de Su ser.
No dudo que Cristo fue embargado por la duda.
Los primeros vestigios de ese espejismo que descendió sobre Él, como una gran
tiniebla en la Crucifixión, entonces lo embargó. ¿Era Él el Hijo de Dios?
Después de todo ¿Tenía una misión que cumplir? ¿Su actitud era
autoilusoria? ¿Valía la pena todo eso?
Fue atacado en Su punto más fuerte, y allí reside la potencia de la tentación.
En una antigua escritura de la India, El Bhagavad Gita, Arjuna, el
discípulo, enfrenta idéntico problema. Se ve envuelto en una gran batalla que
se libra entre dos ramas de una misma familia —entre el yo superior y el yo
inferior—, y él también duda de lo que debe hacer. ¿Deberá continuar la batalla
y la prueba, y así triunfar como alma? ¿Deberá afirmar su divinidad y vencer lo
inferior y lo no divino? En un comentario, Charles Johnston dice74:
“Hay un significado espiritual en todo esto,
y la situación de Arjuna ha sido bien elegida a fin de extraer grandes verdades
espirituales. Arjuna representa el yo inferior personal que empieza a tener
conciencia del yo superior; conmovido y enardecido por la luz espiritual del
yo superior, sin embargo, desalentado y aterrorizado, comprende lo que debe
significar la obediencia al yo superior. La contienda de los hermanos se
concentra ahora en una sola naturaleza, en la vida de un solo hombre. Debe
librarse una guerra dentro de sí mismo, una guerra larga y penosa por la vida
del alma. Sólo un valor superior unido a la fe y a la aspiración hace posible
la contienda y aún así habrá retroceso y desaliento.”
Alguien más grande que Arjuna (que representa el símbolo del discípulo en
su camino hacia la perfección) enfrentó un problema similar con valentía, fe y
aspiración, pero el interrogante fue el mismo: ¿La vida del alma es una
realidad? ¿Soy divino? Cristo enfrentó este problema sin desaliento y triunfó
porque empleó una afirmación de tal poder (puesto que establecía una verdad)
que el demonio momentáneamente no pudo llegar hasta Él. Probablemente Cristo
respondió: “Soy el Hijo de Dios. Tú no me tentarás”. Se apoyó en Su divinidad y
venció a la duda.
Resulta interesante constatar que la humanidad de hoy está embargada por
el espejismo de la duda. Se duda en todas partes. Es un asunto emocional. El
intelecto claro, frío, analítico y sintético, no duda en este sentido.
Interroga y espera. Pero en el Lugar
Sagrado, con amplio conocimiento de lo que está escrito y frecuentemente
después de la victoria, la duda desciende sobre el discípulo. Quizás, después
de todo, ese sentido de la divinidad que hasta aquí ha sustentado al discípulo,
es en sí espejismo y no realidad. El discípulo no puede dudar que ha pasado una
experiencia de naturaleza divina y sobrenatural. Hubo momentos en que surgió “una sensación de tener acceso a
lo divino, distinta de otras experiencias, y tan original e inexplicable como
la del sexo y la sensación de la belleza —el hambre o la sed”,75 porque,
indudablemente, “en el corazón de cada religión y en todas las religiones,
hay una experiencia anterior”.76 Pero tal vez eso sea sencillamente
fenoménico y no real, algo que pasa sin ninguna base inmortal y se experimenta
como parte del espejismo mundial, pero que no perdura ni puede perdurar. Quizás
Dios es únicamente un nombre para todo lo que existe y, para el alma consciente
individual, no hay una persistencia definida, ninguna divinidad esencial, ni
nada real —sólo un momentáneo destello de conocimiento. Pongamos a prueba este
sentido de la divinidad y veamos si con el cambio de la destrucción física,
perdura algo que es espíritu inmortal. Estudiando el modo en que Cristo
enfrentó esta tentación, nos inclinamos a creer (habiendo el Cristo afirmado
Su creencia en Su propia divinidad) que sencillamente ignoró la tentación. Su
método fue tan breve y conciso, que no se han explicado los detalles. La
escapatoria de esta tentación particular, es dual: reconocerla por lo que es,
irreal, simplemente un espejismo que no tiene verdadera y duradera existencia,
así como nos asalta una ilusión; luego afirmarse en la experiencia de Dios. Si
por un breve minuto estuvimos en la Presencia de Dios y lo supimos, eso es
real. Si la Presencia de Dios en el corazón humano ha sido una realidad, en
cualquier momento, por un instante, apoyémonos en esa experiencia conocida y
sentida y rehusemos tratar los detalles de los espejismos de la duda, de la
emoción, de la depresión o de la ceguera, en que podamos vernos envueltos
momentáneamente.
La duda sólo puede eliminarse hoy en el mundo, cuando los hombres
apliquen a los problemas de la humanidad, de Dios y del alma, no sólo la clara
y fría luz del intelecto iluminado por la intuición, sino también el poder de
la pasada experiencia. Si el sentido de Dios ha persistido en el mundo desde
edades incalculables, y si el testimonio de los místicos y santos, de los
videntes y Salvadores de todos los tiempos, es histórico y verificable —como lo
es—, entonces ese testimonio con toda su riqueza y universalidad, constituye un
hecho tan científico como cualquier otro. Vivimos en una época donde el hecho
científico parece poseer la atracción de un espejismo. Ciclos de misticismo, de
filosofía, de expresión científica, de crudo materialismo —tal es el camino cíclico
que recorremos y tal es nuestra historia: Pero en forma persistente, a través
de todos ellos, corre el hilo del Plan de Dios. Constantemente, a través de
todo, el alma del hombre marcha de un desenvolvimiento de conciencia a otro, y
nuestro concepto de la divinidad adquiere constantemente riqueza y realidad. En
este hecho puede apoyarse la humanidad: el alma divina del hombre. En este
hecho se apoyó Cristo cuando el demonio, por segunda vez, lo tentó.
“Otra vez le llevó el diablo a un monte muy
alto y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo:
Todo esto te daré, si postrado me adoras. Entonces Jesús le dijo: Vé, Satanás,
que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.” 77
Cristo fue probado en Su naturaleza física y triunfó. Fue probado en Su
naturaleza emocional de deseos, y descubrimos que ni las fuerzas de la
naturaleza física ni el espejismo, que la naturaleza emocional sensoria
inevitablemente trae, Le desviaron en lo más mínimo del sendero del vivir y de
la expresión espirituales. Todos Sus deseos se dirigieron hacia Dios; toda
actividad de Su naturaleza estaba correctamente ajustada y divinamente expresada.
Él debía conocer este triunfo, y este conocimiento llevaba en sí la simiente de
la tentación final. Había triunfado sobre el materialismo y la duda. Sabía que
el aspecto forma de la vida no podía atraerle y luchó denodadamente hasta
obtener el pleno reconocimiento de Su divinidad. Por eso había conquistado los
puntos extremos de Su naturaleza, los aspectos superior e inferior. Expresaba
ahora la cualidad de la divinidad. La realidad divina que sentía y de la que
dependía, era tan poderosa como para penetrar la ilusión o maya y disipar el
espejismo. Sólo quedaba el deseo puro, desear a Dios. Cristo había sido probado
en dos aspectos de Su naturaleza —la material y la divina— y como Hombre-Dios
venció al mal. Fundamentalmente, ambas tentaciones correspondieron al deseo.
La exigencia era la total carencia de deseos personales. Beverley Nichols 78
dice: “si los hombres se dejaran guiar por Cristo... podrían hacer del deseo un
poder que cambiaría al mundo, que convertiría en jardín los barrios bajos más
sórdidos y trasformaría en armonía perfecta cualquier discordia social. Tal
poder daría al oro un brillo inmarcesible y trasformaría millones de odios y
sospechas en amor universal. Tal poder, sin duda, convertiría las sangrientas
guerras del mundo en una paz resplandeciente”.
En Cristo el deseo se trasmutó en poder, aunque la victoria lograda condujo
a acontecimientos que contenían la posibilidad de peligro. Cristo fue probado
después en el campo del poder. Un carácter desarrollado al máximo grado de
perfección, que estableció una unidad entre la fuente de poder, el alma, y el
instrumento de poder, el yo inferior personal, produce lo que llamamos una
personalidad. Esa personalidad puede constituir una verdadera fuente de
peligro para su dueño. El sentido del poder, el conocimiento de que se ha
realizado, la comprensión de su capacidad y la habilidad percibida para regir
a otros, porque nos regimos a nosotros mismos, contienen el germen de la
tentación, y precisamente aquí el demonio intentó atrapar a Cristo. La gente se
asombra cuando se le dice que un carácter íntegro puede ser fuente de dificultades.
Dificultades de tipo peculiar, en el sentido de que las cosas que hace y las
palabras que pronuncia una persona muy evolucionada, cuyo carácter es
notablemente íntegro y cuya personalidad está cabalmente desarrollada, pueden
causar mucho daño —aún cuando el móvil sea correcto o aparente serlo. Tales
personas manejan mucho más poder que la gente común.
¿Qué es precisamente un carácter íntegro y cómo se produce? Lógicamente
lo produce primeramente la rueda de la vida y la experiencia en Galilea; luego por el esfuerzo consciente
y la disciplina autoiniciada; finalmente por los procesos de integración de
varios aspectos de la naturaleza inferior en un todo sintético, en una unidad
para un propósito determinado. El Dr. Sheldon 79 define el proceso que
debemos seguir de la manera siguiente:
“El carácter, en su sentido psicológico, se
refiere al resultado final de la interacción de dos factores que encontramos en
una personalidad, es decir, la jerarquía de los valores o propósitos
conscientes, erigidos en el curso de una vida, y la medida en que esta
estructura intelectual es excitada y vitalizada por un apoyo sensorio desde
abajo. El resultado final puede describirse como grados de honestidad,
subordinación, nobleza, integridad, moralidad, o algo por el estilo. La
persona que posea esas altas cualidades, tiene fortaleza de carácter. Dos
elementos deben siempre tenerse en cuenta cuando se hace referencia al
carácter: el diseño de ideales y la amplitud con que es percibido, como
distinto del diseño meramente intelectual. En resumen, el carácter es la
medida en que la mente se ha concretado con determinado propósito y puede
resistir a las influencias desintegradoras”. (Lo subrayado me pertenece. A.A.B.)
Más adelante, el mismo autor establece que “el carácter es una cualidad
de la personalidad, el grado de consistencia, sistema e integridad interna,
alcanzada por la personalidad. La religión es, en un sentido práctico, la
aplicación de la técnica para el desarrollo del carácter”.80
Cito estos párrafos porque
explican con claridad lo que estuvo sometido a prueba en el caso de Cristo, en
la tercera tentación. Sus “propósitos o valores conscientes”, fueron puestos a
prueba. Su integridad debió ser socavada, si era posible, obligando a que la
unidad que Él representaba se desintegrase. Si esto se lograba, y si las
normas que Él estableció podían ser anuladas, Su misión estaba destinada a
fracasar desde el principio. Si hubiera podido ser engañado por la ilusión del
poder, si la ambición de naturaleza personal se hubiese desarrollado en Su
conciencia, la fundación del reino de Dios habría quedado indefinidamente demorada.
Esta tentación fue un ataque a la raíz misma de la personalidad. La mente, el
factor integrador, con su facultad de pensar con claridad, de formular
propósitos definidos y de elegir, estaba a prueba. Esas tentaciones no acechan
al que está poco evolucionado, y debido a la fortaleza del carácter implicado
de tipo iracundo, son más difíciles de manejar. El designio del demonio se
dirigía a la ambición de Cristo. La ambición es por excelencia el problema del
aspirante y del discípulo evolucionados —ambición personal, deseo de
popularidad, ambición mundana e intelectual y poder dictatorial sobre los
demás. La sutileza de esta tentación reside en el hecho de que va dirigida a un
móvil correcto. Da a entender que sería buena para el mundo de los asuntos
humanos si todo perteneciera a Cristo. Por el simple reconocimiento de que el
poder del demonio, la fuerza materialista del mundo, es suprema, podría
otorgársele a Cristo el control de los reinos del mundo. Se Le ofreció como
recompensa, por el más mínimo reconocimiento —se Le ofreció estando solo y sin
que nadie Lo viera, en la cima de una montaña— del poder que representaba o
simbolizaba, el triple mundo de la vida externa. Si Cristo se hubiera postrado
brevemente y hubiese reverenciado ese gran poder, los reinos de este mundo y
sus glorias serían Suyas y sabemos suficientemente de Él como para comprender
que en ese gesto no habría habido nada egoísta si hubiera sido inducido a
hacerlo. ¿Qué se interpuso entre Él y la aceptación de esta oportunidad? Su
respuesta lo indica claramente, pero debe ser entendida. Se interpuso Su
conocimiento de que Dios era Uno y Dios era Todo. El demonio Le mostró una
imagen de la diversidad, de muchos reinos, de mucha división, de multiplicidad,
de pluralidad, de unidades separadas. Cristo vino para unificar, para unir y
reunir en uno a todos los reinos, a todas las razas y a todos los hombres, para
que las palabras de San Pablo fueran verdaderas de hecho y en acción.
“Hay un cuerpo y un espíritu, como fuisteis
llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un
bautismo; un Dios y un Padre de todos, que está por encima de todos, a través
de todos y en todo.” 81
Si Cristo hubiera sucumbido a las seducciones del demonio, y si por el
evidente correcto móvil y amor a la humanidad, hubiera aceptado el don
ofrecido, esas palabras nunca se hubiesen cumplido como ciertamente se
cumplirán en una fecha no muy lejana, según lo hace suponer el presente
caótico. Cristo sostuvo Sus valores y no varió Su propósito. La ilusión del
poder no pudo afectarlo. Lo real estaba tan aferrado a Su mente que lo irreal y
lo inmediato no podía alucinar Su conciencia. Vio el cuadro en su totalidad.
Vio un mundo en el que no podía existir dualidad sino sólo unidad, y Sus
esfuerzos para traer a la existencia el mundo futuro, no pudieron ser
desviados. Se ha dicho que:
“La bondad es por lo tanto sabiduría, y la
sabiduría consiste en ver en la actualidad las realidades eternas que residen
en las ideas. O porque hasta las minucias son ideales, la sabiduría consiste,
en última instancia, en ver síntesis cada vez más amplias y valores cada vez
más grandes. El hombre sumamente sabio es aquél que crea mundos para que otros
los habiten. Profeta es aquel que ve una unidad mundial en formación y la
visualiza como el destino de su pueblo.”82
¿No es esto, acaso, una descripción de la síntesis más amplia que vio el
Cristo y por la cual todos deberíamos estar trabajando? Donde existe esta
visión, los valores y realizaciones menores no pueden detener a un corazón
ardiente. Donde se puede concebir el todo como una posibilidad, la parte encaja
en el lugar que le corresponde. Donde el propósito de Dios se revela claramente
a la mente del vidente, los móviles o fines menores y las pequeñas ambiciones y
deseos de lo personal, se desvanecen. Al final del camino de la evolución está
la consumación, el reino de Dios, no los reinos del mundo. Son parte de un todo
futuro, y se fusionarán más adelante en una síntesis espiritual. Pero ese
reino, como veremos en el capítulo final cuando sinteticemos los resultados de
la iniciación, no nace de la ambición del esfuerzo ni del deseo personales.
Llega por el sumergimiento de la parte en el todo y del individuo en el grupo.
Pero esto se realiza voluntaria e inteligentemente, sin perder el prestigio
personal ni el sentido de utilidad o identidad. No se lo impone o exige el
grupo, estado o reino, como con frecuencia ocurre hoy. El Dr. Van der Leeuw 83
dice:
“Si queremos entrar en el reino, esa actitud
debe cambiar por la de Cristo, cuyo amor se ha hecho radiante, prodigándose
siempre al mundo que lo rodea, lo merezca o no, cuya vida está centrada en lo
divino, común a todos. En Él no encontramos ni el menor remanente de una
personalidad separada, que lucha por Su propia existencia o su engrandecimiento;
ha vaciado el cáliz de su existencia de todo lo personal, y lo ha llenado con
el vino de la vida divina, compartida por todos. Por nuestro continuo esfuerzo,
posiblemente inconsciente, podemos mantener el centro de la vida separada,
denominado personalidad; si siguiéramos a Cristo, tendríamos que abandonar la
laboriosa lucha por la aserción individual, con el deseo de ser la vida del
Todo, antes que la de la parte. Sólo así podremos entrar en el reino donde la
separatividad no existe.”
La
tentación de Cristo consistía en un obligado reconocimiento de la dualidad.
Pero para Él hubo un solo camino hacia ese reino y un solo Dios que, en forma
lenta pero segura, trajo el reino a la existencia. Su misión era revelar el
método por el cual se podía realizar la unidad y proclamar ese amor incluyente
y esa técnica de unificación que todos los que estudian Su vida y reaccionan
ante Su espíritu, pueden aplicar. Por eso no podía caer en el error de
la diversidad ni identificarse con la multiplicidad, cuando había abarcado en
Su conciencia, como Dios, la síntesis mayor. Pope, en su famoso Ensayo sobre
el Hombre, lo presintió y expresó en palabras al alcance de todos:
“Dios
ama del todo a la parte, pero el alma humana
debe
elevarse de lo individual a la totalidad.
El
amor propio sólo sirve para despertar la mente virtuosa,
como
el guijarro agita el pacifico lago;
se
mueve el centro, inmediatamente un circulo se produce,
otro
y otro aparecen.
Abarcan
primero al amigo, al vecino, al pariente,
y luego a
su patria y después a toda la raza humana;
cada vez
más amplios son los desbordes de la mente,
abarcando a
las criaturas de toda especie;
la
tierra sonreirá, plena de infinitas bendiciones
y
el cielo contemplará su imagen, en su seno.”
Entonces
el demonio Le abandonó. Nada más pudo hacer y Cristo “se volvió a Galilea” 85
para emprender nuevamente la rutina del diario vivir. La experiencia de
Galilea no puede ser eludida por ningún Hijo de Dios encarnado. Cristo hizo
entonces tres cosas: Primero, supo que Juan el Bautista había sido
encarcelado, retomó la tarea que éste había emprendido, y continuó predicando
el arrepentimiento. Segundo, seleccionó cuidadosamente a quienes iban a
trabajar con Él, teniendo que instruirlos para llevar a cabo la misión del
reino, e inició entonces el acrecentado servicio que constituye siempre la
señal dada al mundo de que un hombre ha llegado a ser más incluyente y ha
recibido otra iniciación. Aunque el mundo no reconozca en el momento esa
señal, no volverá a ser el mismo mundo de antes de recibir la iniciación y
prestar servicio. El surgimiento de un iniciado en el campo del mundo, hace que
ese campo sea diferente.
Cristo
hizo el bien en todas partes, “enseñando en las sinagogas, predicando el
evangelio del reino y sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo”.86
Había registrado ante Dios, ante el hombre y ante Sí Mismo, Su perfección. Había
salido de la experiencia en el desierto y pasado la prueba y la experiencia,
justificando totalmente Su divinidad. Sabía que era Dios, Se había demostrado
a Sí Mismo lo divino de Su humanidad. Sin embargo, como ocurre con todos
los Hijos de Dios que se liberan, no
podía detenerse hasta haber mostrado el camino. Tenía que trasmitimos la gran
energía del Amor de Dios.
“Leemos en un famoso catecismo japonés: ‘el
despertar de un corazón a la sabiduría, significa la firme resolución de
promover la salvación de todos los seres vivientes antes de llegar uno mismo a
la más apartada ribera de la liberación’. Esta sólo es el eco del trascendental
voto del Buda, el legendario Maestro, que dijo: ‘Cuando haya alcanzado la
perfección, no aceptaré la perfecta iluminación hasta que no haya nacido todo
ser viviente, que confiadamente se refugia en mí y desea nacer en mi reino'.“ 87
Aunque
no aceptemos el calificativo de “legendaria”, que el Dr. Karrer da a la
naturaleza de Buda, puesto que Su existencia está históricamente comprobada,
debemos, no obstante, a este autor, el haber despertado la atención de los
lectores occidentales con esos dos hermosos pasajes que predicen una posición
más sublime adoptada por Cristo, cuando estuvo en la tierra. Perfecto, sirviendo
y con pleno conocimiento de Su misión, Cristo entra ahora en un período de
trabajo activo, que debe preceder a la iniciación siguiente, la de la
Transfiguración.
Notas:
1.
Psychology and the
Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. 130.
2.
Mt., 3:15.
3.
Gen., 1:26.
4.
Psychology and the
Promethean Wll, pág. 135.
5.
Reality and Ilusion,
de Richard Rothschils, págs. 217, 218.
6.
Religions of
Mankind, pág. 204.
7.
Eros and Psyche, de
Benchara Branford, pág. 83.
8.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 195.
9.
Ma., 5:16.
10.
Jn., 14:12.
11.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 218.
12.
Ídem, pág. 98.
13.
A Pilgrim’s Quest
for the Divine, de Lord Conway of Allington, pág. 214.
14.
Jn., 14:32.
15.
Mt., 3:13-17.
16.
Mt., 5:8.
17.
Aforismos Yoga de Patanjali, Libro II, Af.
41.
18.
Lc., 3:16.
19.
Simbolism in Religion,
Constructive Quarterly, 1914.
20.
Sermons, de A. Maclaren, Serie II, pág. 236.
21.
The Perfect Way, de
Anna Kingsford, pág. 241.
22.
Life of Anna
Kingsford, de E. Maitland, T. I, pág. 151.
23.
Sermons, de A. Maclaren, Serie 2ª, págs. 229, 231.
24.
Mt., 3:15.
25.
Mt., 11:12.
26.
Fil., 2:12.
27.
The Mystery of tke
Kingdom of God, pág. 354.
28.
The Mystery of the
Kingdom of God, pág. 223.
29.
A Pilgrim’s Quest
for the Absolute, de Lord Conway of Allington, pág. 8.
30.
Aforismos Yoga de Patanjali, Libro II, Af.
27.
31.
Jn., 8:12.
32.
Mt., 5:16.
33.
Ro., 8:29.
34.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 116.
35.
The Religion of Love, del Gran Duque
Alejandro de Rusia.
36.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág 94.
37.
Ga., 3:27.
38.
Ga., 4:19.
39.
I cor., 4:15.
40.
I P., 3:4.
41.
Ef., 4:13.
42.
Cristianismo
Esotérico
43.
Psychology and God,
pág. 14
44.
Fil., 4:7.
45.
The Recovery of
Truth, de Hermann Keryserling, pág. 216.
46.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 208.
47.
Mt., 3:17; 4:1.
48.
Athanasian Creed.
49.
The Fool Hath Said,
págs. 211, 212.
50.
He., 4:15.
51.
Mt., 4:4, 7, 10.
52.
Psychology and God,
pág. 240.
53.
Mt., 5:48.
54.
Psychology of
Religions, pág. 228.
55.
Religious Realism, de D. C. Macintosh y
otros, pág. 88.
56.
Outspoken Essays.
57.
I Jn., 4:17.
58.
The Mystery of the
Kingdom of God, pág. 235.
59.
Religion in the
Making, de A. N. Whitehead, pág. 6.
60.
Religion in the
Making, de A. N. Whitehead, pág. 9.
61.
The Testament of
Man, págs. 601, 602.
62.
Religions of
Mankind, de Ótto Karrer, págs. 121, 122.
63.
The Value and
Destiny of the Individual, pág. 246.
64.
Jn., 17:16.
65.
The Value and
Destiny of the Individual, pág. 245.
66.
The Value and
Destiny of the Individual, págs. 284, 285.
67.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 131.
68.
Mt., 4:2, 3, 4.
69.
He., 17:28.
70.
Mt., 27:42.
71.
Mt., 12:45.
72.
New Pathways of
Science, pág. 317.
73.
Mt., 4:5, 6 y 7.
74.
The Bhagavad Gita., pág. 26.
75.
The Divinity in Man,
de J. W. Graham, pág. 88.
76.
Ídem, pág. 88.
77.
Mt., 4:8, 9, 10.
78.
The Fool Hath Said,
pág. 286.
79.
Psychology and the
Promethean Will, pág. 55.
80.
Ídem, pág. 60.
81.
Ef., 4:4, 5, 6
82.
Reality and
Illusion, de Richard Rothschild, pág. 168.
83.
Dramatic History of
Christian Faith, pág. 19.
84.
Mt., 4:12.
85.
Mt., 4:17, 24.
86.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 34.
CAPITULO IV
LA
TERCERA INICIACIÓN... LA TRANSFIGURACIÓN
EN
UNA ELEVADA MONTAÑA
PENSAMIENTO
CLAVE
El
Antiguo Deseo
Dijo Arjuna:
“Tus compasivas y amorosas palabras de
sabiduría, referentes al supremo misterio de la Superalma, han disipado mi
ilusión.
“De Ti he aprendido toda la verdad acerca
del nacimiento y la desaparición de los seres, y de Ti, cuyos ojos son como
pétalos de loto, también he aprendido sobre el Gran Espíritu que no muere.
“Pero quisiera ver ese yo de que has
hablado, oh Señor Todopoderoso, esa divina forma Tuya ¡Oh, Tú, el mejor de los
hombres!
“Si crees que puedo verlo ¡oh Señor de
Unión, revélame ese Yo imperecedero!
Bhagavad Gita XI, 1-4
La
Moderna Demanda
“Sería demasiado suponer que podemos conocer
científicamente al Dios inmanente, Productor de los más elevados valores, y
creer racionalmente en un Dios trascendente, esencialmente personal,
Conservador de los valores más elevados, y que ambos, el trascendente y el
inmanente, el Productor y el Conservador, el conocido y Aquel en Quien se cree,
son en esencia, no dos seres distintos pero, orgánica y dinámicamente, de
alguna manera uno“.
Religious Realism, de D.I. Macintosh y otros, pág. 404.
1
Otro
período de servicio ha terminado. Cristo debió enfrentar otra crisis interna y
esta vez, según la narración del Evangelio, la compartió con Sus tres
discípulos predilectos, los tres más íntimos. El autocontrol que había
demostrado y la consiguiente inmunidad a la tentación, tal como podemos
comprenderlo, fue seguido por un período de intensa actividad. Él había
sentado las bases del reino de Dios que debía fundar de acuerdo a Su misión, y
cuyo bosquejo se había construido sobre la estructura interna de los doce
apóstoles, los setenta discípulos que Él había elegido e instruido, y los
grupos de hombres y mujeres de todas partes que respondían a Su mensaje. Hasta
ese momento había tenido éxito. Ahora debía encarar otra iniciación y una mayor
expansión de conciencia. Las iniciaciones, a que se sometió para bien nuestro,
y a las cuales podemos aspirar, a su debido tiempo, constituyen en sí una
síntesis viviente de la revelación que sería de valor estudiar, antes de
considerar los detalles de la estupenda revelación que recibieron los tres
apóstoles en la cima de la montaña. Tres de estas crisis son, quizás, las de
mayor significación que hasta ahora ha captado la humanidad, que siempre tiende
a poner el énfasis sólo en una de ellas, la Crucifixión.
A
veces pensamos que si nunca se hubieran escrito las Epístolas y sólo
contáramos con el relato del Evangelio para fundamentar nuestra creencia
cristiana, las tremendas experiencias vividas por Cristo, se hubieran pasado
por alto al hacer resaltar casi exclusivamente la Crucifixión. Esto es algo que
debe considerarse y merece una seria reflexión. El prejuicio de San Pablo
sobre la teología cristiana, quizás ha desequilibrado la estructura de la
presentación de Cristo que estábamos destinados a recibir. Las tres
iniciaciones que, en último análisis, pueden significar la culminación para el
buscador de la verdad, son el nacimiento en el reino, ese augusto
momento en que toda la naturaleza inferior se transfigura y se percibe la
aptitud de los hijos de Dios para ser ciudadanos de ese reino, y la crisis
final en que se demuestra y reconoce la inmortalidad del alma. El Bautismo
y la Crucifixión tienen otros valores, acentuando, como lo hacen, la
purificación y el autosacrificio. Esto puede sorprender al lector en lo que
parecería disminuir al Cristo, pero es en extremo necesario que veamos el
cuadro tal como los Evangelios lo presentan, sin el matiz de las
interpretaciones dadas por un posterior hijo de Dios, San Pablo, por muy
brillante y sincero que haya sido. Al tratar el tema de la Deidad, siempre se
ha dicho que conocemos a Dios por Su naturaleza, y que esa naturaleza es
espíritu o vida, alma o amor consciente y forma inteligentemente motivada. Vida,
cualidad y apariencia, son los tres aspectos principales de la divinidad, y
no conocemos otros; pero eso no significa que no hagamos contacto con otros
aspectos cuando oportunamente tengamos el mecanismo del conocimiento y la
intuición, para penetrar más profundamente en la naturaleza divina. Aún no
conocemos al Padre. Cristo Lo reveló, pero el Padre Mismo permanece hasta ahora
detrás de la escena, inescrutable, invisible y desconocido, excepto cuando Se
revela en la vida de Sus hijos, y por la revelación que Jesucristo diera
especialmente a Occidente.
Al
considerar estas iniciaciones, las tres mencionadas se destacan con toda
claridad. En el Nacimiento en Belén, tenemos la apariencia de Dios, Dios
se manifiesta en la carne. En la Transfiguración, tenemos la cualidad de
Dios, revelada en su trascendente belleza; mientras que en la iniciación de la
Resurrección, el aspecto vida de la divinidad, hace sentir su
presencia.
En Su vida terrenal, Cristo hizo dos cosas:
1. Reveló
la triple naturaleza de la Deidad en las iniciaciones primera, tercera y
quinta.
2. Demostró
las expansiones de conciencia que se producen cuando se cumplen debidamente los
requisitos —purificación y autosacrificio.
Los
cinco episodios encierran la historia de la iniciación, el nacimiento, la
consiguiente purificación, a fin de poder seguir la correcta manifestación de
la Deidad, la revelación de la naturaleza de Dios, por medio de una
personalidad transfigurada y, finalmente, la meta —la vida eterna
imperecedera, puesto que se ha descentralizado y liberado de las limitaciones
autoimpuestas por la forma.
Esas
tres iniciaciones mayores, primera, tercera y quinta, constituyen las tres
sílabas de la Palabra hecha carne; encierran el acorde musical de la vida de
Cristo, tal como estarán encarnadas en la vida de todos los que sigan Sus
pasos. Por medio de una reorientación hacia nuevos modos de vida y de ser,
pasamos por las etapas necesarias de adaptación de los vehículos de la vida,
hasta alcanzar la cima de la montaña, donde se revela en toda su belleza lo
divino en nosotros. Luego pasamos a una “jubilosa resurrección” y esa eterna
identificación con Dios, que es la eterna experiencia de todos los que se han
perfeccionado. Podríamos describir el proceso de la manera siguiente:
1ª Iniciación 3ª Iniciación 5ª Iniciación
Nuevo
Nacimiento Transfiguración Resurrección
Iniciación Revelación Terminación
Comienzo Transición Consumación
Apariencia Cualidad Vida
Ésta es la
primera de las experiencias de la montaña. Hemos pasado la experiencia de la
caverna y la iniciación de la corriente de agua. Ambas hicieron su trabajo,
revelando cada una mayor divinidad en el Hombre, Cristo Jesús. La experiencia
de Cristo, como vimos, era pasar de un proceso de unificación a otro. Uno de
los primeros objetivos de Su misión fue resolver las dualidades en Sí Mismo,
produciendo unidad y síntesis. ¿Cuáles son esas dualidades que deben resolverse
en unidad, antes que el espíritu en el hombre pueda brillar en todo su
esplendor? Podríamos indicar cinco, a fin de tener una idea de lo que debe
hacerse, y comprender también la magnitud de la realización de Cristo. La
Transfiguración no es posible hasta haber alcanzado esas unificaciones.
Primeramente,
el hombre y Dios deben fusionarse en un todo funcional. Dios hecho carne, debe
controlar y dominar la carne, para no ser obstáculo para la expresión total de
la divinidad. Esto no sucede en el hombre común. En él la divinidad puede
estar presente, pero se halla profundamente oculta. Sin embargo, hoy, merced a
nuestras investigaciones psicológicas, se ha descubierto mucho acerca del yo
superior e inferior, y la naturaleza de lo que a veces se denomina el “yo
sublimado”, va surgiendo mediante el estudio de la reacción del yo activo
externo a las actividades de la guía subjetiva interna. Que el hombre es dual ha
sido reconocido en todas partes, y esto constituye un problema que los
psicólogos enfrentan constantemente. Las personalidades parecen funcionar en
forma “desdoblada”; la gente está confusa debido a esta división. Oímos hablar
de personalidades múltiples y de la necesidad de integración y coordinación de
los distintos aspectos del hombre, y la fusión de su naturaleza en un todo
funcional es cada vez más urgente. El reconocimiento del alcance del hombre y
la constante atracción del mundo de los valores trascendentes, produjeron un
agudo problema en el mundo. Lo primitivo y lo trascendental, el hombre
consciente externo y el sublimado hombre subjetivo interno, el yo superior y
el yo inferior, la personalidad y la individualidad, el cuerpo y el alma,
¿cómo pueden reconciliarse todos ellos? El hombre es eternamente consciente de
los valores superiores. Todos los santos son el testimonio del hombre que
desea hacer bien y de la naturaleza que opuestamente le hace obrar mal.
Toda
la familia humana está hoy dividida en la roca de la dualidad. La personalidad
es dual y por lo tanto ingobernable; los
grupos y las naciones están divididos en campos opuestos y surge nuevamente la
dualidad cuando hay dificultad intensa y dinámica. A este respecto el Dr.
Sheldon1 dice:
“Una de las primeras y más vitales
preocupaciones del hombre es mantener la integración entre el sentimiento y el
intelecto. Es una necesidad tan imperativa para la felicidad humana como lo es
la necesidad del alimento, y satisfacer esta necesidad es verdadera función
psicológica de la religión, pues creo que el término debe emplearse así. Las
estructuras teológicas erigidas en el proceso son incidentales.”
Ésta
es la integración que Cristo ejemplificó plenamente, resolviendo así las
dualidades de lo superior y lo inferior en Sí Mismo, haciendo de los “dos un
nuevo hombre” 2 y este “nuevo hombre” resplandeció en la
Transfiguración ante la asombrada mirada de los tres apóstoles. La religión
debe tratar de lograr esta integración o unificación básica; la educación
debería realizar la coordinación entre los dos aspectos fundamentales de la
naturaleza humana —la natural y la divina. El Dr. Hocking3 expresa
esta deseada complementación con palabras vigorosas y eficaces:
“Quisiera creer que en el misticismo las
necesidades del sexo, juntamente con las demás necesidades, se comprenden y
satisfacen; que los cientos de voces del deseo humano son unificadas. En esta
inteligencia y no de otra manera puedo ver que la religión cumple con las
funciones que asume: evitar el mutuo alejamiento en nosotros de lo primitivo y
lo altamente civilizado; ofrecer a las almas individuales —deformadas en las
especializaciones de nuestro orden social o mutiladas en sus accidentes— la
posibilidad de una personalidad completa; unificar en el deseo y la voluntad,
como lo hace la razón en principio, la total existencia moral del hombre.”
Este
problema de los dos yoes que Cristo sintetizó tan relevantemente, es
estrictamente el problema humano. El yo secundario, a diferencia del yo
divino, es un hecho en la naturaleza, aunque tratemos de evadir el asunto y
rehusemos reconocer su existencia. El “hombre espiritual” existe, lo mismo que
el “hombre natural”, y en la acción recíproca de los dos se enfoca el problema
humano. El hombre mismo lo aclara. Dice el Dr. Bosanquet 4
refiriéndose al hombre:
“...su autotrascendencia innata, su pasión
indestructible por la totalidad, hace inevitable que de lo superfluo que él no
puede encasillar en el bien, formará un yo secundario y negativo, un yo
desheredado, hostil a la imperativa dominación del bien, que, fuera de toda ex-hipótesis,
es sólo parcial. Este desacuerdo es realmente necesario para el bien, que
contiene su problema característico, la conquista del mal. Y el bien es
necesario para el mal, porque más allá de la rebelión contra el bien, la
supuesta totalidad del yo desheredado, no puede hallar otra unidad”.
Éste
es el problema del hombre y aquí reside su triunfo y la expresión de su
divinidad esencial. El yo superior existe y, final e inevitablemente, debe
lograr la victoria sobre el yo inferior. Uno de los acontecimientos actuales es
el descubrimiento de la existencia del yo superior y hay muchos testimonios
sobre su naturaleza y cualidades. Por la consideración del yo de cada hombre,
nos aproximamos constantemente a la comprensión de la divinidad. Esto lo
señala el Dr. Macintosh y otros,5 en
términos certeramente adecuados al tema:
“El yo superior... que surge de nuestra
experiencia social y abarca tanto la voluntad propia como la común, puede ser
más un descubrimiento que una creación. Dios puede revelársenos de este modo
y, al mismo tiempo, quizás así se desarrolle por la interacción con los yoes
humanos.”
Detrás de
la manifestación de Jesucristo hay eones de experiencia. Dios se ha estado
expresando a Sí Mismo por medio de procesos naturales, a través de toda la
humanidad y por medio de individuos determinados, en el transcurso de las
edades. Luego vino Cristo, y en el proceso del tiempo, como una definida
realización del pasado y una garantía para el futuro, sintetizó en Sí Mismo, en
una Personalidad trascendente, todo lo que había logrado y todo lo inmediato
en la experiencia humana. Cristo fue una Personalidad al mismo tiempo que una
Individualidad divina. Su vida, con sus cualidades y propósitos, estampó su
sello sobre nuestra civilización, y la síntesis que Él demostrara es la
inspiración del presente. Esta Personalidad consumada, sintetizando en Sí todo
lo que precedió a la evolución humana, y expresando todo lo que debe
seguir de inmediato, es la gran dádiva de Dios para el hombre. El Dr. Graham6
toca este tema en forma que evoca la respuesta de todos los que hemos
estudiado con amor y adoración la vida de Cristo:
“El Dr. Illingworth, en su bien conocido
libro Personality, Human and Divine, sostiene la tesis de que sólo
podemos concebir a Dios empleando los conceptos dados por la personalidad
humana, y aunque los sublimemos como querramos, no podemos escapar a una última
cualidad antropomórfica, con la cual se construyen nuestras concepciones más
elevadas. Pienso que esto puede ser una verdad general, no obstante, siento que
esta limitación es verdaderamente restrictiva e impide que nuestra concepción
de Dios, sea algo más que la sombra que arroja
la Realidad sobre una superficie humana. Si podemos lograr un concepto
múltiple del género humano, es decir, si todos los individuos se ubican
microscópicamente dentro de un espíritu ilimitado, incluyente y guiado, que es
humano en todo, excepto en sus limitaciones, no pasaremos más allá de los
materiales de que el hombre está hecho, pero los habremos construido como las
piedras de un templo. El templo está hecho de piedra, pero las piedras,
amontonadas y superpuestas, no son el templo. La metáfora de las piedras vivas
la tenemos en El Nuevo Testamento”.
Cristo, como la Personalidad que remedó la división de la naturaleza
humana, y Cristo, como la síntesis de los aspectos superior e inferior de la
divinidad, es la gloriosa herencia del género humano. Esto lo reveló en la Transfiguración.
Ahora bien, es de valor, que sólo en determinada etapa de la evolución
humana llegue a ser posible expresar la vida y la conciencia crísticas
internas. La realidad de la evolución con sus necesarias distinciones y
diferencias, es incontrovertible. Los hombres no son iguales. Varían en su
presentación de la divinidad. Algunos son todavía realmente subhumanos; otros
simplemente humanos y aún otros recién comienzan a mostrar cualidades y características
superhumanas. Cabría aquí interrogarse, ¿cuándo le llega al hombre la
posibilidad de trascender lo humano y convertirse en divino? Cuando le llega
la posibilidad, ejercen el control dos factores. Entonces ha trascendido las
naturalezas física y emocional y, entrando en el campo del pensamiento,
responde de alguna manera a los ideales presentados por los pensadores mundiales. Llegará el momento, en
el progreso de cada ser humano, en que el desarrollo de la triple naturaleza,
física, emocional y mental, alcance un punto de posible síntesis. Entonces el
hombre se transforma en una personalidad. Piensa. Decide. Determina. Asume el
control de su vida y se convierte, no sólo en un centro originador de
actividad, sino en una impresionante influencia en el mundo. La entrada
poderosa de la cualidad mental y la capacidad de pensar, lo posibilita. Otto
Karrer 7 lo aclara al decir:
“Por fin llega la hora, y hasta la mayoría
de los pueblos primitivos están logrando actualmente la transición, si es que
no están desapareciendo; el hombre se libera de la sugestión masiva de su
tribu y empieza a pensar por sí mismo; el ‘hombre colectivo’ desaparece y el
‘hombre individual’ nace mentalmente.
“El hecho de empezar a pensar no hace al
hombre mejor de lo que es. Al principio critica y es muy empecinado, pero esto
tiene su lado bueno siempre que no prescinda de todo y renuncie a la fe por la
superstición, y a la verdad eterna por una distorsionada presentación.”
La
insistencia en el pensamiento y la determinación de dirigir la vida desde el
punto de vista de la mente y no de la emoción,
caracteriza a la “personalidad” del común de los seres humanos. El
hombre que piensa y actúa según las resoluciones e incentivos que tienen su
origen en realidades mentales debidamente consideradas, se convierte con el
tiempo en una “personalidad” y empieza a influir sobre otras mentes,
ejerciendo una definida influencia sobre las demás personas. Sin embargo,
vigilando la personalidad, está el hombre espiritual interno, que podría denominarse
“individuo”. Aquí también Cristo triunfó, y la segunda dualidad que logró
significativamente, fue el yo personal y la “individualidad”. Lo finito y lo
infinito deben llevarse a una estrecha relación. Esto lo demostró Cristo en la
Transfiguración, cuando por medio de la personalidad purificada y evolucionada,
puso de manifiesto la naturaleza y la cualidad de Dios. La naturaleza finita
había sido transcendida y no podía ejercer control sobre Sus actividades. Había
pasado conscientemente al reino de la comprensión incluyente, y las reglas
comunes que rigen al individuo finito con sus pequeños problemas y su escasa
reacción a los sucesos y a las personas, ya no pueden influirlo ni determinar
su conducta. Entró en contacto con ese reino del ser, donde no sólo hay
comprensión sino paz por medio de la unidad. “El ser finito tiende a fijar y
depender de las reglas, incidentes y características de su propia naturaleza,
buscando siempre la unidad con el todo que la inspira, repudiándola a la vez
constantemente”.8 Estas
reglas, reglamentos y consideraciones, fueron superadas por Cristo y actuó, en
consecuencia, como individuo y no como personalidad humana. Estaba regido por
las reglas que gobiernan el reino del Espíritu y esto fue reconocido por los
tres Apóstoles en la Transfiguración, que los condujo a someterse a Él, desde
ese momento, como al Que representa para ellos la divinidad. Cristo logró
“...la
consumación o reconocimiento de lo finito-infinito, o la naturaleza
autotranscendente que atribuimos al individuo, la cual constituye la consumación
o entrega del yo finito, al mundo de la sociedad espiritual. Por lo tanto, lo
opuesto al mundo de las pretensiones, es el típico caso del insistente
aislamiento finito, mitigado por las relaciones personales, en cuyo contraste
con el espíritu de la autotranscendencia, descubrimos la fuente de todo
obstáculo y penuria”.9
Por lo
tanto, Cristo, en la Transfiguración, unificó en Sí a Dios y al Hombre,
fusionando Su Personalidad evolucionada con su Individualidad. Representaba la
expresión perfecta de la más absoluta posibilidad a que puede aspirar la
humanidad. Las dualidades que el género humano tan lentamente expresa, se
fusionaron en Cristo, dando como resultado una síntesis de tal perfección que
determinó para siempre la meta de nuestra raza.
Existe
aún una síntesis más elevada, que también Cristo resumió en Sí mismo, la
síntesis de la parte con el Todo, de la humanidad con la ultérrima Realidad.
La historia del hombre ha sido la evolución desde un estado donde se producen
reacciones masivas inconscientes al de responsabilidad grupal lentamente
reconocida. El ser humano de grado inferior o el individuo irreflexivo, posee
conciencia colectiva. Podría considerarse como persona, pero no piensa con
claridad acerca de las relaciones humanas o del lugar que ocupa la humanidad en
la escala del ser. Se deja influir fácilmente por el pensamiento masivo o
colectivo, y la psicología de la masa lo regimenta y uniforma. Se mueve al
ritmo de la masa y piensa como ella (si es que piensa); siente fácilmente con
la masa y no se diferencia de los de su clase. Sobre esto fincan su éxito los
oradores y dictadores. Utilizando su oratoria convincente o mediante sus
personalidades magnéticas y dominantes, motivan a las masas a hacer su
voluntad, porque las manejan mediante la conciencia colectiva, aunque no
evolucionada.
De
esta etapa se pasa a la de la personalidad emergente, que piensa por sí misma,
realiza sus propios planes y no puede ser regimentada o engañada con
palabras. Es un individuo reflexivo y la conciencia colectiva y la mente de la
masa no pueden esclavizarlo. Constituyen esas personas que logran la
liberación y que de una expresión de conciencia a otra llegan gradualmente a
formar parte del todo, conscientemente integradas. Eventualmente, el grupo y
su voluntad (no la masa y sus sentimientos) llegan a ser de suprema
importancia, porque ven al grupo como Dios lo ve, son custodios del Plan divino
y partes integralmente conscientes e inteligentes del todo. Saben lo que hacen
y por qué lo hacen. Cristo fusionó y mezcló en Sí mismo la parte con el todo,
efectuando una unificación entre la voluntad de Dios, sintética y comprensiva,
y la voluntad individual, personal y limitada. En un comentario sobre El
Bhagavad Gita, ese supremo argumento de la vida del todo, sublimada y
fusionada en la divinidad, Charles Jonhston 10 dice:
“Pareciera que la verdad fuera, en cierta
etapa de la vida espiritual, el vehemente discípulo que ha tratado de poner en
todas las cosas su alma en armonía con la gran Alma, que ha procurado asemejar
su voluntad a la Voluntad divina, pasando una notable experiencia espiritual en
que la gran Alma lo atrae hacia arriba, y la Voluntad divina eleva su
conciencia hasta la unicidad con la Conciencia divina. Durante un tiempo ya no percibe ni siente como persona,
sino como Superalma, teniendo una profunda visión de los caminos divinos de la
vida y sintiendo con el Poder infinito, que actúa por igual en la vida y en la
muerte, en el dolor y en el placer, en la unión y en la separación, en la
creación, en la destrucción y en la reconstrucción. El temor y el misterio que
circunda a esta gran develación ponen su sello en todos los que han pasado por
ella.”
Este
conocimiento está fuera del alcance del hombre común y más lejos aún del no
evolucionado. Otto Karrer11 alude a este hecho del modo siguiente:
“...el primitivo es el hombre colectivo.
Piensa y siente como la tradición se lo sugiere. No puede hacer otra cosa. La
individualidad y la diferenciación personal, están todavía adormecidas. Sólo
empieza a despertar cuando se atreve a comprobar, con su razonamiento
individual, la verdad de lo que se le ha dicho. Entonces, por primera vez,
empieza a perder gradualmente ese sentimiento de comunidad que hizo del hombre
una unidad con su medio social, su clan, su tribu.“
Lo
divino es el Todo, conformado y animado por la vida y la voluntad de Dios, y
Cristo, en total autorrendición y con todo el poder de Su naturaleza purificada
y Su divina comprensión y sabiduría, fusionó en Sí mismo la conciencia
colectiva, la realización humana y el Todo divino. Algún día todo esto deberá
ser comprendido con más claridad. Es algo que todavía no podemos captar, a
menos que la Transfiguración sea para nosotros una realidad y no un objetivo.
Algún día una Voz nos hablará para “mostrarnos el mundo eterno del espíritu...
donde la personalidad no se pierde ni debilita, sino se acrecienta al adosarse
a la vida divina”.12
Es
interesante recordar otra unificación realizada por Cristo. Unificó en Sí el
pasado y el futuro, en lo que concierne a la humanidad. Esto está
significativamente ejemplificado en la aparición de Moisés y Elías, en la
Montaña de la Transfiguración, junto al Cristo, los cuales representaban
respectivamente a la Ley y a los Profetas. Un personaje simboliza el pasado del
hombre, resumiendo la Ley de Moisés, que establece los límites más allá de los
cuales el hombre no puede ir, definiendo los mandamientos que el hombre debe
imponer a su naturaleza inferior (naturaleza de deseos) y recalcando las
restricciones que toda la raza debe imponer a sus actos. Un estudio cuidadoso
revelará que dichas leyes conciernen al gobierno y control de la naturaleza de
deseos del cuerpo sensorio y emocional, al cual nos referimos. El nombre de
“Moisés” significa en forma curiosa “extraído del agua”, de acuerdo a la Cruden’s
Concordance. Vimos que el agua es el símbolo de la emocional y fluídica
naturaleza de deseos, donde el hombre mora habitualmente. Por eso aparece
Moisés junto al Cristo, representando el pasado emocional del hombre, y la
técnica de su control debe ser reemplazada posteriormente cuando el mensaje de
la vida de Cristo se comprenda debidamente, penetrando cada vez con mayor
plenitud en la conciencia del hombre. Cristo señaló sintéticamente el nuevo
mandamiento “Amaos los unos a los otros”. Este mandamiento hace
innecesarios la Ley y los Profetas, relegando los Diez Mandamientos a un plano
secundario en la vida y haciéndolos superfluos, pues el amor que irá del
hombre a Dios y del hombre al hombre, producirá automática y positivamente la
correcta acción que hará imposible el quebrantamiento de los mandamientos. El
“no deberás”, de Dios, dado en el Monte Sinaí para ser difundido por Moisés,
con su énfasis negativo y su interpretación positiva, cederá su lugar a la radiación
de amor y a la comprensión de la buena voluntad, y a la luz que Cristo irradió
en el monte de la Transfiguración. El pasado se Unió en Él y fue reemplazado
por un presente viviente.
Elías,
cuyo nombre significa “la fortaleza del Señor”, estuvo junto a
Jesucristo representando las escuelas de los Profetas, que desde siglos venían
prediciendo la venida de Aquel que representaría la perfecta justicia y que Su
propia Persona encarnaría, como hoy lo hace, la realización y la meta futuras
de la raza humana. Posiblemente el futuro contenga estados de conciencia y
normas de realización que están tan lejos de las de Cristo, como Su expresión
está más allá de la nuestra. La naturaleza del Padre no se conoce todavía; únicamente
algunos de sus aspectos, como el amor y la sabiduría de Dios, fueron revelados
por Cristo. Para nosotros hoy y para nuestra meta inmediata, Cristo representa
el Eterno Profeta de quien Elías y todos los demás profetas, dieron testimonio.
Cuando Cristo permaneció en la cima de la montaña se unieron en Él, el pasado y
el futuro de la humanidad.
Evidentemente
Cristo unió en Sí ciertas separaciones básicas humanas, y a las mencionadas
anteriormente podemos agregar otra ya considerada, la fusión en Sí Mismo de dos
grandes reinos de la naturaleza, el humano y el divino, haciendo posible la
manifestación de un nuevo reino en la tierra: el reino de Dios, el quinto
reino de la naturaleza.
Cuando
se considera la Transfiguración debe comprenderse que no sólo fue una gran
iniciación en la que Dios se reveló al hombre en toda Su gloria, sino que tenía
una relación definida con el medio revelador, la naturaleza material física que
designamos como el “aspecto Madre”.
Vimos, al estudiar la iniciación del Nacimiento, que la Virgen María (aún
cuando reconozcamos, como lo hacemos, la existencia histórica de Cristo) es el
símbolo de la naturaleza forma, la naturaleza material de Dios; Ella tipifica
lo que preserva la vida de Dios, y aunque latente, posee infinitas
potencialidades. Cristo reveló la naturaleza del amor del Padre, revelando por
medio de Su persona el propósito y objetivo de la vida-forma del hombre.
En esta experiencia de la montaña vemos la
glorificación de la materia cuando revela y expresa el divino Cristo que mora
internamente. La materia, la Virgen María, revela a Dios. La forma, resultado
de activos procesos materiales, debe expresar la divinidad, y esta revelación
es el don que Dios nos da en la Transfiguración. Cristo fue “el Dios de Dios
mismo”, y también “carne de nuestra carne”, y en la interacción y
fusión de ambos, Dios quedó revelado en toda Su gloria radiante y magnética.
“María Virgen acepta la anunciación del
Ángel y comprende el misterio de la Maternidad del Hombre regenerado. No actúa
por sí misma, sino que los actos de su Hijo son también los de ella. Participa
en Su nacimiento, en Su manifestación, en Su pasión, en Su resurrección, en Su
ascensión, en Su don de pentecostés, siendo Él mismo el don que ella entrega al
mundo. Pero siempre es Él quien actúa; ella es la que pide, capta, obedece,
responde. Por ella, Cristo afluye en la mente y en el hombre externo, en la
vida y en la conducta. Como dice San Agustín, todas las gracias nos llegan por
las manos de María”. 13
Cuando
nosotros, como seres humanos, captemos el propósito divino, y lleguemos a
considerar a nuestro cuerpo físico como el medio por el cual el Cristo divino
interno puede revelarse, lograremos una nueva visión de la vida física y un
renovado incentivo para el adecuado cuidado y tratamiento del cuerpo físico.
Apreciaremos estos cuerpos por los cuales actuamos temporalmente, como
custodios de la divina revelación. Cada uno de nosotros los considerará como la
Virgen María consideraba el suyo, el depositario del Cristo oculto, y
esperaremos esperanzados el memorable día en que también nosotros
permaneceremos en el Monte de la Transfiguración, revelando la gloria del Señor
por medio de nuestros cuerpos. Robert Browning 14 presintió esto y
expresó su pensamiento a través de las bien conocidas frases:
“La Verdad mora en nosotros; no surge
de lo externo, aunque así lo creamos.
Existe un
recóndito centro, en todos nosotros,
donde mora
la verdad en su plenitud; rodeándola
de muros,
la densa carne encierra a la verdad.
. . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .Y saber,
es más bien abrir un camino
por donde el esplendor prisionero puede evadirse,
en vez de permitir la entrada a una luz
que se supone llega desde afuera.”
Así,
Cristo se reveló para la humanidad como la expresión de Dios. No hay otra meta
para nosotros. Sin embargo, recordemos una vez más, con humildad y reverencia,
que las estupendas palabras pronunciadas por Krishna,15 resultan
también valederas en lo que concierne a la transfiguración del mundo entero:
“Mi forma divina tampoco tiene fin, oh
conquistador del enemigo, esto lo he dicho para instruirte, como enumeración de
Mis múltiples formas. A cualquier ser glorioso, virtuoso o poderoso, lo
reconocerás como una chispa emanada de mi fuego. Pero, ¿para qué necesitas esta
múltiple sabiduría, oh Arjuna? Con una partícula de mi ser, compenetro el mundo
entero”.
Por
el impacto del impulso evolutivo, Dios avanza hacia un pleno reconocimiento.
“Purificación” es la palabra que se emplea generalmente para designar el
proceso por el cual se prepara el medio de la expresión divina. La experiencia
de Galilea y el esfuerzo diario para vivir y enfrentar las eventualidades de
la existencia humana (que parecen ser más drásticas y disciplinarias a medida
que la gran rueda de la vida gira y, al hacerlo, lleva a la humanidad hacia
adelante) conducen al hombre a la etapa donde tal purificación no es
simplemente el resultado de la vida misma, sino algo impuesto definitivamente
por el hombre a su propia naturaleza. Cuando este proceso se ha autoiniciado se
acelera gradualmente la rapidez con que se lleva a cabo el trabajo. Esto produce
la transformación del hombre externo, de enorme significación. La oruga
se transforma en mariposa. En lo más íntimo del hombre se encuentra esta
desconocida belleza oculta, luchando por liberarse, Lord Haldane,16 lo
indica en los siguientes términos:
“...A
mi modo de ver, cada hombre es esencialmente un espíritu que controla un
organismo, que a su vez, es un complejo de vidas más pequeñas e inferiores. El
control del espíritu no es uniforme en todo el organismo ni en todas las faces
de la vida orgánica. En el despertar de la vida controlan principalmente los
centros del pensamiento y sentimiento normales, ejerciendo escaso control
sobre centros más profundos, educados en una rutina que basta para las
necesidades comunes. Pero en los estados subconscientes, de trance y otros
similares, los procesos normales de la conciencia se inhiben y los centros
orgánicos inferiores quedan más directamente controlados por el espíritu. A
medida que nos adentramos en la parte más profunda del ser, nos acercamos más
a la fuente de la vitalidad humana. Penetramos así en una región de mayor
y esencial respuesta al llamado
espiritual, donde se ofrece el extracto superficial, conformado y endurecido
por las necesidades externas, para adaptarse definidamente al medio terrenal.
Aún así, el teguuumento externo de la oruga se endurece para adecuarse a los
requerimientos de la larva, mientras que en lo más profundo del animal, se llevan
a cabo procesos invisibles de rápido cambio, que obedecen a un impulso que no
proviene de la vida larval”.
La
vida del Cristo interno produce la transformación del cuerpo físico, pero aún
en forma más profunda esa vida actúa sobre la naturaleza emocional sensoria y
mediante el proceso de transmutación, convierte los deseos y
sentimientos, los dolores y los placeres, en sus analogías superiores. Se ha
definido la transmutación como “el paso de un estado de ser a otro, por medio
del Fuego”.17 Es conveniente, a este respecto, recordar que el
triple hombre inferior, al que nos hemos referido con frecuencia en estas
páginas, es un tenue reflejo de la Deidad Misma. El cuerpo físico está
relacionado con el tercer aspecto de la divinidad, el Espíritu Santo, y podemos
comprobar esta verdad si estudiamos el concepto cristiano de la Virgen María,
influido por el Espíritu Santo, que es el aspecto de la divinidad, el principio
activo de la materia, de la cual el cuerpo físico es la analogía. La naturaleza
sensoria emocional es un tenue y distorsionado reflejo de la naturaleza amor
de Dios, que el Cristo cósmico, la segunda Persona de la Trinidad, está
empeñada en revelar, y este aspecto (transmutado por medio del fuego, la
voluntad o espíritu de Dios) causa la transformación del cuerpo físico. A su
vez la mente es el reflejo del aspecto superior de la deidad: el Padre o
Espíritu, del que se ha dicho que “Dios es un fuego consumidor”.18 La
actividad liberadora de esta forma del espíritu de Dios, produce con el tiempo
esa radiación (resultante de la transformación y la transmutación)
característica distintiva de la iniciación de la Transfiguración. “La
irradiación es la transmutación en proceso de realización. Siendo la
transmutación el proceso de liberar la esencia, a fin de que busque un nuevo
centro, podemos reconocer aquí el proceso de la radiactividad... en lo que a la
humanidad concierne“.19
Estos
procesos llevados a cabo en la naturaleza de la forma condujeron a la
revelación, hecha a los Apóstoles, de la naturaleza esencial del Maestro que
amaban y seguían, siendo este el aspecto crístico, la realidad interna
radiante, que los místicos de todos los tiempos testimonian, no Sólo en
conexión con el Cristo sino, en grado
menor, entre sí. Una vez trascendido el mundo de los sentidos y puestas
en actividad las analogías superiores, revelando el mundo interno de belleza y
verdad, el místico alcanzará el conocimiento del mundo subjetivo, cuyas
características son luz, radiación, belleza y maravilla indescriptibles. Todos
los escritos místicos tratan de describir este mundo al que los místicos
parecen tener acceso, variando sus formas según la época, raza y etapa de
evolución del vidente. Sólo sabemos que lo divino queda revelado, mientras que
la forma externa que lo ha velado y ocultado se disuelve o transforma, de tal
modo que únicamente se percibe la realidad interna. El temperamento y las
tendencias del místico —sus propias cualidades innatas— tienen también mucho
que ver en las descripciones de lo que ve. Sin embargo, todos están de acuerdo
en el carácter esencialmente transcendente de la experiencia y convencidos de
la naturaleza divina de la persona implicada. Lord Conway
of Allington 20 dice:
“La espiritualidad en todas sus formas
—amor, belleza, verdad, justicia, visión— está en estado potencial detrás de
todo lo que pertenece al mundo de los sentidos, pero no forma parte de él. El
hombre sólo es verdaderamente hombre cuando alcanza el conocimiento de lo
divino, ese tesoro oculto que cada uno de nosotros tiene que descubrir por sí
mismo... Grande es el misterio de lo divino que se manifiesta en las vidas y
actos de los profetas, poetas y videntes”.
Grande,
ciertamente, fue el poder y el misterio de la divinidad que Cristo reveló a
los ojos azorados de Sus tres amigos, en el Monte de la Transfiguración. En una
de las antiguas escrituras de la India, citada por el Dr. Rudolph Otto,21
se intenta expresar o revelar ese Espíritu esencial y divino que se manifiesta
en la Transfiguración:
“Más
sutil que lo bello, sin embargo soy lo sublime,
Yo,
el más antiguo, el espíritu, Dios, el Señor.
Soy
el áureo resplandor de forma divina.
Sin
mano ni pie, pleno de poder inconcebible,
veo
sin ojos, oigo sin oídos;
liberado
de la forma, lo conozco todo,
pero
nadie me conoce., Porque soy el Espíritu, soy el Ser.”
El cúmulo de literatura escrita para tratar de pintar la maravilla de la
Transfiguración y la visión de Dios, constituye un fenómeno descollante en la
vida religiosa y es, a la vez, uno de los testimonios más poderosos de la
realidad de las revelaciones. El Dr. L. W. Grensted 22 alude a ello
significativamente:
“Los
místicos coinciden en declarar que su experiencia está más allá de toda
descripción, y luego la describen con singular fluidez y libertad. Sin embargo,
están de acuerdo que, después de todo, faltan palabras. A veces recurren a la
imaginería y al simbolismo de las emociones y otras se introducen en las
abstracciones de una filosofía que carece de términos positivos adecuados para
abarcar sus conceptos. Pero en cualquier caso, no cabe duda acerca de la
intensa realidad de la experiencia. En forma análoga, su intensidad y
aislamiento se vinculan estrechamente con los sentimientos, alejándose mucho
de nuestro enfoque común de las realidades de cada día. ‘En este conocimiento’,
dice San Juan de la Cruz, ‘ya que no se emplean los sentidos ni la imaginación,
no percibimos forma ni impresión, ni podemos justificar o proporcionar algo
semejante, aunque la misteriosa y dulce sabiduría llega con tanta claridad a
lo más recóndito de nuestra alma... Ésta es la particularidad del lenguaje
divino. Cuanto más inspirado, íntimo, espiritual y suprasensible, tanto más
sobrepasa a los sentidos internos y externos, imponiéndoles silencio’.
“No obstante, pese al carácter inefable y
dominador de estas experiencias, parecen abrir al místico una puerta que
conduce a nuevas esferas del conocimiento. ‘Son estados de percepción de
verdades profundas, insondables para el intelecto razonador. Son
iluminaciones, revelaciones, plenas de significado y de importancia, por
inarticuladas que sean y, por lo general, llevan consigo un curioso sentido de
autoridad para el porvenir’. El místico no puede explicarlo, pero tiene la
seguridad de que ha sabido y no simplemente sentido, y a menudo ese
conocimiento permanece como una adquisición permanente a la que ninguna crítica
puede llegar.“
La
misma simplicidad de la historia que se relata en el Evangelio, le otorga
majestad y poder de convicción. Los apóstoles contemplaron una visión y
participaron de una experiencia en la que Jesucristo apareció ante ellos como
un Hombre perfeccionado, pues era totalmente divino. Ellos habían compartido
con Él Su servicio, habían abandonado sus diversas vocaciones para estar con
Él, habían ido con Él de un lugar a otro y lo habían ayudado en Su labor; ahora
como recompensa a la fidelidad y reconocimientos demostrados, se les permitía
contemplar la Transfiguración. Dice San Agustín:23 “Cuando la mente
se ha empapado de la fe que obra por amor, puede alcanzar también la visión de
incomparable belleza, conocida por los corazones santos y elevados, visión que
entraña una felicidad mayor.”
2
“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a
Santiago y a Juan, su hermano, y Les llevó aparte a un monte alto, y se
transfiguró delante de ellos, y
resplandeció Su rostro como el sol y Sus vestidos se hicieron blancos como la
luz.”
“He aquí que aparecieron Moisés y Elías
hablando con Él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí;
si quieres haremos aquí tres tabernáculos, uno para ti, otro para Moisés y aún
otro para Elías.
“Mientras él aún hablaba, una nube le
cubrió, y he aquí una voz desde la nube que decía: Éste es mi hijo amado, en
quien tengo complacencia, a él oíd. Al oír esto, los discípulos se postraron
sobre sus rostros y tuvieron gran temor. Entonces, Jesús se acercó y los tocó,
y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, a nadie vieron sino
sólo a Jesús.”24
La
consideración de las diversas unificaciones que Cristo había realizado en Sí
Mismo, nos ha preparado para el estupendo fenómeno de la revelación que obligó
a los tres discípulos a postrarse sobre sus rostros. Tres reyes o magos,
asistieron arrodillados a la iniciación del nacimiento. En esta crisis tenemos
tres discípulos postrados, imposibilitados de contemplar la gloria que se les
revelaba. Creían conocer a su Maestro, pero la Presencia familiar se había
transformado y se encontraban ante La Presencia. El sentido de temor, de
asombro y de humildad, siempre ha sido la reacción característica de los místicos de todos los
tiempos, ante la revelación de la luz. Este episodio es el primero en el que
entramos en contacto con la radiación y la luz que emanaban del Salvador, y Le
permitió decir con toda veracidad: “Yo soy la luz del mundo”. El
contacto con Dios siempre causará el surgimiento de una luz. Cuando Moisés bajó
del Monte Sinaí, su rostro resplandecía de tal modo que los hombres no podían
mirarlo, y la historia dice que Moisés tuvo que ponerse un velo para ocultar
ese resplandor. Pero la luz que estaba en Cristo irradiaba plenamente de toda
Su Persona. Creo que a medida que el proceso evolutivo avanza, llegaremos a
una comprensión más profunda de la significación de la luz, en relación con la
humanidad. Hablamos de la luz del conocimiento, y hacia esa luz y su promoción
se encaminan todos nuestros procesos e instituciones educativas. Deseamos
ardientemente la luz del conocimiento que se expresa en la sabiduría y
caracteriza al sabio y al erudito en la tierra; esta luz los destaca de la
persona de inteligencia común, haciendo que sus palabras pesen y den valor a su
consejo. Se nos ha hecho creer que existen en el mundo iluminados que
trabajan silenciosa y serenamente detrás de la escena de los asuntos mundiales,
arrojando luz en los lugares oscuros del mundo, cuando se necesita para
elucidar problemas, y traer a la luz, oportunamente, lo que debe ser eliminado
y lo que se precisa. También hemos aprendido a reconocer a los Portadores de
Luz de todas las épocas y tenemos la certeza de que en Cristo se ha enfocado la
luz de todas las edades y está centrada la luz de Dios. Sus discípulos
entraron por primera vez en el radio de esta luz de la cima de la montaña,
después de seis días de trabajo, según dice el Evangelio, y no pudieron
soportar tanto resplandor. Sin embargo, sintieron que “era bueno estar allí“.
No obstante, al considerar la luz que estaba en Cristo y el rapto de los
Apóstoles al serles revelada esta luz, no olvidemos el hecho de que Cristo
mismo ha dicho que en nosotros también hay una luz y que ella también debe
brillar para la ayuda del mundo y la glorificación de nuestro Padre que está en
los Cielos.25 Es la luz que atestiguan los místicos y en esta luz
penetran y a su vez la luz penetra en ellos, revelándose la que estaba latente
y que ahora surge con toda fuerza. “En Tu luz veremos la luz”. Ésta es
la característica descollante del místico científico. Dios es luz, así como
también vida, comprobado por el místico y eternamente testimoniado por él.
“La experiencia mística que todas las
religiones evidencian, es simplemente la manifestación psicológica de este
hecho. El místico tiene conciencia de su contacto con la divinidad; quizá no
lo sabe por comprensión conceptual, sino por una sensación vital inmediata.
Quienes han estudiado científicamente esta religión, desde Tröltsch, Otto,
Albert Schweitzer, Evelyn Underhill, Heiler y Buber, hasta los católicos Marschal,
Von Hugel, Brémond, Ochl y Wunderle, todos están de acuerdo en considerar esta
experiencia como ‘el fenómeno primordial de todas las formas de la religión’.
La experiencia mística, se dice, es la convicción de la presencia y actuación
de poderes superhumanos, más la posibilidad de una unión interna con ellos,
siendo por lo tanto una ‘experiencia de Dios’, una ‘conciencia de Dios’, un
‘contacto con Dios’. 'Toda religión profunda’, dice Schweitzer, 'es misticismo
y trata de liberar al hombre de estar en el mundo’ por ‘estar en Dios’. Pero
¿cuál es el aspecto psicológico de esta revelación? Cuando el misterio invade
al espíritu, el sujeto queda ‘asombrado’. Los primitivos ‘tiemblan’ al oír el
bramido del toro. El iniciado en los misterios griegos ‘entraba en el templo
pleno de reverente temor’. Moisés tuvo que quitarse el calzado porque ‘era
suelo sagrado’. Una experiencia similar, dentro de la esfera de la revelación
cristiana, hace que San Pablo hable de ‘temor y temblores’ ante la presencia de
Dios, con lo que se refiere al ‘estupor’ primordial, asombro tembloroso ante la
presencia de lo infinitamente grande, aunque Él sea, sin embargo, tan bondadoso
y tan magnánimo. La percepción de lo Divino es a la vez la captación de lo
divino y ser captado por lo Divino. (Hauer)26
Esta
conciencia de la existencia de la divinidad se establece en nuestra conciencia
ante todo por el reconocimiento del
prodigio latente en todo ser humano. El hombre que no ve nada bueno en
sus semejantes, es quien desconoce su propia bondad; el hombre que sólo ve el
mal en quienes le rodean, es quien ve a
través del lente distorsionador de su propia naturaleza retorcida. Pero los que
despiertan al mundo de la realidad, constantemente tienen conciencia de la
divinidad en el hombre, por sus actos altruistas, su amabilidad, su espíritu
investigador, su fortaleza en las dificultades y su bondad esencial y básica.
Esta conciencia se profundiza a medida que el aspirante estudia la historia de
la raza y la herencia religiosa de las edades y, por sobre todo, cuando
enfrenta la bondad y el prodigio transcendental que Cristo reveló. De este
conocimiento pasa al descubrimiento de lo divino en sí mismo, y empieza esa
larga lucha que lo conduce a través de las etapas donde percibe
intelectualmente la posibilidad y adquiere la percepción intuitiva de la
verdad, llegando a esa iluminación que es prerrogativa y don de los perfectos
hijos de Dios. El radiante cuerpo de luz interno existe tanto en el individuo
como en la raza, invisible y no revelado, pero surge en forma lenta y segura.
En la hora actual, un sinnúmero de seres están desarrollando las actividades de
los seis días que preceden a la experiencia de la transfiguración. “Lo de
suprema importancia para nosotros es ‘la vestidura de luz’ que existe en cada
hombre; en el hombre perfeccionado puede brillar de tal modo que manifiesta su
presencia en y a través de la vestidura de carne; aunque en menor grado,
igualmente real, puede brillar en todo rostro humano en los momentos de grande
y santificado gozo, inspiración, divina comunión, así como brillan los ojos del
santo, arrobado en celestial contemplación, o en los de la madre que sostiene
en sus brazos su recién nacido”.27
Es
importante estudiar aquí brevemente el lugar que les cabe a los discípulos en
el relato de esta experiencia. En toda la historia bíblica, encontramos siempre
esta triplicidad, Moisés, Aarón y Josué; Job y sus tres amigos; Shadrach,
Meschach y Abesnego, los amigos de Daniel; los tres reyes de la cuna de Belén;
los tres discípulos de la Transfiguración; las tres cruces del Calvario. ¿Qué
significa esta constante repetición del tres? ¿ Qué simbolizan? Fuera de su
posible aparición histórica, ¿hay detrás de ellos algún símbolo peculiar que
pueda, cuando se comprenda, aclarar las circunstancias en que desempeñaron su
parte? El estudio de sus nombres y su interpretación, según aparece en la
conocida Cruden’s Concordance, pueden suministrarnos una clave.
Tomemos, por ejemplo, el significado de
los nombres de los amigos de Job, que fueron Eliphaz el Temanita, Bildad el
Suhita y Sophar el Naamathita. El primer nombre significa “mi Dios es el oro”
y también “el sector Sur”, el polo opuesto al norte. El oro es el símbolo
del bienestar material y el polo opuesto del espíritu es la materia. Por lo
tanto, en este nombre está simbolizada la forma externa tangible del hombre,
activada por el deseo de posesiones materiales y comodidades. Sophar el
Naamathita, significa “el que habla”, y su lema es afabilidad, interpretación
dada a la palabra “Naamathita”. Tenemos aquí tipificado el cuerpo de deseos,
con su ansia de agrado, felicidad y placer, e indicado, el llamado constante y
eterno y la voz de la naturaleza de los sentidos, que todos podemos
testimoniar. Bildad el Suhita, representa la naturaleza mental, la mente, y
significa “contrición”, sólo posible cuando la mente empieza a estar activa
(incluyendo la conciencia). Suhita quiere decir “postración o desamparo”, lo
cual significa que la mente sola y sin ayuda, puede revelar pero no ayudar.
El remordimiento y el dolor, que involucra la memoria, son el resultado de la
actividad mental. De este modo, los tres amigos de Job, revelan los tres
aspectos de su naturaleza inferior. Lo mismo ocurre cuando estudiamos los
nombres de los tres amigos de Daniel. Abednego significa “servidor del sol”,
servidor de la luz, y resume el propósito y el deber del hombre físico externo.
El nombre Sadrach tiene una significación definidamente emocional y sensoria,
porque quiere decir “me regocijo en el camino”, y dondequiera que encontremos
referencia a las dualidades básicas del placer y el dolor, consideraremos la
naturaleza emocional sensoria. Mesach significa “ágil”, ligero de movimientos,
que es en sí una buena descripción de la naturaleza mental. Arjuna,28
indica en sus palabras a Krishna: “De esta unión por medio de la unicidad que
Tú enseñas... no percibo su sólido fundamento, debido a las oscilaciones de la
mente; porque la mente oscila, oh Krishna, es turbulenta, impetuosa y violenta,
y creo tan difícil de dominar como el viento”.
Por lo tanto en los tres amigos, y en las diversas triplicidades que
encontramos en La Biblia, descubrimos un simbolismo vitalmente
iluminador. Los tres aspectos por los cuales el alma debe expresarse y brillar,
están así representados. Lo mismo sucede respecto a los tres amigos de
Jesucristo. Aquí no puedo ocuparme de sus amistades. Son muy reales, muy
profundas y universales en su inclusividad. No pertenecen al tiempo, son
eternas y se las encuentra en todas las razas (cristianas o no), en cualquier
clima y en ambos hemisferios. Recuérdese que únicamente los amigos de Cristo
tienen derecho a ser dogmáticos en lo que a Él respecta y pueden hablar con
conocimiento, sobre Él y Sus ideas, porque su conocimiento es el del amor y de
la comprensión, Beverley Nichola 29 lo señala acertadamente al
decir:
“...
Ningún hombre, por talentoso que sea, puede estar tan embebido del espíritu de
Cristo (lo que constituye un fenómeno espiritual y no mental), que le otorgue
autoridad para dogmatizar acerca de Él. Esto podrá parecer intolerable al libre
pensador común, pero en realidad es verdad. El hombre que no haya experimentado
realmente la presencia interna de Cristo, ni reclamado Su promesa, “estaré
siempre contigo”, que no comprenda con absoluta seguridad que es infinitamente
más real que cualquier placer o dolor terrenal, no puede saber lo que Cristo
significó verdaderamente.“
Encontramos también esta triplicidad básica en las personas de Pedro,
Santiago y Juan, y en sus nombres el mismo simbolismo esencial que nos da la
clave del significado de esta maravillosa historia. Pedro, como bien sabemos,
significa “roca”. He aquí el cimiento, el aspecto más concreto, la forma física
externa, que en la Transfiguración se transforma, por la gloria de Dios, de
modo tal, que la imagen externa desaparece y el propio Dios surge en todo su
esplendor. Santiago se dice, significa “ilusión”, distorsión. He aquí una
referencia del cuerpo emocional sensorio, con su poder de tergiversar las
cosas, engañar, desviar y seducir. Donde entra la emoción y donde el foco de
la atención se centra en la reacción sensoria y sensual, rápidamente aparece lo
que no es verdadero, y el hombre está sujeto a la ilusión. Este cuerpo de
ilusión se transmuta eventualmente y se cambia y estabiliza de tal forma que
proporciona el medio para la revelación de la deidad. Juan significa “el Señor
ha hablado” y aquí está tipificada la naturaleza mental, porque únicamente
cuando el aspecto mental empieza a manifestarse, aparece el lenguaje y ese
animal pensante y parlante llamado “hombre”. Así, en la adecuada simbología de
las Escrituras, los tres amigos de Cristo representan los tres aspectos de Su
naturaleza humana y en esta personalidad integrada, enfocada y consagrada, la
transfiguración hizo impacto y produjo la revelación. Tenemos nuevamente la
dualidad esencial de la humanidad revelada por Cristo, y Su triple personalidad
y Su divinidad esencial están representadas de tal manera, que la lección (y la
posibilidad) no puede ser evadida. Los Apóstoles reconocieron a Dios en la
persona de su Maestro, basando su actitud en el hecho de esta divinidad, como
lo hacen los místicos de todos los tiempos.
“En
realidad, el único pronunciamiento que en forma completamente general dieron
los místicos, es su afirmación de que han estado en contacto con lo divino. Han
tenido una nueva certeza y convicción acerca de las verdades que habían
recibido, tal vez inconscientemente en su adiestramiento y medio ambiente, y a
veces estas verdades se establecen con distinto énfasis y secuencia, como
resultado de las reflexiones del místico sobre su experiencia. Pero la esencia
del éxtasis no se encuentra en esas verdades, sino, como lo proclaman todos los
místicos, en la certeza inmediata y en el conocimiento de la presencia de Dios.
Por lo menos en esto están de acuerdo los protestantes y los católicos, los
cristianos y los hinduistas. La Presencia, de la cual todos ellos son tan
profundamente conscientes, puede ser el Dios del cristianismo o Jesús, la
Bendita Virgen, Brahma o Krishna, o un vago sentido de misterio y significación
indefinida. Los términos cambian, pero la experiencia es la misma. Lo
verdaderamente nuevo es su fuerza y convicción, y el recuerdo de haber vivido
por lo menos un momento de entrega, que no admita duda en lo que respecta a su
autenticidad y autoridad”.30
Ellos
sabían “...a Quién habían creído”.31 Vieron la luz que brillaba en
la Persona de Jesucristo, y para ellos era algo más que la Persona que hasta
entonces habían conocido. Mediante esta experiencia Dios fue una realidad para
ellos. “Dios no es una inferencia de la experiencia, sino algo que se conoce
de inmediato. Lo absoluto no se insinúa, sino que brilla a través de lo
relativo. El hombre es por lo tanto una nueva revelación de la presencia de lo
divino en el universo“.32 En la síntesis del pasado, el presente y
el futuro, Cristo y los que fueron inmediatamente Sus amigos, enfrentaron a
Dios, y tan potente fue esta combinación, que evocó una respuesta inmediata de
Dios Mismo. Cuando el sentimiento y el pensamiento se unen en un momento de
realización, se produce una precipitación simultánea de energía y la vida desde
ese momento y para siempre, es distinta. Lo que hasta entonces se ha creído se
conoce como realidad, y la creencia ya no es necesaria.
“La religión necesariamente implica
convicciones intelectuales, afirmación de ideas. No puede prescindir de lo
intelectual, aunque tampoco puede ser una mera estructura de conceptos
racionales. Su principal interés no es explicar el universo, sino la
autoconservación espiritual, el refugio en Dios, la salvación del alma. Esto
está más allá del conocimiento que, en el mejor de los casos, no es más que
‘un agregado de cosas...' En la cumbre de la sabiduría, los pensadores
iluminados enfrentan a los embajadores de la revelación religiosa, y los
filósofos a los profetas, los sacerdotes y los maestros de la moral. El
idealismo intelectual se une con la moral. Y este hecho significativo, fundado
en la verdadera naturaleza del hombre y probado por la historia de la religión,
es una nueva refutación a la teoría extrema de la corrupción humana.”33
3
La escena de la Transfiguración fue el punto de reunión de factores muy
significativos, y desde ese momento la vida de la humanidad cambió
radicalmente. Fue un momento tan potente en la historia de la raza, como la
Crucifixión, y quizá más poderoso aún que ese trágico y grandioso
acontecimiento. Pocas veces se producen tales momentos. Generalmente vemos
sólo débiles vislumbres de posibilidades, raros destellos de iluminación y
fugaces segundos durante los cuales aparece una síntesis que nos deja con un
sentido de aptitud, integración, propósito y de subyacente realidad. Pero
tales momentos son muy raros, por cierto. Sabemos que Dios es. Sabemos que la
realidad existe. Pero la vida, con su énfasis puesto en los fenómenos, y sus
tensiones y compulsiones, nos mantiene tan preocupados que no tenemos tiempo,
después de seis días de trabajo, de ascender a la montaña de la visión. Cierto
es que “en el fondo, la noción de Dios se percibe en toda su integridad. Pero
solamente una porción está iluminada y el todo es visible únicamente bajo esta
iluminación parcial”.34 Cierta familiaridad con la naturaleza de
Dios debe preceder a esa revelación de Sí Mismo, que a veces nos puede otorgar
y nos otorga. Los tres amigos de Cristo habían alcanzado una medida de
intimidad con Él, lo que justificó ser elegidos como compañeros en la escena de
Su experiencia, donde desempeñó, en bien de la humanidad, un acontecimiento
simbólico a la par que una experiencia definida, habiéndose hecho los correspondientes
preparativos con participantes definidamente elegidos e instruidos, de modo que
el simbolismo encarnado en ellos pudiera evidenciarse y dirigir correctamente
sus reacciones intuitivas. Fue necesario que Cristo tuviera a alguien en quien
confiar, que reconociera la divinidad cuando apareciera, y cuya percepción
intuitiva y espiritual fuera tal que el significado interno pudiera eternamente
evidenciarse a quienes más tarde seguirían Sus pasos. Frecuentemente se olvida
lo que Cristo significaba para Sus discípulos.
“Él todavía lo significa para nosotros. Los
discípulos tuvieron la experiencia de nacer nuevamente a la rectitud. También
nosotros podemos lograrlo. Ellos vieron la naturaleza divina en el rostro de
Jesucristo, también nosotros lo vemos... Nada más queda por decir, tampoco
existen dificultades en este nivel de la realidad y de la experiencia. El yo
sublimado del cristiano se desarrolla hasta asemejarse al yo sublimado de
Jesús; es compenetrado e influido por éste.” 35
Inevitablemente,
“seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es”.36
Pero
para obtener esta semejanza el discípulo consagrado y dedicado, son necesarias
dos cosas: Debe ser capaz de ver con claridad, mientras permanece en la
iluminación que irradia Cristo, y su intuición estar activa, a fin de poder
interpretar correctamente lo que ve. Ama a su Maestro y sirve con toda la
lealtad de que es capaz, pero es necesario algo más que devoción y servicio.
Debe ser capaz de enfrentar la iluminación y al mismo tiempo poseer esa
percepción espiritual que, yendo más allá del punto a que puede llevarle el
intelecto, le permita ver y palpar la realidad. Es amor e intelecto combinados,
más el poder de saber, inherente al alma, que reconoce intuitivamente lo que es
sagrado, universal y real, aunque específico y verdadero en todas las épocas y
para todas las personas. El Dr. L. W. Grensted,37 al referirse a
esta cualidad de “santidad luminosa”, citando el libro del. Dr. Otto, The Holi, dice:
“Esto es algo infinitamente superior y, sin
embargo, mucho más sencillo que la experiencia de unión del místico, donde se
pierde todo sentido del yo... Es una vida consagrada totalmente al impulso
creador que desciende sobre ella, y al consagrarse, despliega ese impulso
creador en una intimidad totalmente libre y personal. Revela la realidad en términos
que, para la experiencia humana común, no pueden tener otro nombre que amor, y
la fórmula ‘Dios es Amor’ en que se expresa, es el credo cristiano más breve y
adecuado, a la vez que el postulado más profundo de cualquier metafísica
positiva... La plenitud de la intimidad de Cristo con el Padre, no es algo
aparte ni otra cosa que Su Amor por el hombre. Su vida fue un completo
intercambio y amistad humana, que culminó en el perdón, y por las relaciones
personales establecidas fue posible para otros Su propio concepto de Dios”.
Cristo
reveló la cualidad de la naturaleza divina por intermedio de la materia y de
la forma, y “se transfiguró ante ellos”.
“La palabra griega que se emplea aquí,
significa ‘metamorfosis’, término empleado por San Pablo para describir la
transmutación del cuerpo mortal en el cuerpo de resurrección. Porque en el día
de la realización, cuando el discípulo perfecto haya alcanzado el grado de
Maestro, el ‘Manto de la Gloria’ brillará con tal esplendor a través de la
vestimenta de la carne, que quienes Lo perciban, sus ojos y oídos se sintonizarán con esa vibración tan sutil y
delicada, que les permitirá ver a su Maestro en toda Su divina humanidad.” 38
Resulta
interesante observar que a pesar de su reconocimiento de la significación del
evento en el cual participaban, los tres Apóstoles, hablando por boca de Pedro,
no pudieron expresar más que su temor y perplejidad, su aceptación y creencia.
No pudieron explicar o comprender lo que habían visto, ni existe registro alguno
de que lo hicieran. El significado de la Transfiguración es algo que debe
forjarse en la vida antes de poder definirla o explicarla. Cuando la humanidad
en conjunto aprenda a transformar la carne por medio de la experiencia divina,
a transmutar la naturaleza sensoria por medio de la expresión divina y a
transferir la conciencia del mundo de la vida material al mundo de las realidades
trascendentales, los verdaderos valores subjetivos de esta iniciación se
revelarán a las mentes de los hombres. Entonces lo que se ha intuido será
expresado más profundamente. El Dr. W. H. Sheldon 39 dice con toda
verdad que “las mentes intuitivas llevan, en sí el mejor pensamiento y
sentimiento humano, durante generaciones, probablemente a través de siglos,
antes de llegar a articularse”. No tenemos todavía un concepto claro de
esta experiencia. Percibimos en forma tenue y distante su maravilla y
finalidad. No hemos pasado aún, como raza, por el nuevo nacimiento; sólo unos
pocos han tenido la experiencia del Jordán. El alma evolucionada y poco común,
asciende al Monte de la Transfiguración y allí ve y enfrenta a Dios en la
Persona glorificada de Jesucristo. Hemos visto este episodio con los ojos de otros.
Pedro, Santiago y Juan, lo relataron por medio del Apóstol Mateo. Permanecemos
como espectadores, pero algún día compartiremos la experiencia. Y esto lo hemos
olvidado, haciendo nuestros los términos del cuarto gran acontecimiento de la
vida de Cristo, tratando muchos de desentrañar y compartir el significado de la
Crucifixión. Hemos visto la Transfiguración, pero no hemos intentado
transfigurarnos activamente. Algún día sucederá, y únicamente después de la
Transfiguración podremos atrevernos a ascender al Monte Gólgota. Sólo cuando
hayamos logrado la expresión de la divinidad en la naturaleza personal
inferior y a través de ella, habremos alcanzado lo que es de valor, y de acuerdo
al Plan divino tendremos que ser crucificados. Esta verdad la hemos olvidado;
sin embargo, es parte del proceso evolutivo por el cual Dios se revela a través
de la humanidad. Aunque las palabras que
siguen no se aplican a este acontecimiento de la vida de Cristo, contienen
tanta belleza y verdad que las incluyo:
“Una de las principales características de
la belleza que debe ponerse de manifiesto, es la de Ulises, con la gracia que
le dieran las diosas por sus hazañas, y la de Afrodita, surgiendo de las olas.
Si consultamos la filosofía, tendremos la confirmación de esto, pues parecería
que la naturaleza, después de muchos dolores, llega a la existencia en un
eterno momento conocido por ella, y mientras los capullos se abren y la
juventud alcanza su eflorescencia, la belleza desciende sobre ellos. Lo latente
es extraído por una ley secreta o por la autoexpresión, y voluntariamente o no,
esta expresión es una proclamación pública, un instrumento para llamar la
atención de todos hacia lo mejor de la naturaleza.”40
El
fenómeno grandioso y natural que la humanidad (por autoexpresión y también por
ley) revelará algún día en sí misma, incluye la belleza que irradiaba de
Cristo cuando Se transfiguró delante de Sus tres amigos, siendo reconocido por
Dios Su Padre y recibió el testimonio de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas,
el pasado y lo que atestigua el futuro.
No
puedo menos que cerrar estas notas sobre el significado de la Transfiguración,
citando al Canónigo H. B. Streeter,41 donde se refiere al tema de
Cristo cuando revela a Dios:
“Se infiere legítimamente que la cualidad es
comprendida como tal por la Conciencia Suprema, siendo por lo tanto real.
Nuestros valores, entonces, por tenue e imperfectamente que los captemos, no
son una ilusión.
“Es, por lo tanto, razonable conjeturar que
algo de la cualidad íntima de la Realidad, se expresa en la belleza de la
naturaleza, en el cielo estrellado de la noche, en la puesta del Sol, en las
montañas, en los lirios del campo. Ha sido la tarea apostólica de la sucesión
de poetas y pintores, a través de las edades, abrir gradualmente los ojos de la
humanidad casi ciega, para que aprecie más hondamente esta belleza, que de
acuerdo a la hipótesis mencionada, constituye un elemento más de la gloria de
Dios.
“Pero, dígase lo que se quiera acerca de
esta conjetura, se iluminará una cualidad muy distinta de la Realidad, si
aceptamos la afirmación ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’. Ningún
teólogo de renombre ha supuesto que esta afirmación implique que todo lo que
significa la palabra ‘Dios’ se manifestaba o podía manifestarse en la
personalidad del Jesús histórico. Sin embargo, parece increíble que pueda darse
la noción de una expresión adecuada a un sólo aspecto del carácter cualitativo
del Infinito, por medio de una sola personalidad humana. Esta objeción tiene
una única respuesta. Es increíble, pero en realidad ocurrió.”
Aquí
podría desarrollarse un tema. En la analogía oriental de esas cinco crisis de
la vida de Jesucristo, este tercer episodio se denomina la iniciación de “la
cabaña”, y las palabras de San Pedro
sugieren que deberían construirse tres “cabañas”, una para Cristo, una para
Moisés y otra para Elías, vinculando este acontecimiento cristiano con su
antiguo prototipo. Siempre, en estos hechos, que raras veces ocurren, Dios ha
sido glorificado por la luz inefable y refulgente, brillando a través de la
vestidura de carne, y esta experiencia del monte no pertenece exclusivamente al
cristianismo. Sin embargo, Cristo fue el primero en reunir, en una presentación
correlativa, todas las experiencias posibles de la divinidad manifestada,
describiéndolas, para nuestra cultura e inspiración, en la historia de Su vida
y en los cinco episodios del Evangelio. Los hombres deben pasar cada vez más
profundamente por la cámara del nacimiento, entrar en la corriente y ascender al
monte, acrecentando la obra de Dios para la humanidad, y el ejemplo de Cristo
está dando rápidamente frutos y resultados. La divinidad no puede negarse y el
hombre es divino. Si no lo fuera, la Paternidad de Dios sería una serie de
términos vacíos, y Cristo y Sus Apóstoles estarían equivocados cuando reconocieron,
como lo hicieron constantemente, la realidad de nuestra filiación. La
divinidad del hombre no puede ser explicada. Es o no una realidad, Dios puede o
no, ser conocido en la carne por medio de Sus hijos. Todo se apoya en Dios, el
Padre, el Creador, Aquel en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
Dios es o no inmanente, en todas Sus criaturas. Dios es trascendente y está más
allá de toda manifestación, o no existe una realidad básica, propósito ni
origen. Probablemente, es exacto el creciente reconocimiento en las mentes de
los hombres de que Él es inmanente y trascendente a la vez, y podemos apoyarnos
en Su Paternidad, sabiéndonos divinos porque Cristo y la Iglesia de todos los
tiempos dieron testimonio de ello.
“Supongamos ahora que nuestros ojos se
hubieran abierto a la realidad de Dios; luego ocurre algo maravilloso que,
considerado desde el punto de vista de la experiencia en el espacio en que
estamos confinados, aparece como algo absolutamente imposible e inconcebible.
La variable oscilación entre las dos posibilidades, termina. Ante todo se nos
libera de la presión del interrogante: ¿Por qué? Permanecemos ante el Creador
que está presente en todo punto de Su creación como el Alfa y el Omega, como
Aquel en Quien, por Quien y para Quien, todas las cosas existen. En El, pero —y
esto es lo incomprensible de nuestro descubrimiento—, la pausa, o el descanso,
no va acompañada por la conciencia, la cual de acuerdo a todas las suposiciones
extraídas del mundo de la experiencia deben, lógicamente, ir acompañadas de la
conciencia, lugar en el que nos hemos detenido, arbitrariamente elegido, y
está más allá de sí mismo. Por el contrario, el interrogante por qué, descansa
en Dios de tal modo que evidencia que la detención es una necesidad
inevitable. Por otra parte, la omnipresencia del Creador es probablemente otra
expresión de la incansable infinitud del mundo creado: el Creador es algo más
que la creatura.” 42
Esta vez la Palabra pronunciada
difiere de la anterior. La primera parte del pronunciamiento realizado por el
Iniciador, que se mantiene silenciosamente detrás de la escena, mientras Jesús
recibe una iniciación tras otra, es prácticamente la misma que la del Bautismo,
excepto por un mandato expresado. El Iniciador había dicho: “Éste es mi Hijo
amado en el cual tengo complacencia”, agregando esta vez: “A Él oíd”. En el
primer gran episodio, Dios, el Padre, de Quien el Iniciador es el símbolo, no
hizo conocer Su presencia. Los ángeles pronunciaron la palabra que personificaba
la misión de Cristo. En el Bautismo, Dios acordó el reconocimiento, pero eso
no era todo. En esta iniciación, Dios ordenó a la humanidad que prestara
atención a esta crisis particular de la vida de Cristo y que escuchara Sus
palabras. El poder y el derecho de hablar se confieren entonces al Cristo y es
interesante observar que la mayor parte de la enseñanza (según aparece en el
Evangelio de San Juan y en muchas de las parábolas) fue dada por Cristo después
que pasó por esta experiencia. Nuevamente Dios manifestó que reconocía el
Mesianismo de Cristo, palabra por la cual el hombre interpreta tal
reconocimiento. En el Bautismo, Dios reconoció a Cristo como Su Hijo, enviado
al mundo desde el seno del Padre, para llevar a cabo la voluntad de Dios. Lo
que Cristo había reconocido en el Templo, cuando era niño, fue más tarde
respaldado por Dios. Este reconocimiento se repite y el apoyo es fortalecido
por el mandato al mundo de escuchar las palabras del Salvador, o quizá desde
el punto de vista esotérico y espiritual, escuchar la Palabra que era Dios
hecho Carne.
“En realidad existe una conexión interna
entre el Bautismo y la Transfiguración. En ambos casos un estado de éxtasis
acompaña la revelación del secreto de la persona de Jesús. La primera vez, la
revelación fue para Él solo, y aquí los discípulos también la compartieron. No
se ha aclarado hasta qué punto ellos mismos fueron transportados por la
experiencia. Lo que se sabe es que, en estado de deslumbramiento, del que
despertaron al final de la escena (Mr. 9:8), la figura de Jesús aparece ante
ellos iluminada por una luz y una gloria sobrenaturales, mientras una voz
íntima dice que Él es el Hijo de Dios.
El hecho puede únicamente explicarse como resultado de una gran
excitación escatológica.” 43
El
mismo autor dice más adelante:
“Tenemos, en consecuencia, tres revelaciones
del secreto de lo mesiánico, tan unidas entre sí que cada una de las
subsiguientes implica la anterior. En el monte cerca de Bethsaida les fue
revelado a los Tres secreto que le fuera
descubierto a Jesús en Su bautismo. Sucedió después de la cosecha. Unas
semanas más tarde, les fue dado a conocer a los Doce, por el hecho de que
Pedro, en Cesárea de Filipo, respondió a la pregunta de Jesús, con el
conocimiento que había adquirido en la montaña. Uno de los Doce traicionó el
secreto del Gran Sacerdote. Esta revelación del secreto resultó fatal, pues
provocó la muerte de Jesús. Fue condenado como mesías, aunque jamás se
presentó como tal.” 44
Aquí surge la pregunta sobre cuál fue la naturaleza de la misión que
Cristo vino a realizar y en qué consistió la Voluntad de Dios que Él vino a
cumplir. Los tres puntos de vista principales, que generalmente mantienen los
cristianos ortodoxos, afirman que Cristo vino
1.
a morir en la cruz, a fin de aplacar la ira
de un Dios iracundo y posibilitar a quienes creyeran en Él, la entrada en el
Cielo;
2.
a mostrar la verdadera naturaleza de la
perfección y cómo la divinidad puede manifestarse en forma humana;
3.
a dar un ejemplo, para que siguiésemos Sus
pasos.
Cristo
Mismo no hizo hincapié sobre la muerte en la Cruz, como la culminación del
trabajo de Su vida. Fue el resultado de dicho trabajo, pero no vino al
mundo para esto, sino para que pudiéramos tener “vida más abundante”, y San
Juan dice en su Evangelio, que el nuevo nacimiento depende de la creencia en
Cristo, por cuanto se dio potestad de ser hechos Hijos de Dios, a los que creen
en Su nombre, los cuales no son engendrados de sangre ni de
voluntad de la carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios.” 45
¿No
es, entonces, razonable para nosotros inferir de lo dicho que, cuando un hombre
alcanza el reconocimiento y la creencia en el Cristo cósmico, “el Cordero
inmolado desde el principio del mundo”,46 es posible el nuevo
nacimiento, porque la vida de ese Cristo universal, animando toda forma de
expresión divina, puede, consciente y definitivamente, llevar al hombre hacia
adelante en una nueva manifestación de la divinidad? La “sangre es la vida” 47
y el ‘Cristo viviente hace posible que todos puedan llegar a ser ciudadanos de
ese reino. La vida crística en cada uno de nosotros y no Su muerte, es lo que
nos hace hijos del Padre. En ninguna parte del Evangelio se encuentra
una afirmación que diga lo contrario. Cristo, en la comunión, dio a Sus
discípulos el cáliz para beber, diciéndoles “... ésta es mi sangre del
nuevo pacto, que por muchos es derramada
para remisión de los pecados”.48 Pero esto constituye Su única
referencia a la sangre en su aspecto curador, tan fuertemente acentuada en las
Epístolas; tampoco Cristo, en ninguna parte, correlaciona la sangre con la Crucifixión.
Él habla en tiempo presente y no relaciona la sangre con el nuevo nacimiento ni
con la Crucifixión, ni la convierte en el factor exclusivo que coloró tan
profundamente la presentación del cristianismo en el mundo.
La vida crística en todas las formas es lo que constituye el impulso
evolutivo y hace posible el desarrollo progresivo de la expresión de la
divinidad en el mundo natural. Se halla profundamente oculta en el corazón de
todo hombre. La vida crística lo lleva eventualmente al punto en que puede
salirse del reino humano (cuando la tarea de la evolución normal ha hecho su
parte) y entrar en el reino del espíritu. El reconocimiento de la vida crística
dentro de la forma del hombre, hace que todo ser humano, en un momento dado,
desempeñe la parte de la Virgen María, para esa realidad interna. La vida
crística en el nuevo nacimiento llega a su expresión más plena, y de una crisis
a otra, impulsa al evolucionante hijo de Dios hasta que se perfecciona, por
haber adquirido “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.49
Más adelante veremos que la nueva religión mundial deberá basarse en la
revelación del Cristo resucitado. Cristo en la Cruz, como se verá cuando
estudiemos la gran crisis siguiente, nos demostró el amor y el sacrificio
llevados a su extrema expresión; pero Cristo vivo en todas las edades, y
vitalmente vivo hoy, constituye la clave de la nueva era, y sobre esta verdad
debe construirse la nueva presentación de la religión y más adelante, la nueva
teología. El verdadero significado de la Resurrección y de la Ascensión no se
ha captado todavía; como divina realidad subjetiva estas verdades esperan aún
la revelación. La gloria de la nueva era será el develamiento de estos dos
misterios y nuestra mayor comprensión de Dios como vida. La verdadera Iglesia
de Cristo es la unión de todos los que viven por medio de la vida crística,
cuya vida es una con la Suya. “El cuerpo místico de Cristo que, de acuerdo a
las palabras y las profundas enseñanzas de San Pablo, constituye la Iglesia y
debería constituir todo el género humano, nos recuerda, con evidencia
inequívoca, por medio de las catástrofes mundiales, que la vida humana es un
misterio Cristocéntrico”.50 Esto será comprobado cada vez más,
hasta que reaparezca con luz clara y radiante la maravilla y la gloria, aún no
revelada todavía, de Dios Padre. El Dr. Otto Karrer,51 al referirse
a la Iglesia de Dios, expresa esta verdad en los siguientes términos:
“‘El Honor y la Gloria de Dios’, es
la fundamental norma por la cual la religión juzga al mundo. Y la gloria de
Dios y la salvación y santificación de las almas son posibles y se realizan
efectivamente en el mundo entero, dondequiera que hombres y mujeres, por su
aspiración a lo eterno, por la oración, expiación, autorrenunciación y amor, se
eleven sobre su humanidad terrena y desplieguen la humanidad superior y
sobrenatural que es la ‘imagen Divina del nuevo hombre’. Y esto se realiza en
todas partes por la gracia del Redentor, se lo reconozca o no, como efecto de
una relación espiritual, oculta a la vista del hombre, con Cristo y Su
institución salvadora, la santa Iglesia.
“La mayor gloria de Dios’ está
donde la aureola interna reviste a la figura de Cristo, donde se Le contempla y
ama, y es reconocido como principio vital de Sus fieles, y de donde los hombres
extraen, debido a la proximidad espiritual y sacramental con Él, el poder de
sacrificarse, imitarlo y santificarse, efectos producidos dentro y por medio de
Su santa Iglesia. Pero la ‘mayor gloria de Dios’ está allí donde la luz
tiene su foco central, donde Dante contempló los pétalos de la rosa celestial,
donde el corazón de la esposa de Dios late, en la viva y suprema adoración de
Sus Santos, que de hecho y en verdad, por su sometimiento incondicional
al Uno sagrado, adquieren la completa medida de quien fue su ejemplo,
convirtiéndose en auténticos cristianos santificados por la Divina Santidad,
hombres de Dios por el Hombre-Dios, uno con Él en vida y muerte, mediante la fe
y el amor. Y esto también lo forja Cristo, en y por medio de Su santa Iglesia.”
Únicamente
el hombre que ha comprendido algo del valor de la iniciación de la
Transfiguración y la naturaleza de la perfección entonces revelada, puede
seguir con el Cristo, hasta la visión que le ha sido acordada cuando descendió
del elevado punto de realización y que más tarde podrá compartir con Él la
comprensión de la naturaleza del servicio mundial, prestado perfectamente por
aquellos cuya perfección interna se aproxima a la de Cristo y cuyas vidas están
controladas por los mismos impulsos divinos, subordinados a la misma visión.
Esta etapa significa esa completa libertad espiritual que debemos alcanzar con
el tiempo y que el Dr. Albert Schweitzer
52 describe, cuando dice: “Sólo recobraremos la libertad espiritual
cuando la mayoría de los individuos sean otra vez más espiritualmente
independientes y confiados en si mismos y descubran su natural y propia relación
con las organizaciones en las cuales sus almas se vieron envueltas”. Más adelante
agrega, dándonos la clave por la cual esto puede lograrse, que ‘todo ser que se
denomine hombre está destinado a
desarrollarse en una verdadera personalidad dentro de la teoría refleja
del universo que él ha creado para sí”.53 Ahora bien, ha llegado el
momento en que los seres humanos dejen de creer y pasen al verdadero
conocimiento por el método del
pensamiento, la reflexión, el experimento, la experiencia y la revelación.
El problema inmediato de todos los que buscan este nuevo conocimiento y desean
ser conocedores conscientes en vez de fieles creyentes, es lograrlo en el mundo
de la vida cotidiana. Después de cada expansión de conciencia y de cada
desenvolvimiento de una más honda comprensión, regresamos, como lo hizo
Cristo, a las llanuras de la vida cotidiana, para someter nuestro conocimiento
a la prueba, descubrir su realidad y verdad, y también nuestro próximo punto
de expansión y el nuevo conocimiento que debemos adquirir. La tarea del
discípulo es lograr la comprensión y el empleo de su propia divinidad. El
conocimiento de Dios inmanente, aunque basado en la creencia de Dios
transcendente, es nuestra meta. El Dr. W. E. Hocking54 dice:
“Sobre este nuevo conocimiento, debemos
decir que llega al místico en el curso de su retorno al mundo, sin que él lo
busque. El místico ha conocido a Dios desde el punto de vista del mundo, y
ahora empieza a conocer su propio mundo desde el punto de vista de su nueva
experiencia de Dios. Así como después de cada nueva experiencia, las experiencias
familiares a las cuales retorna, se iluminan con una luz desconocida,
brillando en forma extraña y renovada, así el místico al ocuparse nuevamente
de todas las cosas, descubre que ‘todo se ha renovado’, y aprende a infiltrar
esta novedad en el núcleo de la sabiduría humana.”
Ésta
fue la experiencia de los Apóstoles en la cima de la montaña. Se ha dicho que
“alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino a Jesús”.55 Otra vez
apareció ante ellos lo familiar, lo conocido. Es interesante comparar este
episodio con un relato algo similar en El Bhagavad Gita, donde a Arjuna
se le revela la forma gloriosa del Señor. Al final de la revelación, Dios, bajo
el aspecto de Krishna, con ternura y comprensión le dice: “No te dejes vencer
por el temor ni la confusión al contemplar Mi enorme forma; contempla una vez
más mi forma anterior, sin temor y con corazón tranquilo !“. Luego dice:
“¡Esta forma mía es realmente difícil de
ver! ¡ Hasta los mismos Dioses anhelan siempre contemplar esta Forma Mía! Pero
no puedo ser visto por los Vedas, en las penitencias, ofrendas, sacrificios,
como tú me has visto. Pero puedo así ser conocido por el amor del corazón
dedicado, oh Arjuna, y ser visto y penetrado como realmente soy ¡ Oh Destructor
del enemigo!” 56
La palabra del Reconocimiento ha surgido y el
mandato de escuchar al Cristo fue dado. Habiendo Jesús retornado a Su “propia forma”, cabía ahora el descenso
de la montaña. Entonces ocurrió lo que podríamos considerar una reacción
espiritual muy grande y penosa, inevitable y terrible, expresada por Cristo con
estas palabras:
“El Hijo del Hombre será entregado en manos
de hombres, y lo matarán, mas al tercer día resucitará.” 57
Entonces
ellos “entristecieron en gran manera”. Esta visión de Cristo, si escudriñamos
los anales, presenta dos partes. Primero, tuvo la visión de la realización. El
logro de la cima de la montaña, donde una gran experiencia espiritual quedaba
atrás. Ahora tenía la visión de una consumación física en forma de entrada
triunfal en Jerusalén. Pero iba acompañado por un presentimiento o premonición
de que Su vida de servicio culminaría en la Cruz; Cristo vio claramente, tal
vez por primera vez, lo que Le esperaba y en qué dirección Lo encaminaba Su
servicio al mundo. La vía, dolorosa de los Salvadores del Mundo se
extendía ante Él; el destino de todas las almas precursoras culminaba en ésta
Su experiencia; Se vio a Sí Mismo rechazado; fue atado y engrillado y muerto,
como ha sucedido a hijos de Dios menores que Él. El rechazo del mundo siempre
precede a la aceptación del mundo. La decepción es una etapa en el camino a la
realidad. El odio de quienes no están preparados todavía para reconocer el
mundo de los valores espirituales, está siempre destinado a quienes están
preparados. Cristo Se enfrentó con esto y, sin embargo, Él “afirmó Su rostro
para ir a Jerusalén”.58
A
medida que consideremos esos hechos, la prueba particular que Cristo
enfrentaba, ahora se aclara. Era nuevamente una prueba triple, como lo fuera
la ocurrida después de la iniciación del Bautismo; pero esta vez de carácter
mucho más sutil. Debía encarar la prueba de soportar y manejar el éxito
mundano, pasando por el camino triunfal de Su entrada en la Ciudad Santa, sin
desviarse de Su propósito ni experimentar la atracción de la realización
material cuando fuera aclamado Rey de los Judíos. El éxito constituye una forma
disciplinaria muy drástica, y proporciona mayores oportunidades de olvidar a
Dios y a la realidad, que el fracaso o la negligencia. La autoconmiseración, el
sentido de martirologio y la resignación, son modos eficaces y potentes de
manejar nuestros fracasos. Pero elevarse sobre la cresta de la ola, recibir el
reconocimiento público y haber alcanzado la meta terrenal, son al parecer,
factores mucho más difíciles de enfrentar. Cristo Los enfrentó y Lo hizo con
equilibrio espiritual y con esa sabiduría de largo alcance que da un correcto
sentido de los valores y un sentido adecuado de la proporción.
La
segunda fase de la prueba la constituía el conocimiento que Cristo tenía de Su
propio fin. Sabía que tenía que morir y cómo debía morir, y, sin embargo,
prosiguió avanzando sin desviarse del curso asignado, aunque tenía la
premonición de un desastre. No sólo tenía que demostrar el poder de resistir el
éxito sino que también debía demostrar el poder de enfrentar el desastre,
equilibrando ambos y ver en ellos únicamente oportunidades para expresar lo
divino y demostrar el desapego, característica sobresaliente del hombre que
nació de nuevo, purificado y transfigurado. A esas pruebas se agregó la que
tuvo que enfrentar en el desierto, la prueba de la absoluta soledad ¡El poder
de soportar el éxito! ¡ El poder de soportar el desastre! ¡ El poder de mantenerse
completamente solo! Esto es lo que Cristo tenía que demostrar al mundo, y Lo
hizo. Apareció triunfalmente ante el mundo en la etapa intermedia de Su camino
hacia la Cruz. La agonía de la soledad en el Huerto de Getsemaní fue
probablemente mucho más dura para Él que la notoriedad del Gólgota. Pero en
esas pruebas más sutiles reveló la cualidad de Dios Mismo, y la cualidad y
el significado de Dios es lo que salva al mundo —la cualidad de Su vida,
que es Amor y Sabiduría, Valor y Realidad. Todo esto fue realizado por Cristo.
“Su significación como Salvador se basa en
que fundamentó y animó, extrayendo desde las fuentes más recónditas de Su
alma, las palabras que podían encarnar Su impulso puramente espiritual en la
tierra. No entregó ‘pruebas’ al mundo. Ninguno de los espíritus que irradiaron
el poder original, se preocuparon de obtener pruebas... Una palabra preñada de
vida del alma tiene mayor significado que un abultado tratado científico. Las
palabras de Cristo han conmovido al mundo, no por las posteriores teologías,
sino a pesar de ellas. El hecho es que un espíritu sobrenatural se convirtió en
realidad terrena por Sus palabras. De este modo, lo que Él sabía
personalmente, pudo también ser comprendido por las almas y los intelectos
terrenales. Por esto y nada más que por ello, el cristianismo ha podido
triunfar.” 59
Inmediatamente
después de Su descenso desde la cima de la montaña, Cristo comenzó otra vez a
servir. Según sabemos, se le aproximó una persona en desgracia, e
inmediatamente satisfizo su necesidad. Una de las características más
destacadas de cada iniciación es la creciente capacidad y habilidad del
iniciado para el servicio. Cristo demostró una forma totalmente nueva y única
de hablar y enfrentar a las masas, así como también de enseñar privada y
personalmente a Sus pocos elegidos. Su poder de curar continuaba, pero trasladó
Su trabajo a un campo de nuevos valores, pronunció esas palabras y enunció
esas verdades que constituyen el fundamento de la creencia de quienes tuvieron
la visión para penetrar en la presentación teológica del cristianismo y encontrar
allí la realidad. Su servicio consistió, primordialmente en esa época, en
enseñar y hablar. Pero tal es la sabiduría y belleza de Su presentación de la
verdad, que mostró la divinidad en forma que el hombre común pudo captar.
Sirvió de puente entre lo antiguo y lo nuevo, enunció la nueva verdad y la
revelación especial necesaria, en esos tiempos, de modo de unir la sabiduría
antigua y la esperanza más moderna. Hermann Keyserling 60 ha captado
la maravilla de lo realizado por el Salvador del Mundo, y lo expresa así:
“...la
gran mente es esencialmente el Despertador. Si tal mente tuviera que enunciar
lo totalmente nuevo, lo excepcional, nada significaría para los demás hombres.
Su valor social depende enteramente de su capacidad de exponer con nítida
claridad lo que todos sentimos que es verdad en lo más íntimo de nuestros
corazones —¿de qué otra manera podría hacerse entender?—, de qué modo podría
exponerse en forma tan universal, es decir, a tono con las leyes objetivas en
cuestión, que sus ideas se conviertan en órganos para los otros.”
Cristo
nos dio una gran idea. Nos dio el nuevo concepto de que Dios es Amor, sin tener
en cuenta lo que pudiera suceder en el mundo inmediato. Todas las grandes ideas
surgen del mundo de la divinidad por intermedio de los grandes Intuitivos, y la
historia de la humanidad es esencialmente la historia de las ideas, su
enunciación por medio de algún pensador intuitivo, su reconocimiento por unos
pocos, su creciente popularidad y su integración eventual en el pensamiento
mundial, el mundo de normas de los pensadores de la raza. Luego se determina su
futuro y eventualmente la idea nueva y excepcional se convierte en el modelo
popular, públicamente aceptado, de la conducta humana. “Al interrogante de si
son las personalidades o las ideas lo que decide el destino de una era, la
respuesta es que la era toma sus ideas de las personalidades”.61
Cristo encarnó una gran idea, la idea de que Dios es Amor, y que el amor es el
poder motivador del universo. Esto constituye la iluminación que Cristo, como
Luz del Mundo, reflejó sobre todos los acontecimientos mundiales. Esta
majestuosa comprensión nunca es suficientemente acentuada. Debemos comprenderla
mucho más profunda y potencialmente de lo que lo hacemos, porque es el carácter
y cualidad básica y fundamental de todos los acontecimientos, cualquiera sea
la apariencia externa. Cristo ilumina la vida. Ésta fue una de sus más importantes
contribuciones a la vida, tal como se vive actualmente. En efecto, Cristo dijo:
Dios ama al mundo, todo lo que acontece es por obra del amor. Si esto se
comprende como verdad fundamental y real, ilumina toda vida y aligera todas
las cargas; la causa y el efecto se unen y el propósito de Dios y Su método se
ven como uno. Los teólogos a menudo lo olvidan, al ocuparse de aspectos más
técnicos de la vida de Cristo. Lo que Él iluminó en función de “Luz del
Mundo”, la Luz divina que recibiera y vertió sobre el mundo, y Lo que reflejó,
es frecuentemente pasado por alto, en la lucha por probar doctrinas como que la
Virgen María fue una virgen inmaculada y, por consiguiente, Cristo nació por
medio de una concepción inmaculada. Actualmente, sólo unos pocos de la nueva
generación se interesan por tales puntos doctrinarios y esto debemos decirlo
muy enfáticamente. Pero sí nos interesa que el amor que Cristo expresó sea
demostrado en el mundo y que la iluminación que reflejó “ilumine nuestras
tinieblas”.
“La iluminación, tomada desde el punto divino
y la visión, desde el humano, son, como sin duda estarán de acuerdo, partes de
la experiencia del profeta según él mismo lo entiende. Puede generalmente admitirse
también, en el caso de los genios, como los profetas, que este elemento de la
experiencia es algo normal e inevitable. Pero, fuera de tan importante
excepción, la teología se ha inclinado a limitar el fenómeno de la iluminación
al culto del misticismo. En otras palabras, no ha visto en la iluminación un
rasgo genérico o por lo menos general, de la experiencia religiosa.
“Ahora bien, la experiencia de la
iluminación, que se cree origina en Dios, tiene como contraparte la facultad
humana de la intuición o visión, así como la contraparte de la salvación es la
confianza o entrega, y la de la inspiración es la fidelidad. La intuición,
como contraparte de la iluminación, ocupa sin duda un lugar entre los fenómenos
de la experiencia religiosa. Pero ¿ocupa un lugar tan excepcional que en el
caso de las personas muy religiosas, las otras dos fases de la experiencia
religiosa, la salvación y la energetización moral, pueden suceder sin ella?”62
Cristo
emitió claramente la nota que puede introducir la nueva civilización y el nuevo
orden, y un estudio detallado de los ideales e ideas que hoy sustentan sin
excepción los experimentos llevados a cabo por las diversas naciones,
demostrará que todos se basan, en esencia, en algún concepto definidamente
crístico. Que su método de aplicación y las técnicas empleadas sean
frecuentemente anticrísticas, constituye una triste verdad, pero los conceptos
fundamentales llevan con ecuanimidad la luz que Cristo vertió sobre ellos. La
dificultad principal ha sido que nuestra captación intelectual de los
conceptos, sobrepasa nuestro propio desenvolvimiento personal y matiza, por
consiguiente, desastrosamente, la aplicación que de ellos hacemos. Cuando esas
ideas básicas se transmuten en ideales mundiales gracias a los pensadores consagrados
de la raza, y se apliquen con el espíritu con que Cristo los concibió, recién
entonces, podremos inaugurar un nuevo orden mundial. El Dr. Albert Schweitzer 63
se refiere a este punto del modo siguiente:
“Nuestras instituciones fracasan debido a
que se emplea en ellas el espíritu de barbarie. Las mejoras bien planeadas en
la organización de nuestra sociedad (aunque obramos correctamente al tratar de
asegurarlas) no pueden en modo alguno ayudarnos hasta no ser capaces de
impartir al mismo tiempo un nuevo espíritu a nuestra era.
“Los difíciles problemas que debemos
resolver, aun aquellos que pertenecen totalmente a la esfera material y
económica, únicamente pueden solucionarse, en última instancia, por un cambio
interno del carácter. Las reformas más sabias de la organización, sólo nos
acercan un poco más a la solución, nunca a la meta. La única forma concebible
de lograr la reconstrucción de nuestro mundo sobre nuevas líneas, es convirtiéndonos,
primero, en nuevos hombres, de acuerdo a antiguas circunstancias, y luego,
como sociedad, en un nuevo estado de ánimo, a fin de suavizar la oposición que
existe entre las naciones, para que la verdadera civilización pueda nuevamente
ser posible. Todo es más o menos tarea perdida, porque construimos con lo
meramente externo, no con el espíritu.
“En la esfera de los acontecimientos
humanos, lo que decide el futuro de la realidad del género humano consiste en
verdad en una convicción interna, no en hechos externos. Encontramos terreno
firme para nuestros pies en los ideales éticos y racionales. ¿Estamos
dispuestos a extraer fuerza del espíritu para crear nuevas condiciones y volver
nuestros rostros a la civilización, o seguiremos extrayendo el espíritu de lo
que nos circunda y descenderemos con él a la ruina? Ése es el funesto
interrogante que debemos enfrentar.”
Es
de suprema importancia para nosotros, comprender que lo que Cristo realmente
hizo fue introducir la era del Servicio, aún cuando sólo hoy (dos mil
años después que Él nos diera el ejemplo) empezamos a captar las implicancias
de esa palabra, tan extensamente empleada. Tendemos a considerar la salvación
en términos del individuo y a estudiarla desde el punto de vista de la
salvación individual. Esta actitud debe terminar, si queremos comprender algún
día el espíritu crístico. Un gran personaje japonés hace la pregunta mordaz de
“¿Cuál es el objetivo fundamental de una religión digna de existir?” y responde
diciéndonos que es la salvación, pero una salvación “preñada de consuelo y
desagravios para la vida y el mundo”.64 El servicio es hoy algo cada
vez más objetivo en todos los asuntos humanos. Hasta el comercio moderno ha
llegado a reconocer que debe ser un agente motivador si quiere sobrevivir tal
como lo entendemos en el sentido moderno. ¿ En qué se basa esta tendencia
general? Sin lugar a dudas, en nuestra relación universal con la Deidad y en
las mutuas relaciones subjetivas que mantenemos entre nosotros, teniendo su
raíz en la relación con Dios. El Dr. J. W. Graham lo señala, vinculando ambos
servicios, uniendo así nuestras relaciones humana y divina.
“Además, descubrimos que al servir al
hombre, servimos a Dios. He aquí el juicio solemne: ‘Lo que hiciereis al más
pequeño, me lo haréis a Mí’.
“Esta destacada posición intuitiva,
resultado de la revelación mística, es una posición segura, aunque todavía nada
demuestra como prueba efectiva; ciertamente posee alguna explicación
científica, si pudiéramos acercarnos bastante a la realidad de las cosas para
comprenderlas. Se nos ofrece servicio y amor humanos, como verdadero servicio y
amor divinos.
“Pero si los espíritus de los demás hombres
son manifestaciones, partes activas del espíritu divino, es decir, si los
hombres y mujeres no estuviéramos constituidos de intensos sentimientos o de
esperanzas demasiado ambiciosas, como hijos del Altísimo, veríamos que todas
estas cosas son claras y, más que claras, radiantes. Comprendemos así el ansia
de expansión y la unidad con la voluntad divina que viene después de los actos
de servicio amoroso a los hombres.” 65
Tal
es la base del servicio. Debe ser, como en el caso de Jesucristo, un resultado
espontáneo de la divinidad. Uno de los argumentos más fuertes sobre el divino
desenvolvimiento del hombre, es el surgimiento en gran escala de esta tendencia
a servir. Empezamos a vislumbrar débilmente lo que Cristo quiso expresar por
servicio. “Cristo condujo a este activador motivo de servicio a tal extensión,
que cuando el bien común y nuestro bienestar y éxito personales están en
conflicto, debe sacrificarse uno mismo y no los demás”.66
Esta idea del servicio está lógicamente en conflicto con la actitud
generalmente competitiva hacia la vida y el egoísmo, demostrado a menudo por el
hombre común. Pero para el hombre que trata de seguir a Cristo y aspira a
ascender al Monte de la Transfiguración, el servicio lleva inevitablemente a la
iluminación acrecentada, y la iluminación a su vez encuentra su expresión en el
servicio renovado y consagrado, y así descubrimos nuestro camino —por medio del
servicio a nuestros semejantes— hacia el Camino que holló Cristo. Siguiendo Sus
pasos, adquirimos eventualmente el poder de vivir como hombres y mujeres
crísticos iluminados, en nuestro medio normal y cotidiano. Lord Conway of
Allington 67 lo dice con suma sencillez:
“El resultado de todas nuestras discusiones
es la simple lección de que debemos seguir la guía divina donde quiera nos
conduzca, confiando en que el que busca hallará y quien llama a la puerta se le
abrirá. La iluminación no debe buscarse en el abandono del mundo, o en las
prácticas ascéticas, ni en una vida de abnegación y obediencia, sino en cumplir
lo mejor posible los deberes y demandas de cada día. Si determinamos vivir en
un clima de belleza y bondad, hallaremos que los dones divinos esperan
calladamente nuestra aceptación.”
¿Qué
podemos, en consecuencia, dar al mundo al estudiar la vida de Cristo y
mentalmente pasar con Él una iniciación tras otra? Podemos aspirar a esa
grandeza de acción que redimirá nuestra mediocridad natural y revelará
progresivamente la divinidad en cada uno de nosotros. Cada uno puede ser un
faro de luz que señala el camino hacia el centro de donde surge la Palabra, y
cada uno puede empezar a expresar en su vivir cotidiano, algunas de las
cualidades de Dios, que Cristo representó con tanta perfección y Lo llevó
triunfalmente, desde el Monte de la Transfiguración hasta el valle del deber y
del servicio, permitiéndole seguir adelante, con firme determinación, hacia la
experiencia de la Cruz, por el camino triunfal de la aclamación y los senderos
dolorosos del abandono y la soledad.
Siento
un hondo deseo de cerrar este capítulo con las palabras que Arjuna dijera a
Krishna, mucho antes de la era cristiana, después de serle revelada la develada
belleza que él había aceptado. Su relevancia es incuestionable. Casi podemos
ver a San Pedro o a San Juan, pronunciándolas a Cristo, cuando al abrir sus
ojos, “no sólo vieron, sino a Jesús”. Tal vez estas palabras puedan también
aplicarse a nosotros, si consideramos a Cristo y a nuestra relación con Él:
“Presuntuosamente te llamé Krishna mi
camarada... Inconsciente de Tu grandeza he sido irrespetuoso para Ti, en mis
ademanes, en el andar, en el descansar; perdóname Progenitor de este mundo, de
lo animado y lo inanimado. Únicamente Tú eres digno de adoración. Tú el
Altísimo. ¿Dónde se hallará quien Te iguale en los tres mundos?
“Me prosterno ante Ti y suplico Tu
clemencia, ¡Oh Dios! Como el padre a su hijo, el amigo a su amigo, el amante a
su amada. ¡Así perdóname Tú a mí, oh Dios! Soy dichoso por haber sentido lo
profundo que es mi gozo, pero más grande es mi temor. Muéstrame, oh Señor
bendito, Tu otra Forma, oh Señor de los Dioses, sustentador de mundos, sé
magnánimo.” 68
Notas:
1.
Psychology and the
Promethean Will, pág. 26.
2.
Ef., 2:15.
3.
The Meaning of God
in Human Experience, pág. 578.
4.
The Value and
Destiny of the Individual, pág. 210.
5.
Religious Realism,
pág. 150.
6.
The Divinity in Man,
pág. 63.
7.
The Religions of
Mankind, pág. 157.
8.
The Value and
Destiny of the Individual, de B. Bosanquet, pág. 225.
9.
Ídem, pág. 225.
10.
The Bhagavad Gita,
pág. 128.
11.
The Religions of
Mankind, pág. 115.
12.
The Divinity in Man,
pág. 289.
13.
The Perfect Waw, de
Anna Kingsford.
14.
Paracelsus, Edición Oxford, pág. 444.
15.
The Bhagavad Gita, Libro X, Vers. 40, 41,
42.
16.
The Pathway to
Reality, pág. 584.
17.
Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A.
Bailey, pág. 395.
18.
Dt., 4:24.
19.
Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A.
Bailey, pág. 397.
20.
A Pilgrim’s Quest
for the Divine, pág. 254.
21.
Kaivalya, II, 9.
Citado en Mysticism, East and West, págs. 98, 99.
22.
Psychology and God,
págs. 202, 203.
23.
Psychology and God,
de L. W. Grensted, pág. 75.
24.
Mt. 17:1 al 8.
25.
Mt., 5:16.
26.
Religions of
Mankind, pág. 186 de Otto Karrer.
27.
The Mystery Teaching
in the West, de Jean Delaire, pág. 124.
28.
El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 33, 34.
29.
The Fool Hath Said,
pág. 225.
30.
Psychology and God,
de L. W. Grensted, pág. 207.
31.
II Ti., 1:12.
32.
Religious Realism, de D. C. Macintosh y
otros, págs. 82, 83.
33.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 171.
34.
Ídem, de Otto Karrer, pág. 1&2.
35.
Divinity in Man, de
J. W. Graham, pág. 249.
36.
I Jn. 3:2.
37.
Psychology and God,
págs. 248, 249.
38.
The Mystery Teaching
in the West, de Jean Delaire, pág. 121.
39.
Psychology and the
Promethean Will, pág. 116.
40.
Mirage and Truth, de
M. C. D’Arcy, C. J., pág. 116.
41.
The Buddha and the
Christ, pág. 182.
42.
God Transcendent, de
Karl Heim, págs. 207, 208.
43.
The Mystery of the
Kingdom of God, de Albert Schweitzer, pág 181 y 182.
44.
The Mystery of the
Kingdom of God, de Albert Schweitzer, páginas 217, 218.
45.
Jn. 1:13.
46.
Ap. 13:8.
47.
Gn. 9:4.
48.
Mt. 26:28.
49.
Ef. 4:13.
50.
Wrestlers with
Christ, de Karl Pfleger, pág. 25.
51.
Religions of
Mankind, pág. 274.
52.
The Decay and
Restoration of Civilisation, pág. 31.
53.
Ídem, pág. 93.
54.
The Meaning of God
in Human Experience, pág. 457.
55.
Mt. 17:8.
56.
The Bhagavad Gita, Libro XI, Vers. 49, 52,
53, 54.
57.
Mt. 17:22, 23.
58.
Lc. 9:51.
59.
The Recovery of
Truth, págs. 291, 292.
60.
The Recovery of Truth,
pág. 213.
61.
The Decay and
Restoration of Civilisation, de Albert Schweitzer, pág. 82.
62.
Religions Realism, de D. C. Macintosh y
otros, págs. 260, 261.
63.
The Decay and
Restoration of Civilisation, págs. 60, 61.
64.
Modern Trends in
World Religions, editado por A. E. Haydon, citando a Kishio Satomi, pág. 75.
65.
The Divinity in Man,
pág. 100.
66.
Modern Trends in
World Religions, editado por A. E. Haydon, pág. 106.
67.
A Pilgrim’s Quest
for the Divine, pág. 255.
68.
El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 41, 45.
CAPITULO V
LA CUARTA
INICIACIÓN ... LA CRUCIFIXIÓN
PENSAMIENTO CLAVE
Una niebla
ígnea y un planeta,
un cristal
y una célula,
una medusa
y un saurio,
y cavernas
donde habitan los cavernarios;
luego, un
sentido de la ley y la belleza,
un rostro
que se aparta del polvo
—llamado
por unos, Evolución,
y por
otros, Dios.
Como
marejada en la playa, como luna creciente,
cuando la
luna es nueva y pálida,
en nuestros
corazones elevados anhelos
fluyen y se
agitan:
provienen
del místico océano
cuya orilla
no ha hollado ningún pie
—unos lo
llaman Anhelo,
y otros
Dios.
Un piquete
congelado por cumplir con el deber,
una madre
que perece por sus hijos,
Sócrates
bebiendo la cicuta,
y Jesús en
la cruz;
y millones
de humildes sin nombre
recorren la
recta y dura senda
—unos lo
llaman Consagración,
y otros
Dios.
William
Herbert Carruth
1
Llegamos ahora al misterio central del
cristianismo y a la iniciación culminante a que los hombres, como seres
humanos, pueden aspirar. De la siguiente iniciación, la Resurrección, y de la
Ascensión, vinculada a ella, prácticamente nada sabemos, aparte del hecho de
que Cristo resucitó de entre los muertos. La iniciación de la Resurrección está
velada por el silencio. Todo lo que de ella se ha registrado es la reacción de
quienes conocieron y amaron al Señor y los efectos posteriores que produjo en
la historia de la Iglesia Cristiana. Pero la Crucifixión ha sido siempre el
episodio dramático sobresaliente, sobre el que se ha construido la estructura
total de la teología cristiana, poniéndose en ella todo el énfasis. Millones
de palabras se han escrito al respecto y en miles de libros y comentarios se
trató de elucidar su significado y explicar la significación de su misterio. A
través de las edades, se presentaron miríadas de puntos de vista para ser
puestos a consideración de los hombres. Han habido muchas malas interpretaciones,
pero también se ha expresado lo que es divinamente real. Dios ha sido muchas
veces mal interpretado y lo que Cristo hizo, fue tergiversado por los mezquinos
puntos de vista de los hombres. La maravilla de lo ocurrido en el Monte
Calvario ha sido revelado mediante las iluminadas experiencias del creyente y
del conocedor.
Un
nuevo orden mundial se estableció cuando Cristo vino a la tierra, y desde esa
época marchamos firmemente hacia una nueva era, donde los hombres
inevitablemente vivirán como hermanos, porque la muerte de Cristo y la
verdadera naturaleza del reino de Dios hallará su expresión en la tierra. El
progreso alcanzado en el pasado es su garantía. La proximidad de este
acontecimiento ya la comprenden débilmente quienes, como el Cristo dijo, tienen
ojos para ver y oídos para oír. Vamos inexorablemente hacia la grandeza que
Cristo recalcó en Su vida y obra. Aún no hemos alcanzado esta grandeza, pero
los signos ya pueden verse. Hay indicios de la venida de esta nueva era y se
perfila una nueva estructura social casi ideal, basada en una humanidad
perfeccionada. Esta perfección es lo que interesa.
“Podemos saber que Dios existe y de que con
Él y en Él están las normas de perfección que tenuemente captamos. Podemos ver
que hasta en forma misteriosa debe unir en Sí Mismo toda la belleza percibida,
diseminada y diluida en la imperfección que nos circunda. Es suficiente, por el
momento, saber que existe un orden superior, hacia el que podemos ascender con
la ayuda del poder superior. La verdad de nuestra propia debilidad es saludable
y constituye un preludio necesario a lo que nos fue conferido por gracia de
Dios, en la revelación cristiana.“1
Una
de las primeras cosas que parecería esencial reconocer es el hecho definido de
que la Crucifixión de Cristo debe salir del ámbito de su aplicación puramente
personal y situarse en lo universal y total. Quizá cause consternación el hecho
de recalcar la necesidad de comprender que la muerte en la Cruz del Cristo
histórico, no tuvo que ver principalmente con él individuo que pretende beneficiarse con dicha muerte. Fue
un gran acontecimiento cósmico. Sus implicaciones y resultados conciernen a
la masa humana, no específicamente al individuo. Tendemos a considerar como
propios y un asunto personal, las numerosas implicaciones del sacrificio de
Cristo. El egoísmo del aspirante espiritual es con frecuencia muy real. El Dr.
Macintosh 2 se refiere a la tendencia hacia un erróneo
egocentrismo, en los siguientes términos:
“Se alcanza la estatura humana abandonando
la creencia infantil de que cada uno es el centro de un universo solícito que
nos adora. El hombre maduro ya no contará con poseer lo que desea, por lo tanto
debe aprender a desear lo que puede poseer. No puede retener las cosas que
aferró, porque cambian y se desvanecen, por eso debe aprender a retenerlas, no
aferrándose a ellas, sino comprendiéndolas. Entonces el hombre será un adulto
completo.”
Se
evidencia, si encaramos el tema con inteligencia, que Cristo no murió para
poder ir al cielo, ustedes y yo. Murió como resultado de la propia naturaleza
del servicio que prestó, de la nota que emitió y porque inauguró una nueva era
y enseñó a los hombres la manera de vivir como hijos de Dios.
“Sin embargo, hoy, el profano reflexivo se
concentra cada vez menos en el Dios encarnado, sacramentalmente sacrificado, y
se dirige cada vez más al hombre Jesús, el instructor de las verdades divinas,
el ejemplo supremo de la vida perfecta que encaró a la misma muerte para bien
de la elevación del género humano; Su Crucifixión, considerada por la teología
como el propósito y finalidad sacramental de Su encarnación, comienza a ser
definida simplemente como el resultado inevitable de Su valiente oposición a
la religión convencional y como ejemplo culminante de Su heroísmo. Los que así
contemplan la vida del Maestro, como ejemplo que debe seguirse, antes que Su
muerte, como propiciación mística del pecado, consideran retrogresión mental la
creciente santidad atribuida al símbolo de la cruz en la Iglesia. El culto al
crucifijo, análogamente al culto al árbol, en realidad se relaciona tan
estrechamente con el paganismo que no puede estar a la altura de la norma
intelectual exigida por una religión moderna.” 3
Al
considerar la historia de Jesús en la Cruz, es fundamental, que la veamos en
términos más amplios y generales que hasta ahora. La mayor parte de los
tratados y escritos sobre el tema son polémicos y argumentativos, generalmente
defienden o atacan la evidencia, o la teología vinculada al tema. Las obras
pueden ser de carácter puramente místico, sentimental u objetivo, refiriéndose
a la relación del individuo con la
verdad o a su salvación personal en Cristo. Pero al proceder así, es posible
que se pierdan los verdaderos elementos de la historia y su significado más elevado.
Dos cosas surgen, sin embargo, de las investigaciones y debates del siglo
pasado. Una, que la historia de los Evangelios no es única, pues ha sido
igualada por las vidas de otros Hijos de Dios; otra, que Cristo fue único
en Su misión particular y en Su Persona y que, desde un punto de vista
específico, Su aparición no tuvo precedente. Ningún estudiante de las
religiones comparadas dudará de los paralelismos cristianos con eventos
primitivos. Ningún hombre que haya investigado verdaderamente con espíritu
amplio, podrá negar que Cristo fue parte integrante de la gran continuidad de
la revelación. Dios nunca “se dejó a Sí Mismo sin testigos”.4 La
salvación de la humanidad siempre ha estado junto al corazón del Padre. Citemos
un autor que trata de probar esta continuidad:
“Durante la vida o aparición registrada, de
Jesús de Nazaret, y varios siglos antes de este hecho, el mundo circundante y
mediterráneo habla sido escenario de un vasto número de creencias y rituales paganos.
Había un número infinito de templos dedicados a dioses, como Apolo o Dionisio
entre los griegos, Hércules entre los romanos, Mitra entre los persas, Adonis y
Arris en Siria y Frigia, Osiris, Isis y Horus en Egipto, Baal y Astarté entre
los babilonios y cartagineses, etc. Sociedades grandes o pequeñas, reunían a
creyentes y devotos, en servicios o ceremoniales relacionados con sus
respectivas deidades y Con los credos profesados a dichas deidades. Un hecho
por demás interesante para nosotros es que, pese a las enormes distancias
geográficas y a las diferencias raciales, en los detalles de sus servicios
religiosos, el esquema general de sus doctrinas y ceremoniales fueron, si no
idénticos, notablemente similares.
“No puedo entrar en detalles acerca de esos
distintos cultos, pero diré de modo general que de todas o casi todas las
deidades mencionadas, se decía y se creía que:
1. Nacieron
en el Día de Navidad o en fecha muy cercana.
2. Nacieron
de Madre Virgen.
3. Nacieron
en una Caverna o Cámara Subterránea.
4. Llevaron
una vida de duro trabajo para la Humanidad.
5. Se
les denominaron Dadores de Luz, Curadores, Mediadores, Salvadores, Liberadores.
6. Sin
embargo, fueron vencidos por las Potestades de la Oscuridad.
7. Descendieron
al Infierno o Submundo.
8. Resucitaron
de entre los muertos y se convirtieron en precursores del género humano, en el
mundo celestial.
9. Fundaron
Comuniones de Santos e Iglesias, donde los discípulos podían ingresar por el
Bautismo.
10. 10.Se
les conmemoraba mediante cenas Eucarísticas.“5
Estos
hechos pueden ser constatados por quienquiera y esté suficientemente interesado
para investigar el desarrollo de la doctrina de los Salvadores del mundo en el
idealismo mundial. En el libro citado,6 el autor sigue diciendo:
“El número de deidades paganas (la mayoría
nacidos de una virgen, y muertos de una u otra manera por tratar de salvar la
humanidad) es tan grande que resulta difícil registrarlos. El dios Kriskna en
la India y el dios Indra en Nepal y el Tíbet, derramaron su sangre por
la salvación de los hombres. Buda, según Max Müller, dijo: ‘Que todos
los pecados del mundo caigan sobre mí, a fin de que la humanidad se libere’; el
chino Tien —el Santo, ‘uno con Dios, existiendo con Él por toda la
eternidad’— murió para salvar al mundo; el egipcio Osiris fue llamado
Salvador, lo mismo que Horus; de igual modo se denominaron el persa Mitra
y el griego Hércules que venció a la muerte, aunque su cuerpo se
consumió en la ardiente vestidura de la mortalidad, de la cual se elevó a los
cielos. De igual modo el frigio Attis, llamado el Salvador y el sirio Tammuz
o Adonis —ambos, como sabemos, fueron clavados o atados a un árbol—
y resucitaron posteriormente de sus ataúdes o sarcófagos. Prometeo, el
más grande y primer benefactor de la raza humana, con los brazos extendidos,
fue clavado de pies y manos en las rocas del Monte Cáucaso. Dionisio o
Baco, nacido de la virgen Semele para ser el Libertador del género
humano (fue denominado Dionysus Eleutherios) y despedazado, como Osiris. Hasta
en el remoto México, Quetzalcoatl, el
Salvador, nació de una virgen, fue tentado, ayunó durante cuarenta días y fue
ejecutado, y su segundo advenimiento fue esperado con tanta ansia que (como
bien se sabe) a la llegada de Cortés, los pobres mexicanos lo recibieron como
al dios esperado. En Perú y entre los indios americanos del norte y sur del
Ecuador, existen o existieron leyendas similares.” 7
No
corresponde en esta obra discutir estas ideas en favor ni en contra. La única
cuestión importante para nosotros es la parte que Cristo realmente desempeñó
como Salvador del Mundo y en qué consistió el carácter excepcional de Su
misión. ¿Cómo era ese mundo al que había venido? y ¿cuál es hoy la
significación de Su muerte para el ser humano común? ¿Son históricamente reales
los episodios de Su vida? ¿Hubo una época en nuestra historia racial en que
Cristo actuara, hablara y viviera una vida humana común? ¿Sirvió a Su raza y
regresó a la fuente de origen de donde viniera?
La realidad
de Cristo no constituye problema alguno para quienes Le conocen. Saben,
más allá de toda controversia, que Él existe. “Saben a Quién han creído”.8
Para ellos Su realidad no puede refutarse. Pueden diferir entre sí
respecto al énfasis que debe aplicarse a las diversas interpretaciones
teológicas de la historia de Su vida, pero conocen a Cristo y con Él huellan el
sendero de la vida. Pueden discutir si fue Dios u hombre, u Hombre-Dios, o Dios-Hombre, pero todos coinciden en un
punto, y es que fue Dios y Hombre, manifestado en un solo cuerpo. Pueden luchar
para perpetuar la memoria del Cristo muerto en la cruz o esforzarse por vivir
la vida del Cristo resucitado, pero todos testimonian la realidad de Cristo
Mismo, y por la multitud de testigos se establece la realidad. El que sabe no
puede dudar, sino decir enfáticamente que
“hay un Cristo eterno, un Hombre-Dios, unido
a la humanidad no sólo desde determinada fecha en el tiempo, sino antes de
existir el tiempo. Y hay un hombre eterno, un hombre que no sólo es el resultado
del hecho histórico de la Encarnación, sino que en virtud de una realidad,
aborigen y precósmica, participa esencialmente de la divinidad. Hay una divina
humanidad, por lo tanto, también hay una humana divinidad. El género humano no
es sólo el cuerpo temporal de Cristo, sino Su cuerpo eterno y místico, y esto
no en sentido alegórico, sino absolutamente real y literal.” 9
El
cristianismo es la reafirmación de una doctrina muy antigua. No es nueva. Es
tan esencial para la salvación y la felicidad del mundo, que Dios siempre la
proclamó. Las narraciones del Evangelio
son verdaderas y puede confiarse en ellas porque están integradas por las
revelaciones espirituales del pasado, y son reinterpretadas hoy en términos
crísticos. Por lo tanto, estando el género humano más evolucionado y siendo más
inteligente, esa reinterpretación satisfará más rápida y adecuadamente las necesidades
de la humanidad. Pero no es nada nuevo, y Cristo nunca Lo proclamó como si lo
fuera. Él predijo una nueva era y la venida del reino de Dios. Con el correr
del tiempo y por la captación milenaria de la conciencia de Dios, recién hoy
el género humano comienza a ver un mundo y una humanidad preparados para
recibir una nueva revelación —revelación basada en una ética cristiana
verdadera y en vitales verdades cristianas. Lo que Cristo representó y la
verdad que encarna es tan antigua, que en todas las épocas estuvo presente como
una necesidad en la conciencia humana; no obstante, es tan nueva que no habrá
ningún momento en la historia del nacimiento y de la muerte del Salvador del
mundo, que no sea de enorme importancia para el hombre. Edward Carpenter 10
se refiere a esto arrojando luz sobre este incesante y milenario enfoque del
amor de Dios y el deseo del hombre como hijo de Dios:
“Si el hecho histórico de Jesús pudiera
probarse en cualquier grado, nos daría la razón para suponer (cosa que
personalmente me he inclinado a creer) que también existe un núcleo histórico
de personajes tales como Osiris, Mitra, Krishna, Hércules, Apolo y los demás.
En realidad la cuestión se resume a lo siguiente: ¿Han existido, en el curso de
la evolución humana, ciertos puntos o períodos ‘nodales’, por así decirlo, en
los cuales las corrientes psicológicas fluyen juntas y se condensan para un nuevo
comienzo, y cada nodo o punto de condensación, se ha caracterizado por la
aparición de un hombre (o mujer) heroico y real, que suministra el ímpetu
necesario para ese nuevo comienzo, dando su nombre al movimiento resultante?,
¿o basta con suponer la formación automática de tales nodos o puntos de
partida, sin la intervención de ningún héroe o genio, o imaginar que en cada
caso la tendencia a crear mitos en el género humano, creó una figura
inspiradora y legendaria y la reverenció como a un dios durante un largo tiempo
posterior?
“Como he dicho anteriormente, esta cuestión,
aunque interesante, en verdad no es muy importante. Lo principal es que el
espíritu creador y profético de la humanidad ha evocado esas figuras de tiempo
en tiempo, como idealizaciones de sus deseos, colocándoles una aureola. La
larga procesión de tales figuras se ha convertido en una realidad histórica
—la historia de la evolución y del corazón y de la conciencia humanos.”
La
Crucifixión y la Cruz de Cristo son tan antiguas como la humanidad misma. Ambas
son símbolos del sacrificio eterno de Dios, al sumergirse en el aspecto forma
de la naturaleza, trasformándose así en Dios inmanente y trascendente. Sería
bueno recordar que:
“...mucho
antes de la era cristiana, la cruz se empleaba como objeto de adoración. Así
como en Egipto el obelisco no sólo era un símbolo del dios sol, sino también un
dios, la cruz fue una verdadera divinidad. El tronco de un árbol, con o sin
ramas, se lo consagró a varios dioses y en el caso del culto de Attis, la
imagen del dios se colgaba en el pino sagrado, en conmemoración de su muerte,
y el propio tronco del árbol era envuelto en telas de lino y se lo trataba como
objeto de culto. De igual modo el árbol consagrado a Osiris se adornaba con
telas y se colocaba en el templo, con el cuerpo del dios atado a sus ramas,
según la tradición.” 11
Hemos
visto que Cristo debe ser reconocido ante todo en sentido cósmico. El Cristo
cósmico ha existido desde toda la eternidad, y es la divinidad en el espacio o
espíritu crucificado. Personifica la inmolación o sacrificio del espíritu en
la cruz de la materia, forma o sustancia, a fin de que todas las formas
divinas, incluyendo la humana, puedan vivir. Esto lo han reconocido siempre
los llamados credos paganos. Si se siguen las huellas del simbolismo de la
cruz, se verá que antecede al cristianismo por miles de años y que, finalmente,
los cuatro brazos de la cruz desaparecen, quedando únicamente la imagen del Hombre
celestial viviente con los brazos extendidos en el espacio. El Cristo
cósmico se yergue al norte, al sur, al este y al oeste, sobre lo que se llama
“la cruz fija de los cielos”. Sobre esta cruz Dios está eternamente
crucificado.
“Se
habla místicamente del cielo como el Templo y la conciencia eterna de Dios. Su
altar es el sol, cuyos cuatro brazos o rayos, tipifican las cuatro esquinas o
la cruz cardinal del universo, trasformada en los cuatro signos fijos de
zodiaco, y en los cuatro poderosos signos sagrados animales, que son a la
vez cósmicos y espirituales... Se conocen como los cuatro animales consagrados
del zodíaco, en tanto que los signos en sí representan los elementos
fundamentales y básicos de la vida, Fuego, Tierra, Aire y Agua.” 12
Los cuatro signos Tauro, Leo, Escorpio y
Acuario, constituyen preeminentemente la cruz del alma, la cruz sobre la cual
la segunda Persona de la divina Trinidad es crucificada. Cristo personificó
en Su misión esos cuatro aspectos, y como Cristo cósmico, ejemplificó en Su
persona las cualidades que cada uno de esos signos representa. Hasta el hombre
primitivo, poco evolucionado e ignorante, tenía conciencia de la significación
del espíritu cósmico inmolado en la materia y crucificado en la cruz de cuatro
brazos. Se dice que los primitivos seres humanos
“...aceptaban,
tras largos años de creencia, que el sol moría anualmente y era llevado a
través de las grandes aguas hasta el sur, y sepultado en la tiniebla del
solsticio de invierno, lo que ahora se conoce como el 22 de diciembre.
Observaron que siglo tras siglo desde el 22 al 25 de diciembre los días no se
acortaban ni se alargaban, pero que desde el 25 de diciembre comenzaban
anualmente a aumentar leve y progresivamente la luz, cada día algo más, el frío
disminuía y retornaba el calor, la luz y la alegría, así la naturaleza entera
se liberaba de lo que parecía muerte y dolor.
“Entonces,
de los cuatro puntos de la Tau, que comenzaba con Tauro, el toro, y el sol en
el centro, los hombres inventaron el símbolo del dador de vida y su posición
fija, eternamente en el centro (es decir, el sol en la cruz o el salvador
crucificado, porque el sol es el salvador de toda la naturaleza), habiendo
constatado previamente el magnetismo maléfico y benéfico de las orbes celestes,
o el testimonio dado por los señores de los planetas y su poder.” 13
Estos
cuatro signos se encuentran en forma inequívoca en La Biblia y se
consideran en la doctrina cristiana como los cuatro animales sagrados. El
profeta Ezequiel se refiere a ellos con estas palabras:
“Y el aspecto de sus caras era, cara de
hombre y cara de león a la derecha de los cuatro, y cara de buey a la izquierda
de los cuatro; asimismo tenían los cuatro cara de águila.” 14
También
en el Libro de las Revelaciones, encontramos la misma simbología
astrológica:
“Y delante del trono había como un mar de
vidrio semejante al cristal; y junto al
trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y
detrás.
“El primer ser viviente era semejante a un
león; el segundo semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de
hombre, y el cuarto era semejante a un águila volando.” 15
“La
cara como de hombre”, es el signo antiguo de Acuario, el signo del hombre que
lleva el cántaro, al que Cristo Se refirió cuando envió a Sus discípulos a la
ciudad, diciéndoles: “He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un
hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare”.16
En este signo zodiacal estamos entrando ahora. Sería bueno señalar que
astronómicamente esto es verdad y no una simple afirmación de los astrólogos.
El León representa el signo Leo del zodíaco, siendo el símbolo de la
individualidad, y bajo su influencia la raza adquiere autoconciencia y los
hombres actúan como individuos. Cristo puso el énfasis de Su enseñanza sobre la
significación del individuo y demostró con Su vida el valor supremo del
individuo, su perfeccionamiento, su servicio y su sacrificio final, en bien del
todo. La constelación del Águila siempre fue considerada como intercambiable
con el signo Escorpio, la serpiente, empleándosela frecuentemente en esta
relación cuando se considera a la cruz fija del Salvador cósmico. Escorpio es
la serpiente de la ilusión, de la cual se libera definitivamente la naturaleza
crística, y Adán, en el jardín del Edén, sucumbió a las ilusorias tentaciones
de esta serpiente, Escorpio. La “cara de buey” es el símbolo bíblico del signo
de Tauro, el toro, representando la religión que precedió a la revelación
hebrea, y tiene sus exponentes en Egipto y en los misterios mitraicos. En esta
cruz fija todos los Salvadores mundiales, incluso el Cristo de Occidente, han
sido eternamente crucificados, para recordar al hombre la intención divina,
basada en el sacrificio también divino. Los primeros Padres reconocieron esta
verdad y aprendieron que la historia escrita en los cielos guardaba una
definida relación con la humanidad y la evolución de las almas humanas.
Clemente de Alejandría dice que “el sendero de ascenso de las almas está en
los doce signos del zodíaco”, y las festividades de la iglesia de hoy no se
basan sobre fechas históricas relacionadas con las personalidades religiosas
descollantes a que se refieren, sino a la época y a las estaciones. Vimos que
la fecha del Nacimiento de Belén se estableció astronómicamente casi cuatro
siglos después que naciera Cristo. La combinación de Virgo con la Estrella de
Oriente (Sirio) y los Tres Reyes (simbolizados por el cinturón de Orión), fue
el factor determinante. La virgen fue vista en Oriente, con la línea del
horizonte pasando por su centro, siendo ésta una de las causas determinantes de
la doctrina del nacimiento virginal.
Otro ejemplo ilustra el fundamento astronómico
de nuestras festividades cristianas. Dos festividades se guardan tanto en la
iglesia católica romana como en la anglicana, denominadas, respectivamente, la
Asunción de la Virgen y el Nacimiento de la Virgen María. La primera se celebra
el 15 de agosto y la segunda el 8 de septiembre. Todos los años el sol va
entrando en el signo de Virgo, alrededor de la época de la Asunción, y toda la
constelación está envuelta y se pierde de vista en la gloria radiante del sol.
Cerca del 8 de septiembre la constelación de Virgo reaparece lentamente entre
los rayos del sol. Por eso se habla del nacimiento de la Virgen.
El
Día de Pascua siempre se decide astronómicamente. Estos hechos exigen una
consideración muy cuidadosa. Esta información debería estar en manos de todos
los pueblos cristianos porque sólo así podrían llegar a una plena y clara
comprensión de lo que Cristo vino a realizar en la Tierra, en Su naturaleza
cósmica. Tal acontecimiento tuvo mayor importancia que la simple salvación de
cualquier ser humano individual. Significó mucho más que el fundamento de la fe
en un futuro celestial, de varios millones de personas. La encarnación de
Cristo, aparte de su valor histórico y de la nota clave que emitió, marcó el
final de un gran ciclo cósmico y también la apertura de la puerta al reino que,
hasta entonces, sólo se había abierto ocasionalmente, para permitir la entrada
de los hijos de Dios que triunfaron sobre la materia. Después del advenimiento
de Cristo, la puerta se abrió para siempre de par en par, y empezó a formarse
en la Tierra el reino de Dios. En los largos procesos del tiempo aparecieron en
el planeta, cuatro grandes expresiones de la vida divina, cuatro formas de Dios
inmanente, llamadas los cuatro reinos de la naturaleza. Constituyen,
simbólicamente, el reflejo planetario de los cuatro brazos de la cruz zodiacal
sobre la cual el Cristo cósmico Se ve crucificado. A través de las edades, los
seres humanos han simbolizado al Cristo cósmico inmolado en la cruz de la
materia, perpetuando así en la conciencia de la raza el conocimiento de ese
evento; por eso, en cierto sentido planetario, los cuatro reinos de la naturaleza
hacen lo mismo, representando el espíritu de Dios extendido sobre una cruz de
forma material para ser eventualmente posible la aparición del reino de Dios
sobre la Tierra. Esto significa la espiritualización de la materia y la forma,
la asunción de la materia al cielo y la
liberación de Dios de la crucifixión cósmica. El poeta Joseph Plunkett 17
lo dice bellamente:
“Veo Su sangre sobre la rosa
y en las estrellas la gloria de Sus ojos,
Su cuerpo fulgura en las nieves eternas,
Sus lágrimas caen desde los cielos.
Veo Su rostro en cada flor,
el trueno y el gorjeo de los pájaros
no son más que Su voz, y grabada en la roca,
por Su poder, están Sus palabras escritas.
Sus pies hollaron todos los senderos,
Su fuerte corazón agita el mar inquieto,
Su corona de espinas contiene todas las espinas,
y todo árbol es Su cruz.”
La
maravilla de la misión de Cristo residía en el hecho de que, no obstante
pertenecer a la larga continuidad de hombres divinos perfectos, desempeñó una
función única. Resumió en Sí Mismo y puso fin a la presentación simbólica del
sacrificio eterno de Dios en la cruz fija en los cielos, de la que dan
testimonio las estrellas, que la historia de la religión tan exitosamente ha
velado y aún hoy se niega a reconocer. El Hombre celestial está actualmente
pendiendo del Cielo, como Lo ha estado desde la creación del sistema solar, y
Cristo dijo: “Y yo, si fuera elevado de la tierra, a todos atraeré a Mí”,18
y no sólo a todos los hombres, sino, oportunamente, a todas las formas de
vida de todos los reinos que entreguen sus vidas, no como sacrificio impuesto,
sino como ofrenda voluntaria para la gloria de Dios. “El que perdiere su vida
por mi causa, la haIlará”,19 es una realidad que se olvida a menudo
y tiene una conexión definida con la historia de la crucifixión en sus más
amplias implicaciones. Sin embargo, mediante la realización del último de los
reinos en manifestación, el humano, la cruz y su propósito se completan y esto
lo atestigua la muerte de Cristo.
Pero
el punto importante no es Su muerte, por más que fue la culminación del proceso
evolutivo, sino la Resurrección consiguiente, simbolizando, como lo hizo, la
formación y precipitación sobre la Tierra, de un nuevo reino, donde los hombres
y todas las formas se liberarán de la muerte —reino del cual el Hombre liberado
de la Cruz debería ser el símbolo. De este modo completamos el círculo, desde
el Hombre en el espacio, con los brazos extendidos en forma de cruz, a través
de la secuencia de los Salvadores crucificados que repetidamente narran lo que
Dios ha hecho por el universo, hasta llegar al culminante Hijo de Dios que
llevó el simbolismo, en todas sus etapas, al plano físico. Luego resucitó de
entre los muertos para decirnos que la larga tarea de la evolución había
llegado por fin, en su fase final —si así lo decidimos y estamos dispuestos a
hacer lo que Él hizo— a pagar el precio y pasando a través de los portales de
la muerte, a lograr una gozosa resurrección. San Pablo trató de familiarizarnos
con esta verdad, pero sus palabras han sido frecuentemente distorsionadas por
la traducción y la incorrecta interpretación teológica:
“Anhelo conocer a Cristo y el poder de Su
resurrección, y compartir Sus sufrimientos y morir como Él murió, en
la esperanza de que yo pueda resucitar de entre los muertos. No digo ya he
alcanzado este conocimiento y obtenido la perfección, pero sigo adelante.” 20
Pareciera,
según este pasaje, que San Pablo consideraba suficiente para la salvación,
creer simplemente que Cristo murió por nuestros pecados.
Permítaseme establecer aquí, breve y
sucintamente, lo que verdaderamente pareció acontecer cuando Cristo murió en
la Cruz. Él entregó el aspecto forma y Se identificó como Hombre con el aspecto
vida de la Deidad. Desde ese instante nos liberó del aspecto forma de la vida,
la religión y la materia, demostrándonos la posibilidad de estar en el mundo y,
sin embargo, no ser del mundo,21 de vivir como almas, liberados de
los impedimentos y limitaciones de la carne, aunque estemos en la tierra. La
humanidad está cansada de la muerte hasta en lo más profundo de su ser. Su
único descanso reside en la creencia de que la victoria final será sobre la
muerte y que algún día la muerte será abolida. Trataremos este tema con más
detalle en el capítulo siguiente, pero puede decirse que la raza está tan
saturada del pensamiento de la muerte que, para la teología, la línea de menor
resistencia ha sido recalcar la muerte de Cristo, omitiendo hacer hincapié en
la renovación de la vida, de la que fue preludio esa muerte. Esta práctica
terminará, porque el mundo de hoy exige un Cristo viviente y no un Salvador
muerto. Exige un ideal tan universal en sus implicaciones —tan incluyente en
tiempo, espacio y vida—, que las explicaciones constantes y los innumerables
intentos de hacer que la teología se conforme a los requisitos de una verdad
vital, no serán ya necesarios. El mundo ha sobrevivido a la creencia de un Dios
iracundo que demanda sacrificios de sangre. Las personas inteligentes están ya
de acuerdo en que “... el pensamiento moderno no choca con las primitivas
ideas cristianas, pero en lo que atañe a la propiciación de esas malas
inclinaciones, el caso es distinto. No podemos seguir aceptando la tremenda
doctrina teológica de que por alguna razón mística fue necesario el sacrificio
propiciatorio. Ultraja nuestro concepto de Dios como todopoderoso, o nuestro
concepto de Él como todo amor”.22 La humanidad aceptará la idea de
un Dios que amó tanto al mundo que envió a Su Hijo para darnos la expresión
definitiva del sacrificio cósmico y decirnos, como lo hizo Cristo en la Cruz:
“Consumado es”.23 Podemos ahora “entrar en el gozo del Señor”.24
Los hombres están aprendiendo a amar, y repudian y repudiarán, una
teología que convierte a Dios en una fuerza dura y cruel para el mundo, no
igualada por los hombres. Debemos recordar también como dice Arthur Weigall.25
“El cristianismo de Jesucristo no resalta la
ira de Dios, ni la imposición de Su castigo, sino que ve, sobre todo, Su amor
y Su ilimitado perdón de las flaquezas humanas. Las supuestas referencias
directas sobre el infierno, expuestas por Nuestro Señor en el Evangelio de San
Mateo, el último y menos digno de confianza de los Sinópticos, no están corroboradas
en ninguno de los registros anteriores de las palabras de Cristo, mientras que
la ‘ira de Dios’ sólo se menciona en un comentario editorial en el último
Evangelio, el de San Juan. Ciertamente, la entera concepción de un Lugar de
Tormentos donde los malvados serán castigados con sufrimientos físicos y por un
Dios iracundo, una especie de mezcla de policía, magistrado, carcelero y
verdugo, no pueden encontrarse en las ideas de Jesús, sino que
corresponden a una era primitiva, y es indigno de nuestra moderna
inteligencia.” Lo subrayado me pertenece. A.A.B.
Todo
el curso de la vida humana tiende a repudiar esos dogmas antiguos que se basan
en el temor y, por el contrario, prefiere afrontar valerosamente los hechos y
responsabilidades inherentes a su nacimiento espiritual.
2
Cuando
la iglesia haga hincapié en el Cristo viviente y reconozca que sus formas y
ceremonias, sus festividades y rituales, provienen de un pasado muy remoto,
tendremos el surgimiento de una nueva religión que estará tan separada de la
forma y del pasado, como el reino de Dios de la materia y la naturaleza
corpórea. Toda la religión ortodoxa puede considerarse como una cruz en la que
hemos crucificado a Cristo; ha servido su propósito como custodia de las
edades y conservadora de las antiguas
formas, pero debe entrar en una vida nueva y pasar por la resurrección,
si quiere satisfacer hoy las necesidades profundamente espirituales de la
humanidad. Se dice que “las naciones así como los individuos, se hacen, no
únicamente por lo que adquieren, sino por lo que renuncian, y esto atañe
también a la religión de la época actual”.26 Su forma debe
sacrificarse en la Cruz de Cristo para poder resucitar a una vida vital y
verdadera y satisfacer la necesidad de los pueblos. Que su tema sea el Cristo
viviente y no el Salvador moribundo. Cristo ha muerto. No cabe error alguno. El
Cristo de la historia pasó por los portales de la muerte por nosotros. El
Cristo cósmico está muriendo aún en la Cruz de la Materia. Allí quedará
pendiendo hasta que el último y cansado peregrino encuentre su camino al hogar.27
El Cristo planetario, vida de los cuatro reinos de la naturaleza, ha sido
crucificado en los cuatro brazos de la Cruz planetaria en el transcurso de las
edades. Pero el final de este período de crucifixión se aproxima. La humanidad
puede descender de la cruz, como lo hizo Cristo, y entrar en el reino de Dios
como espíritu viviente. Los hijos de Dios están preparados para manifestarse.
Hoy, como nunca:
“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro
espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos de Dios y
coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con Él para, juntamente
con Él ser glorificados...
“Porque el anhelo ardiente de la
manifestación es guardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la
creación estuvo sujeta a vanidad, no por su propia voluntad, sino por la de
Aquel que así la sujetó; porque también la creación será liberada de la
esclavitud de corrupción para gozar de la libertad que llega con la
glorificación de los hijos de Dios.
“Porque sabemos que toda la creación gime a
una, y a una está con dolores de parto hasta ahora, y no sólo ella, sino
también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros gemimos
dentro de nosotros mismos, esperando la adopción de la redención de nuestros
cuerpos.”28
Hacia
esta glorificación de Dios, vamos. Algunos hijos de los hombres lo lograron,
por la comprensión de su divinidad. El Dr. Radhakrishnan 29 dice en
otro pasaje de la obra citada:
“Estar inspirados en nuestros pensamientos
por el conocimiento divino, ser impulsados en nuestra voluntad por el propósito
divino, moldear nuestras emociones en armonía con la bienaventuranza divina,
llegar al gran yo de la verdad, la bondad y la belleza, al que denominamos
Dios, como presencia espiritual, elevar todo nuestro ser y vida al estado
divino, constituye el propósito y significado máximo del vivir humano. Algunos
individuos excepcionales han logrado tal estado y armonía. Son los tipos más
elevados de humanidad y representan la forma final que la humanidad tendrá que
asumir. Son los precursores de la nueva raza.”
Resulta
interesante observar que las dos grandes ramas del cristianismo ortodoxo, el
oriental, expresado por la Iglesia Griega, y el occidental, representado por
las Iglesias Católica Romana y Protestante, han conservado dos grandes
conceptos que el espíritu de la raza necesitó en su gran jornada evolutiva,
alejándose de Dios y retornando a Él. La Iglesia griega siempre hizo hincapié
en el Cristo resucitado. La occidental, en cambio, ha subrayado al Salvador
crucificado. El cristianismo oriental considera que la resurrección es su
enseñanza central. Pfleger 30 se refiere a esto en los siguientes
términos:
“El interés cósmico, la apasionada
preocupación por la idea de la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo, y el
anhelo por la glorificación y deificación, encontraron expresión en los padres
orientales. Un Orígenes, un San Gregorio de Nyasa, son típicamente orientales.
Y la doctrina de una salvación exclusivamente personal, de un cielo para los
salvos y un infierno para los réprobos, corresponde a los occidentales. Como
resultado de su constitución psicológica, el cristiano oriental ha puesto en su
religión, en primer plano, la cuestión del Apocatastasis, la restitución de
todas las cosas; el cristiano occidental, católico o protestante, la cuestión
de la justificación mediante la fe y las buenas obras.”
La
necesidad de morir para las cosas materiales, la tendencia del hombre a pecar y
a olvidar a Dios y la necesidad de cambiar la idea o la intención, ha sido
contribución del cristianismo occidental a los credos religiosos del mundo.
Pero nos ha preocupado tanto el tema del pecado, que olvidamos nuestra
divinidad, y fuimos tan intensamente individuales en nuestra conciencia, que
presentamos un Salvador que dio Su vida por nosotros como individuos y creemos
que, de no haber muerto, nunca podríamos entrar en el cielo. El cristianismo
oriental no hizo mayor hincapié en estas verdades, acentuando en cambio al
Cristo viviente y la naturaleza divina del hombre. Sólo cuando lo mejor de las
dos líneas de verdades presentadas se unan y vuelvan a interpretarse,
alcanzaremos el concepto básico sobre el cual nos podremos apoyar, sin duda
alguna, y tener la certeza de que es lo bastante incluyente como para ser
realmente divino. El pecado existe y el sacrificio está involucrado en el
proceso de reajustar naturalezas pecaminosas. Hay una muerte que lleva a la
vida y es necesario morir cada día”,31 como dice San Pablo, para
poder vivir.
Cristo murió para todo lo que existe en la
forma, dejándonos un ejemplo para seguir Sus pasos. Pero nosotros, los
occidentales, olvidamos la Transfiguración y perdimos contacto con la divinidad;
ahora deberíamos estar dispuestos a aceptar lo que los cristianos orientales
han creído durante tanto tiempo.
“...Su
concepto de la divina humanidad no es lo mismo que el Concepto postulado por
la teología oficial de la Iglesia. La divina humanidad, según lo entiende la
gnosis rusa, tiene dos aspectos. La divina humanidad de Cristo tiene su
estricta contraparte en la divinidad del hombre, y sin esta última, la
Encarnación histórica de Cristo sería inconcebible. El concepto de la divinidad
del hombre, sostenido por el cristianismo occidental, se expresa en el bien
conocido mandato patriarcal: Cristo Se transformó en hombre para que el hombre
pudiera transformarse en Dios. Y esta divinidad no es una facultad del hombre
sino un don gratuito de la gracia, extraño a la naturaleza humana, a la cual
transciende. Para la gnosis rusa, por otra parte, la divinidad del hombre tiene
un fundamento ontológico en la naturaleza humana, no siendo simplemente el
resultado de un hecho histórico.” 32
Esta
gnosis siempre se ha manifestado en el mundo. Mucho antes de la venida de
Cristo se afirmaba la divinidad del hombre y se reconocían las encarnaciones
divinas. El Profesor Murray33 dice:
“Comúnmente, se considera todavía que los
gnósticos constituyen un grupo de cristianos herejes. En realidad
existían sectas gnósticas esparcidas por todo el ámbito helénico antes del
cristianismo, como también después. Deben haberse establecido en Antioquía y
probablemente en Tarso, mucho antes de la época de Pablo o Apolo. Su Salvador,
como el Mesías judío, ya estaba en las mentes de los hombres, antes que el Salvador
de los cristianos.”
Los
propios gnósticos declaraban ser los custodios de una revelación que no era
exclusivamente de ellos, sino que había estado siempre presente en el mundo. G.
R. S. Mead,34 una autoridad en la materia, dice: “Prácticamente
estos gnósticos pretendían que la buena noticia de Cristo (el Christos), era la
consumación de la doctrina interna de la Institución de los Misterios de todas
las naciones, siendo el fin de todas ellas la revelación del Misterio del
Hombre. En Cristo, el Misterio del Hombre fue revelado”.
En
vista del hecho comprobado de que ha existido una continuidad de revelación y
que Cristo ha sido uno, en la larga sucesión de Hijos de Dios manifestados,
¿en qué difieren Su Persona y Su misión, de las de los demás? Podemos y
debemos estar de acuerdo con Karl Pfleger 35 cuando dice: “La
Encarnación de Dios en Cristo, no es sino una manifestación más grande y más
perfecta de Dios, de una serie de otras más imperfectas, que prepararon el
camino moldeando la naturaleza humana que las recibió..., la Encarnación no es
un milagro en el sentido estricto y crudo del término, así como la
Resurrección, la unión interna del espíritu con la materia, es extraña al orden
universal de la existencia” Por lo tanto, ¿en qué difiere la misión de Cristo
de la de los demás?
La
diferencia reside en la etapa de la evolución alcanzada por la propia
humanidad. Cristo inauguró el ciclo en que los hombres llegaron a ser
estrictamente humanos. Hasta el momento de esa Encarnación existieron siempre
quienes alcanzaron la humanidad y luego pasaron a demostrar la divinidad. Pero
ahora toda la raza está a punto de hacerlo. Aunque los hombres son hoy
predominantemente animal-emotivos, no obstante, por el éxito del proceso
evolutivo, que ha producido el difundido sistema de educación y el elevado
nivel de percepción mental, los hombres alcanzaron el punto en que las propias
masas, si reciben el adecuado estímulo, pueden “entrar en el reino de Dios”.
¿Quién puede decir que esta comprensión, por tenue e incierta que parezca, no
es la que produce la inquietud universal y la difundida determinación de
mejorar las condiciones imperantes? Es inevitable que al principio
interpretemos el reino de Dios en términos de lo material, pero es un signo
espiritual y de esperanza que nos ocupemos hoy de limpiar la casa, tratando así de elevar el
nivel de nuestra civilización. Cristo encarnó por primera vez, cuando la
humanidad formaba un todo completo, en lo que atañe al aspecto forma de su
naturaleza, con todas las cualidades en manifestación —físicas, síquicas y
mentales— que caracterizan al animal humano. Cristo manifestó lo que podría ser
el hombre perfecto, cuando consideró el aspecto forma como templo de Dios, pero
reconociendo Su divinidad innata, tratando de ponerla en primer plano, ante
todo en Su propia conciencia y luego ante el mundo. Esto es lo que hizo Cristo.
Los misterios siempre fueron revelados al individuo que se ponía en condiciones
para entrar en un arcano o templo oculto, pero Cristo reveló esos misterios a
toda la humanidad y desempeñó el drama del Hombre-Dios ante la raza. Ésta fue
Su realización mayor, y es lo que olvidamos, el Cristo viviente, en el énfasis
puesto sobre el hombre mismo, sobre la relación consigo mismo como pecador, y
con Dios, como Aquél contra Quien ha pecado.
Además,
toda gran organización, grupo o culto religioso de cualquier tipo, origina en
una persona, y de ella se esparce la idea por el mundo, reuniendo adherentes en
el transcurso del tiempo. De este modo, Cristo precipitó el reino de Dios en
la tierra. Siempre había existido en los cielos. Cristo lo materializó, haciéndolo
una realidad en la conciencia de los hombres. Pero “el cristianismo se
preocupó tanto... de la ígnea hoguera y la manera de evitarla mediante el
sacrificio expiatorio de Jesucristo en la Cruz, y abogó tanto y continuamente
por el culto de Jesús como Dios y Salvador, que apartó la atención de los
cristianos, de la realidad de que esa misión de la Fe debía ser realmente la
ampliación del reino de Dios en la Tierra, el establecimiento de las correctas
condiciones entre los hombres vivientes”.36
Esta
preparación para el reino y la llegada del momento en que los hombres en gran
número podían iniciarse en los misterios, requería el reconocimiento de una
indignidad y pecaminosidad, que sólo podría proporcionarlo el desarrollo de la
mente. En la era cristiana se produjo el desarrollo mental y también se acentuó
demasiado el pecado y el mal. Los animales no tienen conciencia del pecado,
aunque puede haber atisbos de una conciencia tal entre los animales domésticos,
debido a su asociación con el hombre. La mente tiene el poder de analizar y
observar, de diferenciar y distinguir, por eso, con el advenimiento del desarrollo mental, hubo durante largo
tiempo un sentido creciente de contribución de lo pecaminoso, y de una actitud
casi abyecta hacia el Creador, causando en la humanidad ese complejo de
inferioridad tan marcado, que los psicólogos de hoy se ven obligados a tratar.
Contra este sentido de pecado, con sus concomitancias de propiciación,
expiación y sacrificio, que Cristo realizara por nosotros, ha habido una
sublevación, y en esta reacción verdaderamente sana, existe la normal tendencia
de ir demasiado lejos. Afortunadamente, nunca podemos apartarnos demasiado de
la divinidad, y la sincera creencia de quienes saben, es que, como raza,
volveremos a un estado de mayor espiritualidad que nunca. La teología se
sobrepasó con su complejo del “miserable pecador” y con su énfasis en la
necesidad de la purificación por la sangre. Esta enseñanza de la purificación
por la sangre de toros y carneros (o corderos), formaba parte de los antiguos
misterios y la heredamos primitivamente de los Misterios de Mitra. Esos
misterios heredaron a su vez la enseñanza, formulando así su doctrina, que fue
absorbida por el cristianismo. Cuando el sol estaba en el signo zodiacal de
Tauro, el Toro, el sacrificio del toro se ofrecía como predicción de lo que
Cristo vendría a revelar más tarde. Vemos que cuando el sol pasó (en la
precesión de los equinoccios) al signo siguiente, Aries, el Carnero, se sacrificaba el cordero
y que la víctima propiciatoria fue enviada al desierto. Cristo nació en el
signo siguiente, Piscis, y por ello comemos pescado en Viernes Santo en conmemoración
de Su venida. Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia, se refiere
a Jesucristo como “el Gran Pez” y a nosotros, Sus seguidores, como los
“pececillos”. Esos hechos son muy conocidos, como se indica en lo siguiente:
“Las ceremonias de la purificación,
salpicando o mojando al novicio con la sangre del toro o carnero, están muy
difundidas y se encuentran en los ritos de Mitra. Mediante esta purificación,
un hombre ‘nacía de nuevo’, y la expresión cristiana ‘lavado en la sangre del
Cordero’, sin duda es un reflejo de esta idea, estando muy clara la referencia
en las palabras de la Epístola a los Hebreos, ‘Porque la sangre de los toros y
de los machos cabríos no puede quitar
los pecados’. En este pasaje, el autor continúa diciendo: '...teniendo
libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por el
camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su
carne... acerquémonos... purificados los corazones de mala conciencia y
lavados los cuerpos con agua pura’. Pero cuando nos enteramos de que la
iniciación mitraica consistía en entrar valientemente en un misterioso ‘Sanctum
sanctorum’ subterráneo, con los ojos vendados, para ser allí salpicado con
sangre y lavado con agua, resulta evidente que el autor de la Epístola pensaba
en esos ritos mitraicos de los cuales todos tenían conocimiento en ese
entonces.” 37
Cristo
vino a abolir esos sacrificios mostrándonos su verdadero significado, y en Su
Persona, como hombre perfecto, padeció la muerte de la Cruz para demostrarnos
(en forma real y efectiva) que la divinidad puede manifestarse y expresarse
verdaderamente sólo cuando el hombre, como tal, ha muerto, para que el Cristo
oculto pueda vivir. La naturaleza carnal inferior, como San Pablo la denomina,
debe morir para que la naturaleza divina superior pueda manifestarse en toda su
belleza. El yo inferior debe morir para que el yo superior pueda manifestarse
en la tierra. Cristo tuvo que morir para que el género humano pudiera aprender,
de una vez por todas, la lección de que por el sacrificio de la naturaleza
humana el aspecto divino podría ser “salvo”. De este modo Cristo sintetizó en
Sí Mismo la significación de todos los sacrificios mundiales del pasado. Esa
verdad misteriosa revelada únicamente al iniciado entrenado y dedicado, cuando
estaba preparado para la cuarta iniciación, fue dada por Cristo al mundo
de los hombres. Murió por todos para que todos pudieran vivir. Pero ésta no
es la doctrina de la expiación vicaria que fue preeminentemente la
interpretación dada por San Pablo a la crucifixión, sino la doctrina que Cristo
Mismo enseñará, la doctrina de la inmanencia divina (véase Jn. 17) y la
doctrina del Hombre-Dios.
Conviene recordar, en relación con nuestras
creencias cristianas, que “las doctrinas y credos que tienen la genuina autoridad
del Jesucristo histórico, son inexpugnables y eternas, pero las que
se basan en la primitiva interpretación cristiana de la naturaleza y misión de
nuestro Señor, son en gran manera insostenibles”.38 Lo subrayado me
pertenece, A. A. B. El mismo autor y en la misma obra dice más adelante:
“Las palabras empleadas por Él en la Última
Cena, se supone generalmente, que indican la naturaleza del sacrificio y la
expiación de Su muerte, pero esta interpretación es falsa. Según el Evangelio
de San Marcos, Jesús dice: ‘Ésta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos
es derramada’ y, según San Lucas, dice: ‘Esta copa es el nuevo pacto en mi
sangre, que por vosotros se derrama’ y únicamente en el Evangelio de San Mateo
se agregan los términos, ‘para remisión de los pecados’. ‘El crítico más
conservador’, dice el desaparecido Deán de Carslile, ‘no vacilará en considerar
este agregado como una glosa explicativa del autor del Evangelio’; el
significado de las demás palabras puede muy bien haber sido simplemente que Él
estaba dispuesto a dar Su vida por Sus amigos y a morir por la causa.”39
El
actual cristianismo ha heredado la mayoría de sus interpretaciones de los
primitivos tiempos, y los instructores e intérpretes de entonces estaban tan
esclavizados por las antiguas creencias, como nosotros por las
interpretaciones dadas al cristianismo durante los últimos dos mil años. Cristo
enseñó que debemos morir para vivir como Dioses, por eso murió. Sintetizó en
Sí Mismo todas las tradiciones del pasado, porque “no sólo cumplió lo establecido
en las Escrituras judaicas, sino también las del mundo pagano, y ahí radicó la
gran atracción ejercida por el cristianismo primitivo. En Él se condensaba, en
una aparente realidad, una docena de Dioses indefinidos, y en Su crucifixión,
las antiguas leyendas de Sus sufrimientos expiatorios y muertes sacrificadas,
se actualizaron y tuvieron un sentido directo”.40 Pero Su muerte fue
también el acto de consumación de una vida de sacrificio y de servicio y el
resultado lógico de Su enseñanza. Los precursores y quienes revelan a los
hombres el siguiente paso, los que se presentan como intérpretes del Plan
divino, son inevitablemente repudiados y generalmente mueren como resultado de
su valeroso pronunciamiento. Cristo no constituyó una excepción a esta regla.
“Los pensadores cristianos avanzados de hoy, consideran la Crucifixión de
nuestro Señor, el sacrificio supremo realizado por Cristo en pro de los
principios de Su enseñanza. Fue el acto culminante de Su heroica vida y
proporciona un ejemplo tan sublime al género humano, que la meditación sobre Él
produce una unificación con la Fuente de origen de todo lo bueno”.41
Y
entonces ¿porqué se hace tanto hincapié sobre el sacrificio de la sangre de
Cristo y la idea del pecado? Parecería haber dos causas responsables:
1.
La idea heredada del sacrificio de la
sangre. El Dr. H. Rashdall 42 dice:
“En realidad los diversos autores de los
libros canónicos estaban tan habituados a las ideas precristianas de un
sacrificio expiatorio y reparatorio, que lo aceptaron sin escarbar la raíz.
Pero tal vaguedad no era del agrado de los primeros Padres cristianos. En el
siglo segundo de nuestra era, Ireneo y otros autores, explicaban la doctrina
llamándola ‘Teoría del Rescate’, que establece que el Demonio era el legitimo
señor de la humanidad, debido a la caída de Adán, y que Dios, no pudiendo con
justicia tomar los súbditos de Satán sin pagar un rescate, envió en sustitución
a Su propio Hijo encarnado.”
En
este pensamiento encontramos una clara demostración de la forma en que todas
las ideas (percibidas en forma intuitiva e infaliblemente correcta) se
distorsionan, porque las nociones son preconcebidas y matizadas en las mentes
de los hombres. La idea se transforma en ideal, sirviendo a un propósito útil y
conduce a los hombres (pues la idea del sacrificio siempre ha llevado a los
hombres más cerca de Dios) hasta convertirlo en ídolo, siendo, por
consiguiente, limitadora y falsa.
2.
La creciente conciencia del pecado en
la raza, debido a una mayor sensibilidad hacia la divinidad, y el consiguiente
reconocimiento de los defectos y del relativo mal de la naturaleza inferior.
Vimos
que uno de los factores responsables del complejo del pecado en Occidente, ha
sido el desarrollo de la facultad mental con su consiguiente corolario, la
conciencia desarrollada, la capacidad del sentido de los valores y (como
resultado de todo ello) la facultad de considerar antagónicas las naturalezas
superior e inferior. Cuándo establecemos instintivamente contactos con
el yo superior, con sus valores y campo de relaciones, y con el yo inferior,
con sus valores menores y su campo de actividades más materiales, se evidencia
el inevitable desarrollo de un sentido de división y fracaso, y aunque los
hombres comprenden que no lograron la realización, adquieren conciencia de
Dios y de la humanidad, del mundo del demonio y de la carne, pero también conciben
el reino de Dios. A medida que el hombre evoluciona, sus definiciones varían y los crudamente llamados
pecados del hombre no evolucionado, y las faltas y flaquezas del “buen”
ciudadano común de la época moderna, entrañan diversas actitudes de la mente y
del razonamiento y, sin duda, diferentes consecuencias punitivas. A medida que
nuestro sentido de Dios cambia y desarrolla, y cuanto más nos acercamos a la
realidad, cambia y se ensancha nuestra entera perspectiva de la vida y la de
nuestros semejantes, haciéndose más divina a la par que más humana. Podemos
estar de acuerdo con Richard Rothshild43 cuando afirma que “... a
medida que el individuo asciende de un nivel a otro durante el desarrollo de su
propia percepción interna y trasfondo mental, alcanza un grado de realidad cada
vez mayor. La realidad es algo más bien relativo que absoluto, y nuestra única
necesidad de la absoluto es un canon para poder juzgar y justipreciar una
realidad particular”. Es característica humana ser consciente del pecado y
comprender que cuando un hombre ha cometido una ofensa, debe, de un modo u
otro, pagar por ella. El germen de la mente, aún en la humanidad infantil, da
pie a este conocimiento, pero el cristianismo tardó casi dos mil años en llevar
el pecado a una posición tan importante que ocupó y aún ocupa, un lugar
preponderante en el pensamiento de toda la raza. Estamos en una situación en que
la ley, la Iglesia y los educadores de la raza se preocupan totalmente del
pecado y la forma de evitarlo. A veces se piensa cómo sería hoy el mundo si los
exponentes de la fe cristiana hubieran desarrollado el tema del amor y del
servicio amoroso, en vez de reiterar constantemente el sacrificio de la sangre
y la perversidad del hombre.
El
tema del pecado aparece lógica y normalmente en toda la historia de la
humanidad, y siempre ha estado presente el esfuerzo para expiar ese pecado bajo
la forma del sacrificio animal. La creencia tan antigua como el hombre, en una
deidad iracunda que le imponía penalidades por lo que hacía contra su hermano y
exigía un precio por los productos resultantes de los procesos naturales de
la tierra, ha pasado por muchas fases. La idea de un Dios cuya naturaleza es
amor, ha luchado durante siglos con la idea de un Dios cuya naturaleza es la
ira. La contribución descollante de Cristo al progreso del mundo ha sido Su
afirmación, por la palabra y el ejemplo, de que Dios es amor y no una deidad
iracunda que exige una celosa retribución. La lucha aún se libra entre esta
antigua creencia y la verdad del amor de Dios expresada por Cristo, que también
encarnó Shri Krishna. Pero la creencia en un Dios colérico y celoso, persiste
todavía. Está arraigada en la conciencia de la raza y recién ahora empezamos a
conocer una expresión diferente de la divinidad. Nuestra interpretación del
pecado y su castigo, ha sido errónea, pero la realidad del amor de Dios puede
captarse ahora y contrarrestar la desastrosa doctrina de un Dios iracundo que
envió a Su Hijo para ser la víctima propiciatoria del mal del mundo. La fe calvinista es quizá la mejor y más pura
interpretación de ello. Una breve referencia sobre esta doctrina teológica
presentará el concepto en términos comprensibles:
“El calvinismo está erigido sobre el dogma
de la soberanía absoluta de Dios, incluyendo la omnipotencia, la omnisciencia y
la justicia eterna —una doctrina cristiana común, pero desarrollada por los
calvinistas con aguda lógica y llevada a extremas conclusiones. Con frecuencia
se sintetiza el calvinismo en cinco puntos: (1) Todo ser humano, como descendiente
de Adán (a quien todos los cristianos de esa época tenían por personaje
histórico) es culpable, desde su nacimiento, del pecado original, amén de los
pecados ulteriores cometidos en el transcurso de su vida. El hombre no puede
hacer nada para borrar su propio pecado y culpa, sólo puede hacerse por la
gracia de Dios, concedida misericordiosamente por la expiación de Cristo y sin
el menor mérito de su parte; (2) de modo que solamente ciertas personas pueden
salvarse (redención particular); (3) a quienes Dios les ha otorgado una
vocación efectiva, fortaleciendo sus voluntades y permitiéndoles aceptar la
salvación; (4) quienes serán salvos o no, es una cuestión de elección divina o
predestinación; (5) Dios nunca defraudará a Sus elegidos: nunca perderán la
salvación final (perseverancia de los santos). Los calvinistas insistían
vivamente, tratando de demostrar con mucha sutileza que su doctrina otorga
amplia libertad humana, y que Dios no es responsable de los pecados cometidos
por el hombre.”44
En
consecuencia, en vista de este énfasis puesto en la pecaminosidad humana y
como resultado del antiguo hábito de ofrecer sacrificios a Dios, la verdadera
misión de Cristo fue desconocida durante largo tiempo. En vez de reconocérselo
como encarnando en Sí Mismo la esperanza eterna de la raza, se Lo incorporó al
antiguo sistema de sacrificios, y los antiguos hábitos del pensar estaban
demasiado arraigados para el triunfo de la nueva idea que vino a darnos. El
pecado y el sacrificio desalojaron y suplantaron al amor y al servicio que Él
quiso mostrarnos por medio de Su vida y Sus palabras. También por ello, desde
el ángulo psicológico, el cristianismo ha formado hombres tristes, cansados y
conscientes del pecado. Cristo, el sacrificio por el pecado, y la Cruz de
Cristo, como instrumento de Su muerte, han absorbido la atención del hombre, en
tanto que Cristo, el hombre perfecto, y Cristo, el Hijo de Dios, ha sido menos
destacado. El significado cósmico de la
cruz se ha olvidado por completo (o nunca se conoció) en Occidente. Los
comentarios que siguen son muy significativos a este respecto:
“Contemplo las Iglesias y los cristianos
devotos y no devotos. Pero cuando hablo con ellos (me refiero a los
protestantes) no encuentro nada que los distinga de otros hombres fervorosos.
Esto es, su creencia no posee una fuerza psicológica característica que
produzca un solo tipo de carácter en su género... Me parece que el cristianismo
moderno no emplea suficientemente la realidad estupenda de Jesús de Nazaret y
que el enorme poder y la gloria del éxtasis contenido en este fenómeno histórico,
no ha sido el tema de una experiencia viviente. Por derecho, este Personaje
debería ser el centro sísmico de una tempestad de emoción y energía. Me veo
obligado a decirlo ya que tantas cosas se han perdido de vista, cayeron en el
olvido o se vieron envueltas en trivialidades.“45
La
salvación no está fundamentalmente vinculada con el pecado. El pecado es el
síntoma de una condición, y cuando un hombre “verdaderamente se ha salvado”,
esa condición se neutraliza y con ello, el estado pecaminoso incidental. “Ser
salvo, no es entrar en una zona de gozo, bienestar e interminable descanso. El
que se ha salvado se convierte en una fuerza elemental de la naturaleza, en
una dínamo del espíritu que trabaja con estupenda velocidad. El renunciamiento
practicado no exige abandonar el mundo de las actividades, sino matar el
sentido del ego. La vida eterna está aquí y ahora. Es la vida de la parte
eterna en nosotros, de nuestra luz interna, de la inteligencia y el amor, cuyos
objetivos son incorruptibles”.46
Esto
es lo que vino a hacer Cristo, mostrarnos la naturaleza de la vida “salva”,
demostrarnos la cualidad del Yo eterno, que reside en todo hombre; ésta es la
lección de la Crucifixión y la Resurrección: la naturaleza inferior debe morir
para que la superior pueda manifestarse y el alma inmortal y eterna que reside
en todo hombre, resucite de la tumba de la materia. Es interesante buscar el
origen de la idea de que los hombres deben sufrir en este mundo cómo
consecuencia del pecado. En Oriente, donde prevalecen las doctrinas de la
reencarnación y del karma, el hombre sufre como consecuencia de sus propios
actos y pecados, y se “ocupa de su salvación con temor y temblor”.47 Según
las enseñanzas hebreas, el hombre sufre por los pecados de sus antepasados y de
su país, dando así asidero a una verdad que recién ahora empieza a ser una
realidad establecida, la verdad de la herencia física. Bajo la enseñanza
cristiana, Cristo, el hombre perfecto, sufre con Dios, porque Dios amó tanto al mundo que,
inmanente en éste, como lo está, no podía disociarse de las consecuencias de la
flaqueza y de la ignorancia humanas. De este modo la humanidad adjudica un
propósito al dolor y eventualmente es vencido el mal.
El
pensamiento y la idea del sacrificio por los pecados de los hombres no
constituyó la idea original y básica. Al principio, la humanidad, en su
infancia, ofrecía sacrificios a Dios para aplacar Su ira, desplegada en los
elementos, con tempestades, terremotos y otros desastres físicos. Cuando los
hombres, instintivamente, se enfrentaban, cuando se ofendían y herían recíprocamente,
transgrediendo así una comprensión tenuemente percibida de la relación e
intercambio humano, se ofrecía un sacrificio a Dios para que Él tampoco dañara
al género humano. Así, poco a poco, la idea fue tomando cuerpo hasta que, por
último, el concepto de salvación puede resumirse brevemente en los términos
siguientes:
1.
Los hombres se salvan de la ira de Dios,
expresada en los fenómenos naturales, por los sacrificios de animales,
precedidos en tiempos aún más remotos, por el sacrificio de los frutos de la
tierra.
2.
Los hombres se salvan de la ira de Dios y de
sí mismos, por el sacrificio de lo más valioso que eventualmente lleva a los
sacrificios humanos.
3.
Los hombres se salvan por el sacrificio de
un Hijo de Dios reconocido como tal, de donde, mediante el sacrificio vicario,
muchos Salvadores crucificados del mundo, preparan el camino de Cristo.
4.
Los hombres se salvan definitivamente del
castigo eterno, por sus pecados, debido a la muerte de Cristo en la Cruz, y el
pecador culpable de pronunciar palabras hirientes es tan responsables de la
muerte de Cristo como el más vil criminal.
5.
Finalmente, está surgiendo gradualmente el
reconocimiento de que somos salvos por el Cristo viviente y resucitado
—presentado históricamente como una meta y presente en cada uno de nosotros
como la eterna alma omnisciente del hombre.
Hoy
el Cristo resucitado surge en primer plano para la conciencia del hombre, y
por eso marchamos hacia un período de mayor espiritualidad y de una expresión
más real de la religión, que en ninguna otra época en la historia. La
conciencia religiosa es la expresión persistente del hombre espiritual interno,
del Cristo interno, y ningún evento externo y terreno y ninguna situación
nacional, por momentáneamente material que puedan parecer en sus objetivos,
podrán oscurecer o borrar la Presencia de Dios en nosotros. El Dr. Sheldon 48
dice que:
“...
las teologías, como las naciones, nacen, viven por un tiempo y mueren, sin
embargo, la conciencia religiosa permanece tan natural en la vida humana, como la conciencia sexual o la
conciencia del hambre. La conciencia emocional de las relaciones que en el
universo van más allá del exacto conocimiento de la actual etapa en el tiempo,
constituye la conciencia religiosa. Desde el punto de vista de la felicidad,
éste es por cierto el más vital y significativo campo de conciencia...“
Aprendemos
que esa Presencia puede ser liberada en nosotros únicamente por la muerte de la
naturaleza inferior, y esto es lo que siempre ha proclamado Cristo desde Su Cruz.
Comprendemos cada vez más que la “fraternidad de Sus sufrimientos”, significa
ascender a la Cruz con Él y compartir constantemente la experiencia de la
Crucifixión. Vamos alcanzando el conocimiento de que el factor determinante de
la vida humana es el amor, y que “Dios es amor”.49 Cristo vino a
demostrar que el amor es el poder motivador del universo. Sufrió y murió porque
amó, y tanto Se preocupó por los seres humanos, que les mostró el Camino que
debían seguir, desde la caverna del Nacimiento al Monte de la Transfiguración,
y de allí a la agonía de la Crucifixión, para poder participar también de la
vida de la humanidad y transformarse a su vez en salvadores de sus semejantes.
“El instinto general de un Dios benévolo a
Quien el sufrimiento por causa nuestra no le es desconocido, es natural y está
de acuerdo con la realidad. Más de una vez en el Calvario, tiene lugar esta
ineludible comunión de sufrimientos. Porque todo ser sufriente y todo pecador
es análogo a un nervio enfermo o herido del cuerpo de Dios. No en una sola
crucifixión, considerada excepcional, sino en toda la triste historia de la
infidelidad humana, hallamos sufrientes vicarios, cuyo sufrimiento es parte
del sufrimiento de Dios.” 50
¿Cómo
definiremos el pecado? Primeramente leamos las palabras que se emplean en La
Biblia y en obras y comentarios teológicos que tratan el tema del pecado,
la transgresión, la iniquidad, el mal, la separación. Todas son expresiones de
la relación del hombre con Dios y con sus semejantes y, de acuerdo al Nuevo
Testamento, los términos Dios y nuestros semejantes, son intercambiables.
¿Qué significan estas palabras?
El
verdadero significado de la palabra pecado es muy oscuro. Literalmente
significa “el que es”.51 Significa literalmente, el que existe, y hasta
dónde es capaz de ponerse en contra del aspecto divino oculto en sí mismo, es
un pecador. Algunas palabras del Dr. Grensted 52 son iluminadoras:
“‘Los hombres se apartaron de Dios’, dice
Atanasio, ‘cuando empezaron a reparar en sí mismos’. Agustín identifica el
pecado con el amor propio. El Dr. Williams ha sostenido que el principio
subyacente, del cual nace el pecado, se encuentra en la ‘autoaseveración del
individuo contra el rebaño, principio que sólo podemos designar bajo los
términos inadecuados de egoísmo, desamor y odio’. Y el Dr. Kirk declara que
‘puede decirse que el pecado empieza con la autoestimación’.”
Estos
pensamientos llevan directamente al problema central del pecado, que (en último
análisis) es el problema de la dualidad esencial del hombre, antes de haber
logrado la unificación que demostró Cristo. Cuando el hombre, antes de
despertar de su naturaleza dual, comete actos erróneos o pecaminosos, no
podemos considerarlo pecador, ni lo hacemos, a no ser que por anticuados,
creamos en la doctrina de que todo hombre está irremisiblemente perdido si no
es “salvado”, en el sentido ortodoxo del término. Para Santiago, el pecado es
actuar en contra del conocimiento:
“El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, es pecado”.53
Tenemos aquí una real definición del pecado. Es una acción contra la luz
y el conocimiento y un acto deliberado que lleva a cometer lo que sabemos
erróneo e indeseable. Donde no existe ese conocimiento, no puede haber pecado;
por eso los animales están libres de pecado, y los hombres que actúan con
igual ignorancia deben ser igualmente considerados. Pero desde el momento en
que un hombre se da cuenta de que está constituido por dos personas en una
sola forma, de que es Dios y hombre, entonces la responsabilidad aumenta progresivamente
y es posible el pecado, y aquí aparece el aspecto misterioso del pecado, que
consiste en la relación entre “el hombre oculto en el corazón”,54 y
el hombre tangible externo. Cada uno de ellos tiene su propia vida y su propio
campo de experiencia. Cada uno es un misterio para el otro. La unificación consiste
en resolver la relación entre ambos, y cuando los deseos del “hombre oculto” no
se cumplen, aparece el pecado. Esta relación y la experiencia que resulta de
ella, ha sido tratada por el Dr. Hocking,55 con las palabras
siguientes:
“Psicológicamente, el misterio se siente
donde dos cuerpos de experiencia no están en comunicación perfecta, aparte de
la cuestión de si uno de ellos es
inherentemente maravilloso o sobrenatural. El misterio no existe en ninguno de
los dos cuerpos; el misterio expresado en el esfuerzo de cada uno por ponerse
a tono con el otro, es el comienzo del éxito. Es el estado mental de quien
empieza a ver. El misterio llega a ser la cualidad característica de toda idea
incipiente, que aún no fue totalmente captada por la mente. El místico puede
ser considerado como quien enfrenta empíricamente un cuerpo de nuevas
experiencias e ideas, en tal forma es el poseedor de dos cuerpos de
experiencia, de los que no puede dudar, pues ambos deben ser reales, y el
poseedor no comprende cómo ambos lo son.”
Cuando
estos dos aspectos del hombre se unen y funcionan como unidad, y cuando el
hombre espiritual controla las actividades del hombre carnal, resulta
imposible pecar y el hombre se encamina hacia la grandeza.
La
palabra “transgresión” significa cruzar una frontera; implica el
desplazamiento de un hito, como se dice en la masonería, o la violación de uno
de los principios básicos de la vida. Se reconocen ciertas cosas que tienen
una relación controladora con el hombre. Como ejemplo de lo dicho puede citarse
una recopilación de principios como los Diez Mandamientos. Constituyen el
límite de lo que las antiguas costumbres ordenaban como hábitos correctos, y
el orden social impuesto a la raza. Sobrepasar esos límites, que el hombre
mismo instituyó por experiencia, y a lo cual Dios otorga divino reconocimiento,
es transgresión, y para cada transgresión existe un castigo inexorable. Pagamos
el precio de la ignorancia cada vez que transgredimos; así aprendemos a no
pecar; se nos castiga cuando no observamos las reglas, y con el tiempo
aprendemos a no transgredirlas. Instintivamente cumplimos ciertas reglas,
probablemente porque con frecuencia tuvimos que pagar el precio y, ciertamente,
porque nos cuidamos mucho de nuestra reputación y de la opinión pública para
transgredirlas ahora. Existen límites que el ciudadano común y sensato no
intenta cruzar. Cuando lo hace, se une al gran grupo de pecadores. Lo ideal es
la acción controlada en cualquier campo de la vida humana, la cual debe basarse
en un móvil correcto, actividad para un propósito altruista y llevada a cabo
por la fortaleza del hombre espiritual interno, “el hombre oculto en el
corazón“.
“Iniquidad”
es una palabra con un significado aparentemente inofensivo. Significa
sencillamente disparidad y carencia de equidad. Un hombre inicuo es por lo
tanto, técnicamente, un hombre desequilibrado, un hombre que tolera
disparidades en su vida cotidiana. Tal definición es ampliamente incluyente, y
aunque no nos consideremos pecadores y transgresores, sin lugar a dudas estamos
en la categoría de los que, en sus vidas, muestran ciertas inestabilidades en
la conducta. No siempre somos los mismos, unas veces flexibles al expresar la
vida, unos días una cosa, otros otra, y debido a este desequilibrio, somos inicuos
en el verdadero sentido de la palabra. Es bueno recordar estas cosas,
porque evitan ese pecado deplorable que es la propia satisfacción.
La
cuestión del mal es asunto muy largo de elucidar, pero puede definírselo
simplemente como la adherencia a algo que debíamos haber superado y dejado
atrás. El mal, para la mayoría, es, sencilla y únicamente, un intento de
identificación con la vida de la forma, cuando nos capacitamos para la conciencia
del alma; y la rectitud consiste en dirigir constantemente el
pensamiento y la vida hacia el alma, que conduce a actividades espirituales
inofensivas y útiles. Este sentido del mal y esta reacción al bien, están
latentes en la relación de las dos mitades de la naturaleza del hombre, la
espiritual y la estrictamente humana. Cuando dirigimos la luz de nuestra
despierta conciencia hacia la naturaleza inferior, hacemos deliberadamente “en
la luz” esas cosas que han sido determinadas y vitalizadas desde los niveles
inferiores de nuestra existencia, arrojamos el peso de nuestro conocimiento a
favor del mal y entonces somos retrógrados. No es siempre conveniente, desde el
punto de vista del “hombre carnal”, hacer o rechazar ciertas cosas, y cuándo
escogemos lo inferior, por elección especifica, predomina el mal que está en
nosotros.
Gradualmente
alborea en la conciencia humana el conocimiento de que una actitud separatista
contiene los elementos del pecado y del mal. Cuando somos separatistas en
nuestras actitudes, o hacemos algo que trae separación, transgredimos una ley
fundamental de Dios. Verdaderamente, lo que hacemos en ese caso es quebrantar
la Ley del Amor, que no sabe de separaciones, y sólo ve unidad y síntesis,
hermandad e interrelación, por todas partes. Tenemos aquí nuestro mayor
problema. El estudio sobre el pecado y el mal servirá, como dice el Dr. L. W.
Grensted, ...,56
“...
principalmente, para revelar el carácter fundamental de nuestro problema,
resultado de la falta de fe y de negarnos a amar. Los psicólogos no escapan a
esta consideración del pecado, cuando lo consideran una enfermedad moral,
porque su única esperanza de tratarla exitosamente, reside en un intento de
despertar los recursos personales latentes en el ego, mediante procesos que, en
sí, son personales. Donde, como en el caso de la mayoría de las psicosis, no
puede lograrse este despertar, no hay la menor esperanza de curación. La clave
para la cura psicológica está en la transferencia, existiendo en ello
una estrecha similitud con la forma cristiana de perdonar. Ambos métodos son
totalmente personales y dependen de un reajuste de relaciones que empieza en el
sacerdote o en el médico, y pasa a cualquier relación del medio social.” Lo
subrayado me pertenece. A.A.B.
Una
definición del Dr. Kirk 57 puede ser útil. “El pecado”, dice, “es
cualquier acción inhibitoria o retardatoria del progreso del alma hacia la
perfección, de cuyo peligro el alma es o debiera ser, consciente”. El sentido
de responsabilidad de las propias
acciones aumenta a medida que progresamos una etapa tras otra en el
Sendero de la Evolución. En las primeras etapas hay poca o ninguna
responsabilidad, poco o ningún conocimiento, ningún sentido de relación con
Dios, y muy escaso sentido de relación con la humanidad. Ese sentido de
separatividad, este énfasis en el bien personal e individual, participa de la
naturaleza del pecado. El mismo autor, cita, a Aubrey Moore, que en su obra Algunos
Aspectos del Pecado, dice: “Dios es Amor. En Su amor creó al hombre. En el
amor del hombre, Dios Se regocijaría. En el amor de Dios, el hombre recibiría
bendiciones. Y el hombre, hecho a la imagen de Dios, rechazó a Dios, rechazó su
propio bien. Buscó una vida separada y halló la muerte. Éste es el pecado”.58 El amor es unidad,
unificación y síntesis. La separatividad es odio, soledad, división. Pero el
hombre, siendo de naturaleza divina, debe amar, y el problema reside en que ha
amado erróneamente. En las primeras etapas de su desarrollo, enfoca su amor en
dirección equívoca, vuelve la espalda al amor de Dios, que es de la misma
naturaleza de su alma, y ama lo que se relaciona con el aspecto forma de la
vida, y no con el aspecto vida de la forma. Citaremos dos párrafos más
de esta obra, porque son muy aclaratorios y están muy bien escritos:
“El pecado es, por lo tanto, en su esencia,
una disposición originada por amor a un objeto erróneo. Un objeto es erróneo
cuando obstaculiza el desenvolvimiento del amor de Dios, que es el verdadero
fin de la existencia personal. Por consiguiente, es un objeto que no debe
amarse, y la introducción de este concepto moral pone al pecado fuera del
alcance inmediato de la psicología. Pero en verdad, la psicología puede
discutir la conducta que resulta de una disposición pecaminosa, y los efectos
que la misma tienen sobre el carácter...
“Podemos dar por sentado que todo individuo
es en cierta forma un pecador, con un carácter no totalmente unificado por amor
al Altísimo. Esto sólo significa que en su vida hay sentimientos equívocos,
apegados a objetos erróneos, que destruyen la unidad de su personalidad. El
resultado inevitable será un conflicto interno, de cuyas consecuencias depende
la verdadera realización de su vida.”59
Pecar
es por lo tanto infringir la Ley del Amor, tal como lo demostramos en nuestra
relación con Dios o con nuestro hermano, un hijo de Dios. Es llevar a cabo esas
cosas por interés puramente egoísta, que acarrea sufrimiento a quienes nos
rodean o al grupo a que estamos afiliados —grupos familiar, social, de trabajo
o, simplemente, el grupo de seres humanos que el destino nos ha deparado.
Esto
nos lleva a la conclusión de que, en último análisis, pecado significa una
relación errónea con otros seres humanos. Fue el sentido de esta relación
equívoca que en los primeros días de la historia del hombre originó el
sacrificio de los bienes mundanos en el altar, porque el hombre primitivo creía
que, haciendo una ofrenda a Dios, podría redimir su actitud hacia sus
semejantes. Los párrafos siguientes ensamblan el pasado y el presente, de modo
admirable:
“Por lo tanto, la conciencia del pecado (o
separación de la vida del todo) y la restauración o redención mediante el
sacrificio, parece encontrarse en la raza humana desde los tiempos más
remotos, simbolizada en algunos de los ritos más antiguos, y si a veces nos
horrorizamos por la barbarie que acompañaba a esos ritos, debemos convenir, no
obstante, que tales barbaridades muestran que los pueblos primitivos sentían
profundamente la solemnidad y la importancia de todo aquello y también que la
barbarie se introducía y plasmaba en forma ígnea en las mentes rudas e
ignorantes que sentían la necesidad del sacrificio, dando por resultado
algo que no podían comprender de otra manera.
“Después de todo, nos damos cuenta ahora que
el sacrificio es la esencia misma de la vida social. ‘Es conveniente que un
hombre muera por el pueblo’: no solamente que un hombre muera, sino (lo
que es más importante) que cada hombre debe estar preparado y dispuesto a
morir por esa causa cuando surja la ocasión y la necesidad. Tomado en su
significación e implicaciones más amplias, el sacrificio tal como se lo
concebía en el mundo antiguo, era algo perfectamente razonable. Debería compenetrar
más nuestra vida moderna, de lo que lo hace. Todo lo que tenemos o disfrutamos,
fluye o está implicado en el dolor y sufrimiento de los demás, y si es que hay
justicia en la naturaleza o en la humanidad, exige, de nuestra parte, una
disposición equivalente para sufrir.” 60
Está
empezando a surgir en la raza el concepto de que el único pecado verdadero
consiste en herir a otro ser humano. El pecado es el mal empleo de nuestras
mutuas relaciones, y no hay modo de eludir esas relaciones, porque existen.
Vivimos en un mundo de hombres y pasamos la vida en contacto con otros seres humanos.
Según manejemos este problema cotidiano, se demostrará nuestra divinidad, o
nuestra naturaleza inferior descarriada; nuestra tarea en la vida consiste en
expresar la divinidad y tal divinidad se manifiesta de la misma manera en que
la divinidad de Cristo se expresó a sí misma; vivir inofensivamente; servir
incesantemente a nuestros semejantes; vigilar cuidadosamente nuestras palabras
y actos, para no “ofender a uno de estos pequeños”;61“ compartir con
Cristo la urgencia que Él sentía por satisfacer las necesidades del mundo y
desempeñar su parte como salvador de los hombres.
Es realmente veraz que este concepto básico de
la Deidad empieza a ser captado por la humanidad. El hombre ya se da cuenta de
que:
“También para él, la significación del proceso
cósmico no es estrictamente una redención negativa del pecado, sino la
deificación del mundo, ‘una transformación, una transmutación de la materia en
espíritu, de la vida carnal en lo divino, el retorno del universo a la unidad
total con Dios, perdida en la caída pretemporal. Sin el hombre, este retorno es
imposible e inconcebible’. ‘El hombre fue predestinado para ser el Mesías
universal, cuya tarea es redimir al mundo del caos, uniéndose con Dios e
incorporando la sabiduría eterna en las formas creadas. Esta misión comprende
un triple ministerio humano. El hombre debe ser el sacerdote de Dios, Rey del
mundo inferior y Profeta de la absoluta unión de ambos. Es sacerdote quien
sacrifica su propio voluntad, su egoísmo humano; es Rey del mundo subhumano
quien se somete a la Ley Divina, y es Profeta de la unión de ambos, quien
tiende a la unidad absoluta de la existencia y lo realiza progresivamente por
la tarea conjunta de la gracia y el libre albedrío, transformando así, en forma
gradual, la naturaleza separada de Dios en una integración universal y completa
en Él, que poseía originalmente’.”62
Continúa
Pfleger con una cita del Dr. Berdyaev: “el significado del proceso cósmico no
puede concluir con la redención. El hombre debe compartir la tarea del mundo
que Dios está creando continuamente. Tampoco es un hecho jurídico el proceso
cósmico entre el hombre y Dios. La justificación del hombre no puede ser
corroborada por su justificación ante el tribunal divino”.
La
tarea principal de Cristo fue establecer el reino de Dios en la tierra. Él
enseñó el camino por el cual la humanidad podría entrar en ese reino,
sometiendo la naturaleza inferior a la muerte en la cruz y resucitándola por el
poder del Cristo que mora en nosotros. Cada uno debe hallar solo el camino de
la cruz y entrar en el reino de Dios por derecho de realización. Pero el camino
se descubre sirviendo a nuestros semejantes, y la muerte de Cristo, vista desde
cierto ángulo, fue la lógica consecuencia del servicio que había prestado.
Servicio, dolor, dificultad y cruz —tales son las recompensas del hombre que
antepone la humanidad a todo, y él mismo se pone en segundo término. Pero al
hacerlo, descubre que la puerta del reino se ha abierto de par en par y puede
entrar en él. Primero debe sufrir. Es el Camino. Hermann
Keyserling 63 dice:
“...
la ética cristiana fue la primera en percibir que el pecado y el sufrimiento no
son simplemente cualidades negativas, sino medios de salvación; ... la relación
personal hacia nuestro semejante es de mayor importancia que toda la justicia
objetiva. Sin duda sólo lo que Jesucristo llama Amor es la religión personal
con nuestro hermano que responde a la
idea del bien. A esto debe agregarse un conocimiento posterior que llevará a
resultados más profundos: el ‘yo’ no debe constituir su aspiración ultérrima.
En realidad no la constituye, porque aquel que no puede extender su vida más
allá de sus limites egoístas, encadena su naturaleza.”
Mediante
el servicio y el sacrificio supremos nos convertimos en seguidores de Cristo y
obtenemos el derecho de penetrar en Su reino, puesto que no entramos solos.
Éste es el elemento subjetivo en toda aspiración religiosa y lo han
comprendido y enseñado todos los hijos de Dios. El hombre triunfa por la
muerte y el sacrificio. El párrafo siguiente aclara la idea:
“¿Y qué decir de la tercera categoría básica
de la naturaleza, el elemento específicamente humano? ¿Cuál es la base
trascendental del humanismo? ¿En qué consiste la marca característica de la
humanidad?
“El elemento espiritual en el hombre ¿no es
el que le revela su clara, triple y autosacrificada responsabilidad para el
bienestar de todos los seres, de acuerdo a la íntima relación que tienen con
él? ¿No es un sentido de deber universal, de compasión hacia el que sufre, de
felicidad por quienes gozan, que hace que todo hombre trascienda su propia
naturaleza humana?
“Al participar del sufrimiento y el goce de
los demás, todo hombre es capaz de sufrir y gozar expiatoriamente. Tal es el
elemento superhumano en el hombre, y allí llega al nivel ético y comprende su
deber hacia el amor y su amor hacia el deber...
“Todas las grandes religiones del mundo, las
más elevadas (islamismo, confucionismo, judaísmo, cristianismo, budismo,
helenismo, hinduismo y zoroastrismo), proclaman por igual, que mediante el
‘sacrificio’ se ‘hace sagrado’ su yo finito, que el hombre afirma su Yo
eterno, su espíritu superhumano.”64
Cristo
el espíritu superhumano, lo realizó en forma perfecta. En Él no había pecado,
porque había trascendido el efímero yo inferior, de modo perfecto. Su
personalidad quedó subordinada a Su divinidad. Las leyes de transgresión no Le
tocaron, porque no cruzó fronteras ni infringió principios. Encarnaba en Sí
Mismo el principio del amor y, por eso, en la etapa evolutiva a que habla llegado, ya no le era posible
herir a ningún ser humano. Estaba perfectamente equilibrado, alcanzando ese
equilibrio que Le liberó de los impactos inferiores, dejándolo libre para
ascender al trono de Dios. Él ya no Se aferraba a lo inferior ni a lo que era
humanamente deseable, pero divinamente rechazable. Por eso el mal pasó junto a
Él y no Le contaminó. “Fue tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin
pecado”.65 No conoció la separatividad. Ricos, políticos, pecadores,
hombres ilustres, rameras y gente del pueblo, fueron sus amigos, y la “gran
herejía de la separatividad” fue superada por Su espíritu omniincluyente. De
esta manera cumplió la ley del pasado, destacó el tipo de la humanidad futura
y penetró dentro del velo, dejándonos el ejemplo que debemos seguir, ejemplo de
sacrificio hasta la muerte, de servicio incesantemente prestado, el olvido de
sí mismo y un heroísmo que Le llevó de una etapa a otra en el camino, y de una
cima a otra, hasta que nada pudo detenerlo (ni las mismas barreras de la
muerte). Es el eterno Hombre-Dios, el Salvador del mundo. Cumplió la Voluntad
de Dios a la perfección y dio una simple regla que contenía una gran
recompensa: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si su doctrina
es de Dios...” 66
La
sencillez de esta instrucción es desconcertante. Se dice simplemente que
cumplan la voluntad de Dios y entonces la verdad les será revelada. Hubo
momentos, en la vida de Cristo, como lo ocurrido en el Huerto de Getsemaní, en
que tuvo que luchar consigo mismo para cumplir la voluntad de Dios. Otros, en
que Su carne humana tembló pensando en el panorama que se abría ante Él. Por
eso sabía de la dificultad de esta simple regla. ¿Cómo podemos realizar esto
tan simple y seguir Sus pasos? El Dr. B. H. Streeter67 da una
respuesta:
“Todos sabemos que por lo menos alguna cosa
en nuestras vidas no está bien, y lo que significa lo erróneo o el
pecado, excepto el pensamiento o la acción contrarios a la voluntad de Dios, es
decir, al Plan que Dios estableció para nosotros. Cada uno sabe al menos que
hay algo en nosotros contrario al Plan de Dios. Hasta no reparar ese error, es
inútil preguntar cuál podrá ser el próximo objetivo del plan de Dios para el
hombre. Sin embargo, si estamos dispuestos a adaptarnos al plan de Dios, en la
medida en que lo conocemos, a confesar y a corregir el error del cual tenemos
conciencia, entonces la experiencia demuestra que la ‘tenue y queda voz’ del
‘más allá interno’, nos dirá lo que Dios desea que hagamos después. Quizá sea reparar
algún daño, ‘un pensamiento feliz’ respecto a alguna obra o proyecto; un
acercamiento aún no realizado en alguna relación personal; un destello de
percepción de una nueva verdad. Pero mientras nos neguemos a obedecer a Dios
cuando reconocemos Su voluntad, y a dar el primer paso, no es razonable pretender
que Dios nos muestre el siguiente. Aunque lo hiciera, de nada serviría.”
3
Volviendo
nuestra atención a la historia de la Crucifixión, evidentemente no es preciso
entrar en detalles. Se conoce tanto y
nos es tan familiar, que las palabras
que empleemos poco pueden significar. La historia de la entrada triunfal de
Cristo en Jerusalén, Su reunión con los discípulos en el aposento alto, la
participación con ellos, de la comunión del pan y el vino, la deserción de
quienes se supone Lo amaban, y la agonía consiguiente en el Huerto de
Getsemaní, todo eso nos es tan familiar como nuestros propios nombres y hasta
menos llamativos. Ésa es la tragedia de Cristo. Tanto realizó y tan poco hemos
reconocido. Veinte siglos fueron necesarios para comenzar a comprenderle a Él,
Su misión y Su carrera. La misma Crucifixión fue solo la consumación anticipada
y esperada de esa carrera. Ningún otro fin podía ser posible. Estaba
predeterminado desde el principio, y la fecha anotada desde el momento en que,
después de la iniciación del Bautismo, empezó a servir a la humanidad y a
enseñar y a predicar la buena nueva del reino de Dios. Tal fue Su tema, y lo
hemos olvidado, pregonando la Personalidad de Jesucristo, algo que Él Mismo
ignoró y que Le pareció de muy poca importancia, en vista de los mayores
valores involucrados. Aquí se repite la tragedia de Cristo, Él tiene una serie
de valores y el mundo otra. “La vida de todo hombre es trágica en la medida en
que está dotado de conciencia espiritual y es consciente de los valores”.68
Hemos
hecho una tragedia de la Crucifixión, siendo que la tragedia real está en
nuestro fracaso en reconocer su verdadera significación. La agonía en el Huerto
de Getsemaní se basó en el hecho de que Cristo no fue comprendido. Muchos
hombres sufrieron muertes violentas. En esto, Cristo no fue distinto de miles
de personas de amplia visión y reformadores en el transcurso de las edades.
Muchos han pasado por la experiencia de Getsemaní y oraron con igual fervor que
Cristo para que se cumpliera la voluntad de Dios. Muchos más fueron abandonados
por quienes esperaban ser comprendidos y participar en su tarea y en el servicio
visualizado. En ninguno de esos aspectos Cristo fue el único. Pero Su
sufrimiento está basado en Su visión, excepcional en su género. La falta de
comprensión, de la gente y las interpretaciones distorsionadas que los
posteriores teólogos darían a Su mensaje, sin duda fueron parte de Su premonición, del mismo modo que el conocimiento
del énfasis puesto sobre Su persona como Salvador del mundo, retardaría, por
siglos, la materialización del reino de Dios en la tierra, que debía fundarse
de acuerdo con Su misión. Cristo vino para que toda la humanidad pudiera tener
“vida más abundante”.69 Hemos interpretado Sus palabras de que sólo
los “salvos” podrían dar esos pasos necesarios para alcanzar esa vida. Pero la
vida abundante no será una vida vivida en el más allá, en algún cielo distante,
donde los creyentes disfrutarán de una vida de felicidad exclusiva, mientras
que el resto de los hijos de Dios quedará fuera. La Cruz estaba destinada a
señalar la línea de demarcación entre el reino de los hombres y el reino de
Dios, entre un gran reino de la naturaleza que había alcanzado su madurez y
otro reino de la naturaleza que ahora podía entrar en su ciclo de actividad. El
reino humano había evolucionado hasta el punto de producir un Cristo y otros
hijos de Dios, cuyas vidas fueron testimonio constante de la naturaleza divina.
“...
resulta claro sin duda que la Cruz o Frontera, es lo que se levanta a medio
camino entre la deficiencia (que representa sin duda el universo material) y la
plenitud, un nuevo orden, quizás espiritual, que contiene la esencia de todas
las cosas y separa a una de la otra, de modo que nada deficiente entre en la
Eternidad. Esto me parece una expresión tan clara como la idea de la Cruz
alzándose entre dos mundos, sirviendo de límite, y si el primer germen de la
vida inmaterial debe eventualmente trascender la materia y plantarse realmente
en la mente consciente, ¿no se trasformará quien lo contiene, en la verdadera
Cruz o límite entre la ‘deficiencia’ y la ‘plenitud’?” 70
Cristo
asumió el antiguo símbolo y la carga de la Cruz, y poniéndose a la par de
todos los Salvadores crucificados que Le precedieron, encarnó en Sí lo
inmediato y lo cósmico, el pasado y el futuro, erigiendo la Cruz en la colina,
fuera de Jerusalén (cuyo nombre significa “visión de paz”), despertando así la
atención hacia el reino por cuyo establecimiento murió. El trabajo se habla
completado y en ese extraño y pequeño país denominado “Tierra Santa”, una
estrecha faja de tierra entre los dos hemisferios, el oriental y el occidental,
Cristo plantó la Cruz y marcó la frontera entre el reino de Dios y los reinos
del mundo, entre el mundo de los hombres y el mundo del espíritu. De este modo
llevó los antiguos Misterios a su punto culminante, donde se había profetizado
la venida del reino y la institución de los Misterios del reino de Dios. El autor
anteriormente citado dice:
“La enseñanza fundamental de todas las
religiones de los misterios, como sabemos, consistió en establecer que esta
vida es sólo una preparación para otra superior, y que la iniciación era
simplemente la entrada en un sendero que llevaba a una realización ultérrima, o
liberación de la mente o espíritu, de su confinamiento físico; en todas partes
estaba simbolizado por el signo de la Cruz y así lo consideran hasta hoy los
cristianos.” 71
El
esfuerzo por realizar a la perfección la voluntad de Dios, puso fin a la vida más completa que haya
existido sobre la tierra. El intento de fundar el reino, preordenado para siempre, y el antagonismo que provocó,
llevó a Cristo a la crucifixión. La dureza de corazón de los hombres, la debilidad
de su amor y su fracaso en comprender la visión, quebrantaron el corazón del
Salvador del mundo —fue Salvador porque abrió la puerta del reino. En el
párrafo que sigue se expresan estos pensamientos:
“Debido a que nuestro Señor murió con el
corazón lacerado y la Cruz recortaba Su silueta contra el sol poniente, del más
triste aunque más dulce de todos los días que alborearon, el primer Viernes
Santo, le fue comprobado al Padre Divino, por toda la eternidad, que el amor
humano enfrentaría todo desafío que en nuestra tierra proviniera del pecado o
del odio, y el Amor divino no haría ningún reclamo al amor humano, desde el
pináculo de la perfección, que no haya sido enfrentado perfectamente y
respondido completamente. Lo que el Padre había dispuesto en la esfera sin
trabas del Espíritu puro, con toda la soberanía y libertad de Su propia
naturaleza divina, eso mismo dispuso, dentro de las limitaciones de la
naturaleza humana, el Hijo que Él había adoptado y Se expresó en la servidumbre
y esclavitud soportadas en el Calvario. La voluntad del Padre condujo a
ascendentes cimas de amor, en la gran aventura del amor, pero la
voluntad del Hijo, en perfecta lealtad, había ascendido hasta la suprema cima y
pináculo, no quedando otra elevada altura que ascender. Allí, por así decirlo,
la voluntad del Hijo fue arrebatada por el abrazo de la voluntad del Padre, y
por ese abrazo murió.”72
Es
tiempo de que la Iglesia despierte a su verdadera misión, que es materializar
el reino de Dios en la tierra, hoy, aquí y ahora. Ha pasado el momento de hacer
hincapié en un reino futuro. A la gente ya no le interesa un posible estado
celestial o un probable infierno. Debe aprender que el reino está aquí y debe
expresarse en la tierra. Tal reino está integrado por quienes cumplen la voluntad
de Dios, a cualquier costo, como Lo hizo Cristo, y pueden amarse unos a otros
como Cristo nos amó. El camino hacia ese reino es el camino que Cristo
recorrió. Implica el sacrificio del yo personal por el bien del mundo y el
servicio a la humanidad, en vez del servicio a nuestros propios deseos. En el
transcurso de la enunciación de esas nuevas verdades concernientes al amor y al
servicio, Cristo perdió Su vida. El canónigo B. H. Streeter,73 dice
que “el significado y valor de la muerte de Cristo, surge de Su cualidad
interna. Es la manifestación expresada externamente, de una autodedicación,
libremente elegida, sin mezquindad ni reservas, al servicio más elevado de Dios
y del hombre. El sufrimiento incidental de esa propia ofrenda es moralmente creador.”
Por ventura ¿no es una realidad que la
Crucifixión de Cristo, juntamente con los grandes acontecimientos que la
precedieron —la comunión y la experiencia de Getsemaní— es una tragedia basada
en el conflicto entre el amor y el odio? Este libro no intenta empequeñecer el
acontecimiento mundial que tuvo lugar en el Calvario. Pero hoy, al considerar
ese hecho, empieza a surgir cierta verdad, y es que hemos interpretado ese
sacrificio y esa muerte en términos puramente egoístas. Nos ocupamos del tema
desde el punto de vista de nuestro interés individual. Hemos recalcado la
importancia de nuestra salvación personal, a la que adjudicamos una enorme
importancia. Pero el punto de vista del mundo y lo que Cristo tuvo que hacer
por la humanidad y la actitud de Dios hacia los seres humanos, desde tiempos
primitivos, pasando por el período de la vida de Cristo en Palestina, hasta la
época actual, están subordinados al hecho de creer o no en la eficacia de la
Crucifixión y en el Calvario, para la salvación de nuestras almas individuales.
Sin embargo, durante Su conversación con el ladrón arrepentido, Cristo lo
admitió en el reino de Dios, debido a que reconoció la divinidad. Cristo no
había muerto aún, ni consumado el sacrificio de la sangre. Fue casi como si
Cristo previera el giro que la teología daría a Su muerte y tratara de
contrarrestarlo, haciendo que el reconocimiento del ladrón moribundo fuera uno
de los hechos más descollantes en Su muerte. No mencionó la expiación de los
pecados por medio de Su sangre, como una razón para ser admitida.
La
verdadera cuestión era el asunto entre el amor y el odio. Sólo San Juan, el
Apóstol amado, el más íntimo de Jesús, realmente lo comprendió; por eso en sus
Epístolas pone todo el énfasis en el amor y no hay en ellas la interpretación
ortodoxa común, sino sólo amor y odio, deseo de vivir como hijos de Dios e
inclinación a vivir la vida como seres humanos comunes. He aquí la diferencia
entre el ciudadano del reino de Dios y un miembro de la familia humana. Cristo
trató de expresar el amor, pero el odio, la separación y la guerra, que culminó
en la Guerra Mundial, ha caracterizado la interpretación oficial de Sus
enseñanzas en el transcurso de las edades. Cristo murió para anunciarnos que el
camino de acceso al reino de Dios era el del amor y del servicio. Sirvió, amó y
obró milagros; reunió a los pobres y a los hambrientos, los alimentó, trató en
todas las formas posibles de llamar la atención sobre el principio del amor
como principal característica de la divinidad, sólo para encontrarse con que
esa vida de servicio amoroso que le causó trastornos infinitos y Le llevó a la
muerte en la Cruz.
“Pero, aunque Su amor por el género humano fue
tan grande que lo condujo al supremo sacrificio de la Cruz, para que los hombres
aprendieran que el Amor debe abrir las puertas a una vida superior, reconoció
quizá, a medida que se aproximaba Su fin, que Su vida terrena no constituía un
ejemplo muy tentador —¡el perseguido hasta la muerte por Sus contemporáneos,
marcha por un sendero que muy pocos quisieron seguir! Por lo tanto, reveló
finalmente a Sus discípulos el poder interno que estaba en lo más hondo de Sus
enseñanzas y que, si lo hubieran seguido, Su camino habría sido aceptado por
todos los hombres. Sin lugar a dudas, si pudiéramos comprender el amor por los
demás como Él lo comprendió, ese amor que pasando por alto toda otra
consideración, el resto vendría inevitablemente por añadidura. Por eso creemos
que, al leer la historia de las últimas horas de Jesús con Sus discípulos,
aunque todo lo demás se pierda, y los pensamientos se desvanezcan —parecería
que Él contaba los minutos que aún le quedaban—, algo se destaca en forma
suprema, como si pusiera en tensión Sus nervios para plasmar, en quienes Le
escuchaban, lo que era vital que supieran antes que fuera demasiado tarde
¿Quién de nosotros no ha experimentado alguna vez esa ansiedad de decir lo más
importante en el último instante, que en las horas precedentes no hemos dicho?
Esto es lo que Le ocurrió. Aunque toda Su vida fue la expresión del amor
supremo, no obstante, hasta las últimas horas que pasó en la tierra, Cristo
tuvo la certeza de que el amor debía prevalecer. Pero cuando enfrentó la
manifestación de lo que el odio podía hacer a los hombres, y cuando Se dio
cuenta de la horrible prueba que tenía que pasar (‘la escena del Huerto de
Getsemaní demuestra lo que sintió), entonces quizá comprendió, por primera
vez, todo el poder de un amor que podía sostenerlo hasta el amargo fin, en bien
de Sus amigos de entonces y de todos los tiempos. Este conocimiento del origen
de Su fuerza Le debe haber convencido de que sólo una cosa es capaz de vencer
al odio en el mundo, sin la cual no podría lograrse una nueva vida, por lo
tanto, repitió incesantemente: Amáos los unos a los otros, hasta la
muerte —eso es lo único importante.” 74
Hemos
luchado por la doctrina teológica del Nacimiento Virginal. Hemos discutido las
doctrinas sobre la salvación de los hombres. Hemos forcejeado por el tema del
bautismo y de la expiación. Hemos tratado el pro y el contra de la
inmortalidad y lo que el hombre debe hacer para resucitar de entre los muertos.
Hemos considerado a una mitad del mundo como perdida y solamente al creyente
cristiano como salvo. Y, sin embargo, Cristo siempre ha repetido que el amor es
el camino al reino y que la realidad de la presencia de la divinidad en cada
uno de nosotros, es lo que nos permite el acceso a ese reino. Hemos ignorado
que “la expiación vicaria es la armonización de la desarmonía de los demás,
mediante el poder de una presencia espiritual, que produce la gran
transmutación, siendo el mal absorbido y trasmutado en equilibrio o bien”.75
En esto consiste el esfuerzo de Cristo y la realidad de Su Presencia en
el medio armonizador de la vida. Los hombres no se salvan por la creencia en
un dogma teológico, sino por la realidad del Cristo inmediato viviente y Su
Presencia viviente. La base de la visión mística es la comprensión de la
presencia de Dios en el corazón humano, mientras que el conocimiento de que
somos hijos de Dios fortalece para seguir los pasos del Salvador, de Belén al
Calvario. La presencia en el mundo, de quienes lo tienen a Cristo por ejemplo,
y reconocen que poseen la misma vida divina, reorganizará eventualmente nuestra
vida humana, así como la afirmación de la ley fundamental del reino de Dios,
la Ley del Amor, salvará finalmente al mundo. La sustitución de la vida del
mundo, del demonio y de la carne, por la vida de Cristo, inyectará un nuevo
valor y significado a la vida. El Dr. R. J. Campbell,76 dice en las
siguientes palabras:
“El drama del Calvario se vuelve a
representar en toda alma que alcanza la conciencia espiritual. Hasta que el
Hijo de Dios no resucite victorioso en nosotros, sobre el viejo Adán —el yo que
dice: ‘no Tú, sino yo’— poco habrá hecho por nosotros el Cristo de antaño... La
dulce historia de antaño deberá ser nuestra propia historia, repetida en
nosotros. El Niño Cristo debe nacer nuevamente en nosotros, crecer y actuar
allí, sufrir y morir para el mundo; elevarse en poder en nosotros y ascender al
eterno Padre.”
Este
sentido del fracaso del amor constituye el principal problema de la agonía en
el Huerto. Este sentido de la lucha con las fuerzas del mundo, Le permitió a
Cristo unirse con todos Sus hermanos. Los hombres Le habían fallado, como nos
fallan a nosotros. Cuando más necesitaba de la comprensión y de la fuerza que
da el compañerismo, Sus amigos más íntimos y queridos Lo abandonaron o se
durmieron, ajenos a Su agonía mental. “El Conflicto de Prometeo es la lucha que
tiene lugar en la mente humana, entre el anhelo por comprender y la atracción
más inmediata de los efectos y deseos vivientes, condicionados por la buena
voluntad y el apoyo de nuestros semejantes. Mientas existen los deseos por
obtener la felicidad de los seres queridos, el alivio del dolor y el desengaño
en las mentes, no se puede comprender el sueño interno, ni dar seguridad a los
honores mundanos. Este conflicto es la roca en la que zozobra la mente
religiosa y está en conflicto consigo mismo”.77 Cristo no naufragó
contra esta roca, pero pasó momentos de intensísima agonía, hallando alivio
únicamente en la comprensión de la paternidad de Dios y su corolario, la
hermandad de los hombres. “Padre” dijo, y fue este sentido de la unidad con
Dios y con Sus semejantes lo que Le llevó a instituir la Última Cena, para
iniciar el servicio de comunión, cuyo simbolismo se ha perdido desastrosamente
en la práctica teológica. La nota clave de ese servicio de comunión era la
fraternidad. “Sólo así Jesús crea la fraternidad entre nosotros. No lo hace
como símbolo... ; mientras no seamos mutuamente con Él una sola voluntad y antepongamos el Reino de Dios
sobre todas las cosas, y sirvamos en nombre de esta fe y esperanza, no habrá
fraternidad entre Él y nosotros, y los hombres de todas las generaciones que
vivieron y viven con idéntico pensamiento”.78
4
1.
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen”.79
2.
“De cierto os digo, que hoy estarás conmigo
en el paraíso”.80
3.
“Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al
discípulo: He ahí a tu madre”.81
4.
“Dios, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?”82
5.
“Tengo Sed”.83
6.
“Consumado es”.84
7.
“Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu”.85
El
pensamiento del reino matizó todo Lo que dijo en la Cruz. La Palabra de Poder
que emanó de la Cruz fue pronunciada por Jesucristo Mismo y no esta vez por el
Padre. Cristo emitió una séptuple palabra y en ella resumió la Palabra que
inauguraba el reino de Dios. Cada una de Sus enunciaciones se relacionaron con
ese reino y carecen del significado mezquino, individual o egoísta, que con
harta frecuencia le adjudicamos. ¿Cuáles son esas siete palabras?
Considerémoslas, y al hacerlo, comprenderemos que las causas que le dieron
origen, produjeron la manifestación del reino de Dios en la tierra.
En
todos los casos las siete palabras han sido interpretadas como que tenían
aplicación individual con relación a la persona a quien supuestamente se
dirigían, o una significación personal para Cristo Mismo. Siempre se ha leído La
Biblia de esta manera, con la significación personal en la mente. Pero las
palabras de Cristo son demasiado importantes para ser interpretadas así. Tienen
un significado mucho más amplio del que se les atribuye generalmente. Lo
asombroso de lo que dijo Cristo (lo más maravilloso de todas las escrituras
del mundo), es que esas palabras tienen diferentes significados. Ha llegado el
momento en que el significado que Cristo les diera, debe ser mejor comprendido
por nosotros a la luz del reino de Dios y no con un más amplio significado que
el individual. Fueron Palabras de Poder, evocadoras e invocadoras, potentes y
dinámicas, y debemos recordar que:
“...como
todas las palabras que Cristo pronunciara, estaban inspiradas por un amor que
abarcaba a todo el género humano; ese amor debe acelerar el nacimiento del niño
en la matriz de la humanidad e imbuirlo de un espíritu más grande que el hasta
ahora experimentado en la tierra, para que nazca a una nueva vida. Pero al
mismo tiempo ese amor debe poseer el poder de separar por completo a los hombres
del propio yo. Así como el más grande amor, conocido por nosotros, los humanos,
excluye todo lo demás de la mente del que ama, de igual modo el amor por todo
el género humano nunca alcanzará el poder de ‘acelerar’ el nuevo nacimiento, si
el yo no se fusiona en el bienamado y cesan todas las condiciones y
consideraciones terrenas. ‘Y será la vida eterna para los que reconozcan en Ti
al único Dios verdadero’...; ‘porque Dios es Amor y aquel que mora en el amor
mora en Dios y Dios en él’.” 86
Una
de las primeras cosas que surgen en nuestra conciencia, cuando estudiamos la
primera palabra de la Cruz, es que Jesús pidió a Su Padre que perdonara a
quienes Lo crucificaron. Evidentemente, en ese momento, no consideró Su muerte
en la Cruz como adecuada a esa necesidad. No había expiación de los pecados por
el derramamiento de sangre, pero había necesidad de pedir perdón a Dios por el
pecado cometido. Los dos hechos que se destacan en esta palabra son: la
paternidad de Dios y el hecho de que la ignorancia, si es productora del mal,
no hace culpable al hombre y por lo tanto no es pasible de castigo. Pecado e
ignorancia son frecuentemente términos sinónimos, pero el pecado es reconocido
como tal por quienes saben y por quienes no son ignorantes. Donde hay ignorancia,
no existe pecado. Con esta palabra Cristo desde la Cruz, nos dice dos cosas:
1.
Que Dios es nuestro Padre, y que
llegamos a Él por Su intermedio. Es el hombre oculto en lo profundo del
corazón, el Cristo aún no conocido, que puede acercarse al Padre. Cristo había
logrado este derecho por la divinidad que demostró y por haber recibido la
tercera iniciación, la Transfiguración. Cuando nos hayamos transfigurado
(porque sólo el Cristo transfigurado puede ser crucificado), entonces podremos
invocar al Padre y pedir al espíritu, que es Dios, la vida de todas las formas,
para reajustar las relaciones y otorgar ese perdón, que es la propia esencia de
la vida misma.
2.
Que el perdón es la consecuencia de
la vida. Ésta es una verdad difícil de ser aceptada por el creyente occidental.
Estamos muy habituados a respaldamos en la actividad que Cristo desplegara en
el pasado distante. El perdón es el resultado de los procesos vivientes que
equilibran, restituyen y provocan esa actitud donde el hombre ya no es ignorante,
y en consecuencia no necesita el perdón. La vida y la experiencia lo hacen por
nosotros y nada puede detener el proceso. No es una creencia teológica la que
nos reconcilia con Dios, sino una actitud hacia la vida y hacia el Cristo que
mora en el corazón humano. Aprendemos por el dolor y el sufrimiento (es decir,
por la experiencia) a no pecar. Pagamos el precio de nuestros pecados y
errores, y cesamos de cometerlos. Eventualmente llegamos a un punto en que ya
no cometemos más errores y pecados primitivos. Porque sufrimos y agonizamos,
aprendemos que el pecado trae retribución y causa sufrimiento. Pero el
sufrimiento tiene su valor y Cristo lo sabía. Su Persona no fue sólo el Jesús
histórico, que conocemos y a; amamos, sino también el símbolo del Cristo
cósmico, el Dios, sufriendo por los sufrimientos de Sus seres creados.
“El dolor de la creación inferior es parte
del gran sacrificio cósmico por el cual Dios eterno da Su vida para poder
tomarla nuevamente. En el altar del universo material se ha ofrendado esa vida
sagrada desde el comienzo de los tiempos y aunque ahora sólo podemos vislumbrar
aquello por lo que se hace ese sacrificio, justifica la creencia de que ninguna
vida que alcanzó la dignidad de poder sufrir, está ausente de la gran consumación.”
87
La
justicia puede constituir el perdón cuando se comprenden equitativamente los
pormenores del caso, y en esta demanda del Salvador crucificado, reconocemos la
Ley de la Justicia y no la de la Retribución, en un acto al que todo el mundo
contempla estupefacto. Esta obra del perdón es la obra eterna del alma en la
materia o forma. El creyente oriental lo denomina karma. El creyente
occidental habla de la Ley de Causa y Efecto. Sin embargo, ambos se refieren a
la tarea del hombre por la salvación de su alma y por el pago constante del
precio que el ignorante debe pagar por los errores y los así llamados pecados
cometidos. Un hombre que peca deliberadamente contra la luz y el conocimiento,
es raro. La mayoría de los “pecadores” son simplemente ignorantes. “No saben lo
que hacen“.
Cristo
se dirigió a un pecador, un hombre que había sido condenado, según el mundo,
por haber obrado mal, y él reconoció la validez del juicio y el castigo.
También aceptó haber recibido la debida
condena por sus pecados, pero en lo que a Jesús respecta, había cierta cualidad
que Le llamó la atención y Le hizo admitir que este tercer malhechor “ningún
mal había hecho”. El factor que le permitió el acceso al paraíso era doble. El
pecador reconoció la divinidad de Cristo. “Señor”, dijo el malhechor, comprendiendo
al mismo tiempo la misión de Cristo —fundar un reino—, “acuérdate de mí cuando
entres en Tu reino”. La significación de tales palabras es eterna y universal,
porque el hombre que reconoce la divinidad y al mismo tiempo es sensible al
reino, está dispuesto a beneficiarse por las palabras: “Hoy estarás conmigo en
el paraíso”.
En
la primera palabra de la Cruz, Jesús tuvo en cuenta la ignorancia y debilidad
del hombre. Se hallaba tan desvalido como un niño, y en Sus palabras testimonió
la realidad de la primera iniciación y la época en que Él era “un niño en
Cristo”. La similitud entre ambos episodios es significativa. La ignorancia,
el desamparo y la consiguiente desarmonía de los seres humanos, evocó en Jesús
el perdón. Pero cuando la experiencia de la vida ha desempeñado su parte,
tenemos otra vez el “niño en Cristo”, que ignora las leyes del reino
espiritual, aunque se ha liberado de la tiniebla y la ignorancia del reino
humano.
En
la segunda palabra de la Cruz encontramos el reconocimiento del episodio del
Bautismo, que significó la pureza y liberación por la purificación de las
aguas de la vida. Las aguas del Bautismo de Juan liberaban de la esclavitud de
la vida de la personalidad. Pero el Bautismo a que Cristo fue sometido, por el
poder de Su propia vida y al que estamos sujetos por la vida de Cristo que mora
en nosotros, fue el Bautismo del fuego y el sufrimiento, que llega a culminar
con el dolor en la Cruz. Esa culminación del sufrimiento, para quien pudiera
resistir hasta el fin, sería la entrada en el “paraíso” —que significa
bienaventuranza. Tres palabras se emplean para expresar este poder: felicidad,
goce y bienaventuranza. Felicidad tiene un sentido puramente físico y
se relaciona con nuestra vida física y sus relaciones; el goce es de la
naturaleza del alma y se refleja en la felicidad. Pero la bienaventuranza, que
es de la naturaleza de Dios Mismo, es una expresión de la divinidad y del
espíritu. La felicidad puede ser considerada como la recompensa del nuevo
nacimiento, pues tiene una significación física y estamos seguros de que Cristo
conoció la felicidad, aunque fue “varón de dolores”. El goce, que corresponde
más especialmente al alma, alcanza su consumación en la Transfiguración. Aunque
Cristo estuvo “en contacto con el dolor”, conoció el goce en su esencia, porque
el “gozo del Señor es nuestra fortaleza”, y el alma, el Cristo en todo ser
humano, es nuestra fortaleza, goce y amor. Cristo conoció también la bienaventuranza
porque la obtuvo en la Crucifixión, la recompensa del triunfo del alma.
Por
lo tanto, en esas dos frases de poder: “Padre, perdónalos, porque no saben
lo que hacen” y “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, tenemos
sintetizadas las significaciones de las dos primeras iniciaciones. En un libro
ya citado, encontramos el siguiente párrafo que tiene relación con la
bienaventuranza del paraíso que Cristo ofreció al ladrón que tenía conciencia
de la divinidad y del llamado del reino:
“Este ideal de la ‘bienaventuranza’ personal
del yo, puede unirse con el ideal complementario de la compasión (compatior):
esa espontánea y expiatoria participación del sufrimiento de los demás,
mediante la sutil simpatía, en su desarrollo hacia la perfección. En esto se
recalca la verdad de que la realización del yo sólo es posible gracias a la
virtud complementaria del sacrificio del yo (el yo, hecho sagrado), para
bienaventuranza de los demás, acto que constituye la más elevada característica
de la fe cristiana y también, cuando está totalmente iluminada por su propia y
profunda sabiduría, es la del budismo y el culto a Orfeo.” 88
Llegamos ahora al extraordinario episodio, tan
debatido, que tuvo lugar entre Cristo y Su madre, resumido en la frase: “Mujer,
he ahí tu hijo”, y a continuación lo dicho al apóstol bienamado: “He ahí tu
madre”. ¿Qué significan esas palabras? De pie ante Cristo, en un nivel más
bajo, estaban las dos personas que eran todo para Él, y desde la agonía de la
Cruz, Les dirigió un mensaje especial, relacionándolas entre sí. Si consideramos
las anteriores iniciaciones, quizá lo aclare. Juan representa la personalidad
que está alcanzando la perfección, cuya naturaleza comienza a ser impregnada
por el amor divino, la característica primordial de la segunda Persona de la
Divina triplicidad: el alma, el hijo de Dios, cuya naturaleza es amor. Como
vimos, María representa la tercera Persona de la Trinidad, el aspecto material
de la naturaleza, que ama y nutre al hijo y lo da a luz en Belén. En esas
palabras, Cristo, empleando el simbolismo de las dos personas, las relaciona
entre sí, y dice prácticamente: “Hijo, reconoce a quien debe darte a luz en
Belén, la que cobija y protege la vida crística”. A Su madre Le dice: Reconoce
que en la personalidad desarrollada está latente el Cristo niño. La materia o
Virgen María, se glorifica por medio de su hijo. En consecuencia, las palabras
de Cristo se refieren definidamente a la tercera iniciación, la
Transfiguración.
En las tres primeras Palabras pronunciadas en
la Cruz, Cristo hace referencia a las tres primeras Iniciaciones y nos recuerda
la síntesis que Él revela y las etapas que debemos alcanzar si queremos seguir
Sus pasos. Posiblemente, el Salvador crucificado creyera también que la materia
misma, por ser divina, era capaz de sufrir infinitamente, y esas palabras
fueron la expresión de Su reconocimiento de que aunque Dios sufre en la Persona
de Su Hijo, Él también sufre con análoga y aguda agonía en la persona de la
madre de ese Hijo —la forma material que le dio nacimiento. “Todo problema,
como Cristo Lo vio, es individual y toda la agonía del mundo puede estar
contenida en una sola alma”.89 Cristo está entre los dos: la madre y
el Padre. Ahí reside Su problema, problema de todo ser humano. Cristo une a los
dos: el aspecto materia y el aspecto espíritu, y la unión de los dos produce al
hijo. Éste es el problema de la humanidad y también su oportunidad.
La
cuarta Palabra pronunciada en la Cruz nos introduce en uno de los momentos más
íntimos de la vida de Cristo —el que tiene una relación definida con el reino,
como la tuvieron las Tres Palabras anteriores. Siempre hay vacilación al
inmiscuirse en este episodio de Su vida, porque es una de Sus fases más
profundas, secretas y quizá sagradas en la tierra. Leemos que hubo “tinieblas
en la faz de la tierra”, durante tres horas. Este intervalo es muy
significativo. Cristo solo en la Cruz y en las tinieblas, simbolizó todo lo que
estaba personificado en esta Palabra trágica y agonizante. El tres es
lógicamente el más importante y sagrado de los números. Representa a la
divinidad y también a la humanidad perfeccionada. Cristo, el hombre perfecto,
pendió de la Cruz durante “tres horas” y en ese tiempo, cada uno de los tres
aspectos de Su naturaleza fue ascendido al punto más elevado de Su capacidad de
realización, con el consiguiente sufrimiento. Al final, esta triple
personalidad dio origen a la exclamación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?”
Cristo
había pasado por todos los episodios culminantes de reajuste. Recién acababa de
tener lugar la experiencia de la Transfiguración. No lo olvidemos. En esa
experiencia, Dios Se había acercado y el Cristo, transfigurado, había
vinculado, al parecer, a Dios y al hombre. Acababa de pronunciar la Palabra que
testimonió la relación de la naturaleza corporal, el aspecto María, con la
personalidad, en la persona de Juan, símbolo de una personalidad llevada a un
altísimo grado de perfección y realización. Luego, durante tres largas horas,
luchó en las tinieblas con el problema de la relación de Dios y el alma. El
espíritu y el alma tenían que fusionarse en una gran unidad, como Él ya había
fusionado el alma y el cuerpo, testimoniando esa consumación en la
Transfiguración. Descubrió, repentinamente, que todo lo que había logrado y
hecho en el pasado, sólo era el preludio de otra expiación que debía realizar
como ser humano; allí, en la Cruz, a la vista de toda la muchedumbre, tuvo que
renunciar a Su alma, lo que hasta entonces había retenido, percibiendo, en un
instante, que en esta renunciación todo estaba en juego. Hasta la conciencia de
ser el Hijo de Dios, el alma encarnada en la carne (por la cual había luchado y
sacrificado), tenía que desaparecer, y debía permanecer despojado de todo
contacto. Toda sensación y toda reacción posibles no pudieron llenar el vacío
sentido. Parecía abandonado, no solamente por la humanidad, sino por Dios.
Descubrió que aquello en lo que Él había confiado, la divinidad, de la cual
estaba seguro, se relacionaba con el sentimiento. Ese sentimiento debía también
trascenderlo y, por lo tanto, abandonarlo todo.
Por
medio de esta experiencia, Cristo abrió la senda hasta el propio corazón de
Dios. Únicamente cuando el alma ha aprendido a estar sola, segura de su
divinidad, sin ningún reconocimiento externo de esa divinidad, puede
reconocerse el centro de la vida espiritual como estable y eterno. Con esta
experiencia Cristo Se adaptó para la iniciación de la Resurrección, y de esta
manera comprobó para Sí Mismo y para nosotros, que Dios existe y que la
inmortalidad de la divinidad es un hecho establecido e inalterable. La
experiencia de la soledad, de sentirnos despojados de todo lo que nos protege,
de todo lo que hasta el momento ha sido considerado esencial para nuestra
existencia, es el sello de la realización. Los discípulos tienden a olvidarlo,
y al escuchar a Cristo velando así Su agonía, nos preguntamos si no fue nuevamente
“tentado en toda manera como nosotros”, y si en este momento no descendió a lo
más recóndito del valle y experimentó esa total soledad que es la recompensa de
quienes ascienden a la Cruz del Gólgota.
“Hasta que el hombre no haya sentido su
total soledad en el mundo, una soledad que lo aparte, no sólo de sus amigos
sino de su familia, de las posesiones, del orgullo y de todas las minucias de
la existencia, no habrá llegado realmente hasta su propio yo. Sólo así puede
sentir el significado interno y espiritual del universo que lo rodea, y diferenciarlo
de las simples menudencias externas. Sólo así puede concebirse a sí mismo como
perteneciendo al mundo más profundo de significaciones, en la relación de
extremos. Sólo así puede sentir, paradójicamente, su parentesco con sus
semejantes, de los cuales se ha apartado externamente, y, sin embargo, ha
encarnado en cada uno de ellos, profunda, aunque inconscientemente, el mismo
impulso interno hacia alguna especie de unión con la unicidad de todas las
cosas.
“El individuo maduro sabe que debe aferrarse
a este mundo interno de significado. Sólo aquí puede encontrar su verdadero yo.
Sólo aquí se halla esa inmortalidad que no es una simple continuación ‘ad
infinitum’ de una especie de conciencia efímera, sino, más bien, el
establecimiento imperecedero de una significación esencialmente eterna.” 90
Aunque
todo hijo de Dios en las distintas etapas de su camino a la iniciación se
prepara para esta soledad final, mediante fases de total negación, cuando llega
la crisis postrera debe experimentar
momentos de soledad, que no puede concebir previamente. El hombre sigue
los pasos de su Maestro, es crucificado ante los hombres y abandonado por sus
semejantes y por la presencia reconfortante del Yo divino, en quien ha
aprendido a confiar. Sin embargo, porque Cristo penetró en el lugar de la
tiniebla externa, sintiéndose enteramente abandonado por todos los que hasta ese
momento habían significado mucho para Él, desde el ángulo humano y del divino,
nos es posible apreciar el valor de la experiencia, mostrándonos que solamente
penetrando en el lugar de la tiniebla externa, que los místicos con toda razón
denominan “la noche oscura del alma”, podemos entrar realmente en el bendito
compañerismo del reino. Se han escrito muchos libros acerca de esta
experiencia, pero es muy rara, mucho más de lo que la literatura de los
místicos quiera hacer creer. Se hará más frecuente a medida que un mayor número
de seres entren en el reino por los portales del sufrimiento y de la muerte.
Cristo estuvo pendiendo entre el cielo y la tierra y aunque estaba rodeado por
una multitud y a Sus plantas permanecían aquellos que Él amaba, Se hallaba
completamente solo. La soledad, cuando se está acompañado, el sentirnos
absolutamente abandonados mientras nos rodean quienes tratan de comprender y
ayudarnos, constituye la tiniebla. La luz de la Transfiguración se apaga
súbitamente, y por la misma intensidad de esa luz, la noche parece más
tenebrosa. Un místico, refiriéndose a esta experiencia, dice:
“Después de este despliegue de luz vuelve
otra vez la oscuridad. Fuimos peregrinos, fuimos pastores. Algo más debemos
mostrar al rebaño: ‘El que pierde su vida por mí, la encontrará’. El Calvario.
“Hemos recorrido nuestro tramo y nos estamos
acercando al fin de nuestro ciclo. Hemos de ascender a la cruz y someternos a
la dolorosa muerte del yo; hemos de entrar en la tiniebla para que pueda nacer
la sabiduría mayor. ‘Tonto de ti, lo que siembras no fructifica, excepto que
muera’.” 91
En las tinieblas conocemos a Dios. El autor
anteriormente citado, agrega: “Ahora conozco el significado de algunas palabras
que una vez leí: ‘Cuando San Pablo no vio nada, vio a Dios’. Creo que esta
oscuridad es una ilusión. Quizá sea verdaderamente la luz”. Otro escritor al
tratar el mismo tema, dice:
“Nadie puede convertirse en Salvador de
hombres, ni simpatizar perfectamente con todo el sufrimiento humano, excepto
por la ayuda que puede obtenerse del Dios que mora en su interior si no ha
enfrentado y vencido por sí solo al dolor, al temor y a la misma muerte.
Resulta fácil sufrir cuando existe una conciencia ininterrumpida entre lo
superior y lo Inferior; más aún, no existe sufrimiento mientras esa conciencia
no se interrumpa, porque la luz de lo superior imposibilita la oscuridad de lo
inferior, y el dolor no es tal cuando se soporta bajo el aliciente de Dios.
Existe un sufrimiento que los hombres deben enfrentar, que todo Salvador de
hombres debe encarar, cuando la oscuridad se hace en la conciencia humana, sin
que ni un resquicio de luz la atraviese; el hombre debe conocer la congoja de
la desesperación que siente el alma humana, cuando la oscuridad la rodea y la
conciencia no encuentra una sola mano donde asirse. Todo Hijo del Hombre debe
sumirse en esas tinieblas antes de remontarse triunfante; esa experiencia
amarguísima debe ser realizada por todo Cristo, antes de poder ‘salvar hasta el
último’ de quienes buscan lo Divino, por su mediación.”92
Cuatro
Palabras de Poder había pronunciado Cristo. Había pronunciado la Palabra para
el plano de la vida cotidiana, la Palabra del perdón, indicando en ella el
principio sobre el que Dios actúa en relación con el mal que hacen los hombres.
Donde hay ignorancia y no existe desafío o intención errónea, el perdón está
asegurado, porque el pecado es una acción definida ante la advertencia de la
voz de la conciencia. Cristo había enunciado la Palabra que llevó la paz al
ladrón moribundo, diciéndole que tenía asegurado no sólo el perdón, sino
también la paz y la felicidad. Había pronunciado la Palabra que reunía los dos
aspectos que estaban siendo crucificados simbólicamente en la Cruz —materia y
alma, la materia de la forma y la perfeccionada naturaleza inferior. Son las
tres Palabras de los planos físico, emocional y mental, en los que el hombre
mora habitualmente. Se había completado el sacrificio de la naturaleza
inferior en su totalidad y hubo silencio y oscuridad durante tres horas.
Entonces fue pronunciada una maravillosa Palabra que indicó la llegada de
Cristo a la etapa del sacrificio final, y que hasta la conciencia de la divinidad,
la del alma misma, con su fortaleza y poder, su luz y comprensión, también
debía ofrendarse en el altar. Cristo tenía que pasar la experiencia de la total
renunciación a todo lo que había constituido Su propio ser. Esto fue lo que
arrancó ese grito de protesta y de duda: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?”
Luego
le siguieron otras tres Palabras de una cualidad totalmente distinta. En las
palabras: “Tengo sed”, expresó el poder motivador de todo Salvador. Esto fue
mal interpretado por los espectadores que dieron a esas palabras, lógicamente,
un sentido físico; sin lugar a dudas, tenía un significado mucho más profundo
y debieron referirse a la divina sed que se manifiesta en la conciencia de todo
hijo de Dios que ha alcanzado la divinidad, indicando su determinación de
emprender la tarea del Salvador. Constituye la característica de todos los que
alcanzaron esa etapa, que no pueden quedar satisfechos con lo que realizaron y
le proporcionaron liberación y libertad, reorientándose inmediatamente hacia
el mundo de los hombres y permaneciendo con la humanidad, trabajando por la salvación
de los seres humanos, hasta que todos los hijos de Dios hayan encontrado su
camino de regreso al hogar del Padre. Esta sed por las almas de los hombres,
obligó a Cristo a abrir la puerta del reino, manteniéndola abierta Él Mismo, de
modo que Su mano y Su ayuda nos hiciera trasponer el umbral. Ésta es la
redención, de la cual todos compartimos, no desde el punto de vista egoísta de
nuestra salvación individual, sino desde el ángulo de la conciencia, pues a
medida que redimamos, seremos redimidos, a medida que salvemos, seremos
salvados, y a medida que ayudemos a otros a realizarse, seremos también
admitidos como ciudadanos del reino. Éste es el camino de la Crucifixión. Solamente
cuando seamos capaces de pronunciar las cinco Palabras de Poder, comprenderemos
verdaderamente el significado de Dios y de Su amor. El camino del Salvador se
convierte entonces en nuestro camino. La vida y el propósito de Dios quedan
revelados.
“De modo que la muerte ‘estoy crucificado
con Cristo, sin embargo, vivo’, por lo tanto, la muerte —es decir el sacrificio
del yo— equivale a la vida. Esto se apoya en una profunda verdad. La muerte de
Cristo representó la vida de Dios. Para mí, una de las más profundas de todas
las verdades, es que toda la vida de Dios constituye el sacrificio del yo. Dios
es Amor. El amor es sacrificio —dar, más bien que recibir—, la bendición de
darse a sí mismo. Si así no fuera la vida de Dios, sería falso decir que Dios
es amor; porque hasta en nuestra humana naturaleza, lo que busca disfrutarlo
todo, en vez de darlo, es conocido por un nombre distinto del vocablo amor.
Toda la vida de Dios es el fluir de esta divina caridad que se prodiga a sí
misma. La propia creación es sacrificio —impartir uno mismo el Ser divino.
También es sacrificio la redención, de lo contrario no sería amor. Por eso no
debemos ceder ni un punto de la verdad de que la muerte de Cristo ¡ fue el
sacrificio de Dios!”.93
Esta
sed que compartimos con el Salvador y las necesidades del mundo (del cual lo
nuestro es una parte relativamente incidental) es lo que nos une a Él. Nos
exhorta a alcanzar la “fraternidad de Sus sufrimientos”, y es la demanda que
oímos conjuntamente con Él. Este aspecto de la Cruz y esta lección, han sido
resumidos en el párrafo siguiente, lo que justifica nuestra más cuidadosa
consideración y consiguiente consagración al servicio de la Cruz, que es el
servicio a la humanidad:
“Cuando... me aparté de ese espectáculo que
enternece al mundo entero, Cristo crucificado por nosotros, y contemplé las
penosas y anonadantes contradicciones de la vida, no enfrenté, en el
intercambio con mis semejantes, las frías trivialidades que dejan oír con tanta
ligereza los labios de aquellos cuyos corazones jamás conocieron la verdadera
congoja, ni cuyas vidas sufrieron un golpe aplastante. No se me dijo que todas
las cosas fueron ordenadas para bien, ni se me aseguró que las abrumadoras
disparidades de la vida eran sólo aparentes, ni fue revelado por los ojos y el
ceño de Aquel que realmente conocía el dolor, ni por una mirada de solemne
reconocimiento, como la que se cruza entre amigos que, tolerando un extraño y
secreto dolor, les une un lazo indisoluble.” 94
De
pronto irrumpió en la conciencia de Cristo la maravilla de la realización.
Había triunfado, de modo que con la total comprensión de la significación de
lo enunciado, pudo decir: “Consumado es”. Hizo Lo que había venido a hacer en
Su encarnación. El portal del reino estaba abierto. El límite entre el mundo y
el reino estaba claramente definido. Nos dio ejemplo de servicio, sin paralelo
en la historia. Nos mostró el camino que debíamos recorrer. Nos demostró la
naturaleza de la perfección. Ya no pudo
hacer más, por eso escuchamos el grito triunfante: “Consumado es”.
Otra
Palabra de Poder surgió de la tiniebla que amortajaba al Cristo moribundo. El
momento de Su muerte estuvo precedido por las palabras: “Padre, en Tus manos
encomiendo mi espíritu”. Su primera y Su última palabra comenzaron con Su
llamado: “Padre” —porque siempre somos los hijos de Dios, y “si hijos, también
herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos conjuntamente
con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados”.95 Coherederos
de la gloria, pero también coherederos del sufrimiento que debe ser nuestro,
si el mundo debe ser salvo y la humanidad en conjunto puede entrar en el reino.
El reino existe. Por obra de Cristo y Su
Presencia viviente en todos nosotros, existe hoy ese reino, todavía subjetivo,
pero que espera la expresión inmediata y tangible...
“Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis
también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación. Un señor, una fe,
un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por
todos y en todos”.96
Por
otra parte, con palabras de Cristo, dice el salmista: “En tu mano encomiendo mi
espíritu, porque Tú me has redimido... “.97 Resulta aquí muy clara
la implicancia. Es el espíritu de vida en Cristo y en nosotros, lo que nos hace
hijos de Dios, y es esta filiación (con su carácter divino) la que garantiza
nuestra realización final y entrada en el reino del espíritu. El signo dado
está expresado en las palabras de San Mateo: “Y he aquí, el velo del templo se
rasgó en dos, de arriba ahajo”.98 Quedó establecido el acceso a Dios
y las fuerzas internas espirituales pudieron exteriorizarse sin obstáculos en
la manifestación. Éste fue un acto de Dios, el estupendo reconocimiento del
Padre de lo que había hecho Su Hijo.
Espíritu y materia eran ahora uno solo. Todas las barreras separatistas fueron
abolidas, y Dios y el hombre pudieron encontrarse y sostener un intercambio.
En
una antiquísima escritura hindú, encontramos palabras dichas hace miles de
años, pero que pueden aplicarse en forma muy significativa a este acto
realizado por Cristo, que no Lo vinculó sólo con nosotros y los creyentes
anteriores a Su advenimiento, sino también con el Cristo Cósmico, al cual se
hace referencia, en forma inconfundible, en el párrafo siguiente:
“Brahma, el resplandeciente, pensaba...
Permítanme sacrificarme en las cosas vivientes y en todas las cosas que viven
en Mí Mismo... Así adquirió la grandeza, el fulgor, el señorío y la maestría”.
Al
terminar este capítulo acerca de la Crucifixión, consideremos cuál fue
realmente el propósito del sacrificio de Cristo. ¿Por qué murió? Está dicho con
toda claridad en el evangelio de San Juan y, sin embargo, se ha hecho muy poco
hincapié en esa declaración. Recién hoy empezamos a comprender el significado
de lo que hizo Cristo. Recién ahora la maravilla de Su sacrificio empieza a
alborear en la mente de quienes despertaron la intuición. Cristo vino
principalmente a hacer dos cosas, a las cuales nos hemos referido: ante todo,
vino a fundar o a materializar en la Tierra el reino de Dios. También vino a
mostrarnos lo que significaba el amor de Dios y cómo se expresaba en el
servicio y en el eterno sacrificio de la divinidad sobre la cruz de la materia.
Cristo fue un símbolo y también un ejemplo. Nos reveló la Mente de Dios y nos
mostró el canon sobre el que deberíamos moldear nuestras vidas.
“El cristianismo, respaldándose en la doble
base del valor infinito del alma individual y en el organismo del cuerpo
místico de Cristo, representa una síntesis de individualismo y socialismo.
Pero en el orden político y social, esa síntesis resulta un ideal que aún debe
alcanzarse, ya que la Iglesia está condicionada en parte por las imperfectas
condiciones sociales de su medio ambiente. Ciertamente esta síntesis no ha
encontrado un encaje perfecto ni aún en la esfera religiosa. Debemos siempre
tener esto en cuenta y no dejarnos tentar por la atracción de la eficiencia,
para ceder a un socialismo que reduce al individuo a una mera herramienta de la
sociedad o del estado, o por el cebo de la libertad, al consentir un
individualismo vacío y meramente formal, sin un contenido de propósitos comunes
o sin una masa social orgánica. Si en la práctica tuviéramos que elegir entre
ambos extremos, debe preferirse la libertad a toda costa. De tal modo valorizó
Dios el libre servicio del hombre, que ha preferido una humanidad pecadora pero
libre, a una humanidad de obligada rectitud. Sin lugar a dudas, la ‘bendita
libertad de no pecar’, es mejor que la libertad de hacer el mal o abstenerse de
hacerlo. Pero mejor aún para las criaturas es centrar la voluntad en el bien,
como recompensa y coronación por haber elegido el bien, cuando era posible
elegir el mal.” 99
¡El
reino y el servicio! Éstas son las notas claves que llevan en sí ese poder
atractivo que demandan los creyentes del mundo. Cristo compartió con nosotros,
como ser humano, el sendero de la experiencia mundana. Ascendió a la Cruz y nos
mostró, con Su sacrificio y ejemplo, lo que debíamos hacer. Compartió con
nosotros el camino de la vida porque no podía hacer otra cosa, pues era como
cualquier ser humano. Pero arrojó sobre
esta experiencia de la vida la luz radiante de la divinidad misma, pidiéndonos
también que “dejásemos brillar nuestra luz“.100 Se proclamó Hombre
y nos dijo que éramos hijos de Dios. Estuvo entonces con nosotros como lo está
ahora, porque se halla siempre en nosotros, aunque con suma frecuencia no Lo
reconozcamos ni nos acerquemos a. Él.
“La característica de la enseñanza
personificada en la tradición cristiana, es que Dios no constituye un ser
apartado del mundo común de nuestra experiencia, sino que está presente en
todas partes de ese mundo, con su maldad, ignorancia y dolor. En lenguaje
simbólico, Dios ha tomado sobre Sí los pecados y dolores del mundo y sufre con
nosotros, de modo que no estamos separados de Él por nuestros fracasos e
imperfecciones o por la muerte. Su reino
está dentro nuestro, mientras nos esforzamos por lograr lo que internamente
reconocemos como divino.
“Dicho en lenguaje más directo, la
manifestación de Dios no es alcanzar la realización de un bien imaginario,
ahora o en el futuro, sino en el esfuerzo por lograr lo mejor. Dios vive y
actúa en este esfuerzo consciente. Al experimentar este esfuerzo en nosotros y
percibirlo en los demás y en la naturaleza, de la cual somos parte, sentimos la
presencia y el amor de Dios.” 101
La
relevante lección que nos espera es la realidad de que “... la naturaleza
humana tal como la conocemos, no puede proporcionarnos felicidad sin
sufrimiento, ni perfección sin el sacrificio de sí misma”.102 Para
nosotros el reino constituye la visión, pero para Cristo fue una realidad. El
servicio al reino es nuestro deber y también es el método para liberarnos de la
esclavitud de la experiencia humana. Esto es lo que debemos captar, llegar al
convencimiento de que sólo hallaremos la liberación sirviendo al reino.
Estuvimos demasiado tiempo sujetos por los dogmas del pasado, y vemos hoy una
natural rebelión contra la idea de la salvación individual por el sacrificio de
la sangre de Cristo, que constituye la enseñanza externa y más evidente, pero
lo que realmente nos concierne es el significado interno, que sólo podemos
experimentar cuando enfrentamos lo que mora en nuestro interior. A medida que
las formas externas pierden su poder, con frecuencia surge el verdadero
significado. Prestemos atención a esas palabras que nos dicen:
“... que los dogmas cristianos tienen dos
aspectos, el exotérico y el esotérico, y la decadencia de los dogmas,
pretendidos o reales, es el acercamiento gradual a su significado más
espiritual... Que los hechos, tal como los conocimos una vez, están perdiendo
terreno como las palabras, y desde que Dios es Todo en el Todo, la lucha entre
la interpretación espiritual y material del universo, se debilitará a medida
que la unidad de ambos elementos se perciba y compruebe.
Cada
uno debe comprobar eso por sí mismo. A menudo el temor nos impide ser veraces
y enfrentar las realidades. Hoy es fundamental que encaremos el problema de la
relación de Cristo con el mundo moderno y nos atrevamos a ver la verdad sin
ningún prejuicio teológico. Nuestra experiencia personal en Cristo no sufrirá
en este proceso. Ningún argumento moderno ni teología, podrán arrancar a Cristo
del alma, una vez que ésta Lo ha reconocido, pues está fuera de toda
posibilidad. Pero también es muy posible que encontremos errónea la
interpretación teológica ortodoxa y que Cristo sea más incluyente de lo que se
nos ha hecho creer, y que el corazón de
Dios Padre sea más compasivo que el de quienes trataron de interpretarlo. Hemos
predicado sobre un Dios de amor y defendido una doctrina de odio. Hemos
enseñado que Cristo murió para salvar al mundo, tratando de demostrar que
solamente los creyentes pueden ser salvos, y hay millones de seres que viven y
mueren sin haber oído jamás hablar de Cristo. Vivimos en un mundo caótico,
tratando de construir un reino de Dios, divorciado de la actual vida cotidiana
y de la situación económica general, y al mismo tiempo, postulamos un cielo
lejano que podremos alcanzar algún día. Pero Cristo fundó un reino en la
Tierra, en el que todos los hijos de Dios tendrán igual oportunidad de
expresarse como hijos del Padre. Muchos cristianos encuentran imposible
aceptarlo y algunos de los mejores pensadores de la época repudiaron la idea.
Las siguientes palabras constituyen un ejemplo:
“Soy incapaz de aceptar el concepto
teológico de Dios como un ser perfecto, separado de todo mal, sufrimiento y
desorden de nuestro universo. Esta concepción me parece idólatra, semejante al
reconocimiento de algo definido e independiente de Dios. En el actual universo
de nuestra experiencia y no en ninguna otra parte, hallaremos a Dios. El Dios
que hallamos, vive y está activo, creando constantemente o poniendo orden en el
caos indefinido, presente en nosotros, en nuestra lucha por la verdad, la justicia
y la belleza, así como también cuando abandonamos esa lucha, incurriendo en la
desarmonía interna que experimentamos entonces. Si no fuera por el caos no
podríamos concebir un Dios activamente creador y viviente. Debemos considerar
el caos como el trasfondo indefinido de la historia definida, la manifestación
progresiva de Dios. Si consideramos la concepción de un Dios fuera de todo
sufrimiento e imperfección, hallaremos que carece de sentido real en el mundo
de nuestra experiencia. Sólo en la lucha, el Dios de la religión se nos revela
como un Dios de Amor, Verdad y Belleza.” 104
La
salvación individual es, sin duda, egoísta en su interés y en su origen.
Debemos servir para ser salvos, y sólo podemos servir inteligentemente si
creemos en la divinidad de todos los hombres y en el incomparable servicio de
Cristo a la raza. El reino es un reino de servidores, porque cada alma salvada
debe, sin compromiso alguno, plegarse a las filas de los que sirven
incesantemente a sus semejantes. El Dr. Albert Schweitzer,105 cuya
visión del reino de Dios es tan extraordinaria y real, señala esta verdad y sus
grados de reconocimiento, en los siguientes términos:
“Las etapas descendentes del servicio
corresponden a las etapas ascendentes de la regla:
1. El
que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.
Mr., 10:43
2. El
que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos (los
demás). Mr., 10:44.
3. Porque
el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en
rescate por muchos. Mr., 10:45.
“La culminación es doble. El servicio de los
Discípulos se extendía solamente a su círculo; el servicio de Jesús a un número
ilimitado, es decir, a todos los que pudieran beneficiarse con Su muerte y
sufrimiento. En el caso de los discípulos, fue simplemente una cuestión de sometimiento
altruista; en el caso de Jesús significó el amargo sufrimiento de la
muerte. Ambos casos se cuentan como servicio, porque establecen un derecho
a una posición de mando en el Reino.”
El amor es el principio y el fin, y en el amor servimos y trabajamos. La
larga jornada termina en la gloria de la renunciación del deseo personal y en
la dedicación al servicio viviente.
Notas:
1.
Mirage and Truth, de M. C. D'Arcy, S. J.,
pág. 149
2.
Religious Realism, pág. 26.
3.
The Paganism in Our Christianity, de
Arthur Weigall, págs. 86, 87.
4.
He. 14:17.
5.
Pagan and Christian Creeds, de Edward
Carpenter, págs. 20, 21.
6.
Ídem, págs. 129, 130.
7.
Bible Myths, de Doane, Capítulos XX.
8.
II Ti. 1:12.
9.
Wretlers with Crist, de Karl Pfleger, pág.
255.
10.
Pagan and Christian Creeds, págs. 217,
218.
11.
The Paganism of Our Christianity, de
Arthur Weigall, pág. 79.
12.
The Celestial Ship of de North, de E. V.
Straiton, T. I, pág. 104.
13.
Astrology of de Old Testament,de Anderson.
14.
Ez: 1:10.
15.
Ap. 4:6-7.
16.
Lc. 22:10.
17.
Citado en The Testament of Man, de Arthur
Stanley, pág. 498.
18.
Jn. 12:32.
19.
Mt. 10:39.
20.
Fil. 3:10, 11, 12.
21.
Jn. 17:16.
22.
The Paganism of Our Christianity, de
Arthur Weigall, pág. 152.
23.
Jn. 19:30.
24.
Mt. 25:21.
25.
The Paganism in Our Christianity, págs.
247, 248.
26.
The Supreme
Spiritual ldeal, de Sri Radhakrishnan, The Hibbert Journal, octubre de 1936.
27.
La Doctrina Secreta, de H. P. Blavatsky, T.
1, pág. 231, 2ª Ed., Kier S. A.
28.
Ro. 8:16, 24.
29.
The Supreme
Spiritual Ideal, The Hibbert Journal, octubre de 1936.
30.
Wrestlers With,
Christ, pág. 275.
31.
I Co. 15:31.
32.
Wrestlers with
Christ, de Karl Pfleger, pág. 285.
33.
Four Stages, pág.
143.
34.
Thrice-Greatest
Hermes, T. I, pág. 141.
35.
Wrestlers with
Christ, pág. 242.
36.
The Paganism in Our
Christianity, de Arthur Weigall, pág. 250.
37.
Ídem, págs. 132, 133
38.
Ídem, pág. 16.
39.
Ídem, págs. 160, 161.
40.
Ídem, pág. 158.
41.
Ídem, pág. 166.
42.
The Idea of
Atonement, pág. 248.
43.
Reality and
Illusion, pág. 98.
44.
A student's
Philosophy of Religión, de William K. Wright, pág. 178.
45.
Wrestlers with
Christ. de Karl Pfleger, pág. 27.
46.
The Supreme
Spiritual Idealde S. Radhakrishnan, The Hibbert Journal, octubre de 1936.
47.
Fil., 2:12.
48.
Psychology and the
Promethean Will, pág. 8.
49.
I Jn., 4:8.
50.
The Divinity in Man,
de J. W. Graham, pág. 62.
51.
Webster's Unabridged Dictionary.
52.
Psychology and God,
pág. 136.
53.
Stg., 4:17.
54.
I P., 3:4.
55.
The Meaning of God
in Human Experience, pág. 398.
56.
Psychology and God,
pág. 199.
57.
Ídem, págs. 130, 131.
58.
Ídem, pág. 129.
59.
Ídem, pág. 129.
60.
Pagan and Christian
Creeds, de Edward Carpenter, pág. 45.
61.
Lc. 17:2.
62.
Wrestlers with Christ,
de Karl Pfleger, págs. 241, 242.
63.
The Recovery of
Truth, pág. 548.
64.
Eros arsd Psyche, de Benchara Branford, pág.
318.
65.
He. 4:15.
66.
Jn. 7:17.
67.
The God Who Speaks,
págs. 20, 21.
68.
The Recovery of
Truth, de Hermann Keyserling.
69.
Jn. 10:10.
70.
The World Breath, de
L. C. Beckett, pág. 142
71.
Ídem, págs. 139,
140.
72.
The Soul's
Discipleship, de Father Andrew, págs. 118, 119.
73.
The Buddha and the
Christ, pág. 215.
74.
The World Breath, de
L. C. Beckett, pág. 251.
75.
Some Mystical
Adventures, de G. R. S. Mead, pág. 161.
76.
Crucified with Christ,
Sermón.
77.
Psychology and the
Promethean Will, de W. H. Sheldon, págs. 85, 86.
78.
The Mystery of the
Kingdom of God, de A. Schweitzer, pág. 56.
79.
Lc. 23:34.
80.
Lc. 23:43.
81.
Jn. 19:26.
82.
Mt. 27:46.
83.
Jn. 19:28.
84.
Jn. 19:30.
85.
Lc. 23:46.
86.
The World Breath, de
L. C. Beckett, pág. 252.
87.
Extraído del sermón The Divine Justice, de
R. J. Campbell.
88.
Eros and Psyche, de
Benchara Branford, pág. 87.
89.
The Fool Hath Said,
de Beverley Nichols, pág. 253.
90.
Reality and
Illusion, de Richard Rothschild, pág. 221.
91.
Splendour in the
Night, de A. Pilgrim, págs. 61, 62.
92.
Cristianismo Esotérico, de Annie Besant,
págs. 119, 120.
93.
Sermons, 3ª serie, de F. W. Robertson, pág.
100.
94.
Colloquia Crucis, de Dora Greenwell, pág. 14
f.
95.
Ro. 8:17.
96.
Ef. 4:4, 5, 6.
97.
Sal. 31:5.
98.
Mt. 27:51.
99.
A Philosophy of
Form., de E. I. Witkins, págs. 178, 179.
100.
Mt. 5:16.
101.
Materialism, de J. S. Haldane, pág. 152.
102.
Mirage and Truth, de
M. B. D'Arcy, S. J., pág. 179.
103.
Think for Youself,
de T. Sharper Knowlson, pág. 186.
104.
Materialism, de J. S. Haldane, págs. 174, 175.
105.
The Mystery of the
Kingdom of God, pág. 75.
CAPITULO VI
LA
QUINTA INICIACIÓN ... LA RESURRECCIÓN
Y
LA ASCENSIÓN
PENSAMIENTO
CLAVE
“Aparte de Cristo, nada sabemos de nuestra
vida ni de nuestra muerte; no sabemos qué es Dios ni qué somos nosotros.”
Pascal: Pensamientos
“Hay un
Alma sobre el alma de cada uno,
un alma más
poderosa que, sin embargo, ¡pertenece a todos!
Hay un
sonido hecho de todo el lenguaje humano,
múltiple,
como formado por todos los cantos:
Y en esa
Alma vive cada uno y en cada uno vive esa Alma,
aunque todas
las edades son su vasta vida;
cada alma
que muere en su más sagrado todo
recibirá
vida que durará eternamente.
Richard Watson Dixon
Esta
iniciación se divide en dos partes de las cuales poco sabemos. Los detalles del
episodio de la Resurrección o las crisis en la vida de Cristo, no fueron
relatados por quienes escribieron El Nuevo Testamento. Les resultó imposible
conocer algo más. Después de la Crucifixión poco se dice de la vida de Cristo,
y en qué ocupó el tiempo después de la resurrección hasta abandonar a los Apóstoles
y “ascender a los Cielos”, frase simbólica que puede tener muy escaso
significado para cualquiera de nosotros. La iniciación crucial que la humanidad
puede comprender en esta época, es la cuarta. Sólo cuando hayamos dominado la
significación del servicio y del sacrificio, puede revelársenos en su
verdadero sentido la realidad de la inmortalidad. Cómo resucitó Cristo, cuáles
fueron los procesos realizados, exactamente en qué cuerpo apareció, no podemos
decirlo. Aseguran los Apóstoles que ese cuerpo era semejante al que Cristo
empleara anteriormente, pero si fue el mismo cuerpo, milagrosamente resucitado,
si fue Su cuerpo espiritual que parecía ser el mismo ante los ojos físicos de
quienes Le amaban, o si había construido un cuerpo totalmente nuevo, similar al
anterior, no es posible decirlo; tampoco podemos dudar de la visión
sobrenatural de los discípulos, o que por la intensificación de Su divinidad
expresada, Cristo hubiera estimulado la visión interna de Sus Apóstoles de tal
modo, que vieran clarividentemente o en otra dimensión. Lo importante es que
resucitó nuevamente, que fue visto por muchos y que la realidad de Su
resurrección fue reconocida y quedó grabada en la mente de Sus amigos, durante
dos o tres siglos después de Su partida.
La
psicología de los discípulos es la mejor prueba que tenemos de la realidad de
su convicción de que la muerte no había podido retener al Salvador, y que Él
estaba presente después de la muerte y vivía entre ellos. Resulta difícil concebir
esta elevada realización en la conciencia, tal como la demostraron.
Aparentemente su mundo había terminado en la Cruz. Aparentemente Cristo les
había fallado, y en vez de ser divino Hijo de Dios y Rey de los Judíos, sólo
era un hombre común, convicto de traición y castigado como cualquier vulgar
malhechor. Lo que debieron soportar durante los tres días de Su ausencia, no
es difícil imaginarlo. Desesperanza, desesperación, desconfianza de sí mismos
y desprestigio entre sus amigos; la causa de por qué estuvieron tan dispuestos
a dedicarse, mientras deambulaban con Cristo de un lado a otro en Tierra Santa,
se había terminado y derrumbado. Su Conductor estaba desacreditado. Entonces
ocurrió algo que alteró todo el curso de sus pensamientos. Toda confianza,
esperanza y propósitos perdidos, fueron restablecidos y los primeros siglos de
la historia cristiana (antes que la teología cambiara la interpretación,
alterando así el Evangelio del amor, convirtiéndolo en un culto separatista)
nos lo revela.
“... a un grupo de hombres y mujeres, plenos
de confianza, entusiasmo y valor, dispuestos a enfrentar la persecución y la
muerte, como ansioso misionero. ¿Qué fue lo que les otorgó esta nueva
característica? Algunos de ellos hacía poco habían huido desalentados ante la
primera amenaza de peligro personal. Cuando Jesús fue crucificado perdieron la
última esperanza de que Él pudiera probar que era el Cristo. Cuando fue sepultado,
el cristianismo también estaba muerto y enterrado. Luego estos mismos hombres y
mujeres, pocas semanas después, habían cambiado totalmente. No por haber
renacido en pocos de ellos una leve esperanza. Todos estaban completamente,
seguros de que Jesús era, en realidad, Cristo. ¿Qué ocurrió que produjera esta
transformación? La respuesta es unánime: al tercer día resucito de entre los
muertos.” 1
“Cristo ha resucitado”, es su clamor, y porque
ha resucitado, el reino de Dios puede continuar en la tierra, y Su mensaje de
amor difundirse ampliamente. Saben ahora, más allá de toda controversia, que
Él ha vencido a la muerte, y que en los años venideros también ellos verán
derrotada a la muerte. Es evidente, por sus escritos y su entusiasmo, que
esperaban un reino inmediato y que la realidad de la inmortalidad fuera
universalmente reconocida. Que estaban equivocados, lo prueban los casi dos mil
años de cristianismo. No somos todavía ciudadanos de un reino divino que se
manifiesta definidamente en la tierra. El temor a la muerte es tan fuerte como
siempre, y la realidad de la inmortalidad aún una fuente de especulación para
millones de seres. Pero lo que falló fue su sentido del tiempo y no
comprendieron los lentos procesos de la naturaleza. La evolución marcha
lentamente y recién ahora nos encontramos verdaderamente al borde de la manifestación
del reino de Dios sobre la Tierra. Debido a que estamos al final de una era,
sabemos que el dominio que ejerce la muerte sobre el ser humano y el terror que
inspira el ángel de la muerte, pronto desaparecerán. Se desvanecerán porque
consideraremos a la muerte como otro paso en el camino hacia la luz y la vida,
y nos daremos cuenta que a medida que la vida crística se expresa en todos los
seres humanos y a través de ellos, demostrarán para sí y para el mundo, la
realidad de la inmortalidad.
La
clave para la derrota de la muerte y los procesos para comprender el
significado y el carácter de la eternidad y de la continuidad de la vida,
pueden ser revelados sin peligro sólo cuando el amor se posesione de la
conciencia humana y cuando el bien para el todo, y no el bienestar egoísta del
individuo, se considere como supremo. Sólo por el amor (y el servicio como
expresión de ese amor) puede comprenderse el verdadero mensaje de Cristo, y los
hombres podrán así seguir hacia una resurrección gozosa. El amor nos hace más
humildes, y al mismo tiempo más sabios. Penetra en lo más hondo de la realidad
y tiene la facultad de descubrir la verdad que la forma oculta. Los primeros
cristianos eran sencillos en este sentido, porque se amaban entre sí, amaban a Cristo y al Cristo que moraba en
cada uno de ellos. El Dr. Grensted2 señala esto en los siguientes
términos, proporcionándonos una admirable síntesis de la actitud de los
primeros cristianos y del acercamiento a Cristo y a la vida del mundo en esos
días de entusiasmo:
“Hablaban de Dios en términos sencillos. No
pensaban en Jesús de Nazaret como si fuera un experimento crucial. Lo conocían
como Amigo y Maestro y dedicaban entusiastamente todo su ser a Su amistad y
servicio. Predicaban las buenas nuevas acerca de Jesús. Daban por sentado que
los hombres querían significar algo cuando hablaban de Dios, sin tener en
cuenta la herencia que recibieron del judaísmo; pusieron a la par de esta
doctrina al Jesús que habían conocido vivo y muerto, y vivo nuevamente. Habían
pasado por algo más que un período interminable de milagros inexplicables,
curaciones y voces, y por un extraño dominio sobre la naturaleza, culminando
con la conquista de la muerte. Si hubieran relatado esas cosas, el mundo y
nosotros lo hubiéramos creído. Tales historias siempre son oídas. Los hombres
no sabrían más de lo que saben del significado de Dios. Pero su experiencia
habría sido la de una Amistad, desconocida para el hombre, de un fracaso
desastroso, un increíble perdón y una vida nueva, libre y creadora. Nada de
esto ellos realizaron. Sabían que eran hombres hechos nuevos y que el amor fue
el método para tal renovación. Ésta fue la mayor y más significativa
providencia y liberación que los judíos habían pretendido obtener de su
Dios-Creador. Sin embargo, no podían creer que no fuera Su obra, ya que Dios,
según enseñaba la tradición nacional, es Uno solo. Interpretaba para ellos,
expuesto en forma muy cautelosa, la realidad creadora, que ellos y los demás
hombres habían considerado con incertidumbre y hasta con temor. Desde
entonces, la hipótesis central que los hombres llaman Dios, fue conocida como
amor, y Él Se manifestó en todas partes en la medida en que el amor fue
transferido de Cristo a la fraternidad de la comunidad cristiana.”
Cristo
hubo resucitado y con Su resurrección probó que la humanidad tiene en sí la
simiente de la vida y que no existe la muerte para el hombre que podía seguir
los pasos del Maestro.
En el pasado, por estar absorbidos en la
consideración de la Crucifixión, tendemos a olvidar el hecho de la
Resurrección. Sin embargo, durante el Día de Pascua, los creyentes expresan en
todo el mundo su creencia en el Cristo resucitado y en la vida más allá de la
tumba. Se ha debatido desde muchos ángulos la cuestión de la posibilidad de Su
resurrección; el Cristo resucitó como ser humano o como Hijo de Dios. Se han
preocupado profundamente de probar que así como Él resucitó, resucitaremos
nosotros, siempre que creamos en Él. A fin de llenar la necesidad teológica de
probar que Dios es amor, hemos inventado un lugar de disciplina, denominado con
distintos nombres, tal como purgatorio, o las diversas etapas de los diferentes
credos en el camino que recorren los espíritus de los difuntos para llegar al
cielo, pues mueren y han muerto muchos millones sin haber oído nunca hablar de
Cristo. No les es posible creer en Él como personaje histórico. Desarrollamos
doctrinas de la inmortalidad condicional y de la expiación, por medio de la
sangre de Cristo, en un intento de glorificar la personalidad de Jesús y de
salvaguardar a los creyentes cristianos, reconciliando las interpretaciones
humanas con la verdad de los Evangelios.
Enseñamos la doctrina del infierno ardiente y del castigo eterno, y luego
tratamos de adaptarla a la creencia general de que Dios es amor. Sin embargo,
la verdad es que Cristo murió y resucité porque era la divinidad inmanente en
el cuerpo humano.
Mediante
los procesos de evolución e iniciación, Cristo nos demostró el significado y
propósito de la vida divina, presente en Él y en todos nosotros. El Dr.
Tsanoff,3 refiriéndose al problema de la inmortalidad y a la obra de
Cristo, cita a varias autoridades para probar que Cristo como hombre-Dios,
venció a la muerte, porque es innato en la humanidad hacerlo, y dice:
“Para Salmond, Cristo proporciona la
indudable seguridad de una vida futura: las palabras de Cristo representan para
mí la más alta autoridad, más allá de la cual no busco otra... El cristianismo
da lo que no puede dar la filosofía —la conciencia de una relación personal con
el Uno, afín a nosotros, que ha llevado a nuestra naturaleza a vencer a la
muerte. Dole no se deja impresionar mucho por el relato de la resurrección de
Cristo, pero sí por su significación. No es necesario creer que su cuerpo
resucitado pasó a través de puertas cerradas y apareció a sus discípulos. La
realidad más profunda es que quienes le conocieron creyeron que su persona
estaba por encima del alcance de la muerte. Lo que murió no fue aquello que
constituía su persona. A una conclusión similar, pero en forma más ortodoxa,
llega el Obispo Welldon: Cristo... es el hombre arquetípico... Por Su ejemplo
personal, Él reveló... la Vida Eterna como prerrogativa de la naturaleza
humana... Lo que el Hombre haya hecho, el hombre puede aspirar a hacerlo. Lo
que haya sido el Hombre, el hombre puede llegar a serlo”.
Porque
Cristo era humano, resucitó. Porque era divino también resucitó, y al actuar
en el drama de la resurrección reveló ese gran concepto de la continuidad del
desenvolvimiento que ha sido siempre tarea de los misterios eternos, revelar.
Una
y otra vez encontramos que los tres episodios que se relatan en el Evangelio
no son hechos aislados en la vida de Jesús de Nazaret, sino que se llevaron a
cabo repetidas veces en los retiros secretos de los Templos de los Misterios,
desde los albores de las edades. Los salvadores del pasado fueron todos sometidos a los procesos de la muerte, en una
u otra forma, pero todos resucitaron o fueron trasladados a la gloria. En las
ceremonias de la iniciación este entierro y resurrección, al cabo de tres días,
eran muy familiares. La historia narra que muchos de esos Hijos de Dios
murieron y resucitaron para ascender finalmente al cielo. Vemos, por ejemplo,
que “las exequias de Adonis se celebraron en Alejandría (Egipto) con toda
pompa. Su imagen era conducida con gran
solemnidad a una tumba, a fin de rendirle las últimas honras. Antes de cantar
sobre su retorno a la vida se celebraban algunos ritos fúnebres honrando su
sufrimiento y muerte. Se mostraba la gran herida que recibió, como se muestra
la herida del lanzazo que Cristo recibiera. La festividad de su resurrección se
fijó para el 25 de marzo”.4 Existe la misma leyenda relacionada con
los hombres de Tamuz, de Zoroastro, de Esculapio, a quien se refirió Ovidio en
los términos siguientes:
¡“Salve, Gran Médico del mundo! ¡A todos,
salve!
Salve, poderoso Infante que en años
venideros,
sanarás los pueblos y defraudarás la tumba.
Raudo será Tu desarrollo, Tus triunfos
ilimitados
harán que los reinados se ensanchen y medre
la humanidad.
Tu atrevido arte animará a los muertos,
atrayendo el trueno a Tu testa culpable;
entonces morirás, pero de la tenebrosa
morada
renacerás victorioso y serás dos veces
Dios”.5
Dichas
palabras podrían aplicarse a Cristo con toda propiedad y sirven para señalar la
antigüedad de la Enseñanza de los Misterios, que en ininterrumpida continuidad
han revelado la divinidad en el Hombre y mostraron el Camino de un Salvador.
Pero en los tiempos antiguos esos misterios se representaban en secreto y los
ritos de la iniciación se administraban solamente a quienes eran aptos para
soportar el paso de las cinco grandes experiencias, desde el Nacimiento hasta
la Resurrección. El carácter de excepcionalidad que tiene la obra de Cristo reside
en el hecho de que fue el primero en actuar en todos los ritos y ceremonias
rituales de la iniciación, públicamente ante el mundo, demostrando así a la
humanidad la divinidad centrada en una sola persona, de modo que todos pudieran
ver, aprender, creer y seguir Sus pasos.
Se
cuentan las mismas historias acerca de Hércules, Baldur, Mitra, Baco y Osiris,
para mencionar algunos entre un vasto número. Uno de los primeros Padres de la
Iglesia, Firmicus Maternus, dice que los misterios de Osiris guardan un gran
parecido con la enseñanza cristiana, y que después de la resurrección sus
amigos se regocijan diciendo: “Lo hemos encontrado”. Annie Besant, en un pasaje
iluminador, dice: 6
“En los Misterios cristianos, como en los
antiguos Misterios egipcios, caldeos y otros, existía un simbolismo externo que
expresaba las etapas por las que el hombre debía pasar. El aspirante era
conducido a la cámara de la Iniciación
donde se le tendía en el suelo con los brazos extendidos, algunas veces sobre
una cruz de madera, otras simplemente sobre el piso de piedra, en la postura de
un crucificado. Entonces se le tocaba en el corazón con el tirso (la ‘lanza’ de
la crucifixión) y abandonando el cuerpo, pasaba a los mundos del más allá,
cayendo el cuerpo en trance profundo, es decir, la muerte del crucificado. El
cuerpo era colocado en un sarcófago de piedra y permanecía allí, celosamente
vigilado. Mientras tanto el hombre deambulaba primero por las extrañas y oscuras
regiones llamadas ‘el corazón de la tierra’, de donde ascendía al monte
celestial y allí se revestía con el perfecto cuerpo de la bienaventuranza
totalmente organizado, como vehículo de la conciencia. Con ese vehículo volvía
al cuerpo de carne para reanimarlo. La cruz que sostenía al cuerpo, o, si no
se había utilizado la cruz, el cuerpo rígido en trance, era sacado del
sarcófago y colocado sobre un plano inclinado, mirando hacia oriente, esperando
la salida del sol al tercer día. En el momento en que los rayos del sol tocaban
el rostro, Cristo, el Iniciado perfecto o Maestro, volvía a entrar en el
cuerpo, glorificándolo con el cuerpo de bienaventuranza que empleaba, cambiando
el cuerpo de carne, por contacto con aquél, dándole así nuevas propiedades,
nuevos poderes, nuevas capacidades, trasmutándolo a Su propia semejanza. Esa
fue la Resurrección de Cristo, y desde ese momento el propio cuerpo de carne
fue cambiado y adquirió una nueva naturaleza”.
Vemos
así que la historia de la resurrección es de muy antigua data, y que Dios
siempre ha presentado a la humanidad, por medio de los Misterios y Sus Hijos,
la realidad de la inmortalidad, como lo hiciera a nuestro mundo cristiano, por
la muerte y resurrección de Su Hijo bienamado, Jesucristo.
Todo
este problema de la muerte y la inmortalidad está absorbiendo gran parte de la
atención pública actualmente. La Guerra Mundial presentó a la conciencia
pública la realidad de la muerte, en forma nueva e impresionante. Probablemente
no hubo una sola familia en más de veinte naciones, que no hubiera tenido que
lamentar de una manera u otra, alguna muerte. El mundo ha pasado por un
proceso de muerte, y en la hora actual, el misterio de la Resurrección se está
convirtiendo en el tema de mayor importancia en la mente de los hombres. La
idea de la Resurrección se acerca cada vez más, y su significación ha sido la
idea central de la Fraternidad Masónica a través de las edades, constituyendo
el punto focal del trabajo del sublime Grado Tercero. En estrecha relación con
esta “resurrección” masónica, puede citarse un sermón de Buda poco conocido,
donde enseña a Sus discípulos el significado de los “cinco puntos de la
Amistad”, vinculando esos cinco puntos con las cinco crisis de la vida de
Cristo y los cinco puntos de la leyenda masónica. Todas estas referencias
sirven para demostrar la continuidad de la revelación, de la cual la Resurrección
(con la consiguiente Ascensión) fue el acontecimiento culminante para
Occidente.
La necesidad más imperiosa del cristianismo
actualmente, es hacer resaltar el viviente Cristo resucitado. El Canónigo B. H.
Streeter así lo cree cuando dice: “... el punto de partida histórico del
cristianismo no es la cruz sino la convicción de que Cristo resucitó”.7
Discutimos demasiado sobre la muerte de Cristo tratando de imponer al mundo un
Cristo estrechamente sectario. Nutrimos los fuegos de la separatividad mediante
divisiones, sectas, iglesias e “ismos” cristianos. “Son legión” y la mayoría
se funda en una presentación sectaria del Cristo muerto y en los primitivos
aspectos de Su historia. Unámonos teniendo por base el Cristo resucitado —el
Cristo que vive hoy—; Cristo, fuente de inspiración y fundador del reino de
Dios; Cristo, el Cristo cósmico, eternamente sobre la Cruz y, sin embargo,
eternamente vivo; Cristo, el Salvador histórico, el fundador del cristianismo
custodiando Su Iglesia; Cristo el místico y el Cristo mítico, representando en
el lienzo de los Evangelios los episodios del desenvolvimiento, para que
quienes viven puedan conocerlo y seguirlo, y Cristo vivo hoy en todo corazón
humano, la garantía de la divinidad y del impulso hacia esa divinidad que la
humanidad manifiesta constantemente. Porque la presencia de Cristo en el
hombre, la convicción de la divinidad y la consiguiente inmortalidad del
hombre, parecen ser inherentes a la conciencia humana. Inevitablemente ocupará
cada vez más la atención del hombre hasta que lo demuestre y compruebe;
mientras tanto, ha sido comprobado que hay algo que persiste más allá de la
muerte física. La realidad de la inmortalidad no ha sido probada todavía,
aunque constituye la creencia básica de millones de seres, y cuando tal
creencia es universal, sin duda debe haber una base.
Todo
este problema de la inmortalidad está íntimamente relacionado con el de la
divinidad y el del mundo invisible subjetivo, que parece subyacer en el mundo
visible y tangible, haciendo sentir frecuentemente su presencia. Por lo tanto,
comenzando con la premisa de lo oculto e invisible, es probable penetrar en él
oportunamente y descubrir que siempre estuvo con nosotros y fuimos ciegos e
incapaces de reconocer Su presencia. Alguien siempre lo ha hecho y ha emitido
su nota, fortaleciendo nuestra creencia, respaldando nuestra esperanza y
garantizando esa experiencia eventual. El siguiente párrafo expresa esta idea:
“Sólo cuando reconozcamos que lo más
recóndito de todo hombre está enraizado en un mundo divino y eterno, y que él
no sólo es un fenómeno externo..., sino una esencia eterna y única, un miembro
necesario e irremplazable del todo absoluto, podemos aceptar razonablemente
dos grandes verdades absolutamente indispensables, no únicamente para la
teología, la ciencia de la religión, sino para la vida humana en general, la
verdad de la libertad y la verdad de la inmortalidad humanas.”8
¿Cómo
reconoceremos la verdad o realidad cuando tropecemos con ella? ¿Cómo sabremos
que una doctrina es o no de Dios? Es fácil cometer errores, creer lo que
queremos y engañarnos a nosotros mismos, en el deseo de que nuestras propias
ideas sean respaldadas por nuestra mente. Las palabras del Dr. Streeter,9 representan una
definida nota de aliento, porque indican los requisitos posibles de cumplir.
“Hasta la propia decepción, la última
fortaleza del enemigo, perderá su poder en la proporción en que el individuo se
ajuste a ciertas condiciones que (según los escritores bíblicos) debe cumplir
para poder recibir un mensaje auténtico de la divinidad —sea en el nivel del
profeta, creador de una época, o de la persona común, correctamente guiada en
el sendero del deber cotidiano.”
“Las principales condiciones son:
“1.
‘Estoy dispuesto a ser para el Padre Eterno lo que Su propia diestra es
para el hombre’. Devoción, absoluta o entrega total del yo a lo divino. ‘Heme
aquí, envíame a mí’, dice Isaías, y cuando Cristo dirigió a sus primeros seguidores
la palabra ‘Seguidme’, ellos abandonaron todo, se dice, y Le siguieron.
“2.
Autoconocimiento y la consiguiente admisión de haber fracasado. La
promesa: ‘Te guiaré con mi ojo’, según el salmo citado arriba, se le da al
hombre que ha confesado su iniquidad y por lo tanto ha establecido una
relación justa con Dios. La primera respuesta de Isaías al llamado divino, fue
un destello del autoconocimiento que proporciona al hombre la convicción de su
indignidad y de su pecado: ‘soy hombre de labios inmundos...’
“3.
‘Quedaos vosotros... hasta que seáis investidos de poder desde lo alto’
(Lc. 24:49). Pero esta vida de potencia, este instinto de poder, con amor, goce
y paz, sólo puede vivirse continuamente con dificultad, excepto en la
fraternidad, en la cual la mutua demanda, el aliento y la confesión del
fracaso, resultan fáciles...
“4.
levar a una vida así, tal fraternidad, implica cierta medida de
sufrimiento, sacrificio o humillación. ‘El que no lleva su propia cruz y
viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo’ (Lc. 14:27). Tal vez no sea
accidental que ya en El Antiguo Testamento, la promesa: ‘Tus oídos
escucharán una voz a tus espaldas, que dice: Éste es el camino, huéllalo’, haya
sido precedida por las palabras: ‘aunque el Señor te haya dado el pan de la
adversidad y el agua de la aflicción’.”
Se
necesita valor para enfrentar la realidad de la muerte, y para formular en
forma muy definida nuestras creencias sobre el tema. Las estadísticas dicen que
cada, año mueren alrededor de cincuenta millones de personas. Cincuenta
millones es más que la población total de Gran Bretaña, y sin duda constituye
un vasto grupo de seres humanos que emprende la gran aventura. Siendo esto así,
el establecimiento de la realidad de la Resurrección de Cristo y la verdad de
la inmortalidad, son de mucha mayor importancia que lo que el individuo puede
estimar. Tendemos demasiado a estudiar estos problemas desde el punto de vista
científico, o desde el ángulo puramente individual y egoísta. La muerte es el
único hecho que podemos predecir con absoluta seguridad y, sin embargo, la
mayoría de los seres humanos se rehusa a considerarlo, hasta que lo enfrenta
de modo inminente y personal. Edward Carpenter 10 sugiere que “el
arte de evitar la muerte demanda mucha atención y cientos de miles de libros
tratan el tema; sin embargo, desde que nadie puede realmente evitar la
experiencia y todos, tarde o temprano, deben pasarla, debiera pensarse que el
arte de llegar al fin, con discreción y presencia de ánimo, exigirá por lo
menos igual atención”. Las personas enfrentan la muerte de muy diversas
maneras; algunas con un sentimiento de autocompasión, se hallan tan preocupadas
por lo que dejan, por lo que termina para ellas, por el hecho de abandonar todo
lo que acumularon en la vida, que el verdadero significado del futuro
inevitable no les llama la atención. Otras la enfrentan con valor y encaran lo
inevitable, miran la muerte con osadía, porque no pueden hacer nada más. Su
orgullo los ayuda a salir al paso del acontecimiento. Aún otros rehusan
considerar en absoluto esa posibilidad. Se autohipnotizan hasta llegar a un
estado donde el pensamiento de la muerte es rechazado por la conciencia, que no
lo considera posible, de modo que cuando llega, les toma de sorpresa; están
inermes y lo único que pueden hacer es sencillamente morir. La actitud
cristiana, por lo general, es más precisa en su aceptación de la voluntad de
Dios, adoptando la resolución de considerar el acontecimiento como lo mejor que
pudiera ocurrir, aún cuando no lo parezca desde el ángulo del medio ambiente y
las circunstancias. La firme creencia en Dios y Su propósito predestinado para
el individuo, lleva a pasar triunfalmente por los portales de la muerte, pero
si se les dijera que ésta es simplemente otra forma del fatalismo del pensador
oriental, y una creencia fija en un destino inalterable, lo considerarían
falso. Los que así piensan se escudan tras el nombre de Dios.
Sin
embargo, la muerte puede ser más que todas esas cosas y enfrentada de distintas
maneras. Puede tener cabida definida en la vida y en el pensamiento, y podemos
prepararnos para ella como algo
inevitable, pero simplemente es el Originador de cambios. De este modo haremos
del proceso de la muerte una parte planeada de todo nuestro propósito de vida.
Podemos vivir teniendo conciencia de la inmortalidad, lo que agregará colorido
y belleza a nuestra vida; podemos fomentar la conciencia de nuestra futura
transición y vivir con la esperanza de su prodigio. La muerte así encarada,
considerada como un preludio para una ulterior experiencia viviente, cobra un
significado distinto. Se transforma en experiencia mística, una forma de
iniciación, que alcanza el punto culminante en la crucifixión. Todas las
anteriores renunciaciones menores nos preparan para la gran renunciación; todas
las anteriores muertes sólo son el preludio del estupendo episodio de morir.
La muerte nos trae la liberación temporaria de la naturaleza corporal, de la
existencia en el plano físico y de la experiencia visible, que quizás con el
tiempo será permanente. Constituirá la liberación de toda limitación, y aunque
creamos (como lo hacen millones de seres) que la muerte es sólo un intervalo en
una vida de progresiva acumulación de experiencia, o el fin de toda experiencia
(como sostienen otros tantos millones), no puede negarse el hecho de que la
muerte indica una transición definida de un estado de conciencia a otro. Si se
cree en la inmortalidad y en el alma, esta transición puede contribuir a una
intensificación de la conciencia, mientras que si predomina el punto de vista
materialista, puede indicar el final de la existencia consciente. La pregunta
crucial, ¿es por lo tanto inmortal lo que denominamos alma? ¿cuál es el
significado de la inmortalidad?
Es
urgente hoy, tener fe en el mundo subjetivo interno y en nuestra relación con
él. Sobre esto el trabajo y el mensaje del Cristo puede triunfar o caer. En
estos días se duda de todo —más que nada de la realidad del alma y su
inmortalidad. Esta etapa es necesaria y valiosa, siempre que tratemos de buscar
respuesta a estos interrogantes. El Dr. D’Arcy 11 hace notar que:
“...
pocos pueden ser persuadidos de que los interrogantes acerca del fin de la vida
no son más que pura pérdida de tiempo y las creencias no alteran la conducta.
Los antecedentes históricos demuestran que una cultura se desbarata cuando la
religión declina, y ...debe señalarse que la generación actual vive todavía
sobre la base de la tradición de la civilización cristiana. El agnóstico
moderno se beneficia con los ideales que impregnaron la mente de los hombres y
que empezaron ya a desvanecerse, y enfrenta disturbios morales de los que
estaban libre las generaciones anteriores.”
Muchos
pueden considerar esos “disturbios morales” como indicios alentadores para una
salida de las condiciones estáticas en todos los campos del pensamiento humano,
característica de principios del siglo pasado, y que hoy nos hallamos al borde
de una nueva era de valores espirituales más reales. Pero las estructuras más
nuevas de la fe y de la conducta deben fundarse sólidamente en lo mejor que
tiene el pasado. Los ideales que Cristo enunció son aún los más elevados en la
continuidad de la revelación, y Él Mismo nos preparó para que surjan esas
verdades que señalarán el momento del fin y el vencimiento del último enemigo,
cuyo nombre es Muerte.
Estas
dudas sobre las creencias y la lucha deben continuar con una inherente
esperanza, hasta haber logrado la seguridad y transformado la creencia en
conocimiento y la fe en certidumbre. El hombre sabe, incontrovertiblemente, que
hay una meta mejor que sus mezquinos objetivos, una vida que abarcará alcances
más amplios, permitiéndole eventualmente lograr su más alto ideal, aunque
tenuemente percibido. Una consideración de la Resurrección puede otorgar mayor
seguridad, siempre que tengamos en cuenta la larga continuidad de la revelación
declarada por Dios, y comprendamos que poco podemos conocer más allá del hecho
de que los Hijos de Dios han muerto y resucitado y que detrás de ello hay una
causa fundamental.
Los
tibetanos se refieren al proceso de la muerte como a la “entrada en la luz
clara y fría”.12 Es posible que la muerte pueda ser mejor
considerada como la experiencia que nos libera de la ilusión de la forma,
llevándonos a comprender claramente que cuando hablamos de la muerte nos
referimos a un proceso que concierne a la naturaleza material, el cuerpo, con
sus facultades psíquicas y sus procesos mentales. Por lo tanto esto puede reducirse
al interrogante de si somos el cuerpo y nada más que el cuerpo, o si las
antiguas escrituras de la India tenían razón cuando afirmaban:
“Cierta es la muerte de todo lo nacido y
cierto es el nacimiento de todo lo que muere; por lo tanto, no nos aflijamos
por lo inevitable... El señor del cuerpo mora, por siempre inmortal, en el
cuerpo de cada uno de nosotros.” 13
Un poeta cristiano moderno ha expresado la
misma idea en bellas palabras:
“La muerte
es para la vida como el mármol para el escultor,
que espera
el toque que libera al alma;
la muerte
es el momento en que el nadador siente
el intenso
dolor de la zambullida en la piscina,
seguido por
la risa donde afluyen las burbujas
de
esparcida agua, que el sol
la
convierte en cristales: vida y luz son una.” 14
Correspondería
ahora inquirir qué es lo que queremos que perdure. El análisis de nuestra
actitud hacia toda la cuestión de la muerte y la inmortalidad, a menudo puede
servirnos para aclarar en nuestra mente lo indefinido y lo vago, basados en el
temor, la inercia mental y el pensamiento confuso. Por eso acuden a nuestra
mente algunos interrogantes que exigen consideración.
¿Cómo
sabemos que el proceso de la muerte produce cambios tan definidos en nuestra
conciencia, hasta resultarnos fatal, como seres sensorios, y hace inútil todo
esfuerzo previo del pensamiento, desarrollo y comprensión? ¿El milagro de la
Resurrección de Cristo, en lo que concierne a Su Personalidad, residió en el
hecho de que después de haber pasado por la muerte y habiendo resucitado una
vez más, era esencialmente la misma Persona, sólo con más poderes? ¿No podría
suceder lo mismo con nosotros? ¿No podría la muerte eliminar simplemente la
limitación en el sentido físico, dejándonos una acrecentada sensibilidad y un
sentido más claro de los valores?. Esta vida nos ha moldeado y forjado en una expresión
evidente y definida de forma y cualidad, que, justa o erróneamente, constituye
lo que se llama el Yo, el hombre verdadero, desde el punto de vista de la vida
humana. Hay algo en nosotros que rechaza una identificación final con la forma
física, pese a lo que la ciencia y los inexpertos puedan decir. Un Yo interno,
intuitivo, sustancial, repudia firme y universalmente toda aniquilación,
manteniendo constantemente la creencia de que la búsqueda y la meta, los
valores percibidos por los cuales luchamos, deben, de alguna manera, en algún
momento y en alguna parte, demostrar su valor. Cualquier otro punto de vista
que argumente la falta total de un plan inteligente en la existencia, lleva a
la desesperación que San Pablo expresara: “Si en esta vida sólo esperamos en
Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”.15 Sin
lugar a dudas estamos en camino hacia algo dinámico y valioso; de lo contrario,
la vida sería un proceso fútil de divagaciones sin objeto, para cuidar un
cuerpo y educar una mente que no poseen valor alguno ni sirven para Dios ni
para los hombres. Sabemos que esto no puede ser así. Es verdad que:
“La esperanza en la inmortalidad es una
expresión cada vez más clara y más madura del autorreconocimiento del hombre
como peregrino en la búsqueda del valor eterno. Al razonar acerca del deseo
hacia la inmortalidad, no es que merezca tanta atención lo que deseamos, sino
más bien que en nuestro deseo estamos dirigiendo y orientando nuestra carrera
espiritual. El pequeño ‘eohippus’ dijo: ¡Voy a ser un caballo! El carácter
eternamente progresista del hombre, es un hecho comprobado que exige
reconocimiento; ningún argumento de tipo mecanicista puede dar razones para
sacarlo del mundo.” 16
De
la obra citada tomamos otras frases que son de real valor:
“La demanda de la vida eterna expresa la
convicción de que el proceso de la existencia, que ha revelado progresivamente
la importancia capital de lo psíquico, lo personal y los valores, justifica
rechazar la idea de que, después de todo, la disolución corporal consiste en
terminar con la actividad personal y anular todo valor. Es una idea impía,
pues, aunque no deseáramos la inmortalidad y, análogamente como H. G. Wells,
nos conformáramos con esta breve vida, ‘no sería para acreditar que Dios
estuviera igualmente contento’. El Amor que nos exalta y se exalta en nosotros,
no fue exaltado únicamente con el fin de humillarnos aún más. Las profundas
realidades de la personalidad humana deben pertenecer a la integridad del
Universo y ser protegidas y no confundidas mediante sus leyes. Esto es lo que
queremos significar cuando enunciamos nuestra esperanza de inmortalidad..., el
yo que aspira, e intenta lograr su meta, la contempla continuamente como la más
preciada y culminante de todas las cosas. En verdad, una vez alcanzada
cualquier meta particular, demuestra ser el peldaño para otra. El hombre llega
a percibir que sus fines carecen de finalidad y objetivo más allá de los
mismos; pero aún demanda más allá de las metas de su vida y mundo mortales, una
meta de metas, y a esta Meta de metas la exalta y glorifica en su religión y la
objetiva en su metafísica.” 17
La
prolongación del valor y de lo digno de tenerse en cuenta, y la continuación
del incentivo persistente, interno, divino, para progresar, crear y beneficiar
a lo demás, para quienes alcanzaron el punto donde el pensamiento es
consecutivamente posible, parece encerrar la clave del problema de la
inmortalidad. Toda la historia de Cristo lo prueba. Él ha probado con Su vida
consagrada al servicio y Su devoción a Sus semejantes, haber alcanzado la
etapa de Su evolución donde tuvo algo con qué contribuir de algún modo al bien
del todo; alcanzó la cima de la escala evolutiva y Su humanidad se perdía en
la divinidad que Él expresaba. Poseyó aquello que merecía ser ofrendado a Dios
y al hombre, y lo ofreció en la Cruz. Le costó Su vida para hacer Su
contribución a la fuente del conjunto cooperativo, pero lo hizo. Debido al
valor de lo que había logrado y de la vivencia de Su contribución, Cristo pudo
demostrar la inmortalidad. Es el valor inmortal el que sobrevive, y donde
existe ese valor, el alma ya no necesita la escuela de la experiencia humana.
“La inmortalidad no empieza después de la muerte, es un continuo
desenvolvimiento y mejoramiento de las actuales
actividades espirituales. ‘Vale la pena gozar de la inmortalidad, porque
una noble vida terrenal tiene un valor intrínseco propio’ “.18
Esta
idea da origen al interrogante: ¿Qué es lo que queremos que sobreviva? ¿Qué
parte de nosotros mismos consideramos que debiera ser inmortal? ¿Qué es en cada
uno de nosotros lo que justifica la persistencia? Sin duda, nadie pretende la
resurrección del cuerpo físico, ni desea verse otra vez atado y confinado a
este vehículo limitador, en el cual nos encontramos la mayoría de nosotros. Su
valor parece inadecuado para la experiencia de la resurrección y el don de la
inmortalidad. Tampoco deseamos, con toda seguridad, que nos controle nuevamente
la misma naturaleza psíquica con su conjunto de estados de ánimo, sentimientos
y reacciones sensorias a las condiciones ambientales. De ningún modo nos
complace la antigua idea de un paraíso almibarado, donde pasaríamos nuestro
tiempo envueltos en blancas túnicas, cantando y hablando de temas religiosos.
Se han trascendido estas ideas, de las que el propio Cristo es una negación
directa. Él resucitó de entre los muertos y entró en una vida de servicio
activo acrecentado. Las “otras ovejas” que debía reunir, tenía que buscarlas y
traerlas al redil;19 Sus discípulos debían ser entrenados e instruidos,
Sus seguidores guiados y ayudados y el reino de Dios debía organizarse en la
tierra. Todavía el Cristo resucitado Se mueve entre nosotros; con frecuencia no
Se lo reconoce, pero está siempre ocupado en la tarea de salvar al mundo y de
servir. No hay cielo de paz, ni descanso, ni inactividad para Cristo, mientras
no seamos salvos; nada de eso existe por cierto para quienes tratamos de
seguirlo. Conviene recordar a este respecto, que “el verdadero problema de la
inmortalidad personal no concierne a la duración limitada o infinita del yo. La
mera prolongación de la existencia no agregaría nada al valor personal, así
como la extensión de nuestros brazos no alcanzaría a la estrella más cercana.
El valor personal no demanda duración sino significación”.20 Lo
subrayado me pertenece. A. A. B.
Cuando
la vida de un hombre ha logrado significación, entonces está preparado para
hollar el camino de la purificación y de la probación, en preparación para los
misterios; a medida que se acrecienta su significación e influencia, el hombre
puede pasar, etapa tras etapa, por los procesos de la iniciación y hallar el
sendero de la santidad. Puede “nacer en Belén”, porque el germen de lo dinámico y viviente despierta y cobra
potencia y significación, debiendo, por lo tanto, aparecer; el hombre puede
pasar por las aguas de la purificación y alcanzar la cumbre del monte de la
transfiguración, donde todo lo que es de valor brilla en toda su gloria.
Habiendo alcanzado ese momento de elevada experiencia y reconociendo Dios lo
que hay de valor en él, sólo entonces está en condiciones de ofrecer su vida en
el altar del sacrificio y del servicio, y puede volver su rostro para ir a
Jerusalén y allí ser crucificado. Éste es el fin inevitable de lo que
realmente tiene valor. Es el propósito subyacente en todo el proceso de la
perfección, porque ahora hay algo digno de ser ofrecido. Pero aunque esto puede
ser el fin de la expresión física del valor, es esencialmente el momento del
triunfo de lo valioso y la demostración de su inmortalidad. Porque lo
que tiene valor, la belleza divina y oculta, que la experiencia de la vida y la
iniciación han revelado, no puede morir. Es esencialmente inmortal, y debe
vivir. Ésta es la verdadera resurrección del cuerpo.
“La ‘resurrección del cuerpo’, por ejemplo,
la resurrección de lo incorrupto en lo que ha sido sembrado en la corrupción,
como lo expresa tan acertadamente San Pablo, es un hecho magistral. El
nacimiento en su cuerpo del plasma esencial de lo más intimo del hombre, es la
actualización del cuerpo perfecto de lo incorruptible dentro del cuerpo físico
corruptible; de manera que el recién nacido sabe por real experiencia que ha
sido hecho de nuevo, de incontables maneras, en toda su naturaleza, que hasta a
los ‘muertos’ les parecería verdaderamente milagrosas —es decir, a quienes aún
no han resucitado en esas alturas, o se han precipitado en esas
profundidades.”21
Cuando
consideramos la conciencia de lo que es de valor y digno, así como el
reconocimiento de la capacidad y el poder de captación del hombre, la vida de
servicio (que conduce a la muerte) y la resurrección (que lleva a la plena
ciudadanía en el reino de Dios) comienzan a adquirir significado. El cuerpo no
tiene valor alguno. La suma total de nuestra disposición de ánimo y las
reacciones mentales a que estamos sometidos, sólo tienen valor para nosotros
mismos; el medio ambiente en que vivimos y nos movemos nada contiene que
justifique su eterna perpetuación. En resumen, la continuación del yo personal
en algún paraíso que sea la extensión de nuestra propia conciencia individual y
el concepto de una eternidad sin fin, vivida consigo mismo, ninguna atracción
tiene para la mayoría de nosotros. Sin embargo, hay un aspecto nuestro que
anhela la inmortalidad y el sentido de infinito. “La prolongación eterna de la
carrera del yo en el tiempo” ha causado mucha confusión. Si se pidiera
seriamente considerar el problema y responder con igual seriedad, muy pocos
sentirían merecer como individuos que las cosas se ordenen para sobrevivir
eternamente. El sentido de la verdad y la justicia nos llevaría honestamente a
la conclusión de que nuestro valor para el universo, es prácticamente nulo.
Sin embargo, sabemos que hay un valor y una razón detrás de toda la experiencia
de nuestra vida, y que el mundo de los fenómenos, del cual indudablemente
formamos parte, vela u oculta algo de valor infinito, del cual somos también
parte.
Tratamos
de asegurarnos que aquellos que amamos y valoramos no se nos pierdan. Tratamos
de compartir con ellos algún estado de felicidad que encierre valores más
reales de los conocidos en la tierra; anhelamos prolongar, en el tiempo y en
el espacio, el estado familiar que amamos y apreciamos. Deseamos una
compensación por lo que soportamos y la comprobación de que todo tiene un
propósito y un valor. Este anhelo, creencia y determinación de sobrevivir, se
halla detrás de toda realización, constituyendo el incentivo y el impulso sobre
el que basamos todo nuestro esfuerzo. El Dr. Nicholas Berdyaev 22
señala esto, diciendo:
“Debe reconocerse que el hombre, en su vida
relativamente limitada y terrena, es capaz de producir lo bello y lo valioso,
solamente cuando cree en otra vida ilimitada, absoluta, eterna. Ésa es la ley
de su ser. El contacto con esta vida mortal, excluyendo cualquier otra, termina
por consumir la energía efectiva y lleva a una autosatisfacción que nos
convierte en seres inútiles y superficiales. Sólo el hombre espiritual, que
asienta sus raíces profundamente en la vida infinita y eterna, puede ser un
verdadero creador.”
Sócrates
también señaló este argumento básico al referirse a la inmortalidad, cuando
dijo que “nadie sabe lo que es la muerte, y si es o no el mayor de todos los
bienes. Sin embargo, se la teme como si fuera el mal supremo... Cuando la
muerte se acerca al hombre, lo que es mortal se dispersa y lo inmortal e incorruptible
permanece intacto”.
Hay
tres ideas de gran importancia al considerar el problema de los valores que
Cristo puso en evidencia tan maravillosamente, y que fue la verdadera razón
por la que resucitó nuevamente. Su inmortalidad se basaba en Su divinidad. Su
divinidad se expresaba por medio de la forma humana, y en esa forma se
evidenciaban los valores, el destino, el servicio y el propósito. Todo esto lo
demostró perfectamente, por eso la muerte no Lo pudo retener ni las cadenas de
la tumba impidieron Su liberación.
La
primera consideración es que la inmortalidad constituye la protección de lo que
realmente apreciamos. El factor sobre el que hacemos hincapié en nuestra vida
cotidiana sobrevive y funciona en algún nivel de la conciencia. Debemos
lograr, y eventualmente lograremos, lo que demandamos. Cuando apreciamos la
vida por lo que tiene de valor eterno, entonces la vida eterna, libre de las
limitaciones de la carne, es nuestra. Dean Inge dice, que “mientras nos
identifiquemos con los valores absolutos, podemos estar seguros que
alcanzaremos la inmortalidad”. Por consiguiente, lo que realmente apreciamos
en nuestros momentos más elevados, cuando nos liberamos de las ilusiones de la
naturaleza emocional, determina nuestra vida inmortal.
Surge
ahora el interrogante de lo que ocurre cuando el sentido de los valores se
distorsiona o deja de existir temporalmente. Tratando de hallar respuesta a
este interrogante, millones de personas aceptaron la doctrina oriental del renacimiento, que
afirma que el mundo es el “valle de la creación de las almas”, según el poeta
John Keats, y enseña que volvemos una y otra vez a la vida física, hasta llegada
la hora en que nuestros valores se regulan ordenadamente y podemos pasar por
las cinco iniciaciones y alcanzar la liberación. Mucha de la enseñanza dada en
las obras ocultistas y esotéricas aparece distorsionada y en forma caprichosa,
pero resulta evidente para todo estudiante sin prejuicios, que hay mucho que
decir en torno a la doctrina del renacimiento. En último análisis, si la
perfección es la meta final, es asunto meramente de tiempo y ubicación. El
cristiano puede creer en un súbito perfeccionamiento por el proceso de la
muerte, o en la aceptación mental de la muerte de Jesús, a lo que llama
“conversión”; puede considerar la muerte como la puerta que conduce a un lugar
de disciplina y desarrollo llamado “purgatorio”, donde se lleva a cabo un proceso
de purificación, o puede creer que en el paraíso se realizan ajustes y
expansiones de conciencia que lo trasforman en un hombre distinto de lo que
era. El oriental quizá crea que la tierra proporciona facilidades adecuadas
para los procesos de desarrollo y de entrenamiento y que volvemos una y otra
vez hasta alcanzar la perfección. La meta es siempre una. El objetivo es
idéntico. La escuela está en un lugar distinto, y la conciencia se expande en
diversos lugares, pero eso es todo. Platón sostenía que:
“Confinada en el cuerpo, como en una
prisión... el alma busca su prístina esfera de racionalidad pura, en la vida
filosófica, en el pensamiento de lo universal, en el amor y en el vivir de
acuerdo a la razón. La vida corporal es sólo episodio en la eterna carrera del
alma, que precede al nacimiento y continúa después de la muerte. La vida en la
carne es una experiencia y una prueba; la muerte, la liberación y el retorno al
destino del alma, a otro período de prueba o al reino de la razón pura.”
De
modo consciente y voluntario, debemos aprender la manera de penetrar y actuar
en el mundo de los valores, en algún lugar determinado, adaptándonos así a la
ciudadanía del reino de Dios. Esto fue lo que Cristo demostró.
La segunda consideración es que el esfuerzo
del hombre, su lucha para la realización, su sentido innato y verdadero de
Dios, su empeño constante por mejorar sus condiciones y dominarse a sí mismo y
al mundo de la naturaleza, deben tener un objetivo, de lo contrario todo lo que
sucede a nuestro alrededor es vacuo, fútil y carente de sentido. Este dominio
de sí mismo y de los elementos de la naturaleza y la indesviable orientación de
Su propósito, condujo a Cristo etapa tras etapa y le permitió abrir la puerta
al reino y resucitar de entre los muertos, “primicias de los que murieron”.23
El Dr. R. A. Tsanoff dice:
“El anhelo de inmortalidad es el deseo de
que la naturaleza del hombre llegue a la legítima consumación... La demanda de
vida eterna expresa la convicción de que el proceso de la existencia, que ha
revelado progresivamente la importancia capital de lo psíquico, de la personalidad,
de los valores, justifica el rechazo de la idea de que, después de todo, la
disolución corporal consiste en terminar con toda la actividad personal y anular
todos los valores.” 24
El
propósito debe subyacer en el dolor. En toda actividad humana debe sentirse un
objetivo. El idealismo de los conductores de la raza no puede ser alucinación.
El conocimiento de Dios debe tener alguna base en la realidad. Los seres
humanos están convencidos de que la aparente injusticia del mundo es una
legítima seguridad de un más allá, donde el íntegro propósito divino quedará
justificado. Hay una creencia fundamental de que el bien y el mal están en
lucha continua en la naturaleza del hombre y que el bien debe triunfar
inevitablemente. El hombre lo ha afirmado a través de, las edades. La
humanidad ha desarrollado muchas teorías acerca del hombre y su futuro, de su
preparación para la vida del más allá y de por qué está en la tierra. No es
necesario detallar estas teorías ni tenemos tiempo para ello. Constituyen en
sí una prueba de la realidad de la inmortalidad y de la divinidad del hombre.
El hombre ha intuido esta máxima posibilidad y no descansará hasta haberla
alcanzado. Ya se trate de la pluralidad de las vidas en nuestro planeta, que
nos llevan a la perfección ultérrima, o de la teoría budista, que conduce
al Nirvana, la meta es una. Esta última
teoría está bellamente sintetizada en un libro sobre las doctrinas secretas de
la filosofía tibetana:
“...
cuando los Señores de la Compasión hayan civilizado espiritualmente a la
Tierra, haciendo de ella un paraíso, los Peregrinos recibirán la revelación del
Sendero Eterno, que llega hasta el Corazón del Universo. El hombre, que no
será tal, trascenderá la naturaleza y, en forma impersonal, aunque consciente,
en unificación con todos los Seres iluminados, ayudará á cumplir la Ley de la
Evolución Superior, de la que el Nirvana no es más que el comienzo.”25
Tenemos
aquí la idea del reino de Dios apareciendo en la tierra, porque la humanidad
está civilizada espiritualmente y dispuesta a alcanzar la perfección que
Cristo inculcó.
Además
tenemos la doctrina de la eterna periodicidad en la que creían Nietzsche y
Heine, que subraya la incesante y periódica existente terrenal, para cada
unidad de fuerza, hasta que un alma ha evolucionado. También se ha desarrollado
la trillada doctrina de nuestra supervivencia, como influencias perpetuadas en
la raza a que pertenecemos, destacando una admirable impersonalidad que es la
negación del individuo. Las doctrinas cristianas ortodoxas son tres: la
retribución eterna, la restauración universal y la inmortalidad condicional. A
estas doctrinas debemos agregar las especulaciones de los espiritistas, con
sus diversas esferas, correspondiendo en parte a los siete mundos sutiles de
los teósofos y de los rosacruces, y también la teoría extrema de la
aniquilación, que no encuentra eco en las personas de mente sana. El valor de
estas doctrinas consiste en atraer la atención del hombre hacia el eterno
interés en el más allá y sus numerosas conjeturas acerca de su futuro e
inmortalidad.
Cristo
murió y resucitó. Cristo vive. Algunas personas no necesitan que se les pruebe
esta realidad en el mundo. Saben que está vivo y debido a que vive, viviremos
también. En nosotros está el mismo germen esencial de la vida que floreció
hasta la perfección en Él, superando la tendencia a la muerte, inherente al
hombre común. Podemos entonces decir, con certeza, que la inmortalidad, para
nosotros se divide en tres etapas:
Primero,
como vivencia que llamamos el anhelo de evolucionar, el impulso de progresar,
de avanzar, vivir y saber que vivimos. Éste es el incentivo que subyace detrás
de la determinación del hombre de
conocerse como individuo, con su propio ciclo de vida, su propio propósito
innato y su eterno futuro.
Segundo, como esa conciencia dinámica
espiritual que se manifiesta en la reorientación hacia la eternidad y los
valores eternos, que constituye el rasgo característico del hombre dispuesto a
dar los pasos necesarios para demostrar su vida espiritual y actuar como
inmortal. Entonces la resurrección que le espera y que Cristo expresara, es
algo distinta de lo supuesto anteriormente. La siguiente definición de la
verdadera resurrección, a medida que alborea a los ojos del hombre que está
despertando a la gloria del Señor dentro de su propio corazón e inmanente en
todas las formas, es muy oportuna:
“La resurrección no es la resurrección de
los muertos de sus tumbas, sino el paso, por la propia absorción de la muerte,
a la vida del amor altruista, la transición de la tiniebla del individualismo
egoísta a la luz del espíritu universal, de la falsedad a la verdad, de la
esclavitud del mundo a la libertad de lo eterno. La creación 'gime con los
dolores del parto’ ‘para liberarse de la esclavitud de la corrupción, a la
libertad de la gloria de los hijos de Dios’.” 26
El
tercero y último pensamiento que debemos recalcar es que resucitamos a la vida
eterna y pertenecemos al grupo de los inmortales, cuando nos hemos capacitado
para trabajar en el reino juntamente con Cristo. Al perder la conciencia del
individuo separatista, somos divinamente conscientes del todo del cual formamos
parte, aprendemos la lección final de la vida y ya no es necesario “retornar”.
Tememos y nos aterroriza también la pérdida de la conciencia personal, la
muerte del individuo. No nos damos cuenta de que cuando poseemos la visión del
reino, cuando el todo que constituye la creación, brilla ante nuestros ojos,
ese Todo es lo que nos interesa, y perdemos de vista nuestros yoes personales.
Lord Haldane27 lo dice:
“En todas las formas definidas de la
religión encontramos presente, de alguna manera, el concepto de la inmortalidad
personal. La ausencia de este concepto pareciera, al menos en los tiempos
modernos, como una aceptación de que la existencia espiritual es una ilusión o
está subordinada a un universo físico, de cuya continua existencia nunca se
duda. La cuestión, sin embargo, parece muy distinta, por la razón expuesta,
cuando consideramos a todo el universo como abarcando la manifestación de
Dios, y a nuestras vidas como derivando en ellas su única realidad final de la
manifestación de Dios en ellas. En este aspecto, la muerte de un individuo no
es la desaparición de la realidad espiritual, sino algo donde la manifestación
de Dios está presente todavía. Por consiguiente, no puedo aceptar que una
creencia en la mera inmortalidad individual, forme real parte de la religión. Soy
ya un anciano a quien llegará pronto la muerte, pero en la proporción en que
concibo que Dios vive eternamente, y que lo único real en mí es la
manifestación de Dios, no temo el fin de lo que es meramente individual, por lo
tanto como tal, irreal en mi vida, ni siento que la muerte de los seres
queridos o cuyas memorias honro, me ha separado de ellos.”
La
resurrección, la consecuencia, puede definirse como la supervivencia en el futuro de lo que constituye el aspecto
divino, que está integrado con la vida y conciencia de esa forma total que
llamamos Dios. Esa vida y esa conciencia fluyen en toda la manifestación de
Dios, el mundo natural. Los reinos de la naturaleza siempre evolucionan uno
tras otro, y al hacerlo expresan algún aspecto de Su vida cuando da forma y
anima a Su creación. Uno por uno estos reinos progresaron constantemente, desde
la conciencia inerte y el ritmo lento y pesado del mineral, revelando
progresivamente cada vez más la naturaleza divina oculta, hasta llegar al
hombre, cuya conciencia es de orden muy superior y cuya expresión divina es la
de una deidad autoconsciente y autodeterminada. De las formas automáticas de
conciencia, la vida de Dios ha llevado a las formas de vida, a través de la
conciencia sensoria, a la conciencia instintiva del animal, desde donde
progresó hasta el reino humano, en el que se hizo presente la autoconciencia,
hasta que los miembros más avanzados de ese reino comienzan a demostrar su
disposición hacia la divinidad. Ya pueden apreciarse las tenues y nebulosas
señales de un reino aún más elevado. En él, la autoconciencia dará lugar a la
conciencia grupal y el hombre sabrá que se ha identificado con el Todo, y que
no es simplemente un individuo que se basta a mismo. Entonces la vida del
cuerpo de Dios podrá fluir conscientemente y a través del hombre, y la vida de
Dios se trasformará en su vida y resucitará a la vida eterna.
Por
lo tanto, la tendencia de los asuntos humanos hacia la síntesis, la
colaboración, la fusión y la amalgamación, es actualmente un signo de la
avanzada etapa alcanzada por la humanidad. Llevan el portento de una
esperanza, e indica la resurrección a la vida, que todos los hijos de Dios, en
el transcurso de las edades, testimoniaron, siendo ahora una posibilidad
general. La actual humanidad en su totalidad mira hacia la vida, porque sus
valores son reales, su integridad va asegurándose constantemente, y hay
indicios mundiales (como lo manifiestan las naciones y los grupos) de
orientación hacia la síntesis y la colaboración. Los actuales disturbios
mundiales, son simplemente el resultado de este proceso de reorientación y
tiene su símil en el proceso de la “conversión” cristiana y en los reajustes
incidentales a ese acontecimiento, que generalmente alteran y reordenan el
entero programa de toda la vida del hombre. El programa mundial se va así
reajustando, siendo el caos su resultado inmediato. Pero la nueva orientación
está asegurada y nada puede detener que la humanidad progrese y entre en la
vida. Los conductores espirituales del género humano comprenden esta verdad
con acrecentado poder, como lo dice uno de ellos:
“La verdadera resurrección, la resurrección
a una renovada vida, es la resurrección del Cristo en la naturaleza y en la
sociedad humana, a una forma de expresión más elevada, más plena, más rica. Esa
resurrección se efectúa continuamente, y su correlación es la ascensión de la
conciencia humana a una unicidad perfecta con la mente omniabarcante de Dios
en la sagrada fraternidad del amor.”28
Otro
predicador nos habla de lo mismo, asegurando que:
“De la tumba de lo mundano y del egoísmo, de
la mortaja del materialismo, de la ignorancia y el error, surge el Cristo
Eterno. La resurrección no es un acto catastrófico aislado, sino un proceso
perpetuo y un principio siempre activo. El Espíritu Divino resucita siempre en
la humanidad. Siempre se retira la lápida del sepulcro para que la Vida Divina
pueda fluir en toda su gloria y poder.”29
De
aquí qué surja la crisis mundial (el reajuste, la tendencia a la fusión y a la
síntesis). La nueva raza, que es inmortal, está viniendo a la existencia, sin
embargo, es la misma raza que se halla en una nueva y elevada etapa de
realización. “Los que han nacido en esta raza no morirán, no estarán más bajo
la obligación de nacer y morir, y vendrán y se irán de acuerdo a la Orden
Divina, donde la obediencia a la Ley es la libertad de la ley”.30 La
gran expectativa es que el nacimiento de la raza inmortal puede realizarse aquí
y ahora, como ya lo hicieron quienes en la humanidad fueron hechos divinos.
Él
reino de Dios marcha hacia su realización. El propósito de la vida de Cristo,
de su muerte y de su resurrección, está a punto de llegar a la consumación. Un
nuevo reino está viniendo a la existencia; un quinto reino de la naturaleza se
está materializando, y tiene ya un núcleo que actúa en la tierra en cuerpo
físico. Por lo tanto, demos la bienvenida a los esfuerzos y a las luchas de la
época actual, porque son signos de resurrección. Comprendamos que los
cataclismos y el caos se suceden a medida que la humanidad irrumpe en el
sepulcro del egoísmo y el individualismo, y llega al lugar de la luz y la
unidad vivientes, que es la resurrección. Penetremos en las tinieblas con la
luz que poseemos y veamos a la humanidad que se estremece, a los huesos
muertos que cobran vida, y a las mortajas y vendas funerarias desechadas, a
medida que la fuerza espiritual y la vida, fluyen en la raza, porque esto es la
resurrección. Recordemos que:
“Dondequiera el descontento divino impele al
hombre a buscar lo mejor, lo verdadero y lo bello, se afirma y se reconoce lo
divino. La perfección ideal infinita es una eterna sinfonía en la que todos
somos ejecutantes, emitiendo notas ansiosas, vacilantes, desordenadas. En la
creciente armonía, que siempre se alcanza, todas nuestras notas encuentran su
verdadero tono y significado y no se pierde una sola. Cuanto más espiritualidad
exija el hombre, la que constituye su vida y destino, mayor será el logro de su
libertad, de su personalidad, que irradia a través del cascarón concreto, y más
profundo el sentimiento religioso de la realidad de Dios, el sentido de ser
compañero de armas con Dios y la realización con Él y en Él. Si el corazón
palpita entonces en adoración, con orgullosa humildad como Padre y Señor, aunque
no pueda encerrarlo en una fórmula, puede saber, sin embargo, que lo que trata
de lograr no va en dirección contraria al curso de su verdadero esfuerzo. No es
una búsqueda irracional, sino el vértigo extremo de la razón. Su culto está en
el resplandor de una mirada penetrante, en el sentido radiante del eterno
infinito, y siempre presente más allá.” 31
Tenemos
el privilegio de estar presentes en un momento de gran crisis para la raza.
Estamos presenciando el nacimiento de una nueva e imperecedera raza, donde el
germen de la inmortalidad florecerá y la divinidad podrá expresarse por la
transfiguración del género humano. Lo que tiene valor está surgiendo a la
superficie. Siempre ha estado allí, pero hoy puede vérselo, anunciando la
consumación del trabajo de Cristo y llevando Su visión a una realización.
Notas:
1.
The Valley and Beyond, de Anthony C.
Deane, pág. 72
2.
Psychology and God, pág. 237.
3.
The Problem of Immortality, pág. 232.
4.
Ovid's Methamorphoses, según Addison,
citado en “Taylor's Diegesis“, pág. 148.
5.
Origin of Religious Belief, de Dupius,
pág. 161.
6.
Cristianismo Esotérico.
7.
The Buddha and the Christ, pág. 226.
8.
Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger,
pág. 239.
9.
The God Who Speaks, págs. 175, 176.
10.
The Drama of Love and Death, pág. 70
11.
Mirage and Truth, págs. 71, 73.
12.
El Libro Tibetano de los Muertos, de W. Y. Evans-Wentz.
13.
El Bhagavad Gita, Libro II, Vers. 26, 29.
14.
The Modernists, Sócrates, de Robert
Norwood, pág. 57.
15.
I Co. 15:19.
16.
The Problem of Immortality, de R. A.
Tsanoff, pág. 364.
17.
Ídem, págs. 230, 347.
18.
Ídem, pág. 244.
19.
Jn. 10:16.
20.
The Problem of Immortality, de R. A.
Tsanoff
21.
Some Mystical Adventures, de G. R. S.
Mead, pág. 246.
22.
The End of Our Time, pág. 34.
23.
I Co. 15:20.
24.
The Problem of Immortality, pág. 230.
25.
Tibetan Yoga and Secret Doctrines, editado
por W. Y. Evans-Wentz, pág. 12
26.
The Supreme Spiritual Idela, de S.
Radhakrishnan, Hibbert Journal. octubre de 1936.
27.
Materialism, págs. 178, 179.
28.
The Resurrection Life, sermón de R. J.
Campbell.
29.
Easter, sermón de E. W. Lewis.
30.
Some Mystical Adventures, de G. R. S.
Mead, pág. 244.
31.
The Problem of Immortality, de R. A.
Tsanoff, págs. 378, 379.
CAPITULO VII
NUESTRA
META INMEDIATA ... LA FUNDACIÓN
DEL
REINO
Pensamiento
Clave
“En
cualquier momento dado de la vida debe elegirse entre dos dioses,
psicológicamente incompatibles. Por una parte, la paz del ermitaño, el silencio
del bosque, la exaltación del sacrificio, la grandeza de la simplificación y la
unidad, el goce del propio abandono, la calma de la absoluta contemplación, la
visión de Dios. Por otra, la diversidad y tensión de la vida, el acicate de los
fines comunes, el dominio de los medios, la gloria de la continua actividad, el
orgullo de la creatividad y la autoposesión. El mundo moderno, en general, ha
hecho su mejor elección; es decir, elegir a ambos dioses. La vida de cada uno
consiste en que se pierda a sí misma de vez en cuando en la vida del otro. Y
esto, que es evidente en las cosas parciales, es verdad —y realmente cierto— en
las cosas totales.”
The Meaning of God in Human
Experience
por W. E. Hocking, pág. 427
1
Hemos
seguido a Cristo de Belén al Calvario, a través de la Resurrección, hasta el
episodio en que desapareció del mundo tangible y penetró en el mundo de los
valores subjetivos, para actuar allí como “Maestro de Maestros e Instructor de
ángeles y hombres”. Encaramos el tema de las cinco crisis de Su vida desde el
ángulo de su importancia mundial, mucho más de lo que significa individualmente
para nosotros. Vimos que se produjo una verdadera rebelión (y con justicia)
contra el énfasis que los teólogos del pasado han puesto sobre el sacrificio de
la sangre de Cristo, y llegamos a la conclusión de que el mundo necesita reconocer
hoy al Salvador resucitado. Hemos observado que el carácter excepcional de Su
misión consistió en que en la “plenitud
de los tiempos”, Él vino a fundar el reino de Dios, a crear en la tierra
una nuevo reino de la naturaleza y a establecer la línea limítrofe entre lo
objetivo y lo ilusorio, lo subjetivo y lo real. Su venida marcó la línea de
demarcación entre el mundo de las formas o símbolos, y el de los valores o
significados. En este último mundo estamos penetrando con suma rapidez. La
ciencia, la religión y la filosofía, se ocupan hoy de la significación,
y sus investigaciones los están llevando fuera del mundo de las apariencias;
los gobiernos y las ciencias afines —política, economía y sociología— tratan a
su vez de ideas e ideales. Aún en el campo de los desórdenes sociales y de las
guerras —generales, esporádicas o civiles— vemos el conflicto de los distintos
ideales y que ya no hay guerras agresoras ni para defender las propiedades.
Esas diferencias entre lo objetivo y lo subjetivo, lo tangible y lo intangible,
lo visible y lo invisible, fueron fomentadas por el cristianismo debido a que
estas diferencias presentaban el reino de Dios y el reino del hombre. Cristo
vino para dar significado y valor a la vida, así como Buda vino a aclararnos la
falsedad de los valores sobre los que está basado nuestro mundo moderno.
Un
estudio de las enseñanzas dadas anteriormente demostrará que toda enseñanza y
todo sufriente Hijo de Dios, que vino antes de Cristo, hicieron dos cosas:
Primero,
preparar el camino para el Cristo, dando las enseñanzas que Su era, período y
civilización particular, requerían; segundo, representó con su vida la
enseñanza de los Misterios, que antes de la época de Cristo se limitaba a los
muy pocos que se preparaban para la iniciación, o que por derecho de iniciación
podían entrar en los templos de los Misterios.
Fue
entonces que vino el Buda y habló a las multitudes, explicándoles el origen de
su miseria y descontento, dándoles, en las Cuatro Nobles Verdades, un enunciado
conciso de la situación humana. Bosquejó el Noble Óctuple Sendero que rige la
verdadera conducta del individuo y dio, en realidad, las reglas que deben
controlarnos en el sendero del discipulado. Luego, después de haber alcanzado
Él Mismo la Iluminación, entró en el “Lugar Secreto del Altísimo”, del que
sale una vez al año, según la leyenda, para bendecir al mundo. Ese día de
bendición (el día de la Luna llena de Tauro), se celebra en Oriente como una
festividad general, y en Occidente muchos cientos de personas Lo aguardan como
día de recordación espiritual.
Luego
vino el Cristo que presentó al mundo los cinco grandes procesos iniciáticos,
haciéndolos públicos en Su vida y Sus crisis, crisis que tienen por delante
quienes cumplen las reglas establecidas por su Gran Hermano. Cristo hizo
avanzar la enseñanza un paso más y la puso al alcance de las masas. De este
modo se perpetuó la continuidad de la revelación. El Buda enseñó las reglas a
los discípulos que se preparaban para los Misterios de la iniciación, mientras
que Cristo proporcionó la siguiente etapa, nos mostró el proceso de la
iniciación, desde el momento del nuevo nacimiento en el reino, hasta la
resurrección final. Su trabajo fue único en Su época y lugar, porque marcó la
culminación del pasado y la entrada en algo totalmente nuevo, en lo
concerniente a la humanidad.
La
humanidad alcanzó una etapa excepcional en su desarrollo. La raza llegó a ser
inteligente y el hombre, la personalidad —física, emocional y mental— fue
llevada a un punto definido de integración y coordinación. Esto, realizado en
tan inmensa escala, fue único en su género. Existieron personalidades
aisladas, pero ahora, en la era cristiana, vivimos en una época de
personalidades. Tan elevado es el nivel general de vida de la personalidad
integrada, que tendemos a creer haber alcanzado una era en la que no hay
figuras prominentes. Esto se debe probablemente a que el promedio general del
desarrollo humano es tan alto que la capacidad de destacarse predominantemente
es mucho más limitada. Debido a este desarrollo, la humanidad (considerada
como un reino de la naturaleza) ha alcanzado un punto del que puede surgir algo
nuevo, como siempre ocurrió en circunstancias análogas en otros reinos.
Podemos producir y, como raza, dar nacimiento al nuevo reino de la naturaleza
que el Cristo denominó el reino de Dios, el reino de las almas, el de las
vidas espirituales, en el que Él surge en forma excepcional. Es el fundador de
ese reino. Proclamó la existencia de ese reino e indicó su naturaleza. Cristo
constituyó una expresión de sus cualidades y demostró las características del
ciudadano de ese reino.
Por
el ejemplo que dio su Fundador, el cristianismo tiene también una misión
excepcional: inaugurar la era del servicio. El servicio, el bienestar, el
interés y la intercomunicación mundiales
y la importancia del bien general, constituyen el producto del énfasis
que puso el Cristo en la divinidad humana y en la hermandad del hombre, basada
en la Paternidad de Dios. En ninguna otra era ni religión se han subrayado esos
puntos de este modo. De muchas maneras siguen siendo ideales, pero están en el lento
proceso de convertirse en realidades.
Por
lo tanto, mediante Su trabajo, el Cristo llevó a cabo lo siguiente:
1.
Exteriorizó los Misterios, para que fueran
conocidos por la entera humanidad y no constituyeran únicamente posesión
secreta de los Iniciados.
2.
Representó el drama de la iniciación ante el
mundo, para que su simbolismo pudiera penetrar en la conciencia humana.
3.
Demostró la perfección para que no dudáramos
más de la naturaleza de Dios y al mismo tiempo garantizó que también nosotros
somos hijos de Dios, y por lo tanto podemos alcanzar la divinidad si seguimos
Sus pasos.
4.
Reveló el mundo de significados, y en la
Persona del Cristo histórico mostró la significación del Cristo Cósmico, del
Cristo Mítico y del Cristo Místico, presente en el corazón de cada hombre.
Reveló así la naturaleza de Dios trascendente y de Dios inmanente.
5.
El pasado de la humanidad culminó con el
Cristo; el presente encuentra su solución en Él, y el futuro está simbolizado
en Su vida y muerte. En consecuencia, las tres líneas, pasado, presente y futuro,
convergen en Él dándole el carácter de significación excepcional.
6.
Fundó el reino de Dios a su debido tiempo,
cuando el reino humano llegaba a su madurez; demostró los valores de ese reino
con Su propia vida, personificando el carácter de la ciudadanía de ese reino, y
abrió la puerta de par en par a quienes pudieran capacitarse (mediante el
servicio y la disciplina) para salir del reino humano y entrar en el
espiritual.
7.
Alzó
Su Cruz como un símbolo y un ejemplo del método y como un límite entre el mundo
de los valores tangibles y el de los valores espirituales, exhortándonos a
dominar la naturaleza inferior, para que el espíritu de Dios tenga plena
libertad.
8.
Enseñó que la muerte debe finalizar y que el
destino de la humanidad es resucitar de entre los muertos. La inmortalidad debe
ocupar el lugar de la mortalidad. Para beneficiarnos, el Cristo resucitó de
entre los muertos, probándonos que los lazos de la muerte no pueden retener a
ningún ser humano que actúe como Hijo de Dios.
Muchos
hijos de Dios pasaron por los Templos de los Misterios, aprendieron a actuar
en forma divina y, en el proceso de expresar la divinidad, vivieron, sirvieron
y murieron. Pero ninguno de ellos vino en un determinado período de
desenvolvimiento que hiciera posible el reconocimiento universal que el Cristo
evocó, y tampoco el intelecto de las masas estaba entonces suficientemente
desarrollado como para beneficiarse de Sus enseñanzas en amplia escala. En lo
que a esto concierne, el Cristo y Su misión fue de excepcional importancia.
Cristo enseñó a trabajar para lograr la unidad y poner fin al aislamiento, el
odio y la separatividad, exhortándonos a amar á nuestros semejantes como a
nosotros mismos. Dio un mensaje universal de sus implicaciones, porque el
reino de Dios está abierto para todos aquellos que aman, sirven y purifican la
naturaleza inferior, al margen de toda creencia y dogma. Enseñó la unidad de la
fe, la Paternidad de Dios y la necesidad de caminar con amor y comprensión, no
sólo con Dios sino con nuestros semejantes. Subrayó la necesidad de la
colaboración, indicándonos que si seguimos realmente el Camino, pondremos fin
a la rivalidad y la sustituiremos por la colaboración. Incitó a vivir de
acuerdo a principios divinos, básicos y fundamentales, y a no poner el énfasis
sobre las personalidades.
El
amor, la hermandad, la colaboración, el servicio, el autosacrificio, la
inclusividad, la no-sujeción a la doctrina, el reconocimiento de la divinidad
en nosotros, tales son las características del ciudadano del reino de Dios, y
siguen aún constituyendo nuestros ideales. Por consiguiente, el interrogante de
importancia que hoy enfrenta la humanidad, qué debe hacerse para lograr los
tres objetivos principales que el Cristo presentó, constituyen los objetivos
para todo el género humano, y siendo así serán reconocidos en forma general,
aunque se ignore su interpretación cristiana o no se reconozca al Cristo.
¿Cómo poder perfeccionar al ser humano para que maneje la vida y sus actitudes
hacia las personas y su medio ambiente, correcta y constructivamente? ¿Cómo
materializar en la tierra ese estado de conciencia, a la par de un sistema de
vida, cuyo resultado sea el reino de Dios, reconocido como tal? ¿Cómo llegar a
comprender el problema de la muerte, superando el proceso de morir, y alcanzar
la resurrección? Cristo proporcionó una respuesta y un programa definido para
la solución del problema de la perfección humana, el problema del nuevo mundo
y el problema de la inmortalidad.
Se
reconoce en forma general que la humanidad está en camino de llegar a
acontecimientos vitales e importantes. Hemos avanzado en el pasado, pasando por
diversas civilizaciones, hasta alcanzar la importancia del presente, y estamos
en condiciones de alcanzar aún mayores realizaciones. El interrogante es, si
debemos apresurar el proceso, o si por la correcta comprensión del Cristo y Su
enseñanza, podríamos allanar las cosas de modo que puedan tener vigencia el
reino y sus leyes, mucho antes de lo previsto. Ningún sacrificio de nuestra
parte será demasiado grande si el Cristo estuvo en lo cierto en la posición que
adoptó y en las enseñanzas que impartió, acerca de la naturaleza del hombre.
Cierto autor subraya este punto del modo siguiente:
“Pero, aunque en última instancia la liberación final fuera sólo una,
existen tantos caminos como hombres, que conducen a ese fin, y estoy seguro que
cada uno en cada camino, es inapreciable para el esquema del todo, aunque él
constituya únicamente una hoja, de los millones que caen y fertilizan el suelo
en que crecerá el tierno roble. La naturaleza no da importancia alguna al
individuo, para ella el fertilizante es una necesidad tan vital como la
simiente que germina. Ninguno podría existir sin el otro. Pero los hombres que
hemos alcanzado una voluntad consciente, aunque las evoluciones pueden haber
logrado mucho por la supervivencia azarosa del más apto, poseemos ahora el
poder de trazar nuestro rumbo, y el Hombre, por propia voluntad y
perseverancia, puede hacer que la bellota produzca un árbol cuyas ramas lleguen
al cielo dentro de 800.000 años, o dejar que la Vida se desarrolle por sí misma
en 2.000 millones. Poseemos ahora el poder de elección; en nosotros está dar
el siguiente paso: ‘Si yo no hubiera venido y les hubiese hablado, no hubieran
pecado; pero ahora no tenéis manto para vuestro pecado’.” 1
La
decisión es nuestra. La elección debemos realizarla nosotros. Por lo tanto, y
en último análisis, ¿cuál es la decisión que debemos tomar? ¿Cuál es la
pregunta que debemos contestar? Cristo dijo que el hombre es divino. ¿Tenía
razón? Si el hombre es divino e hijo del Padre, entonces expresemos esa
divinidad y reclamemos nuestra primogenitura. En el pasado hemos reflexionado
y discutido demasiado acerca de Dios. Dios trascendente fue reconocido y negado
a la vez. Dios inmanente está al borde del reconocimiento, y sin duda en ese
reconocimiento está la salida para el hombre. ¿Somos divinos? He aquí la
pregunta más importante. Se ha asegurado que el “espíritu humano intuye a Dios
en forma concreta, pero oscura. Como factor constante en la experiencia humana
es por cierto tan oscuro que no puede verse lo que es... Sin embargo, lo prueba
el testimonio unánime, hombres y mujeres de todas edades, razas y creencias,
cuya sinceridad e inteligencia no puede objetarse razonablemente”.2 El
Dr. Emile Marcault3 expresa el mismo pensamiento:
“La propia religión está empezando a
destacar la inmanencia más bien que la trascendencia, como campo y objetivo de
la experiencia religiosa. Por supuesto que no niega que la vida inmanente en
el hombre es la vida de una Deidad trascendente, un Absoluto al respecto, pero
desde que se admite una evolución en la experiencia mística, no podemos evitar
concebirla como marchando a la par del progreso de la autoconciencia en la vida
inmanente. La evolución es la vida que desenvuelve sus potencialidades, de
manera que si la vida espiritual del hombre evoluciona, su experiencia y
autoconciencia también evoluciona.”
Si
el hombre es divino y el testimonio de las edades es verdadero, y si el Cristo
vino a demostrar la expresión de la divinidad y a fundar el nuevo reino,
entonces el derrumbe de las viejas formas y la amplia destrucción de las
estructuras familiares de la sociedad y la religión, pueden ser simplemente
parte de la institución de los nuevos procesos de la vida y el trabajo planificado
de un espíritu vital y evolucionante. La reacción por la aparición del reino
puede tener justificación en la inquietud de las masas, y la sensible respuesta
general a los nuevos ideales, quizá se deba al impacto de la fuerza del reino
en la mente de las personas más avanzadas. El místico y el cristiano pueden
hablar en términos del reino de Dios; los filántropos y los filósofos, de la
comunidad mundial, de la nueva civilización, de la federación mundial de
naciones y de la humanidad como un grupo colectivo, de la vida en comunidad y
del internacionalismo e interdependencia económica y de la unidad mundial.
Pero éstas son meras palabras y nombres que los diversos tipos de mentes
aplican a la gran realidad que surge de un nuevo reino de la naturaleza,
originado en el reino humano, con sus propios principios de vida, sus leyes
para el bienestar grupal y su hermandad.
En
el desarrollo de la conciencia humana estamos saliendo de la necesaria etapa
del individualismo; temporariamente hemos perdido de vista las verdades más
profundas, los valores místicos y la Vida una que subyace en todas las formas.
Nos interesamos en demasía en asuntos materiales y egoístas. Pero esta etapa ha
sido necesaria, aunque quizá haya durado demasiado. Es hora ya de poner fin al
período del individualismo egoísta, para que no sea el factor controlador en
nuestra vida; es tiempo de que se mezclen y unifiquen los elementos más
profundos del mundo de la realidad, con la vida externa.
Karl
Pfleger4 hace un comentario a este respecto en términos muy reales,
si bien cáusticos:
“Si los hombres son insolentes y
viles, injustos entre sí y si carecen de mutua comprensión y son desgraciados
en sus relaciones ¿no podría deberse esto a que han permanecido demasiado
tiempo en la parte superficial de la vida, perdiendo contacto durante largo
tiempo con sus profundidades elementales? ¿Cómo podrían evitar la lucha contra
el abuso y el clamor, por estar amontonados en una superficie bidimensional, la
superficie de los intereses puramente materiales? ¿Cómo podrían apartarse uno
de otros si no hay profundidades en donde podrían sumergirse, profundidades en
las que aparecieran los símbolos de lo eterno y lo divino, en las que pudieran
contemplar su propia naturaleza y la verdadera vocación del hombre en el
universo? En la superficie de la vida, toda la cultura se reduce a un sistema
de placeres bien calculados y asegurados o, si se derrumba, degenera en una
egoísta y brutal lucha por la existencia. La verdadera cultura y un tipo
elevado de vida humana, puede surgir únicamente de las profundidades
elementales. La vitalidad se nutre en la fuente mística. Éste es el verdadero
secreto de la historia humana, y cuando las fuentes de las profundidades se
secan, viene un período de sequía, vital, en que las fuerzas creadoras del
hombre fracasan, y aparecen enfermedades de orden intelectual de todo tipo y epidemias morales y sociales. La cultura
humana experimenta una crisis, sólo porque el hombre la ha experimentado
primero.”
Los
mejores intelectos de la era están percibiendo ya estas cosas, y en todas
partes se clama por una profundización de la vida, un reconocimiento de la
naturaleza y la necesidad de una comprensión coherente de los procesos
mundiales y su integración consciente e inteligente, en un orden mundial
reconocible. La desintegración en esta época mundial es correcta y necesaria,
siempre que comprendamos por qué se efectúa y qué la reemplazará. La
destrucción que se lleva a cabo con el objeto de llegar a una construcción
eventual, es correcta y apropiada, pero los planes para la edificación
posterior deben ser conocidos en alguna parte y debe existir alguna idea
referente a la reconstrucción consiguiente. En un libro citado anteriormente,
la situación actual está sintetizada en términos que todos compartimos:
“Es común hoy observar que 'las viejas
creencias han desaparecido’. En el mundo de la física, el científico se
enfrenta con la necesidad de aceptar conclusiones que, a la luz de los dogmas,
leyes y conceptos aceptados anteriormente, parecen meros desatinos. En la
religión se ha llegado a reconocer popularmente que la mayoría de las
creencias, de hace apenas veinte años, carecen de toda vitalidad. Las artes están
en proceso de realizar cambios revolucionarios. En la economía el laissez
faire ha sido ampliamente objetado. Y, lógicamente, el mundo político
está convulsionado.” 5
El
mencionado autor agrega que “... el molde de las cosas se está rompiendo porque
el cemento que los unía se va desintegrando. Y por cemento significamos los
credos, ideales y objetivos, mediante, los cuales se ha vivido una vida de seis
siglos”.6 Nuestra necesidad actual es descubrir el hilo oculto del
propósito que nos sacará de este aparente atolladero y extraer de entre las numerosas
teorías, la teoría básica que no sólo tiene sus raíces en el pasado, sino que
puede ser aplicada de un modo nuevo y con términos renovados, por quienes se
han impregnado de la nueva visión. Necesitamos lo que el Dr. Albert Schweitzer 7
llama “... el reconocimiento de que la civilización se basa en alguna teoría
sobre el universo, y puede ser restaurada sólo por el despertar espiritual y
una voluntad de bien moral en el género humano“. Este despertar ya se produjo y
la voluntad al bien está presente. Las enseñanzas del Cristo no han caducado ni
son anticuadas. Sólo deben ser rescatadas de las interpretaciones teológicas
del pasado y consideradas, por su valor intrínseco, una expresión de la divinidad
en el hombre, con su participación en el reino, en proceso de ser reconocido, y
su inmortalidad como ciudadano de ese reino. Estamos pasando en realidad por
“una iniciación religiosa en los misterios el Ser”,8 de la que
surgiremos con un sentido más profundo del Dios inmanente en nosotros y en
toda la humanidad. La necesidad de esta revaluación se nos impone
constantemente. Hallamos un ejemplo en las palabras de Richard Rothschild:9
“Sin embargo, en todo este caos no sería
imposible que estuviera tomando forma una nueva actitud, espíritu u objetivo
mundial, una nueva cultura, una nueva civilización. Y en cualquier acceso
inteligente a los innumerables problemas que enfrenta la humanidad, debe
tenerse en cuenta esta posibilidad. Aplicar el pensamiento del siglo XIX a los
problemas de la nueva era, sería tan impropio como tratar de valorar el siglo
XIX de acuerdo al pensamiento griego o medieval.”
Por
lo tanto, sería de valor aceptar esta posibilidad y considerar en forma
práctica nuestra relación individual con el trabajo que Cristo hizo e inauguró,
encarar el problema del perfeccionamiento individual para poder ayudar a fundar
el reino y desarrollar esos valores que justifiquen la inmortalidad.
Alguien
ha observado que en esta época nuestras dificultades se deben principalmente a
la carencia de percepción intuitiva, por parte de quienes pueden impresionar a
las masas y llevar adelante a los pueblos. Estos conductores tratan de guiar a
los otros por medio de procesos y coacciones mentales y no por la presentación
intuitiva de la realidad que el niño y el sabio pueden reconocer
simultáneamente. Se requiere visión porque “sin visión los pueblos perecen”.10
No hemos carecido de idealismo ni tampoco somos muy ignorantes. La
mayoría de la gente actúa con sinceridad al enfrentar problemas y decisiones,
aunque su actuación pueda parecer equívoca. El error más evidente ha sido nuestro
fracaso en los reajustes y sacrificios personales que hubieran hecho posible la
realización.
La
gente busca a quien la guíe, demanda correcta conducción, espera ser dirigida
por el camino que debe tomar y, sin embargo, siempre ha tenido esa guía,
conducción y dirección. Cristo abrió la senda y espera todavía que Lo sigan, no
uno por uno, sino —guiados por discípulos inspirados— como raza. Así
como los hijos de Israel, guiados por Moisés, debemos ir y descubrir la “tierra
santa”. “Más profunda y más fundamental que la sexualidad, más hondo que el
anhelo de poder social y hasta el deseo de posesiones, hay un anhelo aún más
generalizado y universal en el conjunto humano. Es el anhelo de conocer la
correcta dirección de orientación”.11 ¿Cómo pueden entrenarse
para expresar la visión (y son muchos) a fin de ayudar en la correcta orientación
de la humanidad? ¿Cómo pueden convertirse en los conductores que tanto se
necesitan? Aprendiendo a ser guiados por el Cristo y siguiendo la guía del
Cristo místico interno, que inevitablemente llevará directamente al Cristo, el
Iniciador. Como aspirantes a los Misterios debemos aprender el camino, obedeciendo,
por amor, a la luz que poseemos, y haciéndonos sensibles a la inspiración que
nos llega de lo alto. No hay otro camino. No tenemos una excusa valedera si
fracasamos, porque otros han seguido adelante y el Cristo lo ha aclarado y
simplificado.
“‘Sabéis que estoy en el Padre y vosotros en
mí y yo en vosotros’. Nadie desde entonces ha dicho esto, pero donde alguien ha
hollado el camino, otros podrán ciertamente seguirlo, y en su corazón los
hombres saben que pueden seguirlo; ¿de qué otra manera hubieran
persistido en seguir a Jesús a través de las vicisitudes de 2.000 años de
fracaso? ‘Cristo y Buda son los nombres de un estado a alcanzarse, Jesús y Gautama
fueron las personas que lo manifestaron’. Y ese estado es eterno, no está
restringido por tiempo ni lugar, tampoco pertenece a ningún individuo, secta o
posición; allí terminan para siempre todas las diferencias.” 12
La
obediencia a lo más elevado, practicada en las cosas más pequeñas como en las
más grandes, es una regla demasiado simple para muchos, pero, no obstante, es
el secreto del Camino. Pedimos demasiado, y cuando se da una regla sencilla
que dice simplemente obedecer la voz de la conciencia y seguir el destello de
luz que vemos, no resulta bastante interesante el hecho de obedecerla
rápidamente. Pero esta regla fue la primera que siguió Cristo y, aún siendo
niño, dijo venir a ocuparse de los asuntos de su Padre. Cristo obedeció el
llamado. Hizo lo que Dios le dijo; siguió paso a paso la voz interna —y Lo
condujo de Belén al Calvario. Pero con el tiempo lo llevó al Monte de la
Ascensión. Cristo demostró los resultados de la obediencia y Él Mismo “aprendió
la obediencia por lo que sufrió”. Pagó el precio y reveló lo que Dios podía
ser y hacer en el hombre. Karl Pfleger 13 dice:
“Es Dios hecho hombre quien enseña primero
al hombre a ser verdaderamente hombre. Salvar la esencia de nuestro ser, que
provino de Dios y fue asumida por Dios mismo en Su personalidad humano-divina,
y salvarla por medio de Él y en Él, es lo que el Cristo quiere enseñarnos. Una
humanidad que cree en el Cristo, cree también en sí misma, en su futuro y,
ciertamente, en su futuro eterno, y puede hacerlo porque la naturaleza humana
ha sido establecida, eternidad tras eternidad, por medio del Cristo, y para
toda la eternidad, en el seno de Dios Triuno.”
La
realización de la perfección humana no consiste simplemente en el desarrollo
de un buen carácter, ni en ser afable y simpático. Se trata de algo más. Es
asunto de comprensión y de una nueva y regulada actitud interna, orientada
hacia Dios, porque está orientada al servicio del hombre, en quien Dios se expresa.
“Porque el que no ama a su hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a
quien no ha visto?“.14 He aquí el interrogante de San Juan, el
Apóstol bienamado, al que hasta ahora no hemos tratado de responder como raza.
Hay una necesidad vital de volver a las sencillas instrucciones fundamentales
que impartió el Cristo, y aprender a amar a nuestro hermano. El amor no es un
estado de conciencia sentimental y emocional. Tiene en cuenta el grado de
evolución y el carácter de quienes amamos; pero a pesar de todo, es un amor que
realmente ve y, precisamente porque ve en forma tan real, puede actuar
sabiamente. Es un amor que percibe la necesidad de amor que tiene el mundo, y
que el espíritu del amor (que posee inclusividad, tolerancia, sabio
razonamiento y amplia visión) puede atraer a todos los hombres hacia esa unidad
externa basada sobre una reconocida relación interna.
“Si debe realizarse verdaderamente el
objetivo del mundo, la única manera de hacerlo, que concibo, sería mediante la
intensificación del amor fraterno y del espíritu de autosacrificio, en tal
medida que sólo podría ser factible si los corazones de los hombres cambiaran
súbitamente la arcilla de que están hechos, por algún material mucho más
inflamable. Sin embargo, el propio sentido de nuestra vida parece inseparable
de la realidad de que no somos lo que quisiéramos ser, aunque lo estamos
aprendiendo; no sólo aprendemos única y principalmente lecciones
intelectuales, sino que continua, lenta y más profundamente, lecciones de
moral —entre las que ubico a la libertad, es decir, el arte de ser inofensivo a
nuestro semejante, y a la caridad, el arte aún más difícil, de serle útil. Los
hombres y las razas atrasadas sólo pueden avanzar si quienes están avanzados
se humillan y renuncian a sí mismos; debe existir ‘la mano amiga que auxilia a
los rezagados’. Adónde puede llegar cualquiera de ellos, resulta incierto; la
medida del esfuerzo depende también de lo que se dispone, y el amor sólo puede
adjudicar lo que únicamente éste puede proporcionar. La esperanza del mundo reside
en que cuanto más despierte en nosotros este amor, más convencidos estaremos
de que habremos de alcanzar la realidad final, de modo que lo que parece
sacrificio, enriquece la verdad.”15
Todos
estamos dispuestos a ser amados. Todos ansiamos ser amados, porque nos damos
cuenta, inconsciente o conscientemente,
que amor significa servicio, y nos gusta ser servidos. Ha llegado el
momento de cambiar esta actitud egoísta de la vida y de aprender a dar amor y
no a pedirlo, a darnos en servicio a todos aquellos con quienes entramos en
contacto día a día, y a no separar ni exigir nada para el yo separado. Cuando
este espíritu (que no es otro que el espíritu crístico y el de quienes mejor lo
conocen) se generalice, podremos ver una consumación más rápida de los cambios
deseados. Teológicamente se ha dicho que “Dios es amor”, y lo hemos
interpretado en términos de odios, ideales limitados, teologías estrechas y
actitudes separatistas. Reconocimos al Cristo cómo al gran servidor de la raza
y lo señalamos como ejemplo de lo que es posible realizar. Pero no prestamos
ningún servicio general, y esta cualidad no es todavía el poder motivador en
la vida del mundo. La motivación de la vida es más definida que nunca, pero los
esfuerzos que se hacen ahora —veinte siglos después que el Cristo nos dejó con
el mandato de seguir Sus pasos— sólo sirven para mostrarnos cuán lentos fuimos,
cuánto resta por hacerse, y cuán desesperadamente necesitamos ser servidos por
quienes poseen la visión y el amor de Dios en sus corazones. Es evidente el
poco amor que se experimenta en el mundo en la actualidad. Debemos recordar
esencialmente que la razón por la cual reconocemos a Dios como Dios de amor, es
que, básica y potencialmente, nosotros mismos somos de cualidad deiforme, que
en sí constituye un problema, porque a no ser que lo divino en nosotros
despierte, aunque sea parcialmente, es difícil interpretar al amor
correctamente, e imposible para las masas que huellan recién el sendero del
devenir, que en muchos casos apenas son seres humanos para comprender el
significado real del amor. A esto se refiere el párrafo siguiente:
“Podemos decir que Dios es espíritu y Dios
es amor. Sin embargo, ambas afirmaciones entrañan dificultades. El hombre sólo
puede sostener que Dios es espíritu si él mismo es parcialmente espíritu en
cierto modo, con lo que quiere significar que no está totalmente dominado por
la vida y sus reglas, sino que extrae del mundo superior parte de su ser... El
hombre es espíritu hasta donde es una personalidad, lo cual significa hasta
donde expresa esa unión interna de la razón y de la voluntad que subyace en la
variedad de experiencias humanas. Es una personalidad, cuando no se pierde en
la diversidad de la vida, sino que permanece como individuo con unidad de
propósito, la cual, según el punto de vista de Scheler, es la unidad de la
consumación de los actos en que la personalidad está interesada, especialmente
el acto de experimentar los valores. La personalidad del hombre y la de Dios
deben encontrarse por igual en la consumación de estas experiencias. O, como lo
expresa Scheler en otra parte, Dios es la unión concreta del Ser (Seins-einheit), donde la razón y la
voluntad, y el conocimiento de la verdad y la experiencia del bien, encuentran
su consumación. Puede ser deducido metafísicamente como lo absoluto, pero su
naturaleza como ente personal y en esta unión de cualidades, sólo puede
captarse completamente en una experiencia donde la razón y la voluntad tengan
raíces comunes, la experiencia del amor.” 16
La
comprensión del amor y su expresión son asuntos estrictamente personales. El
amor puede quedar indefinidamente como teoría o como experiencia emocional.
Puede convertirse en un factor motivador de la vida, algo que contribuya a la
formación del todo. Es una verdad eterna el que “... la bondad, la cultura, el
arte y el amor que los crea, sólo devienen reales a expensas del tiempo y del
espacio: por el latir del corazón, el sudor de la frente, la tarea de las manos
y de los pies y por el servicio espontáneo —solamente por esto se convierten
en posesión nuestra: ningún hombre puede otorgarlo a otros, cada uno debe ganarlo
por sí mismo”.17 Si cada cual reflexionara de por sí para llegar al
significado del amor en su vida, y si todos decidieran dar amor y comprensión
(no reacciones emocionales, sino un amor
firme, comprensivo), entonces la maraña de este agitado mundo nuestro se
devanaría y sería un mejor lugar para vivir. El caos y el torbellino de hoy
desaparecerían con mayor rapidez. El amor es en esencia la comprensión de la
hermandad. Es el reconocimiento de que todos somos hijos del Padre Uno. Es
conmiseración, compasión, comprensión y paciencia. Es la verdadera expresión de
la vida de Dios. El poeta Samuel Taylor Colaridge así lo sintió, y expresó su
pensamiento en las siguientes palabras:
“Oh la vida
una, interna y externa,
que
enfrenta todo movimiento y se convierte en su alma,
una luz en
sonido y un poder análogo al sonido en luz,
es ritmo en
todo pensamiento y júbilo doquiera
—creo que
hubiera sido imposible
no amar
todas las cosas en un mundo tan pleno;
donde la
brisa arrulla y el mudo y silencioso aire
es música,
soñando en su instrumento...
Y qué sería
si toda la naturaleza animada
no fuera
sino arpas orgánicas de formas diversas,
que
tiemblan al pensar, cuando sobre ellas pasa
plástica y
vasta, la intelectual brisa,
el Alma de
cada una y el Dios de todas?” 18
Si
el primer requisito del hombre que trata de prepararse para los Misterios de
Jesús, es la obediencia a lo más elevado que pueda sentir y conocer, y si el
segundo es la práctica del amor, el tercero será el desenvolvimiento de la
sensibilidad y la atención interna, mediante los cuales podrá alcanzar la
significación y el estado de inspiración. De ningún modo se trata del desarrollo
de la facultad psíquica, según se entiende; está presente entre los hijos de
Dios, en muchas formas, desde la atención a la voz interna de la conciencia y
el deber (dos de las formas inferiores de la inspiración), hasta la
realización espiritual superior expresada en las inspiradas escrituras del
mundo. Esta idea está desarrollada en el párrafo siguiente:
“De la mente subconsciente, surgen entre los
hombres más iluminados, visiones que ellos, mediante su lengua, su pluma, sus
cinceles o sus notas, reflejan en el horizonte limitado de sus semejantes más
toscamente constituidos; los iluminados poseen un sentido de espacio más
vasto, de poderes más grandes, de horizontes más amplios, de fuerzas inmensas
que juegan con los universos, y ese impulso interno les roba todo descanso
hasta que descubren su origen. Dentro de ese subconsciente, del cual extraen
sus visiones, puede también haber la Realidad, que deja su marca en la mente y
hace que siempre la inquiete el mundo ilusorio de los sentidos. Por ser
ilusorio, constituye otra de esas internas convicciones que no admiten dudas,
¿de qué otro modo los hombres tratarían siempre de descubrir cómo son
‘realmente’ las cosas? Si estuvieran seguros de que lo que ven a su alrededor
es la ultérrima realidad, no inventarían siempre medios de investigación cada
vez más perfectos, ni sondearían las variadas formas del mundo que enfrentan a
cada paso. De no ser así, Einstein no hubiera descubierto sus Leyes de la
Relatividad y de la Gravitación. Bose no hubiera dilucidado la verdadera naturaleza
de la vida vegetal, etc.; sabemos instintivamente que no conocemos nada de la
Realidad y, en consecuencia, no podemos descansar. Pero quien conozca esto debe
poseer algún conocimiento de lo que es real, de lo contrario, no podría haber
un criterio de lo que no existe.” 19
Si
no existe tal inspiración, un hombre no puede entrar en el templo y comulgar
con Aquel que lo introduce en los sutiles procesos de la iniciación. El primer
iniciador es la propia alma, el yo divino en el hombre, el hombre espiritual
que está detrás de la cortina del hombre externo, que lucha para controlar y
actuar a través de la personalidad externa. Es esa alma o yo, que abre al
hombre la puerta de la inspiración, revelándole la naturaleza de la conciencia
divina y sintonizando su oído para captar el sonido de esa “Voz que habla en
el silencio”, cuando el hombre ha acallado todas las voces externas. El doctor
S. Radhakrishnan 20 dice, artículo citado anteriormente:
“La relación de nuestra vida con un mundo
espiritual mayor, se revela en la conciencia vigílica por medio de nuestros
ideales intelectuales, las aspiraciones morales, las ansias de belleza y el
anhelo de alcanzar la perfección. Detrás de nuestro yo consciente está nuestro
ser secreto, sin el cual la conciencia superficial no podría existir ni actuar.
Nuestra conciencia está parcialmente manifestada y oculta. Podemos ampliar la
parte vigílica poniendo en actividad esferas de nuestro ser que están ahora
ocultas. Es nuestro deber considerarnos seres espirituales en vez de
identificamos erróneamente con el cuerpo, la vida o la mente. Aunque comencemos
con lo inmediato y lo actual, es posible acrecentar y enriquecer
constantemente nuestra limitada autoconciencia, reuniendo allí todo lo que
podemos comprender de lo visible y lo invisible, del mundo que está alrededor y
por encima nuestro. Ésa es la meta del hombre. Su evolución es un
auto-trascender constante, hasta que alcanza su naturaleza ultérrima y
potencial, a la cual las apariencias de la vida ocultan o expresan
inadecuadamente. Mediante este proceso no eliminamos nuestra individualidad,
sino que la trasformamos en parte consciente del ser universal, expresión de la
divinidad trascendente. Lo instintivo y lo intelectual fructifican en la
personalidad espiritual. La carne se santifica y armoniza con el espíritu; el
intelecto es iluminado e incluido en el reino de los fines. El cuerpo y la
mente, el instinto y el intelecto se convierten en servidores voluntarios del
espíritu y no en amos tiránicos.
“La cualidad excepcional del hombre, entre
todos los productos de la naturaleza, reside en que en él la naturaleza trata
de excederse conscientemente, no mediante una actividad automática o
inconsciente, sino por el esfuerzo mental y espiritual. El hombre no es una
planta o un animal sino un ser espiritual y pensante, determinado a forjar su
naturaleza a fin de cumplir propósitos más elevados. Trata de establecer orden
y armonía entre las diversas partes de su naturaleza, y se esfuerza por
alcanzar una vida integrada. Se siente defraudado si no logra el éxito en su
tentativa de llegar a esa plenitud orgánica de la vida. Siempre hay en él un
fermento mental y moral, una tensión entre lo que es y lo que quisiera ser,
entre la materia que le ofrece la posibilidad de la existencia, y el espíritu
que lo moldea en un ser significativo”.
Desarrollar
la facultad de la inspiración es esencial para progresar en el sendero de la
iniciación, y presupone también un desarrollo de la inteligencia, lo que
permitirá al hombre establecer las diferenciaciones necesarias. La verdadera
inspiración no es en manera alguna la afluencia del yo subconsciente o mente;
ni la afluencia, en el hombre, de las corrientes de ideas y pensamientos que le pertenecen —raciales,
nacionales o familiares; tampoco es la sintonización, con el mundo del
pensamiento, que pueden realizar tan fácilmente quienes lograron desarrollar
cierto grado de facultad telepática; ni oír las innumerables voces que se oyen
cuando el hombre llega a ser tan completamente negativo y tan desprovisto de
todo pensamiento inteligente, que los sonidos, ideas y sugestiones del mundo de
los fenómenos psíquicos, pueden introducirse fácilmente. Esto ocurre por lo
general cuando el coeficiente de inteligencia es relativamente bajo. La
inspiración es algo totalmente distinto.
Es una penetración en el mundo del pensamiento y de las ideas, que el Cristo
escuchó cuando oyó una Voz y le habló el Padre. Es la respuesta intuitiva de
una mente inteligente, a impresiones provenientes del alma y del mundo de las
almas. Entonces el lenguaje de ese reino se nos hace familiar. Entramos en
contacto con las almas liberadas que actúan en ese reino, con las ondas
mentales y las ideas que tratan de plasmar en las mentes de los hombres y
entran en circulación mediante las mentes sintonizadas de los discípulos del
mundo. Esto es inspiración, facultad que los aspirantes de todas partes deberían
empezar a desarrollar y alcanzar en el mundo del vivir cotidiano. Este poder
se genera por los procesos de la correcta meditación. Es una expresión del
alma actuando por medio de la mente, activando así al cerebro, mediante
impulsos estrictamente espirituales. La inspiración es responsable de todas las
nuevas ideas e ideales que se desarrollan en nuestro mundo moderno. La era de
la inspiración no ha pasado, está presente aquí y ahora. Dios habla todavía a
los hombres, porque nuestro mundo aún proporciona los medios adecuados para el
desarrollo, en el corazón humano, de esas cualidades características del
Cristo, del alma, el Hijo de Dios encarnado, que mora en este valle de
lágrimas, o como se ha dicho, “este valle constructor de almas”. El Dr. Bosanquet
12 lo explica en forma iluminadora:
“...
digo, ‘constructor de almas’, diferenciando el Alma de la Inteligencia. Puede
haber inteligencias o chispas de la divinidad en millones de seres, pero no son
almas hasta adquirir identidad, hasta que cada una es una personalidad propia.
Las inteligencias son átomos de percepción, saben, ven y tienen pureza, y son,
en síntesis, Dios. ¿Cómo se construyen las almas? ¿Cómo se les otorga identidad
a esas chispas que son Dios, para que cada una posea una bienaventuranza
peculiar por su existencia individual? De qué otro modo sino por intermedio de
un mundo... Esto se efectúa mediante tres espléndidos materiales que actúan uno
sobre otro, durante una serie de años, y son: la inteligencia, el corazón
humano (diferenciándolo de la inteligencia y de la mente) y el mundo, o espacio
elemental apropiado, para la acción mutua de la Mente y el Corazón, con el
propósito de formar el alma o inteligencia, destinada a poseer el sentido de
Identidad... Para que pueda apreciarse con más claridad, voy a repetirlo de la
manera más sencilla posible. Llamaré al mundo, la Escuela instituida con el
propósito de enseñar a leer a los párvulos; al corazón humano, la cartilla
empleada en dicha escuela, y diré que el niño es capaz de leer el alma por esa
escuela y su cartilla. ¿Pueden ver cuán necesario es un mundo de dolor y
angustia para adiestrar una Inteligencia a fin de convertirla en un alma?”
Pero
para alcanzar este contacto definido y consciente con el alma, el aspirante
debe aprender a obedecer mediante el sufrimiento y también a practicar el amor.
Esto no es fácil. Requiere disciplina, esfuerzo y empeño incesante, pues la
conquista del yo, que significa una crucifixión diaria y una centrada atención
perfecta, nunca aparta sus ojos de la meta, porque es consciente siempre de sus
propósitos, progreso y orientación. Lo maravilloso de este proceso es que
puede ser realizado aquí y ahora, en la situación en que nos encontramos, sin
incurrir en la menor desviación desde el lugar del deber y la responsabilidad.
El autor, Dr. Bonsanquet,22 continúa diciendo que “... el yo, en su
esfuerzo por completarse, hará pedazos toda forma parcial de su propio ser
cristalizado, recibirá con agrado cualquier accidente y se embarcará en el
conflicto y la aventura... Este reconocimiento será representado como si
surgiera y se mantuviera por todas partes y, en efecto, por los dolores de la
propia formación, de la venturosa vida finita, y captando la seguridad del yo
por la unión con el todo, en proporción con el alcance de la propia
trascendencia que, aunque se amplifique en dirección al todo, muestra en sí todavía
la debilidad e inutilidad de la existencia finita.”
Tal
es la meta del hombre que trata de estar junto al Cristo en la fundación del
reino, cumpliendo así con la voluntad de Dios. No hay otro objetivo digno de la
atención del hombre, ninguno que pueda absorber todo su poder, todos los dones
y talentos que posee en todo momento de su ser. Hoy se exhorta a los servidores
de la raza y se hace un llamado a los hombres y mujeres para trabajar en la
tarea de perfeccionar el yo, a fin de poder estar mejor equipados para servir,
en el hombre, a sus semejantes y a Dios. El Dr. D’Arcy 23 dice:
“No cabe duda que Ortega y Gasset tiene
razón cuando declara en La Rebelión de las Masas que
“...
la vida humana, por su propia naturaleza, tiene que estar dedicada a algo, a
una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Enfrentamos una
condición, extraña pero inexorable, involucrada en nuestra propia existencia.
En primer término, vivir es algo que cada cual realiza por sí mismo y para sí
mismo. Por otra parte, si a esa vida mía, que sólo a mí concierne, no la dirijo
hacia algo, estará desarticulada, carecerá de tensión y de ‘forma’. Somos
testigos en estos años del gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas
que deambulan perdidas en su propio laberinto, porque no tienen nada a qué
dedicarse... Librada a sí misma, la vida se torna vacía, sin nada que hacer. Y
para llenarla de algo, se inventan frivolidades, se crean ocupaciones falsas
que no tienen nada de íntimo y de sincero. Hoy es una cosa, mañana otra
contraria a la primera. La vida se pierde al encontrarse tan sola. El mero
egoísmo es un laberinto. Esto es bastante comprensible. Vivir es realmente
dirigirse hacia algo, avanzar hacia una meta. La meta no es ni movimiento ni mi
vida, es algo a lo cual aplico mi vida y que, en consecuencia, está afuera, más
allá de ella. Si me decido a marchar sólo dentro de mi propia existencia,
egoístamente, no progreso ni llego a ninguna parte.”
Se
dice que cuando penetramos en el mundo de los ideales, “las diferencias entre
las religiones resultan insignificantes, mientras las coincidencias se tornan
sorprendentes. Existe un solo ideal para el hombre: hacerse profundamente
humano. ‘Sed perfectos’. El entero hombre, el hombre completo, es el hombre
ideal, el hombre divino. ‘Sois completos en la Divinidad’, dice San Pablo. La
búsqueda de nuestro yo superior y más íntimo, es la búsqueda de Dios.
Descubrirse a sí mismo, conocerse a sí mismo y realizarse a sí mismo, es el
destino del hombre.24 En el sendero de la purificación descubrimos
cuán débil e imperfecto es el hombre inferior; en el sendero del discipulado
trabajamos por el desenvolvimiento de las cualidades que caracterizan al
hombre que está preparado para hollar el Camino y nacer en Belén. Entonces sabremos
la verdad acerca de nosotros y de Dios, y mediante la realización, sabremos si
lo que se nos ha dicho es o no verdadero. Se ha dicho que “...nadie puede
comprender exactamente la verdad histórica de documentos tales como los
Evangelios, a menos de haber experimentado el significado místico que ellos
contienen... Ángelus Silesius, ya había expresado en el siglo XVII la actitud
crística, hacia esta clase de investigación:
“Aunque
Cristo hubiera de nacer año tras año en Belén y nunca
naciese en
nosotros mismos, estaríamos perdidos para siempre;
y si en
nuestro interior no surgiera otra vez,
la Cruz del
Gólgota no nos libraría del dolor.” 25
El
conocimiento de nosotros mismos nos lleva al conocimiento de Dios. Es el primer
paso. La purificación del yo nos lleva al portal de la iniciación, de donde
podemos hollar el Camino por el que Cristo marchó de Belén al Calvario.
Somos
seres humanos, pero también divinos. Somos ciudadanos del reino aunque no lo
hayamos reclamado aún, ni entrado en posesión de nuestra divina herencia. La
inspiración fluye continuamente; el amor está latente en todo corazón humano.
En el primer paso sólo se requiere obediencia y, cuando se ha cumplido,
entonces viene el servicio, que es la expresión del amor, y también la
inspiración, que es la influencia del reino, haciéndose parte definida de
nuestra expresión de la vida. Esto es lo que el Cristo vino a revelarnos y ésta
es la palabra que emitió. Cristo demostró nuestras posibilidades divinas y
humanas, y al aceptar la realidad de nuestra naturaleza dual aunque divina,
podemos empezar a ayudar en la fundación del reino.
Debemos
llegar a comprender que “la Más exaltada, pura y absolutamente adecuada
expresión del misterio del hombre, es el Cristo, el Dios-hombre. Sólo Él, ubica
verdadera y fundamentalmente a la naturaleza humana en la luz correcta. Su
aparición en la historia da derecho al hombre a considerarse algo más que una
simple criatura. Si existe realmente un Dios-hombre también existe un
Hombre-dios, es decir, un ‘hombre’ que ha recibido en sí mismo la divinidad...
Este Hombre-dios es colectivo y universal, es decir, es todo el género humano o
una iglesia mundial. Porque sólo en comunión con sus semejantes el hombre puede
recibir a Dios.” 26
La
actitud individual al ejemplo del Cristo es, en consecuencia, la obediencia al
mandato de alcanzar la perfección. Pero, el móvil debe ser el que incitó al
Cristo a emprender toda Su actividad divina, la fundación del nuevo reino y el
logro de ese estado de conciencia en escala humana y universal, que hará al ser
humano ciudadano del reino, en el cual actuará conscientemente, se someterá
voluntariamente a sus leyes y se esforzará constantemente para que se expanda
en la tierra. El hombre es el mensajero del reino y la tarea auto-asignada
consiste en elevar la conciencia de sus semejantes, para que puedan
trascenderse a sí mismos. Compartir con ellos los beneficios del reino y
fortalecerlos a medida que avanzan por el difícil sendero, hacia el portal que
los admitirá en ese reino, es el único y preciado deber inmediato. El alma que
ha establecido contacto con la expresión inferior, el yo personal, arrastra a
ese yo al sendero del Servicio. El hombre no puede descansar hasta llevar a
otros al Camino y a la libertad, otorgada a los hijos de Dios, que caracterizan
al nuevo y venidero reino. El Dr. A. N. Whitehead 27 lo señala al
decirnos que “... lo que se sabe en secreto debe ser disfrutado y verificado en
común. La convicción inmediata del momento, a este respecto, se justifica como
un principio racional que ilumina el objetivo mundial. La gran convicción
instantánea se convierte de esta manera en el Evangelio, en las ‘buenas
nuevas’. Insiste en su universalidad porque, o es eso, o un capricho
pasajero”.
La
nueva religión está en camino y para ello todas las religiones anteriores nos prepararon. Difiere
únicamente en que ya no estará caracterizada por dogmas ni doctrinas, sino que
será esencialmente una actitud de la mente, una orientación hacia la vida, el
hombre y Dios. Será también un servicio viviente. El egoísmo y los intereses
auto-centrados finalmente se eliminarán, porque el reino de Dios es la vida del
todo colectivo, sentido y deseado por todos sus ciudadanos; todos los que
huellan el Camino trabajan por alcanzarlo y expresarlo. La iniciación no es
nada más que el proceso de desarrollar en nuestro interior los poderes y
facultades de ese nuevo reino superior, cuyos poderes nos liberan en un mundo
más amplio, y tienden a hacernos sensible al todo orgánico, no a la parte. El
individualismo y la separatividad desaparecerán cuando el reino venga a la
existencia. La conciencia colectiva es su expresión y cualidad sobresaliente.
Es el próximo paso definido, claramente indicado en el Sendero de la Evolución,
y esto es ineludible. No podemos evitar que finalmente seamos conscientes del
todo mayor, o participemos activamente en su vida unificada. Citemos a Lord J.
S. Haldane,28 la mayor autoridad que, sobre el tema, hemos
encontrado:
“Referente a la interpretación biológica,
indiqué que no sólo la determinación orgánica se extiende hasta el medio
ambiente de un organismo, sino que, cuando los centros de vida u organismos
aparentemente separados están en estrecho contacto entre sí, de modo que
coincide su medio ambiente, estas vidas llegan a manifestar en sí mismas una
vida más amplia que la evidenciada en conexión con cada organismo componente
si estuviera separado del resto. En el caso de la personalidad consciente,
vemos que ocurre lo mismo en el plano psicológico, ejemplificado de modo
sorprendente. Los intereses de personas asociadas se convierten en interés
común. Esto no significa que el interés común sea meramente la suma algebraica
de los intereses más o menos antagónicos de las personas asociadas, sino que
existe un interés extenso y organizado y la percepción correspondiente y una
actividad voluntaria donde se manifiesta este extendido interés... Aunque se
distingue aún el interés individual, queda completamente subyugado al interés
común. La percepción y la actividad consciente individuales, se fusionan en una
percepción y actividad consciente más amplia..., para el interés consciente no
hay limitación de tiempo ni espacio..., vemos que en la conducta consciente no
tratamos con algo que como los ‘cuerpos’ del mundo newtoniano pueden
considerarse simplemente que existen aquí y ahora. El aquí y ahora del
comportamiento consciente se extiende por encima de todos los otros aquí y
ahora.”
Sin
embargo, es posible acelerar la venida del reino, y la necesidad del mundo en
la actualidad y la orientación de los hombres hacia el mundo de las ideas,
parecerían indicar que ha llegado el momento de realizar un esfuerzo
suplementario que precipitará la
aparición del reino y traerá a la manifestación lo que espera la revelación
inmediata. Éste es el desafió que hoy debe enfrentar la Iglesia cristiana. Se
necesita visión, sabiduría y esa amplia tolerancia que ve a la divinidad en
todas partes y reconoce a Cristo en todo ser humano. Citamos nuevamente a Otto
Karrer:29
“Podemos decir con toda verdad, que
únicamente el cristiano, cuya visión abarca no sólo todas las formas
organizadas del cristianismo, sino también al cristianismo inconsciente, y la
religiosidad y la santidad que existe en toda la raza humana, puede lograr una
comprensión adecuada de lo que significa ‘el reino de Dios’, la comunión
universal de los Redimidos, la Iglesia invisible y, por lo tanto, la visible.
En consecuencia, ese cristiano sabrá que hay un laso que lo une con todos sus
semejantes, sean paganos, o correligionarios judíos, unión más íntima que el
vinculo de la sangre, determinada por la posesión común de una religión, cualquiera
sea.“
Cuando
captamos la significación del reino de Dios, empezamos a comprender lo que
significa la Iglesia de Cristo y el significado de esa “nube de testigos”,30
que nos cubre constantemente. El reino de Dios no es alguna iglesia particular
con sus propias doctrinas peculiares, sus especiales formulaciones de la verdad
y su método especializado de gobierno en la tierra y su acercamiento a Dios.
La
verdadera Iglesia es el reino de Dios en la Tierra, separado de todo gobierno
clerical, y se halla compuesta por todos los que, sin tener en cuenta su raza o
creencia, viven guiados por la luz interna, por quienes descubren la realidad
del Cristo místico en su corazón y se preparan para hollar el Camino de la
Iniciación. El autor que acabamos de citar añade:
“Es una Iglesia que no está confinada a las
iglesias y catedrales del mundo occidental, ni circunscrita por diferencias de
nación o de cultura, no obstante la ‘Iglesia ha existido desde el comienzo de
la historia humana’, la Iglesia universal (Pribilla), tan vasta como amplio es
el género humano, en el pasado, presente y futuro, vivo y muerto, la Iglesia
que incluye a todos los hombres
religiosos, en virtud de su deseo religioso, su determinación, sus plegarias, y
por la gracia de Aquél que oró por ellos, para que fueran ‘uno’, como Él es uno
con Su Padre, el Padre de todos los hombres. En resumen, el hombre religioso es
consciente de ser miembro de la familia humana. Es imposible ser religioso y
dejar al género humano fuera de la propia religión. ‘Porque sólo la simpatía
humana hace alegrar y expandir el corazón del hombre’.”31
El
reino no está compuesto por personas ortodoxas de mente teológica. Su
ciudadanía es más amplia que eso, incluye a todo ser humano que piensa en
términos más amplios que el individual, el ortodoxo, el nacional y el racial.
Los miembros del venidero reino pensarán en toda la humanidad y mientras sean
separatistas o nacionalistas, religiosamente fanáticos o comercialmente
egoístas, no tendrán ubicación en ese reino. La palabra espiritual
tendrá un significado más amplio que el dado en la era anterior, que
afortunadamente está pasando. Todas las formas de vida serán observadas desde
el punto de vista de los fenómenos espirituales y no consideraremos como espiritual
a una actividad, y a otra no. El móvil, el propósito y la utilidad grupal,
determinarán la naturaleza espiritual de cualquier actividad. Trabajar para el
todo, ocuparse en ayudar al grupo, conocer que la Vida una palpita en todas las
formas, y trabajar siendo consciente de que todos los hombres son hermanos,
constituyen cualidades iniciales que debe ostentar un ciudadano del reino. La
familia humana es individualmente autoconsciente. Esta etapa de la conciencia
separadora ha sido necesaria y útil, pero ha llegado el momento de ser ya
conscientes de contactos mayores, de implicancias más amplias y de una
inclusividad más general. A este respecto dice un escritor:
“...no
podemos permitir que nuestro prójimo, se trate de una nación o de un individuo,
se encamine a la destrucción, sin que por lo menos compartamos su sufrimiento y
desgracia. Todas las personas están orgánicamente relacionadas. La humanidad
sólo puede progresar si todas las naciones progresan. Ninguna nación puede
sobresalir egoístamente, dejando que las demás perezcan... Tenemos que
percibir la realidad científica de la solidaridad del género humano. Debemos
reconocer que la prosperidad, el bienestar, la salud y la felicidad de cada uno
de nosotros, pueden asegurarse únicamente si cada uno actúa de manera que los
demás, nuestros semejantes, tengan la misma paz, la misma felicidad, las
mismas ventajas económicas y las mismas oportunidades para educarse, que las
nuestras.” 32
¿Cómo
se materializará en la tierra este reino de Dios? Mediante el acrecentamiento
gradual y seguro del número de ciudadanos de ese reino que viven ahora en la
tierra, demostrando las cualidades y la conciencia, características de tales
ciudadanos; mediante hombres y mujeres de todas partes, que cultiven la expansión
de conciencia y se hagan cada vez más incluyentes. “Cualquier reflexión que
pueda derribar infaliblemente las paredes del yo”, dice el Dr. W. E. Hocking,33
“abre de inmediato un campo mundial infinito. Agreguen un segundo número
a mi Uno y tendré todos los números”. Continúa este autor dándonos la clave
del proceso que debe aplicarse a este trabajo de unidad esencial, diciendo que
“... el verdadero místico es quien se mantiene en la realidad de ambos mundos y
deja que el esfuerzo y el tiempo comprendan su unión”.34 El reino de
Dios no está divorciado del práctico vivir cotidiano, en el nivel de los
asuntos diarios. El ciudadano del reino tiene conciencia del mundo y
conciencia de Dios. Sus líneas de contacto están claramente señaladas en ambas
direcciones: no se interesa en sí mismo, sino en Dios y en sus semejantes, y
su deber para con Dios aparece en el amor que experimenta y demuestra hacia
quienes lo rodean. No reconoce barreras ni divisiones; vive como alma en todos
los aspectos de su naturaleza, a través de su mente y de sus emociones y
también en el plano físico de la vida. Trabaja a través del amor, con amor y
por amor a Dios. En el párrafo siguiente encontramos resumida su actitud:
“El amor tiene muchas ventanas y necesita
aprendizaje y sabiduría; la vida del cristiano exige el ejercicio de cada una
de sus facultades y de todo lo que está en él. Su vida está oculta en el
Cristo. Se libera por la renunciación interna, de modo que el amor divino pueda
penetrar todos sus actos, y cuando juzga los hechos y actuaciones de su prójimo
es, no sólo bien intencionado, sino sabio. Debe estar en el mundo y no ser del
mundo; debe combinar derechos y deberes, intereses de los individuos con los
grupos, los grupos con las naciones y las naciones con el mundo civilizado;
debe ajustar los cánones de la belleza, de la moral y de la libertad, a los
cánones del control y la autoridad, los del conocimiento a los de la tradición
y la fe.” 35
Un
detenido estudio del Evangelio y una profunda atención a las palabras del
Cristo revelarán que las tres características descollantes de Su obra y las
tres líneas principales de Su actividad, están destinadas a ser también las
nuestras. Como ya vimos, esas características son, primero, el logro de la
perfección y su demostración por medio de los cinco grandes acontecimientos
que llamamos las crisis de la vida de Cristo, las cinco iniciaciones mayores
de oriente y de las escuelas esotéricas; segundo, la fundación del reino
—responsabilidad que nos cabe a cada uno de nosotros, porque aunque el Cristo
ciertamente abrió la puerta hacia el reino, el resto del trabajo descansa sobre
nuestros hombros; tercero, el logro de la inmortalidad, basado en el desarrollo
de lo que tenemos internamente, cuya naturaleza es real, posee verdadero valor
y merece afrontar la prueba de la inmortalidad. Esta última idea demanda mucha
atención. Impresionante por lo que implica, es triste y profundamente cierto
que “... el hombre, tal como hoy existe, no está capacitado para sobrevivir.
Debe cambiar o perecer. El hombre, tal cual es, no constituye la última
palabra de la creación. Si no se adapta,
y no puede adaptarse él mismo y sus instituciones al nuevo mundo, tendrá que
ceder su lugar a especies más sensibles y de naturaleza menos grosera. Si el hombre
no puede realizar el trabajo que se le pide, surgirá otra criatura que lo pueda
hacer.” 36
Tal
ha sido siempre el plan evolutivo. La vida de Dios ha construido para sí un
vehículo tras otro, a fin de manifestarse, y los reinos se han sucedido unos
tras otros. La misma gran expansión es inminente hoy. El hombre, ese ser
autoconsciente, puede diferir radicalmente de las formas de vida de los
otros reinos, porque puede avanzar sobre la oleada de vida con plena
conciencia. Puede compartir el “gozo del Señor” a medida que obtiene más
amplias expansiones de conciencia, y conocer la naturaleza de esa bienaventuranza,
condición destacada de la naturaleza de Dios. No es necesario el fracaso humano
ni la ruptura definitiva de la continuidad de la revelación. Hay algo en el
hombre que le permite eliminar la brecha que existe entre el reino en que se
encuentra, y el nuevo que alborea en el horizonte. Los seres humanos, ciudadanos
de ambos reinos, el humano y el espiritual, están hoy con nosotros como lo han estado
siempre. Se mueven con entera libertad en cualesquiera de estos mundos, y el
Cristo mismo demostró perfectamente esa
ciudadanía y dijo que podríamos hacer “cosas más grandes que las que Él hizo”.
Tal es el futuro esplendoroso hacia el que se orienta hoy el hombre y para el
cual todos los acontecimientos mundiales lo están preparando. Este hecho ha
sido subrayado por L. C. Beckett:37
“No podemos eludirlo, querramos o no, todos
debemos, tarde o temprano, entrar en el reino que está en nosotros. Creo que
hemos avanzado un poco en el camino, al percibir lo que nunca se comprendió
antes, esto es, que este reino, el Nirvana, no es más ni menos que la siguiente
ola que llevará la marea a un paso más cerca de la costa, el próximo latido en
el Hálito de Dios. Y aunque esa condición futura parezca increíble, como la del
hombre respecto a la ameba, sin embargo tenemos la seguridad de quien conoció
el camino nos alentará a seguirlo: ‘Abierta de par en par está la puerta de lo
imperecedero, para todos los que escuchan, que demuestren su fe para
enfrentarla’ (Mahavagga Sutta).“
En
un capítulo anterior de la misma obra, Beckett 38 dice que: “En el
sentido místico de la creación que nos rodea, en la expresión del arte, en el
anhelo de Dios, el alma asciende y halla la realización de algo implantado en
su naturaleza. La confirmación de este desarrollo está dentro nuestro, y es un
esfuerzo surgido en nuestra conciencia, o una luz interna que procede de un
Poder más grande que el nuestro.”
La
preparación para este reino la constituye la tarea del discipulado y también
la férrea disciplina del quíntuple sendero de la iniciación. El trabajo del
discípulo consiste en la fundación del reino, siendo la inmortalidad la
característica primordial de sus ciudadanos. Son miembros de una Raza Inmortal,
y el último enemigo que vencen es la muerte. Actúan conscientemente dentro o
fuera del cuerpo, no importa cuál sea; tienen vida perpetua, porque hay en
ellos algo que no puede morir, pues es de naturaleza divina. Ser inmortal,
porque nuestros pecados han sido perdonados, es una explicación inadecuada para
una mente inteligente; gozar de vida eterna porque el Cristo murió hace dos mil
años, no resulta satisfactorio para el hombre consciente de sus propia
responsabilidad e identidad; vivir eternamente porque se es religioso o se ha
aceptado cierta creencia, es una razón que repudia el hombre consciente de su
propio poder y naturaleza interna; basar nuestra fe en la supervivencia, en la
tradición o en un sentido innato de la persistencia, no nos parece suficiente.
Mucho sabemos acerca del poder y de la tenacidad en la autoconservación y del
impulso creador en la autoperpetuación. Tal vez ambos se realizan en un sentido
idealista cuando el hombre enfrenta la finalidad.
Sin
embargo, la humanidad posee el innato sentido de pertenecer a otro lugar; hay
un divino descontento que sin duda alguna está basado en una herencia natural,
que es la garantía de nuestro origen. Este anhelo por una vida más amplia y
plena, es tanto una característica humana, como la tendencia normal del
individuo de orientarse hacia la vida familiar y contactos sociales. En
consecuencia, es tan capaz de realización como esa tendencia, y a esto
contribuye el testimonio de las edades. La salvación personal, después de
todo, es de poca importancia, a no ser que tenga lugar dentro de una salvación
más general y universal. La Biblia nos promete que el que “cumple la voluntad
de Dios, permanece para siempre”,39 en estas palabras reside la,
clave. Siempre se ha tendido a creer que cuando Dios creó al hombre, Su
voluntad de expresión quedó perfectamente satisfecha. Verdaderamente, no hay
base real para tal creencia. Si Dios no es capaz de producir algo mucho más
perfecto que la humanidad, y si la vida que afluye a través del mundo natural
no tiende hacia algo importante, mejor y bello, de lo que hasta ahora ha
creado, entonces Dios no es divino, en el sentido en que se acepta el término
comúnmente. Exigimos algo más que esto de Dios, una grandeza que sobrepase todo
lo que conocemos. Lo creemos posible. Nos respaldamos en la divinidad y estamos
seguros de que no nos defraudará. Pero la revelación de la ultérrima perfección
sea cual fuere (sin que limitemos a Dios con nuestras propias ideas
preconcebidas), debe exigir el desarrollo de poderes y de un mecanismo en el
hombre, que le permita reconocerla y compartir sus maravillas y su más amplia
esfera de contactos. Quizá nosotros mismos tendremos que cambiar para poder
expresar lo divino como lo expresó Cristo, antes de que Dios pueda ir adelante
con la manifestación de la belleza del reino oculto. Dios necesita la
colaboración del hombre. Exhorta a los hombres a cumplir Su voluntad.
Consideramos esto como un medio para nuestro propio bien individual, aunque
quizá haya sido una actitud equívoca. Debemos levantarnos y llevar adelante el
Plan interno, equipándonos para la perfección, a fin de que Dios “de la
aflicción de su alma pueda ver y quedar satisfecho”.40 Debemos
constituir el experimento crucial de Dios. El germen de la vida divina está en
nosotros, pero debemos hacer algo al respecto; ha llegado el momento en que
toda la humanidad debe dedicarse a fomentar la vida divina en la forma racial.
Lord Conway of Allington41 dice, con palabras iluminadoras, que lo
importante en la vida radica en esta urgente responsabilidad:
“Un cristal sólo puede construirse capa por
capa y no podemos elaborarlo de un trozo de materia; lo mismo sucede con la
vida que se genera eternamente en un Eterno Ahora. Nada puede existir en
cuatro dimensiones si fue construido en tres dimensiones, para bien o mal. Parece
que lo divino actúa únicamente en la superficie de la actividad. Quienes están
en comunión con lo divino, con Dios, llevan vidas inspiradas, y al dar forma a
su cuerpo eterno, manifiestan y erigen en la estructura eterna, la belleza y,
finalmente, la gloria de Dios. ‘El mundo pasa’, esto es, se desvanece para los
mortales, porque se hace eterno. ‘El que hace la voluntad de Dios permanece
para siempre’; el hombre que cumple Su voluntad y en consecuencia su actividad
creadora, en armonía con la Voluntad divina, posee vida eterna, y esto, no en
el más allá ni en algún estado futuro, sino aquí y ahora, ‘pasando de la muerte
a la vida’. El nacimiento y la muerte son los meros límites de la vida eterna
en el hombre. Nada son en sí. Entre esos límites cuatridimensionales, está la
materia de su vehículo. El gran Enigma no se resuelve con la muerte sino con la
vida. La enorme importancia de la vida está en que durante cada hora de la
misma, el hombre hace o deshace su alma eterna. Así cada hora es significativa.
Lo que el hombre hace para sí en cada hora, es un acto eterno“.
Por lo tanto nuestro deber inmediato, en bien
del reino, cuyos ciudadanos son inmortales, es desarrollar lo que hay de divino
en nosotros, cuyas características pueden conocerse por el sentido de los
valores, el atributo de la luz y la naturaleza de su amor y sus amores. La
total expresión del “Hombre Oculto en el Corazón”, es lo que hoy se necesita.
La revelación del yo dentro del no-yo es la demanda, que se aclara en los
siguientes términos:
“El hombre sobrevive a la muerte. Pero,
¿cómo y en qué forma? El ego terreno no es el yo definitivo. Pertenece al orden
de la generación, que es simplemente el proceso de desarrollo en el tiempo.
¿Qué ocurre, entonces, cuando no existe el tiempo? El ego, en su forma terrena
y temporal, no tiene cabida en la eternidad. Y es bueno que así sea. Ese no-yo
no es el verdadero hombre, el hombre ideal. El hombre ideal, el hombre final y
completo es el no-yo, que está 'fusionado en una entrega indivisa e ilimitada,
con todos y cada uno’. Sólo un Yo tan amplio, abierto al mundo entero, puede la
verdadera personalidad humana ser la realización del auténtico humanismo”.42
Este
no-yo, nutrido, alentado, entrenado y desarrollado, es el aspecto inmortal del
hombre, y somos responsables de ese no-yo. Esto es ineludible y tampoco podemos
evadir el hecho de que Somos parte de un todo y que sólo cuando Cristo sea
reconocido por la raza entera y expresado por toda la humanidad, lograremos
aquello por lo cual fuimos creados: el cumplimiento de la voluntad de Dios,
tal como Cristo la cumplió. Es necesario trascender el complejo de inferioridad
que se convierte en una duda cuando nos encontramos con frases como la recién
mencionada: ‘como Cristo la cumplió’. Un libro citado anteriormente, establece
que la idea de un Cristo personal debe ser borrada y reemplazada por el Cristo,
como la vida y la esperanza de todos nosotros. Karl Pfleger 43 dice
que “habiendo logrado la humanidad-divina su realización individual,
absolutamente perfecta en la Persona de Cristo, debe ser alcanzada socialmente
por el proceso histórico que Él inauguró. En Cristo, el Principio divino se
convirtió en una realidad física, y esta realidad constituye la nueva sustancia
vital de la que extrae su alimento la humanidad unida a Dios, o más bien, a
medida que asimila la esencia de Cristo, se eleva gradualmente hasta la esfera
de la humanidad divina”. J. S. Haldane 44 remarca la misma idea
desde otro ángulo, cuando dice:
“La meta de toda vida finita es simplemente
la totalidad, de la cual esta vida es un fragmento. Cuando busco mi propia
meta, busco la totalidad de mi ser. En cuanto mi objetivo sea la completación
absoluta de mi ser, mi meta es idéntica a toda la vida de Dios. En todos
nuestros esfuerzos, el logro de la meta
significa mucho más de lo que podría darnos cualquier instante futuro. El yo,
en su integridad, es el todo de un sistema autorrepresentativo, y no meramente
el último momento o etapa del proceso, si esto pudiera ser. Y ello sólo puede
ser así, porque en Dios tenemos nuestra individualidad. En la Mente Absoluta
está el significado de que tenemos existencia. Nuestra misma dependencia es la
condición de nuestra libertad y significación excepcional”.
Solamente
quien es excepcional comprende el verdadero significado interno de la
inmortalidad. Aquellos en quienes el sentido de los valores está subordinado a
los valores del alma, cuya conciencia es la de la eternidad, son eternos en
sus procesos vivientes. Debe recordarse esto.
¿Estamos
interesados en el todo vital? ¿El bienestar de la raza tiene verdadera
importancia para nosotros? ¿Estamos dispuestos a sacrificarlo todo para bien
del todo? Estos interrogantes son de suma importancia para el aspirante
individual, y debe responderlos si quiere comprender con claridad lo que trata
de hacer. Este proceso de dar preferencia al todo ha sido sintetizado por el
Dr. Albert Schweitzer,45 quien nos presenta un maravilloso cuadro
del reino de Dios:
“La civilización, para decirlo con
sencillez, consiste en entregarnos como seres humanos, al esfuerzo de lograr el
perfeccionamiento de la raza humana y a la actualización de todo tipo de
progreso, en las circunstancias humanas y las del mundo objetivo. Esta actitud
mental, sin embargo, implica una doble predisposición: primero, estar
preparados para actuar afirmativamente en lo que respecta al mundo y a la vida
y, segundo, ser éticos.
“Sólo cuando podamos atribuir un significado
real al mundo y a la vida, podremos dedicarnos a esa actividad que producirá
resultados de verdadero valor. Mientras consideremos nuestra existencia en el
mundo como carente de significado, no tiene objeto desear hacer algo en el
mundo. Nos convertimos en trabajadores de ese progreso universal, espiritual y
material, llamado civilización, sólo en la medida en que afirmemos que el mundo
y la vida tienen algún significado, o lo que es lo mismo, en la medida en que
pensemos con optimismo. La civilización nace cuando los hombres se inspiran en
una potente y clara determinación de obtener progreso, y se consagran, como
resultado de esta determinación, al servicio de la vida y del mundo. En la
ética salo encontramos la fuerza impulsora de tal acción, que transciende, como
lo hace, los límites de la propia existencia.
“Nada que tenga verdadero valor en el mundo
se consigue sin entusiasmo ni autosacrificio.”
Lord
Conway of Allington,46 se refiere a la misma verdad, desde otro
punto de vista:
“Todo ideal que ha logrado introducirse en
el alma humana, empezó por generar una ‘multitud’, por la cual y en la cual se
ha incorporado. De este modo, el budismo, el cristianismo, el islamismo y las
demás religiones (cada una procedente de una simiente que germinó en una mente
individual), se difundieron en los corazones de las multitudes y penetraron en
un período extenso o breve de la vida colectiva. Toda multitud que idealiza,
debido a que tiene un comienzo, también debe tener un fin. Con el tiempo su
organización se debilita, disminuye el número de miembros, su entusiasmo se
desvanece, sus ideales se hacen borrosos, pero la verdad que cualquier ideal
victorioso haya expresado, no cesa de existir ni de ser verdad, aunque ya no
constituye la chispa vital que encendió a la multitud. Se convierte en
propiedad general de la raza humana y penetra en la conciencia normal del
género humano.
“Crear una idea nueva es la tarea del
vidente; propagarla queda a cargo de un profeta o de varios; organizar la
multitud resultante es obra de los hombres prácticos que saben imponer a la
multitud la disciplina por la cual sólo puede moverse y organizarse para un
gran fin”.
Ningún
hombre que no pueda tener conciencia de los verdaderos valores, está preparado
para la inmortalidad, prerrogativa de los hijos de Dios. La construcción de la
estructura interna que constituye el cuerpo espiritual, se lleva a cabo
mediante la purificación, el perfeccionamiento, la meditación, la iniciación y
sobre todo por el servicio. No hay otro camino. Los verdaderos valores a los
que el iniciado entrega su vida, son los del espíritu, los del reino de Dios,
los que conciernen al todo y no ponen el énfasis primordialmente en el
individuo. Se expresan por medio de la expansión, el servicio y la
incorporación consciente en el todo. Pueden sintetizarse en la palabra
servicio. Se demuestran por la inclusividad y la no separatividad. Aquí la
Iglesia, como comúnmente se entiende, enfrenta su principal desafío. ¿Es
suficientemente espiritual como para abandonar la teología y hacerse realmente
humana? ¿Tiene bastante interés para ampliar su horizonte y reconocer como
verdadero cristiano a todo el que muestre un espíritu crístico, sea hindú,
mahometano o budista, o esté tildado por cualquier nombre que no sea el de
cristiano ortodoxo? El Dr. Huizinga 47 hace esta misma pregunta,
diciendo con optimismo, en su obra iluminadora:
“Si el planeamiento y cambio estructural no
pueden prometernos un nuevo espíritu, ¿podrá hacerlo la Iglesia? Probablemente
la Iglesia pueda surgir purificada y fortalecida después de las persecuciones
a las que hoy es sometida en más de un país. Es concebible que algún día el
espíritu religioso, latino, germano, anglosajón y eslavo, se unan y penetren
en las profundidades pétreas del cristianismo, en un mundo que capte también la
rectitud del islamismo y las profundidades del orientalismo. Las Iglesias,
como organizaciones, pueden, sin embargo, triunfar hasta donde logran purificar el corazón de
sus miembros. La imposición de la voluntad o el dictamen, no detendrá el avance
del mal”.
De
todo lo considerado surge otro pensamiento básico y es que estamos hoy
transitando de la era de la autoridad a la de la experiencia, y esta
transición indica que la raza se está preparando rápidamente para la
iniciación. Nos rebelamos contra las doctrinas que no nos interesan en lo más
mínimo, y la razón reside, dice el Dr. Dewey,48 en que “... la
adhesión a cualquier cuerpo de doctrinas y dogmas basados en una autoridad
específica, significa desconfiar en el poder de la experiencia, que proporciona
en su propio movimiento progresivo, los principios necesarios de creencia y
acción. La fe, en su sentido más reciente, significa que la propia experiencia
es la sola y esencial autoridad”.
Es
evidente que esto no presupone uniformidad, sino el reconocimiento de nuestra
unidad esencial. El Dr. A. E. Haydon 49 lo señala en los siguientes
términos:
“...
todas las religiones se esfuerzan por alcanzar los mismos valores supremos.
Por cierto no significa que todos profesaremos la misma religión. Nacimos bajo
condiciones históricas distintas, en medios social y geográficamente
diferentes, que hacen que cada religión particular esté de acuerdo a nuestro
propio desenvolvimiento; pero debemos comprender que hay una religión detrás de
todas estas religiones, y que el deber de las personas de mentes religiosas, es
no apartarse por sus diferencias, sino unirse y trabajar por una más grande
gloria de Dios y mayor felicidad del género humano.”
2
Así,
paso a paso, hemos seguido a Cristo en Su estupenda tarea y estudiamos esta
tarea en lo que respecta a su excepcionalidad. Hizo algo de tal significación
para la raza, que recién ahora estamos en condiciones de comprenderlo. Tanto
nos ocupamos de nuestra propia salvación individual y nuestra esperanza de
ganar el cielo, que las cosas realmente únicas que Cristo efectuó, escaparon a
nuestra observación. Sin duda siguió los pasos de muchos hijos de Dios, que en
su día y generación sirvieron, sufrieron y trajeron la salvación al mundo;
tampoco se duda que dio un ejemplo de lo que es una humanidad perfecta, como el
mundo jamás había visto antes. El más grande de los anteriores hijos de Dios,
Buda, después de incesante lucha, alcanzó la iluminación, abrió la senda para la humanidad hasta y a través del portal
de la iniciación. Pero Cristo fue perfecto y aprendió la obediencia (¿nos
atreveremos a decir que Lo hizo en algún ciclo previo de vidas?) por medio del
sufrimiento. También es cierto que venció a la muerte y abrió los portales de
la inmortalidad a toda la humanidad. Pero desde los primeros albores de la
historia humana, los hombres siempre sufrieron mutuamente; repetidas veces,
unos aquí y otros allá, lograron la perfección y desaparecieron de la vista
humana. La chispa divina en el hombre, siempre lo ha hecho inmortal. Los
hombres siempre presintieron su divinidad y tendieron sus manos y sus corazones
a Dios. Los hijos del Padre nunca olvidaron el hogar del Padre, por mucho que
se hayan alejado. De igual modo, Dios siempre nos buscó y siglo tras siglo
envió a Sus mensajeros como personificación de Su recuerdo. Escuchemos los
versos de James Russell Lowell:50
“Dios
no es mudo, como para no hablar;
si
has ambulado por los desiertos
y
no encuentras el Sinaí, es porque tu alma es débil;
allí
se levanta nada menos que el monte de la Voz,
y
lo encentrará quien lo busca; pero quien se inclina
a
recoger el maná y las metas mortales,
no
verá ni oirá su estruendosa llamada.
Lentamente
se escribe la Biblia de la raza,
no
en hojas de papel ni de piedra;
cada
edad, cada pueblo, agrega un versículo
cuyo
texto será de desesperación o esperanza, de alegría o de
(queja.
Mientras
se mece el mar y las nieblas cubren las cimas, mientras el trueno ruge en
abismos de nubes, las naciones siempre se han sentado a los pies de los
profetas.”
Pero
Cristo vino como Mensajero especial. Vino a fundar el reino de Dios en la
tierra y a instituir una nueva y tangible expresión de la Deidad en nuestro
planeta. Las palabras que siguen ¿no son acaso palabras verdaderamente de
Cristo y expresan el carácter excepcional de su misión? Dicen:
“El hombre entra ahora en escena como
representante de la idea de totalidad y paladín ordenado por la providencia
para la reunión entre Dios y la humanidad. ‘Su personalidad espiritual no es en
sí nada más que la expresión viviente de la primera unión interna del alma del
mundo con el divino Logos’. Por medio del hombre la historia se liberará de la
insignificancia de un proceso determinado, donde todo ha sido mecánicamente
elevado a un orden universal determinado por Dios y el espíritu. Es un proceso
humano-divino, caracterizado por revelaciones que progresivamente se hacen más
perfectas en sus profundizaciones religiosas respecto al misterio de Dios y
del hombre y, finalmente, conducen a una viviente síntesis individual de toda
verdad, la Encarnación del Logos, el advenimiento del Dios-hombre. ¿Termina
aquí la historia humana? Hablando estrictamente, es su punto de partida”.51
La
misión de Cristo no ha fracasado. El reino está ahora organizado en la tierra,
formado por hombres y mujeres de todas partes que perdieron de vista su propia
salvación individual y esperanza de alcanzar el cielo, porque saben que si el
cielo no se expresa aquí y ahora, sólo sería una esperanza vana. Esas personas
se ocupan de los procesos de autoperfección y autopurificación, porque tratan
de servir a sus semejantes en forma cada vez más eficiente y adecuada, para así
“glorificar al Padre que está en los cielos”.52 Tales personas no se
interesan en el autoengrandecimiento ni abrigan pretensión alguna, excepto la
estupenda proclama de ser hijos de Dios, como todos los somos; no hablan acerca
de la iniciación ni se denominan, iniciados; se conforman con marchar entre los
hombres como servidores y ciudadanos del reino de Dios. Son los servidores del
mundo y su único interés está en seguir los pasos de Aquel que anduvo por la
tierra haciendo el bien y proclamando las nuevas del reino. No dicen que el
suyo es el único camino para entrar en el reino, pero a quienes no conocen a
Cristo les dicen: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. No condenan a los que
nada saben del sacrificio de Cristo en la Cruz, pero dicen, a quienes buscan el
camino: “Toma tu cruz” y sigue a Cristo. A sus condiscípulos les recuerdan
constantemente que “si un grano de trigo no cae en la tierra, muere y queda
solo”, y establecen para sí la meta del nuevo nacimiento. La masa de los
hombres y mujeres del mundo que piensan y son bien intencionados, marchan hoy desde Nazaret, en Galilea, a
Belén. Algunos, quizá más de los que pensamos, van encaminándose hacia el
Bautismo en el Jordán, en tanto que unos pocos escalan con valentía el Monte de
la Transfiguración. Habrá alguno aquí o allá que vuelve firmemente su rostro
para ir a Jerusalén y ser crucificado allí, pero son los menos. La mayoría de
nosotros está aprendiendo a morir diariamente para el yo, a adaptarse a la
última iniciación de la Crucifixión, y a la constante renunciación de todo lo
que detenga la expresión de la divinidad; nos preparamos para la tremenda
experiencia espiritual que siempre ha precedido a la Resurrección, denominada
la Gran Renunciación.
Visualicemos
con claridad la etapa en que nos hallamos en el Sendero de la Evolución. Hemos
puesto nuestros pies en el sendero de probación, ese difícil sendero de la
purificación que constituye necesariamente el primer paso. ¿O nos encontramos
decididamente en el sendero del discipulado, sabiendo lo que estamos haciendo,
cultivando los valores más refinados y las cualidades características que
constituyen la marca distintiva de la divinidad manifestada?
El
único incentivo suficientemente poderoso (o cualquiera que haya sido) para
permitir a un hombre hollar el quíntuple camino hacia el centro del que surge
la palabra, es la comprensión de la profunda y afligente necesidad que tiene
nuestro mundo moderno de revelación, de ejemplo y de servicio amoroso. No
existe otro medio para que este triste mundo nuestro, desgarrado por las
guerras, se salve, y las vidas de los hombres se transfiguren, excepto por la
manifestación del espíritu de Dios. ‘En vez de esperar que Dios actúe y envíe
algún Salvador (que probablemente no sería reconocido, como no lo fue Cristo),
ha llegado la hora y el género humano ha evolucionado suficientemente para que
surja la vida divina interna y se eleve hacia Dios, invocando Su respuesta y
reconocimiento, otorgado una y otra vez. Dios está dispuesto a otorgar. Somos
Sus hijos y comenzamos a vivir en forma divina, pensando (como Él piensa) en
términos de la totalidad y no del individuo egoísta y separatista; esta es una
época de crisis, en que todos los seres humanos se necesitan y se exhorta a
cada uno a realizar un esfuerzo extra
para lograr el desinterés y ese impulso mental que conducirá a pensar con
claridad, que de aspirantes bien intencionados los transformará en discípulos
de clara visión, animados por un espíritu de amor y buena voluntad hacia todos
los hombres, prescindiendo de raza, creencia o color. El Dr. Berdyaev 53
dice que:
“Por una parte, la crisis de la cultura se
produce porque una civilización realista exige vida y poder; por otra, la
crisis se asocia con el surgimiento de una voluntad religiosa que aspira a
transfigurar la vida, a lograr un nuevo ser, a crear un nuevo cielo y una nueva
tierra. Esta voluntad para completar la realidad, una verdadera voluntad
ontológica, marchando hacia la unidad y la integridad, no se satisface con
actividades culturales divididas y autosuficientes”.
La
voluntad religiosa se está expresando ahora, no se dirige a la teología ni a la
formación de doctrinas, tampoco se ocupa de que se cumplan, sino de amar y
servir, olvidando al yo, dando lo máximo posible para ayudar al mundo. Esta
voluntad derriba todas las barreras y eleva a los hijos de los hombres donde hay
voluntad de ser ayudados. Es algo que se está organizando lentamente en el
mundo de hoy, cuya cualidad es la universalidad y su técnica el servicio amoroso. Por todas partes
los hombres responden al mismo impulso espiritual interno, tal como aparece en
el bello relato referente al Buda:
“En la creencia de que había alcanzado la
última etapa de la perfección, el Buda está dispuesto a abandonar la
existencia en el espacio y tiempo finito y a trocar todo el dolor y el
sufrimiento por la bienaventuranza universal y eterna.
“En ese momento, un mosquito zumbador fue
atrapado por un murciélago que pasaba.
“‘Detente’, pensó el iluminado, ‘el estado
de perfección al que estoy entrando es sólo la perfección de mí mismo,
perfección excepcional, y mi plenitud es única, entonces aún no soy un ser
universal. Otros seres aún sufren la imperfección, la existencia y la muerte
resultante. La compasión se despierta en mí cuando contemplo su sufrimiento’.
“‘He iluminado para ellos el camino de la
vida hasta la perfección, en verdad y en hecho, pero ¿podrán ellos hollar ese
sendero sin mí’?
“‘Soñé la excepcional perfección de mí
mismo; la perfección de mi propio carácter y personalidad, es sólo
imperfección, mientras otro ser —un solo mosquito— sufra la imperfección de su
especie’.
“‘Ningún ser alcanzó la bienaventuranza
solo; todos deben lograrla juntos, y ésa debe ser la bienaventuranza adecuada a
cada uno’. ¿Acaso no estoy en todo otro ser, y todo otro ser no está acaso en
mí?
“Con
queda y tenue voz habla el Buda a cada ser, mediante su inspiración, para que
adquiera carácter interno; su aspiración hacia la personalidad externa,
transmuta perpetuamente este yo en el no-yo, cada realidad depende de la otra,
un eterno sendero de vida para hollar hacia la perfección de cada uno y de
Todos”.54
Cristo
enseña la misma lección, y Sus discípulos trataron siempre, en su propio lugar
y época, de enseñar la ley del servicio.
“La experiencia personal de esos hombres
excepcionales ha sido llevar la evidencia reiteradamente a millones y
millones de hombres... Por eso, la experiencia de la realidad debe darse por
sentada. Además, tal ‘evidencia’ ha resultado ser una fuerza elevadora; en
consecuencia, debe haber entrado en actividad una realidad de orden superior.
Debemos recordar que ninguna sugerencia, como tal, sino la de lo Real y lo
Verdadero, crean nuevas realidades que puedan continuar viviendo.”55
Así
habló Keyserling, y este testigo suyo que lo testimoniaron las edades, es un
verdadero testigo. A veces parecería como si los dos extremos continuaran
viviendo en la conciencia del hombre, los notorios y ambiciosos y los grandes
servidores del mundo. Hasta ahora, la secuencia ha sido: servicio a nosotros
mismos, a nuestra familia, a los que amamos, a algún dirigente, a alguna causa,
a alguna escuela de política o de religión. Ha llegado el momento en que el
servicio debe ampliarse y expresarse en forma más abierta e incluyente. Tenemos
que aprender a servir como sirvió Cristo, a amar a todos los hombres como Él
los amó, y por la potencia de nuestra vitalidad espiritual y la calidad de
nuestro servicio, estimular a todos aquellos con quienes entramos en contacto
para que también puedan servir y amar y llegar a ser miembros del reino. Cuando
esto sea claramente visto y estemos preparados para realizar los sacrificios y
las renunciaciones necesarias, se manifestará más rápidamente el reino de Dios
en la Tierra. El llamado no es para los fanáticos ni para el ferviente devoto
que al tratar de querer expresarla, tergiversa la divinidad. El llamado es para
los hombres y mujeres sensatos y normales que pueden comprender la situación,
encarar lo que debe hacerse, y dar su vida para expresar ante el mundo las
cualidades de los ciudadanos del reino de las almas: amor, sabiduría, silencio,
no separatividad, no abrigar odios ni partidismos, ni creencias doctrinarias.
Cuando puedan reunirse un gran número de hombres así (y se están reuniendo
aceleradamente), se cumplirán las palabras del canto de los ángeles en Belén: “En
la tierra paz y buena voluntad entre los hombres”.
Notas:
1.
The World Breath, de
L. C. Beckett, pág. 280.
2.
A Philosophy of
Form, de E. I. Watkin, pág. 370.
3.
The Next Step in
Evolution, pág. 68.
4.
Wrestlers with
Christ, págs. 14, 15.
5.
Reality and
Illusion, de Richard Rothschild, pág. 11.
6.
ídem, pág. 11.
7.
The Decay cLnd
Restoration of Civilization, págs. 78, 79.
8.
The End of Our Time, de Nicholas Berdyaev,
pág. 105.
9.
Reality and Illusion, pág. 13.
10.
Pr. 29:18.
11.
Psychology and The
Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. 34.
12.
Ídem, pág. 34.
13.
Wrestlers with
Christ, págs. 19, 20.
14.
I Jn., 4:20.
15.
Extraído de The
Observer por Basil de Selincourt, citado en The Testament of Man, de Arthur
Stanley, pág. 618.
16.
Religious Realism, de D. G. Macintosh y
otros, pág. 85.
17.
Eros and Psyche, de
Benchara Branford, pág. 363.
18.
De The Eolian Harp.
19.
The World Breath, de
L. C. Beckett, pág. 19.
20.
The Supreme
Spiritual Ideal, editado en The Hibbert Journal, octubre 1956, pág. 28.
21.
The Value and
Destiny of the Individual, pág. 64.
22.
The Value and
Destiny of the Individual, págs. 17, 18.
23.
Citado en Mirage and
Tuth, págs. 73, 74.
24.
The Supreme
Spiritual Ideal, de S. Radhakrishnan, en The Hibbert Journal, octubre de 1936.
25.
Citado en The Way of
the Initiation, de Rudolf Steiner, pág. 46.
26.
Wrestlers with
Christ, de Karl Pfleger, pág. 235.
27.
Religion in the
Making, pág. 138.
28.
The Sciences and
Philosophy, pág. 108.
29.
Religions of
Mankind, pág. 5.
30.
He., 12:1.
31.
Religions of
Mankind, de Otto Karrer, pág. 2
32.
Modern Trends in
World Religions, de A. E. Haydon, págs. 57, 58.
33.
The Meaning of God
in Human Experience, pág. 315.
34.
The Meaning of God
in Human Experience, pág. 399.
35.
Miratge and Truth,
de M. C. D’Arcy, S. J., pág. 203.
36.
The Supreme
Spiritual Ideal, de S. Radhakrishnan, en “The Hibbert Journal”, octubre de
1986.
37.
The World Breath,
págs. 266, 267.
38.
Ídem, pág. 18.
39.
I Jn. 2:17.
40.
Is. 53:11.
41.
“A Pilgrim's Quest for the Divine“, pág.
227.
42.
Wrestler with
Christ, de Karl Pfleger, pág. 207.
43.
Ídem, pág. 257.
44.
The Pathway to
Reality, pág. 403.
45.
The Decay and
Restoration of Civilization, Prefacio, pág. VIII.
46.
A Pilgrim’s Quest
for the Divine, pág. 235.
47.
In the Shadow of
To-morrow, pág. 209.
48.
Citado en Reality
and Illusion, de Richard Rothschild, pág. 320.
49.
Modern Trends in
World Religions, pág. 57.
50.
Bibliolatres, pág.
99.
51.
Wrestlers with
Christ, pág.57
52.
The End of Our Time, pág. 107.
53.
Eros and Psyche, de Benchara Branford,
pág. 355
54.
The Recovery of Truth, pág. 156
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